sábado, 1 de julio de 2000

LA MONEDA EN EL REINADO DE CARLOS I


Al comienzo del reinado de Carlos I (1516-1556), se utilizaba en diversos países europeos una moneda áurea de menor ley que el ducado español, lo que provocaba que éste fuera canalizado asiduamente por los visitantes extranjeros hacia sus estados. Muchos grupos populares atribuyeron la huida de la moneda de oro española hacia el extranjero a la rapacidad de los señores flamencos del séquito del joven rey Carlos. La indignación popular quedó reflejada en una ingeniosa cuarteta: “Sálveos Dios / ducado de a dos / que monsieur de Chiévres / no topó con vos”. Para solventar este problema, las Cortes de Valladolid de 1523 solicitaron la labra de una nueva moneda de oro de menor ley, similar en pureza a las piezas francesas.

La coronación imperial de Carlos en Bolonia en 1530 supuso el pago de elevadas cantidades a sus principales apoyos políticos y religiosos. Los resortes militares y de todo género empleados en la construcción del Imperio movilizaron grandes recursos económicos, lo que suscitó el aumento de la moneda circulante. En 1534, con motivo de la preparación de la gigantesca expedición a Túnez, hizo su aparición el escudo de oro, acuñado inicialmente en Barcelona junto con gran cantidad de numerario en plata y vellón (aleación de cobre y plata), destinado en gran parte al pago de las soldadas. Todas estas monedas incluyeron la leyenda latina “Carolus Quintus Imperator – Hispaniarum et Utriusque Secilie Rex”.

Los primeros escudos de oro presentaban en el anverso el escudo del monarca superado por un águila imperial bicéfala y coronada, mientras que en el reverso aparecía una cruz con los extremos también coronados. El águila desde época romana era un motivo empleado para expresar las aspiraciones imperiales; su bicefalia aludía a una pluralidad de dominios cuyas características peculiares eran teóricamente respetadas. En cuanto a la cruz, cuyo aspecto podía variar mucho de unas acuñaciones a otras, expresaba el ideal cristiano de las monarquías europeas. También se acuñaron escudos de plata, equivalentes a doce reales, y que superaban doce veces en peso a los escudos de oro. Las piezas de plata de un real y de medio real utilizaron ya en el anverso el motivo de las dos columnas sobre ondas, derivadas de uno de los mitos de Hércules, e indicativas de la expansión hispánica más allá del estrecho de Gibraltar. Las piezas de vellón acuñadas con motivo de la expedición a Túnez se ajustaron a las monedas barcelonesas en curso, incluyendo en el reverso una cruz con el palo de igual medida que el travesaño y trazos perpendiculares añadidos a los cuatro extremos de la cruz simple. Entretanto en Sevilla se acuñaron reales de a dos y de a cuatro conforme a tipos viejos.

Tras las Cortes de Valladolid de 1537 comenzaron a labrarse escudos de oro en Castilla, también llamados coronas, con la leyenda “Iuana et Carolus Hispaniarum Reges”. Por lo tanto la madre del emperador, que conservó la dignidad real hasta su muerte en 1555, siguió aportando su nombre a las nuevas monedas, siempre en compañía del de Carlos. Estos escudos de oro fueron tasados en 350 maravedís o, de modo equivalente, en diez reales de plata, diferenciándose así del sistema de cambios que había sido empleado en las acuñaciones de Barcelona. Llevaban en el reverso la cruz descrita anteriormente en el interior de una forma tetralobulada, como si de una flor se tratase. Monedas hechas en La Coruña añadieron ya el “Indiarum”, contraído como “Ind”, al “Hispaniarum”. En Navarra se acuñaron medios cornados con una N grande en el anverso y columnas coronadas en el reverso, acompañadas ya de la leyenda “Plus Ultra”.

Las costosas empresas internacionales acometidas por Carlos I gravitaron pesadamente sobre la economía española, que se resintió del ejercicio de la primacía política. El aumento de la presión financiera sobre las ciudades ocasionó su creciente descontento. El recurso habitual de la Corona a los banqueros europeos absorbió gran parte de las remesas de metales preciosos procedentes de América, los cuales vitalizaron la moneda como medio de pago, pero provocando paralelamente una excesiva subida de los precios. Los corsarios encontraron en el asalto a los barcos españoles una de sus actividades más lucrativas.

Durante el reinado de Carlos I apareció en Burgos, Segovia, Toledo y Sevilla el tosco real de a ocho (ocho reales de plata), que contenía los motivos del real sencillo acuñado en 1497 por los Reyes Católicos, incluyendo sus respectivos nombres. Pudo ser una forma de exaltar a los difuntos monarcas y de propagar la idea de la supuesta unidad de intereses de los españoles, o por el contrario pudo tratarse de una simple pervivencia tipológica. Los motivos aludidos consistían en el escudo coronado en el anverso y el yugo y las flechas en el reverso. El real de a ocho intentó equipararse al prestigioso “thaler” de plata de los principados alemanes. Fue cambiando su nombre por el de “peso duro”, término que en América designaba la unidad de referencia de la plata, y del que derivan nuestras palabras peseta y duro. En vellón se emitieron blancas y otras piezas conforme al sistema de pureza y pesos del período de los Reyes Católicos, el cual fue reformulado tras las Cortes de Madrid de 1552, reduciéndose su ley. La presumible escasez de las piezas de vellón hizo que desde 1532 circulasen en las pequeñas transacciones piezas de simple cobre, con castillo en el anverso y león en el reverso, tanto a nombre de los Reyes Católicos como a nombre de Juana y Carlos. La presencia de estas piezas, cuyo valor intrínseco era un tercio del nominal, favoreció la huida de la buena moneda.

Los descubridores y colonos españoles llegados a América se encontraron con que los indígenas utilizaban a modo de moneda en sus intercambios diversos productos, como los granos de cacao, las telas de algodón, las plumas de aves vistosas o los metales. Estos elementos siguieron siendo usados por los indígenas incluso cuando la moneda española ya se había generalizado en sus tierras. Los titubeos monárquicos iniciales en torno a la reglamentación de la moneda que debía circular en América propiciaron el que Hernán Cortés probablemente marcase lingotes con el punzón real para garantizar su valor concreto y poder resolver así situaciones apremiantes. También se emplearon en las primeras transacciones trozos de oro y plata, que en el caso de ajustarse a una determinada pureza eran marcados con el cuño real. La primera ceca americana de funcionamiento habitual parece que radicó en Santo Domingo, que labró piezas de vellón y de plata, al igual que la ceca de Méjico, fundada en 1535. En las monedas americanas se generalizaron las dos columnas como motivo iconográfico, así como las leyendas que mencionaban a Juana y Carlos como reyes de las Españas y de las Indias. En Méjico la moneda de cuenta más generalizada fue el peso de oro de Tepuzque, que pasó a equivaler a ocho reales castellanos de plata. Las piezas de cobre que se empezaron a labrar en la ceca mejicana fueron muy mal acogidas por los indígenas, de modo que hubo que volver a la contabilidad de las almendrillas de cacao, de las que 140 equivalían a un real de plata en 1555.

En Barcelona se acuñaron dobles ducados de oro que tenían en el anverso los bustos afrontados de Juana y Carlos, con cetro en el medio. Los dineros barceloneses de vellón podían presentar el busto coronado del emperador en el anverso y una cruz progresivamente ensanchada hacia sus extremos en el reverso. Gerona y Vich también acuñaron dineros de vellón en esta época, mientras que la afamada ceca de Perpiñán labró treintines de oro y sueldos de cobre.

En el reino de Aragón siguieron emitiéndose los dineros jaqueses de vellón. Las Cortes de Zaragoza de 1518-1519 implantaron en Aragón la metrología castellana de la plata. Y desde 1528 se permitió batir en Zaragoza ducados y medios ducados de oro con la ley y el peso de Castilla. Esta aproximación a la unificación monetaria se ha interpretado como un apoyo al robustecimiento de la Corona. Se conoce una gigantesca pieza zaragozana de cien ducados de oro, con 360 gramos de peso, no destinada a la circulación normal, en la que Juana y Carlos son llamados “Triunphatores et Catolicis”.

En Valencia en 1545 se retiraron de la circulación 23.000 ducados de oro a nombre de Fernando el Católico, fundiéndolos para acuñar escudos a nombre de Juana y Carlos. La revuelta antinobiliaria de las Germanías (1519-1523) ocasionó en el reino de Valencia dos acuñaciones especiales de piezas de plata por parte del bando realista, una efectuada en Denia y otra en Segorbe. Entre los artesanos que trabajaron en la ceca de Valencia destacó Alfonso Sánchez Dalmau, cuya marca de labra era un leoncito. Al final del reinado de Carlos I, los intentos populares de introducir en el reino de Valencia moneda castellana de plata, de mayor peso y mejor ley, organizaron muchos apresamientos en las zonas fronterizas.

En 1537 se ordenó igualar en ley y en peso la plata mallorquina con la castellana, lo que resultó difícil por el encarecimiento de la plata en la isla y por otras cuestiones socioeconómicas que impedían elevar el real mallorquín. La orden se repitió en 1556, signo de las dificultades encontradas para su cumplimiento, extendiéndose ahora también al oro. Se inició así una competencia entre el ducado de oro mallorquín, introducido en 1508, y el escudo de oro castellano. Ibiza obtuvo permiso para labrar monedas de cobre con las que facilitar las pequeñas transacciones. Estas piezas, que tenían en el anverso la cabeza coronada del monarca y en el reverso un castillo sobre ondas (motivo típico de muchas islas), pasaron en ocasiones a la Península para suplir a las escasas monedas de vellón.

Las monedas acuñadas en Nápoles y Sicilia durante el reinado de Carlos I tuvieron entre sus motivos más característicos el gran escudo imperial, en ocasiones cobijado por el águila bicéfala, la cual podía también aparecer exenta. Se conoce una pieza de plata labrada en Roma con una alusión iconográfica al asedio al que se vio sometido el Papa Clemente VII por parte de las tropas de Carlos I en 1527. Los ducatones de plata milaneses llevaban en el anverso el busto del emperador, laureado y con porte heroico, mientras que su reverso estaba reservado a San Agustín. En Cerdeña se acuñaron escudos de oro que presentaban escudo barrado y cruz floreada. Las piezas de plata del Franco Condado incluían como mensaje de lealtad hacia Carlos I la leyenda: “Deo et Cesari Fidelis Perpetuo”.

Los numerosos talleres de los Países Bajos realizaron acuñaciones bastante diferenciadas entre sí. Cada taller utilizaba una marca propia, como la rata en Arras o el eslabón en Namur. Justo antes de venir a España, Carlos I mandó acuñar piezas de plata en Amberes para sufragar los gastos de su viaje. Fue característico de los Países Bajos el llamado “Florin Karolus”, que podía ser tanto de oro como de plata. Los motivos de las monedas de estos territorios podían consistir en escudos muy cuartelados, flores de lis, bastones de mando y toisón, el cual aludía al maestrazgo de la orden de caballería del mismo nombre. Las piezas holandesas omitieron los títulos españoles de Carlos I. En 1520 fueron introducidos nuevos valores monetarios en el conjunto de los Países Bajos.

Algunos principados alemanes, cuya moneda tradicional era el grueso “thaler” de plata, honraron al emperador en sus acuñaciones, el cual solía aparecer con armadura, sujetando con una mano el cetro y con la otra la empuñadura de una espada envainada. En otras monedas de iconografía menos conciliadora Carlos I sujeta la espada desenvainada y una esfera coronada por una cruz, signo de la vocación universalista y cristiana del poder que ostentaba. En estas piezas alemanas dedicadas a Carlos I figuran también los escudos de los príncipes locales, exentos o sobre el buche del águila bicéfala.

La Fábrica Nacional de Moneda y Timbre emite cada año una cantidad limitada de monedas de plata de dos mil pesetas que tienen grabados elementos emblemáticos de la historia española. Estas piezas son de curso legal, pero se atesoran por su valor intrínseco y conmemorativo. En el año 2000 las piezas de una de las series están dedicadas a Carlos I con motivo del quinto centenario de su nacimiento. La imagen idealizada del emperador ocupa el reverso de las piezas junto con sus blasones, mientras que el anverso subraya el continuismo monárquico mediante la imagen del rey actual, Juan Carlos I.


BIBLIOGRAFÍA:

- Beltrán, Antonio; “Quinientos Años de Moneda Española”; Madrid; 1988.
- Gil Farrés, Octavio; “Historia de la Moneda Española”; Madrid; 1959.
- Varios Autores; “Monedas Hispánicas (1475-1598); Madrid; 1987.

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