lunes, 1 de noviembre de 2021

MEDALLA DE LLAVERO CON LA IMAGEN DE FELIPE II


Con una cadenita de llavero que no era la original, vendían en el rastro de Valladolid una medalla en la que puede apreciarse la imagen del rey español Felipe II (1556-1598). La pieza está hecha de latón, y presenta aún algunos restos de plateado. El que el baño de plata esté muy perdido revela un uso práctico prolongado, lo que refuerza la idea de que la medalla formaba parte de un llavero. Su diámetro es de 2,9 centímetros, y su peso de unos 8,85 gramos. El reverso es liso. En el anverso, a modo de marco circular, hay una ancha gráfila acanalada. El retrato del monarca se ajusta en la medalla a las representaciones más conocidas del soberano, con cuidada barba, sombrero alto, chaqueta abotonada, capa, golilla y cordón al cuello. En estas ropas primaba el negro, que transmitía una falsa idea de sobriedad, pues lo cierto es que la obtención de tonos oscuros encarecía tremendamente el precio de las telas. Tras el busto del rey está la imponente mole del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, visto a cierta distancia, con un buen tramo exterior del suelo empedrado de por medio. La asociación del complejo palaciego y monacal con el monarca que lo concibió resulta indisoluble. Allí Felipe II despachó numerosos asuntos que afectaban a sus crecientes dominios, siendo también el lugar de su fallecimiento. Es posible que el llavero mencionado fuese inicialmente comercializado como recuerdo en el propio Monasterio, terminando curiosamente en Valladolid, que fue donde nació el rey en 1527. O quizás fue distribuido en su ciudad natal, donde el rey cuenta desde 1964 con una estatua de bronce en la Plaza de San Pablo. El lugar elegido para la misma es inmejorable, al estar entre la casa en que nació Felipe II (el Palacio de Pimentel), la iglesia en que fue bautizado (la conventual dominica de San Pablo) y el antiguo Palacio Real (residencia oficial de los reyes de España tras la muerte de Felipe II, durante la breve capitalidad de 1601 a 1606). En cuanto a la fecha de producción de la medalla, es difícil de precisar, inclinándonos por el período comprendido entre 1960 y 1980, pues algunos de sus rasgos parecen escapar a una excesiva estandarización industrial.

jueves, 31 de diciembre de 2020

LA VENTANA DE HOFFMANN


En este espacio nuestro deseo es acercarnos al pensamiento del escritor romántico prusiano Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822) a través de las ideas de corte autobiográfico vertidas en uno de sus últimos cuentos, terminado unos 72 días antes de fallecer. Se trata de “La ventana”, texto también traducido al castellano con el título de “El Observatorio” o de manera más precisa como “La ventana esquinera de mi primo”. Fue dictado a su ayudante o secretario, pues por entonces Hoffmann ya estaba seriamente afectado por una parálisis que le impedía ser autónomo. El tratamiento recibido para combatir la enfermedad, en el que se incluía la aplicación de hierros candentes a ambos lados de su espina dorsal, le provocaba intensos dolores que disminuían casi del todo sus ganas de acrecentar su producción literaria. Ésta empezó relativamente tarde, hacia 1808, ya que la verdadera vocación de Hoffmann se había relacionado más con la composición musical. La fama le llegó con la publicación periódica de sus inquietantes cuentos, elaborados entre medias de sus ocupaciones como jurista. Su formato preferido era por tanto la narración corta de aire misterioso. Destacó también como dibujante, faceta que le permitió mostrar de manera más completa su visión de los ambientes que frecuentaba. Algunos de ellos eran bastante sórdidos, pues le era más fácil encontrar allí la inspiración que necesitaba para caracterizar a los personajes de sus relatos. Los excesos de sus últimos años, especialmente el consumo habitual de ponche, le precipitaron en una situación personal complicada, acumulándosele las deudas.

El año 1822 se avecinaba para Hoffmann como terrible. Se había visto involucrado en pleitos legales por burlarse en “Maese Pulga” de algunos funcionarios públicos de rango relevante, hasta el punto de haber tenido que rehacer su obra para resultar menos ofensivo. Esta enemistad con algunos detentadores del poder judicial resultó en el futuro muy dañina para su viuda, al influir en el hecho de que se le negara en 1828 una ayuda económica. El bajo estado anímico que tenía el escritor se transparenta también en los otros relatos que dictó por entonces: “La curación” y “El enemigo”. El primero de ellos revela la esperanza personal de reponerse de manera casi milagrosa, mientras que el segundo es el inicio de una novela inspirada en Durero, en la que el autor reflexiona sobre el amor por el arte y su temor reverencial hacia el mismo. Casi siempre que el escritor acometía una novela larga, ésta quedaba inconclusa, era abruptamente abreviada o reunía en realidad textos dispares, conectados mediante malabarismos intelectuales. Este último es el caso de “Opiniones del gato Murr”, recopilación de aforismos que se publicó entreverada con la narración autobiográfica de “Las horas lúcidas de un músico demente”. La novela larga que sí pudo acabar Hoffmann lleva por título “Los elixires del diablo”, reflejo alucinógeno de todas sus angustias a través de un monje con doble personalidad, el cual se debate entre impulsos malignos y fuerzas espirituales salvíficas. De atribución discutida es la novela erótica anónima “Sor Mónica”, que algunos críticos adjudican a Hoffmann. Cada vez son menos sus escritos no publicados en España, donde la acogida que tuvo su obra fue tardía, sin poder apenas influir en el desarrollo del romanticismo autóctono.

Intentaremos ir desmenuzando el contenido del cuento de “La ventana” para comprender las sensaciones experimentadas por Hoffmann en los meses finales de su vida, partiendo de la base de su casi plena identificación con el personaje principal de la obra. Éste lucha contra la amargura y la excesiva melancolía, haciendo balance de su trayectoria artística, y aferrándose a la vida para seguir creando historias en medio de sus pesares. Una de las razones del éxito literario que conoció el escritor prusiano fue el transmitir a sus personajes sus propios temores, convirtiéndolos en expresión de sus tendencias obsesivas. Se interesó por las múltiples causas que pueden llevar a las personas a arruinar y destruir sus vidas, tanto por las propias decisiones como por cruzarse con variados torrentes de desgracia. Coqueteó con la aproximación a la locura, retratándola desde fuera, pero consciente de que cualquiera de nosotros puede desembocar en ella, bien por el azar o bien por causas ligadas a nuestra propia naturaleza. Al morir fueron sus amigos los que corrieron con los gastos de su entierro, realizado en un cementerio protestante de Berlín. La lápida indicativa de su tumba es muy esclarecedora por el símbolo grabado en la parte superior de la misma: una mariposa, metáfora de la transformación en una realidad más bella, pero a la vez frágil y fugaz, sometida al capricho del viento. Esta variabilidad e inconstancia se da incluso en la misma localidad de nacimiento de Hoffmann, la antigua ciudad alemana de Königsberg, que se corresponde con la actual población rusa de Kaliningrado.

Dando comienzo al análisis de “La ventana”, diremos que la voz que cuenta la historia es en la ficción el primo del personaje principal, en el que veremos que hay claros paralelismos con los sentimientos finales del propio escritor. Como es común en los relatos de Hoffmann, no se dan los nombres de muchos personajes, en este caso ni siquiera de los más destacados. A diferencia de otros cuentos, aquí sí que es tremendamente precisa la localización. Se trata de una plaza céntrica de Berlín, la “Gendarmenmarkt” o Mercado de los Gendarmes, donde solía celebrarse una bulliciosa feria periódica de compraventa de alimentos y otros productos. La plaza está presidida por un hermoso y gran teatro, luego conocido como “Konzerthaus” o Sala de Conciertos, finalizado en 1821, es decir, el año anterior a la redacción del cuento de “La ventana” por parte de Hoffmann. A un lado de la plaza queda la catedral francesa y al otro la catedral alemana, ambas de carácter protestante, al haber servido la zona como refugio de los hugonotes franceses huidos de su país a fines del Siglo XVII. La ventana del gabinete del protagonista, también escritor de profesión, daba a uno de los rincones de la impresionante plaza, desde donde podía contemplar un trasiego constante de gente, el cual era como si quisiese reactivar sus paralizadas piernas. El escritor vivía en un cuarto pequeño, en una última planta de techos bajos, el arquetípico alojamiento bohemio de los poetas pobres.

El relato empieza con la comparación de la parálisis del escritor con la padecida por el autor satírico francés Paul Scarron (1610-1660), que hacia los 28 años adquirió un reumatismo tuberculoso que ya no le abandonaría hasta su muerte. Scarron, especializado en las novelas cómicas, comentaba con frecuencia sus dolores, siempre intentando que no se apoderase de él el mal humor. En su conocido epitafio puede leerse: “Éste que aquí ahora duerme / hizo sentir más piedad que envidia, / y padeció mil veces la muerte / antes de perder la vida”. Se menciona en el cuento que el escritor alemán, igual que Scarron, chanceábase en sus obras y en sus conversaciones de su propia desgracia, pero sin querer herir a los demás con sus sátiras, en lo que puede verse cierta disculpa hacia las personas a las que en el pasado hubiera podido ofender con su afilada pluma. Contrapone metafóricamente la sazón natural de sus escritos con la más rara asafétida, especia oriental que si no es antes frita puede provocar náuseas y vómitos. Un enfermero, también inválido, le ayudaba a incorporarse, trasladándole de la cama a un sillón con almohadones, y de allí otra vez a la cama. Es normal que ya no quisiera ver a nadie, alejándose de su vida anterior, que en el caso de Hoffmann le llevaba de manera frecuente a tabernas y saraos. Muchas veces las personas y los animales, cuando perciben la cercanía de la muerte, no quieren ser vistos, escondiéndose para morir tranquilos, de modo que los demás no acudan a compadecerse de su triste estado. En el caso de los animales es también porque, sabiéndose más débiles, no quieren que un depredador agilice su final.

Tanto el primo del protagonista como este último actúan como un desdoblamiento de la personalidad de Hoffmann. Ello puede apreciarse claramente cuando el narrador indica que no comprendía la fama que había alcanzado el escritor, prefiriendo él sus simples charlas. El éxito literario siempre sorprendió a Hoffmann, al no tratarse de su profesión principal ni de su verdadera vocación. Una vez adquirido el impulso narrativo, se convirtió en la mejor vía de escape para sus inquietudes artísticas. Su desbordada imaginación lucha ahora contra los impedimentos puestos por su mala salud, hasta el punto de que afirma haberse rendido. Describe la enfermedad que inutiliza sus dedos y embota su mente como un demonio. Había caído en la peligrosa melancolía, ese estado en el que parece mucho más brillante e intenso el pasado que el futuro, antojándosele ya éste como muy breve. Un día de mercado, pasa el primo del escritor andando por allí, y divisa por la susodicha ventana al mismo con su gorra colorada, bata rusa y pipa turca, invitándole a subir. Abrió la puerta el enfermero, que le indicó que pasase, llegando así ante la poltrona del escritor, en el que parecía haber renacido la esperanza de curarse. La habitación estaba limpia, signo importante de no haberse dejado vencer aún del todo por el abatimiento, y podía leerse en un biombo un papel con una frase latina, escrita con letras gruesas: “Et si male nunc, non olim sic erit”. No se nos da la traducción, que sería: “Y si ahora mal, no siempre será así”. Es una frase importante, ya que es también con la que finaliza el relato, tras la vertiginosa descripción del ambiente colorista del mercado. Es una frase que actúa casi como invocación para olvidar los dolores, para enfrentarse a la enfermedad, para disfrutar aún de la belleza que proporciona el exterior.

La alegría del escritor al ver a su primo, uno de sus lectores más críticos, desata su lengua, que de manera impetuosa irá comentando las actitudes de las personas que circulan por el mercado, vistas a través de su ventana, que le sirve de inmenso consuelo y que le ha devuelto el amor por la vida. El escritor, debido a su enfermedad, ha pasado de la primacía de la actuación a centrarse en la contemplación, pero no como frío ejercicio ascético de la vejez, al tener aún sólo 46 años, sino como medio de impregnarse de toda esa vitalidad, para hacer así despertar sus debilitados miembros inferiores. Reconoce que apenas va de un sitio a otro dentro de la casa, o donde quiere llevarle su enfermero en un sillón de ruedas. Se ha vuelto dependiente, es otro el que físicamente le conduce, pero sigue dirigiendo él mismo su pensamiento. El primo del escritor, al asomarse a la ventana, se muestra al principio mucho menos entusiasmado que él, señalando que toda esa masa compacta de gente yendo y viniendo terminaría por fatigarle. Compara la escena con la de tulipanes que oscilan con el viento, es decir, introduce el factor de que esas personas, a pesar de su apariencia, no son del todo libres, sino que su actividad obedece a causas que se les escapan. El escritor explica a su primo que para él todo aquello es una excelente representación de la vida burguesa, materia prima para no parar de escribir. Le cede sus gemelos y se ofrece a iniciarle en el arte de la observación.

Por insistencia del escritor, de cada persona ambos van trazando un posible perfil, llegando incluso a determinar su origen y posición económica, fantaseando sobre sus parejas y relaciones sociales. Realizan un fetichista seguimiento de algunos individuos, extrayendo de unos cuantos elementos sueltos conclusiones generales acerca de su imaginada idiosincrasia. Asusta el hecho de poder sentirse observado por ojos tan escrutadores, que pretendan analizar tus pasiones y problemas con demasiada ligereza. La vorágine de gente evita que ese análisis sea demasiado minucioso, al poder uno escaparse pronto del marco de la estratégica ventana. En esta época no se habían inventado aún ni la fotografía ni el cine, que sin duda habrían impresionado profundamente a Hoffmann, el cual se anticipó ya en algún relato de terror al mundo de los avances de la óptica y de los autómatas. Las prendas llamativas, como el pañuelo amarillo que lleva en la cabeza la primera mujer divisada, facilitan a los dos primos el poder seguir las evoluciones de la gente por los puestos del mercado. Éste presenta un ambiente festivo, más todavía por contraste con el recuerdo de las difíciles circunstancias ocasionadas por las recientes guerras napoleónicas, mencionadas en el texto, y que supusieron la llegada de más soldados y civiles franceses a Berlín. El escritor equipara su propio espíritu descriptivo de la sociedad circundante al de los admirados grabadores Callot (1592-1635) y Chodowiecki (1726-1801), que retrataron a la perfección los más variados ambientes de sus respectivas épocas, adentrándose también en la representación de los miedos colectivos.

No se puede considerar al escritor como mirón en el sentido peyorativo actual del término, en cuanto a que no pretende violentar la intimidad de las personas dirigiendo su vista a sus ventanas, sino que se centra en lo que ocurre en la calle, eso sí, observándolo con avidez. Tal vez dejándose arrastrar por su instinto o por su subconsciente, el escritor realiza bastantes más descripciones físicas y psicológicas de mujeres que de hombres, moviéndose en un espectro que va desde la idealización hasta el prejuicio. Abundan las enumeraciones de tipos de ropas y tocados, tratando de inferir a partir de ellos rasgos dispares de las personalidades estudiadas. Como ocurre todavía actualmente, el mercado al aire libre era espacio propicio para el encuentro, la interactuación, la amistad, el coqueteo, las galanterías… mezclándose el lenguaje despreocupado de los que ya se conocen con el respeto necesario de los tenderos hacia los posibles nuevos compradores. A pesar de recurrir a la observación detenida del mercado para aliviar su tristeza, el escritor parece no considerarlo como una escuela adecuada para los demasiado jóvenes, presentándolo incluso como antítesis de la tradicional formación académica. El concepto de mercado que se maneja en el cuento está próximo al de lugar de lucimiento de las destrezas que cada uno ha desarrollado en la vida real, descendiendo por tanto al hecho básico y primordial de conseguir alimento, sin que haya cabida para zarandajas filosóficas. Adquieren en este sentido gran relevancia los contenedores en los que la gente lleva sus compras, en su mayoría cestas de mimbre, pero también redes o sacos. El escritor se recrea asombrado en la caracterización de un ciudadano alto con una caja bajo el brazo, en cuyos cajones va introduciendo los productos adquiridos, metiendo incluso aves enteras en los enormes bolsillos de su anticuado traje. Es el ejemplo perfecto de adaptación al medio, de capacidad para conseguir y transportar presas.


Una de las mujeres que peor parada sale de las suposiciones realizadas por el escritor es una muchacha que se abre paso a codazos, que penetra con rabia entre la muchedumbre, que lanza miradas furibundas, que toquetea de mala forma todo el género de los puestos y que apenas compra nada. Cada cuatro días de mercado le acompaña atosigada una criada distinta, bien porque la muchacha renueva su servicio cada poco tiempo o bien porque las criadas no la soportan y se marchan. El escritor la imagina como la hija de un burgués rico, buena administradora de los recursos del hogar, cuyo secretario particular está condenado a escucharla constantemente como si se tratase de un organillo mecánico con una sinfonía compuesta por el mismo demonio. Tanto en este relato como en otros de Hoffmann son frecuentes los momentos en que el autor decide nombrar de manera expresa y poco reflexiva al demonio, situando a éste en el origen o en el desarrollo de las malas experiencias. El elogio de considerar a la muchacha hacendosa y con dotes para dirigir adecuadamente la economía familiar se le atraganta al escritor, que enseguida matiza esa apreciación con otras que le llevan a considerarla como difícil de sobrellevar. Late aquí el hecho de que Hoffmann durante su vida no realizó una buena gestión de sus bienes y ganancias, actuando con un entusiasmo excesivo a la hora de gastar, malogrando los recursos obtenidos como miembro del engranaje judicial del reino prusiano.


En la siguiente escena la vista de los primos se centra en dos viejas que desde sus banquetas controlan unos grandes cestos con las ropas que venden. Una de ellas muestra sobre todo lencería de ocasión de mala calidad y la otra se dedica principalmente al comercio de medias de lana y de otros tejidos. Una joven de no más de 16 años, bellísima y de aspecto pobre, se acerca a la lencera interesándose por una tela blanca con dibujo. La chica llega a un acuerdo con la vendedora sobre el precio a pagar, pero al comprobar el dinero que lleva encima se da cuenta con inmenso pesar de que no tiene suficiente. Se aleja sofocada y con lágrimas en los ojos, mientras la vieja ríe irónicamente, volviendo a colocar la mercancía. El escritor imagina entonces que ambas viejas charlan un rato sobre la muchacha, contándose la una a la otra el origen de su miseria, aderezado probablemente con alguna infamia. Comparten café despellejando a la chiquilla, olvidando las antiguas diferencias entre ellas y focalizando en esta ocasión sus ironías en quien no puede defenderse. La muchacha descrita simboliza para Hoffmann la inocencia, la identificación inmaterial que existe entre la belleza y la nobleza. No elige para su moraleja a una joven pobre y fea, sino pobre y hermosa como la aurora. Llevaba su dinero envuelto en un pañuelo, pensó que tendría bastante, como si dentro de su pañuelo el dinero pudiera multiplicarse… No quiere renunciar a una vida feliz, a lucir ropas bonitas. Las dos vendedoras encarnan en cambio la vida ya amortizada, la retroalimentación de la maldad de bajo porte.


Tanto en la escena anterior como en la que ahora mencionaremos, el escritor trae a colación la labor artística del pintor satírico británico William Hogarth (1697-1764), considerando que en aquel mercado encontraría abundante inspiración para sus pinceles. Hoffmann describe incluso un cuadro concreto de Hogarth, en el que un diablillo se desliza debajo de la silla de una mujer devota. La reflexión extraída es que aunque a alguien le vaya todo muy bien, su buena fortuna puede irse al traste en unos instantes, si interviene quien no debe, si se cruza en su camino un agente aciago. Lejos de comentarlo con seriedad, el escritor parece decirlo con picardía, como si se alegrase en cierto modo de la volubilidad de los asuntos humanos, como si estuviese convencido de que las asechanzas de la desgracia no se pueden esquivar por largo tiempo. En esta misma línea, Hogarth había realizado una serie de cuadros burlescos y moralizantes sobre el camino hacia el desastre de un joven inglés, arrastrado por sus vicios, constatación plena de que el diablo nunca descansa. La persona que en el mercado ilustra para el escritor la prosperidad es una mujer gruesa que cada día de feria incrementa el repertorio de sus mercancías y sus ingresos. Actúa con gran aplomo, tiene un espíritu fuerte, no se deja afectar por los regateos, se muestra tranquila, segura, digna. Lleva las manos casi siempre metidas debajo de un delantal blanco, y no cambia su sencilla silla de mimbre a pesar de lo rápido que mejora su comercio. Ha diversificado su negocio cada vez con más objetos de metal, cristal y porcelana, elementos de escaso valor pero muy funcionales, clave de su progreso económico, no avergonzándose el escritor de reconocer que envidia su suerte.


Las dos siguientes muchachas descritas son muy diferentes. La primera, conocida de antemano por el escritor, es hija de un empleado de hacienda. Pertenece a una clase acomodada, tiene intereses que distan mucho de los relacionados con las compras del mercado, ámbito en el que se desenvuelve muy mal. En el momento en el que elige una coliflor, la cocinera que le acompaña la sustituye por otra, recriminándole el que no sepa escoger bien el género. Este tipo de reveses merma su incipiente voluntad, hace que mire avergonzada, que se mueva con paso vacilante entre tanta gente desconocida. Es ella la que paga las compras, pero se ve arrastrada por las opiniones categóricas de su cocinera. El escritor comenta que los últimos años es común entre la burguesía enviar a las muchachas al mercado a aprender economía doméstica. De manera bastante elitista el escritor dice que no aprueba esa medida, por las influencias negativas que las jóvenes pueden recibir allí, mezclándose con las clases bajas, escuchando barbaridades y quedando a merced de los galanes que se pasean a pie o a caballo. El primo del escritor comprueba desde la ventana que son varias las muchachas que responden a este perfil. Van muy bien vestidas, tienen un aspecto distinguido, y suelen ir acompañadas por cocineras impolutas, encargadas de llevar las cestas. Conforme a los clichés de su época, el escritor alaba la forma de ser de la hija del empleado de hacienda, considerándola sumamente femenina, de tacto y finura exquisitos. Piensa que su empanamiento es normal para su edad, casi una garantía de que no esté quemando las etapas de su vida demasiado rápido.


La segunda joven que mencionábamos es la antítesis de la anterior, en cuanto a que se muestra ligera, decidida, moderna, alegre… Hace sus compras con cuidado, elige por sí misma las mercancías, ajusta bien los precios… todo lo ejecuta de un modo especial y con viveza extraordinaria. Va acompañada de una sirvienta un poco mayor que ella, intuyéndose entre ambas una gran cordialidad. Por sus zapatos blancos de seda y por la soltura con la que actúa, los primos deducen que debe ser bailarina, cómica, actriz… o al menos estar relacionada con el espectáculo. Ambos se dan cuenta de que las compras no parecen su principal objetivo, y pronto comprueban que la muchacha se había citado por allí con un joven alto y guapo, un estudiante. La actriz deja caer del puesto de fruta una manzana colorada, el estudiante la recoge y se la entrega. Entablan conversación, reanudan su antiguo conocimiento y quedan para verse de nuevo. Todo parece demasiado teatral, como si se quisiese que el flirteo no llame demasiado la atención de los demás. La manzana representa el amor carnal, la realización del deseo sexual, el disfrute desacomplejado de la belleza. La actriz y el estudiante, a pesar de su intensa atracción mutua, no se saltan los códigos sociales relacionados con el cortejo, sino que dejan que éste acentúe su pasión.


Al aludir su primo a los puestos de flores del mercado, el escritor cuenta un episodio vivido con una de las floristas, el cual supuso para su vanidad de artista un duro golpe. El escritor se vio hace tiempo interesado por el hecho de que con frecuencia dicha florista estaba embebida leyendo libros, que cambiaba periódicamente en la editorial de Kralowski. Un día determinado comprobó que la muchacha leía con tal fruición que sus mejillas estaban encendidas, sus labios temblaban y parecía completamente trasladada al lugar en que se desarrollaban los acontecimientos del libro. Con la excusa de comprarle unas flores, pudo comprobar que el libro que ella leía era uno de los escritos por él. La chica conocía perfectamente el argumento, como si lo hubiera leído varias veces. El ansia de incrementar su cultura rezumaba por todo su ser. Orgullosísimo, el escritor le confesó que él era el autor de dicha obra, esperando quizás que ella se emocionase por conocerle. Pero en cambio se quedó petrificada, como si no concibiera que los escritores existiesen, como si pensase que los libros brotan como las setas. Su incomprensión le llevó a preguntar al escritor si él había escrito todos los libros de la editorial de Kralowski. En esta anécdota queda claramente reflejado el hecho de que a la mayoría de las personas lo que les interesa de los libros es el contenido de los mismos, no las circunstancias plácidas o tormentosas de la vida de quienes los escriben. Se trata en cierta forma de una queja desgarrada de Hoffmann acerca de la invisibilidad del creador. Las obras de los artistas románticos estaban impregnadas de tal manera de su propia vida que estos no entendían que la gente pudiera consumirlas sin preguntarse quién estaba detrás, quién derramaba su locura de manera tan impetuosa. Para conectar a través de las generaciones con un escritor concreto, para entender bien los mensajes vertidos en sus obras, es preciso interesarse por cómo discurrió la vida de esa persona.


Mientras el escritor contaba esta experiencia, su primo no había apartado la vista de la hija del empleado de hacienda, a la que califica como su favorita. Es decir, el escritor ha logrado que su primo se sumerja plenamente en la observación de los viandantes, hasta el punto de no poder dejar de mirar a una joven determinada. La chica ha elegido un ramito de flores, y se ha puesto a comer cerezas de la cesta. Luego el protagonismo en la charla de los primos pasa a un caballero que ya habíamos mencionado, indicando su elevada altura y su capacidad para hacerse con toda clase de productos, como si tuviera la idea de preparar un gran banquete. El escritor se ha fijado en él otros días de mercado, considerándole enigmático. Ha diseñado para él dos posibles historias. En la primera de ellas le imagina como un antiguo profesor alemán que ha ganado a lo largo de su vida mucho dinero, no compartiéndolo nunca con nadie, y que tiene como único placer el comer bien. En la segunda historia el escritor le convierte en un pastelero francés, que junto con otros tres compatriotas llegó a Berlín a fines del Siglo XVIII, trabando ya todos ellos desde jóvenes una gran amistad. Los cuatro se habían visto con el tiempo reemplazados en sus oficios (baile, esgrima, idiomas y pastelería) por otras personas más imbuidas de las nuevas tendencias. El pastelero se había hecho cargo de la cocina, haciendo la compra y guisando para tan compacto grupo de amigos, unidos siempre en las dificultades de abrirse paso en un país nuevo. Ambas historias son muy fantasiosas, y revelan la facilidad para crear perfiles a partir de unos pocos elementos reales. En la segunda el personaje analizado tiene tintes mucho más luminosos que en la primera, contraponiéndose el compartir con el acaparar.


Con precisión matemática una labradora extrae y distribuye de un gran barril su delicioso contenido, dulce de ciruela, definido por el escritor como el caviar del pueblo. Llega ahora uno de los pasajes más emotivos del cuento, al describirse la figura de un hombre que pide limosna apoyado en la fachada del lujoso teatro. Es ciego, echa hacia atrás la cabeza como si quisiera penetrar en la oscuridad que le rodea. Lleva ropa vieja de soldado. Todos los días de mercado acarrea los cestos de verdura de la vendedora que le controla, y que gestiona luego las limosnas recibidas. Son muchos los ciudadanos que se detienen para dejar caer alguna moneda en sus manos, siendo casi imperceptible su gesto de gratitud, como si en realidad el dinero no le importase, ya que nada le aprovecha si no lo entrega a quien le controla. El escritor se detiene en las múltiples maneras observadas de dar limosna. Hay quien lo hace rápido, sin que nadie se dé cuenta, y quien en cambio organiza toda una representación. Quien puede dar mucho a veces da muy poco, y quien parece más humilde a veces da más. Una mujer elegante, esbelta, entrega al ciego una moneda, pero no parece cuidar mucho a su propia sirvienta, astrosa y con la cesta desvencijada. Criadas con las cestas repletas y andar apresurado no dudan en pararse para dar al ciego una moneda, como si se tratase de una obligación moral. Un caballero quizás rico se pone a conversar con él y, emocionado por su miseria resignada, termina tal vez entregándole hasta su último céntimo. Identificándose con el ciego por compartir invalidez, Hoffmann señala que su imagen le sugiere infinidad de reflexiones. Piensa que su vista interior llega más allá, vislumbrando la luz eterna, que le ofrece consuelo y alegría sin límites.


Realiza después el escritor un juego literario con los colores, hablando en pocas líneas del cromatismo pintoresco del mercado, del blanco de los carros de harina de los molineros y del negro de una familia de carboneros. Acerca de los molineros asegura poder contar algo repugnante, pero no lo hace, dejando en el aire el cuestionamiento de su aparente blancura. Se centra en la valoración de los carboneros, que antes solían situarse frente a su ventana, pero que ahora se han trasladado al otro extremo de la plaza. En esta familia, a la que echa de menos, destaca un hombre enorme y robusto, de manos y pies colosales, el prototipo de carbonero que pudiera aparecer en cualquier novela. El segundo miembro, pura inquietud, es en cambio bajito y de apariencia cómica, pero fuerte y trabajador. Se encarga de llevar los sacos de carbón a las casas. No deja pasar una criada sin piropearla, excediéndose a veces en los modales. Siempre es recibido por ellas con sonrisas amistosas, demostrando un don especial para caer bien, para ser invitado a todas las celebraciones. Dos mujeres fornidas y poco simpáticas, con los rostros manchados de carbón, forman parte también de la familia, en la que hay además chiquillos, niñas y un perro lobo, sirviendo éste como nexo de unión para el grupo, que se mueve entre la naturaleza y la civilización. Los primos se muestran desafortunados al hacer gracietas sobre posibles deformidades que en realidad no existen o que quedan bien disimuladas. Lo hacen al hablar de tipos que a primera vista parece que tienen joroba, pero que luego es imposible determinar dónde. Tal vez se refieren con poco tacto a la escoliosis, patología bastante frecuente caracterizada por la desviación de la columna vertebral.


Siguiendo con impulsos bastante primarios, el primo del escritor muestra su excitación al comprobar que dos verduleras han abandonado sus banastas para discutir acaloradamente, acercándose para pegarse. Es la gente la que se interpone entre las dos mujeres para calmar la disputa, sin que sea necesario el que intervengan los guardias municipales. El escritor cuenta que justo en la jornada anterior de mercado otra pelea mucho más seria fue también apaciguada por los vendedores, comprometiendo incluso su propia integridad. Estas circunstancias sirven al escritor para introducir un elogio acerca de la conducta de los berlineses, que en su opinión han ganado en categoría moral y en elevación de espíritu desde que se logró la expulsión de las tropas invasoras francesas. Los escritores románticos actuaron como caja de resonancia del patriotismo que se extendió por Europa como reacción a las ansias imperiales napoleónicas, que despertaron numerosas identidades nacionales dormidas. El escritor piensa que antes el pueblo berlinés era grosero y bruto, mostrándose burlón y desconsiderado con los forasteros. Ahora en cambio recibe a los extranjeros con cortesía y amabilidad. Antes el mercado era centro de todas las pendencias y de todos los engaños, habiendo ganado ahora mucho en tranquilidad. Incluso los golfillos no responden ya tanto al perfil de vagos que se mofan de todo lo que les chirría, sino que son más bien aprendices de algún oficio, con cierto toque de honor e ingenio que se mixtura con sus perversidades. Al hablar de que ya hay menos individuos que introducen la cizaña en el ambiente del mercado, el escritor recuerda que también antes acudía más gentuza a alistarse en los regimientos. Y es que desde siempre los ejércitos han intentado canalizar la violencia de personas extraídas de contextos muy turbios hacia fines que pudieran revertir en beneficio de la defensa del estado.


Más escéptico acerca de las bondades de los berlineses es el primo del escritor, que refiere que hace poco, paseando por la zona de la Puerta de Brandeburgo, se vio acosado por unos cuantos cocheros para tomar asiento en alguno de sus vehículos, de tal forma que uno de ellos llegó a cogerle por el brazo. Poco a poco el sonido del mercado se fue apagando. La policía ordenaba el tráfico de los carros de los vendedores, que iban abandonando la gran plaza. El escritor sentía que el vacío se apoderaba de su vida a la vez que de la plaza, obligándole a regresar a la conciencia de sus espantosos dolores. El reloj dio la una, y el enfermero condujo al escritor a la mesa, donde le esperaba una sopa sustanciosa, un huevo blando y medio panecillo. La carne la tenía casi vedada, pues al masticarla e intentar ingerirla sentía mucho dolor. Su primo le abrazó con cariño, señalando hacia la hoja del biombo, cuya frase fue repetida por el escritor con voz conmovedora para dar fin al cuento: “Et si male nunc, non olim sic erit”. “Y si ahora mal, no siempre será así”. Era la esperanza de recuperarse mezclada con el deseo de trascendencia.


Tras alumbrar este relato, elaborado con el orden interno de una partitura, Hoffmann siguió dictando lo que salía de su imaginación hasta el día anterior a su muerte. En ese penúltimo día de vida, en su novela inacabada sobre Durero, pone en boca del pintor alemán una referencia hacia los santos y su capacidad para enardecer el alma. En plenitud, Hoffmann se había mostrado más bien panteísta, epicúreo y descreído, pero dejaba ahora abierta la posibilidad de una nueva vida, como si quisiera vislumbrar la misma luz del ciego de su relato. No hay símbolos cristianos en su lápida, encargada por quienes le conocían bien. Hoffmann recurrió en sus narraciones con frecuencia a contextos religiosos y mencionó numerosas veces al demonio, como si esa personificación del mal no fuera una mera fantasía a la que culpabilizar de los errores. En los cafés acudía a reuniones de artistas heterodoxos, bastante aficionados a los relatos sobre espíritus. Quizás siempre achacó sus propias alucinaciones al alcohol y otras causas fácilmente explicables. Recurrió al sueño como técnica para alcanzar una realidad superior y nutrirse de hilos argumentales. Vivió en poesía, pero no en el sentido estricto de la elaboración de versos, sino que quiso experimentar la poesía desde el cultivo atormentado de la música, el dibujo y la narrativa. “La ventana” es verdaderamente un cuento de terror, porque es terrorífico el padecer cada día grandes sufrimientos, esperando la llegada del posible día final observando a través de una ventana cómo la gente va de un lado para otro. Nos queda la duda de si Hoffmann llegó a concebir la muerte como liberadora, pues parecía aferrarse a la vida con determinación, soportando tratamientos criminales. Siempre le quedaba algo por dictar, siempre tenía un mensaje irónico que transmitir. Casi doscientos años después, en la exótica Iberia de su admirado Calderón, sigue teniendo eco su voz sincera e infatigable.