sábado, 1 de diciembre de 2001

LA LIGA CALCÍDICA


En la península Calcídica, situada en el Norte de Grecia, se formó en los últimos años del siglo V a.C., tras la derrota de los atenienses frente a los espartanos en la Guerra del Peloponeso, una federación de pequeñas ciudades-estado, conocida como la Liga Calcídica. Todas las ciudades que formaban parte de la Liga disfrutaban de los mismos derechos y asumían responsabilidades compartidas, constituyendo un frente diplomático común con respecto al resto de las ciudades-estado griegas. Sus numerosos puertos y mercados sirvieron para articular actuaciones comerciales conjuntas, de cuya regulación consensuada se derivaban importantes ingresos. Contribuía a la riqueza de la Liga la explotación de las minas de oro y de los bosques de la región. La madera y la brea, indispensables para la construcción de barcos, estaban entre los principales productos exportados por la Liga. No todas las ciudades de la península Calcídica estaban integradas en esta coalición, pero sí la mayor parte de las mismas. Es significativo el que las ciudades aliadas promoviesen medidas favorecedoras de los matrimonios mixtos para reforzar la adhesión popular a la estructura federativa. Ésta tenía entre sus objetivos la eficaz defensa frente a las tribus tracias y el reino de Macedonia.

La capital era Olinto, donde probablemente eran acuñadas las monedas de plata que emitía la Liga. Para mostrar al resto de Grecia lo consolidada que estaba la unidad de las ciudades calcídicas y para acrecentar los sentimientos de cohesión entre ellas, la Liga emitió monedas con motivos compartidos. En el anverso de las piezas figuraba la cabeza laureada de Apolo, mientras que el reverso lo ocupaba una lira, instrumento musical tradicionalmente asociado a ese dios. En algunas acuñaciones la lira presenta siete cuerdas, y en otras sólo seis, figurando además el plectro con el que se tañía. Alrededor de la lira iba la leyenda: “De los Calcidios”.

En el 392 a.C., la Liga Calcídica suscribió un tratado defensivo y comercial con el recientemente proclamado rey de Macedonia, Amintas III. A pesar de ello, los calcidios fueron ocupando algunas ciudades que los macedonios habían tenido que descuidar debido a la presión ejercida por las tribus ilirias en otras regiones de su territorio. Diez años después, pasada la amenaza iliria, Amintas III exigió a los calcidios la devolución de las zonas ocupadas, reivindicación que éstos desoyeron. Dos ciudades calcídicas que no formaban parte de la Liga, Acanto y Apolonia, viendo peligrar su autonomía por el expansionismo de la coalición vecina, solicitaron la intervención de Esparta, que controlaba por entonces el panorama político griego. Los espartanos, para atender esta petición de ayuda, agradar a sus aliados macedonios, y evitar así el excesivo engrandecimiento de la Liga Calcídica, movilizaron contra ella un ejército de diez mil hombres, reclutados en las regiones griegas que les eran leales. Por su parte los calcidios de la Liga se dispusieron a resistir, valiéndose tanto de las milicias ciudadanas como de los mercenarios reclutados en suelo tracio.

Los primeros destacamentos proespartanos llegados a la península Calcídica ocuparon Potidea, que convirtieron en su principal base de operaciones. En la batalla librada en el 381 a.C. junto a las murallas de Olinto, la victoria correspondió a los soldados de la Liga Calcídica. Esparta tuvo que reclutar un nuevo ejército, al frente del cual estaba uno de sus dos reyes, Agesípolis, y en el que propagandísticamente se incluían importantes aristócratas de varias ciudades. Estas fuerzas tomaron la ciudad calcídica de Torone y saquearon los alrededores de Olinto, tras lo cual la sitiaron. Durante el asedio, Agesípolis contrajo una fiebre maligna y murió; su cuerpo fue colocado en un ataúd lleno de miel y enviado a Esparta para la celebración de sus funerales. La ciudad de Olinto se rindió en el 379 a.C., cuando se agotaron sus víveres tras dos años de penurias. La Liga Calcídica fue disuelta, y sus ciudades fueron obligadas a aliarse a Esparta. Amintas III recuperó las ciudades que reclamaba, entre las que estaba Pella, que había sido y volvería a ser la capital del reino de Macedonia.

Años después, con apoyo ateniense, la Liga Calcídica volvió a constituirse, iniciándose así una nueva etapa de mayor prosperidad e independencia, pero también de gestos desafiantes, que suscitaron finalmente en el 348 a.C. la absorción de su territorio por parte de la cada vez más imperialista Macedonia. La rebelde Olinto fue destruida, y a sus habitantes se les dispersó para intentar borrar para siempre su identidad ciudadana.

Bibliografía:

- Blázquez, J. M.; López Melero, R.; Sayas, J. J.; “Historia de Grecia Antigua”; Cátedra; Madrid; 1989. Páginas 579-580.

-Cartledge, Paul; “Agesilaos and the crisis of Sparta”; Baltimore; 1987. Páginas 373-374.

- Davis, Norman; “Greek coins and cities”; Londres; 1967. Páginas 82-83.

-Struve, V.V.; “Historia de la Antigua Grecia”; Akal; Madrid; 1974. Páginas 548-551.

jueves, 1 de noviembre de 2001

ESTEPA: ANTES DE LOS POLVORONES


Son difíciles de comprender los motivos que pudieron llevar a los habitantes de Estepa a permanecer fieles a la causa púnica cuando ya era clara la preeminencia de las armas romanas en la Península Ibérica. Otras muchas poblaciones hispanas habían optado por un ventajoso cambio aliancístico con el que evitar nuevas querellas. El hecho es que en el año 206 a.C., en el transcurso de la Segunda Guerra Púnica, Escipión ordenó a sus lugartenientes Silano y Marcio terminar con los últimos núcleos de resistencia filopúnica en el Sur peninsular. En el cumplimiento de esta misión Marcio llegó hasta las estribaciones de la pequeña sierra sevillana en que se alza Estepa, conocida por las fuentes clásicas como Astapa u Ostippo. Tan enconada fue la oposición presentada por Estepa a las tropas romanas que la ciudad quedó tremendamente destruida, a la vez que el grueso de su población prefirió la muerte antes que cualquier solución pactada. En ocasiones la historiografía ha puesto en duda los detalles heroicos de la resistencia estepeña por parecer demasiado tópicos y por la pervivencia de la ciudad, que, dentro del “conventus” de Astigi (Écija), alcanzó cierto esplendor en época romana gracias a la explotación agrícola de las extensas llanuras circundantes.

En la zona alta y fortificada de la actual Estepa pudieron situarse tanto la ciudad romana como la anterior, si bien para esta última se han propuesto también otras localizaciones, alejadas del Cerro de San Cristóbal y de menor altitud, lo que la habría hecho muy vulnerable. Se han rescatado en la propia ciudad y en sus alrededores varias piezas escultóricas de interés, conservadas en el Museo Arqueológico de Sevilla. Entre ellas está un fragmento de león sobre el que se aprecia una parte de la cota de mallas de un guerrero. El león resultaba para los iberos un animal exótico, casi fantástico. En este caso pudo tener un valor funerario y heroizante, transportando el alma de un guerrero ilustre al Más Allá, como ocurría con algunas de las representaciones de caballos, pero añadiendo un mayor componente mítico y de dominio sobre la adversidad. También procede de Estepa un relieve en que figuran dos soldados vestidos y armados ya a la usanza romana, incluyendo espada corta y escudo oblongo de tipo galo. Se sabe de la existencia en el entorno de Estepa de un posible santuario en que, por las piezas halladas, quizás se solían celebrar ritos religiosos de raigambre iberopúnica.

Uno de los elementos que nos podrían ayudar a explicar la fidelidad de Estepa hacia los cartagineses sería la presencia en dicha ciudad de colonos y/o soldados púnicos con vistas al ejercicio de un control más efectivo del territorio conquistado y de cara a un aprovechamiento más sistemático de sus recursos. En contra de este argumento podría esgrimirse que hasta la misma Cádiz, ciudad de origen poblacional fenicio-púnico, se entregó a los romanos sin luchar. La autodestrucción de Estepa nos lleva a la reflexión sobre la llamada “fides” ibérica, que fue alabada o vituperada por los autores romanos en función de si era favorable o no a sus intereses. Esta “fides” o pacto de fidelidad podía reflejar una situación de desigualdad socioeconómica. Pero era suscitada no sólo por los beneficios materiales y bélicos inmediatos, sino también por la propensión más o menos voluntaria y prestigiosa hacia la alianza con jefes que unían a su poder el atractivo real o fingido de su personalidad. Algunos pueblos ibéricos buscaron excusas para deshacerse de los comprometedores vínculos implicados en la “fides” profesada hacia los líderes de las potencias coloniales. Es posible que el pacto fuese más fuerte y duradero entre reyezuelos indígenas de autoridad similar. Hubo también situaciones en que el voto de fidelidad fue respetado hasta las últimas consecuencias. Este pudo ser el caso de la ciudad de Estepa, que tuvo que alcanzar un alto grado de identificación con los intereses púnicos en Iberia. Lo que es innegable es que Estepa, que ahora es conocida entre nosotros por la elaboración tradicional de polvorones, protagonizó un extraño episodio de heroísmo ante el poderoso ejército romano.

Bibliografía:

- Fernández-Chicarro y Fernández Gómez; “Catálogo del Museo Arqueológico de Sevilla II”; 1980.
- Morales, Sanz, Serrera y Valdivieso; “Guía artística de Sevilla y su provincia”; Vitoria; 1981.

lunes, 1 de octubre de 2001

NOMBRES DE PROVINCIAS DE LAS NACIONES HISPANOAMERICANAS


Los países hispanoamericanos suelen combinar en la denominación de sus provincias nombres indígenas con otros de origen lingüístico castellano. En algunas naciones, como Perú o Bolivia, las provincias son mayoritariamente designadas con nombres indígenas, mientras que otros países, como Uruguay y Argentina, recurren preferentemente a términos españoles. Ello es por lo general reflejo del respectivo peso demográfico que en cada nación tuvieron las poblaciones indígenas y las de origen peninsular. El mestizaje de la población se aprecia también en algunos nombres de provincias que unen una palabra española con otra indígena, como es el caso de Zamora Chinchipe en Ecuador. Otras veces la provincia tiene un nombre español y una capital de raíz lingüística indígena, o viceversa. Es lo que ocurre con el departamento colombiano de Santander, cuya capital es Bucaramanga, o con la provincia mexicana de Tamaulipas, que tiene por capital Ciudad Victoria. Los nombres de algunas regiones están dedicados a antiguas o actuales etnias indígenas, como es el caso de la Novena Región chilena, llamada Araucanía. Otros nombres honran a líderes indígenas que encabezaron la resistencia de su pueblo hacia los conquistadores españoles, como Lempira, que es una provincia hondureña.

La explicación de gran parte de los nombres provinciales de los países hispanoamericanos hay que buscarla en su propio desarrollo histórico y en factores geográficos. Algunas regiones aluden a los descubridores y exploradores europeos; así, Colón es el nombre de una provincia de Panamá y de otra de Honduras, mientras que la Duodécima Región chilena, situada en el extremo sur de América y más allá, es la de Magallanes y la Antártida chilena. Esta región tiene entre sus provincias una designada con un nombre acorde a la desolación del territorio: Última Esperanza. La presencia española en la toponimia provincial americana se manifiesta sobre todo mediante la utilización nostálgica de los nombres de ciudades y comarcas peninsulares, indicativos en muchos casos de la procedencia de los colonos que fundaron o rebautizaron los núcleos poblacionales. Algunos ejemplos son las provincias de Trujillo y Mérida (ambas en Venezuela), León y Granada (ambas en Nicaragua), Córdoba (de Argentina y de Colombia) o La Rioja (Argentina). Otras veces se mantiene la grafía antigua de la población de referencia, como en la provincia nicaragüense de Madriz, o se utiliza la pomposa adjetivación de “Nuevo” o “Nueva”, como en Nuevo León (México) o Nueva Segovia (Nicaragua). Algunos nombres provinciales tienen curiosas y antiguas resonancias mediterráneas, asociadas a veces a elementos ideológicos, como la provincia insular venezolana de Nueva Esparta, la costarricense de Cartago y el departamento colombiano de Antioquía.

Son frecuentes los nombres provinciales de santos y santas, e incluso hay una provincia llamada Los Santos en Panamá. Abunda sobre todo el nombre de Santiago, claro vínculo religioso con la metrópoli, presente por ejemplo en Chile, Cuba y la República Dominicana. La herencia cristiana se refleja también en otros nombres de provincias, como Santa Cruz (Argentina y Bolivia), Veracruz (México), Santa Fe (Argentina), Sancti Spiritus (Cuba), Gracias a Dios (Honduras), Madre de Dios (Perú) y San Salvador, que es la provincia que alberga a la capital de El Salvador. La actividad jesuítica es recordada mediante el nombre de Misiones, que es el de un departamento paraguayo y el de una provincia argentina. Provincias selváticas llamadas Amazonas las hay en Perú, Colombia y Venezuela; Amazonas es además uno de los estados de Brasil.

Muchas provincias de naciones hispanoamericanas tienen por nombre apellidos de origen español, destacando los apellidos de los Libertadores, los héroes de las guerras que supusieron la emancipación con respecto a España. Es el caso de las provincias de Bolívar (Ecuador, Colombia y Venezuela), Sucre (Colombia y Venezuela), San Martín (Perú), Artigas (Uruguay) y Duarte (República Dominicana). El Libertador chileno O’Higgins, cuyo padre era irlandés, tiene dedicada la Sexta Región chilena. Los nombres de algunas provincias son también nombres de batallas en las que los realistas o partidarios de la prolongación de la soberanía española sobre América fueron derrotados, como Ayacucho (Perú) o Carabobo (Venezuela).

Hay provincias cuyos nombres sirvieron a los gobiernos para proclamar su confianza en diversos valores o aspiraciones, como La Paz (Bolivia, Honduras y El Salvador), Alta y Baja Verapaz (Guatemala), La Libertad (El Salvador y Perú), Independencia (República Dominicana), El Progreso (Guatemala) y La Unión (El Salvador). También tienen gran sonoridad los nombres de ciertas capitales de provincia, como Resistencia, que es la capital de la provincia argentina del Chaco, o Liberia, capital de la provincia costarricense de Guanacaste. Dos provincias hondureñas tienen los utópicos nombres de Atlántida y El Paraíso. Y los cubanos tienen una municipalidad especial insular dedicada a la Juventud. Entre los nombres más curiosos está el de una provincia uruguaya, consistente en un número: Treinta y Tres. Con este nombre se honra a los treinta y tres valientes que en 1825 cruzaron el río Uruguay para recuperar los territorios orientales que se había anexionado Brasil.

La toponimia española afecta también a pequeñas islas caribeñas de habla no hispana, como la isla británica de Montserrat. Incluso algunos estados norteamericanos ostentan nombres españoles, como Florida, Nevada y Colorado, recuerdo de viejas conquistas y exploraciones. Los nombres de las provincias de las naciones hispanoamericanas son el resultado del deseo de sus sucesivos gobiernos de reflejar en la división político-administrativa de su territorio su trayectoria histórica, caracterizada por el encuentro, el enfrentamiento y la reconciliación de pueblos diferentes, uno dispuesto a dar nombres emotivos a nuevas tierras y otro decidido a conservar los nombres de las tierras de sus ancestros.

miércoles, 1 de agosto de 2001

MOLDAVIA


A lo largo de 1991 las diferentes Repúblicas que componían la Unión Soviética fueron declarando su Independencia. Entre los nuevos Estados surgidos de la desmembración soviética se encuentra la República de Moldavia, situada al Este de Rumanía y sin salida al Mar Negro. Esta nueva Moldavia independiente incluye tan sólo la mitad oriental de la región histórica de Moldavia. La otra parte, situada al Oeste del río Prut, se unió en 1859 al Principado de Valaquia, constituyendo así el núcleo inicial de la actual Rumanía. La época de mayor esplendor para Moldavia como entidad política fue la segunda mitad del siglo XV, con el gobierno del príncipe Esteban III, que logró repeler las frecuentes incursiones otomanas, húngaras y polacas.


La lengua que se habla en Moldavia es una variante dialectal del rumano, aunque con bastantes préstamos lingüísticos eslavos. Es por tanto una lengua derivada del latín que nos remite al período en que gran parte de los actuales territorios de Rumanía y Moldavia estuvieron integrados en la provincia romana de la Dacia (105-271). La identificación con la herencia romana está en la base del nacionalismo rumano decimonónico, hasta el punto de que el nombre de Rumanía y de la lengua rumana tiene en los romanos su origen etimológico. La lengua rumana hablada en Moldavia tuvo que utilizar el alfabeto cirílico por imposición stalinista, pero ya emplea nuevamente el alfabeto latino. Un hecho curioso es que abundan las palabras groseras entre los términos rusos adoptados por el habla de Moldavia. La primera universidad rumana fue fundada en la capital de la antigua Moldavia, Iasi, lo que revela la pujanza cultural de esta región histórica. Moldavia es una de las naciones que mayor porcentaje de su Producto Nacional Bruto invierte en educación (9’7%).


Son numerosos los elementos étnicos y culturales que unen a Moldavia y Rumanía, a pesar de lo cual existen también grandes recelos mutuos. En un plebiscito celebrado en 1994, el 94% de la población de Moldavia que participó en el mismo se mostró contraria a su reunificación con Rumanía o con cualquier otro Estado. Algunos sectores nacionalistas rumanos trabajan por la futura anexión de Moldavia, a la par que critican la “rusificación” que a su juicio experimentó esta República. Los nuevos símbolos nacionales adoptados por Moldavia recalcan su proximidad con la realidad rumana, como es el caso de la bandera tricolor o el águila geometrizada de su escudo, sin que ello signifique pérdida alguna de soberanía. La moneda oficial de Moldavia recibe la misma denominación que la moneda rumana, el “leu”. En la mayoría de los billetes moldavos aparece la imagen de un heroizado Esteban III. No es casual que el busto del mismo príncipe empezase a aparecer en las monedas rumanas el mismo año en que Moldavia declaró su Independencia. Es un caso significativo de la apropiación simbólica de un personaje histórico por parte de dos Estados, como ocurre con Alejandro Magno para Macedonia y Grecia.


La redistribución poblacional realizada por los soviéticos para reducir las diferencias étnicas entre sus Repúblicas se dejó sentir también en Moldavia, donde hay importantes contingentes de población eslava, especialmente en la región rebelde e industrializada de Transnistria, situada al Este del río Dniester, y que reclama su Independencia. El gobierno moldavo ha intentado satisfacer algunas de las reclamaciones de Transnistria mediante la concesión de un amplio estatuto de autonomía. También disfruta de una autonomía especial dentro de Moldavia la región de Gagauzia, poblada en gran parte por turcófonos católicos, mientras que la variante ortodoxa del cristianismo es la más enraizada entre el resto de los moldavos. La joven República independiente aún no considera cerrada la identificación de su territorio actual con su territorio histórico, de modo que mantiene vagas aspiraciones territoriales sobre algunas posesiones ucranianas, como el Norte y el Sur de la antigua Besarabia.


El considerable potencial agrícola de Moldavia ha facilitado el desarrollo de la industria alimentaria, determinando así la orientación ocupacional de sus habitantes. Los caudalosos ríos Prut y Dniester han favorecido el establecimiento de importantes centrales hidroeléctricas. El comercio exterior de Moldavia sigue centrado en las antiguas Repúblicas soviéticas, si bien el país intenta incrementar sus relaciones con la Europa Occidental. Su balanza comercial deficitaria no le permite de momento afrontar el pago de su deuda externa. La difícil coyuntura económica ha provocado el incremento de la emigración. A pesar de ello Moldavia sigue teniendo una elevada densidad de población.


En la Declaración de Independencia de Moldavia, fechada el 27 de Agosto de 1991, puede leerse: “El Parlamento de la República de Moldavia, constituido después de elecciones libres y democráticas, […] proclama solemnemente, en virtud del derecho de autodeterminación de los pueblos, en el nombre de toda la población de la República de Moldavia, y ante el mundo entero, que: La República de Moldavia es un Estado soberano, independiente y democrático, libre para decidir su presente y su futuro, sin ninguna interferencia externa, conforme a los ideales y aspiraciones del pueblo dentro del espacio histórico y étnico de su estructuración nacional”. Para Moldavia se inician nuevos retos de estabilización política y económica. Retos que afrontará desde la recién adquirida condición de Estado.


Bibliografía:

- Fedor, Helen (Editora); “Belarus and Moldova: country studies”; Washington; 1995.

domingo, 1 de julio de 2001

LAS ESTELAS OIKOMORFAS BUREBANAS


A mi madre, Victorina, nacida en Hermosilla

SALIONCA

Las estelas funerarias con forma de casa aparecieron en su mayoría en el término municipal de la localidad burgalesa de Poza de la Sal. Sólo unos pocos ejemplares fueron hallados en otras localidades próximas. Poza de la Sal pertenece a la comarca de la Bureba, cuya ciudad principal es Briviesca, la antigua Virovesca. Tanto el nombre de la Bureba como el de Briviesca proceden etimológicamente del dios céltico Vurovius (Solana Sainz, 1978, 196-201), frecuente en la epigrafía local. La Bureba estaba integrada en época prerromana en el territorio de los autrigones, que como una cuña se extendía desde la ciudad costera de Flaviobriga (Castro Urdiales) hasta la Sierra de la Demanda. Uno de los mayores núcleos poblacionales de los autrigones fue Salionca, que casi con toda seguridad podemos identificar con los yacimientos del Cerro del Milagro, en el municipio de Poza de la Sal (Solana Sainz, 1978, 436-447).

La importancia económica y militar que en época antigua tuvo Poza de la Sal se debió tanto a la existencia de salinas como al control de uno de los dos pasos, flanqueados por montes, que comunican la Bureba con el río Ebro (el otro paso es el famoso desfiladero de Pancorbo). El río que pasa por Poza de la Sal es el Homino, afluente del Oca, que vierte sus aguas en el Ebro. Junto al cauce de estos ríos discurrió una importante vía de comunicación, por la cual se comercializaría la sal. La proximidad con respecto a la ruta del Ebro favoreció la inserción de la Bureba en fenómenos culturales similares a los celtibéricos, algo que quedaría probado si se lograse identificar con Briviesca la ceca de Virovias (Solana Sainz, 1974, 135-136), ubicada para Beltrán (1950, 328) en Borobia (Soria). Solana Sainz (1978, 53-55) defiende el entroncamiento de los autrigones con poblaciones célticas europeas por medio de argumentos lingüísticos, los cuales siempre deben ser valorados con prudencia. Es cierto que en el área burebana se aprecia un poso cultural céltico, sobre todo en la epigrafía, en la toponimia y en las decoraciones astrales de sus estelas. Es significativo el que uno de los enclaves más extensos y populares de Poza de la Sal sea la meseta conocida con el nombre céltico de “El Páramo”.

La religiosidad prerromana local, vinculada en gran medida a los elementos naturales, se transformó por la acción romana, la cual sin embargo no pudo sustituir en los contextos funerarios el típico simbolismo astral céltico por figuraciones de gusto clásico. El paganismo está documentado en la región hasta al menos el siglo IV, momento en que un taller local empezó a fabricar sarcófagos exentos decorados con motivos cristianos en sus cuatro caras (Solana Sainz, 1978, 202-206). La actual ciudad de Poza de la Sal mantiene algunos rasgos urbanísticos parecidos a los de la cercana ciudad autrigona de Salionca, como el escalonamiento y la sobreposición de las casas en una ladera montañosa, la existencia de canales de desagüe en sus empinadas calles, y el desarrollo poliorcético. La actual “Fuente Vieja” de Poza de la Sal era la que abastecía de agua a la ciudad romana, cuyas calles estaban tiradas a cordel. Durante la campaña de Augusto contra los cántabros, Salionca tradujo su posición estratégica en un mayor desarrollo urbanístico, monumentalizándose. Desapareció con las invasiones de los pueblos bárbaros. En su necrópolis romana, situada junto al Cerro del Milagro, se documentan tanto incineraciones como inhumaciones. Allí es donde aparecieron casi todas las estelas que son objeto de nuestro estudio.


LUGARES EN QUE SE CONSERVAN LAS ESTELAS OIKOMORFAS

De las 78 estelas oikomorfas burebanas inventariadas por Abásolo, Albertos y Elorza (1976, 19-58), 13 se encuentran actualmente desaparecidas. 25 se conservan en la granja “La Vieja” de Poza de la Sal, próxima a la necrópolis romana donde aparecieron muchas de las piezas. De entre estas 25, 19 de ellas están en el interior de la granja, mientras que otras 6 forman parte de sus paredes, ya que fueron reutilizadas como sillares. 11 estelas pertenecen a la colección “Martínez Santa-Olalla” de Poza de la Sal, pues este arqueólogo burgalés se ocupó de su estudio desde la década de 1920. 12 estelas están en el Museo Arqueológico Provincial de Burgos, 4 en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, 4 en el Museo de Arqueología de Cataluña de Barcelona, 2 en el Museo Arqueológico Provincial de Granada y 1 en el Museo Arqueológico Provincial de Valladolid. El Museo Arqueológico de Guimaraes en Portugal es el único museo extranjero que luce por cauces lícitos en sus vitrinas una estela burebana, donada por Martínez Santa-Olalla. 2 estelas son de una colección particular de Madrid, 1 está en el Hospital Psiquiátrico de Oña, 1 en la casa de un vecino de Poza de la Sal y otra junto a una casa del pueblo de Quintanaélez. Se sabe que a principios del siglo XX había más de trescientas estelas oikomorfas dispersas por la necrópolis romana de Poza de la Sal. En fechas posteriores el yacimiento fue objeto de una rapiña sistemática que ha hecho que no conozcamos muchos ejemplares.


LA FORMA DE LOS MONUMENTOS, SUS ORÍGENES Y SU FUNCIÓN

Los monumentos funerarios aparecidos en el área de Poza de la Sal son de carácter oikomorfo, es decir, tienen forma de casa. Son representaciones pequeñas en términos generales, oscilando su tamaño entre los 14 y los 60 centímetros de altura, entre los 11 y los 59 centímetros de anchura, y entre los 13 y los 90 centímetros de fondo. En muchos ejemplares se aprecia que el bloque de piedra caliza sobre el que fueron tallados era de tendencia cúbica, de modo que las tres medidas básicas de cada pieza son con frecuencia similares entre sí. Todas las casas tienen planta rectangular y tejado de doble vertiente. Sólo se conoce un ejemplar formado por la unión de dos módulos iguales (nº13). El significado de esta pieza es intrigante, pudiéndose relacionar con dos individuos que en vida estuvieron unidos por lazos familiares o afectivos muy fuertes. Los elementos decorativos, epigráficos y de acceso simbólico se concentran siempre en la parte frontal del monumento, que actúa como fachada, mientras que las otras partes son completamente lisas. Hay piezas que parecen tener su estructura o decoración incompleta, como si hubiese sido necesario utilizarlas antes de matizar los detalles. Es decir, como si el enfermo hubiese muerto antes de lo previsto, solicitando al taller que la pieza de encargo fuese entregada para la ceremonia fúnebre tal y como estuviese. En la fachada lo normal es que haya una sola puerta, aproximadamente centrada, aunque algunas piezas tienen dos o incluso tres (nº23). En los casos en que hay varias puertas, éstas suelen disponerse simétricamente, salvo en alguna rara excepción (nº73). La puerta puede abrirse en la base o ligeramente por encima de ella. Su forma varía, predominando las semicirculares, arqueadas, cuadradas y rectangulares, si bien se conoce también alguna puerta triangular (nº14). Las puertas dan acceso a una oquedad que generalmente comunica con otro hueco de similares dimensiones situado en la base del monumento. En algunos casos este hueco inferior constituye una verdadera caja, perfectamente escuadrada, mientras que en otras casas no existe o sólo está insinuado (Abásolo, Albertos y Elorza, 1976, 79).

Para Linckenheld (1927, 126ss), las estelas con forma de casa eran un producto genuinamente gálico o céltico destinado a servir como monumento funerario. Para defender el carácter céltico de este tipo de piezas, Linckenheld utilizó el argumento de la decoración astral, bastante ajena a las creencias romanas. Interpretó la puerta de los monumentos oikomorfos como la puerta del sepulcro por donde las almas de los muertos pueden salir a recorrer los espacios terrestres; tanto esta idea religiosa como la concepción de la tumba como casa serían para Linckenheld de origen céltico. Martínez Santa-Olalla (1931-1932, 233) puso en relación las “estelas-casa” con las “pedras formosas” del Noroeste peninsular. García y Bellido (1968, 39) insistió nuevamente en estas relaciones, aludiendo a una identidad de concepto y de forma entre las "pedras formosas” castreñas y las estelas oikomorfas burebanas, resaltando las similitudes de su decoración astral. Oelmann (1930, 1-39) buscó significados distintos, hasta llegar a sugerir que las estelas oikomorfas pudieran estar representando graneros. Es cierto que las casas antiguas podían asumir también esta función de almacenamiento de víveres por previsión del ciclo agrícola y estacional. Florescu (1942, 56) defendió que las “estelas-casa” descendían de otro tipo de monumento funerario: los “pilares-estela” coronados por una pirámide. Benoit (1955, 224ss) negó el carácter céltico de las estelas con forma de casa, poniéndolas en cambio en relación con fenómenos religiosos de las primitivas civilizaciones mediterráneas, como el culto al cráneo, si bien esta última práctica era también característica de la religiosidad céltica.

Los monumentos oikomorfos no son siempre algo exclusivamente funerario, sino que pueden también adquirir un significado votivo, actuando como aras. La estructura formal de las “estelas-casa” se corresponde con la manera más universal y convencional de representar una vivienda. Entre los ejercicios de dibujo que los niños realizan en el parvulario están las representaciones de casas, resultando significativo el que los modelos propuestos por los manuales o profesores sean como las estelas oikomorfas, generando así la proclividad hacia este tipo de diseño sencillo. Por tanto las “estelas-casa” no son un fenómeno cultural aislado, sino la materialización de conceptos generales presentes en muchas culturas. Abásolo, Albertos y Elorza (1976, 82) consideran que las “estelas-casa” no derivan de las “tumbas-casa”, aunque respondan a conceptos religiosos similares. Cuestionan el carácter exclusivamente céltico de las piezas burebanas en favor de la aceptación de una influencia también mediterránea. Aclaran que las decoraciones astrales de las casitas de Poza de la Sal se diferencian bastante de los típicos símbolos castreños, de modo que en el caso burgalés no hay trísqueles ni entrelazos ni cesterías.

En ámbitos centroeuropeos han aparecido “aras-casa” con representaciones plásticas de las deidades o con inscripciones alusivas a su función votiva. Los monumentos oikomorfos pueden también ser representados como atributos de las divinidades. Ello hizo pensar a Wiegels (1973, 548-549) que la puerta delantera con forma de nicho servía para depositar ofrendas, mientras que el agujero inferior permitiría encajar un puntel que asegurase la fijación al suelo de las casas, según se aprecia en un relieve de Sarrebpourg. Defendiendo el influjo de los patrones simbólicos clásicos, Abásolo, Albertos y Elorza (1976, 83) trazan una relación entre las “aras-casa” y el “templo in antis” por una parte, y entre las “estelas-casa” y la “edícola templiforme” por otra. La diferencia entre ambos grupos radica en que en el primer caso los elementos estructurales de la casa siguen siendo funcionales, mientras que en el segundo son sólo simbólicos, quedando reducidos a un simple dibujo. Las estelas de tradición romana serían por tanto la visión frontal de un “templo in antis”.

Los monumentos oikomorfos burebanos, formalmente tan parecidos entre sí, no tuvieron siempre el mismo cometido. Algunos sirvieron como verdaderas urnas cinerarias, otros fueron estelas colocadas sobre cajas que contenían cenizas, y otros pudieron servir para señalar inhumaciones. La cronología de las piezas parece muy dilatada, abarcando tanto el período de romanización como la época de plena romanidad. Las gentes autrigonas que las utilizaron estaban apegadas a costumbres funerarias muy concretas, manifestando así un conservadurismo militante. Frente a las estelas funerarias de tradición romana, caracterizadas por su evolución y cambio, las estelas oikomorfas burebanas mantuvieron sus rasgos definitorios casi inamovibles, si bien algunas probablemente tuvieron que adaptarse a la sustitución del tradicional rito funerario de la cremación. El peso de la romanización se deja sentir a través de las inscripciones latinas. Ya para el cambio de era, el modelo de casita funeraria estaba plenamente fijado y arraigado en el área de Poza de la Sal. Es un modelo influenciado por el “heroon” clásico y el “naiskos” helenístico, pero sin tantos adornos o elementos complementarios. Dentro de la necrópolis, las “estelas-casa” se disponían en calles perfectamente alineadas; había por tanto una urbanística cementerial intencionadamente planificada. Cada monumento oikomorfo ocuparía en la necrópolis un lugar preciso en función de la perspectiva que hubiese de ofrecer. Las casitas burebanas ofrecían tan sólo una perspectiva frontal, pues sólo tenían decorada la fachada. Fueron por tanto concebidas para ser contempladas únicamente de frente, a diferencia de la “edícola templiforme” de tradición romana, la cual podía ser admirada por sus cuatro lados. En la misma necrópolis romana de Poza de la Sal aparecieron junto a las casitas otras estelas más convencionales, así como aras y sarcófagos. La tradición escultórica de Poza de la Sal se forjó a lo largo de todo el período de dominio romano. Tanto las estelas oikomorfas como los sarcófagos paleocristianos realizados en los talleres de Poza de la Sal manifiestan atrevimiento y creatividad a pesar de que puedan parecernos objetos artísticos toscos.

Abásolo, Albertos y Elorza (1976, 84) admiten que las estelas con forma de casa fueron usadas en Hispania sólo por gentes de raigambre céltica, pero defienden para ellas un origen inscrito en la tradición arquitectónica y funeraria clásica. Consideran que sus motivos astrales corresponden a tradiciones simbólicas continentales, pero también difundidas en el mundo clásico. En nuestra opinión, aunque las estelas oikomorfas tuviesen un origen formal grecorromano, fueron objeto de apropiación simbólica por parte de poblaciones de raíz hispanocelta, que las usaron para expresar creencias propias relacionadas con el tránsito hacia el espacio de la muerte. Prueba de esta apropiación religiosa es tanto su presencia peninsular en territorio exclusivamente céltico como el conjunto de motivos astrales que las decoran. Los motivos decorativos burebanos y castreños no son exactamente iguales, pero sí que responden a un parentesco cultural e ideológico. El significado transicional de las estelas oikomorfas burgalesas aparece también en las “pedras formosas” galaicas, asociadas a espacios termales donde pudieron practicarse ritos de cohesión, de paso e iniciáticos relacionados con las aguas.

La insistencia decorativa de los crecientes lunares, de las hexapétalas y de otros motivos curvos o estrellados señala que las casitas del área de Poza de la Sal eran portadoras simbólicas y emblemáticas de la ideología religiosa local, mantenida incluso en época ya romana, y a pesar de la asunción de elementos de romanización, como la lengua latina. Los motivos cósmicos, aunque encerrasen un profundo significado simbólico, eran también y evidentemente ornamentales. El antifigurativismo detectado, sólo roto por algunas aves, una posible liebre y una cabeza humana, encaja con los patrones estilísticos latenienses. Esta vinculación europea de las estelas oikomorfas burebanas queda reforzada por el hecho de que monumentos funerarios similares sólo los encontramos fuera de la Península Ibérica, con la excepción de una casita de Astorga. Su valor como indicador étnico es moderado, pues por ejemplo no afectaron a la estética religiosa de todos los autrigones, sino sólo a algunos de sus clanes. La singularidad de las estelas oikomorfas de la Bureba radica en parte en la fusión de un soporte de tradición clásica con unos motivos ornamentales de tipo céltico, algo lógico en una época caracterizada por la profunda e impuesta transformación cultural.


LA DECORACIÓN DE LAS ESTELAS OIKOMORFAS

La mayoría de los monumentos funerarios oikomorfos burebanos presenta motivos ornamentales, casi siempre geometrizados, en su cara frontal, la cual corresponde a la fachada. Estos elementos decorativos se prestan a una interpretación simbólica de carácter preferentemente escatológico y ultraterreno. El elemento más representado en los frontones, que es donde se concentran casi todos los motivos astrales, es el creciente lunar, que puede ir solo o acompañado de otras decoraciones. En la interpretación de las composiciones astrales es preciso valorar su repetición, la manera en que sus elementos se combinan, su posición y las variaciones de tamaño. En la iconografía funeraria es común la insistencia en motivos capaces de transmitir la idea de tránsito o cambio de destino vivencial.

La luna burebana se muestra siempre en las manifestaciones plásticas de la región con forma de creciente, el cual tiene sus mitades simétricas y sus puntas hacia arriba. Ha sido interpretada como morada de los muertos (Cumont, 1942, 177ss), como signo de una protección sobrenatural (Nock, 1942, 142) o como una esperanzadora visión de lo que nos espera en el Más Allá (Leglay, 1966, 173). Es muy probable que entre los autrigones existiese ya en época prerromana una teología lunar, si bien los cultos lunares pudieron llegar también hasta las regiones del interior de Hispania a través de los movimientos de las legiones romanas y de sus auxiliares indígenas. Hatt (1970, 65-66) constató que la onomástica de las estelas galas en que aparecía el creciente lunar era fundamentalmente indígena, por lo que dicho creciente estaría relacionado con creencias célticas, enmascarando quizás a una deidad autóctona o pancéltica. Los crecientes lunares de las estelas de Poza de la Sal pueden ir sobre un soporte triangular o trapezoidal o sobre un vástago largo y vertical. Pudiera tratarse de la representación plástica de un objeto de culto presentado a la veneración de los iniciados en materia religiosa. Es clara pero probablemente casual su similitud con el signo de Tanit, si bien es cierto que la luna pudo tener connotaciones femeninas. La hipótesis del “ostensorio lunar” parece sacada de una transposición de la liturgia cristiana, donde la cruz tiene una importancia equivalente. Abásolo, Albertos y Elorza (1976, 69) piensan que el modo específico en que los indígenas representaron el creciente podría estar ligado a determinadas agrupaciones tribales o religiosas, como si de un símbolo de afirmación comunitaria se tratase. Los telegenos norteafricanos colocaron en sus monumentos funerarios símbolos lunares muy parecidos a los burebanos. El fuerte simbolismo de la luna fue alimentado por la religión islámica en aquellas regiones en que triunfó. La luna podría también aludir a la existencia de ritos religiosos célticos efectuados durante la noche, la cual sirve como envoltorio mistérico.

El sol, menos importante en la iconografía autrigona, suele aparecer en las estelas como una rueda o como una rosácea. No siempre es fácil su identificación, aunque es casi segura en los casos en que la rueda o la rosácea es la única representación astral, cuando ocupa una posición central o preponderante, cuando su tamaño es mayor que el de otros elementos decorativos y cuando se combina armónicamente con el creciente lunar. La rueda de radios curvos puede aludir tanto al sol como al trueno. La rosácea, por su forma de flor geometrizadamente abierta, revela de forma más directa su carácter de representación solar. Las estrellas no se presentan normalmente como únicas o principales, sino que por el contrario van en composiciones múltiples y mantienen una relación de vasallaje con respecto al astro principal, que puede ser la luna o el sol. Si los astros menores aparecen como una pareja, tal vez estén refiriéndose a Hesperis y Phosphoros, o bien al culto ya romano de los Dióscuros. Cuando son tres las estrellas y se disponen en triángulo, podríamos estar ante un simple motivo ornamental derivado del tema decorativo de las tres rosas, característico de los monumentos funerarios militares romanos (Hatt, 1970, 14). Si la estrella asoma sola, quizás es símbolo de la heroización del difunto. Todas estas interpretaciones de los motivos astrales son bastante discutibles, en parte por tomar como referencia las prácticas religiosas romanas en vez de otras de corte céltico.

Un tema decorativo curioso y de difícil interpretación son las escuadras, que casi siempre están insertas en representaciones astrales. Pudieran ser los pasadores de las puertas del cielo, las cerraduras de dichas puertas o las puertas en sí mismas. Las escuadras siempre aparecen en parejas, a veces con los vértices hacia dentro y a veces hacia fuera. No sólo forman parte de monumentos funerarios, sino que también están presentes en los escudos de los relieves de armas o en mosaicos de caza. Cuando adornan escudos ocupan los ángulos de los mismos, mientras que el centro tiene un sol u otro símbolo astral. En algunas estelas funerarias de Pannonia las escuadras están rematadas por una especie de dedos, recordando el conjunto a unos brazos doblados. Podrían ser por tanto una representación esquemática de los brazos de Atlante, encargados de soportar el universo astral. La abundancia de motivos astrales en las estelas de Poza de la Sal podría relacionarse con la concepción celeste de la morada ultraterrena o con la confianza hacia las fuerzas divinas que de allí emanaban.

A pesar de que lo céltico suele estar relacionado con la consciencia del vitalismo de los árboles, no son muy comunes en las estelas oikomorfas de la Bureba los motivos vegetales de tipo naturalista y no geometrizado. En un caso (nº35) dos probables hojas de hiedra con su tallo se disponen simétricamente a ambos lados de un creciente lunar. Las hojas de hiedra son características de las decoraciones de la cerámica ibérica. Su simbolismo se relaciona con la inmortalidad y con la capacidad de sobrevivir a los cambios y a las diversas estaciones. Otro monumento (nº64) se adorna con dos coníferas esquemáticas que pudieran ser cipreses o pinos, árboles fúnebres cuya hoja perenne es símbolo de una fuerza interior que los renueva y mantiene (Cumont, 1942, 40ss). Mientras que los cipreses están más relacionados con el sol como fuente de vida, los pinos están más próximos al culto a Atis, dios fúnebre y signo de resurrección. Con la representación de las coníferas se aludía en definitiva a la regeneración de la vida tras la muerte. La escasez de los símbolos funerarios vegetales en las estelas oikomorfas de Poza de la Sal revela el carácter secundario de éstos en la estética religiosa de los autrigones, caracterizada por la primacía de las alusiones cósmicas.

Dos estelas incorporan motivos animalísticos. En un caso (nº14) se trata de dos aves que flanquean la puerta del monumento. Ambas miran hacia el orificio de entrada, pero manteniendo posturas asimétricas, poco heráldicas en cuanto a que no están afrontadas. Los pájaros eran animales psicopompos, es decir, que trasladaban el alma del difunto al Más Allá, lo que hacía que en ocasiones fuesen identificados con tales almas en su tránsito hacia el ámbito de la muerte. La otra estela (nº11) tiene su creciente lunar acompañado por un pájaro y una probable liebre. Esta última es quizás promesa de los goces futuros. En estelas funerarias itálicas la liebre, al igual que la paloma, es representada comiendo de un racimo de uvas, adquiriendo así un matiz de placer dionisíaco. La liebre estaba consagrada a Artemisa, cuyo culto estaba íntimamente ligado a la luna, por lo que no es extraño que aparezca junto al creciente lunar de una estela burebana. En otra pieza (nº47) se representa de forma muy esquemática el busto de la difunta, que ocupa la parte superior del frontón. En el complejo ideológico celta la cabeza no sólo es considerada como la parte más importante y representativa del cuerpo, sino que además puede ser sinónimo de la misma muerte (Lambechts, 1954, 95ss). En este caso tal vez las connotaciones religiosas no sean tan fuertes, tratándose más bien de un intento de hacer más próxima y cercana a la muerta.

Las arquerías y los arquitrabes complementan la estructura arquitectónica simulada de las estelas oikomorfas burgalesas. Las series de arcos no pretenden constituir un ambiente que sirva de marco o fondo a otras escenas y figuras, sino que son un motivo ornamental con significado propio. Su ubicación suele tener en cuenta cierta simetría y orden con respecto al nicho de la puerta. Su variabilidad y difusión en monumentos funerarios de diferentes espacios mediterráneos es signo de la importancia de su simbolismo concreto. En el caso burgalés las arquerías no parecen estar relacionadas con puertas infernales o con puentes encargados de unir mundos distintos. Y es que sobre los arcos no suele haber una superficie llana transitable, como debería suceder en el caso de que fueran puentes. Las baterías de arcos servirían más bien para ayudar a representar el mausoleo en que descansan los restos del difunto (Abásolo, Albertos y Elorza, 1976, 77), como ocurre con otros monumentos funerarios europeos cuya simbología alcanza incluso el Medievo. Los arcos están significando tanto un paso hacia otro ámbito vivencial como una glorificación del muerto al que se desea honrar, monumentalizando así simbólicamente su tumba. La estructura arquitrabada de la decoración de algunas estelas refuerza su carácter cultual como mausoleo, reproduciendo el esquema clásico del “tetrapilon”. Los reticulados propios de unos pocos monumentos funerarios burebanos serían más decorativos que simbólicos. El sogueado (nº77), las líneas oblicuas (nº29) y los dientes (nº16) de algunos frontones podrían estar aludiendo a las tejas, generalizadas durante el proceso romanizador.

Las técnicas utilizadas en la ornamentación son el relieve plano y la incisión. Esta última es más propia de los adornos simplemente abocetados. El relieve puede ir sobre fondo plano o puede resultar de excavar una superficie lisa resaltada. Las técnicas son algo toscas, pero ello no se debe sólo a falta de pericia, sino también al deseo de crear una estética simbólica nueva y expresionista, caracterizadora de las peculiaridades de la sociedad que las estaba utilizando. El compás desempeñó una función destacada en el alumbramiento de este lenguaje artístico autóctono.


LAS INSCRIPCIONES LATINAS DE LAS ESTELAS OIKOMORFAS

Sólo una docena de los monumentos funerarios oikomorfos recuperados en el entorno de Poza de la Sal parece haber tenido inscripción, si bien en bastantes casos el estado de las piezas y de sus caracteres epigráficos es deficiente, lo que dificulta la lectura de las inscripciones, realizadas siempre en latín y a veces con ayuda de líneas de guía. Los tipos de letra de los monumentos con inscripción permiten adscribir éstos a un período comprendido entre los siglos I y IV de nuestra era. Ello no quiere decir que todos los monumentos oikomorfos burebanos sean de esa época, ya que algunos pudieron ser anteriores. La larga perduración de estos objetos funerarios en una región muy determinada probablemente es relacionable con gentes culturalmente conservadoras que compartían unos caracteres étnicos o gentilicios. Mientras que algunos epígrafes contienen antropónimos latinos, otros conservan una antroponimia indígena mezclada con la latina. Sólo uno de los personajes mencionados en los epígrafes presenta los “tria nomina” propios de un ciudadano romano. Tampoco es frecuente la presencia de los tradicionales “praenomina” latinos.

Los nombres latinos de los epígrafes burebanos, conocidos y bien documentados, pudieron recubrir o traducir en algunos casos nombres indígenas. Uno de los personajes referidos es Sulpicio Paterno, cuyo “cognomen” tal vez esté traduciendo el antropónimo indígena Atto, derivado de la voz infantil “atta”, papá (aita en euskera). Algo similar pudiera ocurrir con Materno, que quizás esté aludiendo a un nombre indígena basado en “amma”, mamá. Por su tipo de letra, es el epígrafe en que aparece Sulpicio Paterno el que podemos considerar más antiguo, remontándonos hasta los comienzos de la época imperial romana. Otros nombres latinos documentados en las inscripciones de las casitas burebanas son el de Luperca y su hijo Dulcitius, o los del matrimonio compuesto por Ursinos y Florentina. El nombre de Gemellina, escrito en un monumento oikomorfo de Soto de Bureba, correspondía a una niña muerta, cuyos padres eran Primulus y Lasciva. Estos dos últimos nombres latinos, pero con el sexo cambiado, aparecen en otras inscripciones burgalesas de Lara de los Infantes y Belorado respectivamente. La inscripción de Gemellina, fechada hacia el siglo III, denota una asimilación deficiente de la lengua latina por parte de los dedicantes y el lapicida, lo que quizás ilustra las resistencias lingüísticas de las generaciones anteriores. De entre los nombres latinos documentados, uno de los que manifiesta una mayor romanización es el de Nice, de origen griego. El antropónimo latino Atilio o Atilia, tal vez relacionado con el término indígena alusivo a la paternidad, se documenta en cuatro casos en el área burebana, estando bien representado por todo el “Conventus Cluniacensis”. También nos encontramos con el nombre de Sempronio, frecuente en áreas norteñas de la Península Ibérica desde la llegada de los Graco con motivo de las guerras celtibéricas. Otros nombres latinos frecuentes que aparecen en las estelas de Poza de la Sal son Emiliano, Valerio, Donato y Donata, mientras que el nombre de Vivatia, procedente del adjetivo “vivaz”, es más raro.

Los antropónimos indígenas de Ambada y Pusinca aparecen como “cognomina” de nombres latinos, fenómeno asociativo que se dio sobre todo en época altoimperial. El antropónimo indígena de Tredio está etimológicamente relacionado con un numeral (tres), como ocurría con muchos nombres antiguos, a veces alusivos al puesto que el niño ocupaba en la cadena de nacimientos de la familia. Es un nombre vinculado también a la toponimia burebana antigua, pues una de las ciudades autrigonas se llamaba Tritium (Monasterio de Rodilla). Un nombre incompleto inscrito en una estela oikomorfa termina en “...xontus”. Exclusivo momentáneamente de la Bureba es el antropónimo indígena Reurena, si es que está bien leído. Otra inscripción alude a una gentilidad próxima mediante el término “Cantabrequn”, vinculado a una mujer. Son precisamente las mujeres las que mejor conservan la onomástica indígena, algo probablemente relacionado con su función social de preservación de las raíces culturales de la comunidad. Los nombres, tanto indígenas como latinos, de las inscripciones de las estelas oikomorfas están probablemente refiriéndose en su mayoría a gentes autóctonas progresivamente romanizadas.

El latín de las inscripciones estudiadas es vulgar, rústico y en muchos casos tardío. Es el latín de las gentes cuya lengua materna era distinta y que habían tardado en aprenderlo, no en escuelas, sino conviviendo con personas tampoco caracterizadas por su elegancia lingüística. Es curioso que en una región como el Norte de la actual provincia de Burgos, cuyos habitantes tantos problemas tuvieron para aprender latín, se forjase en el Medievo una lengua románica rápidamente expandida, la castellana. Los autrigones burebanos cometieron numerosos errores en las inscripciones latinas, sonorizando oclusivas intervocálicas, geminando consonantes, suprimiendo la m final de algunas palabras y confundiendo vocales (Abásolo, Albertos y Elorza, 1976, 64-65). Estas inscripciones corroboran la existencia de entidades suprafamiliares y la vigencia de vínculos culturales estrechos entre las poblaciones que se extendían por la cabecera del Ebro.


LA FASCINACIÓN POR LAS ESTELAS OIKOMORFAS

Las estelas con forma de casa de Poza de la Sal y de los cementerios familiares de las villas romanas próximas despertaron la curiosidad de diversos investigadores desde inicios del siglo XX. Las primeras referencias escritas a las estelas oikomorfas burebanas son de Fita, que en 1916 escribió tres artículos al respecto. La forma de las estelas era para Fita identificable con la de un templete dedicado a los Manes (1916, 191). Y es que algunas de las estelas están encabezadas por las siglas D M, que aluden a “Dis Manibus”. Jalhay (1923, 13-14) hizo derivar el modelo burgalés de las “cupae”. Consideró que su forma de templete era trasunto de un determinado ritual funerario, y ya interpretó como puerta su cavidad inferior. Martínez Santa-Olalla (1923, 118-120), que siempre se mostró muy interesado por las antigüedades de la Bureba, creyó que las estelas con forma de casa eran importadas desde África y que su decoración revelaba el culto a una diosa lunar. Interpretó las oquedades como puertas o como lugares en que verter el vino de las libaciones. Este autor pudo comprobar cómo las estelas se disponían alineadas en la necrópolis de Poza de la Sal, formando calles y cubriendo en muchos casos hoyos o cajas de piedra, donde se depositaban los restos cremados. Publicó (1931-1932, 146-159) un amplio conjunto de 33 estelas oikomorfas, para las que encontró paralelos en otros pueblos célticos europeos. Para Martínez Santa-Olalla, defensor de la fuerte celtización de la Hispania interior prerromana, las puertas de las estelas se destinaban al paso del alma del difunto. Cada oquedad correspondería a un muerto, por lo que las estelas con dos oquedades simulando puertas estarían cubriendo los restos cremados de dos difuntos. El arqueólogo burgalés valoró la posible relación entre la forma y el simbolismo astral de las estelas burebanas y la forma y la simbología galaica de las “pedras formosas”. Cardozo (1934, 180-191) incidió en las diferencias de tamaño entre ambas manifestaciones artísticas, y subrayó el carácter de fachada de las “pedras formosas” frente al aspecto habitacional de las estelas burebanas.

En el Catálogo del Museo Arqueológico Provincial de Burgos (1935, 25-64) se incluyeron doce estelas oikomorfas, consideradas como urnas cinerarias con símbolos lunares, aves, hiedras y rosetas. Se sabe que ya en 1942 dos estelas de Poza de la Sal se conservaban en el Museo Arqueológico Provincial de Granada. García y Bellido (1949, 347-349) insistió en la estirpe céltica de los autores de las estelas oikomorfas y profundizó en la interpretación de sus símbolos astrales, como las ruedas de rayos curvos. En 1955 se cita en la Guía del Museo Arqueológico de Barcelona la existencia en sus colecciones de varias urnas oikomorfas burebanas. En su discurso de ingreso en la Institución burgalesa “Fernán González”, Osaba (1958, 21-34) se ocupó del simbolismo astral de las estelas, incidiendo en los signos estelares. A pesar de su parecido fonético, no hay relación etimológica en latín entre las estelas (stelae) y las estrellas (stellae), algo que de producirse habría apoyado la interpretación filorromana del simbolismo de las piezas funerarias burebanas. En su réplica al discurso, Luis Monteverde (Osaba, 1958, 33-34) niega el carácter de urnas de las estelas, pues éstas en su opinión iban colocadas sobre las urnas propiamente dichas. Luis Monteverde realizó más apreciaciones interesantes, como la relación de las palomas representadas con el culto a los difuntos o como la reproducción de templos por parte de las estelas, ya que sus símbolos cósmicos se concentran normalmente en los frontones, dando así carácter cultual a los edificios. Nuevamente Cardozo (1969, 204-208), atraído por las conexiones estéticas entre las diversas regiones hispanoceltas, relacionó las puertas semicirculares de las “pedras formosas” galaicas con las de las estelas oikomorfas burebanas. Abásolo (1973, 434-443) describió 36 estelas inéditas procedentes de Poza de la Sal. Este mismo autor, junto con Albertos y Elorza (1976), realizó un profundo estudio sobre la forma, la decoración, la epigrafía, la función y el significado de las estelas burebanas, inventariando además un total de 78 ejemplares.


DESCRIPCIÓN DE LOS MONUMENTOS FUNERARIOS BUREBANOS CON FORMA DE CASA A PARTIR DEL INVENTARIO DE ABÁSOLO, ALBERTOS Y ELORZA (1976, 19-58)

1.- Este monumento oikomorfo, mal conservado, tiene su decoración en relieve sobre fondo plano con reborde externo. Se aprecia la existencia de un creciente lunar, de puntas casi cerradas, en el vértice de la fachada. Hay también restos de una hexapétala a la derecha del creciente. Es posible que originariamente hubiera otra hexapétala en el otro lateral de la casa, cuya puerta es cuadrada. La pieza apareció en el antiguo convento de los jesuitas de Oña, que actualmente es un hospital psiquiátrico, empotrada en una de las cercas de la finca.

2.- La casa lleva decoración en relieve por toda la fachada. Presenta reborde externo que contornea también la puerta, consistente en una oquedad con forma de arco. Una moldura horizontal divide la fachada. El frontón, prolongado hacia abajo, tiene en su centro un creciente lunar sobre soporte triangular. A sus lados se disponen unas tetrapétalas en círculo. El cuerpo inferior tiene dos series de círculos concéntricos prolongados como roleos.

3.- Su decoración se dispone en relieve sobre fondo liso. La pieza cuenta con reborde externo y moldura por todo su contorno. En la parte superior de la fachada aparece un amplio creciente lunar entre dos círculos. Las puertas consisten en dos orificios de cabecera en arco semicircular, abiertos por encima de la base. La casa tiene una pequeña oquedad en su parte posterior.

4.- Es un ejemplar más alto que ancho. Tiene decoración en relieve, muy poco marcada, sobre fondo plano. El reborde externo queda limitado por una incisión. En el vértice de la fachada hay un creciente de puntas casi cerradas sobre un soporte triangular, cuyo posible vástago divide verticalmente la fachada en dos partes. La puerta es una oquedad semicircular abierta en la base.

5.- La casa tiene decoración incisa y reborde. La pequeña moldura del contorno se señala mediante incisiones. Por debajo de su frontón liso se dibuja un reticulado de tres líneas horizontales y trece verticales. El hueco de la base es ultrasemicircular y aparece delineado por una curva incisa, tal vez delatando el diseño previo a la perforación.

6.- Esta pieza podría estar representando un edificio más monumental por el hecho de que sus dos puertas consisten en pequeños orificios. Se trata de dos arcos ultrasemicirculares abiertos en la base. La decoración va en relieve sobre fondo plano, diseñando una fachada tripartita. El frontón, que tiene moldura perimétrica y reborde exterior, lleva un creciente lunar sobre un diminuto soporte. En el cuerpo central hay una inscripción latina dentro de una cartela con asas. Las palabras en cada una de sus tres líneas quedan separadas por triangulillos, y también hay uno al final de la inscripción. Ésta es: D M - SVLPATE - M F C = D(is) M(anibus). Sul(picio) Pate(rno) m(ater) f(aciendum) c(urauit).

7.- Su decoración está en relieve sobre superficie lisa. En el vértice de la casa hay una tripétala bajo la cual aparece un creciente de puntas muy abiertas. Más abajo y de forma simétrica se disponen otras dos tripétalas, más finas. En el centro de la fachada se abre sobre la base una puerta semicircular, cuya oquedad se prolonga por la parte posterior.

8.- La pieza tiene reborde externo y una sencilla moldura por todo su contorno. En el frontón, rehundido, pudo haber un creciente lunar. En el centro de la casa se dispone la inscripción latina, que lleva líneas de guía: MILIANVSETVALERIVSAN – XXVETREV / RENAAN XX = [D(is)? M(anibus)?. E]milianus et Valerius an(orum) XXV et Reu[r?]ena an(orum) XX?.

9.- Su reborde externo está muy deteriorado. Unos rasgos en la parte superior pudieran ser de creciente. Una tosca moldura de líneas incisas sirve de marco a la inscripción. La puerta, de forma irregular, se abre en la base a la altura de la última línea. La inscripción es: D M – ATILIE – CANTA – BREQVN – ATI – F = D(is) M(anibus). Atilie Cantabrequn Ati(li) f(iliae).

10.- Por toda la superficie frontal de esta casa se dispone una abigarrada decoración en relieve. El frontón se prolonga ligeramente en la fachada. La pieza tiene alero en espiga, reborde y moldura. Dentro del frontón hay un creciente lunar de puntas cerradas sobre soporte triangular; el creciente está flanqueado por dos discos radiados de radios curvos dextrógiros. Bajo este triple motivo se sitúan elementos arquitectónicos arquitrabados que son soportados por dos pilastras dispuestas a ambos lados de una puerta cuadrada.

11.- El monumento presenta reborde externo. Su frontón y el campo de la inscripción están rehundidos, y quedan separados por una moldura horizontal. En el frontón está la decoración en relieve, compuesta por un creciente lunar flanqueado por lo que parecen un ave pasante y una liebre, si bien estas últimas figuras podrían ser también dos palomas. Hay dos puertas semicirculares, señaladas con doble moldura, y abiertas por encima de la base. En el reborde inferior aparecen dientes incisos. La inscripción, también incisa, es: D M – SEM PVSINCEANLXII – SEMMATERNOFIANXXII = D(is) M(anibus). Sem(proniae) Pusince an(norum) LXII. Sem(pronio) Materno fi(lio) an(norum) XXII.

12.- La decoración relivaria se distribuye por toda la fachada de la pieza, cuyo reborde externo está en mal estado. En la parte superior, que no queda delimitada a modo de frontón, aparece un creciente lunar de puntas algo vueltas, acompañado por dos discos de radios curvos dextrógiros. Una tenue línea separa este tema decorativo de una arquitectura formada por cinco arcos de medio punto soportados por pilastras. Esta arquitectura descansa en un sencillo listel, bajo el cual, en correspondencia con el arco central, se abre en la base una puerta cuadrada con reborde.

13.- La pieza se compone de dos módulos oikomorfos anexos de estructura similar. Sus frontones, que tienen reborde de contorno, se prolongan hasta la mitad de la fachada. En cada frontón hay un creciente lunar de puntas algo cerradas, soportado por una peana triangular y flanqueado por rosetas. Las rosetas del módulo izquierdo son desiguales, pues una tiene tres pétalos y la otra cinco. Las del módulo derecho son ambas tetrapétalas. Por debajo de los triángulos que soportan los crecientes se abren por encima de la base dos puertas con arcos semicirculares.

14.- Toda la fachada presenta borde exterior y decoración relivaria sobre fondo rehundido. El frontón triangular, ocupado por un creciente lunar y dos hexapétalas, queda enmarcado por una doble moldura, la cual también está presente en el cuerpo inferior del edificio y en la puerta triangular. Esta puerta, abierta por encima de la base, tiene en su vértice una tripétala. A cada lado de la puerta hay un pajarillo. El de la izquierda gira su cabeza hacia la puerta, mientras que el de la derecha está en actitud pasante.

15.- La decoración de esta casa, que cuenta con moldura perimétrica y reborde, se caracteriza por la sencillez compositiva. Es una decoración en relieve sobre fondo plano rehundido. En la parte superior hay un creciente lunar sobre un pequeño soporte, del que parten dos molduras verticales. A cada lado se abre por encima de la base una puerta semicircular.

16.- Este monumento funerario, dotado del típico reborde externo, carece de puerta y oquedad inferior. La parte correspondiente al frontón se halla muy destrozada; es posible que contuviese los símbolos astrales más comunes. Por debajo del frontón corre una faja decorada con dientes de lobo tallados a bisel. En el sector central de la fachada está la inscripción, que presenta líneas de guía: D M – NICEANORV – VIISLUPERCA – ETDULCITIVSFIL – SCP CAR = D(is) M(anibus). Nice an(n)oru(m) VII. S(empronia) Luperca et Dulcitius fil(ius) s(epulcrum) c(urauerunt) p(onendum).

17.- La pieza tiene fondo plano rehundido resaltado por un reborde. Una moldura con decoración dentada divide horizontalmente la fachada. El cuerpo superior presenta un creciente lunar sobre soporte triangular, disponiéndose a sus lados dos escuadras. En el cuerpo inferior está la puerta, que se abre en la base y es de arco semicircular. Está flanqueada por dos discos de radios curvos dextrógiros.

18.- Falta la parte inferior del monumento, pero aun así se aprecian los dinteles rectos de las dos puertas que debió llevar la pieza. En el frontón rehundido, que cuenta con moldura y reborde, se dispone la decoración relivaria, consistente en un creciente lunar de puntas abiertas y dos estrellas.

19.- Esta casa tiene, además de reborde externo, una fina moldura en todo el contorno, la cual separa también el frontón, ligeramente prolongado, del cuerpo inferior. El frontón está presidido por un creciente lunar de puntas abiertas y dos pequeñas hexapétalas. La puerta, abierta bastante por encima de la base, consiste en un gran orificio de arco escarzano.

20.- El tejado del monumento es de bordes ligeramente curvos. La pieza tiene decoración en relieve sobre fondo plano y reborde en el contorno. El frontón es liso. Por debajo, sobre la puerta, hay un gran creciente lunar de puntas abiertas, las cuales son tangentes a la moldura superior. La puerta es cuadrada y está abierta en la base.

21.- La pieza presenta decoración relivaria distribuida por toda la fachada, así como borde externo. En el vértice del frontón hay una hexapétala exenta sobre creciente lunar, el cual es tangente y simétrico al borde de la oquedad semicircular inferior, abierta por encima de la base. En los laterales de la fachada hay otras dos hexapétalas, pero en esta ocasión dentro de círculos.

22.- El rehundimiento y el reborde externo afectan sólo al frontón prolongado de la casa. En él hay en relieve un creciente lunar sobre soporte, con dos hexapétalas a los lados. Por debajo del frontón la decoración incisa se traduce en una cenefa reticulada de líneas oblicuas. En la base se abre una puerta rectangular.

23.- Casi toda la fachada la ocupa el frontón, rehundido y con reborde externo, excepción hecha de tres puertas cuadradas abiertas en la base del monumento. La decoración en relieve consiste en un creciente lunar de puntas abiertas y dos hexapétalas.

24.- Es una pieza muy mal conservada a la que le falta la mitad inferior y el remate del frontón. Una hexapétala incisa asoma en la parte superior izquierda de lo conservado. Otras líneas incisas contorneaban la pieza y separaban el frontón de la zona en que se halla la leyenda, de la que sólo se lee parte de un renglón: ATIMA = ati Ma[terno?].

25.- Parece una obra inacabada. Tiene líneas incisas laterales y puerta rectangular sin terminar, abierta en la base. En el vértice del edificio aparece una hexapétala en relieve sobre fondo plano en resalte, quedando así inscrita en un círculo.

26.- El frontón, prolongado, rehundido y con reborde externo, presenta en relieve un gran disco radiado de radios curvos dextrógiros, con dos pequeñas hexapétalas a los lados. La parte inferior, que está remarcada por una línea incisa, tiene una puerta cuadrada abierta en la base.

27.- En este monumento oikomorfo falta la parte central del frontón. La pieza, cuya decoración está incisa, tuvo doble moldura o reborde de líneas incisas en el contorno. En la cabecera iban dos discos radiados, si bien sólo se conserva uno. Estos dos discos flanquearían probablemente a un creciente lunar. Por debajo se desarrolla la inscripción latina, que tiene líneas de guía. La puerta arqueada se abre por encima de la base. Una línea indica que el diseño original de la puerta era semicircular, aunque luego la oquedad se practicó de otra manera. En la inscripción leemos: D M – TREDIOET / ONATVSDONA / - IANOFILIO///N//FIL – ETDONATA///NXXX = D(is) M(anibus). Tredio et [D]onatus Dona[t]iano filio... fil(ius) et Donata [a]n(norum) XXX.

28.- Fragmento de casa funeraria que conserva sólo una oquedad semicircular abierta por encima de la base y dos renglones de inscripción, con líneas de guía: XONTIOANN – ORVMXXXX = ...xontio annorum XXXX.

29.- Es un ejemplar de carácter plano, sin decoración, salvo unas líneas oblicuas incisas en el reborde externo al frontón, el cual está prolongado y rehundido. Presenta restos de color rojo en el tímpano, lo que confirma la idea de que algunas de estas casas pudieron llevar decoración pintada. La inscripción está limitada por rayas y tiene líneas de guía: D M // – INFELICIOXºR/ONV – PMARITOLAPILLV – FLORENTINVRSINO = D(is) M(anibus) [S(acrum)?]. Infelici oxor(¿) [m]onu(mentum) p(osuit) marito Iapillu(m) Florentin(a) Ursino.

30.- En esta pieza con decoración compleja, el frontón, rehundido y con reborde externo, se prolonga hasta la mitad de la fachada. Es un frontón con baquetón de contorno, salvo en la base. En su interior hay un creciente lunar de puntas algo cerradas y tangentes al baquetón. Dos grandes hexapétalas con pequeño orificio central ocupan los laterales. Bajo el reborde de separación, hay dos discos de radios dextrógiros inmersos en cordones de sogueados circulares incompletos. Ambos están trabajados en fondo liso no rehundido. La puerta arqueada se abre en la base.

31.- La casa tiene decoración incisa sobre fondo plano. El reborde exterior es una línea incisa no del todo simétrica. En la zona central se representa un creciente lunar de puntas muy cerradas que descansa sobre un soporte de amplia base. En el espacio libre interior del creciente hay un motivo vulviforme. A los lados se disponen dos tetrapétalas. Por debajo aparecen unos trazos extraños, quizás correspondientes a una arquería sin terminar o a estilizaciones vegetales. La oquedad rectangular de la puerta se abre en la base.

32.- Su decoración está en relieve sobre fondo plano rehundido. La pieza cuenta con una doble moldura perimétrica que también siluetea la puerta cuadrada. En la parte superior aparece un creciente lunar entre dos discos. En la zona media hay una arquería de tres arcos de doble trazo. El contorno exterior y de la puerta pudiera estar aludiendo también a los elementos de sustentación de la arquería.

33.- Es una pieza con decoración relivaria sobre fondo plano con reborde externo. En la parte alta, correspondiente a un frontón no delimitado, hay un creciente lunar entre dos hexapétalas. Flanquean la puerta, abierta en la base y de desarrollo curvo, otras dos hexapétalas similares a las anteriores, pero más grandes.

34.- La decoración en relieve de este ejemplar se concentra en el frontón, prolongado, rehundido, con reborde externo. Lleva un creciente lunar de puntas vueltas, el cual descansa en un soporte recto. A sus lados hay dos hexapétalas. El reborde del frontón se prolonga hacia abajo mediante líneas incisas. La puerta, abierta por encima de la base, es casi semicircular.

35.- Esta casa presenta una decoración abundante pero tosca, tanto incisa como en relieve. El reborde exterior es sencillo y está incompleto. En el frontón prolongado se representa en relieve un creciente lunar de cuyos extremos cuelgan dardos u hojas de hiedra de tallo largo. Los dardos u hojas dirigen sus puntas hacia sendas escuadras. Por debajo del frontón hay dos espirales incisas unidas a manera de roleos, tal vez reproduciendo motivos vegetales. Las dos oquedades originan puertas arqueadas abiertas en la base.

36.- La decoración incisa de esta casa podría señalar el hecho de que no esté acabada. El reborde perimetral queda indicado por una sencilla incisión. En el vértice del monumento hay un creciente lunar de puntas muy cerradas y bordes rebajados sobre un soporte triangular. Por los detalles compositivos parece que soporte y creciente son partes de una misma pieza. En los laterales hay dos hexapétalas inscritas en círculos. Los dos orificios semicirculares de las puertas se abren en la base.

37.- Este ejemplar deteriorado lleva decoración en relieve sobre fondo plano resaltado por reborde. En su parte superior asoman dos discos de radios curvos dextrógiros, quizás flanqueando a un creciente lunar. Por debajo se dibuja una arquería de cinco arcos. Debajo de los arcos pares se abren en la base las dos cavidades cuadradas de las puertas.

38.- Es una casa sin decoración y con tejado de vertientes ligeramente curvas. Dos puertas rectangulares abiertas en la base se comunican interiormente entre sí.

39.- El frontón, prolongado, rehundido y con borde externo, de este monumento oikomorfo presenta en relieve un creciente lunar con las puntas algo vueltas; a sus lados, en posición algo inferior, van dos hexapétalas inscritas en círculos. La puerta cuadrada queda abierta en la base. En los extremos inferiores dos escuadras incisas cierran las líneas de la moldura externa.

40.- La decoración relivaria se organiza en el frontón, prolongado, rehundido, enmarcado y con reborde. Los motivos consisten en un creciente lunar sobre pequeño soporte vertical rodeado por tres hexapétalas. En la base se abre una puerta de cabecera semicircular resaltada por una acanaladura.

41.- La decoración en relieve va en un frontón prolongado hasta casi la mitad de la fachada; está rehundido y resaltado por reborde. Un creciente lunar tangente a la base del frontón tiene una hexapétala encima y otra a la derecha, mientras que a la izquierda hay una pentapétala. Esta última podría deberse a que en el cincelado de la obra el escultor dañó un pétalo, lo que le obligaría a suprimirlo. Y es que el espacio para dicho pétalo está definido e incluso ligeramente señalado. Se abre en la base una puerta semicircular.

42.- El creciente lunar relivario que adorna el frontón de la pieza es muy grande y abierto. Lo flanquean dos pequeñas hexapétalas. El frontón está bien delimitado por su rehundimiento y por su reborde externo. La puerta rectangular inferior, abierta en la base, es de grandes proporciones y queda contorneada por un rebaje.

43.- Casa sencilla, con frontón prolongado, rehundido y externamente bordeado. Su decoración en relieve consiste en un creciente lunar de puntas algo vueltas, acompañado de dos hexapétalas en sus laterales. La puerta semicircular no se abre en la base, sino por encima de la misma.

44.- El frontón del monumento se prolonga ocupando un tercio de la fachada. Está rebajado y lleva reborde externo. Su decoración relivaria se compone de un creciente lunar de puntas algo vueltas y de dos hexapétalas. El creciente descansa sobre la base del frontón. En la parte baja del cuerpo central de la casa, liso y con indicios de reborde externo, se abre por encima de la base una tosca puerta aproximadamente semicircular.

45.- En esta pieza no está clara la moldura que supuestamente separa el frontón del cuerpo inferior de la casa. En la parte alta del edificio hay en relieve sobre fondo rehundido un creciente lunar de extremos prácticamente cerrados; descansa sobre una peana triangular, y cobija un motivo verticalmente alargado. Dos círculos se disponen en los flancos de la peana. En el cuerpo inferior se abre una oquedad cuadrada por encima de la base.

46.- Esta casa tiene frontón prolongado, rehundido y limitado por moldura y reborde. En el centro del frontón gravita un creciente lunar entre dos hexapétalas. El cuerpo inferior, separado del frontón por un ancho reborde, queda enmarcado por un ligero rebaje. La puerta, semicircular y moldurada, se abre en la base.

47.- La pieza tiene decoración en relieve sobre fondo plano rehundido, apreciándose una doble moldura por todo su contorno y alrededor de la puerta, consistente en un agujero semicircular abierto por encima de la base. El prolongado frontón lleva un creciente lunar de gran desarrollo horizontal, así como dos hexapétalas que le sirven de acompañamiento.

48.- Esta casa se aleja un poco de lo común por su decoración rehundida sobre fondo plano y por carecer de reborde externo. Una línea excavada compartimenta la parte frontal en dos registros. Arriba se sitúa un gran creciente lunar entre dos hexapétalas inscritas en círculos. Abajo la puerta rectangular, abierta en la base, es flanqueada por dos arcos.

49.- La decoración en relieve se dispone en el frontón, prolongado, rehundido y con reborde externo. El creciente lunar se acompaña en este caso de tres hexapétalas. La puerta consiste en un edículo semicircular abierto por encima de la base.

50.- Es una casa caracterizada por la estilización vertical. El único elemento decorativo es un grueso creciente lunar en el centro del frontón, prolongado, rehundido y con reborde exterior. En la base del monumento oikomorfo se abre una puerta semicircular.

51.- Esta pieza está tallada a partir de un bloque perfectamente cúbico, de 41 centímetros de lado. El reborde exterior parece afectar sólo al frontón, ligeramente prolongado y rehundido. En él va en relieve un creciente lunar flanqueado por dos discos. En la base de la fachada se abre una puerta cuadrada, como corresponde al diseño cúbico del conjunto.

52.- El esquema decorativo relivario de esta casa se basa en el creciente lunar dispuesto entre dos hexapétalas, todo ello dentro de un frontón prolongado, rehundido y con reborde externo. La puerta, tosca, rectangular y abierta en la base, ocupa la mayor parte del cuerpo inferior. Se ha perdido un trozo de piedra, lo que ha originado un hueco triangular desde la puerta hasta el frontón. La puerta es ligeramente más ancha en su parte superior que en la inferior.

53.- En este caso el creciente lunar, de puntas abiertas, lleva encima una hexapétala. Queda así configurada la decoración en relieve del frontón, prologado, rehundido y con doble borde externo. La puerta, abierta en la base, tiene una forma poco definida, como si fuese un rectángulo con las aristas superiores mal redondeadas.

54.- La casa tiene reborde en el contorno, pero sólo el frontón está moldurado. En el frontón, triangular y rehundido, figura un creciente lunar de puntas abiertas acompañado de dos hexapétalas. La puerta, semicircular, parece que fue diseñada para abrirse por encima de la base, pero la fractura de ésta originó unas extrañas jambas.

55.- La decoración relivaria ocupa el frontón, rehundido, con reborde externo, y prolongado hasta la mitad de la fachada. Un creciente lunar de puntas abiertas se alza sobre una pequeña base rectangular. A sus lados dos diminutas hexapétalas completan la decoración astral. La puerta arqueada se abre en la base.

56.- Casa de altísima puerta, ligeramente arqueada y abierta en la base. La decoración incisa se reduce a una hexapétala inscrita en un círculo, signo quizás de que no pasó de estar abocetada. El frontón triangular se dibuja mediante una línea fina.

57.- Este monumento pudo llevar un creciente rehundido en el centro del frontón. La casa tiene reborde en el contorno y una decoración incisa de líneas oblicuas por toda la fachada. Esta retícula incorpora dos líneas laterales verticales y otras dos horizontales bajo el frontón triangular. Pudo ser el borrador de una composición geométrica destinada a ser tallada a bisel. La puerta está ligeramente arqueada.

58.- Es una pieza mal conservada. Cuenta con frontón algo prolongado, rehundido y con reborde exterior; en su interior hay restos relivarios de un creciente lunar, apoyado en la línea de base. La pequeña puerta semicircular se abre por encima de la base.

59.- El monumento funerario presenta una decoración incisa muy tosca, de la que se conservan en el frontón restos de dos círculos de doble línea. La casa tiene reborde en el contorno y una puerta mal hecha, de tendencia rectangular, abierta por encima de la base.

60.- La mayor particularidad de esta pieza es que su pórtico es de diseño monumental, en cuanto a que la oquedad arqueada y abierta en la base está rodeada por un rebaje amplio y progresivo. El resto de la composición se ajusta a convencionalismos frecuentes, como las dos hexapétalas en relieve flanqueando al creciente lunar en un frontón prolongado, rehundido y con reborde externo.

61.- Es la mitad inferior de un monumento oikomorfo, tal vez reaprovechado como sillar. A ambos lados de la puerta, rectangular y abierta en la base, hay una decoración de rectángulos incisos. Mientras que el rectángulo de la puerta es más alto que ancho, con los de los laterales sucede lo contrario.

62.- Se trata más bien de un boceto. Presenta decoración incisa, en concreto un creciente de puntas vueltas en el frontón, y dos círculos simétricos en el cuerpo inferior. Quizás estos círculos estaban destinados a contener hexapétalas. Los agujerillos centrales del creciente y de los círculos parecen deberse al pie de apoyo del compás. El prolongado frontón tuvo originariamente reborde externo. En la base se abren los restos de dos toscas puertas.

63.- Construcción sencilla, con típico frontón prolongado, rehundido y con reborde externo. En su interior hay un creciente lunar, apoyado en la base y entre dos hexapétalas. La puerta rectangular se abre en la base.

64.- La fachada de esta casa se adorna con una flor rehundida de cinco pétalos inscrita en un círculo a modo de crismón. La flor queda flanqueada por dos esquemáticas coníferas incisas. En la base del monumento hay una puerta cuadrada sin oquedad, bien por ser sólo incisa o por haber sido cubierta posteriormente.

65.- Este ejemplar, en muy mal estado, lleva frontón prolongado, rehundido y con restos del reborde exterior. En la parte izquierda del frontón se dibuja en relieve parte de una probable hexapétala. La puerta rectangular queda abierta en la base.

66-71.- Son fragmentos de urnas oikomorfas empotradas en las paredes de la granja “La Vieja” de Poza de la Sal. Se aprecian en ellas restos de las antiguas oquedades que comunicaban las puertas arqueadas, semicirculares, cuadradas o rectangulares de los monumentos funerarios con el espacio destinado a contener las cenizas de los difuntos, si bien dichas entradas fueron luego tapadas por quienes reaprovecharon las piedras con fines constructivos.

72.- Es un ejemplar inacabado con decoración incisa tan sólo bocetada. En el frontón, dotado de reborde, aparece a media altura una línea horizontal. La fachada presenta a cada lado de la línea vertical que la compartimenta un esquema de hexapétala. Por debajo va otra línea incisa horizontal. En la base se abren dos puertas semicirculares con reborde.

73.- La casa lleva decoración en relieve sobre fondo plano rehundido, así como reborde externo y moldura de contorno, salvo en la base. El frontón, muy prolongado, incorpora un creciente lunar de puntas abiertas, apoyado en un triángulo. Sobre el creciente hay un motivo geométrico que en su parte superior dibuja el vértice del frontón y en su parte inferior tiene forma de triángulo isósceles invertido. El reborde de las paredes laterales del frontón es ligeramente curvo. Debajo del frontón hay una cenefa con cinco rombos, con dos medios rombos en los extremos y con dos triángulos convergentes en el centro. En la base se abren dos puertas semicirculares, una de ellas en el centro y la otra en la derecha del monumento.

74.- Este monumento funerario se conservaba junto a una de las casas del pueblo de Quintanaélez, si bien pudo provenir de Los Llanos (Soto de Bureba) o de El Ortiguero (Quintanilla Cabe Soto). La decoración relivaria se dispone sobre fondo plano. En el frontón hay un creciente lunar de extremos algo cerrados. Debajo figura la inscripción. En un antiguo dibujo de Fita se observan en la parte baja de la pieza dos palomas afrontadas sujetando una guirnalda, motivo que ya apenas es identificable. Parece que la casa no tuvo puerta. En la inscripción puede leerse: D M – GATILIOMATERNO – ATILIFILIOVIVATIA – AMBADAMARITO – PIENTISSIMOF = D(is) M(anibus). G(aio) Atilio Materno Atili filio Viuatia Ambada marito pientissimo f(ecit)?

75.- La pieza procede de El Ortiguero, en Quintanilla Cabe Soto. Es una gran piedra sepulcral, de forma de templete, con abertura rectangular, y con un creciente lunar esculpido en relieve en el frontón.

76.- La casa lleva decoración en relieve sobre frontón rehundido, destacado por doble moldura y reborde. En el frontón aparece un creciente lunar con una probable tetrapétala encima y dos posibles hexapétalas a los lados. La probable tetrapétala tiene una disposición cruciforme. En el cuerpo inferior, muy reducido, va una puerta semicircular abierta en la base y con reborde perimetral. La pieza venía de Salas de Bureba, pero ya muy cerca del término municipal de Poza de la Sal.

77.- Este pequeño ejemplar oikomorfo fue hallado en una parcela junto a la desaparecida ermita de Nuestra Señora de la Peña, en Soto de Bureba. Lleva decoración incisa, así como reborde en contorno. El frontón tiene un sogueado en sus dos vertientes, mientras que su base es una sencilla línea. Dentro del frontón se representa esquemáticamente el busto de la muerta entre las siglas D M. La fachada está ocupada por la inscripción latina. En la base del monumento se abre una puerta cuadrada flanqueada por dos motivos cruciformes entre cuatro puntos inscritos en círculos. La línea de unión de estos motivos cruciformes queda abruptamente cortada por la oquedad de la puerta, que quizás se practicó tras efectuar la decoración. La leyenda es: D M – PRIMVLVSETLASCIVA – FILIESVEPOSSVVE – GAEMELLINERVN – ANNORVMV = D(is) M(anibus). Primulus et Lasciua filie sue Gaemelline annorum V possuerun(t).

78.- Es una casa sencilla procedente de Soto de Bureba. La decoración en relieve, consistente en un gran creciente lunar con las puntas algo cerradas, se dispone en el frontón, donde también aparecen las siglas D M. La pieza tiene fondo plano rehundido, resaltado por reborde. Una puerta rectangular, más alta que ancha, se abre en la base. Las siglas aluden, como casi todas las casitas con inscripción, a D(is) M(anibus).


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