lunes, 1 de enero de 2007

LA COPA DE KRUM: BULGARIA CONTRA BIZANCIO


"De mil derrotas brota la victoria"

En el año 811, el enfrentamiento entre los búlgaros y el Imperio Bizantino alcanzó uno de sus momentos álgidos. El episodio anecdótico más recordado por las crónicas fue el hecho de que el jan búlgaro Krum celebrase su victoria bebiendo en el cráneo revestido de plata de su oponente caído: El emperador Nicéforo I. Al contrario de lo que pudiera parecer, dicha acción bárbara de marcado simbolismo no tiene precedentes claros en la historia del pueblo búlgaro (aunque sí entre los escitas), sino que fue en definitiva una ocurrencia de Krum. No se trata de una práctica recurrente, como por ejemplo sí lo fue entre los bizantinos el cegar a los adversarios políticos o a los enemigos capturados. Impresiona el analizar las decisiones circunstanciales que Nicéforo I fue tomando durante su reinado, sabiendo desde nuestra perspectiva privilegiada cómo iba a terminar el caparazón físico de sus ideas: Sirviendo de copa a otro soberano. Aunque lo lógico sea pensar que Krum bebió sustancias alcohólicas y enajenantes en el delirio de su triunfo, lo cierto es que hay dudas en ese punto, pues el jan había dictado severas normas contra el consumo de vino e incluso contra el cultivo de vides. Esta obsesión persecutoria pudo deberse a haber comprobado sobradamente los estragos que las borracheras causaban en las valiosas fuerzas de su incipiente nación. Krum conservó la macabra copa hasta su muerte, acontecida menos de tres años después que la de Nicéforo I. En los años finales de su reinado venció repetidamente a los bizantinos, gracias al excelente adiestramiento de los jinetes y arqueros de su ejército, avanzando territorialmente y plantándose ante las murallas de Constantinopla. Contribuiría a su desmesurado ardor el fetiche de su copa, en la que consideraría plasmada la debilidad bizantina y la opción de liquidar su Imperio. Era una especie de reliquia, pero no de un santo que pudiera conducir a acciones santas, sino de un rey que quizás llevaría a conquistar un reino.

Desde época prehistórica, los hombres han considerado la cabeza como la parte más significativa y simbólica del difunto, como la parte de su cuerpo que lógicamente revela quién fue, y que por así decirlo más conserva su esencia tras la muerte. En el monasterio de Santa Catalina, ubicado en la península egipcia del Sinaí, una sala alberga las calaveras de los monjes que allí vivieron y murieron, pudiendo verlas cuidadosamente amontonadas el visitante. Este hecho refleja la creencia de que es el cráneo la parte del esqueleto del difunto que más dice sobre él tras la muerte, y que más conserva la impronta de su personalidad. Las cabezas cortadas de los enemigos eran en ocasiones expuestas por los vencedores para regodearse malévolamente en la inmovilidad de los rasgos faciales, antes tan amenazantes. O eran enviadas a sus familiares para provocar su llanto y exigir su rendición. Al mismo Aníbal le presentaron la cabeza cortada de su hermano Asdrúbal tras la derrota de éste frente a los romanos en la batalla del río Metauro. La superstición llevó a algunos líderes de pueblos en estado de formación (etnogénesis) a pensar que teniendo la calavera de rivales importantes podrían ver incrementado su poder. Algo así debió imaginar el jan Krum, aunque existe también la posibilidad de que se tratara de un mero golpe de efecto para provocar pavor, sin ninguna creencia de fondo. El especial significado y fuerza emotiva de los cráneos de los difuntos se aprecia también en el ideario de algunos movimientos satánicos, masónicos o esnobistas de los últimos siglos, como la sociedad secreta “Skull and Bones” de la Universidad de Yale. El tratamiento impío de los cráneos todavía estremece, como si la burla o la humillación que se quisiera realizar al difunto fuera a atraer consecuencias negativas. Si bien, escépticamente, nada habría que temer.

El envase humano de la política imperial bizantina no le sirvió al jan Krum para tomar Constantinopla. La copa era sólo un símbolo, no un objeto mágico, y como tal no evitó la muerte temprana de Krum y el repliegue búlgaro. El engranaje del Imperio Bizantino era todavía demasiado elaborado como para resistir la amenaza de una superstición, a pesar de que ésta ponía a sus enemigos en un peligroso estado de trance guerrero. Imaginemos ahora, cambiando hacia un enfoque arqueológico, lo que supondría el improbabilísimo hallazgo de esa copa argéntea. Sería un gran descubrimiento que representaría por sí mismo el orgullo búlgaro de haber podido constituirse como pueblo en uno de los territorios del finiquitado Imperio Bizantino. A la larga, el caprichoso y difícil camino de las civilizaciones, condujo a Bulgaria a la supervivencia y resurgir, y a Bizancio a la desaparición ante el común enemigo turco.

El atrevidamente llamado “Santo Grial búlgaro” colea con su simbolismo hasta épocas muy recientes. Así, el rey búlgaro Boris III (1918-1943) puso en circulación monedas en cuyo anverso figura el jan Krum a caballo, representado como el jinete en relieve de Madara, sosteniendo con la mano derecha las riendas y con la izquierda su copa, dando caza en compañía de su perro a un león. De entre todos los janes que se podían haber escogido para la iconografía monetal, muchos de ellos con reinados más largos y estables, se optó por Krum (803-814), lo que da idea de la repercusión historicista de su gesto. Es preciso tener en cuenta que la figura de Krum fue icónicamente reivindicada en un momento en que Bulgaria andaba territorialmente inquieta, pues había perdido importantes posesiones con motivo de la Segunda Guerra Balcánica (1913) y la Primera Guerra Mundial, y tenía claras ansias revanchistas que afloraron luego en la segunda gran conflagración internacional. En la Bulgaria poscomunista se ha recuperado la imagen nacionalista del jinete de Madara en las monedas, aunque ya sin asociarla explícitamente al jan Krum y sin reivindicaciones territoriales de fondo. Dicho de paso, la pasión numismática de los búlgaros les ha llevado a ser actualmente muy buenos reproductores o falsificadores de las antiguas dracmas griegas de plata. La entrada de Bulgaria en la Unión Europea es una excelente ocasión para rememorar algunos aspectos históricos de su proceso formativo a través del emocionante y terrible duelo entre el jan Krum y Nicéforo I. La primacía de las fuentes bizantinas hace que sea mucho más comprensible su punto de vista que el de los búlgaros, lo que no nos debe llevar a malinterpretar los hechos.

El reinado del emperador bizantino Nicéforo I se extendió entre los años 802 y 811. Se hizo con el poder tras caer en desgracia la emperatriz Irene, tristemente célebre por haber apartado a su hijo del trono mediante el rito del cegamiento. Con su coronación, llegada cuando pasaba ya de los cincuenta años, vio premiada Nicéforo su larga carrera como funcionario, la cual le había llevado a la dirección de las finanzas del Estado. El motín inicial del estratega Bardanes pudo ser solventado sin apenas operaciones militares. Las ligeras tendencias iconófilas del nuevo emperador no evitaron una drástica reducción del gasto relacionado con la monumentalización y embellecimiento del culto y la corte. Nicéforo no quiso que las disputas religiosas entre facciones lastrasen su acción de gobierno, por lo que en la medida de lo posible intentó permanecer al margen de ellas, centrándose en la reforma del ejército, el saneamiento de la economía, los avances centralizadores y el intento de prestigiar su omnímodo poder de “basileus”.

En el año 806, a la muerte del patriarca Tarasio, Nicéforo respondió con el nombramiento como nuevo patriarca de un devoto personaje también llamado Nicéforo, el cual anteriormente había cambiado la administración imperial por la vida contemplativa. A pesar de que el recién proclamado patriarca estaba más cerca del bando iconódulo (defensor de que las imágenes religiosas no eran idólatras, sino que podían mover a una sincera piedad), muchos cronistas iconófilos del momento y posteriores criticaron duramente las decisiones políticas del emperador por el marcado deseo de éste de mantener sometida y dócil a la jerarquía eclesiástica. Incluso abusaron de su función de historiadores al presentar el desgraciado fin de Nicéforo como consecuencia de su desacertada acción religiosa. Desoyendo las llamadas a la reconciliación, los iconódulos más radicales, dirigidos por Teodoro de Estudio, se negaron a comulgar con el nuevo patriarca. El emperador optó por cerrar el principal monasterio estudita y desterró a sus monjes, los cuales desde el exilio siguieron trabajando contra él, indignados por ejemplo de la readmisión en el seno de la Iglesia bizantina de los sacerdotes que habían oficiado el matrimonio malabaresco de Teodata con Constantino VI (780-797), emperador que se había desecho de su primera esposa de forma poco ortodoxa por conveniencia política, siendo luego cegado por su madre Irene.

El examen detenido de los períodos iconófilos del Imperio Bizantino arroja un panorama bastante lamentable en comparación con las etapas políticas iconoclastas, pero ello no nos debe hacer considerar a las imágenes religiosas como culpables del declive imperial, a pesar de haber generado tanta conflictividad social; seguro que también en ellas muchos ciudadanos encontraron valor para defender su Estado, que logró resistir el avance turco hasta 1453. La presión de la pujante cultura islámica, eminentemente anicónica, en las fronteras orientales del Imperio Bizantino influyó en el deseo de parte de la población de prescindir de las representaciones religiosas para poder invertir los recursos en tareas más productivas.

El pasado militar del emperador Nicéforo había sido al parecer bastante brillante. Es probable que fuera él quien como estratega de Armenia tomase la fortaleza de Adata en el año 786. Era seguramente de origen armenio, y pretendía hacer descender su linaje de la dinastía árabe de los Gassánidas. Desde el comienzo de su mandato se mostró dispuesto a terminar con el soborno que el Califato y los eslavos ejercían sobre Bizancio para no atacar sus fronteras. Pero la situación política real y el miedo a un masivo ataque en Anatolia del califa Harun al-Rasid le obligó a pagar un fuerte tributo por la paz en el frente oriental. Nicéforo quiso que la estabilidad interna del Imperio se sostuviese en un ejército intensamente transformado. Para ello añadió a los tres “tagmata” (cuerpos profesionales encargados de guarnecer Constantinopla) uno más, el de los “hikanati”. Los “tagmata”, junto con las tropas especiales de la guardia imperial, se constituyeron en el núcleo del ejército bizantino. Las unidades provinciales, encargadas de la defensa de los “themas”, solían ser enormemente fieles a sus generales y gobernadores, los estrategas, y eran pagadas con concesiones de tierra, lo que hacía que se implicasen más en sus funciones, arraigando a sus familias en zonas de gran peligro de agresión. Cierto descontento popular cuajó cuando Nicéforo amplió los supuestos de la leva, extendiéndola a los ciudadanos pobres, teniendo que hacerse cargo sus vecinos del pago de los impuestos y del mantenimiento de estos nuevos soldados.

El emperador acometió una redefinición provincial, dividiendo el “thema” de la Hélade en dos: Uno para la Grecia Central y otro para el Peloponeso, de donde fueron expulsados los colonos eslavos. Los arcontados de Cefalonia y Tesalónica crecieron, adquiriendo el rango de provincias y reforzándose sus regimientos. La ciudad de Patras fue premiada por resistir un ataque combinado de árabes y eslavos, siendo elevada a la condición de metropolitana y reconstruyéndose sus iglesias. Mediante traslados y recolonizaciones Nicéforo buscó el equilibrio poblacional dentro del Imperio. Muchas familias tuvieron que marchar de Anatolia a Grecia para disminuir la presión interna de los eslavos. Otros colectivos menos afortunados se vieron obligados a instalarse en las mismísimas fronteras continentales, por lo que pocas noches dormirían tranquilos, tan expuestos a las expediciones externas de hostigamiento. El excelente blindaje diseñado por Nicéforo pronto se vendría abajo al sufrir frente a los búlgaros una derrota numéricamente escalofriante.

El título imperial de Nicéforo se avenía mal con el nombramiento que el pontífice romano había otorgado a Carlomagno, rey de los francos, coronándole como emperador y por tanto heredero de la misión de unificar Europa bajo una sólida soberanía de corte cristiano. Los imperios franco y bizantino entraron en una dinámica de choque propagandístico y religioso, lo que provocó incluso que Dalmacia y el Véneto se pasasen temporalmente al bando carolingio. Fue necesario que una flota bizantina alcanzase las provincias rebeldes para imponer allí nuevamente la autoridad de Nicéforo, si bien la fidelidad de estos territorios pronto se tambalearía otra vez.

El tesoro imperial se recuperó de su anterior carestía gracias a las rígidas medidas fiscales de Nicéforo, el cual puso fin a las exenciones impositivas de las que disfrutaban los comerciantes urbanos y las instituciones eclesiásticas, restableciendo además los gravámenes capitalinos y sobre la importación de esclavos. Se fijó con gran escrupulosidad la capacidad impositiva de los hombres libres, se corrigieron irregularidades y trampas fiscales, se confiscaron las tierras de los deudores y se forzó a los ricos armadores a invertir en las tierras abandonadas, sobre todo de Asia Menor. Las subidas de impuestos se combinaron con decretos retroactivos, de modo que los antes exentos tuvieron que pagar todo lo que les habría correspondido desde el primer año de reinado de Nicéforo. Se gravaron especialmente las donaciones y las fortunas de reciente adquisición. Esta orgía recaudatoria soliviantó a distintos sectores, como el monástico, donde se urdieron conspiraciones. El Estado era el único que por ley podía prestar dinero a interés, obligando además a los grandes comerciantes a adquirir préstamos innecesarios que revertían en la ampliación de sus negocios. De forma curiosa, las medidas fiscales de Nicéforo extendían prácticas cristianas entre la gente, tendiendo de manera rigorista a la igualación de la riqueza. La intromisión en las iniciativas económicas privadas supuso cierta nacionalización de los recursos con fines esencialmente militares. Aldeas y soldados quedaban detalladamente inscritos en los catastros, que sirvieron para vigilar el sistema de equiparación comunitaria de su nivel de vida.

Desde mediados del siglo VII, contingentes de ascendencia turcomana penetraron por las fronteras nororientales del Imperio, estableciéndose al Sur del Danubio tras rechazar las acometidas bizantinas. Se trataba de los búlgaros, tribus progresivamente eslavizadas que se convirtieron en la pesadilla balcánica del poder grecorromano. Su eslavización y mezcla con otros pueblos fue paralela a la pérdida o atenuación de algunos de sus rasgos físicos característicos, como los ojos rasgados. Los búlgaros se fueron haciendo con el control de extensas áreas rurales, llegando a configurarse bajo el jan Tervel (701-718) como un Estado bien cohesionado, rival o aliado esporádico de los bizantinos. Tervel ayudó al emperador bizantino Justiniano II a recuperar su trono en el año 705, haciéndose así acreedor de grandes honores, como el título de César. El tratado suscrito en el año 716 entre bizantinos y búlgaros permitió a estos últimos recibir un tributo anual y ocupar fértiles tierras cerealísticas en el Este de Tracia. El respeto mutuo duró hasta el año 756, momento en que el emperador bizantino Constantino V (741-775) reforzó las fronteras con prisioneros armenios y sirios para evitar el lento pero constante avance colonizador búlgaro. Constantino V emprendió frecuentes campañas militares para frenar la expansión eslava. Consiguió buenos resultados, pero murió finalmente en una incursión de los búlgaros, a quienes fue preciso comprar la paz. Los caóticos reinados iconódulos posteriores dieron aire a los enemigos del Imperio, árabes y búlgaros, los cuales fueron minando la resistencia bizantina en distintos puntos fronterizos.

Llegado el año 809, el Imperio Bizantino comenzó a preparar una colosal campaña para intentar quebrar la tranquilidad búlgara y recuperar el control sobre la línea danubiana. A las primeras expediciones punitivas respondió enérgicamente el jan Krum, el cual consiguió derrotar a algunas tropas imperiales cerca del río Strimon. Avanzó después hasta Sérdica (la actual capital búlgara de Sofía), ciudad que saqueó y a la que dejó sin fortificaciones útiles. Las fuerzas de Nicéforo devolvieron el golpe al atacar con éxito Pliska, que por entonces era el principal centro político y administrativo búlgaro. Los soldados bizantinos se mostraron indisciplinados al negarse a reconstruir las murallas de Sérdica. No quisieron hacer de operarios, dando ya un aviso de su escasa implicación en los altisonantes proyectos de restauración física y anímica del Imperio.

A mediados del año 811, un numeroso ejército bizantino se concentró en las proximidades de la ciudad fronteriza de Markellai, exhibiendo su poderío. Los espías búlgaros llevaron la noticia al jan Krum, que solicitó inmediatamente la paz, dispuesto a realizar multitud de concesiones. Pero Nicéforo, en posición favorable, se negó a negociar. Lanzó varias acometidas de distracción con pequeños contingentes. Más tarde el total del ejército se dividió en dos cuerpos, que avanzaron separadamente, uno cerca de la costa y otro por el interior, para encontrarse en Pliska. Allí barrieron a la guarnición búlgara, cometiendo toda clase de desmanes sobre la ciudad. Otro destacamento búlgaro enviado por Krum para auxiliar a su capital fue igualmente vencido. Durante una semana Pliska ardió, incluyendo el palacio real y las casas de los boyardos. Los soldados acumularon un buen botín personal. Las numerosas personalidades ilustres que acompañaban a Nicéforo le felicitaron repetidamente por su victoria, sin presagiar que pronto morirían con su emperador. Krum envió una nueva misiva solicitando la paz, pero no obtuvo respuesta.

Saciada de sangre, la comitiva militar bizantina, en la que se integraban tanto fuerzas profesionales como voluntarios de baja extracción social, inició una lenta marcha hacia Sérdica. Alcanzó la cordillera balcánica, introduciéndose en un valle cuyos angostos accesos fueron cerrados con grandes empalizadas por los búlgaros. Al descubrir el engaño, Estauracio, el hijo del emperador Nicéforo, así como otros generales, propusieron asaltar cuanto antes las defensas que taponaban el valle. Pero el “basileus” se mantuvo frío, sin valorar la gravedad de la situación, y decidió acampar. Los soldados bizantinos apenas fueron informados de la trampa en que estaban inmersos, para intentar así mantener su calma. Minusvaloraron el griterío que al caer la noche escucharon proceder de las laderas que los rodeaban. Antes de amanecer, el 26 de julio, la caballería búlgara atacó directamente al grupo de tiendas en que dormían el emperador y sus cortesanos. Nicéforo y su guardia personal debieron de perecer en los primeros instantes de la batalla, dejando a su ejército sin timón. Es seguramente falso que el “basileus” yaciese aquella noche con sus supuestos amantes masculinos como si nada ocurriese. Es más bien un bulo historiográfico difundido por sus detractores para intentar hacer más humillante su derrota. El cuerpo de Nicéforo fue guardado cuidadosamente para ofrecérselo a Krum tras la batalla.

Las tropas bizantinas, desperdigadas en varios campamentos, no tuvieron capacidad para organizarse. Tanto las fuerzas de la capital como las provinciales se dispersaron desordenadamente, intentando eludir el choque con los enemigos. Las zonas pantanosas ralentizaron la huída, lo que permitió a los perseguidores búlgaros dar muerte a muchos rezagados. Una de las empalizadas que cerraba la salida del valle pudo ser incendiada por los soldados bizantinos, pero en el proceso las bajas fueron numerosas, tanto por el acoso de los arqueros búlgaros como por la dificultad de salvar el foso que había sido excavado tras los maderos. Entre los que consiguieron escapar, dirigiéndose con desesperada premura a Adrianópolis, estaba el hijo de Nicéforo, Estauracio, si bien con una severa herida medular que le paralizó las extremidades inferiores y provocó meses después su muerte.

Dos tercios del ejército bizantino, cuyos efectivos desplazados totales ascendían a unos 80.000 hombres, resultaron neutralizados en aquella batalla entre muertos, heridos y prisioneros, incluyendo altos dignatarios, ministros, generales y funcionarios. Los soldados búlgaros presentaron el cadáver de Nicéforo al jan Krum, el cual ordenó su empalamiento. Tras permanecer así varios días expuesto para su oprobio, al cuerpo se le segó la cabeza, elaborándose con su cráneo una copa bañada en plata. Ésta fue la llamada copa de Krum, con la que el jan bebió en momentos alegres o solemnes hasta el final de sus días, no muy lejano. Los pocos patricios bizantinos huidos nombraron emperador a Estauracio. Pero al estar lisiado encontró muchos problemas para hacer efectivo su poder. Tuvo que retirarse a un monasterio, donde murió al poco tiempo. Como nuevo “basileus” fue elegido el yerno de Nicéforo, que estaba casado con su única hija, Procopia. Se trataba de un funcionario palatino llamado Miguel Rangabé, que pasó a reinar como Miguel I (811-813).

La batalla contada anteriormente pasó a la historia como la batalla de Pliska, englobando por tanto sus distintas fases, desde que los bizantinos tomaron la capital búlgara hasta su estrepitosa derrota final. Sería más correcto denominar a su última fase con el topónimo del lugar en que acaeció, pero es que el enclave exacto no se ha podido determinar. Hay quien ha propuesto el nombre de “Paso de Varbitsa”, al tratarse de un valle de angostos accesos. El lugar estaría próximo a las montañas de Stara Planina. Francisco Aguado, que estudió y narró el combate de forma excelente, piensa que pudo tratarse del valle del río Tica, o de otro de los ríos próximos, en las estribaciones de los Balcanes. La victoria de Krum fue uno de los momentos claves de la historia búlgara, pues la entidad de su incipiente Estado quedaba apuntalada, tanto territorialmente como a nivel de prestigio. Frente al exterminio o absorción propuestos por el Imperio, Bulgaria replicaba militarmente con su presencia real como territorio danubiano autónomo.

El jan búlgaro manejó para la paz unas condiciones inaceptables por los bizantinos, lo que hizo que la guerra prosiguiese. Los monjes estuditas presionaron para que no se firmase una paz deshonrosa. En la siguiente primavera, en el año 812, Krum conquistó la ciudad pontoeuxina de Develtos, ordenando la deportación de todos sus habitantes. En noviembre tomó tras su asedio la ciudad de Mesembria (Nessebar), donde se hizo con metales preciosos y con arsenales de fuego griego. Ya a mediados del año 813, consiguió vencer nuevamente a las tropas bizantinas en Versinicia, lugar en que se produjo la deserción del contingente anatolio mandado por el ya pronto emperador León V (813-820). El supersticioso pueblo bizantino, soliviantado además por el alto precio del trigo, interpretó la derrota como un castigo a las directrices políticas empleadas, por lo que reclamó la vuelta a la iconoclastia. Un motín militar otorgó el poder al traidor de Versinicia, León V, que vio así colmadas sus ansias. El depuesto emperador Miguel I y su esposa Procopia fueron enviados a un monasterio, mientras que sus hijos pagaron su estirpe real con la castración, cortándose así su dinastía.

Pocos días después, el ejército búlgaro llegó ante el triple recinto amurallado de Constantinopla. Viendo la imposibilidad de conquistar la urbe, Krum pidió sin éxito un acuerdo. Logró escapar con vida de una treta consistente en un falso combate singular entre él y el nuevo “basileus”. Con ello evitó quizás verse también él convertido en copa, o ser objeto de uno de los refinados castigos griegos. Enfurecido por la asechanza, destruyó todos los barrios extramuros de Constantinopla, tomó las ciudades de Hebdomon y Selymbria, y mandó a los habitantes de Adrianópolis más allá del Danubio. Los bizantinos lograron una victoria de alivio cerca de Mesembria, pero ambos bandos preparaban aún la batalla decisiva. Krum en el año 814 se lanzó otra vez sobre la ciudad del “Cuerno de Oro”, encontrándose con una muerte repentina. El tratado posterior firmado entre León V y el nuevo jan búlgaro Omurtag (814-831), hijo de Krum, preveía una paz de treinta años. La paz fue necesaria para que Omurtag consolidase su poder frente a otros pretendientes al trono.

La amenaza búlgara encarnada por Krum no había hecho peligrar la pervivencia del Imperio Bizantino, pero supuso un serio revés en su política de integración étnica tras previo semiexterminio, teniendo que reconocer la existencia de un sólido pueblo autónomo y culturalmente extraño dentro de lo que habían sido sus fronteras. El título de jan, término de origen turco-mongol alusivo al máximo gobernante búlgaro, y en ocasiones pospuesto al nombre del soberano, tendría todavía muchos detentadores, pero quedaría también vacante en largos períodos de ocupación exterior. En las alternativas por el poder en la región las armas favorecieron en diversas ocasiones a los bizantinos, como en el año 1014, cuando a consecuencia de la batalla de Kleidion, unos 14.000 prisioneros búlgaros y macedonios fueron cegados, dejándose sólo tuertos a unos 140 para que sirviesen de guías a tan terrible procesión en el regreso a su hogar. Pero los hijos de los ciegos ven, y escuchan las historias de sus padres, y no olvidan.

Con la muerte de Krum, el cual había reinado once años, se pierde el rastro historiográfico del fetiche de su siniestra copa, símbolo bárbaro y primigenio del deseo búlgaro de Independencia. Además de conseguir importantes victorias sobre los bizantinos, el jan logró derrotar a los ávaros, pueblo nómada que en gran parte se mezcló con los búlgaros. Krum no es sólo recordado por su actividad militar, sino también por leyes beneficiosas relacionadas con la protección social de los sectores poblacionales más débiles. Dictó además normas estrictas contra la mentira, el robo, la embriaguez y las violaciones. Los castigos podían consistir en la pérdida de propiedades, la amputación de extremidades o incluso la muerte. Su intrincada personalidad, salvaje y noble a la vez, inspiró a diversos escritores europeos posteriores, principalmente de los siglos XVI y XVII, que le hicieron intervenir con su propio nombre u otros inventados en sus novelas. Encontramos a Krum como personaje de ficción en obras de Montaigne, Rabelais, Corneille, Shakespeare y Gryphius. En la saga narrativa actual de Harry Potter, salida de la imaginación de la escitora J. K. Rowling, aparece también un joven búlgaro de impetuoso carácter llamado Viktor Krum, lo que revela fácilmente la procedencia de la inspiración.

Quizás no es la mejor de las formas de dar la bienvenida a Bulgaria a la Unión Europea el rememorar uno de sus primeros episodios de lucha por la supervivencia, pero está en todo caso claro el atractivo histórico de aquellos sucesos que marcaron sus inicios como pueblo libremente constituido, salpicado de largas intermitencias de opresión. Así como en ocasiones puntuales la barbarie rompe la convivencia en las naciones modernas, paralelamente la violencia organizada de las antiguas civilizaciones o de los pueblos emergentes es fácilmente idealizada. Sobre todo si aquellos pueblos lograron pervivir como Estados, convirtiéndose su antigua lucha en catecismo escolar. Igual de roja ha sido siempre la sangre. Tanto vale nuestra vida como valió la de cualquier ser humano de cualquier época. Lo mismo valían la vida de Nicéforo I, cuyo nombre paradójicamente significa “el que lleva la victoria”, y la del jan Krum. El primero luchó por un Estado que ya no existe, como lo hizo hasta el último de sus ciudadanos y emperadores. El segundo tiene aún una nación que le considera héroe, y cuyos niños aprenden sus hazañas: Bulgaria.

BIBLIOGRAFÍA:

-Aguado; “La batalla de Pliska” (En Internet).
-Cabrera; “Historia de Bizancio”; 1998.
-Maier, Beckedorf, Hartel, Hecht, Herrin, Nicol; “Bizancio”; 1974.
-Norwich; “Breve Historia de Bizancio”; 2000.
-Ostrogorsky; “Historia del Estado Bizantino”; 1984.
-Patlagean, Ducellier, Asdracha, Mantran; “Historia de Bizancio”; 2001.
-Treadgold; “Breve Historia de Bizancio”; 2001.

viernes, 1 de septiembre de 2006

“¿DÓNDE VAS, LEBREL?”


CONSIDERACIONES SOBRE EL GALGO ESPAÑOL

La Federación Canina Internacional asignó el número 285 a la raza del galgo español, definida en gran medida gracias a los esfuerzos realizados desde la década de 1970 por David Salamanca, que estudió numerosos ejemplares. La palabra “galgo” es de raíz celta y deriva del primitivo nombre romano de “canis gallicus”. El galgo español presenta numerosas coincidencias en su aspecto externo con el greyhound inglés. Ambas razas tienen un origen común y son las más empleadas en las carreras de lebreles. El greyhound es más rápido, lo que hizo que los criadores españoles recurriesen a cruces desde la década de 1920, buscando así una mayor velocidad. Con respecto al greyhound, de complexión más fuerte, el galgo español tiene a su favor una mayor resistencia y una mayor elasticidad que le permite reaccionar ágilmente a los quiebros y cambios de ritmo de las liebres. En los últimos años las carreras de galgos, estrechamente ligadas con las apuestas, han ido perdiendo aficionados en España, a la vez que se intensificaba el interés por recuperar el estándar de la raza autóctona.

En una primera impresión, el galgo español parece menos atlético y de rasgos menos aerodinámicos que el greyhound. Es ligeramente más pequeño, con una altura en la cruz que suele ir de los 60 a los 65 centímetros. Los machos adultos pesan normalmente entre 25 y 30 kilos, y las hembras entre 20 y 25. Su cabeza es más larga y estrecha que la del greyhound, con la depresión frontonasal suave y las orejas semierectas. Los ojos son oblicuos, almendrados y oscuros, de mirada atenta, tranquila y dulce. Los dientes son fuertes, blancos y sanos, con mordida en tijera. El cuello es esbelto y de sección ovalada. Su lomo es menos curvado que el del greyhound, las ancas están más elevadas, su tórax es profundo y alargado. Su pecho, menos ancho, nunca llega al codo. La grupa no es redondeada, sino en pupitre. Las patas son menos arqueadas, y la musculatura general no es tan prominente. Los pies (parte extrema de las patas) son largos y robustos, de liebre. Las almohadillas plantares son amplias y fuertes, disminuyendo así el riesgo de lesiones en terrenos difíciles. La cola, que puede llegar a ser muy larga, es flexible y en gancho. La escala cromática es amplia, variando del leonado al negro, del atigrado al blanco con manchas. Los ejemplares de tonos claros y uniformes suelen llevar una máscara negra poco extendida. El galgo español es el único lebrel que puede tener tanto un pelaje liso (más habitual) como duro, normalmente corto y lustroso. El costillar, los músculos y los tendones se perfilan claramente bajo su piel.

Hubo diversas épocas en que los lebreles estuvieron especialmente relacionados con las clases sociales altas, acompañando por ejemplo a los señores en sus actividades cinegéticas. Conformaban junto con el caballo la estampa característica de los nobles practicando la caza como divertimento en ausencia de guerras o como entrenamiento para las mismas. En la primera frase de “El Quijote” nos encontramos a un galgo entre los elementos utilizados para describir la idiosincrasia y las pertenencias del viejo hidalgo. En la cultura islámica los lebreles son aún los perros que gozan de un mayor prestigio, asociado al de sus propietarios, frente a otras razas que son casi despreciadas o consideradas impuras. En los países de cultura islámica son frecuentes varias razas de lebreles, como el afgano, caracterizado por su largo pelaje, el saluki persa, que es una de las razas caninas más antiguas, el llamado perro de los faraones, estandarizado por iniciativa maltesa y británica, el elegante azawahk de Mali, y el sloughi norteafricano, presente sobre todo en Marruecos. Durante los siglos de dominio árabe en la península ibérica llegaron a la misma acompañando a sus señores numerosos sloughi, los cuales fueron cruzados con los galgos autóctonos. Se trataba además de una selección dirigida, al estilo de la practicada con las palomas y los corceles, para conseguir canes más rápidos y ágiles. Pero en el territorio ibérico siempre hubo además lebreles con propietarios de peor condición socioeconómica, adscritos a los espacios rurales, donde la mezcla de ejemplares fue mucho más casual y no sólo orientada hacia la caza.

La existencia de lebreles en la península ibérica está atestiguada ya para el Neolítico, como indican las pinturas rupestres de Alpera (Albacete). Desde su adopción como animales domésticos, los hombres se valieron de los galgos en la caza menor, para atrapar presas tales como liebres y zorros, así como en las tareas de localización y asedio de presas mayores, como ciervos, osos y jabalíes. En una época tan antigua, en la que el aprovisionamiento de comida no siempre sería una tarea fácil, la incansable compañía de los galgos en las salidas para cazar crearía importantes vínculos afectivos con sus propietarios. La generalización de las prácticas agrícolas y ganaderas durante el Neolítico favoreció la aceptación en las comunidades aldeanas de otros tipos de perros no tan especializados en la caza. El hecho de que gran parte de las representaciones primitivas de lebreles provenga del ámbito del Próximo y Medio Oriente y de Egipto no prueba el que los lebreles sean originarios de dicho espacio, aunque quizás fue allí donde antes se produjo su domesticación. Sería más lógico hablar de una dilatada existencia de los lebreles en Eurasia y en el Norte del continente africano, atribuyendo a la vez a las pujantes culturas civilizadoras de Mesopotamia, Próximo Oriente y Egipto la principal responsabilidad en los inicios de su domesticación y en la extensión por el Mediterráneo de dichas prácticas de acompañamiento.

Entre las representaciones más antiguas de lebreles se pueden citar las pinturas rupestres con cacerías de Çatal Hüyük (Turquía) y los montes Tassili (Argelia). También los lebreles comenzaron a ser representados en los objetos de uso cotidiano, como cerámicas, cilindros-sellos y tablas de maquillaje. En el arte egipcio destacan los relieves y pinturas murales que muestran a lebreles de orejas tiesas y cola enroscada participando en la caza de especies autóctonas. Su nombre egipcio era “tesem”, y su aspecto pervive en distintos tipos de lebreles y podencos extendidos especialmente por el Mediterráneo y también de forma curiosa en las Canarias, cuyo poblamiento originario se realizó a partir de tribus provenientes del continente africano. En Egipto momias de estos perros acompañaban a las de sus amos, y estaba prohibido matarlos, lo que supone una avanzada legislación proteccionista. En la extensión por el Mediterráneo de las variantes de lebrel próximo-orientales desempeñarían una función destacada los comerciantes fenicios, aunque no conviene exagerar las aportaciones difusionistas a ellos asignadas.

Los movimientos migratorios realizados por los pueblos indoeuropeos y célticos se tradujeron en la mezcla de los lebreles ya existentes en Europa Occidental con otras variantes, exigentemente probadas en las largas y constantes cabalgadas de sus amos. Dentro de los actuales lebreles de la Europa Oriental se pueden citar el borzoi o galgo ruso, de pelaje rizado similar a una capa real, y el robusto magyar agar húngaro. Las razas más pequeñas de lebrel son el whippet británico y el piccolo levriero italiano. También en el ámbito británico, además del prototípico y velocísimo greyhound, nos encontramos con el deerhound escocés, de imponente envergadura y pelaje duro. Similar y aún más grande es el Irish wolfhound, presente en la lírica irlandesa como fiel defensor de sus aguerridos señores. Al estudiar las razas de lebreles y su dispersión podemos reparar en cierto determinismo climático, como la presencia de mayor cantidad de pelo en las variantes sometidas a largas épocas estacionales de frío intenso, circunstancia que no siempre se cumple. El terreno y los tipos de caza practicados en los diferentes ámbitos también fueron condicionando otros aspectos de los lebreles, matizando distintos tamaños, colores, detalles anatómicos y temperamentos. No hay que olvidar que los lebreles por lo general resisten bien la sed y son capaces de importantes esfuerzos en situaciones difíciles, haciendo gala de una gran adaptabilidad. La existencia de los lebreles en las islas de Britania e Irlanda, segura ya al menos para el siglo IV a.C., está relacionada con gentes de estirpe céltica aficionadas a la caza. Allí algunos lebreles fueron cruzados con otras razas de perros, como pastores y molosos.

En el ámbito griego prosperó durante el I milenio a.C. el lebrel de tipo laconio, que recibe su nombre de su abundante presencia en la región espartana. No es casual la asociación entre los lebreles y los “aristoi” espartanos, término clasista alusivo a “los mejores”. El lebrel es el tipo de perro más representado en las monedas de las antiguas ciudades griegas y cartaginesas. En cambio la presencia de los molosos casi se reduce a las monedas acuñadas por la tribu del mismo nombre, que habitaba en el Epiro (Noroeste de Grecia). En las monedas los lebreles eran representados en distintas actitudes, como por ejemplo erguidos, sentados, saltando, con la cabeza vuelta hacia atrás, olisqueando, rastreando, devorando la cabeza de un ciervo, amamantando a un niño, acompañando a la diosa de la caza Ártemis o acompañando a algún otro cazador. Casi siempre los ejemplares representados tienen las orejas tiesas, lo que los relaciona con el tipo de can propio de la iconografía egipcia. Entre las ciudades que se valieron de los lebreles como elementos simbólicos en sus monedas, sobre todo en las argénteas, destacan varias urbes cartaginesas del Oeste de la isla de Sicilia: Eryx, Motya, Panormo y Segesta. Para los cartagineses, cuya sociedad era fuertemente clasista, tanto el lebrel como el caballo, ambos muy empleados en sus monedas, eran sinónimos de nobleza. Segesta, ya antes de caer en poder cartaginés en el año 409 a.C., acuñó como colonia griega monedas de gran belleza con el motivo del lebrel. Las ciudades étnicamente griegas que más utilizaron el lebrel como motivo iconográfico en sus monedas fueron, además de Segesta, Siracusa (en la isla de Sicilia), Nuceria Alfaterna (en el Sur de Italia, cerca de Nápoles), Madytos (en Tracia, en el estrecho de los Dardanelos), Kidonia y Phaistos (en la isla de Creta), y Same (en la isla de Cefalonia). Resulta curioso el carácter insular o al menos costero de las urbes mencionadas, lo que podría señalar que la expansión colonial griega y cartaginesa por el Mediterráneo fue beneficiosa para la difusión de los lebreles metropolitanos y para la domesticación de los lebreles de los territorios indígenas explorados. Mercenarios del ámbito ibérico y balear actuaron desde el siglo V a.C. al servicio de los poderes imperialistas enfrentados en la isla de Sicilia, pudiendo traerse consigo a su regreso algunos ejemplares de lebreles.

Escritores griegos, como Platón y Jenofonte, no dejaron de citar a los lebreles en algunas de sus referencias cinegéticas. También está presente el lebrel en las variadas manifestaciones del arte grecorromano, apreciándose en ellas un claro regodeo en su marcada esbeltez. Dicha estilización se plasmó por ejemplo en los mosaicos romanos que adornaban los suelos de las estancias de las villas, como el tunecino de El Djem, que muestra a los lebreles participando junto con otros tipos de perros en una cacería de liebres. Es la persecución de las liebres el hecho preciso y repetido que hizo surgir la palabra lebrel. El historiador grecolatino Flavio Arriano escribió en el siglo II una obra sobre la caza en la que puede leerse la recomendación de soltar tras la liebre sólo dos galgos, con lo cual se disfrutaría más de la belleza de la carrera y el acorralamiento de la pieza. Él diferenció por vez primera el lebrel de pelo corto (“Vertragus”) del lebrel de pelo duro (“Segusin”). Los lebreles aparecen representados en denarios romanos de la gens Postumia (74-73 a.C.) y de la gens Hosidia (69-64 a.C.). En el primer caso el lebrel es representado corriendo, con collar y junto a una lanza, mientras que en el segundo aparece enganchando con sus mandíbulas a un jabalí, lo que quizás sea una exageración mítica de la valentía del animal.

Desde el período bajomedieval podemos considerar ya configurado en sus rasgos morfológicos básicos el tipo del galgo español, producto de la mezcla de los lebreles existentes en época romana con otros traídos desde la Galia por los bárbaros, y sobre todo con los traídos de África por la invasión islámica. Pareja al gusto andalusí por el galgo cruzado selectivamente fue la admiración que en los reinos cristianos despertaban en las monterías los ejemplares más hábiles. El galgo se adaptó brillantemente a la aridez del campo hispano y a su clima extremo, esquivando con agilidad los peligros naturales. La posesión y el mantenimiento de los galgos quedaban asociados casi siempre a la hidalguía, tanto a la real como a la teatralizada. Es decir, aunque alguien no fuese noble, el tener galgos ayudaba a parecerlo. En el caso de la incipiente Castilla del siglo IX, cualquiera que pudiera costearse un caballo y el armamento ya era considerado caballero, lo que escandalizaba a la nobleza tradicional, más parapetada en los argumentos de la sangre que en el ejercicio de la “virtus”. Los nuevos caballeros castellanos se hicieron con la compañía de galgos, queriendo reforzar así su porte noble. El paradigma idealizado de caballero de Castilla, el Cid, es presentado en algunos relatos y romances cuidando de sus galgos.

En las representaciones medievales de los galgos se aprecia el hecho de que llevan collares, lo que revela su sujeción a los intereses del propietario, preferentemente relacionados con la caza y la autodefensa. Destaca el fresco soriano de la ermita mozárabe de San Baudilio, fechado hacia 1130, que muestra tres galgos cazando liebres. El sitio de los galgos estaba tanto en el hogar como en las cuadras, tanto acompañando al señor como entre sus caballos. Si un señor mataba a otro señor y pretendía quedarse con sus galgos, éstos solían mostrarse fieros y rencorosos, no aceptando el cambio de dueño. Los pintores renacentistas italianos y flamencos se valieron de los lebreles, especialmente de los greyhound, para añadir belleza a los retratos de los nobles, bien en posados o bien en situaciones de movimiento.

Hasta la década de 1920 el galgo español conservó sin problemas su estándar, dentro de una cierta variedad reflejada por ejemplo en la admisión de dos tipos de pelaje. Desde entonces y debido a la popularización de las carreras de campo y pista, su cruce con los greyhound fue intenso. Ello no nos debe hacer pensar en un empobrecimiento natural, pues tan bella y digna es esa mezcla como el mantenimiento del estándar. Pero sí que sería una pena que no quedara ni un galgo español prototípico. De ahí que sea necesaria la revitalización del patrón tradicional, tarea que se lleva acometiendo con éxito en los últimos años. Dentro de una sencilla clasificación de los lebreles, realizada por los tipos de orejas, el galgo español estaría entre los de orejas semierectas o semicaídas en rosa, grupo mayoritario en Europa. Los de orejas caídas son más característicos de Asia y el Norte de África. El último grupo, que es el más exiguo, es el de orejas tiesas, propio de las antiguas representaciones egipcias, al que pertenecen algunos lebreles y podencos del ámbito mediterráneo y canario.

En general, y teniendo en cuenta las diferencias entre los distintos ejemplares, los galgos españoles tienen un carácter serio y retraído. Son perros altivos que muestran gran confianza en sí mismos. Profesan hacia su propietario una fidelidad completa, mientras que tratan a los demás de manera algo desdeñosa. Establecen con su amo un casi ciego vínculo vasallático, identificando el comportamiento del dueño con lo correcto. Tienen un importante componente agresivo, que es encauzado por los criadores hacia la caza o la competición. En el caso de las carreras, se selecciona desde cachorros a los ejemplares de carácter más equilibrado y a la vez más persistentes en la persecución de las piezas. Los criadores intentan controlar el temperamento del galgo, excitándolo antes de las carreras para que los músculos rindan al máximo. La felicidad del galgo, dadas sus innatas características atléticas, implica casi siempre la posibilidad de pasear y correr a diario en espacios abiertos. Su secular educación para la caza provoca también en el galgo una mala convivencia con otros animales, como aves de corral, ratas y gatos, con los que puede mostrarse fiero. Incluso no siempre tolera bien la compañía de otros perros, como si se tuviese a sí mismo en demasiada alta estima. En cierto modo, recordando el dicho popular de que el carácter del perro es a menudo como el carácter de su amo, los galgos españoles parecen réplicas caninas de los orgullosos y levantiscos nobles del Medievo. Las madres son tremendamente protectoras con sus cachorros, no permitiendo a casi nadie que se acerque.

El pecho profundo y amplio del galgo permite una excelente oxigenación de la sangre en los esfuerzos máximos. Las costillas quedan enmarcadas por unas imponentes masas musculares, como si se tratase de un estudio anatómico en movimiento. El cuello largo y elegante le sirve a la vez cuando corre como contrapeso e impulsor. La velocidad no está relacionada con el color, pero éste es tenido muy en cuenta por los que van a elegir un cachorro y por los apostantes en las carreras, tanto por el efecto visual del color al galope como por supersticiones personales. En los cruces selectivos que buscan grandes velocistas no se valoran las tonalidades de la piel, sino el historial o las aptitudes deportivas de sus progenitores. Como se suele decir, “de casta le viene al galgo”. El galgo español es el segundo lebrel más rápido, llegando a alcanzar los 60 kilómetros por hora, sólo superado por el greyhound inglés. En los canódromos, tras la liebre mecánica, este último no tiene rival, pero en las carreras de campo el galgo español desarrolla una mayor destreza en el seguimiento de las liebres vivas, pudiendo resistir varias horas hasta atraparlas. En ocasiones se realizan carreras con otros tipos de lebreles a pesar de su menor velocidad. Es sobre todo un incentivo estético utilizado por los canódromos estadounidenses. Otra variedad de competición es el seguimiento a caballo de la collera tras la liebre, ejercicio con claras reminiscencias cinegéticas historicistas, rastreable incluso en época grecorromana.

La alimentación del galgo ha de ser ajustada a su condición atlética, más por motivos de salud que en aras de su posible trayectoria en competición. Los huevos constituyen el eje de su alimentación, hasta el punto de ser recomendable la ingesta de un huevo diario. Además de los copos o trozos de la comida prefabricada, conviene incluir en la dieta alimentos naturales en adecuada proporción, como leche, requesón, fruta, aceite vegetal, miel, carne cruda, pan integral, mantequilla, arroz y verdura al vapor, así como sustancias dulces en muy pequeña medida. Las proteínas ayudarán al galgo en la formación y conservación de los tejidos, como músculos, huesos y órganos internos. Las grasas aumentarán sus reservas energéticas, favorecerán la asimilación de ciertas vitaminas, le protegerán contra el frío, preservarán sus órganos más sensibles, le proporcionarán un pelaje sano e incrementarán la intensidad de los sabores. Los hidratos de carbono le aportarán fibras y energías para esfuerzos inmediatos. Los minerales regularán sus fluidos corporales y favorecerán el desarrollo de huesos, dientes y pelaje. Y las vitaminas equilibrarán su metabolismo y le harán más resistente. Siendo cachorro, el galgo debe ser alimentado unas cuatro veces al día, mientras que más adelante se puede suprimir alguno de estos turnos. A los galgos les gusta participar del ambiente familiar y permanecer junto al amo el mayor tiempo posible. Su inquietud casi permanente y sus ansias de campo y cielo les llevan a sentirse más integrados en espacios naturales o en grandes parques. Prefieren hacer sus necesidades al aire libre. Como lecho les vale casi cualquier superficie mullida, pero siempre dentro de un espacio habitacional que no les agobie.

Poco después de haber cumplido su primer año, el galgo está preparado para recibir intensos entrenamientos, si es que su futuro está en las carreras. En esta clase de vida aprenderá a convivir con otros lebreles, entrando por así decirlo en sociedad. Los lugares de entrenamiento han de tener grandes extensiones llanas, pero también ligeras pendientes. En ellos se ha de evitar que el galgo se meta en huecos, toperas y galerías subterráneas, donde podría lesionarse fácilmente. Lo normal es que correr sea la principal pasión de los galgos, pero si algún ejemplar no quiere hacerlo, entonces no se le debe obligar. En muchas fases del galope se puede ver al galgo totalmente suspendido en el aire, o apoyando tan sólo una de sus patas de manera alternativa e increíblemente bien coordinada. Un estudio detenido de sus movimientos en carrera permite entender la velocidad alcanzada. La carrera se convierte en una especie de sucesión de saltos dada la amplitud de cada zancada. Si el galgo nos sale marrullero y poco deportivo será seguramente descalificado en carreras de grupo, pero podrá ser inscrito en pruebas individuales por tiempos.

Las carreras de lebreles tuvieron gran acogida desde el período bajomedieval en Gran Bretaña. Se sabe que en el siglo XIV el Duque de Harfolk hacía cumplir las normas de Arriano en las cacerías de liebres con galgos. En el siglo XVI el Duque de Norfolk contribuyó al perfeccionamiento de la normativa. Desde fines del siglo XVIII se cercaron para las carreras extensiones despejadas de terreno con gateras que pudieran servir de refugio a las liebres. En el año 1836 se corrió en Gran Bretaña por vez primera la Copa Watterloo, competición que dura hasta la actualidad. También allí a finales del siglo XIX proliferaron los clubes de propietarios de lebreles y los reglamentos de carreras. En la década de 1920 comenzó la implantación de las pistas ovaladas con liebre mecánica, idea estadounidense que pronto triunfó en Europa, y que implicaba la sucesión racional de varias carreras con lebreles distintos. En España la popularización de los canódromos fue algo más tardía, pues en 1930 lo que surge es el campeonato nacional en campo abierto. Dicho campeonato sigue celebrándose hoy en día, superándose últimamente el número de 5.000 galgos españoles inscritos. Buena parte de estos galgos presenta un componente de greyhound, pero aminorado año tras año por los nuevos cruces y por la selección natural impuesta por el tipo de terreno, ya que en él se lesionan menos los ejemplares de estirpe autóctona.

Los canódromos suelen presentar una pista ovalada, de forma similar a los antiguos circos romanos, que estaban destinados principalmente a las carreras de bigas y cuádrigas. Hay también circuitos redondos o en forma de W. La pista puede ser de césped o de arena. En el caso de las pistas de césped, se echa arena en la salida, en la meta y en las curvas para que sufran menos las patas de los lebreles. Las pistas normales tienen una longitud comprendida entre los 400 y los 480 metros. En el primer caso la pista es métricamente casi una reproducción de una pista de atletismo. Las carreras se hacen por lo regular sobre distancias establecidas entre los 300 y los 960 metros. Es decir, o bien se suprime una curva o se dan una o dos vueltas al circuito. En cada prueba no suelen competir más de seis perros, los cuales afrontan la salida desde unos cajones individuales. Una vez sueltos persiguen una liebre mecánica recubierta de piel o fibra, y que va a unos 20 metros del perro más adelantado. En la meta se paran los cronómetros y se define el orden de llegada, recurriendo a fotos, vídeos o microchips en caso de dudas. Los vencedores de cada carrera en ocasiones disputan semifinales y finales, hasta obtenerse al gran campeón. Éste, si es a la vez sereno, es con frecuencia también galardonado en las exposiciones caninas, pues el deporte le ayuda a cumplir con los cánones estéticos prefijados.

Las apuestas en las carreras de galgos son un fenómeno que se da sobre todo en los países anglosajones, como Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia. En otros países las apuestas son minoritarias o incluso están prohibidas. Además de las carreras profesionales, se dan otras de aficionados o de iniciados en el asunto. La popularización de las carreras de galgos tiene efectos beneficiosos y perjudiciales para los perros, pues por un lado se incentiva su cría, pero por otro lado se la supedita a la competición, pudiéndose incurrir en excesos tan dañinos como el dopaje. El rostro desencajado de los atletas en las pruebas de velocidad, con los músculos faciales temblando y los ojos desorbitados guarda similitudes con la expresión de los galgos en carrera. En las carreras más comerciales prácticamente sólo participan greyhounds, pero en otras de índole más tradicional y desenfadada pueden participar otras razas. Si queremos ver a un galgo español ganando a un greyhound inglés en un canódromo, cosa difícil, la carrera ha de ser en pista de hierba y a dos vueltas. Y aun así es más probable que venza el greyhound. Normalmente en el canódromo los perros corren con bozal. A cada galgo se le asigna un número mediante un dorsal, ligero o reforzado según haga calor o frío. Pueden correr juntos machos y hembras, así como ejemplares de distinta edad, recomendándose la comprendida entre los 2 y 8 años. Las primeras veces conviene que el futuro atleta corra solo y sin bozal tras la liebre mecánica, habituándole más tarde a las reglas precisas de la competición. Tras la carrera el galgo debe seguir moviéndose hasta que su respiración se normalice, recibiendo agua con miel o algún otro pequeño premio reconstituyente.

Los grupos ecologistas y defensores de los derechos de los animales han denunciado repetidamente los abusos que se cometen en el entorno de las carreras de galgos, sobre todo en los canódromos relacionados con las apuestas. Entre ellos está el tráfico internacional de greyhounds en malas condiciones de transporte; el hacinamiento de los perros en pequeñas jaulas; el abandono o asesinato tras lesiones o al término de la vida deportiva; y el contagio de filaria u otras enfermedades por las malas atenciones higiénicas. Todas estas situaciones deben ser eliminadas mediante la aplicación rigurosa de las leyes, incluso llegando cuando sea preciso al cierre de los canódromos. Pero a la vez ha de preservarse la existencia de las carreras de galgos, realizadas en condiciones vitales dignas para estos animales, pues suponen un enriquecimiento cultural. En España aún subsiste la bárbara costumbre, enraizada en el período medieval, de ahorcar en los árboles a los galgos ya mayores o inservibles tras la temporada de caza. Pero afortunadamente dicha práctica está en franco retroceso, existiendo ya albergues para los galgos veteranos abandonados. Y por supuesto lo mejor sería que el amo cuidase de su galgo hasta el fin no violento de sus días. En nuestro país los galgos españoles gozan de una especial protección por parte de las instituciones, pero los greyhounds importados para las carreras y luego desechados son víctimas de terribles situaciones, lo que se hace necesario resolver.

El único canódromo fijo que existía en España era el “Canódromo Meridiana” de Barcelona. Ocasionalmente se montan canódromos en otras ciudades o en áreas rurales, destacando en este sentido el ámbito extremeño. Ha sido una lástima la desaparición del canódromo barcelonés, ligado a las apuestas, y cuyo ambiente recordaba el furor que causó en pasadas décadas la competición galguera en diversas ciudades españolas. En el momento de la publicación de este artículo se nos comunicó el cese de sus actividades. Fue inaugurado en 1964 y organizaba carreras diarias de lebreles. Las apuestas consistían en una especie de quiniela en la que había que acertar los dos o tres primeros perros clasificados.

En Madrid, sobre el viejo canódromo de Carabanchel, pesaba algo así como una maldición. A su largo abandono y deterioro hay que sumar el recuerdo de que fue el lugar en que la organización terrorista GRAPO (Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre), cometió su primer atentado en 1975, matando a un guardia civil. Desde entonces los GRAPO han matado a 87 personas, la última de ellas también en Carabanchel en el año 2000. Muchos de los dueños de los galgos de aquella época que competían en el canódromo madrileño eran de etnia gitana, socialmente favorecidos por su éxito en las apuestas, ya que conocían los diversos factores que podían decantar las carreras a favor de uno u otro lebrel. Años después de su uso como canódromo, se aprovecharon las instalaciones para hacer un velódromo que apenas fue utilizado. La pista de madera del velódromo ha sido trasladada en el año 2005 al nuevo velódromo de la villa olímpica. El viejo recinto de Carabanchel, dotado de un excelente graderío, sirvió temporalmente como albergue para vagabundos, y en la actualidad ha sido reconvertido en una moderna instalación deportiva que podría contribuir a reactivar el barrio. El prolongado aire caduco y marginal del canódromo de Madrid, en cuyos muros se celebró hace no mucho un certamen de grafiteros, no impide recordar e imaginar el estruendo de las gradas con la vista fija en los lebreles. De aquéllos, ninguno queda. La progresiva desaparición de los canódromos en España tuvo como efecto positivo el interés por la recuperación del estándar del galgo español y su reconocimiento oficial como raza. Se disipó así el miedo de que nuestro último galgo fuese el de la silueta de la famosa marca de folios.

Para titular y finalizar la presente exposición de ideas escogimos la expresión popular “¿Dónde vas, lebrel?”, alusiva al buen mozo que escapa de la actitud cariñosa y receptiva de la muchacha. La aplicamos en este caso al futuro de los lebreles y de sus carreras en España. El galgo español presenta unas excelentes perspectivas de futuro, situándose en posición ventajosa con respecto a otros tipos de lebreles importados, que hasta ahora gozaban de las preferencias de los criadores. Mientras que en cambio las carreras afrontan un incierto porvenir, tendiéndose a la supresión de los canódromos en favor de la competición en campo abierto. La figura alargada del galgo, enraizada en nuestro territorio, incorpora algo nostálgico, convirtiéndose, dada la abundante documentación a él referida, en un trozo de historia en movimiento, en fanfarronería hidalga galopando.


Bibliografía:

-Gallarza, José; “El galgo y su vida”; Prensa Española; 1966.

-Jara, José; Mingo, Manuel; “El galgo en el deporte”.

-Przezdziecki, Xavier; “Les lévriers”; París; 1975.

-Salamanca, Francisco; “Galgos españoles. Corredores de sueños. Orígenes e historia y momento actual de la raza”. En Internet.

-Sear, David R.; “Greek coins and their values”; Bath; 1978.

-Schritt, Ingeborg y Eckhard; “Los lebreles. Manual de consulta para los propietarios de estas razas”; Barcelona; 1993.

martes, 1 de febrero de 2005

HUESOS DE COLIBRÍ


Si es verdad la teoría de que las aves descienden de los antiguos saurios que poblaron el planeta, entonces el colibrí estaría entre sus más pequeños sucesores. Y es que los colibríes son las aves más pequeñas. Todas las especies de colibríes habitan en América, distribuyéndose por el conjunto del continente, si bien su mayor densidad se da en las zonas tropicales. El colibrí es también conocido con otros nombres, muchos de ellos alusivos a su estrecha relación con las flores, como picaflor o chupaflor. En portugués nos encontramos con el término “beijaflor”, es decir, “besaflor”. La palabra “Colibrí” parece proceder de la lengua arauca que hablaron los taínos caribeños, pudiéndose traducir como “Pájaro-Dios” o “Pájaro-Dios-Sol”.

Los colibríes pertenecen al Orden de los Apodiformes, caracterizados por tener patas débiles y alimentarse en pleno vuelo. Se conocen 319 especies agrupadas en la familia de los Troquílidos. Se alimentan del néctar de las flores y en menor medida de los pequeños insectos que encuentran en ellas o a su alrededor. Al visitar tantas flores se convierten en ayudantes de la polinización y por tanto de la exhuberancia vegetal de la selva. Cada especie suele tener una flor favorita, lo que a través de un determinismo secular se ha reflejado en variaciones en el tamaño y la curvatura del pico. En todos los casos se trata de un pico largo y afilado, que cobija una lengua con forma de trompa. Curiosamente los pichones nacen con un pico ancho y romo que luego va creciendo y afilándose.

Los colibríes exhiben su virtuosismo en el vuelo. Son las únicas aves que pueden volar hacia atrás. Realizan con destreza movimientos verticales y horizontales sin variar apenas la compostura del cuerpo, salvo en lo referente a las alas. Son capaces de quedarse largamente suspendidos en el aire en un punto fijo, para lo cual mueven tan rápido las alas que no se les ven. El aleteo normal es de unas 70 veces por segundo, pero en los arrebatados vuelos nupciales pueden alcanzar los 200 golpes de alas por segundo. Algunas especies son migratorias, de modo que a pesar de su fragilidad son resistentes, recorriendo distancias de más de setecientos kilómetros en una sola etapa, atreviéndose incluso a volar sobre el mar abierto del Golfo de México y de noche. Su velocidad máxima con ayuda del viento es de unos 100 kilómetros por hora. El sonido de un colibrí volando es como el de un insecto o el de un diminuto motor. Aunque en general son bastante inquietos, los colibríes tienen también momentos de estatismo.

Son bastante buscapleitos y combativos. Las rapaces no intentan por lo general capturarlos por ser demasiado escurridizos y por temor a ser picadas en los ojos. A los humanos pueden atacarlos si se aproximan a sus nidos, pero también en ocasiones liban de las flores cortadas que les ofrecen. Los machos son generalmente un poco más pequeños que las hembras, salvo por el desarrollo de las plumas timoneras de algunas especies. Los colores del macho son más vivos e iridiscentes, sobre todo en la garganta, que puede albergar intensos tonos rojos, azules y verdes. Los machos son fieramente territoriales. A veces delimitan su territorio chillando durante varios días en lo más alto de un árbol, cortejando a las hembras que pasan por allí. Estos galancitos tras fertilizar a la hembra tardan muy pocos días en abandonar el nido, donde quedan dos huevos de color blanco. El cortejo y la reproducción suelen acontecer en primavera, pero el buen tiempo tropical puede hacer que este ciclo oscile.

El campeón de los pequeños es el zunzuncito cubano, de nombre onomatopéyico y 6’3 cm. de tamaño. Y el más grande es el colibrí gigante andino, de unos 22 cm. Las peculiares características del colibrí han favorecido la inspiración poética y legendaria de los pueblos americanos. Antes de la llegada de los españoles, algunas etnias indígenas creían que las almas de los guerreros muertos en batalla se transformaban en colibríes. También se usaron hasta épocas recientes colibríes disecados con sal como adornos o amuletos. Hay documentadas prácticas supuestamente mágicas relacionadas con el poder amatorio de los huesos del colibrí, que una vez molidos se echaban en la comida ofrecida a la persona deseada. Los huesos del colibrí pueden servirnos como metáfora del vacío que deja la desaparición de la potencia y de la belleza de lo pequeño.