sábado, 1 de febrero de 1997

EL CABALLO EN LA GRECIA ARCAICA Y CLÁSICA


Para Elena, tan loquita

DESDE EL TIPO DE COMBATE HOMÉRICO AL TIPO DE COMBATE HOPLÍTICO

La reconstrucción de las batallas de la época geométrica desde la evidencia de los poemas homéricos revela un cuadro bastante desorganizado de choques entre guerreros pesadamente armados que marchaban a caballo hacia la batalla y desmontaban para luchar. Eran atendidos por escuderos montados cuya tarea era sostener el caballo del guerrero mientras éste combatía. Y es que el guerrero podía necesitar de nuevo su caballo para perseguir al enemigo, para huir o para desplazarse sobre el campo de batalla. Esto no quiere decir que el guerrero de época geométrica nunca lanzase una jabalina antes de desmontar. E incluso esporádicamente pudieron tener lugar cargas de caballería.

El jinete homérico era esencialmente un soldado de a pie. Las luchas desde el carro son extremadamente raras en la épica. Las pinturas vasculares áticas del geométrico tardío muestran en la segunda mitad del siglo VIII a.C. un estilo similar de lucha: Los guerreros pesadamente armados combaten casi invariablemente a pie conforme a la moda homérica, con jabalinas y espada. Hay unas pocas representaciones de guerreros montados, pero ninguna de ellas muestra una lucha desde el lomo del caballo. Los carros ocasionalmente aparecen en escenas de batalla, pero hay sólo una excepción dudosa a la regla de que los guerreros desmontaban para combatir. Los carros de guerra no estaban en uso en la Grecia de la época geométrica salvo en Chipre, de modo que los que aparecen en las pinturas vasculares son sólo un asunto heroico, aunque con rasgos formales fidedignos. Los aristócratas realizarían carreras y procesiones de carros en juegos funerarios o en grandes festivales.

El carro de guerra heroico de los poemas homéricos fue sustituido por el caballo montado en la forma de combatir de las comunidades de la época geométrica. Aristóteles habla del dominio militar y político de los jinetes aristocráticos. Ellos no eran soldados de caballería, sino soldados de a pie muy armados que usaban sus caballos para funciones de transporte. Eran acompañados por escuderos montados que sostenían sus caballos y les proporcionaban jabalinas mientras ellos luchaban. Estos escuderos cuidaban además las armaduras y despojos enemigos ganados por su señor durante la batalla. Antes de que el sistema hoplítico revolucionase la forma de combatir en el siglo VII a.C., las batallas eran tan caóticas como se describen en la épica homérica y en los vasos pintados del geométrico tardío. Mantener cohesionadas las líneas del ejército en este tipo de lucha no era algo fundamental. El éxito dependía más de la destreza individual en el manejo de las armas. Después de una carga inicial las líneas del ejército se fragmentaban en multitud de combates menores. Estos fluidos choques permitían el movimiento de guerreros montados y de sus escuderos a través de la batalla. Para los hoplitas montados esto no fue ya posible. Un hoplita podía cabalgar hacia la batalla, pero no podía usar su caballo para desplazarse durante el choque de las falanges. El éxito de una falange dependía de su cohesión. Pero aunque los hoplitas que tenían caballos no podían usarlos durante el combate principal, todavía cabalgaban hacia la guerra, y lo hacían en compañía de sus escuderos.

La función del caballo en el transporte del guerrero hasta el campo de batalla y desde el mismo, tanto en lo relativo a la persecución como a la huída, continuó siendo valiosa en el combate hoplítico. Antes de la implantación del sistema hoplítico se podía hablar de aristocracias de caballeros que, aunque luchaban a pie, utilizaban el caballo como elemento auxiliar y de prestigio. Aristóteles señala que la superioridad militar de la “caballería” aristocrática estaba en la base de los gobiernos prehoplíticos. Aristóteles explica que antes de la organización de la infantería pesada, los soldados de a pie eran menos poderosos frente a la caballería. Ello parece indicar que los privilegiados “hippeis” no solían combatir a pie en este período. Los “hippeis” son neutralmente definibles como aquéllos que usaban caballos en las guerras contra sus vecinos. Aunque es arriesgado asegurarlo, quizás Aristóteles consideraba a la clase guerrera prehoplítica como una verdadera caballería. Los grupos aristocráticos de diversos territorios griegos utilizaban para autodefinirse términos alusivos a su vinculación con los caballos. Las evidencias arqueológicas parecen reforzar la tesis de que los “hippeis” usaban sus caballos principalmente para el transporte. Con la introducción de las falanges hoplíticas organizadas, el caballo ya sólo transportaba al guerrero detrás de las líneas, y no hasta el fragor de la batalla. El caballo dejó de ser una pieza esencial para el combate, pero siguió siendo muy valioso.

Para un buen número de autores que siguen una opinión tradicionalista, la verdadera caballería no se desarrolló en Grecia hasta la época clásica. Greenhalgh por el contrario considera que no sería lógico descartar la existencia de hoplitas montados, pues la velocidad y la maniobrabilidad del caballo debieron de ser siempre aprovechadas. El hecho de que el equipo hoplítico fuese ya de por sí muy caro no permitiría a muchos soldados financiarse además su propio caballo. Quizás en muchos casos no compensaba militarmente el cubrir los altos costes de mantenimiento de los caballos. Aunque la maniobrabilidad de los caballos pasó a ser menos útil en combate, su velocidad seguiría siendo aprovechada para sorprender a las fuerzas enemigas antes de que éstas pudiesen organizarse. Por otra parte, un contingente defensivo a caballo podía ir al encuentro del enemigo antes de que éste devastase villas y cosechas, dando así tiempo a organizarse a los refuerzos de infantería urbanos. El caballo permitía además al guerrero llegar fresco a la batalla. Los hoplitas, como en épocas anteriores, podrían beneficiarse de la capacidad de persecución o huída aportada por los caballos.

Aunque la mayoría de los hoplitas careciese de caballos, los que los tenían ganaban toda una serie de ventajas. El poseer un caballo y un escudero aportaba al hoplita una gran distinción social. Como el equipo hoplítico era muy pesado, el guerrero se sentiría mucho más descansado si acudía a la batalla en caballo. Incluso podía transportar su equipo sobre un caballo y ponérselo sólo justo antes de combatir. En caso de derrota, el guerrero podía recurrir al caballo que sostenía su escudero. Y si vencía, el hoplita regresaría a casa más cómoda, rápida y altivamente gracias a su caballo. Éste podía salvar su vida si era herido, o transportar su cadáver si resultaba muerto. Una escena pintada en un vaso ático del siglo VI a.C. muestra a un hoplita desmontando de su caballo para incorporarse a una falange que está avanzando en orden de batalla. Podría tratarse de un oficial que tras ordenar sus tropas desde su caballo se baja del mismo para unirse a la falange. Por tanto es probable que los oficiales dirigieran a pie su falange durante su avance compacto y durante la batalla.

Las pinturas vasculares nos ofrecen muchas representaciones de hoplitas montados, cuya existencia no debió estar limitada a unos pocos estados. En las regiones con fértiles y amplias planicies, no muy comunes en Grecia, pudo haber suficientes propietarios de caballos como para crear un ejército hoplítico totalmente montado. Pero en la mayoría de los estados las falanges se compondrían principalmente de gentes de condición media sin recursos suficientes para poseer un caballo. El caballo de guerra era considerado una bestia aristocrática, de modo que los hoplitas inferiores que conseguían hacerse con uno no dejaban por ello de ser mirados despectivamente por los nobles. La adquisición de un caballo por parte del guerrero podía ser fruto de un botín de guerra. El avance en Grecia hacia constituciones más democráticas está relacionado con la extensión del uso del caballo a sectores sociales cada vez más amplios.

Según una temeraria hipótesis de Greenhalgh, hay razones para suponer que la introducción del sistema hoplítico estimuló el desarrollo de la verdadera caballería. El uso bélico de los caballos podía contribuir a romper la falange enemiga, lo que casi equivalía a la obtención de la victoria. Para una fuerza montada de lanceros y portadores de jabalinas una falange podía ser vulnerable. Es cierto que una carga frontal de caballería difícilmente podía vencer a una falange, aunque tales intentos ocasionalmente aparecen en las pinturas vasculares. Aunque los estribos darían a los lanceros una mayor sujeción a los caballos, es posible que para manejar con mayor libertad sus armas apenas los utilizasen, de modo similar al posterior estilo parto. Para conseguir estar más aferrados al lomo del caballo, algunos guerreros llevarían las piernas desnudas o sin apenas protección. No todos los jinetes utilizaban armas arrojadizas, sino que algunos las empuñaban en combate cerrado.

Aunque una falange es casi inexpugnable para la caballería en su parte frontal, se muestra más débil en sus alas y en su retaguardia. Un ataque por los flancos a una falange que avanza puede desorganizarla seriamente. Y si la caballería logra sorprender por detrás a una falange antes de que ésta forme un cuadrado estático, el desconcierto se apoderará de los hoplitas, que apenas llevan protecciones en la parte posterior de su cuerpo. Es probable que los oficiales decidiesen combatir con su falange en lugares impracticables para la caballería. Y protegerían sus flancos y su retaguardia con pequeños contingentes a caballo. En estas zonas se desarrollarían propiamente las luchas entre jinetes rivales. El caballo quedaba fuera de combate si era desjarretado, es decir, si el enemigo lograba cortar los tendones de sus extremidades posteriores.

La efectividad de la caballería sería aún mayor si los hoplitas enemigos no habían tenido tiempo para componer la falange. La caballería tesalia con un ataque sorpresivo derrotó a los hoplitas espartanos en Fálero en el 511 a.C. Este episodio supuso un aprendizaje para los espartanos, que en su posterior invasión del Ática incorporaron fuerzas de caballería. La caballería era de gran utilidad para perseguir a una falange rota o para evitar que la victoriosa falange enemiga persiguiese a los derrotados. Tucídides nos narra que durante las guerras del Peloponeso, las fuerzas atenienses desplazadas en Sicilia solicitaban incesantemente refuerzos de caballería. En una batalla librada en el 415 a.C. los atenienses eligieron un terreno favorable en el que inutilizaron la acción de la caballería siracusana. Pero cuando los atenienses persiguieron desordenadamente a los enemigos en fuga, los jinetes siracusanos lograron causarles muchas bajas y neutralizar su persecución. Las dificultades de marchar en campo abierto dominado por la caballería están ampliamente ilustradas por la última marcha de los atenienses hacia Camarina.

La temible caballería grecosiciliana de fines del siglo V a.C. tuvo que tener unos amplios precedentes remontables hasta poco después de la fundación de los establecimientos coloniales. No todos los estados griegos tenían territorios tan aptos para la caballería como las planicies sicilianas. La exploración y adecuación previa del terreno podía facilitar la acción bélica de la caballería. Y es que los caballos griegos no usaban herraduras. También se podía retocar el territorio con medios naturales o artificiales para repeler más contundentemente las incursiones enemigas a caballo.


APORTACIÓN ICONOGRÁFICA DE LAS CERÁMICAS PINTADAS

Las evidencias arqueológicas sobre el combate de caballería en época arcaica son muy pocas. Predominan las representaciones, que remontan el uso bélico del caballo en Grecia al Bronce Tardío. Tras los siglos oscuros, la primera evidencia de la resurrección de la caballería es probablemente el guerrero que aparece sobre una crátera geométrica de Mouliana. Vrokastro proporciona otro jinete geométrico cretense. La figura del domador de caballos emplazada entre dos caballos afrontados cuyas cabezas él sostiene es común en los vasos áticos. Este asunto iconográfico se extendió más allá del ámbito griego, y aparece también en la Iberia protohistórica. El hecho de que en este tipo de representaciones aparezcan dos caballos no nos debe llevar a pensar que éstos eran mentalmente asociables al enganche de un vehículo, pues podía tratarse simplemente de un marco adecuado para una divinidad animalística. En fragmentos geométricos argivos aparecen con bastante frecuencia caballos sostenidos por guerreros con casco. La cerámica ática del geométrico final y la cerámica protoática muestran a guerreros verdaderamente cabalgando. Figuritas de arcilla de guerreros montados aparecen en el geométrico tardío en Asine y otros lugares. Las representaciones sugieren un repentino aumento del interés por la monta durante los siglos VIII y VII a.C., pero en pocos casos podemos estar seguros de que los caballos eran montados en combate.

Los usos militares del caballo en época arcaica son rastreables desde las evidencias arqueológicas, y especialmente gracias a las cerámicas pintadas. Los datos literarios son menores, pues el testimonio de los poetas resulta inadecuado y oscuro. La mayor parte de las cerámicas pintadas de que disponemos son áticas y corintias, por lo que no corresponden a territorios que tuvieran jinetes famosos por su destreza, como Eubea, Tesalia, Ásia Menor y las colonias occidentales. Las cerámicas calcidias aportan información para la segunda mitad del siglo VI a.C. No se sabe con seguridad si corresponden a talleres euboicos, coloniales o etruscos. Con la excepción del sarcófago clazomenio y unos pocos artículos más de fines del siglo VI y principios del V a.C., la cerámica pintada greco-oriental no nos es de mucha ayuda. La cerámica beocia prefería las escenas no militares en su fase de figuras negras.

Atenas y Corinto no carecieron de caballos de guerra en el período arcaico, como demuestran sus producciones cerámicas. La cerámica corintia nos proporciona una valiosa información para el período que va del 625 al 550 a.C., mientras que las producciones atenienses con escenas alusivas a los caballos son en su mayoría del siglo VI a.C. En las representaciones se aprecian elementos de esnobismo y heroización que a veces se alejan bastante de la realidad de la época. Pero no debemos olvidar que a los pintores les sería más fácil representar lo que veían, aunque añadiesen elementos heroizantes, arcaísmos o estereotipos. Un período sin representaciones de caballos no es seguro que aluda al escaso uso de los mismos. Pero sí que puede ser así cuando entre muchas escenas bélicas no encontramos la presencia de caballos.

Los vasos corintios y áticos nos muestran hoplitas montados en los siglos VII y VI a.C. Las muestras del tipo de combate en otros estados son más pobres, pero señalan igualmente la existencia de hoplitas montados. Para Esparta hay al menos una representación que sugiere que el nombre del cuerpo de guardia real de los tiempos clásicos derivó de los “hippeis”, que eran hoplitas montados del siglo VII a.C. En la Eubea del siglo VII a.C., nuestra reconstrucción del tipo de combate de los “hippeis” eretrios y los “hippobotae” calcidios indica que ellos cabalgaban hacia la batalla y combatían a pie, probablemente con la panoplia hoplítica y en formación cerrada, pero utilizando más la espada que la pica. En los vasos calcidios, además de los clásicos hoplitas montados acompañados de sus escuderos, aparecen con lanzas jóvenes jinetes que parecen constituir una caballería ligera. También se representan en las piezas calcidias arqueros a caballo, quizás impregnados de las técnicas de combate de los pueblos indígenas que rodeaban las colonias griegas occidentales. La cerámica calcidia muestra a hoplitas montados de la segunda mitad del siglo VI a.C., y refleja un tipo de combate que fue exportado hacia las colonias occidentales.

Para la Grecia oriental las evidencias no son tan explícitas, pero está claro que los ricos ocupantes de los sarcófagos pintados lucharon como hoplitas, y hay indicaciones de que acudían a la guerra cabalgando. Esporádicamente los hoplitas combatirían desde sus caballos. Quizás hubo estados que pudieron crear una falange completa de jinetes, algo que les proporcionaría grandes ventajas estratégicas. La misma innovación militar que restringió la función tradicional del caballo de guerra en el campo de batalla debió también potenciar el desarrollo de la verdadera caballería.

Los jinetes que aparecen en las cerámicas pintadas áticas y corintias del siglo VI a.C. tuvieron que tener precursores en el siglo anterior. Lanceros con casco aparecen cabalgando hacia la batalla en vasos corintios de la primera mitad del siglo VI a.C., y Corinto probablemente tuvo también una caballería formada por jinetes sin armadura. En los vasos áticos predominaron los jinetes sin armadura hasta que en el último cuarto del siglo VI a.C. se extendieron las representaciones de caballeros con fuertes corazas. Los jinetes luchan con lanzas, que son tanto arrojadas como blandidas. Muy excepcionales son las representaciones de jinetes con arco. Ocasionalmente se representan ataques frontales de caballería, pero son más comunes los combates de caballería residuales en las alas de la falange, o las persecuciones a caballo de una falange rota.

Cuando los griegos intentaron establecerse en territorios de pueblos adiestrados en el arte de la caballería, debieron incorporar contingentes de jinetes en sus falanges. Algo así debió ocurrir en las colonias griegas de Asia Menor, a pesar de la escasez de las evidencias. Algunos vasos áticos muestran a jinetes griegos armados de jabalinas cargando contra jinetes bárbaros del Helesponto armados con arcos. Es probable que la experiencia adquirida en las aventuras extranjeras contribuyese al desarrollo de la caballería ateniense a fines del siglo VI a.C. Por entonces los atenienses incrementaron sus victorias sobre las fuerzas hoplíticas de sus estados vecinos.


LA CABALLERÍA TESALIA

Los éxitos militares que en época arcaica obtuvo la caballería tesalia suscitarían en los distintos estados griegos un deseo de incorporar escuadras montadas a sus ejércitos hoplíticos. Jinetes tesalios y escitas armados con lanzas aparecen representados en vasos áticos de fines del siglo VI a.C. Los tesalios fueron aliados de los Pisistrátidas, y les ayudaron a repeler las invasiones espartanas. Los escitas eran con frecuencia empleados como mercenarios por los estados griegos. Tesalia es la única región griega en la que sabemos con seguridad que hubo caballería durante todo el período arcaico. Y es que en Tesalia no se había difundido apenas el sistema de combate hoplítico.

Mientras que los jinetes atenienses de fines del siglo VI a.C. solían llevar armadura, los jinetes tesalios combatían sin ella. El atuendo de los jinetes tesalios consistía en la túnica, el gorro de ala ancha y la capa corta. Luchaban con un par de lanzas y con una espada. Sus lanzas eran largas y pesadas. El hecho de que Tesalia fuese una región conservadora de arraigadas tradiciones nos lleva a pensar en la larga y uniforme trayectoria histórica de su caballería. Tesalia en el período arcaico se mantuvo al margen del proceso de desarrollo de las ciudades-estado que se estaba dando en el resto de Grecia. Su territorio consiste en amplias planicies encajonadas por montañas, lo cual favoreció el auge de la caballería. Los patrones aristocráticos pervivieron en Tesalia con mayor fuerza que en otras regiones griegas. Sabemos que un noble tesalio, llamado Menón de Farsalo, en el 477 a.C. logró formar con sus propios siervos un ejército de dos o tres centenares de jinetes. En el 455 a.C. el intento ateniense de restaurar en el poder a Orestes fracasó porque sus tropas se vieron incesantemente acosadas en campo abierto por la caballería tesalia. Por otro lado, la infantería de los tesalios era poco significativa, lo que les impidió la anexión deseada de territorios meridionales.


JAECES, ANTEOJERAS Y PIEZAS DE PROTECCIÓN

Nos han llegado algunos jaeces, anteojeras y piezas de protección para los caballos. En cuanto a los jaeces, una de las evidencias más importantes es un par de bridones de bocado procedentes de una sepultura del ágora ateniense de principios del siglo IX a.C. Su parecido con los modelos micénicos es notable. De un depósito del Heraion de Samos es una pieza para la frente o las mejillas del caballo, hecha en bronce. Ejemplos cercanos son de la Mileto del siglo VIII a.C. Artículos similares pero de marfil han aparecido en Nimrud en un contexto que también es del siglo VIII a.C.

Más comunes son las pequeñas piezas de bronce con forma de suela de zapato. Se trata de anteojeras de caballo, como demuestra una cabeza escultórica de Zincirli. En esta escultura aparecen también piezas para los carrillos del caballo, decoradas con esfinges. Esqueletos de caballos enganchados a vehículos de madera han sido hallados en dos tumbas chipriotas de principios de la época arcaica. Los vehículos eran probablemente vagones funerarios más que carros, y en cuanto a los caballos, llevaban anteojeras del mismo modelo que las ya aludidas. Otro ejemplo de anteojera sin decoración de Lachish y otra pieza similar de marfil procedente de Nimrud con una esfinge sentada como decoración son de alrededor del 700 a.C. y fueron usados seguramente por los asirios. En Mileto y Megiddo han aparecido otros objetos similares de la misma época. Variantes interesantes de anteojeras con el motivo de la esfinge proceden de Idalion y Samos. La esfinge puede aparecer con las patas delanteras levantadas sobre una palmeta orientalizante, y acompañada de signos fenicios que nos revelan el origen del objeto. Las piezas de adscripción fenicia más clara son del siglo VII a.C. e incluso del VI, y aparecen fuera de su ámbito de fabricación. Los artículos de este tipo hallados en el Egeo no son abundantes. Seis son de un depósito arcaico de Lindos y uno de Eretria. Dos objetos más pequeños de Bassae son simulacros votivos del mismo tipo de artículo. Estas anteojeras actuaban además como un elemento de protección para las sienes del caballo. Los ejemplos de Idalion son más estrechos y pudieron servir para proteger la frente del animal.

La identificación de los artículos de protección del caballo y de sus jaeces no nos confirman el uso bélico de la caballería en las áreas afectadas por los descubrimientos. En Chipre las piezas encontradas parecen haber sido usadas por caballos enganchados a carros. El uso del carro de guerra está atestiguado en Chipre hasta el inicio del siglo V a.C. Ello debió estar relacionado con la proximidad a grandes pueblos que usaban carros bélicos, como los asirios, que recorrieron la isla en el 714 a.C. Los milesios parece que se aficionaron a los carros lidios en época arcaica. La caballería era ya importante entre los lidios en tiempos de Aliates, y por las palabras de Aristóteles parece que su uso estaba extendido entre los griegos asiáticos.

A partir de los hallazgos de Atenas, Eretria, Samos, Rodas, Bassae y Olimpia, podemos inferir el uso ocasional de la caballería desde el siglo IX a.C. hasta los tiempos clásicos. Es probable que el uso bélico del caballo no se interrumpiese durante los siglos oscuros. Las representaciones nos hablan de su utilización desde el siglo VIII a.C. en el Ática, Creta y la Argólida. Protecciones para las cabezas de los caballos de más de 45 cm. de largo son propias de la Italia meridional. Aunque su decoración es de inspiración griega, tales protecciones son desconocidas en la propia Grecia. Están asociadas con placas lunares para el pecho de los caballos. Una de estas placas, hallada en Olimpia, pudo ser una dedicación italiota. Otra de estas placas quizás corresponde a un taller tarentino.


CONSIDERACIONES ARTÍSTICAS

Plinio el Viejo nos dice que Kálamis, un escultor de la primera mitad del siglo V a.C., había modelado y vertido en bronce unos caballos sin rival artístico posible. Por entonces los griegos llevaban ya al menos un siglo esculpiendo la figura del caballo. El caballo compartía los honores del triunfador olímpico. Su imagen aparece en numerosos exvotos depositados en los santuarios. Las odas de Píndaro perpetúan la gloria alcanzada por los vencedores de las carreras de carros en los juegos panhelénicos. Los tiranos sicilianos criaban los caballos de mejor casta, que llegaban a Olimpia o a Delfos con sus huestes de aurigas y mozos de cuadra para buscar el triunfo de sus carros en la misma Grecia.

En algunas monedas siracusanas una Victoria vuela sobre los corceles de una biga o de una cuádriga, imagen de fuerte contenido alegórico. En las ruinas de Delfos apareció el bronce magnífico de un auriga con un manojo de riendas en la diestra, resto de un gran monumento en honor del carro de Polyzalos de Gela, que en el año 474 a.C. conmemoró su triunfo de esta manera. La Campania fue un famoso criadero de caballos para la caza, la guerra y la carrera. El caballo potenció las relaciones entre las ciudades-estado, si bien las comunicaciones eran principalmente marítimas.

El caballo está presente en la mitología griega. Helios poseía una carroza de caballos blancos. Pegaso era un precioso caballo alado, hijo de la Gorgona. Belerofonte, gracias a su temple y destreza, logró montar a Pegaso. Desde su lomo pudo vencer a la Quimera, pero luego Pegaso lo derribó para buscar una nueva mansión en el Olimpo al servicio de Zeus. Dando una patada en el suelo Pegaso había hecho brotar la fuente Hipocrene. La figura del Posidón Hippios quizás alude a su carácter originario de dios-caballo, señor de las aguas. Las carreras de carros del programa olímpico tienen como antecedentes míticos los juegos funerarios celebrados en honor de muertos ilustres, según señala la Ilíada para el caso de Patroclo.

Los caballos del estilo geométrico tienen de real poco más que el mínimo imprescindible para que se les reconozca como tales: cabeza erguida, crin erizada, cuello alargado, cuerpo esquemático, patas precedidas de cierta redondez muscular, y cola vistosa. Bajo la aparente uniformidad de los tipos, los caballos del arte geométrico muestran su perfecta doma, su elegante porte de parada o su carácter indómito. La escultura arcaica acusa cierta seriación, pero aun así presenta variedades estilísticas. Siendo fieles a un determinado canon, los artistas buscan a la vez alcanzar la perfección del estereotipo escultórico del caballo. Los autores establecen una distinción entre los caballos de los hombres y los caballos de los dioses. Los primeros son de pequeña alzada, amoldados a las proporciones de sus humanos jinetes. Los segundos presentan rasgos vigorosos y enormes, acordes con la noble talla de sus jinetes divinos. En ambos casos se busca la armonía de las proporciones de los caballos y sus jinetes. La figura mítica del centauro plasma esta dificultosa fusión del cuerpo humano y el cuerpo del caballo.

La colección más nutrida de caballos arcaicos fue descubierta en la acrópolis ateniense. Se trata de imágenes votivas ofrecidas a los dioses, quizás en agradecimiento por la obtención de un triunfo agonístico. Algunas de estas esculturas son de mediados del siglo VI a.C. o de los decenios subsiguientes, pero la mayoría de ellas pertenecen a los primeros veinte años del siglo V a.C. En España se conserva un fragmento de un caballo arcaico hecho de mármol rosado pario. La cabeza en que culmina el cuello robusto y erguido está ligeramente ladeada y tiene la boca entreabierta, tensos los músculos maxilares para contrarrestar el tiro del bocado. Bajo la musculatura tensa se afirma la robustez del esqueleto. El rostro refleja una actitud risueña.

Los escultores de la época del estilo severo (480 – 450 a.C.), entre los cuales figuraba Kálamis, insistieron en la elaboración de un mismo prototipo de caballo, cada vez más perfecto. Un caballito de bronce hallado en Olimpia muestra una evolución estilística: Se incrementa el volumen de la cabeza, se reduce la longitud del cuello y las patas, se ata el copete sobre la frente y se hace caer entre los ojos. Se tendió hacia el recogimiento de las formas del animal y hacia la acentuación de su decidido movimiento, contrario a la dirección del aire, que le hace entornar un poco los ojos y levanta el copete sobre sus orejas vueltas. La convivencia de distintas preferencias en torno a la representación de los caballos pudo incluso reflejar concepciones ideológicas dispares.

En los frisos y frontones del Partenón fueron representados numerosos caballos. Aunque algunos de ellos son atribuibles a Fidias, otros fueron realizados por anónimos discípulos. Frente a las formas arquetípicas de Fidias, libres dentro de marcos metopados, sus jóvenes discípulos acentuaron los ademanes, la expresividad y el movimiento de los caballos hasta incurrir en un efectismo barroco. El mejor exponente de esta última tendencia es el carro del friso meridional, con sus formas tormentosas y su cuádriga casi macabra. El caballo de Selene del frontón occidental del Partenón fue durante mucho tiempo considerado una obra culmen en la que Fidias supo plasmar el poderoso espíritu daimónico del animal.

Es posible que se realizasen ensayos de retratos ecuestres en algunas de las ciudades que en época arcaica conocieron regímenes tiránicos. Pero este modelo artístico fue rechazado en el período de extensión de las constituciones democráticas, pues suponía la molesta exaltación de un personaje político concreto. El retrato ecuestre sí que fue acogido en las satrapías persas, de modo que pudo ser un género cultivado por artistas griegos que estaban al servicio de los magnates orientales. Entre los restos escultóricos del mausoleo de Halicarnaso figura la estatua de un jinete vestido a la usanza de los persas. En el período helenístico adquirió gran auge el retrato ecuestre, si bien su difusión tuvo aún importantes resistencias en la época propiamente alejandrina. En Dión, la ciudad sagrada de los macedonios, Alejandro encomendó a Lisipo la erección de las estatuas de los veinticinco jinetes de su guardia personal, caídos en la batalla del Gránico.

miércoles, 1 de enero de 1997

CAMBIOS FRONTERIZOS DERIVADOS DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL


Los diversos tratados de paz que surgieron tras la Primera Guerra Mundial definieron un nuevo mapa europeo en base a polémicas modificaciones fronterizas. Las naciones que habían salido derrotadas de la guerra vieron enfurecidas cómo disminuía su territorio y su población. Los tratados de paz, que en realidad no eran tan duros hacia los vencidos como podría parecer en primera instancia, dieron lugar a resentimientos que impidieron la armonía diplomática europea. Los alemanes, que se habían ensañado con los rusos en el tratado de Brest-Litovsk, pedían ahora hipócritamente un tratado caballeroso que no mermara mucho sus potencialidades nacionales. Pero incluso dentro de la misma Alemania había sectores políticos que deseaban una paz dura para desacreditar a su joven República e iniciar una escalada ideológica nacionalista que reparara en el futuro los agravios impuestos por los tratados posbélicos. La elaboración de los acuerdos de paz suscitó pasiones desenfrenadas por parte de muchos de los representantes diplomáticos que participaron en las negociaciones. Ello dificultó el proceso pacificador, desvirtuándolo. Las tres principales potencias vencedoras (Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos) eran democracias parlamentarias que se veían obligadas a escuchar las voces exaltadas del pueblo, el cual no estaba dispuesto a ser clemente con los vencidos. Kitchen considera que los periódicos populistas en las naciones vencedoras contribuyeron con su agresividad informativa a aumentar las ansias de venganza hacia las potencias derrotadas.

Los catorce puntos de Wilson sólo constituyeron un esbozo inicial de lo que debería negociarse en la conferencia de paz de París. El presidente norteamericano se movía entre dos sentimientos interiores: Su profundo odio hacia el belicismo alemán y su utópico deseo de construir una Europa armónica sobre la base de comprensivos tratados. Wilson proponía la supresión de las barreras económicas, y la fijación de las nuevas fronteras a partir del principio de las nacionalidades. Esta última idea del presidente estadounidense tomó forma en Versalles, donde además se proyectaron los llamados tratados de minorías. Éstos estaban destinados a garantizar a las poblaciones étnicamente minoritarias que quedasen englobadas dentro de un determinado país un tratamiento estatal digno y el respeto a sus tradiciones, lenguas, religiones y otros elementos propios de sus culturas. Los tratados de minorías también buscaban la consecución de mecanismos consensuados que evitasen que las pequeñas regiones con personalidad propia pudiesen convertirse en focos de conflictos permanentes. Y es que muchos de los habitantes de estas regiones especiales se sentían identificados étnica o culturalmente con la población de un país vecino, lo que resultaba problemático. Uno de los tratados de minorías más importantes fue el firmado con Polonia, pues el nuevo territorio polaco incluía amplios grupos étnicamente diferentes. En general los tratados de minorías expresaban la igualdad jurídica de todos los habitantes del país en cuestión, y concedían a éstos la posibilidad de renunciar a la nacionalidad que se les ofrecía, lo cual implicaba en muchos casos su forzosa emigración.

La conferencia de paz se inició en Versalles en enero de 1919, si bien ya antes se habían desarrollado encuentros diplomáticos preliminares. No era una reunión para discutir los términos de la paz entre vencedores y vencidos, sino que los primeros diseñarían las condiciones de los tratados para que luego los firmasen estos últimos. El hecho de que las naciones derrotadas no pudiesen hacer oír su voz en las conversaciones de paz explica la actitud humillante con la que sus representantes diplomáticos se vieron obligados a aceptar los tratados. Tanto en el plano económico como en el territorial, Francia adoptó en las negociaciones una dura posición revanchista. La postura británica estaba condicionada por su deseo de asegurarse con prontitud el comercio con la Alemania vencida. Los norteamericanos iban dispuestos a diseñar con elevados principios un nuevo orden europeo que ofreciese garantías de estabilidad. Las miras italianas eran mucho más prosaicas, pues su principal interés consistía en engrandecer su territorio. Seara Vázquez considera que los tratados posbélicos se realizaron en tales términos que lejos de garantizar una paz duradera supusieron un incentivo para que los derrotados prepararan el desquite. El tratado de Versalles fue firmado en junio de 1919, en el mismo lugar en que en 1871 se había proclamado el Imperio alemán.

Durante la guerra, Gran Bretaña y Francia habían hecho generosas promesas territoriales a Italia, Grecia y Rumanía para así conseguir su apoyo. Esta circunstancia condicionó algunas de las negociaciones y suscitó patéticos altercados entre las naciones vencedoras. Francia aspiraba a fomentar la construcción de una Polonia fuerte que se convirtiese en un sólido bastión frente a la posible extensión del bolchevismo soviético. Además, una Polonia potente dificultaría las relaciones de alemanes y rusos, proclives a la locuacidad por el hecho de haber perdido la guerra. Los británicos no tenían muy claro si era verdaderamente justo crear una gran Polonia, pues al absorber mucha población no polaca podría llegar a ser una fuente incesante de conflictos. Se temía además que las actividades polacas contra Alemania alimentasen el espíritu belicista del militarismo prusiano. Francia y en menor medida Estados Unidos se mostraban dispuestos a aceptar las propuestas polacas para sus propias fronteras. Los británicos en cambio consideraban que la inclusión en Polonia de Danzig y Marienwerder era un elemento tendente a ocasionar una nueva guerra. Pensaban además que los polacos se habían vuelto oportuna e interesadamente antibolcheviques para anexionarse la Galitzia oriental. Wilson había prometido a los polacos el acceso al mar, y consideraba un mal menor la pluralidad étnica de la nueva Polonia. Británicos y norteamericanos pensaban que Galitzia oriental debía quedar bajo el control de la Sociedad de Naciones, pero Francia apoyaba su incorporación a Polonia. La activa ciudad portuaria de Danzig pasó a ser curiosamente libre bajo la protección de la Sociedad de Naciones. Se acordó que se celebrara un plebiscito en Marienwerder, el cual resultó favorable a Alemania.

Otra zona disputada en el contexto polaco era el ducado de Teschen, que estaba dividido por mutuo acuerdo entre checos y polacos. En noviembre de 1918 los checos habían expulsado a los polacos de su parte. Entonces se les atribuyó el Teschen oriental, que incluía líneas férreas y depósitos carboníferos. En Versalles se propuso la celebración de un plebiscito en Teschen, pero éste nunca se realizó. El asunto del ducado de Teschen dio a Polonia un motivo permanente de queja hacia los checos, dificultando la constitución de una eficaz alianza defensiva en Europa central frente a las aspiraciones revisionistas alemanas. Según lo acordado en el tratado de Versalles, Alemania tuvo que ceder a Polonia la región de Posnania y un trozo de Prusia occidental con la ciudad de Thorn, territorio que debía constituir un corredor de un ancho de 40 a 100 kilómetros que permitiera a los polacos acceder al litoral. Es preciso señalar que estas costas asignadas a Polonia apenas tenían estructuras portuarias, pues en el pasado había bastado Danzig para canalizar el comercio de cereales de esta zona hacia la Europa occidental. El polémico corredor polaco suponía la división del territorio alemán en dos espacios separados geográficamente. Los polacos quisieron también obtener el sur de Prusia oriental con la ciudad de Allenstein. Pero el plebiscito celebrado en la región favoreció ampliamente a Alemania. Otro territorio que dio lugar a discusiones fue la Alta Silesia, rica en minerales, reivindicada a la vez por polacos y alemanes. En la región se celebró en marzo de 1921 un caldeado plebiscito que benefició a Alemania. Los polacos protestaron argumentando que unos 200.000 electores nacidos en la Alta Silesia pero establecidos luego en otras regiones no deberían haber tenido derecho a voto. En mayo el activista Korfanty provocó una sublevación de los polacos de la Alta Silesia, a la que respondieron los alemanes creando cuerpos francos armados. Finalmente, la Sociedad de Naciones realizó un reparto del territorio. Dos terceras partes del mismo correspondieron a Alemania, mientras que el resto, que incluía la ciudad de Katowice, pasó a Polonia.

Apenas renacida, Polonia se enzarzó en un conflicto con la Unión Soviética con motivo de la fijación de su frontera común. En Polonia muchos querían el regreso de las gloriosas fronteras del siglo XVIII. En este sentido los intereses polacos chocaban con los jóvenes países bálticos surgidos de las ruinas de la antigua Rusia, y que ahora eran también hostigados por los ejércitos soviéticos. Desde abril hasta agosto de 1919, el general polaco Pilsudski hizo retroceder a las fuerzas rusas, tomando las ciudades de Brest-Litovsk, Grodno y Vilnius, así como gran parte de Bielorrusia. Las victorias del ejército rojo en la guerra civil rusa y la reconquista soviética de Ucrania atemorizaron a Polonia, que veía amenazada su integridad. En abril de 1920 las tropas polacas atacaron Ucrania, haciéndose con la ciudad de Kiev. La reacción del ejército soviético fue espectacular, pues en pocos días recuperó todo el territorio conquistado por los polacos. En julio de 1920 el secretario británico del Foreign Office, Lord Curzon, intentó mediar entre rusos y polacos al proponer una línea fronteriza. Pero esta línea no satisfizo a ninguna de las dos naciones, que siguieron combatiendo. Curiosamente la actual frontera ruso-polaca sigue un trazado muy similar al diseñado por Curzon. Polonia llegó a verse tan apurada que incluso pidió el armisticio a los rusos, que avanzaron impasibles hasta acampar frente a Varsovia. Tropas francesas prestaron su apoyo a los polacos. El general polaco Pilsudski lanzó en agosto de 1920 una brillante contraofensiva conocida historiográficamente como el milagro del Vístula. Las tropas soviéticas retrocedieron hasta evacuar Polonia. El gobierno polaco aceptó negociar con los rusos, pues estaba en posición de fuerza. Las conversaciones desembocaron en el tratado de Riga, firmado en marzo de 1921, que llevaba las fronteras polacas bastante al este en detrimento de los rusos. La resucitada Polonia cubría en 1921 un territorio de unos 387.000 kilómetros cuadrados, menos extenso que la antigua Polonia de la dinastía Jagellon (que incluía Lituania), pero más grande que el actual territorio polaco. La nueva Polonia estaba por tanto configurada por Posnania, el corredor que conducía al litoral, parte de la Alta Silesia, La Galitzia arrebatada a los austríacos, el ex-Reino del Congreso administrado por Rusia desde 1815 y otros distritos que habían pertenecido a la joven Unión Soviética.

Las fronteras occidentales de Alemania sufrieron a raíz del tratado de Versalles unos recortes importantes. Bélgica obtuvo como compensación por su valentía los pequeños distritos alemanes de Moresnet, Eupen y Malmedy, que constituyen la región de mayor altitud del actual territorio flamenco. Allí se encuentra la Signal de Botrange, que con sus 694 metros es el punto más alto de Bélgica. Bélgica reclamó infructuosamente la región holandesa de Limburgo, el ducado de Luxemburgo y la internacionalización del Scheldt. Los británicos sentían una neta hostilidad hacia Holanda, que a pesar de su teórica neutralidad había obtenido numerosos beneficios de los alemanes durante la contienda, y cuya reina Guillermina se negaba a entregar al Káiser para que fuese juzgado por sus crímenes de guerra. A pesar de ello los holandeses no vieron reducido ni un ápice su territorio, en gran parte por la postura diplomática francesa, tendente a mantener una Bélgica humilde que no se saliese de su órbita. Luxemburgo dejó de formar parte del Zollverein (unión aduanera alemana) a partir de enero de 1919. El tratado de Versalles estableció que la frontera entre Alemania y Dinamarca se fijaría en función de las aspiraciones de las poblaciones. En 1920 se celebró un plebiscito en el norte de Schleswig, cuyos habitantes se pronunciaron ampliamente en favor de Dinamarca, que por tanto absorbió este territorio. Los daneses aumentaron así sus posesiones continentales, si bien el tercio sur de la península de Jutlandia seguía siendo alemán. Los alemanes se vieron obligados a desmantelar las estructuras militares que habían construido en las islas de Heligoland y Dune.

Lorena y Alsacia, tras haber permanecido medio siglo en poder alemán, fueron restituidas a Francia. Este cambio fronterizo fue justificado con tres argumentos: La obligación moral de reparar los daños causados por Alemania, el derecho histórico francés sobre la soberanía en ambas regiones y el respeto a la voluntad francófila de sus habitantes. En compensación por la destrucción de minas de carbón en el norte de Francia, Alemania tuvo que ceder a ésta la propiedad y el derecho exclusivo de explotación de las minas de carbón situadas en la cuenca del Sarre. El Sarre quedó internacionalizado bajo la dirección de la Sociedad de Naciones por un período de quince años, pasados los cuales sus habitantes decidieron en referéndum su reincorporación a Alemania. El tratado de Versalles estableció el exclusivo carácter continental y europeo del estado alemán, pues éste se vio privado de sus jóvenes colonias, especialmente en favor de Francia y Gran Bretaña. De este modo desapareció el imperio colonial alemán, que incluía en África los territorios de Togo, Camerún, Namibia, Tanganica, Ruanda y Burundi, y en Oceanía parte de Nueva Guinea, así como las islas Marianas, Carolinas, Nauru, Palau, Salomón, Marshall y Samoa. Los mandatos sobre estas islas oceánicas fueron repartidos con el beneplácito de la Sociedad de Naciones entre Estados Unidos, Japón, Gran Bretaña, Australia y Nueva Zelanda. Alemania cedió a Portugal el triángulo costero de Kionga, de unos 1000 kilómetros cuadrados, engrandeciendo así las posesiones lusas en el Norte de Mozambique. En China, Alemania perdió el enclave de la Bahía de Kiautschou, de 552 kilómetros cuadrados, en cuya ciudad de Qingdao había desarrollado desde 1903 una industria cervecera. Allí se produce ahora la cerveza Tsingtao, que es la más famosa de China, exportada a numerosos países. En el extremo este de Prusia oriental, Alemania tuvo que renunciar al territorio de Memel (Klaipeda). Éste fue inicialmente administrado por una comisión internacional, pero en 1923 un ejército lituano dirigido por el coronel Budrys conquistó la ciudad. Lituania obtenía así una importante salida al mar Báltico.


En la conferencia de paz de París uno de los asuntos más problemáticos fue el futuro de las provincias del Rhin. A fines de 1918 el mariscal Foch propuso que Renania quedara separada de Alemania y guarnecida de tropas francesas. La propuesta fue debatida en la conferencia. Los británicos temían que esta medida agravase el deseo vengativo alemán, pero a la vez comprendían la necesidad francesa de seguridad. Wilson consideraba que cualquier resolución al respecto tenía que realizarse teniendo en cuenta la voluntad de la población renana. En un principio los franceses rechazaron la propuesta angloamericana de que la orilla izquierda del Rhin fuese simplemente desmilitarizada. Y es que Clemenceau pensaba que ante un hipotético ataque alemán el apoyo británico y estadounidense les llegaría a los franceses demasiado tarde. La diplomacia francesa tuvo que aflojar sus posturas. Por fin se acordó la desmilitarización de Renania, que sería ocupada por las fuerzas aliadas por un período de quince años, susceptible de prolongarse en caso de que los alemanes no cumpliesen las disposiciones del tratado. El área desmilitarizada iba desde una línea trazada 50 kilómetros al este del Rhin hasta las fronteras occidentales de Alemania.

La derrota alemana trajo consigo la anulación del tratado de Brest-Litovsk. Éste había sido impuesto en marzo de 1918 por los alemanes a la Unión Soviética, que atravesaba por una guerra civil. El tratado de Brest-Litovsk había significado la renuncia de los rusos a Polonia y Lituania en favor de Alemania, así como el reconocimiento de la independencia de Estonia, Letonia, Finlandia y Ucrania. La cesión de estos territorios suponía para Rusia la pérdida de un tercio de su población, de la mitad de su industria y de la gran mayoría de sus minas de carbón. Tras la derrota de Alemania, la Unión Soviética invadió los territorios que había cedido en el tratado de Brest-Litovsk, pero los países aliados reaccionaron con un incremento de la ayuda contrarrevolucionaria. En 1920 el gobierno moscovita reconoció la independencia de Estonia, Letonia, Lituania y Finlandia. Además tuvo que entregar a Polonia sectores occidentales de Bielorrusia y Ucrania. La Besarabia pasó a formar parte de Rumania. Es importante señalar que hasta la Segunda Guerra Mundial parte de la frontera finesa estuvo a unas pocas decenas de kilómetros de la gran ciudad rusa de San Petersburgo. Igualmente llama la atención el que los fineses contaran durante el período de entreguerras con una estrechísima salida al Ártico.

Los italianos habían exigido un alto precio territorial para entrar en la guerra, y se habían asegurado la promesa, en el tratado de Londres, del sur del Tirol, la costa dálmata y Albania. Una vez terminada la guerra, la parte del Tirol que quedaba al sur del paso de Brenner fue incorporada a Italia, a pesar de que la región estaba principalmente habitada por gentes de habla alemana, cuya opinión no se tuvo en cuenta. También pasó a poder de Italia el Trentino, situado al sur del Tirol, región montañosa que tenía un gran valor estratégico. Esta gran Italia, que aún conservaba el Dodecaneso, recibió además parte de la península de Istria, pasando de ese modo a controlar todo el golfo de Venecia. Pero los italianos no quedaron satisfechos, pues deseaban asegurarse el control de las costas del otro lado del Adriático. Como protesta, las tropas italianas ocuparon Fiume, Valona (Vlorë) y casi toda Albania. Los aliados no se mostraron dispuestos a ceder en las negociaciones, ya que tenían en poca estima la contribución que había prestado Italia al esfuerzo bélico. Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos se mostraron partidarios de que Yugoslavia se quedara con Fiume. En enero de 1919 la Armada Real británica tuvo que impedir que los italianos hiciesen llegar tropas para restaurar al Rey Nikita en el trono de Montenegro. En abril, Italia no aceptó la propuesta de que Fiume fuera internacionalizada bajo el mando de la Sociedad de Naciones. El primer ministro italiano, Orlando, azuzado por el creciente sentimiento nacionalista de su país, abandonó la conferencia parisina como gesto de protesta, y únicamente regresó cuando Gran Bretaña y Francia amenazaron con renunciar al tratado de Londres. En septiembre, el poeta exaltado D’Annunzio, italiano de tendencias profascistas, se apoderó de Fiume, ayudado por una banda improvisada de piratas. Los yugoslavos negociaron con los italianos la situación de ciudad libre para el puerto. El propio gobierno italiano veía con disgusto las excentricidades de D’Annunzio, por lo que decidió pactar. En 1920 Istria quedó dividida y Fiume pasó a ser ciudad libre. Este acuerdo duró poco, pues en 1923 Mussolini envió tropas que se anexionaron Fiume, la actual ciudad croata de Rijeka. Albania, que había obtenido su independencia en vísperas de la Primera Guerra Mundial, logró librarse de las garras italianas cuando a fines de 1920 fue admitida en la Sociedad de Naciones.

Al comenzar la Primera Guerra Mundial, los dirigentes de la Entente no preveían nada preciso sobre las modificaciones territoriales que se realizarían en Europa oriental en el caso de un resultado victorioso en la contienda. Nadie podía pararse a pensar seriamente en la destrucción del Imperio Austro-Húngaro. Rusia en cambio no se preocupaba de ocultar su claro deseo de ocupar la Constantinopla otomana, antiguo centro tradicional de la religión ortodoxa, al que la historiadora bizantina Ana Comneno (1083-1153) designaba como “La Emperatriz de las ciudades”. A medida que evolucionaba el conflicto, diversos tratados suscritos con Italia y Rumania anunciaban ya la amputación territorial del Imperio Austro-Húngaro. Emigrados checos, como Masaryk y Benes, junto a otros servios y croatas, convencieron a las diplomacias francesa y británica de la necesidad de fragmentar el Imperio Austro-Húngaro en función de las distintas nacionalidades que lo integraban. El desmembramiento austro-húngaro dejó de ser una hipótesis para convertirse en uno de los objetivos de guerra de la Entente. Los catorce puntos de Wilson ya incluyeron la necesidad de dotar de autonomía a los pueblos integrantes del Imperio Austro-Húngaro. En abril de 1918 se celebró en Roma el Congreso de las Nacionalidades Oprimidas, que reafirmó los derechos de las nacionalidades a su independencia política y económica, así como la incompatibilidad de esos derechos con el mantenimiento de la monarquía de los Habsburgo. Desde entonces los aliados optaron definitivamente por la destrucción del Imperio Austro-Húngaro, y reconocieron como un gobierno oficial al Comité Nacional Checoslovaco de París. Al abrirse la conferencia de paz parisina, ya no restaba a las grandes potencias más que ratificar la creación de los estados nacionales que se habían constituido en los diferentes territorios durante los últimos meses de guerra.

Las fronteras de los nuevos estados de Europa oriental quedarían fijadas al permitir a cada país defender su propio caso. Estas propuestas se pasaban luego a un comité de expertos que tomaba las decisiones finales. Francia fue la más interesada en impulsar la creación de los estados de Europa oriental. Trabajó para que fueran viables desde el punto de vista económico y defendibles desde el punto de vista estratégico. El entusiasmo francés al respecto provocó sospechas acerca de que Francia quería restaurar el Imperio de los Habsburgo con capital en París en vez de en Viena. Los británicos también apoyaban el proceso de autodeterminación austro-húngaro, deseando así fomentar en la región sus intereses comerciales. Sólo les preocupaba la inclusión de importantes minorías étnicas en los nuevos estados. Propusieron la creación de una federación danubiana, pero los jóvenes estados deseaban conservar y fortalecer su recién ganada independencia, sobre la mayor base territorial posible. Las líneas generales del contenido de los tratados de paz se establecieron en las deliberaciones del consejo de las cuatro grandes potencias vencedoras, pero los problemas particulares de cada estado y los arreglos fronterizos fueron discutidos en comisiones especializadas. Una vez preparados los tratados, los países derrotados fueron invitados a suscribirlos. Austria firmó el tratado de Saint-Germain en septiembre de 1919. Bulgaria firmó el tratado de Neuilly en noviembre de 1919. Hungría firmó el tratado de Trianon en junio de 1920. Como señala Henry Bogdan, estos tratados fueron soportados pero nunca aceptados por los estados que se vieron obligados a firmarlos, lo cual suponía una hipoteca sobre el futuro.

Heredera de la Cisleitania, la República austríaca quedó reducida a un territorio de 83.871 kilómetros cuadrados. Tuvo que renunciar a las antiguas conquistas de la dinastía Habsburgo, entre las que se encontraban Bohemia, Moravia, Bucovina, Galitzia, Eslovenia, Carniola… Cedió a Italia el sur del Tirol, el Trentino y la península de Istria. Como Carintia era reivindicada por el Reino de los servios, croatas y eslovenos, se organizó en la región un referéndum en octubre de 1920. El conjunto de Carintia, y especialmente la ciudad de Klagenfurt, se pronunció en favor de Austria, si bien los yugoslavos protestaron por el resultado. El tratado de Saint-Germain atribuyó a Austria los confines occidentales de Hungría, su antigua compañera en el seno de la monarquía doble. Ello se debía a que las grandes potencias querían debilitar territorialmente a una Hungría que por entonces estaba controlada por los comunistas. Este territorio, que se convirtió en la provincia austriaca de Burgenland, tenía un 80% de población austriaca, un 10% de húngaros y un 10% de croatas. En la conferencia de paz parisina, los representantes checoslovacos expresaron su deseo de que el Burgenland fuera dividido en partes iguales entre Yugoslavia y Checoslovaquia, para así establecer una continuidad entre ambos estados eslavos y para privar de fronteras comunes a Austria y Hungría. La propuesta no fue aceptada por las grandes potencias. Los húngaros se mostraron poco dispuestos a ceder a sus vecinos austriacos la región de Sopron, de mayoría húngara, por lo que organizaron grupos armados que impidieron instalarse a las autoridades austriacas. Bajo la mediación de Italia se organizó un plebiscito en Sopron en diciembre de 1921. Como los electores se pronunciaron en favor de Hungría en una mayoría de dos tercios, la región de Sopron siguió siendo húngara. El resto del Burgenland, incluyendo la importante ciudad de Eisenstadt, pasó a Austria. Hungría se vio muy perjudicada por el tratado de Trianon, el cual le arrebató dos tercios de su centenario territorio junto con dos tercios de sus súbditos. El país se vio reducido a una superficie de 93.030 kilómetros cuadrados.

Muchos austriacos, frustrados por la pérdida de su Imperio, pensaban que su futuro sería más esperanzador si su pequeño territorio se unía a Alemania. Los norteamericanos y los británicos simpatizaban con la idea del Anchluss, pues pensaban que así se diluiría el problemático elemento prusiano. Francia e Italia se oponían con rigidez a la formación de un gran estado federal que uniese los destinos de alemanes y austriacos. Incluso querían que la separación permanente de los dos estados constase por escrito en los tratados. Así se hizo, aunque incluyendo la posibilidad de revisar el artículo en cuestión. Todas las potencias vencedoras creían que una vez que la economía austriaca estuviese bien encarrilada el entusiasmo por una unión panalemana se apagaría. Los austriacos recibieron con especial resentimiento la afirmación aliada de que sólo los ciudadanos de lengua alemana del Imperio Habsburgo habían apoyado la guerra.

De entre los diferentes estados de Europa oriental, Bulgaria era el más detestado por los aliados. Calificaban a Bulgaria como la Prusia balcánica, pues en su opinión siempre había actuado por los motivos más viles. Tras hacerse con territorios meridionales en las Guerras Balcánicas de 1912-1913 a costa del Imperio Otomano, los búlgaros se habían unido a las potencias centrales con el deseo de engrandecer sus posesiones. Los italianos no deseaban que Grecia y Yugoslavia bailasen sobre las ruinas búlgaras, por lo que comenzaron a intrigar con la alicaída Bulgaria. Los norteamericanos también se mostraban compasivos hacia los búlgaros, y consideraban que el principio de la autodeterminación de los pueblos impedía realizar amplias amputaciones al territorio de Bulgaria. Los británicos y los franceses querían castigar severamente a Bulgaria. El mayor golpe recibido por los búlgaros fue la enajenación de la Tracia occidental en favor de Grecia, circunstancia por la que perdían su acceso al mar Mediterráneo. Al menos les quedaba el consuelo de que los estrechos turcos se iban a internacionalizar, lo que les permitiría acceder desde sus puertos del mar Negro al Egeo. La Tracia occidental había sido arrebatada por Bulgaria a Turquía en 1913, y en ella los griegos constituían sólo una minoría étnica. En esta región, el antiguo puerto turco de Dedeagach pasó a ser griego con el resonante nombre de Alexandrópolis. Grecia expulsó de la región recién adquirida a numerosos búlgaros, repoblándola con griegos llegados de Ásia Menor para favorecer la rápida helenización del territorio.

La Dobrudja meridional había sido conquistada por los rumanos frente a los búlgaros en 1913. En este territorio los rumanos eran muy pocos con respecto a la mayoría poblacional búlgara, por lo que los norteamericanos insistieron en que la región debía ser devuelta a Bulgaria. Pero el asunto fue escamoteado por los delegados franceses y británicos, que consideraban absurdo ceder territorios a un país bélicamente derrotado. Bulgaria tuvo que esperar a los acuerdos de Craiova de 1940 para recuperar definitivamente la Dobrudja meridional. Por el tratado de Neuilly de 1919, Bulgaria tuvo que entregar a los servios los distritos macedonios que poseía en torno a la ciudad de Strumica, así como otros pequeños territorios fronterizos, que incluían las ciudades de Bosilegrad y Tsaribrod (Dimitrovgrad). El nuevo estado búlgaro poseía la ventaja de la escasa conflictividad interna, pues no incorporaba regiones muy pobladas por minorías étnicas, sino que los gitanos y los turcos estaban mezclados con la mayoría búlgara en los distintos ámbitos nacionales. El tratado de Neuilly legó a la Europa balcánica una Bulgaria resentida con ganas de resarcirse de las ofensas sufridas. Pero con la prohibición del reclutamiento, Bulgaria casi no tenía ejército con el que reparar los agravios infringidos. Los norteamericanos propusieron la constitución de un estado macedonio, lo que resultó imposible por la voracidad de yugoslavos y griegos.

Tras la Primera Guerra Mundial, surgió el estado checoslovaco. Los territorios que pasaron a configurar Checoslovaquia fueron Bohemia, Moravia, Eslovaquia, Rutenia, Sudetes y Teschen oriental. Checoslovaquia era una creación que podemos calificar como bastante artificial, pues integraba gentes y regiones claramente diferenciadas. En Bohemia y Moravia habían reinado los Habsburgo desde 1526. Ambos territorios tenían dos checos por cada alemán. Los alemanes estaban sobre todo presentes en las regiones periféricas del recién creado estado checoslovaco, al que pertenecían poco gustosos. Eslovaquia había formado parte del Reino de Hungría desde principios del siglo X, época en la cual los antepasados eslavos de los eslovacos se habían sometido a los conquistadores húngaros. Benes reclamó un territorio más extenso que el dominio geográfico ocupado por los eslovacos, no por razones históricas, sino económicas y estratégicas. Fue así como el Danubio llegó a ser en algún tramo frontera meridional de Checoslovaquia, la cual incorporó en este sector a numerosos húngaros. Checoslovaquia se hizo atribuir la Rutenia tanscarpática, que había sido húngara desde fines del siglo IX. Esta región estaba poblada por rutenos desde el siglo XIII. Los rutenos y muchos húngaros pasaron a constituir minorías étnicas en el nuevo estado checoslovaco. El tratado de Trianón había previsto el otorgamiento de un estatuto de autonomía para Rutenia, pero nada se hizo al respecto hasta 1938, momento en que los rutenos intentaron independizarse. Actualmente Rutenia pertenece a Ucrania, constituyendo el oblast de Zakarpattya. Checoslovaquia tenía aproximadamente un 50% de checos, un 23% de alemanes y un 15% de eslovacos. Este estado presentaba físicamente un dilatado desarrollo horizontal en el mismo seno del continente europeo. Apoyándose en argumentos más económicos que estratégicos, el persuasivo Benes logró que fueran incorporados a su país los Sudetes, manzana de discordia ampliamente poblada por alemanes. Los buenos modos que mostraron en todo momento los diplomáticos checoslovacos garantizaron la formación de un estado con fuertes bases territoriales, poblacionales, económicas y estratégicas. Acabada la Segunda Guerra Mundial, se producirá la expulsión de numerosos alemanes de Checoslovaquia, tanto por resentimiento como para eslavizar mejor el conjunto del territorio.

La Entente había prometido a Rumania en el tratado de Bucarest de 1916, a cambio de su entrada en la guerra, los territorios de Transilvania, Banato y Bukovina. Una vez terminado el conflicto, los aliados consideraron que esas cesiones eran demasiado generosas teniendo en cuenta el modesto papel desempeñado por los rumanos en la contienda. Por iniciativa propia, los rumanos penetraron profundamente en territorio húngaro, rebasando las fronteras proyectadas por el tratado de Bucarest. Ello precipitó una crisis que contribuyó a que los comunistas de Bela Kun se hicieran con el poder en Hungría. Los aliados optaron por favorecer a los rumanos para aislar al régimen de Bela Kun. Tropas rumanas derrocaron al gobierno comunista húngaro y se quedaron un tiempo paseando por el territorio de Hungría. Sólo tras recibir una serie de amenazas aliadas, los ejércitos rumanos se retiraron tras el río Tisza. La definición de la nueva frontera rumano-húngara dio lugar a vivas controversias, en las cuales las motivaciones económicas tuvieron más peso que las realidades étnicas. Prueba de ello es el hecho de que se atribuyó a Rumania una franja territorial de 20 kilómetros de ancho poblada por húngaros por el simple motivo de servir de recorrido a una estratégica vía férrea. Fue así como la ciudad húngara de Arad pasó a ser rumana. El Banato, poblado principalmente por húngaros y alemanes, fue repartido entre Servia y Rumania, si bien esta última se llevó la mejor tajada.

Los tratados de Saint-Germain y de Trianon fueron muy beneficiosos para Rumania, cuyo territorio se duplicó con respecto a 1913. Aproximadamente había un 72% de rumanos, un 8% de húngaros y un 4% de alemanes, además de búlgaros y otras minorías étnicas. Además de la mayor parte del Banato, Hungría tuvo que entregar a Rumania la mítica Transilvania, amplia región de carácter montañoso. Otro territorio que pasó a formar parte de la Gran Rumania fue la Besarabia rusa, que coincide aproximadamente con la actual Moldavia ex-soviética más el territorio costero inmediato, ahora ucraniano. Al norte, Rumania se engrandeció con la Bukovina, región próxima a la por entonces Rutenia checoslovaca. El territorio rumano primitivo había estado constituido por el llamado Regat, poblado exclusivamente por rumanos. El engrandecimiento territorial posbélico de Rumania implicó para ella la absorción de minorías étnicas que sumaban el 28% de su población total. Nunca Rumania fue más grande que tras la Primera Guerra Mundial, pues el actual territorio rumano está privado de la Besarabia y de la Dobrudja meridional.

El ex-Reino de Servia, que incluía Macedonia, obtuvo sustanciales ventajas de los tratados de paz. Con el nombre de Reino de los servios, croatas y eslovenos, y luego con el de Yugoslavia a partir de 1931, formó un ingente estado de aproximadamente un cuarto de millón de kilómetros cuadrados, con una población de más de once millones de habitantes. La población total de Yugoslavia estaba integrada por un 48% de servios, un 25% de croatas y un 9% de eslovenos, además de otras minorías étnicas eslavas y no eslavas. El núcleo fundamental del territorio yugoslavo era Servia. En torno a ella giraban regiones arrebatadas a las potencias derrotadas. Así, Hungría cedió a Yugoslavia los territorios de Voivodina, Croacia y Eslavonia. Austria contribuyó a disgusto a la formación del estado yugoslavo con la cesión de las regiones de Eslovenia y Dalmacia. Bosnia-Herzegovina, región multiétnica y pluriconfesional anexionada recientemente por el Imperio Austro-Húngaro, pasó a la nueva Yugoslavia, que también incorporó en su territorio nacional Montenegro y los distritos macedonios arrebatados a Bulgaria. El sentimiento de unidad de los ciudadanos yugoslavos se quebró definitivamente a partir de 1991, derivando en guerras que desintegraron el país.

Al realizar un balance acerca del fruto de los tratados que afectaron al reordenamiento de Europa oriental tras la Primera Guerra Mundial, hemos de incluir algunas reflexiones. No fueron los pueblos del Este europeo los que en general decidieron su propio destino. Las grandes potencias determinaron su suerte en función de sus intereses políticos y económicos, con la complicidad de algunos de sus dirigentes estatales. Algunos países obtuvieron con halagos serviles amplias ventajas a pesar de su irrisorio papel en la guerra junto a la Entente. Las naciones derrotadas fueron tratadas con un exceso de dureza, al menos desde el punto de vista territorial. El principio del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos fue aplicado de una manera desastrosamente arbitraria. Las nuevas fronteras políticas sólo excepcionalmente coincidieron con las fronteras étnicas. Algunas poblaciones lingüísticamente homogéneas fueron divididas en varias tajadas para satisfacer a los vecinos vencedores. Fueron pocos los plebiscitos que solicitaron la opinión popular a favor de su pertenencia a uno u otro estado. La presencia de destacadas minorías étnicas en los países favorecidos por los tratados fue fuente de discordias casi constantes. Las naciones que se habían visto geográficamente amputadas empezaron a preparar su futura revancha. Apenas se previó algo para lograr un mínimo de cooperación económica entre los nuevos estados de Europa oriental, cuyos territorios habían formado un conjunto económico coherente durante mucho tiempo.

Para el mantenimiento de las fronteras definidas en los tratados de paz y para la resolución amistosa de los conflictos entre estados, se fundó en 1920 la Sociedad de Naciones, impulsada por el presidente norteamericano Wilson. Este organismo internacional no pudo desplegar cómodamente su actividad, pues muchos países no habían alcanzado todavía una madurez ideológica suficiente como para saber dialogar antes de luchar. La Sociedad de Naciones en algunos momentos se vio obligada a colocar determinados intereses nacionales por encima del derecho de autodeterminación de los pueblos. No pudo evitar la escalada de la ultraderecha nacionalista en aquellos países que no habían quedado satisfechos con las resoluciones de los tratados de paz.

Muy brevemente vamos a hablar de los regímenes políticos que se implantaron en diversas naciones europeas tras la Primera Guerra Mundial. En Alemania se proclamó la República de Weimar. El Káiser Guillermo II tuvo que huir del país, refugiándose en Holanda. El socialdemócrata Ebert constituyó un gobierno de comisarios del pueblo. Ebert sólo aspiraba a unas reformas sociales básicas y a una política de cuño demoliberal. Se vio obligado a reprimir el radicalismo de los espartaquistas, y trabajó por la elaboración de una constitución de compromiso que aunase en un proyecto común a las distintas tendencias políticas alemanas. En Rusia a fines de 1920 el ejército rojo era el claro vencedor de la guerra civil. Lenin, interpretando personalmente los planteamientos de Marx, diseñó un gobierno de carácter comunista. A fines de 1922 fue proclamada la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que intentó extender su influencia ideológica hacia los países de Europa oriental. En Austria se instauró una República que pronto pasó a ser dirigida por los socialdemócratas. Tras la entrada en vigor de una nueva constitución, los socialcristianos vencieron en las elecciones parlamentarias. Un problema que estuvo latente en la Austria posbélica fue la creciente rivalidad entre eslavos y germanófilos por un lado, y entre campesinos y habitantes de la ciudades por otro. En Hungría en marzo de 1919 el partido comunista recuperó el poder e instauró la fugaz República de los Consejos, que sólo duró cuatro meses y medio debido a las constantes presiones de la Entente. Las elecciones de principios de 1920 dieron una neta mayoría a los partidos moderados y conservadores. Fue proclamado regente provisional el Contralmirante Horthy, que finalmente logró retener el poder hasta 1944. En Bulgaria el Rey Boris III dejó gobernar a Stambolyski, que había recibido en elecciones previas el 40% de los votos. Stambolyski intentó establecer una verdadera dictadura verde, pues realizó una ingente reforma agraria que revirtió en beneficio de los pequeños campesinos.

En Italia la crisis económica de la posguerra creó una inestabilidad social que se reflejó en la creación del partido comunista y en las revueltas obreras. Temerosa del dinamismo de la izquierda, la burguesía italiana apoyó al partido fascista para intentar garantizar el orden y reforzar la autoridad estatal. En 1922, después de la marcha sobre Roma, con el beneplácito de la monarquía, Mussolini instauró un régimen dictatorial y totalitario. Gran Bretaña y Francia siguieron las sendas políticas trazadas por sus sólidas democracias, a la vez que ejercían como piezas claves de la Sociedad de Naciones. En Polonia, el primer presidente de la República, Pilsudski, dirigió con éxito la guerra contra los rusos. La inestabilidad de las instituciones democráticas provocó la dimisión de Pilsudski en 1924, si bien retomó el poder dos años después mediante un golpe de estado. En Checoslovaquia Masaryk tuvo el honor de ser el primer presidente de la República. Se vio obligado a combatir contra el creciente separatismo de las diferentes realidades geoétnicas que configuraban el país. Rumania siguió siendo monárquica, pero a la vez vio incrementarse su vida parlamentaria. La incorporación de nuevas provincias y el establecimiento del sufragio universal conmovieron radicalmente la vida política del país y provocaron el florecimiento de nuevos partidos políticos, definiendo así un abanico colorista. En el nuevo Reino de los servios, croatas y eslovenos, Pedro I Karageorgevich intentó acallar las discrepancias causadas por las rivalidades nacionalistas internas. Los dirigentes del país eran los jefes de los partidos políticos de la antigua Servia, y los oficiales al mando del nuevo ejército eran los del ex-ejército servio. La política seguida por los gobiernos que se sucedieron en el poder desde 1918 fue centralizadora, autoritaria y serviófila. En 1921 el recién fallecido Rey Pedro I fue sustituido por su hijo Alejandro I, que implantó un sistema dictatorial. Las incoherencias internas del estado yugoslavo y los desajustes en la convivencia de su rica pluralidad étnica provocaron finalmente su fragmentación política a través de guerras desarrolladas desde 1991.