viernes, 1 de diciembre de 2000

POBRE RIEGO


El militar asturiano Rafael de Riego se sublevó el 1 de Enero de 1820 en la localidad sevillana de Cabezas de San Juan contra el absolutismo de Fernando VII, proclamando de inmediato la Constitución de Cádiz. Su ejército, que esperaba para ser enviado a luchar a las colonias americanas en unos barcos destartalados, se unió a la sublevación. Durante más de dos meses la columna de Riego, cada vez más mermada por las deserciones, vagó por el Sur peninsular, dispersándose finalmente. En estas penosas circunstancias Riego se vio sorprendido por noticias que anunciaban el inesperado triunfo de las ideas revolucionarias. Se iniciaba así el convulsivo “Trienio Liberal”, durante el cual Fernando VII se vio obligado a marchar por la senda constitucional. La experiencia revolucionaria española hizo prender movimientos insurreccionales en Nápoles y en Portugal, donde también el absolutismo sufrió un serio revés. En este período Riego, que había sido nombrado mariscal de campo, ocupó importantes puestos en la administración militar, como capitán general de Galicia y luego de Aragón. Su prestigio crecía entre el pueblo, que cantaba provocadoramente el himno escrito en su honor por Evaristo San Miguel. Esta popularidad, alimentada por sus gestos conciliadores, disgustaba a las autoridades civiles. El panorama político era tremendamente caótico en una España ideológicamente dividida. Las medidas políticas adoptadas por los liberales, dirigidas a eliminar los instrumentos de dominio social de los estamentos preeminentes, conmovieron los caducos cimientos del Estado. La tensa situación desembocó en una nueva invasión francesa, la de los llamados “Cien Mil Hijos de San Luis”, que por orden de las principales potencias europeas restablecieron el absolutismo en España. Riego fue capturado y el rey ordenó su ejecución.



En sus “Episodios Nacionales”, Benito Pérez Galdós describe literariamente los últimos días de la vida de Riego en la cárcel y su muerte pública. Desde que conoció su sentencia, el general cayó en el más terrible abatimiento. Él, que tan aficionado era a las logias masónicas, adoptó una actitud de temor religioso. Desconcertado y quizás esperando clemencia, se retractó de su participación en el advenimiento del sistema constitucional. Por su condición de mariscal le correspondía la muerte por fusilamiento. Pero la maquinaria estatal concibió para él una ejecución salpicada de toda clase de humillaciones. En la mañana del 7 de Noviembre de 1823, fue conducido en un capacho que arrastraba un burro hasta el patíbulo, dispuesto en la madrileña Plaza de la Cebada. Llevaba en la cabeza un ridículo gorrete; lloraba; sostenía una estampa o un crucifijo entre sus manos atadas. Subió a gatas la escalera del patíbulo besando todos sus escalones. Y fue por fin ahorcado entre los insultos de la multitud. Una vez muerto, el verdugo le abofeteó. Y una voz de entre el gentío dijo en alto: “¡Viva el rey absoluto!”… El arrebato y la confianza con que Riego defendió las ideas liberales son motivos suficientes para ensalzar su memoria. Las crudas circunstancias de la muerte que se le impuso, lejos de desidealizar su figura, sólo acrecientan ante la Historia la vileza de quienes lo condenaron.

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