viernes, 1 de febrero de 2002

SEKAISA


Sekaisa es el nombre de una ciudad celtibérica, perteneciente en concreto a la tribu de los belos. Es citada por las fuentes romanas como Segeda. Su primer establecimiento radicó dentro de los límites del actual municipio zaragozano de Mara, en la zona elevada conocida como el Poyo. La decisión tomada por la ciudad de ampliar su perímetro fortificado para poder congregar a sus aliados y consanguíneos provocó la declaración de guerra por parte del Senado romano y el inicio de las guerras celtibéricas en el año 154 a.C. Quizás Sekaisa, mediante el robustecimiento de su estructura urbanística y defensiva, quiso reforzar su preeminencia sobre los enclaves menores circundantes, ofreciendo a la vez cobijo a sus pobladores frente a posibles agresiones externas, lo que disgustó sobremanera a las autoridades romanas, temerosas por el posible resquebrajamiento del sistema administrativo implantado en sus conquistas peninsulares. Ante la inminente llegada de las tropas romanas, los habitantes de Sekaisa, que no habían podido terminar las labores de ampliación de la muralla, tuvieron que abandonar su ciudad para refugiarse, junto con otros muchos pueblos, en el territorio de sus vecinos arévacos, cuya ciudad de Numancia centralizaría durante las dos décadas siguientes la resistencia frente a Roma. Tras los primeros lances del largo conflicto armado, los belos, que adoptaron una postura más dialogante hacia los romanos, pudieron regresar a sus tierras. En un momento indeterminado, emplazaron la nueva Sekaisa muy cerca de la anterior, en Durón de Belmonte, dentro del municipio de Belmonte de Gracián, cuya toponimia mantiene el recuerdo de los belos. La nueva ubicación de la ciudad celtibérica presentaba una altitud ligeramente inferior y peores condiciones naturales de defensa, conforme a las directrices difundidas por los romanos para evitar toda propensión hacia la revuelta.

Sekaisa está considerada como la ciudad celtibérica que mayor cantidad de monedas acuñó, lo que debemos valorar como un elemento indicativo de su importancia. Sin embargo fue oscureciéndose conforme avanzaba la romanización en favor de la cercana Bilbilis, la futura Calatayud. El nombre de Sekaisa lo conocemos por las leyendas monetales, escritas en alfabeto ibérico conforme a diversas variedades gráficas. Algunas monedas presentan el nombre étnico en genitivo plural: “Sekaisakom” (de los de Sekaisa), muestra de que el sentimiento ciudadano podía superar a la realidad física de la ciudad, sometida en este caso a molestos cambios de emplazamiento. Las monedas de Sekaisa se dispersaron ampliamente por la Península en los procesos de circulación, en especial por el valle del Jalón y la cabecera del Duero. Su abundancia en el entorno de la antigua Tamusia, ciudad de la provincia de Cáceres que emitió piezas de tipo celtibérico, ha servido para trazar hipótesis acerca de posibles migraciones o prácticas trashumantes. La producción monetaria de Sekaisa, desarrollada entre mediados del siglo II y mediados del siglo I a.C., se daría en muchas de sus fases bajo el patrocinio y la protección de Roma, interesada en aumentar el volumen de la moneda circulante en la Celtiberia. Sertorio, que durante las guerras civiles romanas supo ganarse la confianza de muchos pueblos peninsulares, parece que potenció algunas cecas aragonesas, como Bolskan (Huesca) y Sekaisa, cuyas piezas son frecuentes en las ocultaciones suscitadas por la inestabilidad militar de la época.

La iconografía de las monedas de Sekaisa se ajusta a la imperante en el territorio celtibérico, constituyendo tanto una garantía de su validez en los intercambios como la expresión de pertenencia a un sistema económico y administrativo más amplio, regido por Roma. Los anversos de las piezas de Sekaisa presentan una cabeza masculina barbada o imberbe, acompañada en bastantes casos de algún pequeño símbolo, como una posible leona o un posible lobo en las emisiones más antiguas y uno o dos delfines en las más recientes, así como uno o dos signos alfabéticos correspondientes al inicio del nombre de la ciudad. El cuello del personaje representado se adorna en ocasiones con un collar de cuentas, mientras que los mechones del pelo se disponen de numerosas maneras, reflejando distintos peinados. Más que de una divinidad o de un magistrado podría tratarse de la idealización del ciudadano, aunque entreverada con la imitación de tipos monetales clásicos de acusada prestancia y significación religiosa. Cada cuño de anverso era un rostro distinto, multiplicándose así los rostros como si de ciudadanos diferentes se tratase. En los reversos de los denarios de plata y los ases de bronce aparece un guerrero a caballo sobre el nombre de la ceca. Este jinete puede portar una insignia consistente en una rapaz, o bien una lanza o una palma, elemento quizás alusivo al deseo de alcanzar la paz a través de la victoria. Con el jinete, cuyo caballo es representado con las patas delanteras en alto, los celtíberos pretendían transmitir una imagen de valor y nobleza en un momento en que la progresiva aculturación hacía necesarios los símbolos identificativos. Los divisores de bronce solían presentar en sus reversos al caballo sin jinete, a veces con puntos indicativos del valor de las piezas u otras marcas, como el creciente lunar. En dos emisiones un tanto distintas del resto aparecen en los reversos un prótomo de caballo y un jabalí respectivamente. Los motivos propios de las monedas de la Celtiberia tendieron al esquematismo, perdiendo parte de su calidad artística. Sekaisa fue de las primeras cecas abiertas en el ámbito celtibérico; el hecho de que acuñase piezas de plata, cosa que no hizo la cercana Bilbilis, apoya la idea de que ejerció tareas de control administrativo en un extenso territorio, casi siempre bajo la supervisión romana.


Bibliografía:

-Burillo, F.; Ostalé, M. (1983-1984): Sobre la situación de las ciudades celtibéricas Bilbilis y Segeda. Kalathos, 3-4. Páginas 287–309.

- Gomis Justo, M. (1995): La moneda de plata de Sekaisa. Actas del IX Congreso Nacional de Numismática. Páginas 49-58. Elche.

-Varios Autores (1997): Historia monetaria de Hispania antigua. Jesús Vico editores. Madrid.

- Villaronga, L. (1988): La jerarquización de las cecas de Sekaisa y Bilbilis. Espacio, Tiempo y Forma. Serie II, 1. Páginas 333-340. Madrid.

sábado, 1 de diciembre de 2001

LA LIGA CALCÍDICA


En la península Calcídica, situada en el Norte de Grecia, se formó en los últimos años del siglo V a.C., tras la derrota de los atenienses frente a los espartanos en la Guerra del Peloponeso, una federación de pequeñas ciudades-estado, conocida como la Liga Calcídica. Todas las ciudades que formaban parte de la Liga disfrutaban de los mismos derechos y asumían responsabilidades compartidas, constituyendo un frente diplomático común con respecto al resto de las ciudades-estado griegas. Sus numerosos puertos y mercados sirvieron para articular actuaciones comerciales conjuntas, de cuya regulación consensuada se derivaban importantes ingresos. Contribuía a la riqueza de la Liga la explotación de las minas de oro y de los bosques de la región. La madera y la brea, indispensables para la construcción de barcos, estaban entre los principales productos exportados por la Liga. No todas las ciudades de la península Calcídica estaban integradas en esta coalición, pero sí la mayor parte de las mismas. Es significativo el que las ciudades aliadas promoviesen medidas favorecedoras de los matrimonios mixtos para reforzar la adhesión popular a la estructura federativa. Ésta tenía entre sus objetivos la eficaz defensa frente a las tribus tracias y el reino de Macedonia.

La capital era Olinto, donde probablemente eran acuñadas las monedas de plata que emitía la Liga. Para mostrar al resto de Grecia lo consolidada que estaba la unidad de las ciudades calcídicas y para acrecentar los sentimientos de cohesión entre ellas, la Liga emitió monedas con motivos compartidos. En el anverso de las piezas figuraba la cabeza laureada de Apolo, mientras que el reverso lo ocupaba una lira, instrumento musical tradicionalmente asociado a ese dios. En algunas acuñaciones la lira presenta siete cuerdas, y en otras sólo seis, figurando además el plectro con el que se tañía. Alrededor de la lira iba la leyenda: “De los Calcidios”.

En el 392 a.C., la Liga Calcídica suscribió un tratado defensivo y comercial con el recientemente proclamado rey de Macedonia, Amintas III. A pesar de ello, los calcidios fueron ocupando algunas ciudades que los macedonios habían tenido que descuidar debido a la presión ejercida por las tribus ilirias en otras regiones de su territorio. Diez años después, pasada la amenaza iliria, Amintas III exigió a los calcidios la devolución de las zonas ocupadas, reivindicación que éstos desoyeron. Dos ciudades calcídicas que no formaban parte de la Liga, Acanto y Apolonia, viendo peligrar su autonomía por el expansionismo de la coalición vecina, solicitaron la intervención de Esparta, que controlaba por entonces el panorama político griego. Los espartanos, para atender esta petición de ayuda, agradar a sus aliados macedonios, y evitar así el excesivo engrandecimiento de la Liga Calcídica, movilizaron contra ella un ejército de diez mil hombres, reclutados en las regiones griegas que les eran leales. Por su parte los calcidios de la Liga se dispusieron a resistir, valiéndose tanto de las milicias ciudadanas como de los mercenarios reclutados en suelo tracio.

Los primeros destacamentos proespartanos llegados a la península Calcídica ocuparon Potidea, que convirtieron en su principal base de operaciones. En la batalla librada en el 381 a.C. junto a las murallas de Olinto, la victoria correspondió a los soldados de la Liga Calcídica. Esparta tuvo que reclutar un nuevo ejército, al frente del cual estaba uno de sus dos reyes, Agesípolis, y en el que propagandísticamente se incluían importantes aristócratas de varias ciudades. Estas fuerzas tomaron la ciudad calcídica de Torone y saquearon los alrededores de Olinto, tras lo cual la sitiaron. Durante el asedio, Agesípolis contrajo una fiebre maligna y murió; su cuerpo fue colocado en un ataúd lleno de miel y enviado a Esparta para la celebración de sus funerales. La ciudad de Olinto se rindió en el 379 a.C., cuando se agotaron sus víveres tras dos años de penurias. La Liga Calcídica fue disuelta, y sus ciudades fueron obligadas a aliarse a Esparta. Amintas III recuperó las ciudades que reclamaba, entre las que estaba Pella, que había sido y volvería a ser la capital del reino de Macedonia.

Años después, con apoyo ateniense, la Liga Calcídica volvió a constituirse, iniciándose así una nueva etapa de mayor prosperidad e independencia, pero también de gestos desafiantes, que suscitaron finalmente en el 348 a.C. la absorción de su territorio por parte de la cada vez más imperialista Macedonia. La rebelde Olinto fue destruida, y a sus habitantes se les dispersó para intentar borrar para siempre su identidad ciudadana.

Bibliografía:

- Blázquez, J. M.; López Melero, R.; Sayas, J. J.; “Historia de Grecia Antigua”; Cátedra; Madrid; 1989. Páginas 579-580.

-Cartledge, Paul; “Agesilaos and the crisis of Sparta”; Baltimore; 1987. Páginas 373-374.

- Davis, Norman; “Greek coins and cities”; Londres; 1967. Páginas 82-83.

-Struve, V.V.; “Historia de la Antigua Grecia”; Akal; Madrid; 1974. Páginas 548-551.

jueves, 1 de noviembre de 2001

ESTEPA: ANTES DE LOS POLVORONES


Son difíciles de comprender los motivos que pudieron llevar a los habitantes de Estepa a permanecer fieles a la causa púnica cuando ya era clara la preeminencia de las armas romanas en la Península Ibérica. Otras muchas poblaciones hispanas habían optado por un ventajoso cambio aliancístico con el que evitar nuevas querellas. El hecho es que en el año 206 a.C., en el transcurso de la Segunda Guerra Púnica, Escipión ordenó a sus lugartenientes Silano y Marcio terminar con los últimos núcleos de resistencia filopúnica en el Sur peninsular. En el cumplimiento de esta misión Marcio llegó hasta las estribaciones de la pequeña sierra sevillana en que se alza Estepa, conocida por las fuentes clásicas como Astapa u Ostippo. Tan enconada fue la oposición presentada por Estepa a las tropas romanas que la ciudad quedó tremendamente destruida, a la vez que el grueso de su población prefirió la muerte antes que cualquier solución pactada. En ocasiones la historiografía ha puesto en duda los detalles heroicos de la resistencia estepeña por parecer demasiado tópicos y por la pervivencia de la ciudad, que, dentro del “conventus” de Astigi (Écija), alcanzó cierto esplendor en época romana gracias a la explotación agrícola de las extensas llanuras circundantes.

En la zona alta y fortificada de la actual Estepa pudieron situarse tanto la ciudad romana como la anterior, si bien para esta última se han propuesto también otras localizaciones, alejadas del Cerro de San Cristóbal y de menor altitud, lo que la habría hecho muy vulnerable. Se han rescatado en la propia ciudad y en sus alrededores varias piezas escultóricas de interés, conservadas en el Museo Arqueológico de Sevilla. Entre ellas está un fragmento de león sobre el que se aprecia una parte de la cota de mallas de un guerrero. El león resultaba para los iberos un animal exótico, casi fantástico. En este caso pudo tener un valor funerario y heroizante, transportando el alma de un guerrero ilustre al Más Allá, como ocurría con algunas de las representaciones de caballos, pero añadiendo un mayor componente mítico y de dominio sobre la adversidad. También procede de Estepa un relieve en que figuran dos soldados vestidos y armados ya a la usanza romana, incluyendo espada corta y escudo oblongo de tipo galo. Se sabe de la existencia en el entorno de Estepa de un posible santuario en que, por las piezas halladas, quizás se solían celebrar ritos religiosos de raigambre iberopúnica.

Uno de los elementos que nos podrían ayudar a explicar la fidelidad de Estepa hacia los cartagineses sería la presencia en dicha ciudad de colonos y/o soldados púnicos con vistas al ejercicio de un control más efectivo del territorio conquistado y de cara a un aprovechamiento más sistemático de sus recursos. En contra de este argumento podría esgrimirse que hasta la misma Cádiz, ciudad de origen poblacional fenicio-púnico, se entregó a los romanos sin luchar. La autodestrucción de Estepa nos lleva a la reflexión sobre la llamada “fides” ibérica, que fue alabada o vituperada por los autores romanos en función de si era favorable o no a sus intereses. Esta “fides” o pacto de fidelidad podía reflejar una situación de desigualdad socioeconómica. Pero era suscitada no sólo por los beneficios materiales y bélicos inmediatos, sino también por la propensión más o menos voluntaria y prestigiosa hacia la alianza con jefes que unían a su poder el atractivo real o fingido de su personalidad. Algunos pueblos ibéricos buscaron excusas para deshacerse de los comprometedores vínculos implicados en la “fides” profesada hacia los líderes de las potencias coloniales. Es posible que el pacto fuese más fuerte y duradero entre reyezuelos indígenas de autoridad similar. Hubo también situaciones en que el voto de fidelidad fue respetado hasta las últimas consecuencias. Este pudo ser el caso de la ciudad de Estepa, que tuvo que alcanzar un alto grado de identificación con los intereses púnicos en Iberia. Lo que es innegable es que Estepa, que ahora es conocida entre nosotros por la elaboración tradicional de polvorones, protagonizó un extraño episodio de heroísmo ante el poderoso ejército romano.

Bibliografía:

- Fernández-Chicarro y Fernández Gómez; “Catálogo del Museo Arqueológico de Sevilla II”; 1980.
- Morales, Sanz, Serrera y Valdivieso; “Guía artística de Sevilla y su provincia”; Vitoria; 1981.

lunes, 1 de octubre de 2001

NOMBRES DE PROVINCIAS DE LAS NACIONES HISPANOAMERICANAS


Los países hispanoamericanos suelen combinar en la denominación de sus provincias nombres indígenas con otros de origen lingüístico castellano. En algunas naciones, como Perú o Bolivia, las provincias son mayoritariamente designadas con nombres indígenas, mientras que otros países, como Uruguay y Argentina, recurren preferentemente a términos españoles. Ello es por lo general reflejo del respectivo peso demográfico que en cada nación tuvieron las poblaciones indígenas y las de origen peninsular. El mestizaje de la población se aprecia también en algunos nombres de provincias que unen una palabra española con otra indígena, como es el caso de Zamora Chinchipe en Ecuador. Otras veces la provincia tiene un nombre español y una capital de raíz lingüística indígena, o viceversa. Es lo que ocurre con el departamento colombiano de Santander, cuya capital es Bucaramanga, o con la provincia mexicana de Tamaulipas, que tiene por capital Ciudad Victoria. Los nombres de algunas regiones están dedicados a antiguas o actuales etnias indígenas, como es el caso de la Novena Región chilena, llamada Araucanía. Otros nombres honran a líderes indígenas que encabezaron la resistencia de su pueblo hacia los conquistadores españoles, como Lempira, que es una provincia hondureña.

La explicación de gran parte de los nombres provinciales de los países hispanoamericanos hay que buscarla en su propio desarrollo histórico y en factores geográficos. Algunas regiones aluden a los descubridores y exploradores europeos; así, Colón es el nombre de una provincia de Panamá y de otra de Honduras, mientras que la Duodécima Región chilena, situada en el extremo sur de América y más allá, es la de Magallanes y la Antártida chilena. Esta región tiene entre sus provincias una designada con un nombre acorde a la desolación del territorio: Última Esperanza. La presencia española en la toponimia provincial americana se manifiesta sobre todo mediante la utilización nostálgica de los nombres de ciudades y comarcas peninsulares, indicativos en muchos casos de la procedencia de los colonos que fundaron o rebautizaron los núcleos poblacionales. Algunos ejemplos son las provincias de Trujillo y Mérida (ambas en Venezuela), León y Granada (ambas en Nicaragua), Córdoba (de Argentina y de Colombia) o La Rioja (Argentina). Otras veces se mantiene la grafía antigua de la población de referencia, como en la provincia nicaragüense de Madriz, o se utiliza la pomposa adjetivación de “Nuevo” o “Nueva”, como en Nuevo León (México) o Nueva Segovia (Nicaragua). Algunos nombres provinciales tienen curiosas y antiguas resonancias mediterráneas, asociadas a veces a elementos ideológicos, como la provincia insular venezolana de Nueva Esparta, la costarricense de Cartago y el departamento colombiano de Antioquía.

Son frecuentes los nombres provinciales de santos y santas, e incluso hay una provincia llamada Los Santos en Panamá. Abunda sobre todo el nombre de Santiago, claro vínculo religioso con la metrópoli, presente por ejemplo en Chile, Cuba y la República Dominicana. La herencia cristiana se refleja también en otros nombres de provincias, como Santa Cruz (Argentina y Bolivia), Veracruz (México), Santa Fe (Argentina), Sancti Spiritus (Cuba), Gracias a Dios (Honduras), Madre de Dios (Perú) y San Salvador, que es la provincia que alberga a la capital de El Salvador. La actividad jesuítica es recordada mediante el nombre de Misiones, que es el de un departamento paraguayo y el de una provincia argentina. Provincias selváticas llamadas Amazonas las hay en Perú, Colombia y Venezuela; Amazonas es además uno de los estados de Brasil.

Muchas provincias de naciones hispanoamericanas tienen por nombre apellidos de origen español, destacando los apellidos de los Libertadores, los héroes de las guerras que supusieron la emancipación con respecto a España. Es el caso de las provincias de Bolívar (Ecuador, Colombia y Venezuela), Sucre (Colombia y Venezuela), San Martín (Perú), Artigas (Uruguay) y Duarte (República Dominicana). El Libertador chileno O’Higgins, cuyo padre era irlandés, tiene dedicada la Sexta Región chilena. Los nombres de algunas provincias son también nombres de batallas en las que los realistas o partidarios de la prolongación de la soberanía española sobre América fueron derrotados, como Ayacucho (Perú) o Carabobo (Venezuela).

Hay provincias cuyos nombres sirvieron a los gobiernos para proclamar su confianza en diversos valores o aspiraciones, como La Paz (Bolivia, Honduras y El Salvador), Alta y Baja Verapaz (Guatemala), La Libertad (El Salvador y Perú), Independencia (República Dominicana), El Progreso (Guatemala) y La Unión (El Salvador). También tienen gran sonoridad los nombres de ciertas capitales de provincia, como Resistencia, que es la capital de la provincia argentina del Chaco, o Liberia, capital de la provincia costarricense de Guanacaste. Dos provincias hondureñas tienen los utópicos nombres de Atlántida y El Paraíso. Y los cubanos tienen una municipalidad especial insular dedicada a la Juventud. Entre los nombres más curiosos está el de una provincia uruguaya, consistente en un número: Treinta y Tres. Con este nombre se honra a los treinta y tres valientes que en 1825 cruzaron el río Uruguay para recuperar los territorios orientales que se había anexionado Brasil.

La toponimia española afecta también a pequeñas islas caribeñas de habla no hispana, como la isla británica de Montserrat. Incluso algunos estados norteamericanos ostentan nombres españoles, como Florida, Nevada y Colorado, recuerdo de viejas conquistas y exploraciones. Los nombres de las provincias de las naciones hispanoamericanas son el resultado del deseo de sus sucesivos gobiernos de reflejar en la división político-administrativa de su territorio su trayectoria histórica, caracterizada por el encuentro, el enfrentamiento y la reconciliación de pueblos diferentes, uno dispuesto a dar nombres emotivos a nuevas tierras y otro decidido a conservar los nombres de las tierras de sus ancestros.

miércoles, 1 de agosto de 2001

MOLDAVIA


A lo largo de 1991 las diferentes Repúblicas que componían la Unión Soviética fueron declarando su Independencia. Entre los nuevos Estados surgidos de la desmembración soviética se encuentra la República de Moldavia, situada al Este de Rumanía y sin salida al Mar Negro. Esta nueva Moldavia independiente incluye tan sólo la mitad oriental de la región histórica de Moldavia. La otra parte, situada al Oeste del río Prut, se unió en 1859 al Principado de Valaquia, constituyendo así el núcleo inicial de la actual Rumanía. La época de mayor esplendor para Moldavia como entidad política fue la segunda mitad del siglo XV, con el gobierno del príncipe Esteban III, que logró repeler las frecuentes incursiones otomanas, húngaras y polacas.

La lengua que se habla en Moldavia es una variante dialectal del rumano, aunque con bastantes préstamos lingüísticos eslavos. Es por tanto una lengua derivada del latín que nos remite al período en que gran parte de los actuales territorios de Rumanía y Moldavia estuvieron integrados en la provincia romana de la Dacia (105-271). La identificación con la herencia romana está en la base del nacionalismo rumano decimonónico, hasta el punto de que el nombre de Rumanía y de la lengua rumana tiene en los romanos su origen etimológico. La lengua rumana hablada en Moldavia tuvo que utilizar el alfabeto cirílico por imposición stalinista, pero ya emplea nuevamente el alfabeto latino. Un hecho curioso es que abundan las palabras groseras entre los términos rusos adoptados por el habla de Moldavia. La primera universidad rumana fue fundada en la capital de la antigua Moldavia, Iasi, lo que revela la pujanza cultural de esta región histórica. Moldavia es una de las naciones que mayor porcentaje de su Producto Nacional Bruto invierte en educación (9’7%).

Son numerosos los elementos étnicos y culturales que unen a Moldavia y Rumanía, a pesar de lo cual existen también grandes recelos mutuos. En un plebiscito celebrado en 1994, el 94% de la población de Moldavia que participó en el mismo se mostró contraria a su reunificación con Rumanía o con cualquier otro Estado. Algunos sectores nacionalistas rumanos trabajan por la futura anexión de Moldavia, a la par que critican la “rusificación” que a su juicio experimentó esta República. Los nuevos símbolos nacionales adoptados por Moldavia recalcan su proximidad con la realidad rumana, como es el caso de la bandera tricolor o el águila geometrizada de su escudo, sin que ello signifique pérdida alguna de soberanía. La moneda oficial de Moldavia recibe la misma denominación que la moneda rumana, el “leu”. En la mayoría de los billetes moldavos aparece la imagen de un heroizado Esteban III. No es casual que el busto del mismo príncipe empezase a aparecer en las monedas rumanas el mismo año en que Moldavia declaró su Independencia. Es un caso significativo de la apropiación simbólica de un personaje histórico por parte de dos Estados, como ocurre con Alejandro Magno para Macedonia y Grecia.

La redistribución poblacional realizada por los soviéticos para reducir las diferencias étnicas entre sus Repúblicas se dejó sentir también en Moldavia, donde hay importantes contingentes de población eslava, especialmente en la región rebelde e industrializada de Transnistria, situada al Este del río Dniester, y que reclama su Independencia. El gobierno moldavo ha intentado satisfacer algunas de las reclamaciones de Transnistria mediante la concesión de un amplio estatuto de autonomía. También disfruta de una autonomía especial dentro de Moldavia la región de Gagauzia, poblada en gran parte por turcófonos católicos, mientras que la variante ortodoxa del cristianismo es la más enraizada entre el resto de los moldavos. La joven República independiente aún no considera cerrada la identificación de su territorio actual con su territorio histórico, de modo que mantiene vagas aspiraciones territoriales sobre algunas posesiones ucranianas, como los extremos Norte y Sur de la antigua Besarabia.

El considerable potencial agrícola de Moldavia ha facilitado el desarrollo de la industria alimentaria, determinando así la orientación ocupacional de sus habitantes. Los caudalosos ríos Prut y Dniester han favorecido el establecimiento de importantes centrales hidroeléctricas. El comercio exterior de Moldavia sigue centrado en las antiguas Repúblicas soviéticas, si bien el país intenta incrementar sus relaciones con la Europa Occidental. Su balanza comercial deficitaria no le permite de momento afrontar el pago de su deuda externa. La difícil coyuntura económica ha provocado el incremento de la emigración. A pesar de ello Moldavia sigue teniendo una elevada densidad de población.

En la Declaración de Independencia de Moldavia, fechada el 27 de Agosto de 1991, puede leerse: “El Parlamento de la República de Moldavia, constituido después de elecciones libres y democráticas, […] proclama solemnemente, en virtud del derecho de autodeterminación de los pueblos, en el nombre de toda la población de la República de Moldavia, y ante el mundo entero, que: La República de Moldavia es un Estado soberano, independiente y democrático, libre para decidir su presente y su futuro, sin ninguna interferencia externa, conforme a los ideales y aspiraciones del pueblo dentro del espacio histórico y étnico de su estructuración nacional”. Para Moldavia se inician nuevos retos de estabilización política y económica. Retos que afrontará desde la recién adquirida condición de Estado.

Bibliografía:
- Fedor, Helen (Editora); “Belarus and Moldova: country studies”; Washington; 1995.