jueves, 30 de diciembre de 2021

VIAJERO INGLÉS ASALTADO EN ASTURIAS HACIA 1523

 

En un memorial conservado en el Archivo General de Simancas (AGS, CCA, LEG, 159, 146) un viajero inglés pide a través de la Cámara de Castilla al Rey Carlos I (que recibe el tratamiento de “Sacra Cesárea Católica Majestad”) que se le haga justicia por el robo que ha sufrido en las cercanías de la ciudad de Oviedo. El escribano que realizó el documento transcribe el nombre del viajero como Ullen Guibesun, que tal vez sea la castellanización poco precisa de Eugene Gibson. Aunque el documento no está fechado, el legajo en que se encuentra parece indicar que estaríamos en el año 1523, fecha a la que pertenecen la gran mayoría de los documentos de dicho legajo. El asalto se produjo en concreto en el mes de marzo, y el valor de las pertenencias sustraídas ascendía a unos cien ducados. Hasta 1536, año en que se introdujo el escudo de oro, el ducado era una moneda real y no sólo una unidad de cuenta. Se trataba de una moneda de oro de gran pureza (unas 989 milésimas) y unos 3,5 gramos de peso, equivalente a 375 maravedís. El ducado español tenía más cantidad de oro que los acuñados en otros países europeos, pero al ser ligeramente más blando podía sufrir más deformaciones. Realizada la denuncia por parte del viajero, el Teniente de Corregidor de Oviedo consiguió determinar la identidad de dos de los ladrones, Bernaldo de Valdés y Pedro de Rubio, personas poderosas y bien relacionadas, cuyas malas artes alcanzaban toda Asturias. Tras hacer sus investigaciones, el Teniente quiso prenderlos para que respondieran con sus bienes por el robo, pero ellos huyeron.


El destino final del viaje del caballero inglés era Santiago de Compostela, por lo que podría tratarse de un peregrino. La reforma anglicana no se iniciará hasta 1534, de modo que aún la fe mayoritaria inglesa era la católica. Tras el robo, habiendo recibido el aviso de que los asaltantes volverían a actuar contra él, el viajero contrató los servicios de veinte hombres. Estos fueron sin duda de gran ayuda para evitar que Bernaldo de Valdés y Pedro de Rubio le matasen cuando le salieron nuevamente al paso, esta vez cerca de la localidad de Grado, situada a unos 24 kilómetros de Oviedo. La numerosa escolta reunida señala la importancia y la capacidad económica del viajero, que no la dejó ir hasta alcanzar Ribadeo, es decir, justo hasta que llegó a territorio gallego. Quizás en el contexto de tener que atravesar de nuevo Asturias en el regreso de su peregrinación, el caballero inglés solicita al Rey que envíe su provisión para que el Corregidor de dicha tierra haga arrestar a los delincuentes, de modo que queden fuera de la libre circulación y le devuelvan lo que le sustrajeron. El Monarca y su Consejo no dudan de la veracidad del testimonio del viajero, por lo que aparece la palabra “Fiat” (Hágase) a continuación del extracto de la súplica. Era preciso intentar hacer justicia con prontitud para que la inseguridad de los caminos españoles no desalentase a otros posibles peregrinos extranjeros de elevada condición. El desprestigio y el daño económico que la desidia procesal y la inacción punitiva podrían conllevar para el país serían grandes.



La exposición de los hechos, respetando gran parte de la grafía antigua, es la siguiente: “Ullen Guibesun, yngles, dize que un dia del mes de março pasado, yendo en el camino real en las Asturias, junto con la çibdad de Oviedo, le saltearon y robaron Bernaldo de Valdés e Pedro de Rubio, vezinos de la dicha çibdad de Oviedo, con otros sus conpañeros. E le quitaron el valor de çient ducados de horo. Y sobre ello el Teniente de Corregidor de la dicha çibdad fizo su pesquisa. Y por ella fallo que los dichos Bernaldo de Valdés e Pedro de Rubio y sus conpañeros fueron los salteadores y robadores del dicho Ullen Guibesun, yngles. Y como el dicho Teniente quisieselos prender, ellos se ausentaron. Y como quisiese el syguir contra ellos y sus bienes para cobrar lo myo, yendo por mi camino para Santiago me salieron por me matar junto con la villa de Grada, que hes en las dichas Asturias. E de fecho me obieran muerto sy no fuera abisado. Y llebaba conmigo beynte honbres, y los lebe ata Ribadeo, en Galizia, por miedo de ellos. E por respeto que los dichos Bernaldo de Valdés e Pedro Rubio e sus conpañeros son personas poderosas e muy faboreçidos en la dicha çibdad de Oviedo y en las dichas Asturias, por miedo que me maten no puedo ni oso yr a la dicha çibdad y tierra a pedir justiçia dellos. Por ende humilmente suplico a V. S. M. mande dar su probision real dirigida al Corregidor de la dicha Asturias para que prenda o aga prender los dichos Bernaldo de Valdés e Pedro de Rubio o qualquier dellos, e que los enbie con personas de recado ante V. S. M. o los señores de su real consejo o alcaldes de su corte o como mas fuere su Magestad servido. E mande a ellos que al dicho suplicante agan brebe conplimiento de justiçia”.


domingo, 19 de diciembre de 2021

ALGUNOS TOCADOS FEMENINOS HISPANOS USADOS ENTRE 1475 Y 1625

 

Están muy bien documentados para al menos el período comprendido entre finales del Siglo XV y comienzos del Siglo XVII unos extraños y diversos tocados femeninos, voluminosos y muy llamativos, que fueron usados principalmente por las mujeres del Norte peninsular, en concreto de Asturias, Norte de León, Cantabria, Norte de Burgos, País Vasco, Norte de La Rioja y Navarra. Sin duda tendrían precedentes de raigambre medieval, peor conocidos por ser un asunto irrelevante para las fuentes escritas de la época, que además son mucho menos abundantes. Gran parte del área mencionada tendría un gusto común por los tocados femeninos impactantes, dándose a la vez multitud de variaciones regionales. Algunos de los tipos, por la insistencia en su uso, llegaron a adquirir carácter identificativo para las mujeres de determinados valles, o se convirtieron en un elemento característico de la adscripción comarcal. Muchas de las implicaciones sociales y de las connotaciones semánticas de estos tocados siguen siendo motivo de discusión. Su dilatada pervivencia, sorteando crecientes presiones, merecen estudios más detallados que permitan comprender su origen y evolución. Como imagen efectista podríamos pensar, viajando en el tiempo, en cuál sería nuestra actitud si de repente tuviésemos que dirigirnos a una mujer de la primera mitad del Siglo XVI, con su pelo largo envuelto en paños, formando un cuerno de un tercio de metro inclinado hacia la frente.


El clérigo e historiador Prudencio de Sandoval menciona en sus crónicas que la reina Isabel “la Católica”, al visitar los pueblos, se vestía y tocaba al uso de cada uno de ellos. Recurría para hacerlo posible a las mujeres de más merecimiento del lugar, las cuales le prestaban las ropas y joyas que fueran necesarias. Luego la reina, al devolvérselas, incorporaba en ellas ciertas mejoras como muestra de afecto, contribuyendo esta reciprocidad a que la acogida en los siguientes pueblos fuera también cálida. Incide en esta cercanía de Isabel hacia sus súbditos Baltasar de Echave al narrar que la reina no dudaba en lucir los tocados típicos del País Vasco cuando era convidada en esta tierra con motivo de bodas y otras fiestas. Si a la reina piadosa por excelencia no le parecían descarados los tocados vascos es una pena que un siglo después dichos tocados empezasen a ser mal vistos por prelados excesivamente puntillosos. El que los Reyes Católicos mudasen sus hábitos por los trajes vascos estando allí es interpretado por Baltasar de Echave como muestra de respeto hacia las antiguas costumbres y hacia los viejos linajes de dicho territorio. Tanto Sandoval como Echave escriben sobre estas circunstancias aproximadamente un siglo después de acontecer, en lo que pudiera verse un intento de defender las amenazadas peculiaridades de la vestimenta de los distintos lugares que conformaban el reino. Entra en cierta contradicción con esta condescendencia de los Reyes Católicos el hecho de que en su reinado se emitieran pragmáticas destinadas a limitar la excesiva ostentación en el uso de joyas y adornos, quedando exentas de cumplirlas las mujeres asturianas, por haber aducido que se trataba de una costumbre muy antigua en su tierra el ir profusamente enjoyadas.


Laurent Vital, flamenco encargado de la buena conservación del vestuario de Carlos I en 1517, momento en que el joven rey desembarca en Asturias proveniente de Flandes, comenta por escrito su extrañeza al contemplar los adornos y atavíos que llevan las mujeres del concejo de Villaviciosa en la cabeza, altos y largos, sin que sean tamboriles, sino más bien imitación de respaldos, quedando el pelo generosamente cubierto por telas. Se trata de lienzos de poco precio, pero que al ser tan largos gravan la economía doméstica, haciéndose además difíciles de llevar por su volumen. Uno de estos tocados de esmerada confección podía valer tanto como el resto de las ropas que lucía la mujer. Laurent Vital incide en el contraste entre la sencillez del vestido y la aparatosidad del tocado, lo que revela la importancia que socialmente se concedía al mismo. En su descripción menciona que estos tocados tenían una apariencia continuista con respecto a un genérico estilo pagano. Se trata de un dato importante, ya que nos revela que podían distinguirse claramente en los atuendos de la época elementos que respondían a concepciones precristianas, en el sentido de buscar atraer con rotundidad las miradas, recurriendo incluso a añadidos estrambóticos. Para subrayar la exageración de estos tocados, Laurent Vital los compara con pisos de colmenas y cestas de cerezas, no comprendiendo además cómo no se circunscriben a contextos más rurales.


Cinco días después la comitiva del futuro Emperador llega al concejo de Ribadesella, donde la población se encuentra en plenas fiestas, luciendo por tanto sus mejores galas. Laurent Vital no puede sino dejarse arrastrar por la alegría del recibimiento, pasando a describir los tocados femeninos que más le sorprenden, consistentes algunos de ellos en estrafalarios canutos de apariencia fálica en los que queda atrapado el pelo largo de las mujeres casadas. Su impresión es tal que le hace recordar a mujeres enloquecidas con un gallo sobre la cabeza. Este canuto, adorno de tela blanda o crespón, va recogido y volcado sobre la cabeza, presentando un desarrollo de unos cuarenta centímetros, quedando la punta próxima a la frente. Con frecuencia la punta es de un color distinto al del resto del canuto, primando la combinación del blanco y del amarillo por ser los tonos más comunes de los lienzos sencillos. En algunas de las mujeres más airosas el entelado va muy rígido y tirante, obligándolas a ir bien erguidas y acentuando su sensualidad. Es probable que tanto esmero en la elaboración de los tocados no se diese a diario, sino especialmente en los días de descanso y en las jornadas festivas. No pueden llevarlos las jóvenes sin casar, lo que revela claramente que en estas últimas resultarían demasiado escandalosos para la sociedad. Sí que los lucen las viudas, incorporando en ellos códigos cromáticos o formales que expresan de manera inmediata su actual condición.


Al hablar distendidamente Laurent Vital con la mujer de la vivienda en que circunstancialmente se aloja, ella le cuenta que a las mujeres de la región no les hace demasiada gracia tener que llevar esos tocados, por resultar caros, pesados y difíciles de lucir sin fatiga, dando además calor. Sugiere incluso que el rey ordene sustituirlos por otros más corrientes. Carlos y los nobles flamencos que le acompañan encuentran los tocados divertidos, no osando el rey, recién llegado, hacer cambios sin reflexión en algo tan arraigado en las costumbres de las gentes. Entramos aquí en la discusión de si estos adornos para el pelo, de tremenda potencia visual, eran un signo de libertad para las mujeres de la época o si les venían impuestos por tradiciones culturales en las que hubieran intervenido decisivamente los hombres. Al querer indagar sobre el origen de los complicados tocados femeninos norteños, Laurent Vital se adentra en el terreno de la fantasía. Indica que a través de un trujimán (intérprete e intermediario) supo la versión de un anciano asturiano, que, tras señalar que nada con certeza sabía, refirió una historia, según la cual las mujeres habían sido condenadas a llevarlos por haber ofrecido mayor resistencia que los hombres a convertirse al cristianismo. Habría una contradicción en las apreciaciones del cronista flamenco, que inicialmente veía en estos tocados pervivencias paganas y finalmente los consagra como elementos simbólicos de la victoria sobre el paganismo. Más probable es que fuesen la cristalización de elementos ancestrales en un cristianismo alegre y poco rigorista, que se complacía en que las mujeres casadas los llevasen para enfatizar la idoneidad de su estado y la importancia social adquirida.


Pasados otros cinco días, encontramos al Rey Carlos I y su concurrido séquito en San Vicente de la Barquera, ya en la actual Cantabria, coincidiendo con la festividad de San Miguel, ofreciéndole las autoridades una improvisada capea en la misma playa. Laurent Vital alude a unas doscientas mozas que vestidas a la morisca, cantando y haciendo sonar sus panderetas, acompañan a tan ilustres visitantes. Se trata de jóvenes muy enjoyadas y con cascabeles por el cuerpo, vestidas con camisas de gala bien fruncidas y aire pastoril. Sus tocados de tela van colgando por detrás sobre la espalda, y no son redondos sino aplastados, balanceándose suspendidos, como las capuchas de terciopelo y adornos de corte de la época. Se asemejan a grandes turbantes de estilo morisco, pero son llevados de maneras que, incluso para un experto en moda como Laurent Vital, parecen difíciles de describir. No son tocados provocativos como los de las mujeres de Ribadesella ni están reservados para las casadas, pero distan también mucho de la sencillez. Algunos de los tocados femeninos cántabros más empleados en los Siglos XVI y XVII pueden documentarse en estatuas yacentes de tumbas nobiliarias conservadas en iglesias dispersas por el territorio montañés. De gran volumen eran los tocados que en el Siglo XVI llevaban las mujeres de la comarca leonesa de Astorga, menos encapirotados y más globulares, pareciéndose a veces a turbantes de cierto desarrollo vertical y mostrando otras veces una especie de amplia pantalla de tela justo por encima de la frente. El flamenco Lalaing, al observar que las mujeres de Astorga lucían grandes pendientes y numerosos anillos, comentó su toque egipciano, palabra que servía para referirse a los gitanos, por creerse entonces que provenían de Egipto.


Tras la anexión de Navarra por parte de Fernando “el Católico” en 1512 y la progresiva pacificación del territorio, fueron incrementando su presencia en la región las redes de delación inquisitoriales, persiguiéndose con dureza las pervivencias de los rituales paganos en las áreas montañosas. El uso del tocado corniforme por parte de las mujeres en el ámbito navarro gozaba por entonces de un importante arraigo, hasta el punto de haber podido influir, junto con la infamante coroza de los autos de fe, en la iconografía reciente de las brujas. La coroza era un tocado cónico de papel grueso con el que se pretendía humillar aún más a los condenados, pintándose a veces en él llamas, castigos o los delitos cometidos. En un memorial de hacia el año 1526 conservado en el Archivo General de Simancas (AGS, CCA, LEG, 184, 18, 1), el rector y concejo de Navaz, localidad navarra perteneciente hoy en día al municipio de Juslapeña, se dirigen al rey Carlos I, a través de la Cámara de Castilla, con una petición en la que puede apreciarse el ambiente de persecución religiosa que se respiraba por entonces. Suplican la obtención de recursos para hacer una ermita en una cueva cercana a su pueblo, en la que aseguran que mucha gente del lugar ha tenido visiones atemorizadoras. Consideran que allí es posible que se reúnan brujas, y que de los bienes de algunas brujas ya condenadas podría entregárseles cierta cantidad con la que edificar la ermita. Pretenden mediante ella neutralizar las influencias malignas de los usos anteriores dados a la cueva. Su intención es dedicarla a San Antón, al ser éste el iniciador del movimiento eremítico en similares parajes rocosos.


Algunos cuadros de esa misma época, alusivos a las tentaciones de San Antón, ayudan a entender el motivo por el que los habitantes de Navaz veían en él al santo adecuado para reformular el significado de la cueva, cristianizando su potencia telúrica. En estas pinturas se representa a San Antón, también conocido como San Antonio Abad, en lugares montañosos o desérticos, cercado por animales híbridos y mujeres desnudas. Ellas aluden a la fuerza de la pasión carnal, incluso en medio de la absoluta soledad, mientras que los animales metamorfoseados adornan los corredores espirituales que llevan a los abismos. A San Antón se le adjudicó el patronazgo de los animales por haber ayudado a los que se encontraba en lugares tan inhóspitos, y por haber convivido con ellos en medio de la naturaleza. Hay bastante acuerdo en la visión actual que se tiene de las antiguas y escasas brujas en que tras ellas habría más bien mujeres joviales, muy conectadas con aspectos sublimados de la naturaleza, mantenedoras de tradiciones ancestrales, apegadas a antiguas prácticas paganas, conocedoras de remedios caseros, dadas a experimentar con sustancias psicotrópicas, deseosas de libertad sexual y de libertad de reunión, contrarias a las imposiciones sociales y no dispuestas a aceptar el exclusivo ejercicio masculino de la violencia, plasmado en las guerras libradas por los ejércitos imperiales.


Lo cierto es que en la cueva de Navaz la ermita nunca llegó a realizarse, sirviendo todavía dicha cueva como testimonio de sucesión y convergencia de distintas corrientes espirituales. Transcribimos a continuación el texto comentado, manteniendo la mayor parte de la grafía antigua: “El Rector y Concejo de Navaz, del Reyno de Nabarra, dize que en los montes del dicho lugar ay una cueva donde muchos de la tierra han visto ciertas visiones y fantasmas que ponen mucho espanto a la gente y se temen les venga algun daño dello, porque se cree de cierto que debe haber en ella alguna congregacion de bruxas como en otras partes se ha sabido la acostumbran tener. Y desea el dicho pueblo para remedio dello hazer una hermita de Sant Anton en la misma cueva, porque a su intercession se quite el poder del enemigo y se aparte de alli. Para ayuda de lo qual suplican a Vuestra Magestad que de los mismos bienes de algunas bruxas ya condenadas, pues es justo de quien procede el daño se siga el remedio, que Vuestra Magestad les ayude con alguna quantidad para hedificar la dicha hermitta, donde se cree, segun la necesidad y temor en que se vee toda la tierra, habia mucha devocion y se hara mucho servicio a nuestro Señor y recevyra en ello el dicho Concejo y toda la tierra muy señalada merced”.


El dibujante alemán Cristoph Weiditz, que destacó también como grabador de medallas, recorrió España entre 1528 y 1529, llevándose consigo numerosos bocetos que le sirvieron luego para elaborar su precioso “Trachtenbuch”, libro en el que plasma la manera de vestir característica de distintas regiones, no sólo de la Península Ibérica, sino también de otros territorios europeos. Incluyó además en este tratado algunas de las primeras descripciones de la indumentaria de los indígenas americanos, que en ciertos casos aparecen practicando deportes y mostrando una excelente forma física. En el libro, conservado en el Museo Nacional Germano de Núremberg y disponible por entero a través de internet, aparecen oficios y costumbres, intentando hacer así más dinámicas y narrativas las imágenes, superando el mero posado con la intención de reflejar multitud de aspectos sociales, sin ocultar los más tenebrosos, como la esclavitud, la pobreza, las condenas lacerantes... Nos encontramos con los esfuerzos implicados en determinadas profesiones, con el ejercicio orgulloso de las armas, con la presencia estratificada del clero… A pesar de todo la profundidad psicológica alcanzada en este muestrario de personajes no es muy alta, adquiriendo primacía los vestidos y los tocados sobre los rasgos físicos de las personas representadas, pertenecientes a muy variadas clases.


En cuanto a los tocados femeninos hispanos del libro de Cristoph Weiditz, aparecen tanto los más comunes, como las trenzas, las tocas, las cofias, los sombreros, las redecillas, los velos, los mantos sobrepuestos, los turbantes… como los más impactantes tocados septentrionales, bien corniformes o bien con otras formas voluminosas. En el caso de un tocado vasco de gran altura, el dibujante anota que es fantástico, no porque sea irreal, sino porque denota una gran imaginación. También impresiona el dibujo de una doncella vasca medio rapada, más teniendo en cuenta que podía ser un peinado nupcial. Este rito de corte radical del pelo podía acompañar al inicio de la vida matrimonial, en la que ya el pelo de la joven iría creciendo libremente. La mujer recién casada pasaría a ocultar su pelo cada vez más largo a la gran mayoría de la gente, recurriendo para ello a varios metros de lienzo con el que crear diseños caprichosos, pero a la vez relacionados con tradiciones comarcales. Todavía actualmente persiste un ritual de corte acusado para las mujeres que hacen sus votos de monja, a las que se les deja el pelo muy corto como signo de renuncia a las vanidades del mundo y para remarcar su entrada en una nueva vida que enfatiza lo espiritual. Pero ni siquiera este peinado queda a la luz como elemento identificativo, sino que permanece bajo la toca, que es la que se convierte en marcador social.


Los estudios etnológicos realizados por los folkloristas vascos muestran que ya a finales del Siglo XVI los tocados corniformes empezaron a ser mal vistos por crecientes sectores, redoblándose las presiones del clero más intransigente para intentar hacer disminuir su uso. Los visitadores enviados a los pueblos desde las sedes diocesanas instaban a que no se permitiera entrar a las mujeres en la iglesia con ese tipo de tocados, por considerarlos indecentes. Se perdió o no se quiso ver el significado atávico de estos tocados, de mantenimiento de las prácticas seculares de los antepasados, reduciendo su campo semántico al de la incitación sexual. En su crónica de aquel período, el padre Alonsótegui vincula la forma apuntada de los tocados femeninos vascos con la representación de las montañas en que antiguamente se daba culto a fuerzas supuestamente demoníacas. Deberíamos hablar más bien de prácticas panteístas con un repertorio mitológico de seres vinculados a la exuberancia de la naturaleza, manifestada a través de los bosques y los arroyos. Alonsótegui aporta en pocas líneas densa información, haciendo referencia a que los tocados podían llevar cuernos parecidos a los del caracol, o tener forma de genitales, proas de barco, calabazas cilíndricas, morteros redondos y pirámides caprichosas, siendo a veces tan feos y ridículos que su uso parecía incomprensible. No se trataba de un carnaval, encerrado en determinadas fechas como vía de escape para el divertimento común, sino de prácticas habituales vistas con naturalidad. Otra observación interesante de Alonsótegui es el pleito que asegura que poco antes se había dado en Guipúzcoa entre las mujeres y sus maridos, los cuales quisieron prohibirles el llevar tocados tan espectaculares. Este argumento sí que parece indicar que en el territorio vasco, a diferencia del asturiano, los tocados raros eran percibidos como signo de una mayor libertad femenina.


Confluyen en los tocados femeninos exagerados de la España septentrional dos tendencias de pensamiento contrapuestas. Por un lado, tienen algo de retrógrado, en cuanto a que ocultan el pelo largo de las mujeres casadas, reservando su contemplación para los maridos. Esta tendencia, de influencia islámica, se daba también en otros muchos de los tocados que usaban las mujeres del Siglo XVI en la península, aunque fuesen menos vistosos. En la misma línea, los tocados norteños pueden ser vistos como marcadores del estado civil, clasificando a las mujeres de manera agobiante como ya casadas o aún sin casar. En el caso de las viudas, también sus tocados señalaban claramente que eran viudas, por ejemplo recurriendo al color negro para los paños en lugar de al blanco habitual. Si las mujeres los llevaban sólo por no desentonar en su contexto social o por mantener las antiguas tradiciones de su merindad, entonces su comportamiento no sería plenamente libre. Por otra parte, los tocados provocativos parece que servían para señalar un estatus sexual, el estar dentro de una fase de conocimiento afectivo profundo, exaltando visualmente todo lo relacionado con la fecundidad. Así parece sugerirlo el que las mozas sin casar, al estar todavía en una fase previa, fueran muchas veces pelonas, como monjas sin toca, con la salvedad de poder lucir algunos mechones sueltos largos. Se invisibilizaba socialmente a las muchachas, preservándolas aún, y se sobreexponía a las casadas y a las viudas, acentuando su sensualidad. En otras áreas de la península las doncellas podían lucir el pelo largo sin que estuviese mal visto.


Otra vertiente de los tocados excesivamente llamativos sería reclamar la vigencia de supersticiones antiguas, relacionadas con la protección personal encomendada a fuerzas dominadoras de la naturaleza ajenas al credo cristiano. Los tocados altos del arte escultórico ibérico y la pervivencia de la mantilla y la peineta apuntan a que siempre en territorio hispano hubo peinados femeninos impactantes, diseñados para concentrar todas las miradas. El geógrafo Artemidoro de Éfeso, a principios del Siglo I a.C., al hablar sobre las mujeres del Norte de Hispania, refiere que algunas se colocaban sobre lo alto de la cabeza una columnilla de un pie de largo, entrelazando en ella los cabellos, cubriéndolos luego con un velo negro. Es una información recogida un siglo más tarde por Estrabón, el cual menciona también la costumbre de otras mujeres de la zona, consistente en raparse la parte delantera del cráneo, que quedaba así muy brillante. Los tocados de gran desarrollo vertical hacían parecer a la mujer más alta, servían para expresar su alcurnia, le daban más prestancia. Este fenómeno puede rastrearse a través de la pintura en buena parte de la Europa renacentista, especialmente en los retratos de las clases elevadas. En el caso de las monjas, sus tocas presentaban en épocas pasadas más vuelo y amplitud que en la actualidad, no faltando algunos ejemplos de estructura apuntada. Era normal que las tocas se hiciesen con telas finas y ligeras, tomando a veces su nombre de los tipos de telas empleados en su elaboración.


El pintor y escritor alavés Francisco de Mendieta, cuya obra artística y genealógica trasluce un gran amor por su tierra, realizó dos obras de inestimable valor etnográfico y gran trasfondo político. La primera de ellas, datada en 1607 y conservada en la Diputación Foral de Guipúzcoa, es conocida como “Los esponsales” o “Boda de hidalgos en Begoña”. La segunda, fechada en 1609 y adscrita a las Juntas Generales de Vizcaya, se titula “El besamanos” o “La jura de los fueros de Fernando el Católico”. En “Los esponsales”, una pareja realiza su promesa de matrimonio, con entrega de arras y anillos, en el interior de la Basílica de Nuestra Señora de Begoña, con asistencia de un nutrido grupo de hombres y mujeres. Mientras que en ellos no hay mucha variedad en la vestimenta, en el caso de ellas, la descripción de los atuendos y especialmente de los tocados es minuciosa. A cada tocado corresponde un número que conduce a la leyenda explicativa, en la que aparecen distintas localidades del País Vasco y de otras áreas limítrofes. El propio pintor señala que no todos esos tocados estaban aún en uso por entonces, pues mientras que algunos son contemporáneos suyos, otros los considera ya antiguos. Quizás Francisco de Mendieta intuía que se iba a ir produciendo la desaparición de esa riqueza y pluralidad en favor de la convergencia en unos pocos modelos más discretos. Cada mujer representa su territorio de origen, beneficiándose sus hijos del derecho de hidalguía universal. El contexto sagrado refuerza la idea del pacto comunitario vigente entre todos estos lugares. Ellas son las grandes protagonistas del cuadro, las que con las telas blancas de sus complejos tocados, símbolos claramente identitarios, iluminan la ceremonia de promesa de adhesión.


“El besamanos” es una pintura historicista que nos traslada al penúltimo día de julio de 1476, jornada en la que Fernando “el Católico” juró los fueros de Vizcaya en la iglesia de Santa María la Antigua de Guernica. Después, ya en el exterior, bajo el emblemático roble, se produjo una ceremonia de compromiso vasallático en la que participaron los representantes de los distintos linajes vascos y los alcaldes de las diferentes villas. A cambio de respetar el ordenamiento y las libertades del territorio, la sociedad vasca ofrecía al rey su fidelidad. El repertorio de ropas y tocados, tanto de hombres como de mujeres, es muy amplio y colorista. En la fila inferior es donde se concentran mayormente los hombres, con sus armas y escudos pintados, denotando la importancia concedida a la conciencia genealógica, al conocimiento del origen familiar de cada individuo. En la fila superior, los alcaldes y otras autoridades locales son mucho menos numerosos que las mujeres, las cuales actúan como alegorías de sus respectivas villas. No se trata de meras y frías alegorías, sino que estas mujeres representan a las mujeres reales de la época, concediéndose a las mismas un fuerte simbolismo en la construcción de la identidad colectiva. Una de las mujeres parece estar embarazada, y otra sostiene a un niño en sus brazos, dando así un mayor sentido humano a la ostentosa exhibición heráldica. Nuevamente Francisco de Mendieta recurre a una gran diversidad de tocados femeninos, expresando las mujeres el ensamblaje comunitario de los distintos valles. La sustitución de los alcaldes de la ceremonia histórica por mujeres tiene en el cuadro intencionalidad política y un toque utópico, dignificando a las mismas.


En las Juntas Generales celebradas en Deba (Guipúzcoa) en 1434 se intentó disminuir la cantidad de tela empleada en cada tocado corniforme, para que de esa forma no fuese tan voluminoso. Se prohibió que, en el caso de emplear lienzo fino, se superasen los 26 metros, y que, en el caso de emplear lienzo grueso, se rebasasen los 7. Esto nos da idea de la cantidad de vueltas que se daba a la tela para envolver el pelo de las mujeres. En 1525 al diplomático italiano Navaggero los tocados vascos le sorprendieron por su forma, que le recordaba el pecho, cuello y pico de una grulla, no faltando en muchos de ellos una cresta que podía adoptar mil formas caprichosas. El término euskera “buruko”, empleado con probabilidad desde hace siglos, hace referencia al tocado, a la toca, al pañuelo para la cabeza y al adorno de la misma. Una disposición del año 1623, quizás precedida y seguida por otras similares, quiso prohibir el uso de un tipo de tocado vasco llamado tontorra, aludiendo a que era feo y a que supuestamente existía un deseo amplio de sustituirlo por otro ya más de moda. Los textos conservados permiten corroborar que los llamativos tocados vascos siguieron usándose hasta bien entrado el Siglo XVIII, si bien fueron perdiendo mucha fuerza por el asedio institucional y eclesiástico, siendo sustituidos por otros menos originales, en los que destacaba igualmente la blancura de los paños. El historiador Juan Ramón Iturriza señala que en 1783 sólo vio llevar uno de estos espectaculares tocados en las fiestas de la Virgen de Cenarruza a la mujer del Regidor de Arbácegui. Sin duda esta dama vizcaína sería ese día el centro de atención, exhibiendo su poder, riqueza, personalidad fuerte y gusto por la tradición.


En las dos primeras décadas del Siglo XVI, los dos tocados con más éxito entre las españolas fueron el “tranzado” (escrito con a y no con e) y las tocas de tradición bajomedieval. Mientras que el “tranzado” era preferido por las más jóvenes, las tocas eran de mayor uso entre las mujeres de más edad y entre las que querían parecer más recatadas. El “tranzado”, rastreable ya a fines del Siglo XIV, se llevaba con el pelo peinado hacia abajo, pegado a la cara, y recogido detrás en una trenza que formaba una sola onda sobre cada mejilla, pudiendo adornarse mediante cintas entrecruzadas y generando a veces una larga cola, que algunas muchachas se enrollaban alrededor de la cabeza. Se fue tendiendo a que la onda bajase hasta cerca de los hombros, de modo que la trenza de pelo y su funda comenzasen no pegadas a la nuca como antes, sino a la altura de los hombros. En cuanto a las tocas, conocidas desde al menos los inicios del Siglo XIII, solían constar de dos piezas. Una cubría la cabeza y el cuello, mientras que la otra iba por encima, cayendo sobre los hombros. Una u otra podían faltar, especialmente la pieza de abajo en el caso de las mujeres jóvenes. La pieza superior podía ser casi transparente en las mujeres adineradas. Se fue poniendo de moda el fruncir en las tocas el borde que encuadraba el rostro, sobre todo por parte de las casadas. Probablemente a través de los Países Bajos llegaron los llamados tocadillos alemanes y las grandes tocas anudadas con el pelo. Otros peinados eran el que dejaba colgar un mechón por delante de cada oreja y el que anudaba el pelo como si se tratase de una cinta, mostrando un nudo o lazo sobre la frente.


En la década de 1520 aumentaron las variedades del “tranzado”, tanto en la forma del casquete como en la funda que envolvía la trenza. Por entonces se introdujeron las mantellinas con pinjantes. En la década siguiente nació la cofia de papos, surgida de añadir dos protuberancias laterales a la toca fruncida. Estas protuberancias eran necesarias para poder cobijar dos moños abultados de pelo rizado a los lados de la cabeza. Las grandes tocas anudadas en el pelo fueron sustituidas por tocas o bandas anudadas sobre la frente. Entre las mujeres de la nobleza fue además frecuente el uso de algunos tipos de gorras. Los sombreros y las gorras no eran tocados exclusivamente masculinos, si bien las mujeres los empleaban menos. Cuando las damas llevaban sombrero, éste se disponía sobre otro tocado inferior o sobre el manto. Ya a mediados del Siglo XVI, decayó mucho la presencia del “tranzado”, afianzándose en cambio la cofia de papos. Ésta evolucionó, cayendo sobre el pecho en un pronunciado pico. Las protuberancias laterales se hacían más pequeñas y más altas para adaptarse a un nuevo peinado. Los lados de cabellos encrespados se convirtieron en dos moños apretados y altos, los cuales dejaban al descubierto las orejas. En algunos retratos cortesanos ya próximos a 1560 las damas aparecen con cofias o rolletes muy pequeños sobre dos moños altos. La crespina era una redecilla de hilo trenzado de uno o varios colores, que servía tanto para recoger el pelo largo como para adornarlo, pudiendo ir directamente sobre el mismo o sobre telas, formando parte en este último caso de tocados más complejos.


De origen e influencia andalusí era la albanega, cofia para recogerse el pelo y cubrirse la cabeza, hecha de lienzo fino, normalmente pequeña y redonda, bien ceñida. Las moriscas empleaban habitualmente alharemes y tocas de camino, enrolladas a la cabeza a modo de turbante, con parte de su tela cubriendo el cuello. El nombre dado a las tocas de camino parece revelar que eran idóneas para las jornadas duras y los largos viajes, lo que explica el que se pusieran también de moda entre las cristianas. El alemán Jerónimo Münzer, que conoció en 1494 la Granada recién reconquistada, indica que las moriscas, al salir de casa, iban cubiertas por una tela blanquísima de lino, algodón o seda, tapándose la cabeza y la cara hasta el punto de no vérseles más que los ojos. Navaggero, que estuvo en España en 1525 como embajador de Venecia, al describir la indumentaria de las moriscas señala que llevaban una capa de tela blanca que les cubría hasta llegar al suelo, con la cual se envolvían de tal manera que si no querían no eran conocidas. El resto de las ropas que lucían en público las moriscas estaban en sintonía con esta discreción, pudiendo citarse las camisas largas, los chalecos algo más cortos por encima y los abultados zaragüelles, medias anchas con multitud de arrugas. Todo ello evitaba que las formas del cuerpo quedasen bien definidas en los lugares concurridos, haciendo que las mujeres tuvieran un aire exótico y misterioso. Al visitar la ciudad marroquí de Fez en 1573, pocos años después de la revuelta de las Alpujarras, Mármol de Carvajal comenta que los trajes tanto de hombres como de mujeres que pueden verse allí son iguales que los de los moriscos hispanos.



BIBLIOGRAFÍA

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-Boehn, Max von; La moda: Historia del traje en Europa desde los orígenes del cristianismo hasta nuestros días; Barcelona; 1951

-Colomer, José Luis; Descalzo, Amalia; Vestir a la española en las cortes europeas (Siglos XVI y XVII); Madrid; 2014

-Galli, Gabriele; Mercaderes de lienzos vestidos de seda: Los Ruiz. Los tejidos y la indumentaria en la Castilla del Siglo XVI; Valladolid; 2018

-Gárate Arriola, Justo; Significado civil, moral, social y topográfico del tocado femenino; Príncipe de Viana; Número 38-39; 1950; Páginas 145-158

-Gómez-Tabanera García, José Manuel; Del tocado “corniforme” de las mujeres asturianas en el Siglo XVI; El Basilisco. Revista de materialismo filosófico. Número 5; 1978; Páginas 39-47 y 81-82

-Herrero García, Miguel; Estudios sobre indumentaria española en la época de los Austrias; Madrid; 2014

-Urquijo Ibarra, Julio de; Sobre el tocado corniforme de las mujeres vascas (Siglo XVI); Revista internacional de los estudios vascos; Volumen 13; Número 4; París; 1922; Páginas 570-581


sábado, 11 de diciembre de 2021

LORITO EN MADRID EN 1583


El documento 380 del legajo 150 de la sección de “Guerra y Marina” del Archivo General de Simancas (AGS, GYM, LEG, 150, 380) alude brevemente a la llegada de un joven loro a la Corte madrileña. Se trata de un regalo enviado por Diego de Sotomayor al Secretario del Consejo de Indias, Antonio de Eraso, que desempeñó dicho cargo desde 1571 hasta su muerte en 1586. El animalito no es entregado en persona por Diego de Sotomayor, que escribe su carta desde Sevilla, sino a través de una mujer llamada Isabel de Vargas, esposa del que por entonces era Gobernador de Cuba, Gabriel de Luján. El loro ha logrado sobrevivir a una dura travesía transoceánica, en la que han perecido otros animales, que también Diego de Sotomayor pretendía ofrecer al Secretario. Aunque se lamente por la muerte de estas especies, las llama cosillas, lo que quizás revela que su grado de aprecio por ellas no rebasaba mucho el dispensado hacia los objetos inanimados. El donante indica que el loro referido es de corta edad y que ya habla, y que probablemente irá hablando cada vez más. Uno de los aspectos que más impactaba de los loros a los europeos es su capacidad para repetir palabras, aunque casi siempre sin comprender su sentido. Su gran capacidad de aprendizaje, su sociabilidad y su larga vida convirtieron a los loros en apreciados compañeros. Todo indica que inicialmente serían tratados con exceso de brusquedad, desde el momento mismo de embarcarlos en el Caribe, a nada que tracemos el perfil aguerrido de los aventureros de la época, sobre todo si éstos recibían algún picotazo inoportuno. Se tendería luego hacia una mayor cordialidad con respecto a los mismos, hasta llegar a la refinada sensibilidad de los cortesanos del Siglo XVIII, que caían en el extremo opuesto, permitiéndoles toda clase de caprichos.


Los informes redactados por Diego de Sotomayor y Antonio Manrique en el año 1576 fueron decisivos para la creación de la Armada de Barlovento, institución militar del Imperio español encuadrada en la flota de Indias, creada con la misión de proteger durante el período colonial los territorios que se iban conquistando en América frente a los ataques de las otras potencias europeas, así como frente a la acción dañina de piratas y corsarios. Por la misiva ahora analizada, con fecha de 22 de Octubre de 1583 (poco más de un año después del ajuste de 10 días del calendario gregoriano), Diego de Sotomayor parece tener una posición relevante en la ciudad de Sevilla, ofreciéndose al Secretario para cualquier servicio que pudiera prestarle en ella. Podría tratarse de un personaje relacionado con la seguridad del tráfico de mercancías entre el continente americano y los puertos de Sevilla y Cádiz, lo que le habría llevado a realizar este tipo de viajes en al menos varias ocasiones. Ello le daría la posibilidad de traer obsequios muy preciados con los que ganarse la voluntad de cargos importantes, de cara a poder seguir realizando sin problemas sus actividades. En este caso estamos ante un pobre lorito, sacado de su paraíso, para llegar de milagro a Madrid en una jaula cubierta por una bonita funda, destinado a ser divertimento de los poderosos, sin una parejita a la que arrimarse. La funda no era sólo decorativa, sino que además tenía un cometido importante en la domesticación del loro, pues lo desactivaba por completo en el caso de ponerse demasiado pesado, condenándole a la oscuridad hasta que el dueño quisiese disfrutar de su compañía de nuevo.


Transcribimos ahora el texto principal de la carta de Diego de Sotomayor, en la que puede apreciarse su seseo andaluz y un trato reverente hacia el Secretario Antonio de Eraso: “Con mi Señora doña Ysabel de Bargas, mujer de Graviel de Luján, gobernador de La Habana, enbio a b.m. un pajaro loro en su jaula, con una funda de frisa colorada. Atrevime de enbiallo por pareserme rasonable y comensar a hablar el nuevo, y hablara mas. Otras cosillas traia enonbre de b.m. y murieronse, de que me pesa. Resiba v.m. este pequeño serbisio con mi boluntad, que esta eternamente. Estara muy presta al serbisio de b.m. Y si en esta ciudad yo baliere para alguna cosa, nenguno me hara bentaja en el serbisio de b.m., cuya muy Ilustre persona Nuestro Señor guarde con acresentamyento de mayor estado, como v.m. merese. De Sevilla y de Otubre 22 de 1583 años”.


En el caso de provenir de la isla de Cuba y no del continente inmediato o de otra isla antillana, el lorito pudo ser de una de estas tres especies: aratinga cubana, también conocida como catey (psittacara euops), verde con las axilas rojas y algunas pequeñas manchas rojas por el resto del plumaje; amazona cubana (amazona leucocephala), verde con plumas blancas en la cabeza y rojas en el cuello y en zonas inferiores; y guacamayo cubano (ara tricolor). Mientras que esta última especie se extinguió a finales del Siglo XIX, las otras dos siguen existiendo, destacando especialmente su presencia en el Parque Nacional de la Ciénaga de Zapata, ecosistema pantanoso que constituye el lugar de Cuba donde se dan más observaciones de loros en estado salvaje. En España actualmente han prosperado en libertad dos especies de psitaciformes: la cotorra argentina (myiopsitta monachus) y la cotorra de Kramer (psittacula krameri), consideradas ambas especies invasoras. En la ciudad de Madrid se está procediendo ahora al polémico exterminio de la primera. Ojalá unos cuantos ejemplares resistan, huyendo a áreas más rurales, sin que puedan perjudicar a otras especies de aves autóctonas. Su chirrido, considerado desagradable por muchos, hace pensar en los sonidos nuevos que escuchaban los exploradores españoles, avanzando por tierras para ellos desconocidas, con una mezcla de temor y valor. Como mascotas, los loros cuyo número más está creciendo por todo el mundo son los pequeños agapornis, también llamados inseparables, de origen africano. Pero donde mejor están los loros es en sus hábitats naturales. De nosotros depende que no desaparezcan más especies.

lunes, 1 de noviembre de 2021

MEDALLA DE LLAVERO CON LA IMAGEN DE FELIPE II


Con una cadenita de llavero que no era la original, vendían en el rastro de Valladolid una medalla en la que puede apreciarse la imagen del rey español Felipe II (1556-1598). La pieza está hecha de latón, y presenta aún algunos restos de plateado. El que el baño de plata esté muy perdido revela un uso práctico prolongado, lo que refuerza la idea de que la medalla formaba parte de un llavero. Su diámetro es de 2,9 centímetros, y su peso de unos 8,85 gramos. El reverso es liso. En el anverso, a modo de marco circular, hay una ancha gráfila acanalada. El retrato del monarca se ajusta en la medalla a las representaciones más conocidas del soberano, con cuidada barba, sombrero alto, chaqueta abotonada, capa, golilla y cordón al cuello. En estas ropas primaba el negro, que transmitía una falsa idea de sobriedad, pues lo cierto es que la obtención de tonos oscuros encarecía tremendamente el precio de las telas. Tras el busto del rey está la imponente mole del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, visto a cierta distancia, con un buen tramo exterior del suelo empedrado de por medio. La asociación del complejo palaciego y monacal con el monarca que lo concibió resulta indisoluble. Allí Felipe II despachó numerosos asuntos que afectaban a sus crecientes dominios, siendo también el lugar de su fallecimiento. Es posible que el llavero mencionado fuese inicialmente comercializado como recuerdo en el propio Monasterio, terminando curiosamente en Valladolid, que fue donde nació el rey en 1527. O quizás fue distribuido en su ciudad natal, donde el rey cuenta desde 1964 con una estatua de bronce en la Plaza de San Pablo. El lugar elegido para la misma es inmejorable, al estar entre la casa en que nació Felipe II (el Palacio de Pimentel), la iglesia en que fue bautizado (la conventual dominica de San Pablo) y el antiguo Palacio Real (residencia oficial de los reyes de España tras la muerte de Felipe II, durante la breve capitalidad de 1601 a 1606). En cuanto a la fecha de producción de la medalla, es difícil de precisar, inclinándonos por el período comprendido entre 1960 y 1980, pues algunos de sus rasgos parecen escapar a una excesiva estandarización industrial.

jueves, 31 de diciembre de 2020

LA VENTANA DE HOFFMANN


En este espacio nuestro deseo es acercarnos al pensamiento del escritor romántico prusiano Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822) a través de las ideas de corte autobiográfico vertidas en uno de sus últimos cuentos, terminado unos 72 días antes de fallecer. Se trata de “La ventana”, texto también traducido al castellano con el título de “El Observatorio” o de manera más precisa como “La ventana esquinera de mi primo”. Fue dictado a su ayudante o secretario, pues por entonces Hoffmann ya estaba seriamente afectado por una parálisis que le impedía ser autónomo. El tratamiento recibido para combatir la enfermedad, en el que se incluía la aplicación de hierros candentes a ambos lados de su espina dorsal, le provocaba intensos dolores que disminuían casi del todo sus ganas de acrecentar su producción literaria. Ésta empezó relativamente tarde, hacia 1808, ya que la verdadera vocación de Hoffmann se había relacionado más con la composición musical. La fama le llegó con la publicación periódica de sus inquietantes cuentos, elaborados entre medias de sus ocupaciones como jurista. Su formato preferido era por tanto la narración corta de aire misterioso. Destacó también como dibujante, faceta que le permitió mostrar de manera más completa su visión de los ambientes que frecuentaba. Algunos de ellos eran bastante sórdidos, pues le era más fácil encontrar allí la inspiración que necesitaba para caracterizar a los personajes de sus relatos. Los excesos de sus últimos años, especialmente el consumo habitual de ponche, le precipitaron en una situación personal complicada, acumulándosele las deudas.

El año 1822 se avecinaba para Hoffmann como terrible. Se había visto involucrado en pleitos legales por burlarse en “Maese Pulga” de algunos funcionarios públicos de rango relevante, hasta el punto de haber tenido que rehacer su obra para resultar menos ofensivo. Esta enemistad con algunos detentadores del poder judicial resultó en el futuro muy dañina para su viuda, al influir en el hecho de que se le negara en 1828 una ayuda económica. El bajo estado anímico que tenía el escritor se transparenta también en los otros relatos que dictó por entonces: “La curación” y “El enemigo”. El primero de ellos revela la esperanza personal de reponerse de manera casi milagrosa, mientras que el segundo es el inicio de una novela inspirada en Durero, en la que el autor reflexiona sobre el amor por el arte y su temor reverencial hacia el mismo. Casi siempre que el escritor acometía una novela larga, ésta quedaba inconclusa, era abruptamente abreviada o reunía en realidad textos dispares, conectados mediante malabarismos intelectuales. Este último es el caso de “Opiniones del gato Murr”, recopilación de aforismos que se publicó entreverada con la narración autobiográfica de “Las horas lúcidas de un músico demente”. La novela larga que sí pudo acabar Hoffmann lleva por título “Los elixires del diablo”, reflejo alucinógeno de todas sus angustias a través de un monje con doble personalidad, el cual se debate entre impulsos malignos y fuerzas espirituales salvíficas. De atribución discutida es la novela erótica anónima “Sor Mónica”, que algunos críticos adjudican a Hoffmann. Cada vez son menos sus escritos no publicados en España, donde la acogida que tuvo su obra fue tardía, sin poder apenas influir en el desarrollo del romanticismo autóctono.

Intentaremos ir desmenuzando el contenido del cuento de “La ventana” para comprender las sensaciones experimentadas por Hoffmann en los meses finales de su vida, partiendo de la base de su casi plena identificación con el personaje principal de la obra. Éste lucha contra la amargura y la excesiva melancolía, haciendo balance de su trayectoria artística, y aferrándose a la vida para seguir creando historias en medio de sus pesares. Una de las razones del éxito literario que conoció el escritor prusiano fue el transmitir a sus personajes sus propios temores, convirtiéndolos en expresión de sus tendencias obsesivas. Se interesó por las múltiples causas que pueden llevar a las personas a arruinar y destruir sus vidas, tanto por las propias decisiones como por cruzarse con variados torrentes de desgracia. Coqueteó con la aproximación a la locura, retratándola desde fuera, pero consciente de que cualquiera de nosotros puede desembocar en ella, bien por el azar o bien por causas ligadas a nuestra propia naturaleza. Al morir fueron sus amigos los que corrieron con los gastos de su entierro, realizado en un cementerio protestante de Berlín. La lápida indicativa de su tumba es muy esclarecedora por el símbolo grabado en la parte superior de la misma: una mariposa, metáfora de la transformación en una realidad más bella, pero a la vez frágil y fugaz, sometida al capricho del viento. Esta variabilidad e inconstancia se da incluso en la misma localidad de nacimiento de Hoffmann, la antigua ciudad alemana de Königsberg, que se corresponde con la actual población rusa de Kaliningrado.

Dando comienzo al análisis de “La ventana”, diremos que la voz que cuenta la historia es en la ficción el primo del personaje principal, en el que veremos que hay claros paralelismos con los sentimientos finales del propio escritor. Como es común en los relatos de Hoffmann, no se dan los nombres de muchos personajes, en este caso ni siquiera de los más destacados. A diferencia de otros cuentos, aquí sí que es tremendamente precisa la localización. Se trata de una plaza céntrica de Berlín, la “Gendarmenmarkt” o Mercado de los Gendarmes, donde solía celebrarse una bulliciosa feria periódica de compraventa de alimentos y otros productos. La plaza está presidida por un hermoso y gran teatro, luego conocido como “Konzerthaus” o Sala de Conciertos, finalizado en 1821, es decir, el año anterior a la redacción del cuento de “La ventana” por parte de Hoffmann. A un lado de la plaza queda la catedral francesa y al otro la catedral alemana, ambas de carácter protestante, al haber servido la zona como refugio de los hugonotes franceses huidos de su país a fines del Siglo XVII. La ventana del gabinete del protagonista, también escritor de profesión, daba a uno de los rincones de la impresionante plaza, desde donde podía contemplar un trasiego constante de gente, el cual era como si quisiese reactivar sus paralizadas piernas. El escritor vivía en un cuarto pequeño, en una última planta de techos bajos, el arquetípico alojamiento bohemio de los poetas pobres.

El relato empieza con la comparación de la parálisis del escritor con la padecida por el autor satírico francés Paul Scarron (1610-1660), que hacia los 28 años adquirió un reumatismo tuberculoso que ya no le abandonaría hasta su muerte. Scarron, especializado en las novelas cómicas, comentaba con frecuencia sus dolores, siempre intentando que no se apoderase de él el mal humor. En su conocido epitafio puede leerse: “Éste que aquí ahora duerme / hizo sentir más piedad que envidia, / y padeció mil veces la muerte / antes de perder la vida”. Se menciona en el cuento que el escritor alemán, igual que Scarron, chanceábase en sus obras y en sus conversaciones de su propia desgracia, pero sin querer herir a los demás con sus sátiras, en lo que puede verse cierta disculpa hacia las personas a las que en el pasado hubiera podido ofender con su afilada pluma. Contrapone metafóricamente la sazón natural de sus escritos con la más rara asafétida, especia oriental que si no es antes frita puede provocar náuseas y vómitos. Un enfermero, también inválido, le ayudaba a incorporarse, trasladándole de la cama a un sillón con almohadones, y de allí otra vez a la cama. Es normal que ya no quisiera ver a nadie, alejándose de su vida anterior, que en el caso de Hoffmann le llevaba de manera frecuente a tabernas y saraos. Muchas veces las personas y los animales, cuando perciben la cercanía de la muerte, no quieren ser vistos, escondiéndose para morir tranquilos, de modo que los demás no acudan a compadecerse de su triste estado. En el caso de los animales es también porque, sabiéndose más débiles, no quieren que un depredador agilice su final.

Tanto el primo del protagonista como este último actúan como un desdoblamiento de la personalidad de Hoffmann. Ello puede apreciarse claramente cuando el narrador indica que no comprendía la fama que había alcanzado el escritor, prefiriendo él sus simples charlas. El éxito literario siempre sorprendió a Hoffmann, al no tratarse de su profesión principal ni de su verdadera vocación. Una vez adquirido el impulso narrativo, se convirtió en la mejor vía de escape para sus inquietudes artísticas. Su desbordada imaginación lucha ahora contra los impedimentos puestos por su mala salud, hasta el punto de que afirma haberse rendido. Describe la enfermedad que inutiliza sus dedos y embota su mente como un demonio. Había caído en la peligrosa melancolía, ese estado en el que parece mucho más brillante e intenso el pasado que el futuro, antojándosele ya éste como muy breve. Un día de mercado, pasa el primo del escritor andando por allí, y divisa por la susodicha ventana al mismo con su gorra colorada, bata rusa y pipa turca, invitándole a subir. Abrió la puerta el enfermero, que le indicó que pasase, llegando así ante la poltrona del escritor, en el que parecía haber renacido la esperanza de curarse. La habitación estaba limpia, signo importante de no haberse dejado vencer aún del todo por el abatimiento, y podía leerse en un biombo un papel con una frase latina, escrita con letras gruesas: “Et si male nunc, non olim sic erit”. No se nos da la traducción, que sería: “Y si ahora mal, no siempre será así”. Es una frase importante, ya que es también con la que finaliza el relato, tras la vertiginosa descripción del ambiente colorista del mercado. Es una frase que actúa casi como invocación para olvidar los dolores, para enfrentarse a la enfermedad, para disfrutar aún de la belleza que proporciona el exterior.

La alegría del escritor al ver a su primo, uno de sus lectores más críticos, desata su lengua, que de manera impetuosa irá comentando las actitudes de las personas que circulan por el mercado, vistas a través de su ventana, que le sirve de inmenso consuelo y que le ha devuelto el amor por la vida. El escritor, debido a su enfermedad, ha pasado de la primacía de la actuación a centrarse en la contemplación, pero no como frío ejercicio ascético de la vejez, al tener aún sólo 46 años, sino como medio de impregnarse de toda esa vitalidad, para hacer así despertar sus debilitados miembros inferiores. Reconoce que apenas va de un sitio a otro dentro de la casa, o donde quiere llevarle su enfermero en un sillón de ruedas. Se ha vuelto dependiente, es otro el que físicamente le conduce, pero sigue dirigiendo él mismo su pensamiento. El primo del escritor, al asomarse a la ventana, se muestra al principio mucho menos entusiasmado que él, señalando que toda esa masa compacta de gente yendo y viniendo terminaría por fatigarle. Compara la escena con la de tulipanes que oscilan con el viento, es decir, introduce el factor de que esas personas, a pesar de su apariencia, no son del todo libres, sino que su actividad obedece a causas que se les escapan. El escritor explica a su primo que para él todo aquello es una excelente representación de la vida burguesa, materia prima para no parar de escribir. Le cede sus gemelos y se ofrece a iniciarle en el arte de la observación.

Por insistencia del escritor, de cada persona ambos van trazando un posible perfil, llegando incluso a determinar su origen y posición económica, fantaseando sobre sus parejas y relaciones sociales. Realizan un fetichista seguimiento de algunos individuos, extrayendo de unos cuantos elementos sueltos conclusiones generales acerca de su imaginada idiosincrasia. Asusta el hecho de poder sentirse observado por ojos tan escrutadores, que pretendan analizar tus pasiones y problemas con demasiada ligereza. La vorágine de gente evita que ese análisis sea demasiado minucioso, al poder uno escaparse pronto del marco de la estratégica ventana. En esta época no se habían inventado aún ni la fotografía ni el cine, que sin duda habrían impresionado profundamente a Hoffmann, el cual se anticipó ya en algún relato de terror al mundo de los avances de la óptica y de los autómatas. Las prendas llamativas, como el pañuelo amarillo que lleva en la cabeza la primera mujer divisada, facilitan a los dos primos el poder seguir las evoluciones de la gente por los puestos del mercado. Éste presenta un ambiente festivo, más todavía por contraste con el recuerdo de las difíciles circunstancias ocasionadas por las recientes guerras napoleónicas, mencionadas en el texto, y que supusieron la llegada de más soldados y civiles franceses a Berlín. El escritor equipara su propio espíritu descriptivo de la sociedad circundante al de los admirados grabadores Callot (1592-1635) y Chodowiecki (1726-1801), que retrataron a la perfección los más variados ambientes de sus respectivas épocas, adentrándose también en la representación de los miedos colectivos.

No se puede considerar al escritor como mirón en el sentido peyorativo actual del término, en cuanto a que no pretende violentar la intimidad de las personas dirigiendo su vista a sus ventanas, sino que se centra en lo que ocurre en la calle, eso sí, observándolo con avidez. Tal vez dejándose arrastrar por su instinto o por su subconsciente, el escritor realiza bastantes más descripciones físicas y psicológicas de mujeres que de hombres, moviéndose en un espectro que va desde la idealización hasta el prejuicio. Abundan las enumeraciones de tipos de ropas y tocados, tratando de inferir a partir de ellos rasgos dispares de las personalidades estudiadas. Como ocurre todavía actualmente, el mercado al aire libre era espacio propicio para el encuentro, la interactuación, la amistad, el coqueteo, las galanterías… mezclándose el lenguaje despreocupado de los que ya se conocen con el respeto necesario de los tenderos hacia los posibles nuevos compradores. A pesar de recurrir a la observación detenida del mercado para aliviar su tristeza, el escritor parece no considerarlo como una escuela adecuada para los demasiado jóvenes, presentándolo incluso como antítesis de la tradicional formación académica. El concepto de mercado que se maneja en el cuento está próximo al de lugar de lucimiento de las destrezas que cada uno ha desarrollado en la vida real, descendiendo por tanto al hecho básico y primordial de conseguir alimento, sin que haya cabida para zarandajas filosóficas. Adquieren en este sentido gran relevancia los contenedores en los que la gente lleva sus compras, en su mayoría cestas de mimbre, pero también redes o sacos. El escritor se recrea asombrado en la caracterización de un ciudadano alto con una caja bajo el brazo, en cuyos cajones va introduciendo los productos adquiridos, metiendo incluso aves enteras en los enormes bolsillos de su anticuado traje. Es el ejemplo perfecto de adaptación al medio, de capacidad para conseguir y transportar presas.


Una de las mujeres que peor parada sale de las suposiciones realizadas por el escritor es una muchacha que se abre paso a codazos, que penetra con rabia entre la muchedumbre, que lanza miradas furibundas, que toquetea de mala forma todo el género de los puestos y que apenas compra nada. Cada cuatro días de mercado le acompaña atosigada una criada distinta, bien porque la muchacha renueva su servicio cada poco tiempo o bien porque las criadas no la soportan y se marchan. El escritor la imagina como la hija de un burgués rico, buena administradora de los recursos del hogar, cuyo secretario particular está condenado a escucharla constantemente como si se tratase de un organillo mecánico con una sinfonía compuesta por el mismo demonio. Tanto en este relato como en otros de Hoffmann son frecuentes los momentos en que el autor decide nombrar de manera expresa y poco reflexiva al demonio, situando a éste en el origen o en el desarrollo de las malas experiencias. El elogio de considerar a la muchacha hacendosa y con dotes para dirigir adecuadamente la economía familiar se le atraganta al escritor, que enseguida matiza esa apreciación con otras que le llevan a considerarla como difícil de sobrellevar. Late aquí el hecho de que Hoffmann durante su vida no realizó una buena gestión de sus bienes y ganancias, actuando con un entusiasmo excesivo a la hora de gastar, malogrando los recursos obtenidos como miembro del engranaje judicial del reino prusiano.


En la siguiente escena la vista de los primos se centra en dos viejas que desde sus banquetas controlan unos grandes cestos con las ropas que venden. Una de ellas muestra sobre todo lencería de ocasión de mala calidad y la otra se dedica principalmente al comercio de medias de lana y de otros tejidos. Una joven de no más de 16 años, bellísima y de aspecto pobre, se acerca a la lencera interesándose por una tela blanca con dibujo. La chica llega a un acuerdo con la vendedora sobre el precio a pagar, pero al comprobar el dinero que lleva encima se da cuenta con inmenso pesar de que no tiene suficiente. Se aleja sofocada y con lágrimas en los ojos, mientras la vieja ríe irónicamente, volviendo a colocar la mercancía. El escritor imagina entonces que ambas viejas charlan un rato sobre la muchacha, contándose la una a la otra el origen de su miseria, aderezado probablemente con alguna infamia. Comparten café despellejando a la chiquilla, olvidando las antiguas diferencias entre ellas y focalizando en esta ocasión sus ironías en quien no puede defenderse. La muchacha descrita simboliza para Hoffmann la inocencia, la identificación inmaterial que existe entre la belleza y la nobleza. No elige para su moraleja a una joven pobre y fea, sino pobre y hermosa como la aurora. Llevaba su dinero envuelto en un pañuelo, pensó que tendría bastante, como si dentro de su pañuelo el dinero pudiera multiplicarse… No quiere renunciar a una vida feliz, a lucir ropas bonitas. Las dos vendedoras encarnan en cambio la vida ya amortizada, la retroalimentación de la maldad de bajo porte.


Tanto en la escena anterior como en la que ahora mencionaremos, el escritor trae a colación la labor artística del pintor satírico británico William Hogarth (1697-1764), considerando que en aquel mercado encontraría abundante inspiración para sus pinceles. Hoffmann describe incluso un cuadro concreto de Hogarth, en el que un diablillo se desliza debajo de la silla de una mujer devota. La reflexión extraída es que aunque a alguien le vaya todo muy bien, su buena fortuna puede irse al traste en unos instantes, si interviene quien no debe, si se cruza en su camino un agente aciago. Lejos de comentarlo con seriedad, el escritor parece decirlo con picardía, como si se alegrase en cierto modo de la volubilidad de los asuntos humanos, como si estuviese convencido de que las asechanzas de la desgracia no se pueden esquivar por largo tiempo. En esta misma línea, Hogarth había realizado una serie de cuadros burlescos y moralizantes sobre el camino hacia el desastre de un joven inglés, arrastrado por sus vicios, constatación plena de que el diablo nunca descansa. La persona que en el mercado ilustra para el escritor la prosperidad es una mujer gruesa que cada día de feria incrementa el repertorio de sus mercancías y sus ingresos. Actúa con gran aplomo, tiene un espíritu fuerte, no se deja afectar por los regateos, se muestra tranquila, segura, digna. Lleva las manos casi siempre metidas debajo de un delantal blanco, y no cambia su sencilla silla de mimbre a pesar de lo rápido que mejora su comercio. Ha diversificado su negocio cada vez con más objetos de metal, cristal y porcelana, elementos de escaso valor pero muy funcionales, clave de su progreso económico, no avergonzándose el escritor de reconocer que envidia su suerte.


Las dos siguientes muchachas descritas son muy diferentes. La primera, conocida de antemano por el escritor, es hija de un empleado de hacienda. Pertenece a una clase acomodada, tiene intereses que distan mucho de los relacionados con las compras del mercado, ámbito en el que se desenvuelve muy mal. En el momento en el que elige una coliflor, la cocinera que le acompaña la sustituye por otra, recriminándole el que no sepa escoger bien el género. Este tipo de reveses merma su incipiente voluntad, hace que mire avergonzada, que se mueva con paso vacilante entre tanta gente desconocida. Es ella la que paga las compras, pero se ve arrastrada por las opiniones categóricas de su cocinera. El escritor comenta que los últimos años es común entre la burguesía enviar a las muchachas al mercado a aprender economía doméstica. De manera bastante elitista el escritor dice que no aprueba esa medida, por las influencias negativas que las jóvenes pueden recibir allí, mezclándose con las clases bajas, escuchando barbaridades y quedando a merced de los galanes que se pasean a pie o a caballo. El primo del escritor comprueba desde la ventana que son varias las muchachas que responden a este perfil. Van muy bien vestidas, tienen un aspecto distinguido, y suelen ir acompañadas por cocineras impolutas, encargadas de llevar las cestas. Conforme a los clichés de su época, el escritor alaba la forma de ser de la hija del empleado de hacienda, considerándola sumamente femenina, de tacto y finura exquisitos. Piensa que su empanamiento es normal para su edad, casi una garantía de que no esté quemando las etapas de su vida demasiado rápido.


La segunda joven que mencionábamos es la antítesis de la anterior, en cuanto a que se muestra ligera, decidida, moderna, alegre… Hace sus compras con cuidado, elige por sí misma las mercancías, ajusta bien los precios… todo lo ejecuta de un modo especial y con viveza extraordinaria. Va acompañada de una sirvienta un poco mayor que ella, intuyéndose entre ambas una gran cordialidad. Por sus zapatos blancos de seda y por la soltura con la que actúa, los primos deducen que debe ser bailarina, cómica, actriz… o al menos estar relacionada con el espectáculo. Ambos se dan cuenta de que las compras no parecen su principal objetivo, y pronto comprueban que la muchacha se había citado por allí con un joven alto y guapo, un estudiante. La actriz deja caer del puesto de fruta una manzana colorada, el estudiante la recoge y se la entrega. Entablan conversación, reanudan su antiguo conocimiento y quedan para verse de nuevo. Todo parece demasiado teatral, como si se quisiese que el flirteo no llame demasiado la atención de los demás. La manzana representa el amor carnal, la realización del deseo sexual, el disfrute desacomplejado de la belleza. La actriz y el estudiante, a pesar de su intensa atracción mutua, no se saltan los códigos sociales relacionados con el cortejo, sino que dejan que éste acentúe su pasión.


Al aludir su primo a los puestos de flores del mercado, el escritor cuenta un episodio vivido con una de las floristas, el cual supuso para su vanidad de artista un duro golpe. El escritor se vio hace tiempo interesado por el hecho de que con frecuencia dicha florista estaba embebida leyendo libros, que cambiaba periódicamente en la editorial de Kralowski. Un día determinado comprobó que la muchacha leía con tal fruición que sus mejillas estaban encendidas, sus labios temblaban y parecía completamente trasladada al lugar en que se desarrollaban los acontecimientos del libro. Con la excusa de comprarle unas flores, pudo comprobar que el libro que ella leía era uno de los escritos por él. La chica conocía perfectamente el argumento, como si lo hubiera leído varias veces. El ansia de incrementar su cultura rezumaba por todo su ser. Orgullosísimo, el escritor le confesó que él era el autor de dicha obra, esperando quizás que ella se emocionase por conocerle. Pero en cambio se quedó petrificada, como si no concibiera que los escritores existiesen, como si pensase que los libros brotan como las setas. Su incomprensión le llevó a preguntar al escritor si él había escrito todos los libros de la editorial de Kralowski. En esta anécdota queda claramente reflejado el hecho de que a la mayoría de las personas lo que les interesa de los libros es el contenido de los mismos, no las circunstancias plácidas o tormentosas de la vida de quienes los escriben. Se trata en cierta forma de una queja desgarrada de Hoffmann acerca de la invisibilidad del creador. Las obras de los artistas románticos estaban impregnadas de tal manera de su propia vida que estos no entendían que la gente pudiera consumirlas sin preguntarse quién estaba detrás, quién derramaba su locura de manera tan impetuosa. Para conectar a través de las generaciones con un escritor concreto, para entender bien los mensajes vertidos en sus obras, es preciso interesarse por cómo discurrió la vida de esa persona.


Mientras el escritor contaba esta experiencia, su primo no había apartado la vista de la hija del empleado de hacienda, a la que califica como su favorita. Es decir, el escritor ha logrado que su primo se sumerja plenamente en la observación de los viandantes, hasta el punto de no poder dejar de mirar a una joven determinada. La chica ha elegido un ramito de flores, y se ha puesto a comer cerezas de la cesta. Luego el protagonismo en la charla de los primos pasa a un caballero que ya habíamos mencionado, indicando su elevada altura y su capacidad para hacerse con toda clase de productos, como si tuviera la idea de preparar un gran banquete. El escritor se ha fijado en él otros días de mercado, considerándole enigmático. Ha diseñado para él dos posibles historias. En la primera de ellas le imagina como un antiguo profesor alemán que ha ganado a lo largo de su vida mucho dinero, no compartiéndolo nunca con nadie, y que tiene como único placer el comer bien. En la segunda historia el escritor le convierte en un pastelero francés, que junto con otros tres compatriotas llegó a Berlín a fines del Siglo XVIII, trabando ya todos ellos desde jóvenes una gran amistad. Los cuatro se habían visto con el tiempo reemplazados en sus oficios (baile, esgrima, idiomas y pastelería) por otras personas más imbuidas de las nuevas tendencias. El pastelero se había hecho cargo de la cocina, haciendo la compra y guisando para tan compacto grupo de amigos, unidos siempre en las dificultades de abrirse paso en un país nuevo. Ambas historias son muy fantasiosas, y revelan la facilidad para crear perfiles a partir de unos pocos elementos reales. En la segunda el personaje analizado tiene tintes mucho más luminosos que en la primera, contraponiéndose el compartir con el acaparar.


Con precisión matemática una labradora extrae y distribuye de un gran barril su delicioso contenido, dulce de ciruela, definido por el escritor como el caviar del pueblo. Llega ahora uno de los pasajes más emotivos del cuento, al describirse la figura de un hombre que pide limosna apoyado en la fachada del lujoso teatro. Es ciego, echa hacia atrás la cabeza como si quisiera penetrar en la oscuridad que le rodea. Lleva ropa vieja de soldado. Todos los días de mercado acarrea los cestos de verdura de la vendedora que le controla, y que gestiona luego las limosnas recibidas. Son muchos los ciudadanos que se detienen para dejar caer alguna moneda en sus manos, siendo casi imperceptible su gesto de gratitud, como si en realidad el dinero no le importase, ya que nada le aprovecha si no lo entrega a quien le controla. El escritor se detiene en las múltiples maneras observadas de dar limosna. Hay quien lo hace rápido, sin que nadie se dé cuenta, y quien en cambio organiza toda una representación. Quien puede dar mucho a veces da muy poco, y quien parece más humilde a veces da más. Una mujer elegante, esbelta, entrega al ciego una moneda, pero no parece cuidar mucho a su propia sirvienta, astrosa y con la cesta desvencijada. Criadas con las cestas repletas y andar apresurado no dudan en pararse para dar al ciego una moneda, como si se tratase de una obligación moral. Un caballero quizás rico se pone a conversar con él y, emocionado por su miseria resignada, termina tal vez entregándole hasta su último céntimo. Identificándose con el ciego por compartir invalidez, Hoffmann señala que su imagen le sugiere infinidad de reflexiones. Piensa que su vista interior llega más allá, vislumbrando la luz eterna, que le ofrece consuelo y alegría sin límites.


Realiza después el escritor un juego literario con los colores, hablando en pocas líneas del cromatismo pintoresco del mercado, del blanco de los carros de harina de los molineros y del negro de una familia de carboneros. Acerca de los molineros asegura poder contar algo repugnante, pero no lo hace, dejando en el aire el cuestionamiento de su aparente blancura. Se centra en la valoración de los carboneros, que antes solían situarse frente a su ventana, pero que ahora se han trasladado al otro extremo de la plaza. En esta familia, a la que echa de menos, destaca un hombre enorme y robusto, de manos y pies colosales, el prototipo de carbonero que pudiera aparecer en cualquier novela. El segundo miembro, pura inquietud, es en cambio bajito y de apariencia cómica, pero fuerte y trabajador. Se encarga de llevar los sacos de carbón a las casas. No deja pasar una criada sin piropearla, excediéndose a veces en los modales. Siempre es recibido por ellas con sonrisas amistosas, demostrando un don especial para caer bien, para ser invitado a todas las celebraciones. Dos mujeres fornidas y poco simpáticas, con los rostros manchados de carbón, forman parte también de la familia, en la que hay además chiquillos, niñas y un perro lobo, sirviendo éste como nexo de unión para el grupo, que se mueve entre la naturaleza y la civilización. Los primos se muestran desafortunados al hacer gracietas sobre posibles deformidades que en realidad no existen o que quedan bien disimuladas. Lo hacen al hablar de tipos que a primera vista parece que tienen joroba, pero que luego es imposible determinar dónde. Tal vez se refieren con poco tacto a la escoliosis, patología bastante frecuente caracterizada por la desviación de la columna vertebral.


Siguiendo con impulsos bastante primarios, el primo del escritor muestra su excitación al comprobar que dos verduleras han abandonado sus banastas para discutir acaloradamente, acercándose para pegarse. Es la gente la que se interpone entre las dos mujeres para calmar la disputa, sin que sea necesario el que intervengan los guardias municipales. El escritor cuenta que justo en la jornada anterior de mercado otra pelea mucho más seria fue también apaciguada por los vendedores, comprometiendo incluso su propia integridad. Estas circunstancias sirven al escritor para introducir un elogio acerca de la conducta de los berlineses, que en su opinión han ganado en categoría moral y en elevación de espíritu desde que se logró la expulsión de las tropas invasoras francesas. Los escritores románticos actuaron como caja de resonancia del patriotismo que se extendió por Europa como reacción a las ansias imperiales napoleónicas, que despertaron numerosas identidades nacionales dormidas. El escritor piensa que antes el pueblo berlinés era grosero y bruto, mostrándose burlón y desconsiderado con los forasteros. Ahora en cambio recibe a los extranjeros con cortesía y amabilidad. Antes el mercado era centro de todas las pendencias y de todos los engaños, habiendo ganado ahora mucho en tranquilidad. Incluso los golfillos no responden ya tanto al perfil de vagos que se mofan de todo lo que les chirría, sino que son más bien aprendices de algún oficio, con cierto toque de honor e ingenio que se mixtura con sus perversidades. Al hablar de que ya hay menos individuos que introducen la cizaña en el ambiente del mercado, el escritor recuerda que también antes acudía más gentuza a alistarse en los regimientos. Y es que desde siempre los ejércitos han intentado canalizar la violencia de personas extraídas de contextos muy turbios hacia fines que pudieran revertir en beneficio de la defensa del estado.


Más escéptico acerca de las bondades de los berlineses es el primo del escritor, que refiere que hace poco, paseando por la zona de la Puerta de Brandeburgo, se vio acosado por unos cuantos cocheros para tomar asiento en alguno de sus vehículos, de tal forma que uno de ellos llegó a cogerle por el brazo. Poco a poco el sonido del mercado se fue apagando. La policía ordenaba el tráfico de los carros de los vendedores, que iban abandonando la gran plaza. El escritor sentía que el vacío se apoderaba de su vida a la vez que de la plaza, obligándole a regresar a la conciencia de sus espantosos dolores. El reloj dio la una, y el enfermero condujo al escritor a la mesa, donde le esperaba una sopa sustanciosa, un huevo blando y medio panecillo. La carne la tenía casi vedada, pues al masticarla e intentar ingerirla sentía mucho dolor. Su primo le abrazó con cariño, señalando hacia la hoja del biombo, cuya frase fue repetida por el escritor con voz conmovedora para dar fin al cuento: “Et si male nunc, non olim sic erit”. “Y si ahora mal, no siempre será así”. Era la esperanza de recuperarse mezclada con el deseo de trascendencia.


Tras alumbrar este relato, elaborado con el orden interno de una partitura, Hoffmann siguió dictando lo que salía de su imaginación hasta el día anterior a su muerte. En ese penúltimo día de vida, en su novela inacabada sobre Durero, pone en boca del pintor alemán una referencia hacia los santos y su capacidad para enardecer el alma. En plenitud, Hoffmann se había mostrado más bien panteísta, epicúreo y descreído, pero dejaba ahora abierta la posibilidad de una nueva vida, como si quisiera vislumbrar la misma luz del ciego de su relato. No hay símbolos cristianos en su lápida, encargada por quienes le conocían bien. Hoffmann recurrió en sus narraciones con frecuencia a contextos religiosos y mencionó numerosas veces al demonio, como si esa personificación del mal no fuera una mera fantasía a la que culpabilizar de los errores. En los cafés acudía a reuniones de artistas heterodoxos, bastante aficionados a los relatos sobre espíritus. Quizás siempre achacó sus propias alucinaciones al alcohol y otras causas fácilmente explicables. Recurrió al sueño como técnica para alcanzar una realidad superior y nutrirse de hilos argumentales. Vivió en poesía, pero no en el sentido estricto de la elaboración de versos, sino que quiso experimentar la poesía desde el cultivo atormentado de la música, el dibujo y la narrativa. “La ventana” es verdaderamente un cuento de terror, porque es terrorífico el padecer cada día grandes sufrimientos, esperando la llegada del posible día final observando a través de una ventana cómo la gente va de un lado para otro. Nos queda la duda de si Hoffmann llegó a concebir la muerte como liberadora, pues parecía aferrarse a la vida con determinación, soportando tratamientos criminales. Siempre le quedaba algo por dictar, siempre tenía un mensaje irónico que transmitir. Casi doscientos años después, en la exótica Iberia de su admirado Calderón, sigue teniendo eco su voz sincera e infatigable.