domingo, 19 de diciembre de 2021

ALGUNOS TOCADOS FEMENINOS HISPANOS USADOS ENTRE 1475 Y 1625

 

Están muy bien documentados para al menos el período comprendido entre finales del Siglo XV y comienzos del Siglo XVII unos extraños y diversos tocados femeninos, voluminosos y muy llamativos, que fueron usados principalmente por las mujeres del Norte peninsular, en concreto de Asturias, Norte de León, Cantabria, Norte de Burgos, País Vasco, Norte de La Rioja y Navarra. Sin duda tendrían precedentes de raigambre medieval, peor conocidos por ser un asunto irrelevante para las fuentes escritas de la época, que además son mucho menos abundantes. Gran parte del área mencionada tendría un gusto común por los tocados femeninos impactantes, dándose a la vez multitud de variaciones regionales. Algunos de los tipos, por la insistencia en su uso, llegaron a adquirir carácter identificativo para las mujeres de determinados valles, o se convirtieron en un elemento característico de la adscripción comarcal. Muchas de las implicaciones sociales y de las connotaciones semánticas de estos tocados siguen siendo motivo de discusión. Su dilatada pervivencia, sorteando crecientes presiones, merecen estudios más detallados que permitan comprender su origen y evolución. Como imagen efectista podríamos pensar, viajando en el tiempo, en cuál sería nuestra actitud si de repente tuviésemos que dirigirnos a una mujer de la primera mitad del Siglo XVI, con su pelo largo envuelto en paños, formando un cuerno de un tercio de metro inclinado hacia la frente.


El clérigo e historiador Prudencio de Sandoval menciona en sus crónicas que la reina Isabel “la Católica”, al visitar los pueblos, se vestía y tocaba al uso de cada uno de ellos. Recurría para hacerlo posible a las mujeres de más merecimiento del lugar, las cuales le prestaban las ropas y joyas que fueran necesarias. Luego la reina, al devolvérselas, incorporaba en ellas ciertas mejoras como muestra de afecto, contribuyendo esta reciprocidad a que la acogida en los siguientes pueblos fuera también cálida. Incide en esta cercanía de Isabel hacia sus súbditos Baltasar de Echave al narrar que la reina no dudaba en lucir los tocados típicos del País Vasco cuando era convidada en esta tierra con motivo de bodas y otras fiestas. Si a la reina piadosa por excelencia no le parecían descarados los tocados vascos es una pena que un siglo después dichos tocados empezasen a ser mal vistos por prelados excesivamente puntillosos. El que los Reyes Católicos mudasen sus hábitos por los trajes vascos estando allí es interpretado por Baltasar de Echave como muestra de respeto hacia las antiguas costumbres y hacia los viejos linajes de dicho territorio. Tanto Sandoval como Echave escriben sobre estas circunstancias aproximadamente un siglo después de acontecer, en lo que pudiera verse un intento de defender las amenazadas peculiaridades de la vestimenta de los distintos lugares que conformaban el reino. Entra en cierta contradicción con esta condescendencia de los Reyes Católicos el hecho de que en su reinado se emitieran pragmáticas destinadas a limitar la excesiva ostentación en el uso de joyas y adornos, quedando exentas de cumplirlas las mujeres asturianas, por haber aducido que se trataba de una costumbre muy antigua en su tierra el ir profusamente enjoyadas.


Laurent Vital, flamenco encargado de la buena conservación del vestuario de Carlos I en 1517, momento en que el joven rey desembarca en Asturias proveniente de Flandes, comenta por escrito su extrañeza al contemplar los adornos y atavíos que llevan las mujeres del concejo de Villaviciosa en la cabeza, altos y largos, sin que sean tamboriles, sino más bien imitación de respaldos, quedando el pelo generosamente cubierto por telas. Se trata de lienzos de poco precio, pero que al ser tan largos gravan la economía doméstica, haciéndose además difíciles de llevar por su volumen. Uno de estos tocados de esmerada confección podía valer tanto como el resto de las ropas que lucía la mujer. Laurent Vital incide en el contraste entre la sencillez del vestido y la aparatosidad del tocado, lo que revela la importancia que socialmente se concedía al mismo. En su descripción menciona que estos tocados tenían una apariencia continuista con respecto a un genérico estilo pagano. Se trata de un dato importante, ya que nos revela que podían distinguirse claramente en los atuendos de la época elementos que respondían a concepciones precristianas, en el sentido de buscar atraer con rotundidad las miradas, recurriendo incluso a añadidos estrambóticos. Para subrayar la exageración de estos tocados, Laurent Vital los compara con pisos de colmenas y cestas de cerezas, no comprendiendo además cómo no se circunscriben a contextos más rurales.


Cinco días después la comitiva del futuro Emperador llega al concejo de Ribadesella, donde la población se encuentra en plenas fiestas, luciendo por tanto sus mejores galas. Laurent Vital no puede sino dejarse arrastrar por la alegría del recibimiento, pasando a describir los tocados femeninos que más le sorprenden, consistentes algunos de ellos en estrafalarios canutos de apariencia fálica en los que queda atrapado el pelo largo de las mujeres casadas. Su impresión es tal que le hace recordar a mujeres enloquecidas con un gallo sobre la cabeza. Este canuto, adorno de tela blanda o crespón, va recogido y volcado sobre la cabeza, presentando un desarrollo de unos cuarenta centímetros, quedando la punta próxima a la frente. Con frecuencia la punta es de un color distinto al del resto del canuto, primando la combinación del blanco y del amarillo por ser los tonos más comunes de los lienzos sencillos. En algunas de las mujeres más airosas el entelado va muy rígido y tirante, obligándolas a ir bien erguidas y acentuando su sensualidad. Es probable que tanto esmero en la elaboración de los tocados no se diese a diario, sino especialmente en los días de descanso y en las jornadas festivas. No pueden llevarlos las jóvenes sin casar, lo que revela claramente que en estas últimas resultarían demasiado escandalosos para la sociedad. Sí que los lucen las viudas, incorporando en ellos códigos cromáticos o formales que expresan de manera inmediata su actual condición.


Al hablar distendidamente Laurent Vital con la mujer de la vivienda en que circunstancialmente se aloja, ella le cuenta que a las mujeres de la región no les hace demasiada gracia tener que llevar esos tocados, por resultar caros, pesados y difíciles de lucir sin fatiga, dando además calor. Sugiere incluso que el rey ordene sustituirlos por otros más corrientes. Carlos y los nobles flamencos que le acompañan encuentran los tocados divertidos, no osando el rey, recién llegado, hacer cambios sin reflexión en algo tan arraigado en las costumbres de las gentes. Entramos aquí en la discusión de si estos adornos para el pelo, de tremenda potencia visual, eran un signo de libertad para las mujeres de la época o si les venían impuestos por tradiciones culturales en las que hubieran intervenido decisivamente los hombres. Al querer indagar sobre el origen de los complicados tocados femeninos norteños, Laurent Vital se adentra en el terreno de la fantasía. Indica que a través de un trujimán (intérprete e intermediario) supo la versión de un anciano asturiano, que, tras señalar que nada con certeza sabía, refirió una historia, según la cual las mujeres habían sido condenadas a llevarlos por haber ofrecido mayor resistencia que los hombres a convertirse al cristianismo. Habría una contradicción en las apreciaciones del cronista flamenco, que inicialmente veía en estos tocados pervivencias paganas y finalmente los consagra como elementos simbólicos de la victoria sobre el paganismo. Más probable es que fuesen la cristalización de elementos ancestrales en un cristianismo alegre y poco rigorista, que se complacía en que las mujeres casadas los llevasen para enfatizar la idoneidad de su estado y la importancia social adquirida.


Pasados otros cinco días, encontramos al Rey Carlos I y su concurrido séquito en San Vicente de la Barquera, ya en la actual Cantabria, coincidiendo con la festividad de San Miguel, ofreciéndole las autoridades una improvisada capea en la misma playa. Laurent Vital alude a unas doscientas mozas que vestidas a la morisca, cantando y haciendo sonar sus panderetas, acompañan a tan ilustres visitantes. Se trata de jóvenes muy enjoyadas y con cascabeles por el cuerpo, vestidas con camisas de gala bien fruncidas y aire pastoril. Sus tocados de tela van colgando por detrás sobre la espalda, y no son redondos sino aplastados, balanceándose suspendidos, como las capuchas de terciopelo y adornos de corte de la época. Se asemejan a grandes turbantes de estilo morisco, pero son llevados de maneras que, incluso para un experto en moda como Laurent Vital, parecen difíciles de describir. No son tocados provocativos como los de las mujeres de Ribadesella ni están reservados para las casadas, pero distan también mucho de la sencillez. Algunos de los tocados femeninos cántabros más empleados en los Siglos XVI y XVII pueden documentarse en estatuas yacentes de tumbas nobiliarias conservadas en iglesias dispersas por el territorio montañés. De gran volumen eran los tocados que en el Siglo XVI llevaban las mujeres de la comarca leonesa de Astorga, menos encapirotados y más globulares, pareciéndose a veces a turbantes de cierto desarrollo vertical y mostrando otras veces una especie de amplia pantalla de tela justo por encima de la frente. El flamenco Lalaing, al observar que las mujeres de Astorga lucían grandes pendientes y numerosos anillos, comentó su toque egipciano, palabra que servía para referirse a los gitanos, por creerse entonces que provenían de Egipto.


Tras la anexión de Navarra por parte de Fernando “el Católico” en 1512 y la progresiva pacificación del territorio, fueron incrementando su presencia en la región las redes de delación inquisitoriales, persiguiéndose con dureza las pervivencias de los rituales paganos en las áreas montañosas. El uso del tocado corniforme por parte de las mujeres en el ámbito navarro gozaba por entonces de un importante arraigo, hasta el punto de haber podido influir, junto con la infamante coroza de los autos de fe, en la iconografía reciente de las brujas. La coroza era un tocado cónico de papel grueso con el que se pretendía humillar aún más a los condenados, pintándose a veces en él llamas, castigos o los delitos cometidos. En un memorial de hacia el año 1526 conservado en el Archivo General de Simancas (AGS, CCA, LEG, 184, 18, 1), el rector y concejo de Navaz, localidad navarra perteneciente hoy en día al municipio de Juslapeña, se dirigen al rey Carlos I, a través de la Cámara de Castilla, con una petición en la que puede apreciarse el ambiente de persecución religiosa que se respiraba por entonces. Suplican la obtención de recursos para hacer una ermita en una cueva cercana a su pueblo, en la que aseguran que mucha gente del lugar ha tenido visiones atemorizadoras. Consideran que allí es posible que se reúnan brujas, y que de los bienes de algunas brujas ya condenadas podría entregárseles cierta cantidad con la que edificar la ermita. Pretenden mediante ella neutralizar las influencias malignas de los usos anteriores dados a la cueva. Su intención es dedicarla a San Antón, al ser éste el iniciador del movimiento eremítico en similares parajes rocosos.


Algunos cuadros de esa misma época, alusivos a las tentaciones de San Antón, ayudan a entender el motivo por el que los habitantes de Navaz veían en él al santo adecuado para reformular el significado de la cueva, cristianizando su potencia telúrica. En estas pinturas se representa a San Antón, también conocido como San Antonio Abad, en lugares montañosos o desérticos, cercado por animales híbridos y mujeres desnudas. Ellas aluden a la fuerza de la pasión carnal, incluso en medio de la absoluta soledad, mientras que los animales metamorfoseados adornan los corredores espirituales que llevan a los abismos. A San Antón se le adjudicó el patronazgo de los animales por haber ayudado a los que se encontraba en lugares tan inhóspitos, y por haber convivido con ellos en medio de la naturaleza. Hay bastante acuerdo en la visión actual que se tiene de las antiguas y escasas brujas en que tras ellas habría más bien mujeres joviales, muy conectadas con aspectos sublimados de la naturaleza, mantenedoras de tradiciones ancestrales, apegadas a antiguas prácticas paganas, conocedoras de remedios caseros, dadas a experimentar con sustancias psicotrópicas, deseosas de libertad sexual y de libertad de reunión, contrarias a las imposiciones sociales y no dispuestas a aceptar el exclusivo ejercicio masculino de la violencia, plasmado en las guerras libradas por los ejércitos imperiales.


Lo cierto es que en la cueva de Navaz la ermita nunca llegó a realizarse, sirviendo todavía dicha cueva como testimonio de sucesión y convergencia de distintas corrientes espirituales. Transcribimos a continuación el texto comentado, manteniendo la mayor parte de la grafía antigua: “El Rector y Concejo de Navaz, del Reyno de Nabarra, dize que en los montes del dicho lugar ay una cueva donde muchos de la tierra han visto ciertas visiones y fantasmas que ponen mucho espanto a la gente y se temen les venga algun daño dello, porque se cree de cierto que debe haber en ella alguna congregacion de bruxas como en otras partes se ha sabido la acostumbran tener. Y desea el dicho pueblo para remedio dello hazer una hermita de Sant Anton en la misma cueva, porque a su intercession se quite el poder del enemigo y se aparte de alli. Para ayuda de lo qual suplican a Vuestra Magestad que de los mismos bienes de algunas bruxas ya condenadas, pues es justo de quien procede el daño se siga el remedio, que Vuestra Magestad les ayude con alguna quantidad para hedificar la dicha hermitta, donde se cree, segun la necesidad y temor en que se vee toda la tierra, habia mucha devocion y se hara mucho servicio a nuestro Señor y recevyra en ello el dicho Concejo y toda la tierra muy señalada merced”.


El dibujante alemán Cristoph Weiditz, que destacó también como grabador de medallas, recorrió España entre 1528 y 1529, llevándose consigo numerosos bocetos que le sirvieron luego para elaborar su precioso “Trachtenbuch”, libro en el que plasma la manera de vestir característica de distintas regiones, no sólo de la Península Ibérica, sino también de otros territorios europeos. Incluyó además en este tratado algunas de las primeras descripciones de la indumentaria de los indígenas americanos, que en ciertos casos aparecen practicando deportes y mostrando una excelente forma física. En el libro, conservado en el Museo Nacional Germano de Núremberg y disponible por entero a través de internet, aparecen oficios y costumbres, intentando hacer así más dinámicas y narrativas las imágenes, superando el mero posado con la intención de reflejar multitud de aspectos sociales, sin ocultar los más tenebrosos, como la esclavitud, la pobreza, las condenas lacerantes... Nos encontramos con los esfuerzos implicados en determinadas profesiones, con el ejercicio orgulloso de las armas, con la presencia estratificada del clero… A pesar de todo la profundidad psicológica alcanzada en este muestrario de personajes no es muy alta, adquiriendo primacía los vestidos y los tocados sobre los rasgos físicos de las personas representadas, pertenecientes a muy variadas clases.


En cuanto a los tocados femeninos hispanos del libro de Cristoph Weiditz, aparecen tanto los más comunes, como las trenzas, las tocas, las cofias, los sombreros, las redecillas, los velos, los mantos sobrepuestos, los turbantes… como los más impactantes tocados septentrionales, bien corniformes o bien con otras formas voluminosas. En el caso de un tocado vasco de gran altura, el dibujante anota que es fantástico, no porque sea irreal, sino porque denota una gran imaginación. También impresiona el dibujo de una doncella vasca medio rapada, más teniendo en cuenta que podía ser un peinado nupcial. Este rito de corte radical del pelo podía acompañar al inicio de la vida matrimonial, en la que ya el pelo de la joven iría creciendo libremente. La mujer recién casada pasaría a ocultar su pelo cada vez más largo a la gran mayoría de la gente, recurriendo para ello a varios metros de lienzo con el que crear diseños caprichosos, pero a la vez relacionados con tradiciones comarcales. Todavía actualmente persiste un ritual de corte acusado para las mujeres que hacen sus votos de monja, a las que se les deja el pelo muy corto como signo de renuncia a las vanidades del mundo y para remarcar su entrada en una nueva vida que enfatiza lo espiritual. Pero ni siquiera este peinado queda a la luz como elemento identificativo, sino que permanece bajo la toca, que es la que se convierte en marcador social.


Los estudios etnológicos realizados por los folkloristas vascos muestran que ya a finales del Siglo XVI los tocados corniformes empezaron a ser mal vistos por crecientes sectores, redoblándose las presiones del clero más intransigente para intentar hacer disminuir su uso. Los visitadores enviados a los pueblos desde las sedes diocesanas instaban a que no se permitiera entrar a las mujeres en la iglesia con ese tipo de tocados, por considerarlos indecentes. Se perdió o no se quiso ver el significado atávico de estos tocados, de mantenimiento de las prácticas seculares de los antepasados, reduciendo su campo semántico al de la incitación sexual. En su crónica de aquel período, el padre Alonsótegui vincula la forma apuntada de los tocados femeninos vascos con la representación de las montañas en que antiguamente se daba culto a fuerzas supuestamente demoníacas. Deberíamos hablar más bien de prácticas panteístas con un repertorio mitológico de seres vinculados a la exuberancia de la naturaleza, manifestada a través de los bosques y los arroyos. Alonsótegui aporta en pocas líneas densa información, haciendo referencia a que los tocados podían llevar cuernos parecidos a los del caracol, o tener forma de genitales, proas de barco, calabazas cilíndricas, morteros redondos y pirámides caprichosas, siendo a veces tan feos y ridículos que su uso parecía incomprensible. No se trataba de un carnaval, encerrado en determinadas fechas como vía de escape para el divertimento común, sino de prácticas habituales vistas con naturalidad. Otra observación interesante de Alonsótegui es el pleito que asegura que poco antes se había dado en Guipúzcoa entre las mujeres y sus maridos, los cuales quisieron prohibirles el llevar tocados tan espectaculares. Este argumento sí que parece indicar que en el territorio vasco, a diferencia del asturiano, los tocados raros eran percibidos como signo de una mayor libertad femenina.


Confluyen en los tocados femeninos exagerados de la España septentrional dos tendencias de pensamiento contrapuestas. Por un lado, tienen algo de retrógrado, en cuanto a que ocultan el pelo largo de las mujeres casadas, reservando su contemplación para los maridos. Esta tendencia, de influencia islámica, se daba también en otros muchos de los tocados que usaban las mujeres del Siglo XVI en la península, aunque fuesen menos vistosos. En la misma línea, los tocados norteños pueden ser vistos como marcadores del estado civil, clasificando a las mujeres de manera agobiante como ya casadas o aún sin casar. En el caso de las viudas, también sus tocados señalaban claramente que eran viudas, por ejemplo recurriendo al color negro para los paños en lugar de al blanco habitual. Si las mujeres los llevaban sólo por no desentonar en su contexto social o por mantener las antiguas tradiciones de su merindad, entonces su comportamiento no sería plenamente libre. Por otra parte, los tocados provocativos parece que servían para señalar un estatus sexual, el estar dentro de una fase de conocimiento afectivo profundo, exaltando visualmente todo lo relacionado con la fecundidad. Así parece sugerirlo el que las mozas sin casar, al estar todavía en una fase previa, fueran muchas veces pelonas, como monjas sin toca, con la salvedad de poder lucir algunos mechones sueltos largos. Se invisibilizaba socialmente a las muchachas, preservándolas aún, y se sobreexponía a las casadas y a las viudas, acentuando su sensualidad. En otras áreas de la península las doncellas podían lucir el pelo largo sin que estuviese mal visto.


Otra vertiente de los tocados excesivamente llamativos sería reclamar la vigencia de supersticiones antiguas, relacionadas con la protección personal encomendada a fuerzas dominadoras de la naturaleza ajenas al credo cristiano. Los tocados altos del arte escultórico ibérico y la pervivencia de la mantilla y la peineta apuntan a que siempre en territorio hispano hubo peinados femeninos impactantes, diseñados para concentrar todas las miradas. El geógrafo Artemidoro de Éfeso, a principios del Siglo I a.C., al hablar sobre las mujeres del Norte de Hispania, refiere que algunas se colocaban sobre lo alto de la cabeza una columnilla de un pie de largo, entrelazando en ella los cabellos, cubriéndolos luego con un velo negro. Es una información recogida un siglo más tarde por Estrabón, el cual menciona también la costumbre de otras mujeres de la zona, consistente en raparse la parte delantera del cráneo, que quedaba así muy brillante. Los tocados de gran desarrollo vertical hacían parecer a la mujer más alta, servían para expresar su alcurnia, le daban más prestancia. Este fenómeno puede rastrearse a través de la pintura en buena parte de la Europa renacentista, especialmente en los retratos de las clases elevadas. En el caso de las monjas, sus tocas presentaban en épocas pasadas más vuelo y amplitud que en la actualidad, no faltando algunos ejemplos de estructura apuntada. Era normal que las tocas se hiciesen con telas finas y ligeras, tomando a veces su nombre de los tipos de telas empleados en su elaboración.


El pintor y escritor alavés Francisco de Mendieta, cuya obra artística y genealógica trasluce un gran amor por su tierra, realizó dos obras de inestimable valor etnográfico y gran trasfondo político. La primera de ellas, datada en 1607 y conservada en la Diputación Foral de Guipúzcoa, es conocida como “Los esponsales” o “Boda de hidalgos en Begoña”. La segunda, fechada en 1609 y adscrita a las Juntas Generales de Vizcaya, se titula “El besamanos” o “La jura de los fueros de Fernando el Católico”. En “Los esponsales”, una pareja realiza su promesa de matrimonio, con entrega de arras y anillos, en el interior de la Basílica de Nuestra Señora de Begoña, con asistencia de un nutrido grupo de hombres y mujeres. Mientras que en ellos no hay mucha variedad en la vestimenta, en el caso de ellas, la descripción de los atuendos y especialmente de los tocados es minuciosa. A cada tocado corresponde un número que conduce a la leyenda explicativa, en la que aparecen distintas localidades del País Vasco y de otras áreas limítrofes. El propio pintor señala que no todos esos tocados estaban aún en uso por entonces, pues mientras que algunos son contemporáneos suyos, otros los considera ya antiguos. Quizás Francisco de Mendieta intuía que se iba a ir produciendo la desaparición de esa riqueza y pluralidad en favor de la convergencia en unos pocos modelos más discretos. Cada mujer representa su territorio de origen, beneficiándose sus hijos del derecho de hidalguía universal. El contexto sagrado refuerza la idea del pacto comunitario vigente entre todos estos lugares. Ellas son las grandes protagonistas del cuadro, las que con las telas blancas de sus complejos tocados, símbolos claramente identitarios, iluminan la ceremonia de promesa de adhesión.


“El besamanos” es una pintura historicista que nos traslada al penúltimo día de julio de 1476, jornada en la que Fernando “el Católico” juró los fueros de Vizcaya en la iglesia de Santa María la Antigua de Guernica. Después, ya en el exterior, bajo el emblemático roble, se produjo una ceremonia de compromiso vasallático en la que participaron los representantes de los distintos linajes vascos y los alcaldes de las diferentes villas. A cambio de respetar el ordenamiento y las libertades del territorio, la sociedad vasca ofrecía al rey su fidelidad. El repertorio de ropas y tocados, tanto de hombres como de mujeres, es muy amplio y colorista. En la fila inferior es donde se concentran mayormente los hombres, con sus armas y escudos pintados, denotando la importancia concedida a la conciencia genealógica, al conocimiento del origen familiar de cada individuo. En la fila superior, los alcaldes y otras autoridades locales son mucho menos numerosos que las mujeres, las cuales actúan como alegorías de sus respectivas villas. No se trata de meras y frías alegorías, sino que estas mujeres representan a las mujeres reales de la época, concediéndose a las mismas un fuerte simbolismo en la construcción de la identidad colectiva. Una de las mujeres parece estar embarazada, y otra sostiene a un niño en sus brazos, dando así un mayor sentido humano a la ostentosa exhibición heráldica. Nuevamente Francisco de Mendieta recurre a una gran diversidad de tocados femeninos, expresando las mujeres el ensamblaje comunitario de los distintos valles. La sustitución de los alcaldes de la ceremonia histórica por mujeres tiene en el cuadro intencionalidad política y un toque utópico, dignificando a las mismas.


En las Juntas Generales celebradas en Deba (Guipúzcoa) en 1434 se intentó disminuir la cantidad de tela empleada en cada tocado corniforme, para que de esa forma no fuese tan voluminoso. Se prohibió que, en el caso de emplear lienzo fino, se superasen los 26 metros, y que, en el caso de emplear lienzo grueso, se rebasasen los 7. Esto nos da idea de la cantidad de vueltas que se daba a la tela para envolver el pelo de las mujeres. En 1525 al diplomático italiano Navaggero los tocados vascos le sorprendieron por su forma, que le recordaba el pecho, cuello y pico de una grulla, no faltando en muchos de ellos una cresta que podía adoptar mil formas caprichosas. El término euskera “buruko”, empleado con probabilidad desde hace siglos, hace referencia al tocado, a la toca, al pañuelo para la cabeza y al adorno de la misma. Una disposición del año 1623, quizás precedida y seguida por otras similares, quiso prohibir el uso de un tipo de tocado vasco llamado tontorra, aludiendo a que era feo y a que supuestamente existía un deseo amplio de sustituirlo por otro ya más de moda. Los textos conservados permiten corroborar que los llamativos tocados vascos siguieron usándose hasta bien entrado el Siglo XVIII, si bien fueron perdiendo mucha fuerza por el asedio institucional y eclesiástico, siendo sustituidos por otros menos originales, en los que destacaba igualmente la blancura de los paños. El historiador Juan Ramón Iturriza señala que en 1783 sólo vio llevar uno de estos espectaculares tocados en las fiestas de la Virgen de Cenarruza a la mujer del Regidor de Arbácegui. Sin duda esta dama vizcaína sería ese día el centro de atención, exhibiendo su poder, riqueza, personalidad fuerte y gusto por la tradición.


En las dos primeras décadas del Siglo XVI, los dos tocados con más éxito entre las españolas fueron el “tranzado” (escrito con a y no con e) y las tocas de tradición bajomedieval. Mientras que el “tranzado” era preferido por las más jóvenes, las tocas eran de mayor uso entre las mujeres de más edad y entre las que querían parecer más recatadas. El “tranzado”, rastreable ya a fines del Siglo XIV, se llevaba con el pelo peinado hacia abajo, pegado a la cara, y recogido detrás en una trenza que formaba una sola onda sobre cada mejilla, pudiendo adornarse mediante cintas entrecruzadas y generando a veces una larga cola, que algunas muchachas se enrollaban alrededor de la cabeza. Se fue tendiendo a que la onda bajase hasta cerca de los hombros, de modo que la trenza de pelo y su funda comenzasen no pegadas a la nuca como antes, sino a la altura de los hombros. En cuanto a las tocas, conocidas desde al menos los inicios del Siglo XIII, solían constar de dos piezas. Una cubría la cabeza y el cuello, mientras que la otra iba por encima, cayendo sobre los hombros. Una u otra podían faltar, especialmente la pieza de abajo en el caso de las mujeres jóvenes. La pieza superior podía ser casi transparente en las mujeres adineradas. Se fue poniendo de moda el fruncir en las tocas el borde que encuadraba el rostro, sobre todo por parte de las casadas. Probablemente a través de los Países Bajos llegaron los llamados tocadillos alemanes y las grandes tocas anudadas con el pelo. Otros peinados eran el que dejaba colgar un mechón por delante de cada oreja y el que anudaba el pelo como si se tratase de una cinta, mostrando un nudo o lazo sobre la frente.


En la década de 1520 aumentaron las variedades del “tranzado”, tanto en la forma del casquete como en la funda que envolvía la trenza. Por entonces se introdujeron las mantellinas con pinjantes. En la década siguiente nació la cofia de papos, surgida de añadir dos protuberancias laterales a la toca fruncida. Estas protuberancias eran necesarias para poder cobijar dos moños abultados de pelo rizado a los lados de la cabeza. Las grandes tocas anudadas en el pelo fueron sustituidas por tocas o bandas anudadas sobre la frente. Entre las mujeres de la nobleza fue además frecuente el uso de algunos tipos de gorras. Los sombreros y las gorras no eran tocados exclusivamente masculinos, si bien las mujeres los empleaban menos. Cuando las damas llevaban sombrero, éste se disponía sobre otro tocado inferior o sobre el manto. Ya a mediados del Siglo XVI, decayó mucho la presencia del “tranzado”, afianzándose en cambio la cofia de papos. Ésta evolucionó, cayendo sobre el pecho en un pronunciado pico. Las protuberancias laterales se hacían más pequeñas y más altas para adaptarse a un nuevo peinado. Los lados de cabellos encrespados se convirtieron en dos moños apretados y altos, los cuales dejaban al descubierto las orejas. En algunos retratos cortesanos ya próximos a 1560 las damas aparecen con cofias o rolletes muy pequeños sobre dos moños altos. La crespina era una redecilla de hilo trenzado de uno o varios colores, que servía tanto para recoger el pelo largo como para adornarlo, pudiendo ir directamente sobre el mismo o sobre telas, formando parte en este último caso de tocados más complejos.


De origen e influencia andalusí era la albanega, cofia para recogerse el pelo y cubrirse la cabeza, hecha de lienzo fino, normalmente pequeña y redonda, bien ceñida. Las moriscas empleaban habitualmente alharemes y tocas de camino, enrolladas a la cabeza a modo de turbante, con parte de su tela cubriendo el cuello. El nombre dado a las tocas de camino parece revelar que eran idóneas para las jornadas duras y los largos viajes, lo que explica el que se pusieran también de moda entre las cristianas. El alemán Jerónimo Münzer, que conoció en 1494 la Granada recién reconquistada, indica que las moriscas, al salir de casa, iban cubiertas por una tela blanquísima de lino, algodón o seda, tapándose la cabeza y la cara hasta el punto de no vérseles más que los ojos. Navaggero, que estuvo en España en 1525 como embajador de Venecia, al describir la indumentaria de las moriscas señala que llevaban una capa de tela blanca que les cubría hasta llegar al suelo, con la cual se envolvían de tal manera que si no querían no eran conocidas. El resto de las ropas que lucían en público las moriscas estaban en sintonía con esta discreción, pudiendo citarse las camisas largas, los chalecos algo más cortos por encima y los abultados zaragüelles, medias anchas con multitud de arrugas. Todo ello evitaba que las formas del cuerpo quedasen bien definidas en los lugares concurridos, haciendo que las mujeres tuvieran un aire exótico y misterioso. Al visitar la ciudad marroquí de Fez en 1573, pocos años después de la revuelta de las Alpujarras, Mármol de Carvajal comenta que los trajes tanto de hombres como de mujeres que pueden verse allí son iguales que los de los moriscos hispanos.



BIBLIOGRAFÍA

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