miércoles, 9 de marzo de 2022

EL ENRIQUECIMIENTO COMERCIAL DE CRISTÓBAL DE HARO


Cristóbal de Haro (fallecido en 1541) perteneció a una poderosa familia de mercaderes burgaleses, de origen probablemente judeoconverso. La exportación de lana hacia Flandes había hecho de la ciudad de Burgos un importante centro mercantil, en cuyas actividades bancarias participó intensamente la familia de los Haro. Con diversas ciudades de los Países Bajos y de Alemania, Cristóbal de Haro mantuvo beneficiosos vínculos comerciales, adquiriendo una gran capacidad de financiación de empresas marítimas, destinadas, entre otros objetivos, a la obtención de especias en lugares exóticos, con las cuales abastecer los mercados europeos. El archipiélago indonesio de las Molucas, lucrativa fuente de aprovisionamiento de ciertas especias, como el clavo aromático y la nuez moscada, había quedado bien conectado con Portugal desde que en 1512 se abriera la ruta oceánica oriental que rodeando África alcanzaba dichas islas. Los españoles buscaron nuevas rutas para llegar a ellas, pero navegando desde la Península Ibérica hacia Occidente. Cristóbal de Haro contribuyó a la organización de algunas de estas expediciones, destacando la realizada entre 1519 y 1522, que se saldó con la primera circunnavegación del planeta, iniciada bajo el mando del navegante portugués Fernando de Magallanes y culminada por el marino vasco Juan Sebastián Elcano. El valioso cargamento de clavo aromático traído por la nao Victoria de este viaje fue entregado íntegramente a Cristóbal de Haro por orden de Carlos V, el cual recurriría en ocasiones a los préstamos del comerciante burgalés, de igual manera que había recibido ya financiación de su hermano, Diego de Haro.


El entusiasmo llevó a la creación a fines de 1522 de la Casa de Contratación de la Especiería, establecida en La Coruña, de la que Cristóbal de Haro fue nombrado factor. Esta institución tuvo corta vida, pues en 1529 Carlos V, por el tratado de Zaragoza, renunció a los posibles derechos de España sobre las Molucas en favor de Portugal, recibiendo a cambio una compensación de 350.000 ducados. La acción colonial española en el Sudeste asiático se centrará en el futuro en las Filipinas, especialmente desde que en 1565 Andrés de Urdaneta, integrante de la expedición conquistadora de Legazpi, descubra el llamado “tornaviaje”, valorando las estaciones, los vientos y las corrientes marinas que optimizan los tiempos de vuelta desde Filipinas hasta la costa occidental de México. En cuanto a las Molucas, no fueron por mucho tiempo un monopolio comercial portugués, pues una primera flota holandesa llegó hasta ellas en 1599, acrecentándose año tras año el predominio comercial neerlandés en la zona. Desde su creación en 1602, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, institución mercantil sustentada en prácticas paramilitares, se fue haciendo con el control del comercio en el ámbito indonesio, arrinconando progresivamente a los portugueses, que hacia 1850 mantenían allí ya solamente su dominio sobre Timor Oriental. La isla de Timor proporcionó a los comerciantes lusos desde 1512 abundante madera de sándalo, usada en carpintería fina y para la obtención de perfumes. La escasa implantación colonial portuguesa en las islas indonesias revela la prioridad adjudicada a los intereses comerciales sobre otros relacionados con la impregnación cultural y la conquista efectiva de territorios tan distantes de la metrópoli. Paralelamente, en el caso filipino, el bajo número de colonos peninsulares explica también la rapidez con la que el legado español se diluyó a lo largo del Siglo XX en dicho archipiélago, exceptuándose la pervivencia de la fe católica.



Muchas sombras recorren la personalidad tanto de Cristóbal de Haro como de otros miembros de su grupo comercial, en cuanto a que no dudaron en involucrarse abiertamente con afán de enriquecimiento en el tráfico de esclavos entre África y América, conectando para ello con las redes de captación y distribución establecidas por los portugueses. Se trataba para Cristóbal de Haro de una actividad complementaria, ya que en el mismo barco podían viajar tanto esclavos como productos de “resgate”, es decir, destinados al intercambio comercial con los indígenas. Al principio de su carrera, el mercader burgalés obtuvo incluso autorización del rey portugués Manuel I para poder traer hasta Europa toda clase de mercancías obtenidas en ámbitos correspondientes a la implantación colonizadora portuguesa, como maderas brasileñas, codiciadas por los artesanos para elaborar tintes, muebles e instrumentos musicales. Entre 1505 y 1517 pasó largas temporadas en Lisboa, desde donde controlaba la llegada del azúcar de Madeira, que constituyó una de sus primeras fuentes de riqueza. Actuó de intermediario en la comercialización de la pimienta y otras especias, pues no controlaba los lugares de explotación de las mismas. En este período colaboró con Portugal armando barcos para la exploración de nuevas vías que permitiesen atravesar América para llegar cuanto antes al Pacífico, sin importarle la deslealtad que implicaba el facilitar a los portugueses el acceso a zonas que el Tratado de Tordesillas reservaba a España. La familia de los Haro experimentó un duro golpe económico al producirse la tragedia humana del hundimiento de bastantes de sus navíos (difiriendo las crónicas entre siete y dieciséis) llenos de esclavos africanos. El ataque fue realizado por el pirata portugués Iusarte, que se movía entre el archipiélago de Cabo Verde y la costa congoleña. Iusarte fue ejecutado en Oporto pocos años después, pero el rey Manuel I no concedió a Cristóbal de Haro ninguna indemnización. Ello, unido a los crecientes obstáculos puestos por Portugal a los mercaderes extranjeros, impulsó a Cristóbal de Haro a regresar a España, donde más adelante ofrecerá soporte financiero al joven rey Carlos, llegado al país con su séquito flamenco en 1517.


En el Archivo General de Simancas se conserva un memorial (AGS, CCA, LEG, 118, 92) de Cristóbal de Haro, fechado el día 24 de Octubre de 1517, con la petición de que se le restituya una carabela que le fue embargada unos cinco años atrás, y que se encontraba retenida junto con su cargamento de bienes y esclavos por la Casa de Contratación de Sevilla. No era la primera vez que Cristóbal de Haro se dirigía a la Cámara de Castilla para solicitar la devolución de esta nave. Se trataba de un barco armado en Lisboa, con tripulación portuguesa, capturado en el área costera americana conocida como Tierra Firme, que comprendía desde las Guayanas hasta el Cabo de Gracias a Dios, que separa los actuales estados de Nicaragua y Honduras. Cristóbal de Haro argumenta en su escrito que fue el mal tiempo el que desvió la carabela hacia el territorio americano español. Los marineros portugueses fueron liberados con la aprobación del Cardenal Cisneros, como contrapartida por haberse soltado también antes a marineros castellanos pillados en aguas portuguesas. Al enumerar a algunos de los tripulantes, los primeros que aparecen son “Estevan Flórez” y “Pero Flórez”, que seguramente estaban al mando. La prolongada negativa de restitución de la nave y de su contenido a Cristóbal de Haro a pesar de la prestigiosa posición socioeconómica de su familia pudo deberse a la sospecha de que la misma superó la demarcación brasileña intencionadamente, tal vez en busca de un ágil paso interoceánico. El barco fue conducido primeramente a Santo Domingo, que se iría convirtiendo en uno de los lugares de la América hispana en recibir más población esclava, ocupándose más tarde de resolver el asunto el tribunal sevillano de la Casa de Contratación, que era el máximo órgano de control del comercio y tránsito de personas entre España y América. No se aclara qué ocurrió durante esos cinco años de embargo con los esclavos africanos retenidos, si bien lo más probable es que se les diera trabajo a cambio de alimento. La petición de Cristóbal de Haro quedó también consignada en el Registro General del Sello (AGS, RGS, LEG, 151710, 163), con pésima letra y fecha de entrada dos días posterior.

 

El grueso del primer documento mencionado, quizás no del todo sincero, reza como sigue: “Cristóval de Haro, mercader vezino de la çibdad de Burgos, digo que ya V. A. sabe como por otras petiçiones le ove hecho relación que puede aver cinco años que, estando yo en la çibdad de Lisboa del Reyno de Portugal, ove armado a mi costa una caravela con mercaderias de resgate para yr a la tierra que se dize del Brasil y cae en la conquista del Rey de Portugal, por la demarcaçion que con el dicho Rey fue hecha. En la qual caravela fueron muchos portugueses por marineros y brumetes, especialmente Estevan Flórez y Pero Flórez y Pero Marinero y Miguel Brumete y Ehas Corço y Pero Corço y otros portugueses. Los quales siguiendo el dicho viaje con tienpos contrarios aportaron en la tierra que V.A. tiene en tierra firme, donde fueron presos y enbargadas y secuestradas la dicha caravela y mercaderias y çiertos esclavos que trayan, en la çibdad de Santo Domingo de la Isla Española. Y remetieron a los dichos portugueses presos ante los jueces de la Casa de la Contrataçion de Sevilla, e ynformados el reberendisimo cardenal su embaxador aver pasado ansy, dieron probision para que los dichos juezes soltasen los dichos presos portugueses, constandoles averse soltado en Portugal çiertos castellanos que a esta causa avian sido presos, lo qual les consto e soltaron los dichos portugueses libres y sin pena alguna. Y las dichas mis mercaderias y esclavos y armada an estado y estan todavía enbargadas, de que he resçibido y espero resçibir muy gran daño. Suplico a Vuestra Alteza mande dar su provision para que los dichos juezes e ofiçiales de la Casa de la Contrataçion de la dicha çibdad de Sevilla o de las dichas yslas e personas en cuyo poder estan los dichos bienes me los entreguen, tornen y restituyan e agan tornar e restituyr libremente e syn costa alguna, pues yo ni ellos no tenemos culpa. Y los dichos portugueses fueron sueltos libremente. E pido cumplimiento de justiçia, y para ello le encargo su real conçiençia”.

 

El texto revela la temprana implicación de algunos comerciantes españoles en el mercadeo de esclavos negros, el cual se fue incrementando ante la necesidad de conseguir más trabajadores para las colonias, en las cuales la población indígena experimentó un retroceso demográfico. En la España peninsular la presencia de esclavos africanos fue más limitada, salvo en algunas ciudades andaluzas, gracias en parte a un mayor cuestionamiento moral. Llegaban principalmente a Sevilla, muchas veces con el rostro marcado, redistribuyéndose desde allí entre familias de alto poder adquisitivo. Incluso había privilegios de juro (especie de pensión o censo sobre las rentas reales), situados en las rentas provenientes del comercio con esclavos negros. Dos de estos polémicos juros (AGS, EMR, MER, 220, 305) fueron adquiridos por compra en el año 1600 por el Duque de Lerma, valido del rey Felipe III. Los juros, concedidos en muchos casos en concepto de interés por razón de una cantidad prestada al monarca, permiten también rastrear la intensa actividad financiera que Cristóbal de Haro desplegó al servicio de la Corona y sobre todo al servicio de sí mismo. Muchos de ellos pueden consultarse en el Archivo General de Simancas, en las secciones de “Escribanía Mayor de Rentas” y “Contaduría de Mercedes”. Uno en concreto (AGS, CME, 493, 2), de 10.000 maravedís, va acompañado del testamento del comerciante, con adjudicación de bienes a Sebastián de Haro. Las cantidades de estos juros a nombre de Cristóbal de Haro oscilan mucho, pudiendo ir desde los 910 maravedís (importe más común en las limosnas anuales recibidas por conventos y monasterios) hasta los 48.156. Las fechas de los mismos arrancan en 1525, situándose algunos de ellos sobre las rentas tanto de la capital burgalesa como de otras áreas próximas, como Castrojeriz y la comarca de la Bureba. Es decir, las actividades comerciales desplegadas por Cristóbal de Haro repercutían en la circularidad de la economía de su tierra de origen, que por un lado le suministraba recursos y por otro se beneficiaba del establecimiento allí de tan poderosa familia.

 

La insistencia a lo largo de cinco años por parte del comerciante burgalés en las peticiones a la Cámara de Castilla para poder recuperar la carabela embargada y su contenido apunta a que las mercancías retenidas por la Casa de Contratación de Sevilla no eran meras baratijas con las que engatusar a los indígenas, sino productos no perecederos que serían fácilmente intercambiables, no sólo por otros exóticos sino también en la propia península. La falta de ética de Cristóbal de Haro queda clara tanto por su participación en el negocio esclavista como por su colaboracionismo con Portugal en un momento en que estaban dirimiéndose intereses geoestratégicos de gran alcance. Su financiación permitió a la Corona española acometer empresas marítimas en las que hubo grandes muestras de épica y heroísmo, ampliando el conocimiento del mundo. La exploración de nuevos territorios fue seguida por la conquista de muchos de ellos, estableciéndose rutas periódicas con las que hacer llegar a Europa metales preciosos, semillas y nuevos bienes de consumo. La familia de los Haro encarna en este período histórico el vitalismo comercial efectuado sin riesgo físico, al que sí se exponían los numerosos marinos y soldados que fueron despoblando su tierra para lanzarse a las inciertas aventuras de la expansión colonial. Hubieran sido necesarias muchas más iniciativas mercantiles y de manufacturación por parte de los españoles que permanecieron en la península para que el beneficio principal del comercio marítimo no acabara transfiriéndose tan rápido al Norte de Europa. La evangelización y las leyes que protegían a los indígenas de los nuevos territorios adquiridos por España contrastaban con la permisividad mostrada hacia la vergonzosa compraventa de personas oriundas del África subsahariana.


domingo, 23 de enero de 2022

SEIS DONCELLAS PORTUGUESAS RECLAMAN SU DOTE EN 1530

 

En sus aproximadamente 40 años de vida, el Primer Duque de Arcos, Rodrigo Ponce de León (1490-1530), se casó en cuatro ocasiones. En 1507 contrajo matrimonio con Isabel Pacheco, mujer que le superaba bastante en edad, y que murió sin darle descendencia. Más tarde se casó con Juana Téllez Girón, con la que tuvo a Jerónima, que falleció siendo niña. Tras la muerte de Juana, se desposó con la hermana de ésta, María Téllez Girón, que le dio hacia el final de su vida dos hijos: Ana, nacida en 1527, y Luis Cristóbal, nacido en 1528, que se convertiría pronto en el Segundo Duque de Arcos. Al morir María, Rodrigo Ponce de León se casó por cuarta y última vez. La boda tuvo lugar en Portugal, ya que la esposa, Felipa Enriques, era de allí. Este último período matrimonial fue de corta duración, por la muerte en este caso de Rodrigo. Tanta sucesión de muertes en un espacio relativamente corto de tiempo revela la precaria salud que tenía mucha gente, incluso del estamento nobiliario, dado el escaso desarrollo de la medicina y de las atenciones médicas. A Rodrigo, afincado en Marchena, le conquistó sin duda en su último año y medio de vida la idiosincrasia portuguesa, no sólo por el hecho de que fuera directamente a Portugal a encontrar una nueva esposa, sino también porque poco después de regresar escribió solicitando que se trajesen de allí, para el servicio de su casa señorial, varias doncellas, las cuales con su compañía harían a su mujer más llevadero el cambio de país. El llamamiento hizo que seis jóvenes portuguesas, extraídas de la baja nobleza, acudiesen a las posesiones solariegas del ducado de Arcos en busca de una mayor prosperidad, abandonando sus lugares de origen y gastando en la incierta aventura determinados recursos propios.


El fallecimiento del Duque no muchos meses después hizo que las muchachas tuviesen que volver a su tierra, reclamando desde allí a la Duquesa viuda el envío de algo de dinero con el que poder concertar con más garantías de futuro sus casamientos. Felipa Enriques explica, en un memorial conservado en el Archivo de Simancas (AGS, CCA, LEG, 224, 61) su complicada situación económica, solicitando al Rey a través de la Cámara de Castilla que asigne a las muchachas las cantidades que considere, extrayéndolas luego de las rentas correspondientes al nuevo pequeño Duque, Luis Cristóbal. También Felipa solicita que de las mismas rentas se pague a su madre el importe de algunas cosas que fueron traídas de Portugal para su difunto marido. Éste en su testamento no pudo dejar nada a sus criados y al personal a su servicio, al no disponer de bienes suficientes que no estuviesen sujetos al vínculo de mayorazgo. La necesidad de liquidez había obligado al Duque a solicitar algunos gravosos préstamos que incluso ponían en peligro el mantenimiento de ciertas propiedades familiares. Aunque la base teórica de las rentas anuales percibidas por el Duque era muy alta, sobre algunas de ellas había ciertos litigios, no ayudando tampoco el insuficiente uso dado a las tierras, la participación en proyectos militares y el curso cambiante de las veleidades políticas. Para obtener nuevas fuentes de riqueza, el Duque había puesto en marcha salinas y explotaciones azucareras, mientras se retrasaban los permisos para la apertura de las minas que había heredado. Estaba resultando muy costosa la construcción de dos espacios religiosos patrocinados por el Duque: la iglesia de Nuestra Señora de la O de Rota y el convento dominico de San Pedro Mártir de Marchena. En este segundo lugar sería enterrado Rodrigo junto a su tercera esposa, María Téllez Girón.


Queriendo dar más fuerza a su ruego, Felipa Enriques lo acompaña de algunas cartas del Duque difunto y de una declaración efectuada por Fray Domingo de Baltanás (1488-1568), que era el confesor y uno de los albaceas del mismo. Este clérigo dominico, prolífico escritor moralista, gozaba de un gran prestigio por entonces. Tras su etapa inicial de formación teológica, alcanzó en 1522 el rectorado del Colegio sevillano de Santo Tomás. Adquirió gran fama como predicador, consiguiendo que destacadas familias nobiliarias andaluzas aportasen recursos para la fundación de conventos. Fue misionero entre los moriscos de las Alpujarras antes de que estallase allí la rebelión. Algunas de sus ideas, consideradas demasiado audaces, provocaron en 1561 su choque con la Inquisición, que le hizo pasar los últimos años de su vida recluido en un convento, y que se aseguró de que sus obras doctrinales no alcanzasen excesiva difusión. En la carta de la Duquesa viuda de Arcos se menciona a Fray Domingo de Baltanás como uno de los encargados de hacer que se cumplan las últimas voluntades de Rodrigo Ponce de León, sin que apenas haya en este caso bienes para repartir, quedando la herencia bastante compacta en el mayorazgo recibido por Luis Cristóbal, que al morir su padre no tenía ni dos años de edad. Este memorial muestra claramente el pesar y la frustración de la joven viuda, así como su identificación afectiva con las otras damas portuguesas, hasta el punto de convertirse en defensora de sus causas ante el Rey. A la solicitud efectuada por Felipa Enriques responde el Rey Carlos I “Véase” y “que el Gobernador y los testamentarios informen de todo”, es decir, que el asunto se lleve adelante, para ver si es procedente o no el desvío de algunas rentas del Segundo Duque de Arcos para el pago a las seis doncellas portuguesas y a la madre de la peticionaria. Reproducimos a continuación el núcleo del texto analizado:


“La duquesa de Arcos besa los pies de V. M. y dize que, despues que el duque, su marido, se caso con ella en Portugal, de donde la traxo, escrivio a aquel Reyno que se buscasen algunas donzellas hijasdalgo que viniesen a estar en su conpañia y serviçio, y que asi lo hizo, que por su mandado se enbiaron seys donzellas, hijas de cavalleros en aquel Reyno, que aca llamamos fidalgos, y estuvieron en su casa y conpañia hasta que el dicho duque de Arcos, su marido, murio. Que a ella no le quedo con que poderlas sustentar, porque no le quedaron mas de 300.000 (maravedíes) para sus gastos, y que por esta cabsa se bolvieron a casa de sus padres. Y después de ydas le piden a la dicha duquesa que les pague y ayude para sus casamientos, pues debaxo desta palabra ellas salieron de su naturaleza, y para venir como devian, y servir y aguardar señores, gastaron mucho de sus hasiendas. Y que visto que piden justo y ella no tiene de que pagallas ny razon por que hazello, pues ella no las mando venir, a pedido a los albaçeas del dicho duque que se cumpla con ellas, a lo qual an respondido que lo harian si toviesen bienes del dicho duque, porque bien veen que es a su cargo. Suplica a Vuestra Magestad que atento que esto es serviçio y de donzellas que se an de casar y por solo este fin se movieron, mande que, pues no ay bienes del duque difunto, se pague de la renta de su hijo, pues tiene hende que hazello, y esto es cosa que agraviara su conçiençia si no se fiziese. Y para que mas justamente se haga, V. M. mande que, pues estas donzellas son hijasdalgo y personas honradas, libre de tomar cantidad como a V. M. pareçiere señalar para cada una, porque en el cumplimiento de lo que se les a de dar no aya dilaçion, mandado tener respecto a la calidad de las personas a quien vinieron a servir y de otro Reyno. Y presenta este testimonio y las cartas del dicho duque. Asi mismo suplica a V. M. mande que se pague de la renta de los duques quarenta myll maravedíes que se deven a dona Maria Enriques, madre de la dicha duquesa, de cosas que para el dicho duque difunto se truxeron de Portugal, como se mandara ver por un testimonio de declaraçion de Fray Domingo Baltanás, albaçea del dicho duque, que se presenta”.

viernes, 7 de enero de 2022

INCENDIO DE ESCRIBANÍAS EN EL ATAQUE A LA PALMA DEL AÑO 1553


A lo largo de la primera mitad del Siglo XVI la isla canaria de La Palma fue ganando importancia gracias al privilegio real que le permitía comerciar con América, lo que hizo que mercaderes de distintas procedencias se estableciesen en la ciudad portuaria de Santa Cruz, la cual servía de escala en las travesías atlánticas que enlazaban la Península Ibérica con las posesiones españolas del Mar Caribe. En 1551 estalló entre Francia y España una guerra por el control de diversos territorios italianos, de modo que el rey francés, Enrique II, incentivó por entonces el hostigamiento por parte de las embarcaciones francesas al tráfico marítimo español. Entre el 21 de julio y el 1 de agosto de 1553 el corsario protestante François Le Clerc dirigió desde su nave capitana el saqueo de Santa Cruz de La Palma, realizado por unos setecientos hombres. La mayoría de la población de la ciudad huyó a las montañas próximas con algunos de sus bienes más preciados, lo que hizo que no hubiera muchas muertes. Los franceses registraron todas las casas, robando cuanto pudieron, y luego prendieron fuego a la ciudad, causando una gran destrucción. Ardieron también las casas consistoriales con sus archivos, las escribanías y las oficinas públicas, perdiéndose así documentos de gran valor notarial e histórico. Inmediatamente después de lo ocurrido, se generó entre los habitantes de la isla, tanto aborígenes auaritas como colonos, un sentimiento de indefensión, al que las autoridades españolas respondieron los años siguientes con la construcción de varias fortalezas y la distribución de armas, elementos que permitieron frustrar posteriores intentos de desembarco por parte de enemigos, destacando en este sentido la incursión fallida del corsario inglés Francis Drake en 1585.

 

El ataque francés a Santa Cruz de 1553 puede ser reconstruido de manera bastante fidedigna a través de algunos documentos conservados en el Archivo General de Simancas, como las cartas enviadas al rey por varios gobernadores insulares. El licenciado Juan Ruiz de Miranda ostentaba en aquel momento el cargo de gobernador de Tenerife y La Palma, pero se encontraba en la primera de estas islas cuando aconteció el saqueo. Tanto él como Diego de Arguijo, su teniente, que sí presenció el ataque, informaron a la Cámara de Castilla sobre lo ocurrido. Ambos perdieron sus cargos por la escasa resistencia ofrecida a la invasión, determinándose además que en adelante el gobernador de Tenerife y La Palma tuviese que residir la mitad del año en cada isla. La actuación de Diego de Arguijo, que era la máxima autoridad civil y militar de La Palma cuando se produjo el ataque, fue controvertida, en cuanto a que no autorizó la respuesta armada de un millar de isleños que ya estaban listos, para así salvar la vida de la mujer, la hija y las criadas del regidor Pedro Sánchez de Estopiñán, que habían sido capturadas por los corsarios franceses. Aceptó además el pago de un rescate por ellas de 5.000 ducados o cruzados de oro, acordado gracias a la intermediación de un comerciante vasco y otro flamenco. Tras cobrar el rescate y liberar a estas mujeres, los atacantes se marcharon. Poco más de un mes después se menciona ya a Pedro Sánchez de Estopiñán como difunto. Su muerte quizás fue consecuencia de la angustia y la presión que cayeron sobre él al quedar la ciudad sumida en tanta desgracia. Su hija liberada era la esposa de Juan de Monteverde, el cual fue nombrado tras el desastre en sustitución de Diego de Arguijo como capitán general de La Palma y alcaide de sus ruinosas fortalezas. Al mismo tiempo Diego de Arguijo también dejó de ser teniente de gobernador de la isla, reemplazándole en el puesto Diego de Cabrera.

 

La petición que transcribimos ahora (AGS, CCA, LEG, 342, 31.1), fechada algo más de un año después del ataque corsario, es redactada por el escribano Bartolomé Morel para solicitar a la Cámara de Castilla que al jurado Baltasar Pérez se le envíe una copia de su título, al habérsele perdido el original en el expolio de su vivienda, de modo que quede bien acreditado por real provisión el desempeño de su oficio: “Yo, Bartolomé Morel, escrivano de sus Magestades e publico desta ysla de La Palma, doy fee a los señores que la presente vieren como por el mes de julio del año proximo pasado de mill e quinientos e cinquenta e tres vino sobre el puerto desta çibdad de Santa Cruz de la dicha ysla ocho naos e navíos de armada de franceses, de los quales echaron gente armada en tierra, e por fuerça de armas tomaron y se apoderaron de la dicha çibdad e la metieron a saco e rrobo, como la saquearon e rrobaron e despues quemaron la mayor parte e mas prencipal de las casas desta çibdad. Entre las quales fueron quemados los escritorios de los escrivanos publicos desta ysla e toda la mayor parte de los papeles e rregistros y escrituras dellos segund questo es notorio. Y entre las casas que ansi fueron saqueadas, una dellas fueron las de la morada de Baltasar Pérez, jurado e vecino de la dicha ysla, de pedimiento del qual di la presente, por que me la pidio para que constase del dicho saco e robo e caso fortuito que generalmente avia acaecido en la dicha çibdad, con el qual dixo aversele perdido el titulo oreginal e provision que tenia de la merced del dicho oficio, como avia acaecido a otros muchos. E para pedir e suplicar a su Magestad le manden dar otra copia e provision del registro del que fue esta fecha. En la noble çibdad de Santa Cruz, ques en la dicha ysla de La Palma, a veinte e un dias del mes de agosto de mill e quinientos e cinquenta e quatro años. En testimonio de verdad, Bartolomé Morel suplico”.

 

BIBLIOGRAFÍA:

-Leal Cruz, Pedro Nolasco; “Los ataques piráticos de Pie de Palo (1553) y Francis Drake (1585) a Santa Cruz de La Palma. Análisis contrastivo”. XVII Coloquio de Historia Canario-Americana. V Centenario de la muerte de Cristóbal Colón. 2008. Páginas 1803-1822.


jueves, 30 de diciembre de 2021

VIAJERO INGLÉS ASALTADO EN ASTURIAS HACIA 1523

 

En un memorial conservado en el Archivo General de Simancas (AGS, CCA, LEG, 159, 146) un viajero inglés pide a través de la Cámara de Castilla al Rey Carlos I (que recibe el tratamiento de “Sacra Cesárea Católica Majestad”) que se le haga justicia por el robo que ha sufrido en las cercanías de la ciudad de Oviedo. El escribano que realizó el documento transcribe el nombre del viajero como Ullen Guibesun, que tal vez sea la castellanización poco precisa de Eugene Gibson. Aunque el documento no está fechado, el legajo en que se encuentra parece indicar que estaríamos en el año 1523, fecha a la que pertenecen la gran mayoría de los documentos de dicho legajo. El asalto se produjo en concreto en el mes de marzo, y el valor de las pertenencias sustraídas ascendía a unos cien ducados. Hasta 1536, año en que se introdujo el escudo de oro, el ducado era una moneda real y no sólo una unidad de cuenta. Se trataba de una moneda de oro de gran pureza (unas 989 milésimas) y unos 3,5 gramos de peso, equivalente a 375 maravedís. El ducado español tenía más cantidad de oro que los acuñados en otros países europeos, pero al ser ligeramente más blando podía sufrir más deformaciones. Realizada la denuncia por parte del viajero, el Teniente de Corregidor de Oviedo consiguió determinar la identidad de dos de los ladrones, Bernaldo de Valdés y Pedro de Rubio, personas poderosas y bien relacionadas, cuyas malas artes alcanzaban toda Asturias. Tras hacer sus investigaciones, el Teniente quiso prenderlos para que respondieran con sus bienes por el robo, pero ellos huyeron.


El destino final del viaje del caballero inglés era Santiago de Compostela, por lo que podría tratarse de un peregrino. La reforma anglicana no se iniciará hasta 1534, de modo que aún la fe mayoritaria inglesa era la católica. Tras el robo, habiendo recibido el aviso de que los asaltantes volverían a actuar contra él, el viajero contrató los servicios de veinte hombres. Estos fueron sin duda de gran ayuda para evitar que Bernaldo de Valdés y Pedro de Rubio le matasen cuando le salieron nuevamente al paso, esta vez cerca de la localidad de Grado, situada a unos 24 kilómetros de Oviedo. La numerosa escolta reunida señala la importancia y la capacidad económica del viajero, que no la dejó ir hasta alcanzar Ribadeo, es decir, justo hasta que llegó a territorio gallego. Quizás en el contexto de tener que atravesar de nuevo Asturias en el regreso de su peregrinación, el caballero inglés solicita al Rey que envíe su provisión para que el Corregidor de dicha tierra haga arrestar a los delincuentes, de modo que queden fuera de la libre circulación y le devuelvan lo que le sustrajeron. El Monarca y su Consejo no dudan de la veracidad del testimonio del viajero, por lo que aparece la palabra “Fiat” (Hágase) a continuación del extracto de la súplica. Era preciso intentar hacer justicia con prontitud para que la inseguridad de los caminos españoles no desalentase a otros posibles peregrinos extranjeros de elevada condición. El desprestigio y el daño económico que la desidia procesal y la inacción punitiva podrían conllevar para el país serían grandes.



La exposición de los hechos, respetando gran parte de la grafía antigua, es la siguiente: “Ullen Guibesun, yngles, dize que un dia del mes de março pasado, yendo en el camino real en las Asturias, junto con la çibdad de Oviedo, le saltearon y robaron Bernaldo de Valdés e Pedro de Rubio, vezinos de la dicha çibdad de Oviedo, con otros sus conpañeros. E le quitaron el valor de çient ducados de horo. Y sobre ello el Teniente de Corregidor de la dicha çibdad fizo su pesquisa. Y por ella fallo que los dichos Bernaldo de Valdés e Pedro de Rubio y sus conpañeros fueron los salteadores y robadores del dicho Ullen Guibesun, yngles. Y como el dicho Teniente quisieselos prender, ellos se ausentaron. Y como quisiese el syguir contra ellos y sus bienes para cobrar lo myo, yendo por mi camino para Santiago me salieron por me matar junto con la villa de Grada, que hes en las dichas Asturias. E de fecho me obieran muerto sy no fuera abisado. Y llebaba conmigo beynte honbres, y los lebe ata Ribadeo, en Galizia, por miedo de ellos. E por respeto que los dichos Bernaldo de Valdés e Pedro Rubio e sus conpañeros son personas poderosas e muy faboreçidos en la dicha çibdad de Oviedo y en las dichas Asturias, por miedo que me maten no puedo ni oso yr a la dicha çibdad y tierra a pedir justiçia dellos. Por ende humilmente suplico a V. S. M. mande dar su probision real dirigida al Corregidor de la dicha Asturias para que prenda o aga prender los dichos Bernaldo de Valdés e Pedro de Rubio o qualquier dellos, e que los enbie con personas de recado ante V. S. M. o los señores de su real consejo o alcaldes de su corte o como mas fuere su Magestad servido. E mande a ellos que al dicho suplicante agan brebe conplimiento de justiçia”.


domingo, 19 de diciembre de 2021

ALGUNOS TOCADOS FEMENINOS HISPANOS USADOS ENTRE 1475 Y 1625

 

Están muy bien documentados para al menos el período comprendido entre finales del Siglo XV y comienzos del Siglo XVII unos extraños y diversos tocados femeninos, voluminosos y muy llamativos, que fueron usados principalmente por las mujeres del Norte peninsular, en concreto de Asturias, Norte de León, Cantabria, Norte de Burgos, País Vasco, Norte de La Rioja y Navarra. Sin duda tendrían precedentes de raigambre medieval, peor conocidos por ser un asunto irrelevante para las fuentes escritas de la época, que además son mucho menos abundantes. Gran parte del área mencionada tendría un gusto común por los tocados femeninos impactantes, dándose a la vez multitud de variaciones regionales. Algunos de los tipos, por la insistencia en su uso, llegaron a adquirir carácter identificativo para las mujeres de determinados valles, o se convirtieron en un elemento característico de la adscripción comarcal. Muchas de las implicaciones sociales y de las connotaciones semánticas de estos tocados siguen siendo motivo de discusión. Su dilatada pervivencia, sorteando crecientes presiones, merecen estudios más detallados que permitan comprender su origen y evolución. Como imagen efectista podríamos pensar, viajando en el tiempo, en cuál sería nuestra actitud si de repente tuviésemos que dirigirnos a una mujer de la primera mitad del Siglo XVI, con su pelo largo envuelto en paños, formando un cuerno de un tercio de metro inclinado hacia la frente.


El clérigo e historiador Prudencio de Sandoval menciona en sus crónicas que la reina Isabel “la Católica”, al visitar los pueblos, se vestía y tocaba al uso de cada uno de ellos. Recurría para hacerlo posible a las mujeres de más merecimiento del lugar, las cuales le prestaban las ropas y joyas que fueran necesarias. Luego la reina, al devolvérselas, incorporaba en ellas ciertas mejoras como muestra de afecto, contribuyendo esta reciprocidad a que la acogida en los siguientes pueblos fuera también cálida. Incide en esta cercanía de Isabel hacia sus súbditos Baltasar de Echave al narrar que la reina no dudaba en lucir los tocados típicos del País Vasco cuando era convidada en esta tierra con motivo de bodas y otras fiestas. Si a la reina piadosa por excelencia no le parecían descarados los tocados vascos es una pena que un siglo después dichos tocados empezasen a ser mal vistos por prelados excesivamente puntillosos. El que los Reyes Católicos mudasen sus hábitos por los trajes vascos estando allí es interpretado por Baltasar de Echave como muestra de respeto hacia las antiguas costumbres y hacia los viejos linajes de dicho territorio. Tanto Sandoval como Echave escriben sobre estas circunstancias aproximadamente un siglo después de acontecer, en lo que pudiera verse un intento de defender las amenazadas peculiaridades de la vestimenta de los distintos lugares que conformaban el reino. Entra en cierta contradicción con esta condescendencia de los Reyes Católicos el hecho de que en su reinado se emitieran pragmáticas destinadas a limitar la excesiva ostentación en el uso de joyas y adornos, quedando exentas de cumplirlas las mujeres asturianas, por haber aducido que se trataba de una costumbre muy antigua en su tierra el ir profusamente enjoyadas.


Laurent Vital, flamenco encargado de la buena conservación del vestuario de Carlos I en 1517, momento en que el joven rey desembarca en Asturias proveniente de Flandes, comenta por escrito su extrañeza al contemplar los adornos y atavíos que llevan las mujeres del concejo de Villaviciosa en la cabeza, altos y largos, sin que sean tamboriles, sino más bien imitación de respaldos, quedando el pelo generosamente cubierto por telas. Se trata de lienzos de poco precio, pero que al ser tan largos gravan la economía doméstica, haciéndose además difíciles de llevar por su volumen. Uno de estos tocados de esmerada confección podía valer tanto como el resto de las ropas que lucía la mujer. Laurent Vital incide en el contraste entre la sencillez del vestido y la aparatosidad del tocado, lo que revela la importancia que socialmente se concedía al mismo. En su descripción menciona que estos tocados tenían una apariencia continuista con respecto a un genérico estilo pagano. Se trata de un dato importante, ya que nos revela que podían distinguirse claramente en los atuendos de la época elementos que respondían a concepciones precristianas, en el sentido de buscar atraer con rotundidad las miradas, recurriendo incluso a añadidos estrambóticos. Para subrayar la exageración de estos tocados, Laurent Vital los compara con pisos de colmenas y cestas de cerezas, no comprendiendo además cómo no se circunscriben a contextos más rurales.


Cinco días después la comitiva del futuro Emperador llega al concejo de Ribadesella, donde la población se encuentra en plenas fiestas, luciendo por tanto sus mejores galas. Laurent Vital no puede sino dejarse arrastrar por la alegría del recibimiento, pasando a describir los tocados femeninos que más le sorprenden, consistentes algunos de ellos en estrafalarios canutos de apariencia fálica en los que queda atrapado el pelo largo de las mujeres casadas. Su impresión es tal que le hace recordar a mujeres enloquecidas con un gallo sobre la cabeza. Este canuto, adorno de tela blanda o crespón, va recogido y volcado sobre la cabeza, presentando un desarrollo de unos cuarenta centímetros, quedando la punta próxima a la frente. Con frecuencia la punta es de un color distinto al del resto del canuto, primando la combinación del blanco y del amarillo por ser los tonos más comunes de los lienzos sencillos. En algunas de las mujeres más airosas el entelado va muy rígido y tirante, obligándolas a ir bien erguidas y acentuando su sensualidad. Es probable que tanto esmero en la elaboración de los tocados no se diese a diario, sino especialmente en los días de descanso y en las jornadas festivas. No pueden llevarlos las jóvenes sin casar, lo que revela claramente que en estas últimas resultarían demasiado escandalosos para la sociedad. Sí que los lucen las viudas, incorporando en ellos códigos cromáticos o formales que expresan de manera inmediata su actual condición.


Al hablar distendidamente Laurent Vital con la mujer de la vivienda en que circunstancialmente se aloja, ella le cuenta que a las mujeres de la región no les hace demasiada gracia tener que llevar esos tocados, por resultar caros, pesados y difíciles de lucir sin fatiga, dando además calor. Sugiere incluso que el rey ordene sustituirlos por otros más corrientes. Carlos y los nobles flamencos que le acompañan encuentran los tocados divertidos, no osando el rey, recién llegado, hacer cambios sin reflexión en algo tan arraigado en las costumbres de las gentes. Entramos aquí en la discusión de si estos adornos para el pelo, de tremenda potencia visual, eran un signo de libertad para las mujeres de la época o si les venían impuestos por tradiciones culturales en las que hubieran intervenido decisivamente los hombres. Al querer indagar sobre el origen de los complicados tocados femeninos norteños, Laurent Vital se adentra en el terreno de la fantasía. Indica que a través de un trujimán (intérprete e intermediario) supo la versión de un anciano asturiano, que, tras señalar que nada con certeza sabía, refirió una historia, según la cual las mujeres habían sido condenadas a llevarlos por haber ofrecido mayor resistencia que los hombres a convertirse al cristianismo. Habría una contradicción en las apreciaciones del cronista flamenco, que inicialmente veía en estos tocados pervivencias paganas y finalmente los consagra como elementos simbólicos de la victoria sobre el paganismo. Más probable es que fuesen la cristalización de elementos ancestrales en un cristianismo alegre y poco rigorista, que se complacía en que las mujeres casadas los llevasen para enfatizar la idoneidad de su estado y la importancia social adquirida.


Pasados otros cinco días, encontramos al Rey Carlos I y su concurrido séquito en San Vicente de la Barquera, ya en la actual Cantabria, coincidiendo con la festividad de San Miguel, ofreciéndole las autoridades una improvisada capea en la misma playa. Laurent Vital alude a unas doscientas mozas que vestidas a la morisca, cantando y haciendo sonar sus panderetas, acompañan a tan ilustres visitantes. Se trata de jóvenes muy enjoyadas y con cascabeles por el cuerpo, vestidas con camisas de gala bien fruncidas y aire pastoril. Sus tocados de tela van colgando por detrás sobre la espalda, y no son redondos sino aplastados, balanceándose suspendidos, como las capuchas de terciopelo y adornos de corte de la época. Se asemejan a grandes turbantes de estilo morisco, pero son llevados de maneras que, incluso para un experto en moda como Laurent Vital, parecen difíciles de describir. No son tocados provocativos como los de las mujeres de Ribadesella ni están reservados para las casadas, pero distan también mucho de la sencillez. Algunos de los tocados femeninos cántabros más empleados en los Siglos XVI y XVII pueden documentarse en estatuas yacentes de tumbas nobiliarias conservadas en iglesias dispersas por el territorio montañés. De gran volumen eran los tocados que en el Siglo XVI llevaban las mujeres de la comarca leonesa de Astorga, menos encapirotados y más globulares, pareciéndose a veces a turbantes de cierto desarrollo vertical y mostrando otras veces una especie de amplia pantalla de tela justo por encima de la frente. El flamenco Lalaing, al observar que las mujeres de Astorga lucían grandes pendientes y numerosos anillos, comentó su toque egipciano, palabra que servía para referirse a los gitanos, por creerse entonces que provenían de Egipto.


Tras la anexión de Navarra por parte de Fernando “el Católico” en 1512 y la progresiva pacificación del territorio, fueron incrementando su presencia en la región las redes de delación inquisitoriales, persiguiéndose con dureza las pervivencias de los rituales paganos en las áreas montañosas. El uso del tocado corniforme por parte de las mujeres en el ámbito navarro gozaba por entonces de un importante arraigo, hasta el punto de haber podido influir, junto con la infamante coroza de los autos de fe, en la iconografía reciente de las brujas. La coroza era un tocado cónico de papel grueso con el que se pretendía humillar aún más a los condenados, pintándose a veces en él llamas, castigos o los delitos cometidos. En un memorial de hacia el año 1526 conservado en el Archivo General de Simancas (AGS, CCA, LEG, 184, 18, 1), el rector y concejo de Navaz, localidad navarra perteneciente hoy en día al municipio de Juslapeña, se dirigen al rey Carlos I, a través de la Cámara de Castilla, con una petición en la que puede apreciarse el ambiente de persecución religiosa que se respiraba por entonces. Suplican la obtención de recursos para hacer una ermita en una cueva cercana a su pueblo, en la que aseguran que mucha gente del lugar ha tenido visiones atemorizadoras. Consideran que allí es posible que se reúnan brujas, y que de los bienes de algunas brujas ya condenadas podría entregárseles cierta cantidad con la que edificar la ermita. Pretenden mediante ella neutralizar las influencias malignas de los usos anteriores dados a la cueva. Su intención es dedicarla a San Antón, al ser éste el iniciador del movimiento eremítico en similares parajes rocosos.


Algunos cuadros de esa misma época, alusivos a las tentaciones de San Antón, ayudan a entender el motivo por el que los habitantes de Navaz veían en él al santo adecuado para reformular el significado de la cueva, cristianizando su potencia telúrica. En estas pinturas se representa a San Antón, también conocido como San Antonio Abad, en lugares montañosos o desérticos, cercado por animales híbridos y mujeres desnudas. Ellas aluden a la fuerza de la pasión carnal, incluso en medio de la absoluta soledad, mientras que los animales metamorfoseados adornan los corredores espirituales que llevan a los abismos. A San Antón se le adjudicó el patronazgo de los animales por haber ayudado a los que se encontraba en lugares tan inhóspitos, y por haber convivido con ellos en medio de la naturaleza. Hay bastante acuerdo en la visión actual que se tiene de las antiguas y escasas brujas en que tras ellas habría más bien mujeres joviales, muy conectadas con aspectos sublimados de la naturaleza, mantenedoras de tradiciones ancestrales, apegadas a antiguas prácticas paganas, conocedoras de remedios caseros, dadas a experimentar con sustancias psicotrópicas, deseosas de libertad sexual y de libertad de reunión, contrarias a las imposiciones sociales y no dispuestas a aceptar el exclusivo ejercicio masculino de la violencia, plasmado en las guerras libradas por los ejércitos imperiales.


Lo cierto es que en la cueva de Navaz la ermita nunca llegó a realizarse, sirviendo todavía dicha cueva como testimonio de sucesión y convergencia de distintas corrientes espirituales. Transcribimos a continuación el texto comentado, manteniendo la mayor parte de la grafía antigua: “El Rector y Concejo de Navaz, del Reyno de Nabarra, dize que en los montes del dicho lugar ay una cueva donde muchos de la tierra han visto ciertas visiones y fantasmas que ponen mucho espanto a la gente y se teme les venga algun daño dello, porque se cree de cierto que debe haber en ella alguna congregacion de bruxas como en otras partes se ha sabido la acostumbran tener. Y desea el dicho pueblo para remedio dello hazer una hermita de Sant Anton en la misma cueva, porque a su intercession se quite el poder del enemigo y se aparte de alli. Para ayuda de lo qual suplican a Vuestra Magestad que de los mismos bienes de algunas bruxas ya condenadas, pues es justo de quien procede el daño se siga el remedio, que Vuestra Magestad les ayude con alguna quantidad para hedificar la dicha hermitta, donde se cree, segun la necesidad y temor en que se vee toda la tierra, habia mucha devocion y se hara mucho servicio a nuestro Señor y recevyra en ello el dicho Concejo y toda la tierra muy señalada merced”.


El dibujante alemán Cristoph Weiditz, que destacó también como grabador de medallas, recorrió España entre 1528 y 1529, llevándose consigo numerosos bocetos que le sirvieron luego para elaborar su precioso “Trachtenbuch”, libro en el que plasma la manera de vestir característica de distintas regiones, no sólo de la Península Ibérica, sino también de otros territorios europeos. Incluyó además en este tratado algunas de las primeras descripciones de la indumentaria de los indígenas americanos, que en ciertos casos aparecen practicando deportes y mostrando una excelente forma física. En el libro, conservado en el Museo Nacional Germano de Núremberg y disponible por entero a través de internet, aparecen oficios y costumbres, intentando hacer así más dinámicas y narrativas las imágenes, superando el mero posado con la intención de reflejar multitud de aspectos sociales, sin ocultar los más tenebrosos, como la esclavitud, la pobreza, las condenas lacerantes... Nos encontramos con los esfuerzos implicados en determinadas profesiones, con el ejercicio orgulloso de las armas, con la presencia estratificada del clero… A pesar de todo la profundidad psicológica alcanzada en este muestrario de personajes no es muy alta, adquiriendo primacía los vestidos y los tocados sobre los rasgos físicos de las personas representadas, pertenecientes a muy variadas clases.


En cuanto a los tocados femeninos hispanos del libro de Cristoph Weiditz, aparecen tanto los más comunes, como las trenzas, las tocas, las cofias, los sombreros, las redecillas, los velos, los mantos sobrepuestos, los turbantes… como los más impactantes tocados septentrionales, bien corniformes o bien con otras formas voluminosas. En el caso de un tocado vasco de gran altura, el dibujante anota que es fantástico, no porque sea irreal, sino porque denota una gran imaginación. También impresiona el dibujo de una doncella vasca medio rapada, más teniendo en cuenta que podía ser un peinado nupcial. Este rito de corte radical del pelo podía acompañar al inicio de la vida matrimonial, en la que ya el pelo de la joven iría creciendo libremente. La mujer recién casada pasaría a ocultar su pelo cada vez más largo a la gran mayoría de la gente, recurriendo para ello a varios metros de lienzo con el que crear diseños caprichosos, pero a la vez relacionados con tradiciones comarcales. Todavía actualmente persiste un ritual de corte acusado para las mujeres que hacen sus votos de monja, a las que se les deja el pelo muy corto como signo de renuncia a las vanidades del mundo y para remarcar su entrada en una nueva vida que enfatiza lo espiritual. Pero ni siquiera este peinado queda a la luz como elemento identificativo, sino que permanece bajo la toca, que es la que se convierte en marcador social.


Los estudios etnológicos realizados por los folkloristas vascos muestran que ya a finales del Siglo XVI los tocados corniformes empezaron a ser mal vistos por crecientes sectores, redoblándose las presiones del clero más intransigente para intentar hacer disminuir su uso. Los visitadores enviados a los pueblos desde las sedes diocesanas instaban a que no se permitiera entrar a las mujeres en la iglesia con ese tipo de tocados, por considerarlos indecentes. Se perdió o no se quiso ver el significado atávico de estos tocados, de mantenimiento de las prácticas seculares de los antepasados, reduciendo su campo semántico al de la incitación sexual. En su crónica de aquel período, el padre Alonsótegui vincula la forma apuntada de los tocados femeninos vascos con la representación de las montañas en que antiguamente se daba culto a fuerzas supuestamente demoníacas. Deberíamos hablar más bien de prácticas panteístas con un repertorio mitológico de seres vinculados a la exuberancia de la naturaleza, manifestada a través de los bosques y los arroyos. Alonsótegui aporta en pocas líneas densa información, haciendo referencia a que los tocados podían llevar cuernos parecidos a los del caracol, o tener forma de genitales, proas de barco, calabazas cilíndricas, morteros redondos y pirámides caprichosas, siendo a veces tan feos y ridículos que su uso parecía incomprensible. No se trataba de un carnaval, encerrado en determinadas fechas como vía de escape para el divertimento común, sino de prácticas habituales vistas con naturalidad. Otra observación interesante de Alonsótegui es el pleito que asegura que poco antes se había dado en Guipúzcoa entre las mujeres y sus maridos, los cuales quisieron prohibirles el llevar tocados tan espectaculares. Este argumento sí que parece indicar que en el territorio vasco, a diferencia del asturiano, los tocados raros eran percibidos como signo de una mayor libertad femenina.


Confluyen en los tocados femeninos exagerados de la España septentrional dos tendencias de pensamiento contrapuestas. Por un lado, tienen algo de retrógrado, en cuanto a que ocultan el pelo largo de las mujeres casadas, reservando su contemplación para los maridos. Esta tendencia, de influencia islámica, se daba también en otros muchos de los tocados que usaban las mujeres del Siglo XVI en la península, aunque fuesen menos vistosos. En la misma línea, los tocados norteños pueden ser vistos como marcadores del estado civil, clasificando a las mujeres de manera agobiante como ya casadas o aún sin casar. En el caso de las viudas, también sus tocados señalaban claramente que eran viudas, por ejemplo recurriendo al color negro para los paños en lugar de al blanco habitual. Si las mujeres los llevaban sólo por no desentonar en su contexto social o por mantener las antiguas tradiciones de su merindad, entonces su comportamiento no sería plenamente libre. Por otra parte, los tocados provocativos parece que servían para señalar un estatus sexual, el estar dentro de una fase de conocimiento afectivo profundo, exaltando visualmente todo lo relacionado con la fecundidad. Así parece sugerirlo el que las mozas sin casar, al estar todavía en una fase previa, fueran muchas veces pelonas, como monjas sin toca, con la salvedad de poder lucir algunos mechones sueltos largos. Se invisibilizaba socialmente a las muchachas, preservándolas aún, y se sobreexponía a las casadas y a las viudas, acentuando su sensualidad. En otras áreas de la península las doncellas podían lucir el pelo largo sin que estuviese mal visto.


Otra vertiente de los tocados excesivamente llamativos sería reclamar la vigencia de supersticiones antiguas, relacionadas con la protección personal encomendada a fuerzas dominadoras de la naturaleza ajenas al credo cristiano. Los tocados altos del arte escultórico ibérico y la pervivencia de la mantilla y la peineta apuntan a que siempre en territorio hispano hubo peinados femeninos impactantes, diseñados para concentrar todas las miradas. El geógrafo Artemidoro de Éfeso, a principios del Siglo I a.C., al hablar sobre las mujeres del Norte de Hispania, refiere que algunas se colocaban sobre lo alto de la cabeza una columnilla de un pie de largo, entrelazando en ella los cabellos, cubriéndolos luego con un velo negro. Es una información recogida un siglo más tarde por Estrabón, el cual menciona también la costumbre de otras mujeres de la zona, consistente en raparse la parte delantera del cráneo, que quedaba así muy brillante. Los tocados de gran desarrollo vertical hacían parecer a la mujer más alta, servían para expresar su alcurnia, le daban más prestancia. Este fenómeno puede rastrearse a través de la pintura en buena parte de la Europa renacentista, especialmente en los retratos de las clases elevadas. En el caso de las monjas, sus tocas presentaban en épocas pasadas más vuelo y amplitud que en la actualidad, no faltando algunos ejemplos de estructura apuntada. Era normal que las tocas se hiciesen con telas finas y ligeras, tomando a veces su nombre de los tipos de telas empleados en su elaboración.


El pintor y escritor alavés Francisco de Mendieta, cuya obra artística y genealógica trasluce un gran amor por su tierra, realizó dos obras de inestimable valor etnográfico y gran trasfondo político. La primera de ellas, datada en 1607 y conservada en la Diputación Foral de Guipúzcoa, es conocida como “Los esponsales” o “Boda de hidalgos en Begoña”. La segunda, fechada en 1609 y adscrita a las Juntas Generales de Vizcaya, se titula “El besamanos” o “La jura de los fueros de Fernando el Católico”. En “Los esponsales”, una pareja realiza su promesa de matrimonio, con entrega de arras y anillos, en el interior de la Basílica de Nuestra Señora de Begoña, con asistencia de un nutrido grupo de hombres y mujeres. Mientras que en ellos no hay mucha variedad en la vestimenta, en el caso de ellas, la descripción de los atuendos y especialmente de los tocados es minuciosa. A cada tocado corresponde un número que conduce a la leyenda explicativa, en la que aparecen distintas localidades del País Vasco y de otras áreas limítrofes. El propio pintor señala que no todos esos tocados estaban aún en uso por entonces, pues mientras que algunos son contemporáneos suyos, otros los considera ya antiguos. Quizás Francisco de Mendieta intuía que se iba a ir produciendo la desaparición de esa riqueza y pluralidad en favor de la convergencia en unos pocos modelos más discretos. Cada mujer representa su territorio de origen, beneficiándose sus hijos del derecho de hidalguía universal. El contexto sagrado refuerza la idea del pacto comunitario vigente entre todos estos lugares. Ellas son las grandes protagonistas del cuadro, las que con las telas blancas de sus complejos tocados, símbolos claramente identitarios, iluminan la ceremonia de promesa de adhesión.


“El besamanos” es una pintura historicista que nos traslada al penúltimo día de julio de 1476, jornada en la que Fernando “el Católico” juró los fueros de Vizcaya en la iglesia de Santa María la Antigua de Guernica. Después, ya en el exterior, bajo el emblemático roble, se produjo una ceremonia de compromiso vasallático en la que participaron los representantes de los distintos linajes vascos y los alcaldes de las diferentes villas. A cambio de respetar el ordenamiento y las libertades del territorio, la sociedad vasca ofrecía al rey su fidelidad. El repertorio de ropas y tocados, tanto de hombres como de mujeres, es muy amplio y colorista. En la fila inferior es donde se concentran mayormente los hombres, con sus armas y escudos pintados, denotando la importancia concedida a la conciencia genealógica, al conocimiento del origen familiar de cada individuo. En la fila superior, los alcaldes y otras autoridades locales son mucho menos numerosos que las mujeres, las cuales actúan como alegorías de sus respectivas villas. No se trata de meras y frías alegorías, sino que estas mujeres representan a las mujeres reales de la época, concediéndose a las mismas un fuerte simbolismo en la construcción de la identidad colectiva. Una de las mujeres parece estar embarazada, y otra sostiene a un niño en sus brazos, dando así un mayor sentido humano a la ostentosa exhibición heráldica. Nuevamente Francisco de Mendieta recurre a una gran diversidad de tocados femeninos, expresando las mujeres el ensamblaje comunitario de los distintos valles. La sustitución de los alcaldes de la ceremonia histórica por mujeres tiene en el cuadro intencionalidad política y un toque utópico, dignificando a las mismas.


En las Juntas Generales celebradas en Deba (Guipúzcoa) en 1434 se intentó disminuir la cantidad de tela empleada en cada tocado corniforme, para que de esa forma no fuese tan voluminoso. Se prohibió que, en el caso de emplear lienzo fino, se superasen los 26 metros, y que, en el caso de emplear lienzo grueso, se rebasasen los 7. Esto nos da idea de la cantidad de vueltas que se daba a la tela para envolver el pelo de las mujeres. En 1525 al diplomático italiano Navaggero los tocados vascos le sorprendieron por su forma, que le recordaba el pecho, cuello y pico de una grulla, no faltando en muchos de ellos una cresta que podía adoptar mil formas caprichosas. El término euskera “buruko”, empleado con probabilidad desde hace siglos, hace referencia al tocado, a la toca, al pañuelo para la cabeza y al adorno de la misma. Una disposición del año 1623, quizás precedida y seguida por otras similares, quiso prohibir el uso de un tipo de tocado vasco llamado tontorra, aludiendo a que era feo y a que supuestamente existía un deseo amplio de sustituirlo por otro ya más de moda. Los textos conservados permiten corroborar que los llamativos tocados vascos siguieron usándose hasta bien entrado el Siglo XVIII, si bien fueron perdiendo mucha fuerza por el asedio institucional y eclesiástico, siendo sustituidos por otros menos originales, en los que destacaba igualmente la blancura de los paños. El historiador Juan Ramón Iturriza señala que en 1783 sólo vio llevar uno de estos espectaculares tocados en las fiestas de la Virgen de Cenarruza a la mujer del Regidor de Arbácegui. Sin duda esta dama vizcaína sería ese día el centro de atención, exhibiendo su poder, riqueza, personalidad fuerte y gusto por la tradición.


En las dos primeras décadas del Siglo XVI, los dos tocados con más éxito entre las españolas fueron el “tranzado” (escrito con a y no con e) y las tocas de tradición bajomedieval. Mientras que el “tranzado” era preferido por las más jóvenes, las tocas eran de mayor uso entre las mujeres de más edad y entre las que querían parecer más recatadas. El “tranzado”, rastreable ya a fines del Siglo XIV, se llevaba con el pelo peinado hacia abajo, pegado a la cara, y recogido detrás en una trenza que formaba una sola onda sobre cada mejilla, pudiendo adornarse mediante cintas entrecruzadas y generando a veces una larga cola, que algunas muchachas se enrollaban alrededor de la cabeza. Se fue tendiendo a que la onda bajase hasta cerca de los hombros, de modo que la trenza de pelo y su funda comenzasen no pegadas a la nuca como antes, sino a la altura de los hombros. En cuanto a las tocas, conocidas desde al menos los inicios del Siglo XIII, solían constar de dos piezas. Una cubría la cabeza y el cuello, mientras que la otra iba por encima, cayendo sobre los hombros. Una u otra podían faltar, especialmente la pieza de abajo en el caso de las mujeres jóvenes. La pieza superior podía ser casi transparente en las mujeres adineradas. Se fue poniendo de moda el fruncir en las tocas el borde que encuadraba el rostro, sobre todo por parte de las casadas. Probablemente a través de los Países Bajos llegaron los llamados tocadillos alemanes y las grandes tocas anudadas con el pelo. Otros peinados eran el que dejaba colgar un mechón por delante de cada oreja y el que anudaba el pelo como si se tratase de una cinta, mostrando un nudo o lazo sobre la frente.


En la década de 1520 aumentaron las variedades del “tranzado”, tanto en la forma del casquete como en la funda que envolvía la trenza. Por entonces se introdujeron las mantellinas con pinjantes. En la década siguiente nació la cofia de papos, surgida de añadir dos protuberancias laterales a la toca fruncida. Estas protuberancias eran necesarias para poder cobijar dos moños abultados de pelo rizado a los lados de la cabeza. Las grandes tocas anudadas en el pelo fueron sustituidas por tocas o bandas anudadas sobre la frente. Entre las mujeres de la nobleza fue además frecuente el uso de algunos tipos de gorras. Los sombreros y las gorras no eran tocados exclusivamente masculinos, si bien las mujeres los empleaban menos. Cuando las damas llevaban sombrero, éste se disponía sobre otro tocado inferior o sobre el manto. Ya a mediados del Siglo XVI, decayó mucho la presencia del “tranzado”, afianzándose en cambio la cofia de papos. Ésta evolucionó, cayendo sobre el pecho en un pronunciado pico. Las protuberancias laterales se hacían más pequeñas y más altas para adaptarse a un nuevo peinado. Los lados de cabellos encrespados se convirtieron en dos moños apretados y altos, los cuales dejaban al descubierto las orejas. En algunos retratos cortesanos ya próximos a 1560 las damas aparecen con cofias o rolletes muy pequeños sobre dos moños altos. La crespina era una redecilla de hilo trenzado de uno o varios colores, que servía tanto para recoger el pelo largo como para adornarlo, pudiendo ir directamente sobre el mismo o sobre telas, formando parte en este último caso de tocados más complejos.


De origen e influencia andalusí era la albanega, cofia para recogerse el pelo y cubrirse la cabeza, hecha de lienzo fino, normalmente pequeña y redonda, bien ceñida. Las moriscas empleaban habitualmente alharemes y tocas de camino, enrolladas a la cabeza a modo de turbante, con parte de su tela cubriendo el cuello. El nombre dado a las tocas de camino parece revelar que eran idóneas para las jornadas duras y los largos viajes, lo que explica el que se pusieran también de moda entre las cristianas. El alemán Jerónimo Münzer, que conoció en 1494 la Granada recién reconquistada, indica que las moriscas, al salir de casa, iban cubiertas por una tela blanquísima de lino, algodón o seda, tapándose la cabeza y la cara hasta el punto de no vérsele más que los ojos. Navaggero, que estuvo en España en 1525 como embajador de Venecia, al describir la indumentaria de las moriscas señala que llevaban una capa de tela blanca que les cubría hasta llegar al suelo, con la cual se envolvían de tal manera que si no querían no eran conocidas. El resto de las ropas que lucían en público las moriscas estaban en sintonía con esta discreción, pudiendo citarse las camisas largas, los chalecos algo más cortos por encima y los abultados zaragüelles, medias anchas con multitud de arrugas. Todo ello evitaba que las formas del cuerpo quedasen bien definidas en los lugares concurridos, haciendo que las mujeres tuvieran un aire exótico y misterioso. Al visitar la ciudad marroquí de Fez en 1573, pocos años después de la revuelta de las Alpujarras, Mármol de Carvajal comenta que los trajes tanto de hombres como de mujeres que pueden verse allí son iguales que los de los moriscos hispanos.



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