miércoles, 3 de julio de 2024

JUNTO AL RÍO BIDASOA


El 31 de agosto de 1586, según consta en la partida de matrimonio conservada en el Archivo Histórico Diocesano de San Sebastián, se casaron en Hondarribia (Fuenterrabía), en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción y del Manzano, a unos doscientos metros del río Bidasoa, Quiteria de la Bulla y el marino y soldado Pedro de Santo Domingo Solórzano. 18 años después, a finales de septiembre o primeros de octubre de 1604, falleció Pedro siendo alférez, tras 24 años de carrera militar. Así lo indica su viuda en un memorial conservado en el Archivo General de Simancas (AGS, EST, LEG, 1851), fechado el 29 de noviembre de 1604. En esta carta expone las acciones meritorias en las que participó su marido, gastando su patrimonio y hacienda en tales empresas, sin que a lo largo de su arriesgada vida se le hubiese concedido ninguna merced real. Para poder pagar las deudas que dejó su esposo y conseguir sacar adelante a sus dos hijas adolescentes, Quiteria solicita a través del Consejo de Estado alguna ayuda de costa o un puesto (definido con el lenguaje de la época como “entretenimiento”) en la plaza fuerte de San Sebastián. Éste fue el último destino de Pedro, tras haber estado también bastantes años sirviendo en Hondarribia. Las dos poblaciones son denominadas a veces en los textos que ahora estudiamos como “presidios”, es decir, núcleos fortificados con una importante guarnición, próximos a la inestable frontera con Francia. La intervención española en las guerras de religión francesas (1562-1598) en apoyo de los católicos frente a los calvinistas dibuja el contexto bélico intermitente en el que tuvo que manejarse, tanto por tierra como por mar, Pedro de Santo Domingo Solórzano.


La petición de Quiteria de la Bulla, que termina en las manos del secretario Andrés de Prada, tiene gran fuerza por el respaldo de un documento del veedor Martín de Aróstegui, que certifica que su marido sirvió en las plazas de Hondarribia y San Sebastián entre 1585 y 1604, y que en una de sus misiones en Francia resultó preso, permaneciendo allí entre penurias y maltratos muchos días. En este documento de apoyo que presenta Quiteria están los testimonios favorables de altos cargos de la Armada, que permiten trazar un perfil de Pedro envuelto puntualmente en importantes expediciones marítimas y combates navales, llegando a tener embarcaciones a su cargo con las que transportó soldados y víveres, apresando en algunos casos navíos enemigos. Tras analizar la solicitud, el Consejo determina casi 6 meses después, el 24 de mayo de 1605, que su relación es verdadera, y que es de justicia que Quiteria reciba 300 ducados de ayuda de costa una sola vez, los cuales deberán hacerse efectivos en “cosas extraordinarias”. Esta expresión y el hecho de que el ducado fuera por entonces una unidad de cuenta y no una moneda real, revela que el pago, equivalente a 112.500 maravedíes, se realizaría con los bienes que buenamente estuvieran disponibles en ese momento, correspondiendo a Quiteria si fuese necesario su conversión en dinero en efectivo. Teniendo en cuenta el elevado número de peticiones similares que no recibían recompensa o que desembocaban en la concesión de un humilde y esforzado puesto, los méritos militares de Pedro de Santo Domingo Solórzano tuvieron que resultar por entonces de contrastado valor.


Contextualizaremos algunas de las acciones militares en que participó Pedro, según la información proporcionada en su memorial por Quiteria. La narración es muy escueta, como solía ser lo habitual en este tipo de solicitudes. No estaba bien visto el barroquismo en la exposición de los méritos militares propios o de un allegado, para evitar la sospecha de introducción de adornos fantasiosos. En 1582 Pedro fue uno de los muchos soldados que contribuyeron a que las islas Azores reconocieran a Felipe II como rey de Portugal, desistiendo algunas de ellas, especialmente la isla Terceira, de su apoyo al Prior de Crato, cuya causa era sostenida sin demasiado ruido por la Corona francesa. La llegada de Pedro a la isla azoriana de São Miguel se daría probablemente en el mes de marzo, a bordo de una de las cuatro naves guipuzcoanas con las que se reforzó la defensa de esta posición insular, la cual se mantenía fiel a Felipe II. En el mes de mayo nueve navíos franceses asaltaron la isla, que pudo repeler el ataque; a mediados de junio se produjo el fugaz desembarco de unos 1.200 soldados enemigos, que tenían la idea de asediar el fuerte de Ponta Delgada; y el 15 de julio unos 3.000 hombres, escasamente motivados, saquearon la villa de Lagoa y tomaron Ponta Delgada, salvo su fuerte, apresando las naves guipuzcoanas.


En la posterior batalla naval de la isla Terceira, desarrollada el 26 de julio de 1582, la escuadra española, dirigida por Álvaro de Bazán, derrotó a la francesa, cuyo almirante, el condotiero florentino Felipe de Pedro Strozzi, resultó muerto en la jornada. Quiteria se refiere a este personaje histórico como “Phelipe Estroço”. En su marco narrativo resuena el modo en que su marido le contó en su momento cada batalla, a pesar de lo breve de su enumeración, aludiendo tanto al episodio defensivo de la isla de São Miguel como al combate naval de la isla Terceira. A las numerosas bajas francesas durante la batalla hay que sumar la ejecución de todos los prisioneros mayores de 18 años, ya que, al no existir guerra oficialmente declarada entre España y Francia, se dio a los capturados el cruel tratamiento dispensado a los piratas. En adelante, el puerto principal de la isla Terceira, llamado Angra do Heroísmo (Cala del Heroísmo), sumó a sus funciones de abastecimiento y reparación de los barcos que efectuaban la carrera de Indias la de escala en el comercio de metales preciosos y otros bienes entre América y Europa. La mención de la estratégica isla Terceira es constante en la documentación simanquina, que recoge por ejemplo la contabilidad del volumen de oro y plata llegado hasta allí. Su modesto puerto fue acorazado mediante la construcción de las fortalezas de São Sebastião y São João Baptista, así como con otros baluartes menores, al ser colosal la riqueza itinerante que debía ser protegida.


En determinadas ocasiones de especial gravedad, Pedro de Santo Domingo Solórzano era convocado para participar en misiones navales. Muchas de ellas estuvieron relacionadas con el trasiego de barcos de guerra que entre 1590 y 1598 hubo entre la costa guipuzcoana y el enclave de Blavet (la actual ciudad de Port-Louis), en la Bretaña francesa, que en ese período estuvo ocupado por los españoles. El defensor de Blavet fue el maestre de campo Juan del Águila, el cual da nombre al fuerte que desde entonces se emplaza en dicho lugar. Para socorrer a este prestigioso militar, Pedro llevó a Blavet en las naves que se le asignaron unas seis mil fanegas de trigo, con las que se calmaron los soldados que se habían amotinado, pues probablemente consideraban la empresa de asaltar Francia por su retaguardia sumamente descabellada. No menos osado fue el viaje del capitán Carlos de Amésquita (AGS, GYM, LEG, 430, 116), que en el verano de 1595 partió de Blavet con cuatro galeras, asaltando con sus tropas Penzance y otras poblaciones de Cornualles, en las Islas Británicas. Según indica su esposa Quiteria, Pedro llevó despachos del Rey tanto a Juan del Águila en Blavet como al embajador Mendo Rodríguez en Nantes. Colaboró activamente con el almirante Villaviciosa, que tenía a su cargo navíos de guerra cuya construcción y puesta a punto supervisaba. Recibió con frecuencia órdenes del general Juan Velázquez, a veces referidas al transporte marítimo ágil de las compañías armadas. Y participó en algunos de los apresamientos de embarcaciones enemigas efectuados por el general Pedro de Zubiaurre. Estos tres últimos marinos son algunas de las personas que acreditan la veracidad de la narración de Quiteria mediante la fe presentada por el veedor Martín de Aróstegui, recalcándose siempre el comportamiento valeroso que Pedro tuvo en las ocasiones oportunas.


También su viuda transmite la idea de la actuación recurrente de Pedro en la defensa terrestre de la agitada frontera hispano-francesa, definida por el río Bidasoa. Algunos de sus movimientos al frente de otros soldados se produjeron en Getaria (Guetaria), Pasaia (Pasajes) y Behobia (barrio de Irún). Quiteria menciona el castillo de Saint-Jean, lo que probablemente apunta a que Pedro tuvo que invadir en algún caso el territorio francés, alcanzando el estratégico castillo de Urtubia, en Urruña (Urrugne), que controlaba los dos caminos principales que aún comunican la población francesa de San Juan de Luz con Behobia. Su buena disponibilidad para la defensa del río Bidasoa le llevó a levantar en 1593 una compañía propia, habiendo sido por entonces nombrado ya sargento por el capitán Martín Pérez de Zabala. Para la creación de esta compañía quizás tuvo que comprometer algunos de sus recursos, lo que revela una gran implicación en las desbordadas causas de la monarquía hispánica. En el momento de su muerte, en el año 1604, formaba parte de la compañía de Pedro Navarro, había alcanzado el grado de alférez e integraba la guarnición de San Sebastián. La sentida carta de su mujer es unos dos meses posterior a su fallecimiento, y como hemos comentado generó la debida recompensa. Esta gratificación no le duraría mucho a Quiteria, al tener que destinarla en parte al pago de deudas. La vida de Pedro de Santo Domingo Solórzano y su esposa estuvo llena de ausencias, incertidumbres y sobresaltos. Es una suerte poder documentar su relación, y deducir los paseos que sin duda dieron juntos por la ribera del río Bidasoa y la costa donostiarra. El apellido Bulla (que significa “jaleo”), muy poco frecuente, lo tienen actualmente como primero 21 personas en Guipúzcoa y como segundo otras 21 en la misma provincia. Se trata de personas muy posiblemente emparentadas con la Quiteria de este memorial. Su nombre, que reflejaba la influencia cultural del Sur de Francia, está ahora en claro retroceso en España, como indica la edad media de unos 69 años de las mujeres que lo llevan.


miércoles, 13 de marzo de 2024

EL BARBERO-CIRUJANO HERNANDO DE MONTOYA

 

Cinco memoriales breves conservados en el Archivo General de Simancas permiten reconstruir algunos momentos de la vida de Hernando de Montoya desde la perspectiva de su propia vejez. Se trata de documentos fechados entre los años 1589 y 1594, que nos remiten al castillo de San Felipe de la bocana del puerto de Mahón (Menorca), en el actual municipio de Es Castell. El autor de estas súplicas, dirigidas al rey Felipe II, se presenta a sí mismo como barbero-cirujano, oficio que consistía en proporcionar asistencia sanitaria básica a los soldados. Los conocimientos de la época no permitían grandes recuperaciones si las heridas de los soldados eran graves, de modo que el barbero-cirujano tenía que realizar a veces amputaciones para poder salvar sus vidas, practicadas sin garantías de esterilización del instrumental y sin anestesia. Más prometedora era la recolocación de huesos dislocados, la extracción de muelas o metralla, la aplicación de emplastos, el suministro de hierbas analgésicas y sobre todo la promoción de prácticas de higiene cotidiana, como el baño o el afeitado. Las sangrías con fines terapéuticos tenían escaso éxito, como podría considerarse tal vez la reducción de la ferritina, disparada por el consumo excesivo de vino y demás bebidas espirituosas.


El primer memorial en sentido cronológico (GYM, LEG, 276, 239), que se remonta a los días 19 y 20 de Febrero de 1589, incluye el traslado o copia de una real cédula fechada en Lisboa el 13 de Diciembre de 1582, de veracidad comprobada por el notario Martín Millán, que firma al final del documento con su elaborado signo fedatario. Por esa cédula el rey Felipe II daba su visto bueno al pago del dinero reclamado en nombre de su hija por Hernando de Montoya. Pero más de seis años después el pago no se había efectuado. La intrahistoria de esa deuda es la siguiente. En 1582 la hija de Hernando de Montoya, cuyo nombre no se menciona, de diecinueve años de edad, ya se había quedado viuda con una niña de cuatro meses. Su marido fallecido era el cabo de escuadra Antonio Vairaque, al que en el momento de su muerte se le debían varias pagas. Otro soldado, Antonio Morante, al dejar de servir en el castillo de San Felipe y marcharse, se había comprometido a que las pagas que se le adeudaban fuesen entregadas a la hija de Hernando de Montoya. Estas cantidades no se habían satisfecho, pues el capitán y alcaide del castillo, conocido como San Juan Verdugo, y el veedor y contador de la gente de guerra y obras, llamado Martín de Izurza (autor de varios planos bien conservados del castillo y su emplazamiento), aducían constantemente que el escaso dinero que llegaba para las pagas debía distribuirse sólo entre el personal militar en servicio activo. Daban a entender que si se quisiese saldar este tipo de deudas en favor de los familiares de los fallecidos, al ser las reclamaciones tan numerosas, no llegaría el dinero para pagar a los soldados en activo, generándose un peligroso descontento general. Se cuestiona igualmente la validez de las donaciones hechas por los soldados que ya no formaban parte de la guarnición de la isla.


Entre los elementos interesantes de este primer memorial está el hecho de que Hernando de Montoya incide varias veces en su condición de soldado, más allá de su función sanitaria de auxiliar en lo posible a los otros soldados. En el auto actúan como testigos dos caporales, es decir, militares de cierto rango, probablemente amigos del barbero-cirujano, de nombre Esteban de Briones y Alonso de Heredia, acostumbrados a la dudosa efectividad de estos procesos. En el traslado de la real cédula se menciona el nombre del gobernador de la isla de Menorca, Francisco de Guimarán, que ejerció dicho cargo entre 1575 y 1583. El rey expresaba en su cédula que el pago a la hija de Hernando de Montoya se debía realizar aprovechando las dos próximas remesas de dinero, saldando la mitad del total de la deuda con cada una de las dos remesas. Pero todo indica que había una contradicción permanente entre la buena voluntad del monarca a la hora de satisfacer este tipo de peticiones y el estado lastimoso de las finanzas del reino, sumergido en empresas militares colosales que impedían dar liquidez a tanta gente necesitada, por más que fuesen meritorios sus servicios. Uno de estos objetivos de gran alcance que hacía de Menorca un lugar muy valioso era la búsqueda del control de la navegación por el Mediterráneo frente a las habituales prácticas piráticas amparadas por el poder turco. El que la real cédula esté firmada en Lisboa nos remite a la larga estancia con la que Felipe II quiso afianzar la asunción de la corona portuguesa.


Hasta Lisboa tuvo que desplazarse Hernando de Montoya a fines de 1582, según cuenta en su segundo memorial (GYM, LEG, 276, 238), para obtener del rey el reconocimiento de sus derechos. El viaje desde Menorca hasta Portugal y la necesidad de alojarse varios días en Lisboa hasta ser recibido por los consejeros del rey supusieron un grave perjuicio para su maltrecha economía, hasta el punto de valorar si había merecido la pena ese periplo. En este segundo documento, fechado el 31 de Marzo de 1589, insiste nuevamente en recibir las cantidades adeudadas a su hija viuda para que disponga de una dote con la que volverse a casar, y poder sustentar así mejor a su niña, que contaría ya por entonces con unos siete años. Hernando de Montoya describe una vez más la intransigencia del alcaide y del contador del castillo de San Felipe, reacios a librar esos dineros a pesar de conocer cuál era al respecto la voluntad del rey. Pide entonces que se le expida una sobrecédula o segundo despacho real para alcanzar la observancia de lo ya prescrito. Para terminar con su agravio, el barbero-cirujano propone ir cobrando la deuda de las “sobras y bajas” de las nuevas remesas de dinero llegadas al castillo para el pago del personal militar de la isla. Es decir, de las cantidades que no se entregan por haber fallecido los soldados o por haber sobrado tras el reparto. Su súplica es tramitada por el secretario Prada, y se determina que ha de presentar la cédula original para que pueda resolverse adecuadamente el asunto. Habrá que esperar a una tercera misiva (GYM, LEG, 345, 67) para que Hernando de Montoya obtenga la confirmación por parte del rey de su derecho a cobrar esas cantidades, y para que el pago comience a hacerse efectivo. Se trata del memorial fechado el 15 de Octubre de 1591, por tanto nueve años posterior al inicio de las reclamaciones. A la exposición de los hechos ya conocidos sigue la enumeración con sus nombres de cuatro soldados del castillo de San Felipe a los que ya se les han librado las cantidades adeudadas por disponer por escrito de mercedes similares. Vuelve a ser el secretario Prada el encargado de solucionar el asunto, estableciéndose esta vez que se paguen esos dineros al barbero-cirujano recurriendo a las “sobras y bajas”, de modo que se cumpla la primera cédula real.


Tenemos noticias posteriores de Hernando de Montoya en dos memoriales (GYM, LEG, 415, 219 y 229) que, aunque no presenten fecha, son probablemente del año 1594 por el legajo en que se conservan. En ellos cuenta que tiene setenta años, y que ha servido durante treinta y cuatro años seguidos en el castillo de San Felipe, adquiriendo mucha práctica, habilidad y experiencia en su oficio, obrando siempre con mucha diligencia y sin cometer ninguna falta, habiendo sido de gran importancia en la atención sanitaria a los soldados. Desde hace dos años le ha sobrevenido el mal de piedra, es decir, padece cálculos renales, por lo que ha tenido que dejar de trabajar. De acuerdo con el parecer del protomédico, al ser su enfermedad tan grave y sentirse ya muy viejo, el alcaide del castillo de San Felipe, que sigue siendo San Juan Verdugo, le ha concedido licencia por cuatro meses para que vaya a la Península a intentar curarse con las aguas de la llamada “Fuente de la Piedra”. Este lugar, cuyas aguas ayudaban a romper y disolver los cálculos renales, se encuentra ahora en el casco urbano del municipio malagueño Fuente de Piedra, en la comarca de Antequera. En las propiedades terapéuticas de estas aguas, conocidas desde época prerromana, influía la abundante presencia de plantas del género saxifraga. Dichas plantas acompañaban a los recipientes en que se comercializaban las aguas, a modo de denominación de origen, para evitar así las estafas. Hernando de Montoya escribe al rey para que esos cuatro meses de licencia en Andalucía no supongan el dejar de recibir su salario, para que se le paguen unos atrasos, y para que se le conceda una plaza muerta, es decir, una especie de merecida pensión. Para dar más fuerza a su solicitud, remarca que no tiene hacienda, y que sólo dispone de su salario habitual, del que dependen en gran medida su mujer y sus cuatro hijos (un varón y tres mujeres por casar). Las respuestas confortadoras a sus dos memoriales son: “Que se le haga bueno el tiempo de la licencia” y “Que se le dé una plaza de soldado general en lo que buenamente pudiere y se le libre lo que se le debe en sobras y bajas”.



Lo que se deduce de la isla de Menorca a través de estas cartas es que no era a finales del siglo XVI un lugar donde la vida fuera sencilla. A la dificultad para conseguir medicamentos había que añadir la tardanza en recibir las soldadas. La tierra no producía mucho y la explotación pesquera era moderada. Los descendientes de un soldado no encontraban demasiadas fuentes de recursos, ni lograban normalmente buenos casamientos con las gentes autóctonas, prologándose sin grandes perspectivas su vida en el arrabal que existía extramuros del castillo. A pesar de ello, el barbero-cirujano Hernando de Montoya se mantuvo fiel a sus cometidos en este emplazamiento estratégico, que era necesario mantener para custodiar la entrada a uno de los mejores puertos naturales del Mediterráneo, conexión directa con los territorios hispánicos de Italia. La posesión de la isla era tan golosa para los Estados de fuerte desarrollo naval que su soberanía llegó a ser en el siglo XVIII británica y francesa. Recuperada para España en 1782 y en 1802, en ambas ocasiones se decidió demoler el castillo, cuya construcción se había iniciado en 1555, al suponer su avanzada poliorcética, llena de baluartes y túneles, un imán para los ataques de las potencias exteriores. Numerosos soldados, procedentes en su mayoría de la Península, tuvieron que servir en Menorca a lo largo de varios siglos, hasta que el 31 de diciembre del año 2002 se disolvió el Batallón de Infantería Ligera Mahón II/47. Varios islotes del puerto de Mahón (isla del Rey, isla de la Cuarentena e isla del Lazareto) fueron usados tradicionalmente para atender a los enfermos y evitar la propagación de contagios graves. La documentación disponible en los archivos sobre Menorca es mucha, constituyendo una gran oportunidad para conocer las vivencias y preocupaciones de sus habitantes, tanto de los que, enamorados de su belleza, se quisieron quedar, como de los que, sintiéndose atrapados en la aspereza del fin del mundo, contaban los días, en medio de sus penurias, para marcharse.


Se ha aludido en el texto precedente a la figura del protomédico, que era el supervisor del resto del personal sanitario. Era el médico de mayores conocimientos de la unidad militar a la que se le destinaba. Podía formar parte del tribunal que examinaba a los candidatos a ser médicos, el cual valoraba su suficiencia y concedía las licencias necesarias para ejercer el oficio. Al estudiar la figura de Hernando de Montoya, encontramos también en los instrumentos de descripción del Archivo General de Simancas referencias a otro cirujano, esta vez licenciado y no barbero, llamado Juan de Montoya (GYM, LEG, 389, 800 y 393, 155). Sus dos cartas, dirigidas al Consejo de Guerra, fueron motivadas también por la reclamación de salarios atrasados. Este cirujano señala que participó en 1588 en la desastrosa expedición de la Gran Armada, que pretendía invadir Inglaterra, dentro del tercio del maestre de campo Francisco de Toledo, que era el oficial al mando del galeón San Felipe. Iba con él embarcado en dicho galeón un hijo suyo, que murió durante la batalla. También perdió otro hijo en la misma empresa a manos de los ingleses, que se vieron beneficiados por el temporal que dispersó y desbarató la escuadra española. Juan de Montoya servía en el hospital real de campaña, que sólo podía desplegarse cuando las urcas que lo transportaban llegaban a tierra. Tras el ataque inglés al galeón San Felipe, el cirujano fue rescatado junto a otros supervivientes por la urca Doncella, que le llevó hasta Santander. Posteriormente estuvo destinado en el hospital del puerto militar de Ferrol, donde tenía responsabilidad sobre veinticuatro camas. Solicita el pago de las cantidades adeudadas y de una renta mensual que se le había concedido mediante real cédula, pues dice ser pobre y viejo, y debe velar por su mujer e hijas.

martes, 11 de julio de 2023

HOSTILIDAD ANGLO-DANESA HACIA LOS BALLENEROS VASCOS

 

En el legajo 1760 de la sección de Estado del Archivo General de Simancas (AGS, EST, LEG, 1760) se conserva una carta escrita el 8 de octubre de 1615 por el escribano de la villa de San Sebastián, Domingo de Urbizu, en nombre de dicha ciudad, para hacer saber al Rey Felipe III las crecientes dificultades con las que se estaban encontrando las embarcaciones vascas dedicadas a la caza de ballenas. Se trata de un memorial redactado con una letra humanística preciosa y fácil de leer que aporta mucha información acerca de lo peligrosa que empezaba a ser percibida la presencia de los balleneros vascos por parte de las autoridades británicas y danesas en el Norte del Océano Atlántico. Aunque se utiliza siempre en la carta el verbo pescar en vez de el de cazar, en la actualidad se suele emplear más este último para aludir a la matanza de ballenas, quizás por tratarse de mamíferos. En la carta se hace referencia a que aproximadamente hacia el año 1603 empezó a escasear de forma preocupante la presencia de ballenas en el banco pesquero de la isla de Terranova. Todo apunta a una sobreexplotación y al hecho de no perdonar ni a las crías, lo que impedía la regeneración natural de los recursos pesqueros. Ello obligó a los navíos vascos a aventurarse más al Norte en busca de ballenas, explorando en la estación estival las costas de la desolada Vinland, tanto de la península del Labrador como de la isla de Baffin. Se llegan a mencionar en la carta los ochenta grados de latitud, que, si no los tomamos como una exageración, situarían a los marinos vascos en el estrecho de Nares, el cual separa Groenlandia de la isla más septentrional de la actual Canadá, llamada Ellesmere. Este tipo de estrechos, como el de Belle Isle, situado entre Terranova y la península del Labrador, constituían una auténtica trampa para las ballenas, al resultar allí más sencillo el avistarlas y darles muerte.

 

En esos mares de la América Nororiental ya era común la navegación de los barcos de guerra ingleses, que, según indica Domingo de Urbizu en su carta, neutralizaban a los balleneros vascos, les impedían seguir pescando, les requisaban parte de las capturas realizadas y les quitaban también otros instrumentos. La isla de Terranova era ya oficialmente británica desde 1583, y dentro de los planes expansionistas ingleses estaban el resto de tierras de la futura Canadá, heladas durante buena parte del año, pero ricas en recursos. En la carta parece mostrarse cierta sorpresa por el hecho de que los ingleses señoreasen esas costas, asegurando ser suyas, a pesar de no contar allí casi con establecimientos habitados. Todos estos abusos ya habían sido puestos en conocimiento del Rey Felipe III por parte de los marinos vascos algo más de dos años antes, lo que suscitó el que se informase al embajador español en Londres, Diego de Sarmiento Acuña, para que agilizase sus gestiones al respecto, sin que hasta la fecha se hubiese obtenido ningún resultado favorable. La necesidad de realizar una salida anual en busca de ballenas había llevado en este último período a las embarcaciones vascas a territorios de soberanía danesa. Se indica en la carta que era común desde hacía dos años por parte de los balleneros vascos el alcanzar el Cabo Norte noruego, situado a 71 grados de latitud. Los gobernadores de algunas provincias danesas en Noruega, Islandia y Groenlandia recibieron cordialmente a los primeros marinos vascos que se aventuraron por sus costas, permitiéndoles la pesca mediante acuerdos, los cuales implicaban en algunos casos la entrega amistosa de una pequeña parte de las capturas. Pero al aumentar significativamente en poco tiempo el número de embarcaciones extranjeras, la Armada Real danesa, muy potenciada por el Rey Cristián IV, adoptó una actitud hostil, impidiendo la posible salida indiscriminada de sus recursos pesqueros, más valiosos por el hecho de permitir el sustento de comunidades asentadas en lugares inhóspitos, con un desarrollo agropecuario muy limitado.

 

La carta narra que entre los apresamientos realizados de manera reciente por los barcos de guerra daneses en sus puertos septentrionales se encontraba un navío guipuzcoano, proporcionando los nombres de sus propietarios y de su capitán. Dicho barco, así como otro francés, de San Juan de Luz, fueron conducidos a Dinamarca con gente armada en su interior para evitar su huida, mencionándose que lo más importante de sus cargamentos eran las grasas, es decir, el saín, del que se obtenía un aceite muy rentable y codiciado, sobre todo por su capacidad para iluminar sin emitir humo y sin desprender mal olor. En otros casos las tropas danesas facilitaban el regreso de las embarcaciones vascas a su país, pero haciendo que abandonasen buena parte de sus capturas en tierra. Es de gran interés que en la misma descripción se hable de una nave española y otra francesa, que a pesar de tener distinta bandera estaban hermanadas por su pertenencia a la comunidad vascófona. Viene después en el memorial la lamentación por el duro castigo que probablemente estaban experimentando en esos momentos muchos de los balleneros vascos en su temporada de caza, sin el amparo de la monarquía hispánica frente a las arbitrariedades del ejército danés. Justamente a finales del mes de septiembre de ese mismo año de 1615 tres navíos vascos que intentaban salir de la península islandesa de Vestfirdir, muy recortada por numerosos fiordos, quedaron destrozados por un vendaval, lo que obligó a las tripulaciones a pasar allí el invierno. Uno de los grupos en que se dividieron los marineros, dirigido por Martín de Villafranca, gestionó mal sus penurias en ese clima tan riguroso, abasteciéndose de víveres de una forma que violaba la ley local. Los nativos no tuvieron piedad de ellos, matándolos con extrema crueldad en dos tandas, el 17 de octubre de 1615 y en enero del año siguiente. El episodio, conocido por la historiografía danesa como “la matanza de los españoles”, supuso la muerte de 32 marinos guipuzcoanos.

 

En la carta analizada se teje la teoría conspirativa de que los ingleses, a través de la Bolsa de Londres, estaban en negociaciones con el Rey de Dinamarca para recibir un trato de favor en las expediciones marítimas de carácter comercial y geoestratégico desplegadas en los mares septentrionales, habiéndose acordado supuestamente el obstaculizar en todo lo posible la acción de los balleneros vascos, cuyo número excesivo hacía peligrar el equilibrio productivo del Atlántico, dándoles además el conocimiento geográfico de tierras de conquista potencial. Contribuía a estas elucubraciones el hecho de que el Rey inglés, Jacobo I, estaba casado con Ana de Dinamarca, hermana del Rey danés, Cristián IV. Las autoridades de la villa de San Sebastián muestran en su carta la indignación que sienten al saber que las embarcaciones danesas, tanto pesqueras como militares, surcan sin dificultad alguna los mares próximos a las costas ibéricas, mientras que los navíos vascos son tratados hostilmente en los puertos daneses. Esta actitud de especial animadversión, coherente con el mercantilismo y las ambiciones territoriales de Cristián IV, duró hasta diciembre del año 1616, momento en que el Rey de Dinamarca concedió licencia a los balleneros guipuzcoanos para adentrarse en los mares del Norte y capturar allí sus presas. Este permiso real no impidió que los barcos de guerra ingleses y holandeses hostigasen a las embarcaciones vascas en sus trabajos de pesca y en sus movimientos comerciales, en los que se incluían el tráfico de pieles y la obtención de bacalao. Desde 1626 la presencia de balleneros franceses y holandeses en el entorno de Islandia se hizo más frecuente, aumentando la competencia por los recursos de la región. El progresivo envalentonamiento llevó a marinos de distintos países, incluyendo los oriundos de las costas cantábricas, a pescar ya avanzado el siglo XVII en el archipiélago de las Svalbard, cuyas islas más septentrionales presentan 80 grados de latitud.

 

Son varias las líneas de la carta que transmiten la idea de suma preocupación por el futuro de las actividades económicas de carácter marítimo, de las que dependían muchas familias. El contenido parece apuntar a que se trataba de un sector numéricamente sobrecargado, pero que precisamente por ello garantizaba el adiestramiento de muchos hombres a los que poder enrolar, si las circunstancias políticas lo requerían, en viajes exploratorios o de conquista, afortunadamente orientados a territorios con climas más benignos. La marinería contaba en el Norte peninsular con muchas personas bien dispuestas, aguerridas y curtidas, que sentían amenazada su profesión por los vaivenes de las relaciones diplomáticas entre los estados. Se aprecia claramente en el memorial una identificación total con los intereses de la Corona, convergiendo las acciones destinadas a procurar en la práctica la seguridad de los barcos hispánicos en lugares tan remotos. Los marinos vizcaínos y guipuzcoanos cazaban principalmente ballenas francas y boreales. El nombre de las primeras se debe a que son fáciles de arponear, pues nadan despacio, flotando una vez muertas, lo que garantiza su aprovechamiento. Honra a la tradición ballenera vasca el que ya dichas prácticas, tremendamente dañinas para la biodiversidad, hayan quedado como una mera cuestión de estudio histórico, sin convertirse en algo identitario. La actitud contraria, para vergüenza de su moderna sociedad, la sostiene Japón, que, argumentando derechos seculares, sigue realizando numerosas capturas de ballenas con fines comerciales, imposibles de justificar por parte de un estado sin vulnerabilidad económica. El temor que rezuma la carta de Domingo de Urbizu de que se produzca el acabamiento de la marinería tenía entre sus causas ocultas las prácticas abusivas llevadas a cabo en la explotación de los océanos, al no dar tiempo a las especies depredadas a volver a multiplicarse a un ritmo constante. Curiosamente el escribano utiliza la palabra extinción como posible futuro de la marinería si no es auxiliada por el aparato jurídico y diplomático del estado, sin asociar dicho término a la progresiva desaparición de las especies marinas.

 

Transcribimos a continuación el memorial que ha dado lugar a este análisis, actualizando gran parte de la ortografía y alterando las medidas de los párrafos por cuestiones técnicas: “Señor, siendo la general ocupación y medio de conservarse los naturales de esta provincia de Vuestra Majestad el de las navegaciones a la pesca de ballenas, que van a hacer a partes y regiones remotas, les ha sucedido en ellas tan mal de doce años a esta parte, que se hallan ahora en la última necesidad del remedio. Y aunque ha dos años o algo más que significamos a Vuestra Majestad lo que acerca de esto se había ofrecido hasta aquel tiempo, obligando nuevos trabajos después acá a ocurrir al amparo de Vuestra Majestad, lo hacemos con la confianza que como fieles y vasallos de Vuestra Majestad podemos. Y tomando de su principio la materia para renovar la noticia de ella, representamos a Vuestra Majestad sumariamente que los dichos trabajos tienen principio de haber faltado la pesca de las dichas ballenas en la provincia de Tierranoba de los dichos doce años a esta parte, y que habiendo para esto tres años, ha guiado nuestros navíos a las partes del norte y tomado puerto en la tierra de Veinlant, despoblada de humana habitación, que está a ochenta grados. Los hicieron salir de ella navíos de guerra ingleses, diciendo ser suya aquella isla o tierra firme, con tan gran rigor, que además de haberles hecho perder su pesca, los despojaron de parte de la que tenían hecha y de pertrechos de sus navíos”.

 

“Y habiendo ocurrido a Vuestra Majestad con este agravio y daño, y representados los flacos fundamentos que ingleses pueden tener para hacerse dueños de aquella tierra, mandó Vuestra Majestad escribir a su embajador, que reside en Londres, y alargándose la negociación o averiguación ante el Rey, debe tener algún prolijo estado. Mas como quiera que no podía esperar a esto la navegación anual de los navíos de esta provincia, y la sustentación y conservación en su oficio de la marinería de las costas de ella, ya que no pudieron sin más resolución y fuerzas para romper con los dichos ingleses navegar a la dicha tierra defendida por ellos, han navegado estos dos años a otra tierra del norte, del dominio y señorío del Rey de Dinamarca. Y siendo así que habiendo este segundo y último año acudido los más de nuestros navíos a la costa de Noruega en el cabo del norte, por relación de alguno que el año antes tuvo buena acogida de un gobernador de los que el dicho Rey de Dinamarca tiene por los puertos de aquella costa, y porque les aseguró que él y los demás les dejarían hacer su pesca por cierto derecho. Y habiendo ido allá con esta buena fe, y sido bien recibidos de los dichos gobernadores y concertados sus derechos, teniendo hecha la mayor parte de su pesca, les han asaltado en algunos puertos navíos de guerra de Dinamarca, obligando a dos de los nuestros, que ya han llegado a estos puertos, a salir con parte de la carga no más, y al otro dejando aun de ella buena parte en tierra por no la haber podido embarcar. Y lo que es peor, que en otro puerto donde estaban dos navíos, uno francés de San Juan de Luz y otro de los nuestros, cuyos dueños son Martín de Zornoza y Miguel de Eraso, lo han preso y llevado a Dinamarca con el Capitán Martín de Escalante, vecino y natural nuestro, que lo es del dicho navío, y el de San Juan de Luz, con gente de guerra que metieron en ellos y su carga de grasas con que se hallaban. Y se teme que los dichos navíos de guerra que quedaban allá discurriendo por los dichos puertos habrán hecho lo mismo de los demás navíos de nuestros naturales que pescaban en ellos, y que así se hallarán todos a esta hora necesitados del amparo de Vuestra Majestad”.

 

“Lo que se puede barruntar de las causas será que digan los de Dinamarca que, no bastando la permisión de los gobernadores, la habían de haber impetrado del mismo Rey. Y aunque ésta puede ser la pública, se entiende, de haberse sabido por cierto, que un caballero inglés que pasó a Dinamarca habrá solicitado por la Bolsa de Londres, asistida del Rey, que dicen tiene arrendadas estas pescas a los mercaderes de ella para que hagan esta extorsión e impedimento a los nuestros, con fines que llevan los dichos ingleses de hacerse a solas señores y dueños de este trato, aunque sea por medios tan violentos, como apropiándose las tierras que no son suyas e impidiéndonos en ellas la pesca con armas y robos, y procurando los mismos fines por vía de negociación en las que son del dicho Rey de Dinamarca. Todo lo cual presupuesto, suplicamos a Vuestra Majestad humilmente se sirva de mandar escribir al Rey de Dinamarca, pidiéndole para sus vasallos el mismo buen tratamiento que tienen los suyos en los Reinos de Vuestra Majestad, particularmente en el Andalucía, donde navegan muy cuantiosos navíos de aquella nación. Y que tanto al Capitán Martín de Escalante con el navío en que lo es y su hacienda como a los otros de esta costa y provincia, si de ellos hubieren hecho lo mismo o los hubieren agraviado en esto u otra forma, les haga acudir con su entera y cumplida satisfacción, pues va en ello el solo y único medio de la conservación y aumento de la marinería de Vuestra Majestad. Y consiste en conservarse este trato y navegación, y se aventura en lo contrario la total extinción y acabamiento de ella. Nuestro Señor guarde la católica persona de Vuestra Majestad como sus vasallos y la Cristiandad lo ha menester. De nuestro Ayuntamiento de San Sebastián. 8 de octubre. 1615. En creencia va refrendada de nuestro escribano fiel y sellada con nuestro sello. Por la noble y leal villa de San Sebastián. Domingo de Urbizu”.

 

Bibliografía:

-Serna Vallejo, Margarita; Apuntes sobre el régimen jurídico público de la actividad ballenera de los navegantes vascos en Terranova (1530-1713); Derecho, Historia y Universidades: Estudios dedicados a Mariano Peset; Volumen 2; Páginas 661-666. Año 2007.

-Serna Vallejo, Margarita; Los viajes pesquero-comerciales de guipuzcoanos y vizcaínos a Terranova (1530-1808): régimen jurídico; Marcial Pons; Ediciones Jurídicas y Sociales. Año 2010.

-Serna Vallejo, Margarita; El derecho de las pesquerías de guipuzcoanos y vizcaínos en Islandia, Groenlandia y Svalbard en el siglo XVII; Anuario de Historia del Derecho Español; Tomo 84; Páginas 79-119. Año 2014.


lunes, 6 de marzo de 2023

LA MELANCOLÍA DEL SOLDADO JOAN DE ROBLEDA

 

A través de un memorial dirigido al Rey Felipe II, el soldado Joan de Robleda relata sus esforzados servicios militares con la esperanza de obtener una merced, consistente en recursos dinerarios con los que poder recuperar sus antiguas propiedades. La breve carta, conservada en el Archivo General de Simancas (AGS, GYM, LEG, 370, 229), no está fechada, si bien otros documentos con los que comparte caja apuntan a que nos encontramos en el año 1592. Las peripecias bélicas de Joan de Robleda comienzan en Flandes, según él mismo indica, en 1557, encuadrado en los sufridos Tercios. Pasó después al Norte de Italia, escenario de las luchas hegemónicas mantenidas entre los ejércitos de Francia y España. La soberanía de Felipe II sobre el Milanesado fue finalmente aceptada por Francia en 1559 por la paz de Cateau-Cambrésis. Joan de Robleda menciona su participación en 1563 en la defensa de la plaza de Orán, que no pudo ser entonces conquistada por las ingentes fuerzas otomanas de Hasán Bajá. En 1564 estuvo en la toma del Peñón de Vélez de la Gomera, diminuto enclave norteafricano, desde ese momento español. En 1565 acudió al auxilio de Malta, cuya capital fue exitosamente defendida frente a la escuadra otomana por el Gran Maestre Jean Parisot de la Vallete. El soldado regresó a Flandes durante el período de gobernación del Duque de Alba (1567-1573), cuyo rigor en el aplastamiento de la rebelión iconoclasta provocó el descontento general de la población, dando lugar a nuevas revueltas. Allí Joan de Robleda asegura haber recibido numerosas heridas, conociendo grandes dificultades, pues le tocó estar en los más significativos asedios y en las principales batallas. Permaneció combatiendo en Flandes, auténtico infierno para los soldados de la Monarquía Hispánica, hasta que Alejandro Farnesio le permitió licenciarse en 1587, otorgándole una buena prima, tras treinta años de fiel servicio.


Lo que principalmente empujó a Joan de Robleda a retirarse fue el haber caído en una profunda depresión. Él la llama “grandísima enfermedad malencólica”. Todavía el término "malencolía" es admitido por la Real Academia de la Lengua, como sinónimo de "melancolía", que es la palabra más correcta, al conectar sin variación con el latín y el griego. El adjetivo usado por el soldado incide en el mal estado de su espíritu, en su tristeza permanente, en su desgana para afrontarlo todo. De la carta se infiere que los médicos de la época no entendían sólo de las heridas físicas, sino también de las morales, hasta el punto de intervenir en favor de la necesidad de licenciar a un soldado. Joan de Robleda regresa por tanto a su pueblo, que quizás muchas veces pensó que no volvería a ver, con la ingenua pretensión de acomodarse nuevamente en su antigua casa. Pero comprueba que sus familiares u otras personas que se habían hecho cargo de sus bienes los habían vendido. Estas circunstancias le llevan a pedir el favor regio, que le llega en forma de sueldo a cambio de sumarse a la protección de un castillo en Portugal, Reino que desde 1580 había unido, al menos en apariencia, destinos e intereses con Castilla. Se le ordenó luego contribuir a la vigilancia de la hacienda de la Real Audiencia de Galicia, establecida en La Coruña, donde experimentó desavenencias con sus dirigentes. Cuando redacta la carta que ahora analizamos, Joan de Robleda pertenece a la Compañía dirigida por el Capitán Jorge Arias de Arbieto, de origen gallego.


La importancia de las misiones que el Consejo del Rey encomendó a Joan de Robleda subraya la voluntad de recompensar su dilatada trayectoria militar. Pero el veterano soldado, ya con más de cincuenta años de edad, parece que no se desenvolvía bien en puestos tan alejados del frente. Su sueño seguía siendo recuperar su casa y sus tierras en su pueblo, de modo que acordó con quienes las habían comprado el revertir su propiedad pasados tres años, siempre que fuese capaz de pagar por ellas. Viendo que se va a cumplir el plazo de tres años y que no ha conseguido el dinero necesario, Joan de Robleda solicita al Rey que se lo dé, sacándolo de cualquier renta. Aunque no contamos con la respuesta oficial, es fácil suponer que las arcas reales estaban demasiado vacías como para librar dinero en efectivo al peticionario. La ayuda que la Monarquía podía dispensar al viejo soldado, tan implicado siempre en sus desmesuradas causas, consistía en seguir dándole trabajo, de forma que con el mismo pudiera continuar sustentándose de forma digna. Pero las cantidades obtenidas con dichos empleos, al no optar por prácticas corruptas, eran insuficientes para que Joan de Robleda pudiese cumplir su deseo de afincarse nuevamente en su tierra natal. Después de haber conocido tantos lugares, después de derramar tanta sangre, propia y ajena, su pueblo le parecería sobriamente hermoso y, sobre todo, pacífico. Es posible que creyese encontrar allí remedio para su terrible tristeza, para su dañina melancolía, algo que diese sentido a lo que le restaba por vivir, algo que le hiciese olvidar las espantosas imágenes de la guerra.


Transcribimos a continuación la solicitud de merced, actualizando la escritura originalmente utilizada: “Señor: Joan de Robleda, soldado de la Compañía de Jorge Arias de Arbieto, pasó a servir a Vuestra Majestad en Flandes el año de Cincuenta y Siete, y después siguiendo su bandera. Pasó en Italia y se halló en el socorro de Orán y toma del Peñón y socorro de Malta, y volvió a Flandes con el Duque de Alba, hallándose en todas las más e importantes ocasiones que en aquellos Estados han sucedido, recibiendo muchas heridas, y pasando grandes trabajos, hasta el año de Ochenta y Siete que cayó en una grandísima enfermedad melancólica. Y por relación de médicos, el Duque de Parma le dio buena licencia, con la cual se vino a su casa. Y hallándola perdida y su hacienda enajenada, le fue necesario volverse al real servicio. Y Vuestra Majestad le hizo merced de cuatro escudos de ventaja en un castillo del Reino de Portugal. Y después se la mandó pasar a La Coruña, donde entendía de mandar su hacienda en aquella Real Audiencia. Mas los Alcaldes de ella no le quisieron hacer caso de corte. Ni pudiendo atender al pleito ante la Justicia de su pueblo, habiendo de atender al real servicio, se concertó con los intrusos que volviéndoles el dinero que ellos habían dado por las propiedades a las personas que se las habían vendido y malbaratado, dentro del término de tres años, le volverían sus posesiones y propiedad. El cual término se le pasa y no tiene dónde haber el dinero sino de su sueldo. Suplica a Vuestra Majestad se lo mande librar y pagar lo que hallare debérsele de cualquier dinero que haya, para que pueda hacer la recuperación de su legítima, que al hacer cosa justa recibirá muy particular merced”.

domingo, 28 de agosto de 2022

PARA QUE ARDAN SIEMPRE SIETE LÁMPARAS


Por un albalá (carta o cédula real para conceder alguna merced) fechado en el año 1593, Felipe II, desde su residencia de El Pardo, concede al Monasterio de Valvanera una renta anual de 140 ducados para que permanezcan siempre encendidas en la capilla mayor de su iglesia siete lámparas de plata (AGS, EMR, MER, 230, 439). El Monasterio se encuentra en el actual municipio riojano de Anguiano, en la Sierra de la Demanda, área de larga tradición eremítica. Estuvo hasta hace pocos años a cargo de monjes benedictinos, sucedidos por miembros del Instituto del Verbo Encarnado. Depende de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Alberga la imagen de la Virgen de Valvanera, talla románica del Siglo XI o XII, patrona de La Rioja. En la capilla mayor, sitio principal de la iglesia, está desde antiguo esta imagen de la Virgen, a la que acompañarían las siete lámparas de plata, dispuestas sobre el altar mayor o en las cercanías del mismo, próximas también al sagrario. Según explica el albalá, de las siete lámparas disponibles sólo lucían dos, por escasez de recursos para mantenerlas siempre ardiendo. Uno de los propósitos de tener luz perenne en los lugares más sagrados del Reino era garantizar a través del favor divino la pervivencia y la seguridad del Estado, al igual que las vírgenes vestales antiguamente velaban para que el fuego protector de Roma estuviese siempre encendido, sirviendo para este cometido el templo de Vesta, la diosa del hogar. Una llama permanente es también el homenaje póstumo dispensado en algunos monumentos funerarios a los soldados fallecidos, considerándolos artífices destacados de la continuidad del Estado.


Para que la dotación de aceite de las lámparas deje de ser un problema, el rey Felipe II otorga al Monasterio un juro, situado en las tercias de la villa de Jubera y de dos aldeas que por entonces dependían de ella, llamadas Conventuriel y Las Loberas, dentro de la antigua Merindad de Logroño. Conventuriel se corresponde con el actual topónimo de los Corrales de Venturiel. La pequeña aldea de Venturiel se despobló en el segundo tercio del Siglo XVII, pudiendo contribuir a ello, según la tradición oral, el envenenamiento colectivo de sus habitantes masculinos en una romería, al beber agua en la que había caído una salamandra. Las Loberas era el nombre que recibían las actuales poblaciones de Santa Engracia del Jubera y San Bartolomé. La primera de ellas fue superando en importancia a la villa de Jubera a lo largo del Siglo XX, de modo que ahora Santa Engracia del Jubera da nombre al municipio en el que se integra Jubera. Los recursos dinerarios para cumplir anualmente con el juro serían extraídos por tanto de localidades situadas a unos 48 kilómetros en línea recta del Monasterio, siendo en la práctica el recorrido de esta distancia bastante mayor por el acusado relieve de la comarca. Cabe destacar en cambio la relativa cercanía de otros dos centros religiosos de importancia, los Monasterios de Suso y Yuso, ambos en San Millán de la Cogolla, con respecto al Monasterio de Valvanera, situado a unos 11 kilómetros de ellos, teniendo que salvarse igualmente en este trayecto importantes altitudes.


El albalá comienza con una larga intitulación, que enumera los territorios sobre los que tenía autoridad o algún tipo de derecho real o simbólico Felipe II. El texto incorpora la orden dada por el rey a sus contadores mayores para que se dé carta de privilegio al Abad y a los monjes del Monasterio de Valvanera, de forma que puedan recibir anualmente la cantidad señalada. Se trata de una donación que aspira a ser perpetua, reforzada por diversos formulismos, que indican que el juro no puede ser vendido, enajenado o cambiado, ni siquiera con la licencia del Papa o de los reyes posteriores. Los maravedíes concedidos deben emplearse solamente para el fin especificado, alimentar las siete lámparas para que siempre estén encendidas, o al menos sin interrupción notable, debiendo manifestar por escrito que ha sido así cada año el Abad que en cada período hubiese y otros dos monjes escogidos de entre los más antiguos y respetados. También se beneficia al Monasterio de Valvanera en el mismo albalá con la exención del pago del diezmo correspondiente a la Chancillería. Por la gestión de estos privilegios no deben los funcionarios reales aplicar al Monasterio ningún cargo. El albalá en su parte final incide en que ninguna ley deberá interferir en la efectividad de las mercedes dadas. El impuesto de las tercias al que se alude en el texto consistía en dos novenos de los diezmos eclesiásticos, aportados por la Iglesia al sostenimiento fiscal de la Corona de Castilla primero y de la Monarquía Hispánica después. El juro con el que se beneficia al Monasterio asciende a 140 ducados anuales, es decir, 52.500 maravedíes, a razón de 375 maravedíes el ducado, usado ya por entonces sólo como unidad de cuenta, y no como una auténtica moneda de oro.


Reproducimos a continuación gran parte del texto del documento analizado: “Don Phelippe, Por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos Sicilias, de Herusalem, de Portugal, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galiçia, de Mallorcas, de Sevilla, de Çerdeña, de Córdova, de Córcega, de Murçia, de Jaem, de los Algarves, de Algecira, de Gibraltar, de las Yslas de Canaria, de las Indias Orientales y Oçidentales, Yslas y Terra Firme del Mar Oçéano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Bravante y Milán, Conde de Habsburg, de Flandes, de Tirol y de Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina. A mis contadores mayores. Por quanto soy informado que en la iglesia de Nuestra Señora Sancta María de Valvanera, de la Orden de San Benito, dioçesi de Calahorra, de siete lamparas de plata que ay en la capilla mayor del dicho monesterio no arden mas de las dos dellas por la pobreza y necesidad del, y por que por la devocion que se deve a aquella Santa Casa, mi Voluntad es que de aqui adelante perpetuamente ardan todas siete y dar y consignar por doctaçion dellas al dicho monesterio ciento y quarenta ducados, que montan cinquenta y dos mill y quinientos maravedies de juro y renta en cada un año”.


“Os mando que deis y libreis mi carta de previlegio dellos al Abad, monges y combento del dicho monesterio para que los tengan de mi por merced y doctaçion de las dichas lamparas en cada un año para siempre jamas, situados senaladamente en las terçias de la Villa de Jubera y sus aldeas, Combenturiel y Las Loveras, que son en la Merindad de Logroño, y gozen dellos desde el dia de la fecha deste alvala en adelante, con condiçion expressa que los dichos maravedies de juro no los puedan vender ni enagenar, trocar ni cambiar por ninguna caussa y razon que aya, aunque sea con liçençia de Nuestro Muy Sancto Padre, ni de los Reyes mis subçesores, ni de otra persona alguna que tenga facultad para darsela, por que mi intençion y Voluntad Real es que los dichos maravedies los tenga perpetuamente el dicho monesterio para el efecto sussodicho, y no para otro alguno. Y para que los arrendadores, fieles y cogedores y terceros y mayordomos de las dichas terçias y los concejos encaveçados en ellas acudan con los dichos cinquenta y dos mill y quinientos maravedies al dicho Abad, monges y convento, que al presente lo son y adelante lo fueren del dicho monesterio desde el dicho dia en adelante en cada un año para siempre jamás, solamente en virtud de la carta de previlegio que dello les dieredes y libraredes, o de su treslado signado de escrivano publico sin ser sobre escripto ni librado en ningun año de vosotros ni de otra persona alguna, y de çertificaçion firmada del Abad del dicho monesterio y de otros dos monges saçerdotes de los moradores mas antiguos y graves de la dicha Casa, por la qual çertifiquen y afirmen in bervo saçerdotis que las dichas lamparas han estado ençendidas el tiempo anteçedente a la dicha paga, desde la ultima que se huviere hecho, de dia y de noche, sin intermision notable que aya habido”.


“La qual dicha carta de previlegio y las otras cartas y sobre cartas que en la dicha razon les dieredes conforme a lo de susso en esta mi carta contenido, mando a vosotros y al mayordomo y chançiller y notarios mayores y a los otros officiales que estan a la tabla de mis sellos que las den, libren y pasen, y sellen luego sin poner en ello embargo ni contradiçion alguna y sin que por ello vosotros ni ellos ni vuestros officiales ni suyos les lleveis ni lleven derechos algunos, y no les desconteis el diezmo que perteneçe a la chançilleria, que yo havia de haber conforme a la ordenança, por que tambien les hago merced y limosna de lo que en ello se monta. Lo qual ansi hazed, y cumplid solamente en virtud deste mi albala, obligandose primero y ante todas cossas el dicho Abad, monges y convento del dicho monesterio, con la solenidad y requisitos neçesarios, que perpetuamente arderan las dichas siete lamparas por doctaçion mia, y daran el recaudo neçesario para ello. Y constandoos por recaudos vastantes que no estan doctadas por ninguna persona, sin les pedir otro recaudo alguno, no embargante qualesquier leyes, ordenanças, prematicas sanciones destos Reynos que prohiven la enagenaçion de los bienes del Patrimonio Real, y otro qualquier uso y costumbre de contraria justiçia que en contrario desto aya, por que para en quanto a esto, las derogo, cesso y anulo, y doy por ningunas y de ningun valor y efectos, quedando en su fuerça y vigor para lo demas que yo lo tengo asi por bien, y os relievo de qualquier cargo o culpa que por ello os puede ser imputado. Fecha en El Pardo a Veinte y dos de Noviembre de Mill y Quinientos y Noventa y Tres años”.


Uno de los certificados anuales que tenía que proporcionar el Monasterio de Valvanera para poder recibir a cambio el pago del juro se conserva en el Archivo Histórico Provincial de La Rioja (Protocolos Notariales de Logroño; Registro de Escrituras de Pedro Íñiguez de Enderica; Año 1616; Folio 144). Corresponde en realidad al año 1615. En él los tres firmantes benedictinos son el Abad Gregorio del Peso, el Prior mayor Jerónimo de Davalillo, y el Predicador Francisco de Salazar. Atestiguan que desde la última paga, efectuada en las pasadas Navidades, las siete lámparas de plata han estado ardiendo en la iglesia sin intermisión notable, de modo que si alguna se apagaba era vuelta a encender sin dilación. Los monjes aportan el dato interesante de que las lámparas pendían delante del Santísimo Sacramento y de la imagen de Nuestra Señora. Es decir, eran lámparas colgantes que con su luz permanente ensalzaban la presencia mística de Dios y de la Virgen en el santuario. El fervor religioso que el Monasterio de Valvanera inspiraba en la reina Isabel la Católica es declarado por ella misma en el albalá (AGS, EMR, MER, 215, 29) del año 1483 mediante el cual le concede como merced y limosna un juro de 10.000 maravedíes anuales, situados en las rentas obtenidas de las alcabalas de la ciudad de Santo Domingo de la Calzada. El documento, otorgado por la reina en Madrid, implica que a cambio de dicho pago los monjes realicen a lo largo de cada año algunas misas y actos solemnes por la salud de la familia real y por las ánimas de los reyes difuntos. La reina había visitado el Monasterio en 1482, permaneciendo en él durante ocho días.


La luz perpetua que Felipe II quiso que hubiera en el altar mayor de la iglesia del Monasterio de Valvanera revela tanto su fe como su conocimiento de prácticas antiguas mediante las cuales distintos pueblos habían buscado la obtención del favor divino. Los numerosos volúmenes de temática ocultista que el rey añadió a su biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial muestran su interés por estos asuntos, en una época en que la ciencia, la alquimia y la magia no estaban claramente deslindadas, quedando además por detrás de la religión. En los aciertos y errores que se derivaban de sus importantes decisiones políticas, el rey veía con frecuencia de manera demasiado simplista el reflejo del agrado o del enojo de Dios. El deseo real de que estuviese siempre iluminada la capilla mayor de la iglesia del Monasterio de Valvanera pudo ser continuación de un hecho que ya se venía produciendo desde antiguo, al existir varias leyendas alusivas a que allí siempre había un fuego santo encendido. Un relato popular desplaza el eje de atención hacia las cocinas del Monasterio, al considerarse un hecho portentoso el que apenas generasen cenizas a pesar de la abundante leña con la que eran alimentadas. Dicho fuego, además de servir para la elaboración de alimentos, actuaba como hogar, calentando tanto las cocinas como otras dependencias cercanas. Se entremezclan así en las historias contadas sobre el Monasterio de Valvanera las llamitas incesantes de significado espiritual con las brasas siempre listas para sustentar y confortar los cuerpos de los monjes y de los fieles.


El que hubiera siete lámparas y no otro número cualquiera en la capilla mayor de la iglesia del Monasterio parece enlazar con un simbolismo concreto intencionadamente buscado. En el Apocalipsis de San Juan se menciona que “siete lámparas de fuego están ardiendo delante del trono, que son los siete espíritus de Dios” (4:5). Se alude de esta forma a la presencia completa y perfecta del Espíritu Santo. El número siete se repite muchas veces en el Apocalipsis, dando idea de plenitud y cumplimiento. En el mismo libro se habla también de siete candelabros de oro, en medio de los cuales está y camina Jesucristo. La “menorá”, importante objeto ritual de la cultura hebrea y de la religión judaica, es un candelabro de oro consistente en un tronco con seis brazos, coronado por siete lámparas de aceite. Estaba originariamente en el tabernáculo, y luego se guardó en el Templo de Jerusalén, delante del Santo de los Santos. El que haya luz permanente en el espacio más sagrado de una iglesia cristiana se asocia a un adelanto de la Jerusalén celestial, en la que según el Apocalipsis no habrá noche. El acercarse a un altar siempre iluminado puede ayudar al fiel en sus momentos de desolación (“noche oscura del alma”). Otros significados metafóricos de la lámpara que pueden rastrearse en los Evangelios están relacionados con las ideas de vigilancia, discernimiento y extensión del mensaje cristiano. “Nadie enciende una lámpara para esconderla o taparla con un cajón, sino que la pone en un candelero para que los que entren vean la claridad” (Lucas 11:33). Podría considerarse un derroche tanto gasto de aceite para hacer que ardan siempre siete lámparas. Bastaría una, o no sería necesaria ninguna, si la fe es igual de fuerte y verdadera. En el gesto piadoso de Felipe II se aprecia profunda devoción, convencimiento de que, al igual que él concede mercedes a sus súbditos, puede obtener mercedes de Dios.