domingo, 28 de agosto de 2022

PARA QUE ARDAN SIEMPRE SIETE LÁMPARAS


Por un albalá (carta o cédula real para conceder alguna merced) fechado en el año 1593, Felipe II, desde su residencia de El Pardo, concede al Monasterio de Valvanera una renta anual de 140 ducados para que permanezcan siempre encendidas en la capilla mayor de su iglesia siete lámparas de plata (AGS, EMR, MER, 230, 439). El Monasterio se encuentra en el actual municipio riojano de Anguiano, en la Sierra de la Demanda, área de larga tradición eremítica. Estuvo hasta hace pocos años a cargo de monjes benedictinos, sucedidos por miembros del Instituto del Verbo Encarnado. Depende de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Alberga la imagen de la Virgen de Valvanera, talla románica del Siglo XI o XII, patrona de La Rioja. En la capilla mayor, sitio principal de la iglesia, está desde antiguo esta imagen de la Virgen, a la que acompañarían las siete lámparas de plata, dispuestas sobre el altar mayor o en las cercanías del mismo, próximas también al sagrario. Según explica el albalá, de las siete lámparas disponibles sólo lucían dos, por escasez de recursos para mantenerlas siempre ardiendo. Uno de los propósitos de tener luz perenne en los lugares más sagrados del Reino era garantizar a través del favor divino la pervivencia y la seguridad del Estado, al igual que las vírgenes vestales antiguamente velaban para que el fuego protector de Roma estuviese siempre encendido, sirviendo para este cometido el templo de Vesta, la diosa del hogar. Una llama permanente es también el homenaje póstumo dispensado en algunos monumentos funerarios a los soldados fallecidos, considerándolos artífices destacados de la continuidad del Estado.


Para que la dotación de aceite de las lámparas deje de ser un problema, el rey Felipe II otorga al Monasterio un juro, situado en las tercias de la villa de Jubera y de dos aldeas que por entonces dependían de ella, llamadas Conventuriel y Las Loberas, dentro de la antigua Merindad de Logroño. Conventuriel se corresponde con el actual topónimo de los Corrales de Venturiel. La pequeña aldea de Venturiel se despobló en el segundo tercio del Siglo XVII, pudiendo contribuir a ello, según la tradición oral, el envenenamiento colectivo de sus habitantes masculinos en una romería, al beber agua en la que había caído una salamandra. Las Loberas era el nombre que recibían las actuales poblaciones de Santa Engracia del Jubera y San Bartolomé. La primera de ellas fue superando en importancia a la villa de Jubera a lo largo del Siglo XX, de modo que ahora Santa Engracia del Jubera da nombre al municipio en el que se integra Jubera. Los recursos dinerarios para cumplir anualmente con el juro serían extraídos por tanto de localidades situadas a unos 48 kilómetros en línea recta del Monasterio, siendo en la práctica el recorrido de esta distancia bastante mayor por el acusado relieve de la comarca. Cabe destacar en cambio la relativa cercanía de otros dos centros religiosos de importancia, los Monasterios de Suso y Yuso, ambos en San Millán de la Cogolla, con respecto al Monasterio de Valvanera, situado a unos 11 kilómetros de ellos, teniendo que salvarse igualmente en este trayecto importantes altitudes.


El albalá comienza con una larga intitulación, que enumera los territorios sobre los que tenía autoridad o algún tipo de derecho real o simbólico Felipe II. El texto incorpora la orden dada por el rey a sus contadores mayores para que se dé carta de privilegio al Abad y a los monjes del Monasterio de Valvanera, de forma que puedan recibir anualmente la cantidad señalada. Se trata de una donación que aspira a ser perpetua, reforzada por diversos formulismos, que indican que el juro no puede ser vendido, enajenado o cambiado, ni siquiera con la licencia del Papa o de los reyes posteriores. Los maravedíes concedidos deben emplearse solamente para el fin especificado, alimentar las siete lámparas para que siempre estén encendidas, o al menos sin interrupción notable, debiendo manifestar por escrito que ha sido así cada año el Abad que en cada período hubiese y otros dos monjes escogidos de entre los más antiguos y respetados. También se beneficia al Monasterio de Valvanera en el mismo albalá con la exención del pago del diezmo correspondiente a la Chancillería. Por la gestión de estos privilegios no deben los funcionarios reales aplicar al Monasterio ningún cargo. El albalá en su parte final incide en que ninguna ley deberá interferir en la efectividad de las mercedes dadas. El impuesto de las tercias al que se alude en el texto consistía en dos novenos de los diezmos eclesiásticos, aportados por la Iglesia al sostenimiento fiscal de la Corona de Castilla primero y de la Monarquía Hispánica después. El juro con el que se beneficia al Monasterio asciende a 140 ducados anuales, es decir, 52.500 maravedíes, a razón de 375 maravedíes el ducado, usado ya por entonces sólo como unidad de cuenta, y no como una auténtica moneda de oro.


Reproducimos a continuación gran parte del texto del documento analizado: “Don Phelippe, Por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos Sicilias, de Herusalem, de Portugal, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galiçia, de Mallorcas, de Sevilla, de Çerdeña, de Córdova, de Córcega, de Murçia, de Jaem, de los Algarves, de Algecira, de Gibraltar, de las Yslas de Canaria, de las Indias Orientales y Oçidentales, Yslas y Terra Firme del Mar Oçéano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Bravante y Milán, Conde de Habsburg, de Flandes, de Tirol y de Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina. A mis contadores mayores. Por quanto soy informado que en la iglesia de Nuestra Señora Sancta María de Valvanera, de la Orden de San Benito, dioçesi de Calahorra, de siete lamparas de plata que ay en la capilla mayor del dicho monesterio no arden mas de las dos dellas por la pobreza y necesidad del, y por que por la devocion que se deve a aquella Santa Casa, mi Voluntad es que de aqui adelante perpetuamente ardan todas siete y dar y consignar por doctaçion dellas al dicho monesterio ciento y quarenta ducados, que montan cinquenta y dos mill y quinientos maravedies de juro y renta en cada un año”.


“Os mando que deis y libreis mi carta de previlegio dellos al Abad, monges y combento del dicho monesterio para que los tengan de mi por merced y doctaçion de las dichas lamparas en cada un año para siempre jamas, situados senaladamente en las terçias de la Villa de Jubera y sus aldeas, Combenturiel y Las Loveras, que son en la Merindad de Logroño, y gozen dellos desde el dia de la fecha deste alvala en adelante, con condiçion expressa que los dichos maravedies de juro no los puedan vender ni enagenar, trocar ni cambiar por ninguna caussa y razon que aya, aunque sea con liçençia de Nuestro Muy Sancto Padre, ni de los Reyes mis subçesores, ni de otra persona alguna que tenga facultad para darsela, por que mi intençion y Voluntad Real es que los dichos maravedies los tenga perpetuamente el dicho monesterio para el efecto sussodicho, y no para otro alguno. Y para que los arrendadores, fieles y cogedores y terceros y mayordomos de las dichas terçias y los concejos encaveçados en ellas acudan con los dichos cinquenta y dos mill y quinientos maravedies al dicho Abad, monges y convento, que al presente lo son y adelante lo fueren del dicho monesterio desde el dicho dia en adelante en cada un año para siempre jamás, solamente en virtud de la carta de previlegio que dello les dieredes y libraredes, o de su treslado signado de escrivano publico sin ser sobre escripto ni librado en ningun año de vosotros ni de otra persona alguna, y de çertificaçion firmada del Abad del dicho monesterio y de otros dos monges saçerdotes de los moradores mas antiguos y graves de la dicha Casa, por la qual çertifiquen y afirmen in bervo saçerdotis que las dichas lamparas han estado ençendidas el tiempo anteçedente a la dicha paga, desde la ultima que se huviere hecho, de dia y de noche, sin intermision notable que aya habido”.


“La qual dicha carta de previlegio y las otras cartas y sobre cartas que en la dicha razon les dieredes conforme a lo de susso en esta mi carta contenido, mando a vosotros y al mayordomo y chançiller y notarios mayores y a los otros officiales que estan a la tabla de mis sellos que las den, libren y pasen, y sellen luego sin poner en ello embargo ni contradiçion alguna y sin que por ello vosotros ni ellos ni vuestros officiales ni suyos les lleveis ni lleven derechos algunos, y no les desconteis el diezmo que perteneçe a la chançilleria, que yo havia de haber conforme a la ordenança, por que tambien les hago merced y limosna de lo que en ello se monta. Lo qual ansi hazed, y cumplid solamente en virtud deste mi albala, obligandose primero y ante todas cossas el dicho Abad, monges y convento del dicho monesterio, con la solenidad y requisitos neçesarios, que perpetuamente arderan las dichas siete lamparas por doctaçion mia, y daran el recaudo neçesario para ello. Y constandoos por recaudos vastantes que no estan doctadas por ninguna persona, sin les pedir otro recaudo alguno, no embargante qualesquier leyes, ordenanças, prematicas sanciones destos Reynos que prohiven la enagenaçion de los bienes del Patrimonio Real, y otro qualquier uso y costumbre de contraria justiçia que en contrario desto aya, por que para en quanto a esto, las derogo, cesso y anulo, y doy por ningunas y de ningun valor y efectos, quedando en su fuerça y vigor para lo demas que yo lo tengo asi por bien, y os relievo de qualquier cargo o culpa que por ello os puede ser imputado. Fecha en El Pardo a Veinte y dos de Noviembre de Mill y Quinientos y Noventa y Tres años”.


Uno de los certificados anuales que tenía que proporcionar el Monasterio de Valvanera para poder recibir a cambio el pago del juro se conserva en el Archivo Histórico Provincial de La Rioja (Protocolos Notariales de Logroño; Registro de Escrituras de Pedro Íñiguez de Enderica; Año 1616; Folio 144). Corresponde en realidad al año 1615. En él los tres firmantes benedictinos son el Abad Gregorio del Peso, el Prior mayor Jerónimo de Davalillo, y el Predicador Francisco de Salazar. Atestiguan que desde la última paga, efectuada en las pasadas Navidades, las siete lámparas de plata han estado ardiendo en la iglesia sin intermisión notable, de modo que si alguna se apagaba era vuelta a encender sin dilación. Los monjes aportan el dato interesante de que las lámparas pendían delante del Santísimo Sacramento y de la imagen de Nuestra Señora. Es decir, eran lámparas colgantes que con su luz permanente ensalzaban la presencia mística de Dios y de la Virgen en el santuario. El fervor religioso que el Monasterio de Valvanera inspiraba en la reina Isabel la Católica es declarado por ella misma en el albalá (AGS, EMR, MER, 215, 29) del año 1483 mediante el cual le concede como merced y limosna un juro de 10.000 maravedíes anuales, situados en las rentas obtenidas de las alcabalas de la ciudad de Santo Domingo de la Calzada. El documento, otorgado por la reina en Madrid, implica que a cambio de dicho pago los monjes realicen a lo largo de cada año algunas misas y actos solemnes por la salud de la familia real y por las ánimas de los reyes difuntos. La reina había visitado el Monasterio en 1482, permaneciendo en él durante ocho días.


La luz perpetua que Felipe II quiso que hubiera en el altar mayor de la iglesia del Monasterio de Valvanera revela tanto su fe como su conocimiento de prácticas antiguas mediante las cuales distintos pueblos habían buscado la obtención del favor divino. Los numerosos volúmenes de temática ocultista que el rey añadió a su biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial muestran su interés por estos asuntos, en una época en que la ciencia, la alquimia y la magia no estaban claramente deslindadas, quedando además por detrás de la religión. En los aciertos y errores que se derivaban de sus importantes decisiones políticas, el rey veía con frecuencia de manera demasiado simplista el reflejo del agrado o del enojo de Dios. El deseo real de que estuviese siempre iluminada la capilla mayor de la iglesia del Monasterio de Valvanera pudo ser continuación de un hecho que ya se venía produciendo desde antiguo, al existir varias leyendas alusivas a que allí siempre había un fuego santo encendido. Un relato popular desplaza el eje de atención hacia las cocinas del Monasterio, al considerarse un hecho portentoso el que apenas generasen cenizas a pesar de la abundante leña con la que eran alimentadas. Dicho fuego, además de servir para la elaboración de alimentos, actuaba como hogar, calentando tanto las cocinas como otras dependencias cercanas. Se entremezclan así en las historias contadas sobre el Monasterio de Valvanera las llamitas incesantes de significado espiritual con las brasas siempre listas para sustentar y confortar los cuerpos de los monjes y de los fieles.


El que hubiera siete lámparas y no otro número cualquiera en la capilla mayor de la iglesia del Monasterio parece enlazar con un simbolismo concreto intencionadamente buscado. En el Apocalipsis de San Juan se menciona que “siete lámparas de fuego están ardiendo delante del trono, que son los siete espíritus de Dios” (4:5). Se alude de esta forma a la presencia completa y perfecta del Espíritu Santo. El número siete se repite muchas veces en el Apocalipsis, dando idea de plenitud y cumplimiento. En el mismo libro se habla también de siete candelabros de oro, en medio de los cuales está y camina Jesucristo. La “menorá”, importante objeto ritual de la cultura hebrea y de la religión judaica, es un candelabro de oro consistente en un tronco con seis brazos, coronado por siete lámparas de aceite. Estaba originariamente en el tabernáculo, y luego se guardó en el Templo de Jerusalén, delante del Santo de los Santos. El que haya luz permanente en el espacio más sagrado de una iglesia cristiana se asocia a un adelanto de la Jerusalén celestial, en la que según el Apocalipsis no habrá noche. El acercarse a un altar siempre iluminado puede ayudar al fiel en sus momentos de desolación (“noche oscura del alma”). Otros significados metafóricos de la lámpara que pueden rastrearse en los Evangelios están relacionados con las ideas de vigilancia, discernimiento y extensión del mensaje cristiano. “Nadie enciende una lámpara para esconderla o taparla con un cajón, sino que la pone en un candelero para que los que entren vean la claridad” (Lucas 11:33). Podría considerarse un derroche tanto gasto de aceite para hacer que ardan siempre siete lámparas. Bastaría una, o no sería necesaria ninguna, si la fe es igual de fuerte y verdadera. En el gesto piadoso de Felipe II se aprecia profunda devoción, convencimiento de que, al igual que él concede mercedes a sus súbditos, puede obtener mercedes de Dios.


martes, 19 de julio de 2022

EL MAESTRO ORFEBRE RODRIGO DE REYNALTE


Por medio de un memorial conservado en el Archivo General de Simancas (AGS, CCA, LEG, 444, 82) el platero Rodrigo de Reynalte se dirige al Rey Felipe II a través de la Cámara de Castilla para pedir que a su hijo Francisco se le otorgue el prestigioso cargo de alguacil de corte. La petición, realizada el 10 de Abril de 1576, es rechazada por el Rey mediante la expresión “No ha lugar”. Rodrigo de Reynalte llevaba vinculado a la corte como orfebre largo tiempo. Él mismo recuerda al principio de su carta que fue platero del príncipe Carlos (1545-1568), trágicamente fallecido en el encierro decretado por su padre, a quien desesperaba su mala conducta. Para solicitar tan gran merced para su hijo, Rodrigo de Reynalte expone como mérito personal el haber guarnecido de oro una lujosa espada, la cual fue regalada posteriormente por Felipe II al Rey de Francia, Enrique III, con quien las relaciones diplomáticas de España eran buenas. Y es que Enrique III era hermano de la tercera esposa de Felipe II, ya fallecida, Isabel de Valois (1545-1568), que dejó para siempre en el monarca español un sentimiento de profundo afecto. La impresionante espada, guarnecida bellamente por Rodrigo de Reynalte, era fruto de un peculiar compromiso adquirido por el orfebre con el Rey, de modo que debía terminarla antes de que se cumpliese un año, cobrando por ella 50 ducados por cada día que no llegase al año, perdiendo en cambio 50 ducados por cada día que rebasase dicho año, cantidad que sería entregada a las “arrepentidas”, es decir, a alguna casa religiosa que acogiese a mujeres provenientes de la prostitución y de otras situaciones de marginación social. En la decoración áurea de la espada no solo trabajó Rodrigo, sino que también intervinieron sus hijos y otros oficiales, turnándose en el taller, de modo que la misma pudo ser finalizada 57 días antes de cumplirse el año, convirtiéndose por tanto su precio en 2.850 ducados (equivalentes a 1.068.750 maravedíes). El tipo de encargo, su elevado coste y la pretensión de Rodrigo de obtener además un buen puesto en la corte para uno de sus hijos nos remiten a un ambiente áulico que cuadra mal con las dificultades financieras del monarca, que justo en 1576 tuvo que hacer frente a una seria bancarrota.

 

A las cantidades manejadas en el texto, las cuales provocan cierto sonrojo, habría que sumar el oro empleado, cuyo suministro corría a cargo de la Hacienda Real. El memorial comentado es el siguiente: “Rodrigo de Reynalte, platero que fue del Principe Nuestro Señor, que esta en el cielo, dize que ya Vuestra Magestad terna noticia de la espada que su Alteza le mando guarnescer de oro, que fue la que Vuestra Magestad embio al Rey de Françia, la qual le mando que en todo caso acabase dentro de un año. Y el dicho Reynalte respondio que la obra era mucha, y que seria imposible acabarla en tan breve tiempo, aunque el y sus hijos trabajasen noche y dia, sino fuese metiendo en ello muchos officiales y que el no tenia hazienda para poderlos pagar. Y su Alteza le dixo que lo hiziese, y que el dava su palabra que todos los dias que la acabase menos de un año le daria por cada uno dellos 50 ducados, con condicion que todos los que passassen del año el dicho Reynalte se obligase de pagar otros tantos, de los quales haria merçed a las arrepentidas. Y el dicho Reynalte viendo la instancia que su Alteza le hacia, se obligo de hazerlo assi. Y su Alteza mando a Juan Estévez de Lobón, su criado, se obligase de su parte (como lo hizo) de que se le pagaria la dicha cantidad, como parecera por la carta de obligacion que dello fue hecha, que esta en poder del secretario Matheo Vázquez. Y el dicho Reynalte, a mucha costa de su trabajo y hazienda, sin descansar noches ni dias, acabo la dicha obra cinquenta y siete dias antes que se cumpliese el año, que montaron, a razon de cinquenta ducados cada dia, dos mil y ochocientos y cinquenta. Supplica a Vuestra Magestad que mandando considerar esto, y lo mucho que ha que sirve y la gran cantidad de dinero que le fue forçoso gastar con officiales para cumplir con su Alteza, en recompensa de todo ello, sea servido hazerle merçed de la bara de alguacil de corte, que ha vacado por muerte de Truxillo, para Francisco de Reynalte, su hijo, que en ello recibira muy particular merçed de Su Magestad”.

 

Rodrigo de Reynalte tuvo dos hermanos que fueron también plateros en la corte de Felipe II, muestra de que el oficio estaba muy arraigado en su familia, y testimonio de la alta calidad de su trabajo. El hermano mayor de los tres era Pedro, y el menor de todos Diego. Se trataba de una familia de origen francés, cuyos antepasados se habían asentado a principios del Siglo XVI en Medina del Campo, atraídos por la intensa actividad comercial de sus ferias. Ya los tres hermanos parece que nacieron en Valladolid, a donde siguieron acudiendo mucho para ver a su madre, a pesar de estar vinculados por su trabajo a la corte de Madrid. Los tres fueron familiares del Santo Oficio de la Inquisición, por lo que se comprometían a actuar como informantes y tenían derecho a portar armas. Se sabe de Pedro que tuvo una tienda, y que los tres hermanos desempeñaron durante años su labor orfebre cerca de sus propias casas. Una hija de Pedro, llamada Luisa, se casó hacia el año 1560 en Valladolid con Alonso Sánchez Coello, pintor de cámara de Felipe II.

 

Al menos la cuarta parte de un legajo sobre cuentas (AGS, CMC, 1EP, 1054) del Archivo General de Simancas consiste en la revisión de los importes de las obras orfebres realizadas por Rodrigo de Reynalte entre los años 1562 y 1568. El nombre del platero aparece en la cubierta del legajo, lo que da idea de su importancia, junto con el de Alonso Velázquez de la Canal, grefier del desafortunado príncipe Carlos. Otras cuentas intervenidas que figuran en el legajo son las de Miguel Gozacho, tirador de oro, encargado de reducir éste a hilo. Se fiscaliza la labor del platero, al utilizar materias primas de gran valor. La Contaduría Mayor de Cuentas comprobaba que hubiese sido correcta la gestión de los caudales públicos realizada por quienes administraban o se valían de una parte de los mismos. En el caso de las cuentas de Rodrigo de Reynalte, se van enumerando los trabajos que realizó, reseñando su coste. Se tachan los gastos comprobados o se pone una equis en uno o en los dos laterales de cada registro. Da la impresión de que cada registro fue comprobado varias veces, dado el alto valor de algunos de los encargos. Los enunciados son muy ilustrativos de los diferentes tipos de tareas que afrontaba Rodrigo de Reynalte, mostrando claramente que, aunque se le llamara platero, trabajaba mucho más con el oro que con la plata. Sirven también para conocer muchos de los objetos suntuarios característicos de la época, permitiendo recrear mejor cómo era la vida cortesana. Al referirse al oro en las cuentas, se utiliza como medida de peso el tomín (de aproximadamente 0,575 gramos); 8 tomines hacían un castellano (4,6 gramos); y 50 castellanos hacían un marco (230 gramos); a su vez el marco equivalía a ocho onzas (cada una de ellas de 28,75 gramos); por lo que cada onza tenía 50 tomines.

 

Para cada encargo, se le proporcionaba a Rodrigo de Reynalte el oro necesario, pudiendo variar la forma en que se le presentaba éste, yendo desde la materia prima en bruto hasta monedas u objetos viejos o estropeados que debían ser fundidos para poder acometer luego los refinados trabajos. El oro aportado podía ser suficiente, sobrante o escaso, lo que le llevaba a devolver una parte del mismo o a solicitar más. Se alude a veces a una tasación inicial y luego a una retasa que modificaba el importe estimado del principio, normalmente aumentándolo. En estas tasaciones intervenían los plateros oficiales de la corte, elaborando unos informes que servían para que los contadores aprobasen o no los importes consignados. Los llamados guardajoyas, como Diego de Olarte, tenían entre sus funciones atestiguar que los encargos recibidos por Rodrigo de Reynalte eran verdaderos. Éste trabajaba de forma preferente para la familia real, pero también satisfacía las peticiones de algunos cortesanos, si las mismas no le apartaban del cumplimiento de sus obligaciones principales. Sabemos también que por parte de la Casa Real se consultó a Rodrigo de Reynalte a la hora de efectuar algunas adquisiciones de bienes de lujo para determinar cuál sería el precio justo a pagar por ellos.

 

Si el objeto dañado por el uso no era descartado y destinado a la fundición, Rodrigo de Reynalte acometía su arreglo. Se mencionan en este sentido reparaciones de pernos de braseros y de tornillos de copas. Muchas copas tenían base y fuste metálico, pudiendo ser su parte superior también metálica o de cristal. El fuste adquiría con frecuencia forma torsionada. Además de copas, el platero tenía que arreglar otras piezas de vajilla abolladas o rotas. Soldaba piezas que habían perdido su unión por un trato frecuente o brusco. Limpiaba los objetos de oro o de plata que habían visto mermado su brillo original. Sabía también moldear el acero y otros metales para crear elementos utilitarios, como garabatos destinados a colgar cacharros y herramientas. Engarzaba rubíes y otras piedras preciosas en soportes de oro, especialmente en sortijas. Combinaba el oro con otros materiales suntuarios, destacando en este sentido la alusión a una cruz de oro con Cristo de coral. Utilizaba el oro para resaltar las líneas y las molduras de muebles de maderas finas, como escritorios. Para hacer más lujosos los objetos de uso cotidiano de sus señores, los doraba, empleando habitualmente para ello el oro que obtenía fundiendo las monedas que se le habían facilitado. Esta práctica está atestiguada por ejemplo para relojes de latón. El hecho de recibir monedas de oro para su posterior fundición facilitaba al platero el cálculo del presupuesto de que iba a disponer para su próximo trabajo. En las cuentas se registra a veces cuál era la procedencia del oro a emplear.

 

En un documento del año 1561 (AGS, CSR, LEG, 178, 87) de la sección Casa y Sitios Reales del Archivo General de Simancas, Rodrigo de Reynalte explica la justa necesidad de retasar a la baja un aljófar que había pertenecido al rey de Túnez, y que se vendió por un precio excesivamente elevado a un comerciante judío, llamado Salomón Benzeberru. El aljófar en este caso era un conjunto de joyas compuesto por perlitas irregulares acompañadas de elementos decorativos de oro. Por reclamación del comerciante, Rodrigo de Reynalte comprobó un hecho que le había pasado inadvertido en la primera tasación, y es que los canutos de oro de las joyas estaban rellenos de cera. Se procedió por tanto a extraer la cera y a pesarla, compensando al comerciante con 44 ducados (16.500 maravedíes), lo que suponía una rebaja considerable con respecto al precio que inicialmente se había dado al aljófar. A través de otro documento (AGS, CSR, LEG, 163, 1, 91), esta vez de 1563, queda constancia de la realización de un pago a Rodrigo de Reynalte de 3.487 maravedíes que se le adeudaban, así como del pago de la misma cantidad a otro platero, compañero suyo, Juan Álvarez, en ambos casos por la realización de varias tasaciones y otros menesteres. Este pago se había dilatado porque la persona en quien se había librado el dinero para efectuarlo, Martín de Villasante, había fallecido sorpresivamente.

 

Ya en 1569 nos encontramos con que cuatro plateros de la corte (Melchor de Bascuñana, Juan de Vargas, Juan Bautista Láinez y Diego Láinez) tasan una obra de Rodrigo de Reynalte, consistente en espada, daga y talabarte de oro, en 1.393.125 maravedíes, describiendo algunos de sus bellos y floridos aspectos formales. Son varios los testimonios que apuntan a que la decoración de armas blancas estaba entre las especialidades de Rodrigo de Reynalte, si bien se trataba de trabajos de larga duración que le dejaban extenuado. Es probable que alguna espada espléndidamente rematada llegase a ser suya en propiedad. Se cita una espada admirable en 1631 en el testamento e inventario de bienes de Juan Sánchez Coello de Reynalte, el cual explica que la heredó de su tío Rodrigo, que a su vez era sobrino del platero Rodrigo de Reynalte. Pudo ser hecha por éste o por alguno de sus hermanos, o quizás fue fruto del trabajo de varias personas, como en el caso de la espada regalada al Rey francés. Tres encargos satisfechos en 1572 por Rodrigo de Reynalte hay que situarlos en el contexto constructivo del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial: Cruz de oro para un Cristo (161.110 maravedíes), cuatro manzanas de cristal guarnecidas de oro y destinadas a una cama (391.216 maravedíes) y conjunto de espada, daga y clavazón de un talabarte, todo ello de oro (4.032.500 maravedíes).

 

Comentaremos o al menos enumeraremos algunos de los lujosos objetos que Rodrigo de Reynalte fabricaba, arreglaba, soldaba, limpiaba, refundía… Llama la atención por ejemplo la mención constante de botones, corchetes y alamares, los cuales eran claros marcadores de estatus, diseñados para ser exhibidos en la vestimenta. Podían ser de cristal guarnecido de oro, o bien de otros materiales caros, alejándose del hueso, corcho o tela usados por los pobres. Otros aderezos de oro podían ir prendidos o desplegados en las ropas y en las gorras, como es el caso de las cadenas, las trenzas y los crancelines. Entre los collares más vistosos que tuvo que elaborar Rodrigo de Reynalte estaban los de la ceremoniosa orden del Toisón de Oro. Las medallas contabilizadas solían estar asociadas a camafeos, piedras preciosas o semipreciosas en las que se tallaban figuras en relieve. Rodrigo de Reynalte se encargaba de los rebordes, engarces y cordones metálicos de los camafeos, pero probablemente no era él quien los tallaba, teniendo en cuenta que algunos aspiraban a ser auténticos retratos. Los camafeos podían ir también insertos en anillos y botones. Para sellar se utilizaban a veces sortijas, recurriéndose en otros casos a macetas de mayor tamaño. En relación con la escritura, Rodrigo de Reynalte elaboraba plumas y salvaderas para colocarlas, de forma que no se mancharan de tinta las mesas. Fabricaba las partes metálicas de los “antojos” (gafas) y las partes menos técnicas de los relojes. Creaba mondadientes de oro, a juego con las generosas comidas de sus señores. Hacía tijeras y tijeras de despabilar. Con estas últimas se cortaba la mecha chamuscada de las velas y se retiraba la cera de alrededor para reavivar su fuego. Las velas eran colocadas en candeleros y palmatorias. Con braseros, calentadores y calderetas se subía la temperatura de las habitaciones. Entre los objetos religiosos realizados por Rodrigo de Reynalte estaban cruces, cálices y vinajeras. Embellecía las piezas de vajilla, como jarros, frascos, vasos, copas, tazas, platos, tapas… Para los caballos diseñaba bozales con campanillas y cadenas. Y para ayudar a remarcar la autoridad de determinados cargos producía varas de mando, semejantes a la de alguacil de corte que el Rey Felipe II decidió no conceder a su hijo, Francisco de Reynalte.


miércoles, 9 de marzo de 2022

EL ENRIQUECIMIENTO COMERCIAL DE CRISTÓBAL DE HARO


Cristóbal de Haro (fallecido en 1541) perteneció a una poderosa familia de mercaderes burgaleses, de origen probablemente judeoconverso. La exportación de lana hacia Flandes había hecho de la ciudad de Burgos un importante centro mercantil, en cuyas actividades bancarias participó intensamente la familia de los Haro. Con diversas ciudades de los Países Bajos y de Alemania, Cristóbal de Haro mantuvo beneficiosos vínculos comerciales, adquiriendo una gran capacidad de financiación de empresas marítimas, destinadas, entre otros objetivos, a la obtención de especias en lugares exóticos, con las cuales abastecer los mercados europeos. El archipiélago indonesio de las Molucas, lucrativa fuente de aprovisionamiento de ciertas especias, como el clavo aromático y la nuez moscada, había quedado bien conectado con Portugal desde que en 1512 se abriera la ruta oceánica oriental que rodeando África alcanzaba dichas islas. Los españoles buscaron nuevas rutas para llegar a ellas, pero navegando desde la Península Ibérica hacia Occidente. Cristóbal de Haro contribuyó a la organización de algunas de estas expediciones, destacando la realizada entre 1519 y 1522, que se saldó con la primera circunnavegación del planeta, iniciada bajo el mando del navegante portugués Fernando de Magallanes y culminada por el marino vasco Juan Sebastián Elcano. El valioso cargamento de clavo aromático traído por la nao Victoria de este viaje fue entregado íntegramente a Cristóbal de Haro por orden de Carlos V, el cual recurriría en ocasiones a los préstamos del comerciante burgalés, de igual manera que había recibido ya financiación de su hermano, Diego de Haro.


El entusiasmo llevó a la creación a fines de 1522 de la Casa de Contratación de la Especiería, establecida en La Coruña, de la que Cristóbal de Haro fue nombrado factor. Esta institución tuvo corta vida, pues en 1529 Carlos V, por el tratado de Zaragoza, renunció a los posibles derechos de España sobre las Molucas en favor de Portugal, recibiendo a cambio una compensación de 350.000 ducados. La acción colonial española en el Sudeste asiático se centrará en el futuro en las Filipinas, especialmente desde que en 1565 Andrés de Urdaneta, integrante de la expedición conquistadora de Legazpi, descubra el llamado “tornaviaje”, valorando las estaciones, los vientos y las corrientes marinas que optimizan los tiempos de vuelta desde Filipinas hasta la costa occidental de México. En cuanto a las Molucas, no fueron por mucho tiempo un monopolio comercial portugués, pues una primera flota holandesa llegó hasta ellas en 1599, acrecentándose año tras año el predominio comercial neerlandés en la zona. Desde su creación en 1602, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, institución mercantil sustentada en prácticas paramilitares, se fue haciendo con el control del comercio en el ámbito indonesio, arrinconando progresivamente a los portugueses, que hacia 1850 mantenían allí ya solamente su dominio sobre Timor Oriental. La isla de Timor proporcionó a los comerciantes lusos desde 1512 abundante madera de sándalo, usada en carpintería fina y para la obtención de perfumes. La escasa implantación colonial portuguesa en las islas indonesias revela la prioridad adjudicada a los intereses comerciales sobre otros relacionados con la impregnación cultural y la conquista efectiva de territorios tan distantes de la metrópoli. Paralelamente, en el caso filipino, el bajo número de colonos peninsulares explica también la rapidez con la que el legado español se diluyó a lo largo del Siglo XX en dicho archipiélago, exceptuándose la pervivencia de la fe católica.



Muchas sombras recorren la personalidad tanto de Cristóbal de Haro como de otros miembros de su grupo comercial, en cuanto a que no dudaron en involucrarse abiertamente con afán de enriquecimiento en el tráfico de esclavos entre África y América, conectando para ello con las redes de captación y distribución establecidas por los portugueses. Se trataba para Cristóbal de Haro de una actividad complementaria, ya que en el mismo barco podían viajar tanto esclavos como productos de “resgate”, es decir, destinados al intercambio comercial con los indígenas. Al principio de su carrera, el mercader burgalés obtuvo incluso autorización del rey portugués Manuel I para poder traer hasta Europa toda clase de mercancías obtenidas en ámbitos correspondientes a la implantación colonizadora portuguesa, como maderas brasileñas, codiciadas por los artesanos para elaborar tintes, muebles e instrumentos musicales. Entre 1505 y 1517 pasó largas temporadas en Lisboa, desde donde controlaba la llegada del azúcar de Madeira, que constituyó una de sus primeras fuentes de riqueza. Actuó de intermediario en la comercialización de la pimienta y otras especias, pues no controlaba los lugares de explotación de las mismas. En este período colaboró con Portugal armando barcos para la exploración de nuevas vías que permitiesen atravesar América para llegar cuanto antes al Pacífico, sin importarle la deslealtad que implicaba el facilitar a los portugueses el acceso a zonas que el Tratado de Tordesillas reservaba a España. La familia de los Haro experimentó un duro golpe económico al producirse la tragedia humana del hundimiento de bastantes de sus navíos (difiriendo las crónicas entre siete y dieciséis) llenos de esclavos africanos. El ataque fue realizado por el pirata portugués Iusarte, que se movía entre el archipiélago de Cabo Verde y la costa congoleña. Iusarte fue ejecutado en Oporto pocos años después, pero el rey Manuel I no concedió a Cristóbal de Haro ninguna indemnización. Ello, unido a los crecientes obstáculos puestos por Portugal a los mercaderes extranjeros, impulsó a Cristóbal de Haro a regresar a España, donde más adelante ofrecerá soporte financiero al joven rey Carlos, llegado al país con su séquito flamenco en 1517.


En el Archivo General de Simancas se conserva un memorial (AGS, CCA, LEG, 118, 92) de Cristóbal de Haro, fechado el día 24 de Octubre de 1517, con la petición de que se le restituya una carabela que le fue embargada unos cinco años atrás, y que se encontraba retenida junto con su cargamento de bienes y esclavos por la Casa de Contratación de Sevilla. No era la primera vez que Cristóbal de Haro se dirigía a la Cámara de Castilla para solicitar la devolución de esta nave. Se trataba de un barco armado en Lisboa, con tripulación portuguesa, capturado en el área costera americana conocida como Tierra Firme, que comprendía desde las Guayanas hasta el Cabo de Gracias a Dios, que separa los actuales estados de Nicaragua y Honduras. Cristóbal de Haro argumenta en su escrito que fue el mal tiempo el que desvió la carabela hacia el territorio americano español. Los marineros portugueses fueron liberados con la aprobación del Cardenal Cisneros, como contrapartida por haberse soltado también antes a marineros castellanos pillados en aguas portuguesas. Al enumerar a algunos de los tripulantes, los primeros que aparecen son “Estevan Flórez” y “Pero Flórez”, que seguramente estaban al mando. La prolongada negativa de restitución de la nave y de su contenido a Cristóbal de Haro a pesar de la prestigiosa posición socioeconómica de su familia pudo deberse a la sospecha de que la misma superó la demarcación brasileña intencionadamente, tal vez en busca de un ágil paso interoceánico. El barco fue conducido primeramente a Santo Domingo, que se iría convirtiendo en uno de los lugares de la América hispana en recibir más población esclava, ocupándose más tarde de resolver el asunto el tribunal sevillano de la Casa de Contratación, que era el máximo órgano de control del comercio y tránsito de personas entre España y América. No se aclara qué ocurrió durante esos cinco años de embargo con los esclavos africanos retenidos, si bien lo más probable es que se les diera trabajo a cambio de alimento. La petición de Cristóbal de Haro quedó también consignada en el Registro General del Sello (AGS, RGS, LEG, 151710, 163), con pésima letra y fecha de entrada dos días posterior.

 

El grueso del primer documento mencionado, quizás no del todo sincero, reza como sigue: “Cristóval de Haro, mercader vezino de la çibdad de Burgos, digo que ya V. A. sabe como por otras petiçiones le ove hecho relación que puede aver cinco años que, estando yo en la çibdad de Lisboa del Reyno de Portugal, ove armado a mi costa una caravela con mercaderias de resgate para yr a la tierra que se dize del Brasil y cae en la conquista del Rey de Portugal, por la demarcaçion que con el dicho Rey fue hecha. En la qual caravela fueron muchos portugueses por marineros y brumetes, especialmente Estevan Flórez y Pero Flórez y Pero Marinero y Miguel Brumete y Ehas Corço y Pero Corço y otros portugueses. Los quales siguiendo el dicho viaje con tienpos contrarios aportaron en la tierra que V.A. tiene en tierra firme, donde fueron presos y enbargadas y secuestradas la dicha caravela y mercaderias y çiertos esclavos que trayan, en la çibdad de Santo Domingo de la Isla Española. Y remetieron a los dichos portugueses presos ante los jueces de la Casa de la Contrataçion de Sevilla, e ynformados el reberendisimo cardenal su embaxador aver pasado ansy, dieron probision para que los dichos juezes soltasen los dichos presos portugueses, constandoles averse soltado en Portugal çiertos castellanos que a esta causa avian sido presos, lo qual les consto e soltaron los dichos portugueses libres y sin pena alguna. Y las dichas mis mercaderias y esclavos y armada an estado y estan todavía enbargadas, de que he resçibido y espero resçibir muy gran daño. Suplico a Vuestra Alteza mande dar su provision para que los dichos juezes e ofiçiales de la Casa de la Contrataçion de la dicha çibdad de Sevilla o de las dichas yslas e personas en cuyo poder estan los dichos bienes me los entreguen, tornen y restituyan e agan tornar e restituyr libremente e syn costa alguna, pues yo ni ellos no tenemos culpa. Y los dichos portugueses fueron sueltos libremente. E pido cumplimiento de justiçia, y para ello le encargo su real conçiençia”.

 

El texto revela la temprana implicación de algunos comerciantes españoles en el mercadeo de esclavos negros, el cual se fue incrementando ante la necesidad de conseguir más trabajadores para las colonias, en las cuales la población indígena experimentó un retroceso demográfico. En la España peninsular la presencia de esclavos africanos fue más limitada, salvo en algunas ciudades andaluzas, gracias en parte a un mayor cuestionamiento moral. Llegaban principalmente a Sevilla, muchas veces con el rostro marcado, redistribuyéndose desde allí entre familias de alto poder adquisitivo. Incluso había privilegios de juro (especie de pensión o censo sobre las rentas reales), situados en las rentas provenientes del comercio con esclavos negros. Dos de estos polémicos juros (AGS, EMR, MER, 220, 305) fueron adquiridos por compra en el año 1600 por el Duque de Lerma, valido del rey Felipe III. Los juros, concedidos en muchos casos en concepto de interés por razón de una cantidad prestada al monarca, permiten también rastrear la intensa actividad financiera que Cristóbal de Haro desplegó al servicio de la Corona y sobre todo al servicio de sí mismo. Muchos de ellos pueden consultarse en el Archivo General de Simancas, en las secciones de “Escribanía Mayor de Rentas” y “Contaduría de Mercedes”. Uno en concreto (AGS, CME, 493, 2), de 10.000 maravedís, va acompañado del testamento del comerciante, con adjudicación de bienes a Sebastián de Haro. Las cantidades de estos juros a nombre de Cristóbal de Haro oscilan mucho, pudiendo ir desde los 910 maravedís (importe más común en las limosnas anuales recibidas por conventos y monasterios) hasta los 48.156. Las fechas de los mismos arrancan en 1525, situándose algunos de ellos sobre las rentas tanto de la capital burgalesa como de otras áreas próximas, como Castrojeriz y la comarca de la Bureba. Es decir, las actividades comerciales desplegadas por Cristóbal de Haro repercutían en la circularidad de la economía de su tierra de origen, que por un lado le suministraba recursos y por otro se beneficiaba del establecimiento allí de tan poderosa familia.

 

La insistencia a lo largo de cinco años por parte del comerciante burgalés en las peticiones a la Cámara de Castilla para poder recuperar la carabela embargada y su contenido apunta a que las mercancías retenidas por la Casa de Contratación de Sevilla no eran meras baratijas con las que engatusar a los indígenas, sino productos no perecederos que serían fácilmente intercambiables, no sólo por otros exóticos sino también en la propia península. La falta de ética de Cristóbal de Haro queda clara tanto por su participación en el negocio esclavista como por su colaboracionismo con Portugal en un momento en que estaban dirimiéndose intereses geoestratégicos de gran alcance. Su financiación permitió a la Corona española acometer empresas marítimas en las que hubo grandes muestras de épica y heroísmo, ampliando el conocimiento del mundo. La exploración de nuevos territorios fue seguida por la conquista de muchos de ellos, estableciéndose rutas periódicas con las que hacer llegar a Europa metales preciosos, semillas y nuevos bienes de consumo. La familia de los Haro encarna en este período histórico el vitalismo comercial efectuado sin riesgo físico, al que sí se exponían los numerosos marinos y soldados que fueron despoblando su tierra para lanzarse a las inciertas aventuras de la expansión colonial. Hubieran sido necesarias muchas más iniciativas mercantiles y de manufacturación por parte de los españoles que permanecieron en la península para que el beneficio principal del comercio marítimo no acabara transfiriéndose tan rápido al Norte de Europa. La evangelización y las leyes que protegían a los indígenas de los nuevos territorios adquiridos por España contrastaban con la permisividad mostrada hacia la vergonzosa compraventa de personas oriundas del África subsahariana.


domingo, 23 de enero de 2022

SEIS DONCELLAS PORTUGUESAS RECLAMAN SU DOTE EN 1530

 

En sus aproximadamente 40 años de vida, el Primer Duque de Arcos, Rodrigo Ponce de León (1490-1530), se casó en cuatro ocasiones. En 1507 contrajo matrimonio con Isabel Pacheco, mujer que le superaba bastante en edad, y que murió sin darle descendencia. Más tarde se casó con Juana Téllez Girón, con la que tuvo a Jerónima, que falleció siendo niña. Tras la muerte de Juana, se desposó con la hermana de ésta, María Téllez Girón, que le dio hacia el final de su vida dos hijos: Ana, nacida en 1527, y Luis Cristóbal, nacido en 1528, que se convertiría pronto en el Segundo Duque de Arcos. Al morir María, Rodrigo Ponce de León se casó por cuarta y última vez. La boda tuvo lugar en Portugal, ya que la esposa, Felipa Enriques, era de allí. Este último período matrimonial fue de corta duración, por la muerte en este caso de Rodrigo. Tanta sucesión de muertes en un espacio relativamente corto de tiempo revela la precaria salud que tenía mucha gente, incluso del estamento nobiliario, dado el escaso desarrollo de la medicina y de las atenciones médicas. A Rodrigo, afincado en Marchena, le conquistó sin duda en su último año y medio de vida la idiosincrasia portuguesa, no sólo por el hecho de que fuera directamente a Portugal a encontrar una nueva esposa, sino también porque poco después de regresar escribió solicitando que se trajesen de allí, para el servicio de su casa señorial, varias doncellas, las cuales con su compañía harían a su mujer más llevadero el cambio de país. El llamamiento hizo que seis jóvenes portuguesas, extraídas de la baja nobleza, acudiesen a las posesiones solariegas del ducado de Arcos en busca de una mayor prosperidad, abandonando sus lugares de origen y gastando en la incierta aventura determinados recursos propios.


El fallecimiento del Duque no muchos meses después hizo que las muchachas tuviesen que volver a su tierra, reclamando desde allí a la Duquesa viuda el envío de algo de dinero con el que poder concertar con más garantías de futuro sus casamientos. Felipa Enriques explica, en un memorial conservado en el Archivo de Simancas (AGS, CCA, LEG, 224, 61) su complicada situación económica, solicitando al Rey a través de la Cámara de Castilla que asigne a las muchachas las cantidades que considere, extrayéndolas luego de las rentas correspondientes al nuevo pequeño Duque, Luis Cristóbal. También Felipa solicita que de las mismas rentas se pague a su madre el importe de algunas cosas que fueron traídas de Portugal para su difunto marido. Éste en su testamento no pudo dejar nada a sus criados y al personal a su servicio, al no disponer de bienes suficientes que no estuviesen sujetos al vínculo de mayorazgo. La necesidad de liquidez había obligado al Duque a solicitar algunos gravosos préstamos que incluso ponían en peligro el mantenimiento de ciertas propiedades familiares. Aunque la base teórica de las rentas anuales percibidas por el Duque era muy alta, sobre algunas de ellas había ciertos litigios, no ayudando tampoco el insuficiente uso dado a las tierras, la participación en proyectos militares y el curso cambiante de las veleidades políticas. Para obtener nuevas fuentes de riqueza, el Duque había puesto en marcha salinas y explotaciones azucareras, mientras se retrasaban los permisos para la apertura de las minas que había heredado. Estaba resultando muy costosa la construcción de dos espacios religiosos patrocinados por el Duque: la iglesia de Nuestra Señora de la O de Rota y el convento dominico de San Pedro Mártir de Marchena. En este segundo lugar sería enterrado Rodrigo junto a su tercera esposa, María Téllez Girón.


Queriendo dar más fuerza a su ruego, Felipa Enriques lo acompaña de algunas cartas del Duque difunto y de una declaración efectuada por Fray Domingo de Baltanás (1488-1568), que era el confesor y uno de los albaceas del mismo. Este clérigo dominico, prolífico escritor moralista, gozaba de un gran prestigio por entonces. Tras su etapa inicial de formación teológica, alcanzó en 1522 el rectorado del Colegio sevillano de Santo Tomás. Adquirió gran fama como predicador, consiguiendo que destacadas familias nobiliarias andaluzas aportasen recursos para la fundación de conventos. Fue misionero entre los moriscos de las Alpujarras antes de que estallase allí la rebelión. Algunas de sus ideas, consideradas demasiado audaces, provocaron en 1561 su choque con la Inquisición, que le hizo pasar los últimos años de su vida recluido en un convento, y que se aseguró de que sus obras doctrinales no alcanzasen excesiva difusión. En la carta de la Duquesa viuda de Arcos se menciona a Fray Domingo de Baltanás como uno de los encargados de hacer que se cumplan las últimas voluntades de Rodrigo Ponce de León, sin que apenas haya en este caso bienes para repartir, quedando la herencia bastante compacta en el mayorazgo recibido por Luis Cristóbal, que al morir su padre no tenía ni dos años de edad. Este memorial muestra claramente el pesar y la frustración de la joven viuda, así como su identificación afectiva con las otras damas portuguesas, hasta el punto de convertirse en defensora de sus causas ante el Rey. A la solicitud efectuada por Felipa Enriques responde el Rey Carlos I “Véase” y “que el Gobernador y los testamentarios informen de todo”, es decir, que el asunto se lleve adelante, para ver si es procedente o no el desvío de algunas rentas del Segundo Duque de Arcos para el pago a las seis doncellas portuguesas y a la madre de la peticionaria. Reproducimos a continuación el núcleo del texto analizado:


“La duquesa de Arcos besa los pies de V. M. y dize que, despues que el duque, su marido, se caso con ella en Portugal, de donde la traxo, escrivio a aquel Reyno que se buscasen algunas donzellas hijasdalgo que viniesen a estar en su conpañia y serviçio, y que asi lo hizo, que por su mandado se enbiaron seys donzellas, hijas de cavalleros en aquel Reyno, que aca llamamos fidalgos, y estuvieron en su casa y conpañia hasta que el dicho duque de Arcos, su marido, murio. Que a ella no le quedo con que poderlas sustentar, porque no le quedaron mas de 300.000 (maravedíes) para sus gastos, y que por esta cabsa se bolvieron a casa de sus padres. Y después de ydas le piden a la dicha duquesa que les pague y ayude para sus casamientos, pues debaxo desta palabra ellas salieron de su naturaleza, y para venir como devian, y servir y aguardar señores, gastaron mucho de sus hasiendas. Y que visto que piden justo y ella no tiene de que pagallas ny razon por que hazello, pues ella no las mando venir, a pedido a los albaçeas del dicho duque que se cumpla con ellas, a lo qual an respondido que lo harian si toviesen bienes del dicho duque, porque bien veen que es a su cargo. Suplica a Vuestra Magestad que atento que esto es serviçio y de donzellas que se an de casar y por solo este fin se movieron, mande que, pues no ay bienes del duque difunto, se pague de la renta de su hijo, pues tiene hende que hazello, y esto es cosa que agraviara su conçiençia si no se fiziese. Y para que mas justamente se haga, V. M. mande que, pues estas donzellas son hijasdalgo y personas honradas, libre de tomar cantidad como a V. M. pareçiere señalar para cada una, porque en el cumplimiento de lo que se les a de dar no aya dilaçion, mandado tener respecto a la calidad de las personas a quien vinieron a servir y de otro Reyno. Y presenta este testimonio y las cartas del dicho duque. Asi mismo suplica a V. M. mande que se pague de la renta de los duques quarenta myll maravedíes que se deven a dona Maria Enriques, madre de la dicha duquesa, de cosas que para el dicho duque difunto se truxeron de Portugal, como se mandara ver por un testimonio de declaraçion de Fray Domingo Baltanás, albaçea del dicho duque, que se presenta”.

viernes, 7 de enero de 2022

INCENDIO DE ESCRIBANÍAS EN EL ATAQUE A LA PALMA DEL AÑO 1553


A lo largo de la primera mitad del Siglo XVI la isla canaria de La Palma fue ganando importancia gracias al privilegio real que le permitía comerciar con América, lo que hizo que mercaderes de distintas procedencias se estableciesen en la ciudad portuaria de Santa Cruz, la cual servía de escala en las travesías atlánticas que enlazaban la Península Ibérica con las posesiones españolas del Mar Caribe. En 1551 estalló entre Francia y España una guerra por el control de diversos territorios italianos, de modo que el rey francés, Enrique II, incentivó por entonces el hostigamiento por parte de las embarcaciones francesas al tráfico marítimo español. Entre el 21 de julio y el 1 de agosto de 1553 el corsario protestante François Le Clerc dirigió desde su nave capitana el saqueo de Santa Cruz de La Palma, realizado por unos setecientos hombres. La mayoría de la población de la ciudad huyó a las montañas próximas con algunos de sus bienes más preciados, lo que hizo que no hubiera muchas muertes. Los franceses registraron todas las casas, robando cuanto pudieron, y luego prendieron fuego a la ciudad, causando una gran destrucción. Ardieron también las casas consistoriales con sus archivos, las escribanías y las oficinas públicas, perdiéndose así documentos de gran valor notarial e histórico. Inmediatamente después de lo ocurrido, se generó entre los habitantes de la isla, tanto aborígenes auaritas como colonos, un sentimiento de indefensión, al que las autoridades españolas respondieron los años siguientes con la construcción de varias fortalezas y la distribución de armas, elementos que permitieron frustrar posteriores intentos de desembarco por parte de enemigos, destacando en este sentido la incursión fallida del corsario inglés Francis Drake en 1585.

 

El ataque francés a Santa Cruz de 1553 puede ser reconstruido de manera bastante fidedigna a través de algunos documentos conservados en el Archivo General de Simancas, como las cartas enviadas al rey por varios gobernadores insulares. El licenciado Juan Ruiz de Miranda ostentaba en aquel momento el cargo de gobernador de Tenerife y La Palma, pero se encontraba en la primera de estas islas cuando aconteció el saqueo. Tanto él como Diego de Arguijo, su teniente, que sí presenció el ataque, informaron a la Cámara de Castilla sobre lo ocurrido. Ambos perdieron sus cargos por la escasa resistencia ofrecida a la invasión, determinándose además que en adelante el gobernador de Tenerife y La Palma tuviese que residir la mitad del año en cada isla. La actuación de Diego de Arguijo, que era la máxima autoridad civil y militar de La Palma cuando se produjo el ataque, fue controvertida, en cuanto a que no autorizó la respuesta armada de un millar de isleños que ya estaban listos, para así salvar la vida de la mujer, la hija y las criadas del regidor Pedro Sánchez de Estopiñán, que habían sido capturadas por los corsarios franceses. Aceptó además el pago de un rescate por ellas de 5.000 ducados o cruzados de oro, acordado gracias a la intermediación de un comerciante vasco y otro flamenco. Tras cobrar el rescate y liberar a estas mujeres, los atacantes se marcharon. Poco más de un mes después se menciona ya a Pedro Sánchez de Estopiñán como difunto. Su muerte quizás fue consecuencia de la angustia y la presión que cayeron sobre él al quedar la ciudad sumida en tanta desgracia. Su hija liberada era la esposa de Juan de Monteverde, el cual fue nombrado tras el desastre en sustitución de Diego de Arguijo como capitán general de La Palma y alcaide de sus ruinosas fortalezas. Al mismo tiempo Diego de Arguijo también dejó de ser teniente de gobernador de la isla, reemplazándole en el puesto Diego de Cabrera.

 

La petición que transcribimos ahora (AGS, CCA, LEG, 342, 31.1), fechada algo más de un año después del ataque corsario, es redactada por el escribano Bartolomé Morel para solicitar a la Cámara de Castilla que al jurado Baltasar Pérez se le envíe una copia de su título, al habérsele perdido el original en el expolio de su vivienda, de modo que quede bien acreditado por real provisión el desempeño de su oficio: “Yo, Bartolomé Morel, escrivano de sus Magestades e publico desta ysla de La Palma, doy fee a los señores que la presente vieren como por el mes de julio del año proximo pasado de mill e quinientos e cinquenta e tres vino sobre el puerto desta çibdad de Santa Cruz de la dicha ysla ocho naos e navíos de armada de franceses, de los quales echaron gente armada en tierra, e por fuerça de armas tomaron y se apoderaron de la dicha çibdad e la metieron a saco e rrobo, como la saquearon e rrobaron e despues quemaron la mayor parte e mas prencipal de las casas desta çibdad. Entre las quales fueron quemados los escritorios de los escrivanos publicos desta ysla e toda la mayor parte de los papeles e rregistros y escrituras dellos segund questo es notorio. Y entre las casas que ansi fueron saqueadas, una dellas fueron las de la morada de Baltasar Pérez, jurado e vecino de la dicha ysla, de pedimiento del qual di la presente, por que me la pidio para que constase del dicho saco e robo e caso fortuito que generalmente avia acaecido en la dicha çibdad, con el qual dixo aversele perdido el titulo oreginal e provision que tenia de la merced del dicho oficio, como avia acaecido a otros muchos. E para pedir e suplicar a su Magestad le manden dar otra copia e provision del registro del que fue esta fecha. En la noble çibdad de Santa Cruz, ques en la dicha ysla de La Palma, a veinte e un dias del mes de agosto de mill e quinientos e cinquenta e quatro años. En testimonio de verdad, Bartolomé Morel suplico”.

 

BIBLIOGRAFÍA:

-Leal Cruz, Pedro Nolasco; “Los ataques piráticos de Pie de Palo (1553) y Francis Drake (1585) a Santa Cruz de La Palma. Análisis contrastivo”. XVII Coloquio de Historia Canario-Americana. V Centenario de la muerte de Cristóbal Colón. 2008. Páginas 1803-1822.