jueves, 31 de diciembre de 2020

LA VENTANA DE HOFFMANN


En este espacio nuestro deseo es acercarnos al pensamiento del escritor romántico prusiano Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822) a través de las ideas de corte autobiográfico vertidas en uno de sus últimos cuentos, terminado unos 72 días antes de fallecer. Se trata de “La ventana”, texto también traducido al castellano con el título de “El Observatorio” o de manera más precisa como “La ventana esquinera de mi primo”. Fue dictado a su ayudante o secretario, pues por entonces Hoffmann ya estaba seriamente afectado por una parálisis que le impedía ser autónomo. El tratamiento recibido para combatir la enfermedad, en el que se incluía la aplicación de hierros candentes a ambos lados de su espina dorsal, le provocaba intensos dolores que disminuían casi del todo sus ganas de acrecentar su producción literaria. Ésta empezó relativamente tarde, hacia 1808, ya que la verdadera vocación de Hoffmann se había relacionado más con la composición musical. La fama le llegó con la publicación periódica de sus inquietantes cuentos, elaborados entre medias de sus ocupaciones como jurista. Su formato preferido era por tanto la narración corta de aire misterioso. Destacó también como dibujante, faceta que le permitió mostrar de manera más completa su visión de los ambientes que frecuentaba. Algunos de ellos eran bastante sórdidos, pues le era más fácil encontrar allí la inspiración que necesitaba para caracterizar a los personajes de sus relatos. Los excesos de sus últimos años, especialmente el consumo habitual de ponche, le precipitaron en una situación personal complicada, acumulándosele las deudas.

El año 1822 se avecinaba para Hoffmann como terrible. Se había visto involucrado en pleitos legales por burlarse en “Maese Pulga” de algunos funcionarios públicos de rango relevante, hasta el punto de haber tenido que rehacer su obra para resultar menos ofensivo. Esta enemistad con algunos detentadores del poder judicial resultó en el futuro muy dañina para su viuda, al influir en el hecho de que se le negara en 1828 una ayuda económica. El bajo estado anímico que tenía el escritor se transparenta también en los otros relatos que dictó por entonces: “La curación” y “El enemigo”. El primero de ellos revela la esperanza personal de reponerse de manera casi milagrosa, mientras que el segundo es el inicio de una novela inspirada en Durero, en la que el autor reflexiona sobre el amor por el arte y su temor reverencial hacia el mismo. Casi siempre que el escritor acometía una novela larga, ésta quedaba inconclusa, era abruptamente abreviada o reunía en realidad textos dispares, conectados mediante malabarismos intelectuales. Este último es el caso de “Opiniones del gato Murr”, recopilación de aforismos que se publicó entreverada con la narración autobiográfica de “Las horas lúcidas de un músico demente”. La novela larga que sí pudo acabar Hoffmann lleva por título “Los elixires del diablo”, reflejo alucinógeno de todas sus angustias a través de un monje con doble personalidad, el cual se debate entre impulsos malignos y fuerzas espirituales salvíficas. De atribución discutida es la novela erótica anónima “Sor Mónica”, que algunos críticos adjudican a Hoffmann. Cada vez son menos sus escritos no publicados en España, donde la acogida que tuvo su obra fue tardía, sin poder apenas influir en el desarrollo del romanticismo autóctono.

Intentaremos ir desmenuzando el contenido del cuento de “La ventana” para comprender las sensaciones experimentadas por Hoffmann en los meses finales de su vida, partiendo de la base de su casi plena identificación con el personaje principal de la obra. Éste lucha contra la amargura y la excesiva melancolía, haciendo balance de su trayectoria artística, y aferrándose a la vida para seguir creando historias en medio de sus pesares. Una de las razones del éxito literario que conoció el escritor prusiano fue el transmitir a sus personajes sus propios temores, convirtiéndolos en expresión de sus tendencias obsesivas. Se interesó por las múltiples causas que pueden llevar a las personas a arruinar y destruir sus vidas, tanto por las propias decisiones como por cruzarse con variados torrentes de desgracia. Coqueteó con la aproximación a la locura, retratándola desde fuera, pero consciente de que cualquiera de nosotros puede desembocar en ella, bien por el azar o bien por causas ligadas a nuestra propia naturaleza. Al morir fueron sus amigos los que corrieron con los gastos de su entierro, realizado en un cementerio protestante de Berlín. La lápida indicativa de su tumba es muy esclarecedora por el símbolo grabado en la parte superior de la misma: una mariposa, metáfora de la transformación en una realidad más bella, pero a la vez frágil y fugaz, sometida al capricho del viento. Esta variabilidad e inconstancia se da incluso en la misma localidad de nacimiento de Hoffmann, la antigua ciudad alemana de Königsberg, que se corresponde con la actual población rusa de Kaliningrado.

Dando comienzo al análisis de “La ventana”, diremos que la voz que cuenta la historia es en la ficción el primo del personaje principal, en el que veremos que hay claros paralelismos con los sentimientos finales del propio escritor. Como es común en los relatos de Hoffmann, no se dan los nombres de muchos personajes, en este caso ni siquiera de los más destacados. A diferencia de otros cuentos, aquí sí que es tremendamente precisa la localización. Se trata de una plaza céntrica de Berlín, la “Gendarmenmarkt” o Mercado de los Gendarmes, donde solía celebrarse una bulliciosa feria periódica de compraventa de alimentos y otros productos. La plaza está presidida por un hermoso y gran teatro, luego conocido como “Konzerthaus” o Sala de Conciertos, finalizado en 1821, es decir, el año anterior a la redacción del cuento de “La ventana” por parte de Hoffmann. A un lado de la plaza queda la catedral francesa y al otro la catedral alemana, ambas de carácter protestante, al haber servido la zona como refugio de los hugonotes franceses huidos de su país a fines del Siglo XVII. La ventana del gabinete del protagonista, también escritor de profesión, daba a uno de los rincones de la impresionante plaza, desde donde podía contemplar un trasiego constante de gente, el cual era como si quisiese reactivar sus paralizadas piernas. El escritor vivía en un cuarto pequeño, en una última planta de techos bajos, el arquetípico alojamiento bohemio de los poetas pobres.

El relato empieza con la comparación de la parálisis del escritor con la padecida por el autor satírico francés Paul Scarron (1610-1660), que hacia los 28 años adquirió un reumatismo tuberculoso que ya no le abandonaría hasta su muerte. Scarron, especializado en las novelas cómicas, comentaba con frecuencia sus dolores, siempre intentando que no se apoderase de él el mal humor. En su conocido epitafio puede leerse: “Éste que aquí ahora duerme / hizo sentir más piedad que envidia, / y padeció mil veces la muerte / antes de perder la vida”. Se menciona en el cuento que el escritor alemán, igual que Scarron, chanceábase en sus obras y en sus conversaciones de su propia desgracia, pero sin querer herir a los demás con sus sátiras, en lo que puede verse cierta disculpa hacia las personas a las que en el pasado hubiera podido ofender con su afilada pluma. Contrapone metafóricamente la sazón natural de sus escritos con la más rara asafétida, especia oriental que si no es antes frita puede provocar náuseas y vómitos. Un enfermero, también inválido, le ayudaba a incorporarse, trasladándole de la cama a un sillón con almohadones, y de allí otra vez a la cama. Es normal que ya no quisiera ver a nadie, alejándose de su vida anterior, que en el caso de Hoffmann le llevaba de manera frecuente a tabernas y saraos. Muchas veces las personas y los animales, cuando perciben la cercanía de la muerte, no quieren ser vistos, escondiéndose para morir tranquilos, de modo que los demás no acudan a compadecerse de su triste estado. En el caso de los animales es también porque, sabiéndose más débiles, no quieren que un depredador agilice su final.

Tanto el primo del protagonista como este último actúan como un desdoblamiento de la personalidad de Hoffmann. Ello puede apreciarse claramente cuando el narrador indica que no comprendía la fama que había alcanzado el escritor, prefiriendo él sus simples charlas. El éxito literario siempre sorprendió a Hoffmann, al no tratarse de su profesión principal ni de su verdadera vocación. Una vez adquirido el impulso narrativo, se convirtió en la mejor vía de escape para sus inquietudes artísticas. Su desbordada imaginación lucha ahora contra los impedimentos puestos por su mala salud, hasta el punto de que afirma haberse rendido. Describe la enfermedad que inutiliza sus dedos y embota su mente como un demonio. Había caído en la peligrosa melancolía, ese estado en el que parece mucho más brillante e intenso el pasado que el futuro, antojándosele ya éste como muy breve. Un día de mercado, pasa el primo del escritor andando por allí, y divisa por la susodicha ventana al mismo con su gorra colorada, bata rusa y pipa turca, invitándole a subir. Abrió la puerta el enfermero, que le indicó que pasase, llegando así ante la poltrona del escritor, en el que parecía haber renacido la esperanza de curarse. La habitación estaba limpia, signo importante de no haberse dejado vencer aún del todo por el abatimiento, y podía leerse en un biombo un papel con una frase latina, escrita con letras gruesas: “Et si male nunc, non olim sic erit”. No se nos da la traducción, que sería: “Y si ahora mal, no siempre será así”. Es una frase importante, ya que es también con la que finaliza el relato, tras la vertiginosa descripción del ambiente colorista del mercado. Es una frase que actúa casi como invocación para olvidar los dolores, para enfrentarse a la enfermedad, para disfrutar aún de la belleza que proporciona el exterior.

La alegría del escritor al ver a su primo, uno de sus lectores más críticos, desata su lengua, que de manera impetuosa irá comentando las actitudes de las personas que circulan por el mercado, vistas a través de su ventana, que le sirve de inmenso consuelo y que le ha devuelto el amor por la vida. El escritor, debido a su enfermedad, ha pasado de la primacía de la actuación a centrarse en la contemplación, pero no como frío ejercicio ascético de la vejez, al tener aún sólo 46 años, sino como medio de impregnarse de toda esa vitalidad, para hacer así despertar sus debilitados miembros inferiores. Reconoce que apenas va de un sitio a otro dentro de la casa, o donde quiere llevarle su enfermero en un sillón de ruedas. Se ha vuelto dependiente, es otro el que físicamente le conduce, pero sigue dirigiendo él mismo su pensamiento. El primo del escritor, al asomarse a la ventana, se muestra al principio mucho menos entusiasmado que él, señalando que toda esa masa compacta de gente yendo y viniendo terminaría por fatigarle. Compara la escena con la de tulipanes que oscilan con el viento, es decir, introduce el factor de que esas personas, a pesar de su apariencia, no son del todo libres, sino que su actividad obedece a causas que se les escapan. El escritor explica a su primo que para él todo aquello es una excelente representación de la vida burguesa, materia prima para no parar de escribir. Le cede sus gemelos y se ofrece a iniciarle en el arte de la observación.

Por insistencia del escritor, de cada persona ambos van trazando un posible perfil, llegando incluso a determinar su origen y posición económica, fantaseando sobre sus parejas y relaciones sociales. Realizan un fetichista seguimiento de algunos individuos, extrayendo de unos cuantos elementos sueltos conclusiones generales acerca de su imaginada idiosincrasia. Asusta el hecho de poder sentirse observado por ojos tan escrutadores, que pretendan analizar tus pasiones y problemas con demasiada ligereza. La vorágine de gente evita que ese análisis sea demasiado minucioso, al poder uno escaparse pronto del marco de la estratégica ventana. En esta época no se habían inventado aún ni la fotografía ni el cine, que sin duda habrían impresionado profundamente a Hoffmann, el cual se anticipó ya en algún relato de terror al mundo de los avances de la óptica y de los autómatas. Las prendas llamativas, como el pañuelo amarillo que lleva en la cabeza la primera mujer divisada, facilitan a los dos primos el poder seguir las evoluciones de la gente por los puestos del mercado. Éste presenta un ambiente festivo, más todavía por contraste con el recuerdo de las difíciles circunstancias ocasionadas por las recientes guerras napoleónicas, mencionadas en el texto, y que supusieron la llegada de más soldados y civiles franceses a Berlín. El escritor equipara su propio espíritu descriptivo de la sociedad circundante al de los admirados grabadores Callot (1592-1635) y Chodowiecki (1726-1801), que retrataron a la perfección los más variados ambientes de sus respectivas épocas, adentrándose también en la representación de los miedos colectivos.

No se puede considerar al escritor como mirón en el sentido peyorativo actual del término, en cuanto a que no pretende violentar la intimidad de las personas dirigiendo su vista a sus ventanas, sino que se centra en lo que ocurre en la calle, eso sí, observándolo con avidez. Tal vez dejándose arrastrar por su instinto o por su subconsciente, el escritor realiza bastantes más descripciones físicas y psicológicas de mujeres que de hombres, moviéndose en un espectro que va desde la idealización hasta el prejuicio. Abundan las enumeraciones de tipos de ropas y tocados, tratando de inferir a partir de ellos rasgos dispares de las personalidades estudiadas. Como ocurre todavía actualmente, el mercado al aire libre era espacio propicio para el encuentro, la interactuación, la amistad, el coqueteo, las galanterías… mezclándose el lenguaje despreocupado de los que ya se conocen con el respeto necesario de los tenderos hacia los posibles nuevos compradores. A pesar de recurrir a la observación detenida del mercado para aliviar su tristeza, el escritor parece no considerarlo como una escuela adecuada para los demasiado jóvenes, presentándolo incluso como antítesis de la tradicional formación académica. El concepto de mercado que se maneja en el cuento está próximo al de lugar de lucimiento de las destrezas que cada uno ha desarrollado en la vida real, descendiendo por tanto al hecho básico y primordial de conseguir alimento, sin que haya cabida para zarandajas filosóficas. Adquieren en este sentido gran relevancia los contenedores en los que la gente lleva sus compras, en su mayoría cestas de mimbre, pero también redes o sacos. El escritor se recrea asombrado en la caracterización de un ciudadano alto con una caja bajo el brazo, en cuyos cajones va introduciendo los productos adquiridos, metiendo incluso aves enteras en los enormes bolsillos de su anticuado traje. Es el ejemplo perfecto de adaptación al medio, de capacidad para conseguir y transportar presas.


Una de las mujeres que peor parada sale de las suposiciones realizadas por el escritor es una muchacha que se abre paso a codazos, que penetra con rabia entre la muchedumbre, que lanza miradas furibundas, que toquetea de mala forma todo el género de los puestos y que apenas compra nada. Cada cuatro días de mercado le acompaña atosigada una criada distinta, bien porque la muchacha renueva su servicio cada poco tiempo o bien porque las criadas no la soportan y se marchan. El escritor la imagina como la hija de un burgués rico, buena administradora de los recursos del hogar, cuyo secretario particular está condenado a escucharla constantemente como si se tratase de un organillo mecánico con una sinfonía compuesta por el mismo demonio. Tanto en este relato como en otros de Hoffmann son frecuentes los momentos en que el autor decide nombrar de manera expresa y poco reflexiva al demonio, situando a éste en el origen o en el desarrollo de las malas experiencias. El elogio de considerar a la muchacha hacendosa y con dotes para dirigir adecuadamente la economía familiar se le atraganta al escritor, que enseguida matiza esa apreciación con otras que le llevan a considerarla como difícil de sobrellevar. Late aquí el hecho de que Hoffmann durante su vida no realizó una buena gestión de sus bienes y ganancias, actuando con un entusiasmo excesivo a la hora de gastar, malogrando los recursos obtenidos como miembro del engranaje judicial del reino prusiano.


En la siguiente escena la vista de los primos se centra en dos viejas que desde sus banquetas controlan unos grandes cestos con las ropas que venden. Una de ellas muestra sobre todo lencería de ocasión de mala calidad y la otra se dedica principalmente al comercio de medias de lana y de otros tejidos. Una joven de no más de 16 años, bellísima y de aspecto pobre, se acerca a la lencera interesándose por una tela blanca con dibujo. La chica llega a un acuerdo con la vendedora sobre el precio a pagar, pero al comprobar el dinero que lleva encima se da cuenta con inmenso pesar de que no tiene suficiente. Se aleja sofocada y con lágrimas en los ojos, mientras la vieja ríe irónicamente, volviendo a colocar la mercancía. El escritor imagina entonces que ambas viejas charlan un rato sobre la muchacha, contándose la una a la otra el origen de su miseria, aderezado probablemente con alguna infamia. Comparten café despellejando a la chiquilla, olvidando las antiguas diferencias entre ellas y focalizando en esta ocasión sus ironías en quien no puede defenderse. La muchacha descrita simboliza para Hoffmann la inocencia, la identificación inmaterial que existe entre la belleza y la nobleza. No elige para su moraleja a una joven pobre y fea, sino pobre y hermosa como la aurora. Llevaba su dinero envuelto en un pañuelo, pensó que tendría bastante, como si dentro de su pañuelo el dinero pudiera multiplicarse… No quiere renunciar a una vida feliz, a lucir ropas bonitas. Las dos vendedoras encarnan en cambio la vida ya amortizada, la retroalimentación de la maldad de bajo porte.


Tanto en la escena anterior como en la que ahora mencionaremos, el escritor trae a colación la labor artística del pintor satírico británico William Hogarth (1697-1764), considerando que en aquel mercado encontraría abundante inspiración para sus pinceles. Hoffmann describe incluso un cuadro concreto de Hogarth, en el que un diablillo se desliza debajo de la silla de una mujer devota. La reflexión extraída es que aunque a alguien le vaya todo muy bien, su buena fortuna puede irse al traste en unos instantes, si interviene quien no debe, si se cruza en su camino un agente aciago. Lejos de comentarlo con seriedad, el escritor parece decirlo con picardía, como si se alegrase en cierto modo de la volubilidad de los asuntos humanos, como si estuviese convencido de que las asechanzas de la desgracia no se pueden esquivar por largo tiempo. En esta misma línea, Hogarth había realizado una serie de cuadros burlescos y moralizantes sobre el camino hacia el desastre de un joven inglés, arrastrado por sus vicios, constatación plena de que el diablo nunca descansa. La persona que en el mercado ilustra para el escritor la prosperidad es una mujer gruesa que cada día de feria incrementa el repertorio de sus mercancías y sus ingresos. Actúa con gran aplomo, tiene un espíritu fuerte, no se deja afectar por los regateos, se muestra tranquila, segura, digna. Lleva las manos casi siempre metidas debajo de un delantal blanco, y no cambia su sencilla silla de mimbre a pesar de lo rápido que mejora su comercio. Ha diversificado su negocio cada vez con más objetos de metal, cristal y porcelana, elementos de escaso valor pero muy funcionales, clave de su progreso económico, no avergonzándose el escritor de reconocer que envidia su suerte.


Las dos siguientes muchachas descritas son muy diferentes. La primera, conocida de antemano por el escritor, es hija de un empleado de hacienda. Pertenece a una clase acomodada, tiene intereses que distan mucho de los relacionados con las compras del mercado, ámbito en el que se desenvuelve muy mal. En el momento en el que elige una coliflor, la cocinera que le acompaña la sustituye por otra, recriminándole el que no sepa escoger bien el género. Este tipo de reveses merma su incipiente voluntad, hace que mire avergonzada, que se mueva con paso vacilante entre tanta gente desconocida. Es ella la que paga las compras, pero se ve arrastrada por las opiniones categóricas de su cocinera. El escritor comenta que los últimos años es común entre la burguesía enviar a las muchachas al mercado a aprender economía doméstica. De manera bastante elitista el escritor dice que no aprueba esa medida, por las influencias negativas que las jóvenes pueden recibir allí, mezclándose con las clases bajas, escuchando barbaridades y quedando a merced de los galanes que se pasean a pie o a caballo. El primo del escritor comprueba desde la ventana que son varias las muchachas que responden a este perfil. Van muy bien vestidas, tienen un aspecto distinguido, y suelen ir acompañadas por cocineras impolutas, encargadas de llevar las cestas. Conforme a los clichés de su época, el escritor alaba la forma de ser de la hija del empleado de hacienda, considerándola sumamente femenina, de tacto y finura exquisitos. Piensa que su empanamiento es normal para su edad, casi una garantía de que no esté quemando las etapas de su vida demasiado rápido.


La segunda joven que mencionábamos es la antítesis de la anterior, en cuanto a que se muestra ligera, decidida, moderna, alegre… Hace sus compras con cuidado, elige por sí misma las mercancías, ajusta bien los precios… todo lo ejecuta de un modo especial y con viveza extraordinaria. Va acompañada de una sirvienta un poco mayor que ella, intuyéndose entre ambas una gran cordialidad. Por sus zapatos blancos de seda y por la soltura con la que actúa, los primos deducen que debe ser bailarina, cómica, actriz… o al menos estar relacionada con el espectáculo. Ambos se dan cuenta de que las compras no parecen su principal objetivo, y pronto comprueban que la muchacha se había citado por allí con un joven alto y guapo, un estudiante. La actriz deja caer del puesto de fruta una manzana colorada, el estudiante la recoge y se la entrega. Entablan conversación, reanudan su antiguo conocimiento y quedan para verse de nuevo. Todo parece demasiado teatral, como si se quisiese que el flirteo no llame demasiado la atención de los demás. La manzana representa el amor carnal, la realización del deseo sexual, el disfrute desacomplejado de la belleza. La actriz y el estudiante, a pesar de su intensa atracción mutua, no se saltan los códigos sociales relacionados con el cortejo, sino que dejan que éste acentúe su pasión.


Al aludir su primo a los puestos de flores del mercado, el escritor cuenta un episodio vivido con una de las floristas, el cual supuso para su vanidad de artista un duro golpe. El escritor se vio hace tiempo interesado por el hecho de que con frecuencia dicha florista estaba embebida leyendo libros, que cambiaba periódicamente en la editorial de Kralowski. Un día determinado comprobó que la muchacha leía con tal fruición que sus mejillas estaban encendidas, sus labios temblaban y parecía completamente trasladada al lugar en que se desarrollaban los acontecimientos del libro. Con la excusa de comprarle unas flores, pudo comprobar que el libro que ella leía era uno de los escritos por él. La chica conocía perfectamente el argumento, como si lo hubiera leído varias veces. El ansia de incrementar su cultura rezumaba por todo su ser. Orgullosísimo, el escritor le confesó que él era el autor de dicha obra, esperando quizás que ella se emocionase por conocerle. Pero en cambio se quedó petrificada, como si no concibiera que los escritores existiesen, como si pensase que los libros brotan como las setas. Su incomprensión le llevó a preguntar al escritor si él había escrito todos los libros de la editorial de Kralowski. En esta anécdota queda claramente reflejado el hecho de que a la mayoría de las personas lo que les interesa de los libros es el contenido de los mismos, no las circunstancias plácidas o tormentosas de la vida de quienes los escriben. Se trata en cierta forma de una queja desgarrada de Hoffmann acerca de la invisibilidad del creador. Las obras de los artistas románticos estaban impregnadas de tal manera de su propia vida que estos no entendían que la gente pudiera consumirlas sin preguntarse quién estaba detrás, quién derramaba su locura de manera tan impetuosa. Para conectar a través de las generaciones con un escritor concreto, para entender bien los mensajes vertidos en sus obras, es preciso interesarse por cómo discurrió la vida de esa persona.


Mientras el escritor contaba esta experiencia, su primo no había apartado la vista de la hija del empleado de hacienda, a la que califica como su favorita. Es decir, el escritor ha logrado que su primo se sumerja plenamente en la observación de los viandantes, hasta el punto de no poder dejar de mirar a una joven determinada. La chica ha elegido un ramito de flores, y se ha puesto a comer cerezas de la cesta. Luego el protagonismo en la charla de los primos pasa a un caballero que ya habíamos mencionado, indicando su elevada altura y su capacidad para hacerse con toda clase de productos, como si tuviera la idea de preparar un gran banquete. El escritor se ha fijado en él otros días de mercado, considerándole enigmático. Ha diseñado para él dos posibles historias. En la primera de ellas le imagina como un antiguo profesor alemán que ha ganado a lo largo de su vida mucho dinero, no compartiéndolo nunca con nadie, y que tiene como único placer el comer bien. En la segunda historia el escritor le convierte en un pastelero francés, que junto con otros tres compatriotas llegó a Berlín a fines del Siglo XVIII, trabando ya todos ellos desde jóvenes una gran amistad. Los cuatro se habían visto con el tiempo reemplazados en sus oficios (baile, esgrima, idiomas y pastelería) por otras personas más imbuidas de las nuevas tendencias. El pastelero se había hecho cargo de la cocina, haciendo la compra y guisando para tan compacto grupo de amigos, unidos siempre en las dificultades de abrirse paso en un país nuevo. Ambas historias son muy fantasiosas, y revelan la facilidad para crear perfiles a partir de unos pocos elementos reales. En la segunda el personaje analizado tiene tintes mucho más luminosos que en la primera, contraponiéndose el compartir con el acaparar.


Con precisión matemática una labradora extrae y distribuye de un gran barril su delicioso contenido, dulce de ciruela, definido por el escritor como el caviar del pueblo. Llega ahora uno de los pasajes más emotivos del cuento, al describirse la figura de un hombre que pide limosna apoyado en la fachada del lujoso teatro. Es ciego, echa hacia atrás la cabeza como si quisiera penetrar en la oscuridad que le rodea. Lleva ropa vieja de soldado. Todos los días de mercado acarrea los cestos de verdura de la vendedora que le controla, y que gestiona luego las limosnas recibidas. Son muchos los ciudadanos que se detienen para dejar caer alguna moneda en sus manos, siendo casi imperceptible su gesto de gratitud, como si en realidad el dinero no le importase, ya que nada le aprovecha si no lo entrega a quien le controla. El escritor se detiene en las múltiples maneras observadas de dar limosna. Hay quien lo hace rápido, sin que nadie se dé cuenta, y quien en cambio organiza toda una representación. Quien puede dar mucho a veces da muy poco, y quien parece más humilde a veces da más. Una mujer elegante, esbelta, entrega al ciego una moneda, pero no parece cuidar mucho a su propia sirvienta, astrosa y con la cesta desvencijada. Criadas con las cestas repletas y andar apresurado no dudan en pararse para dar al ciego una moneda, como si se tratase de una obligación moral. Un caballero quizás rico se pone a conversar con él y, emocionado por su miseria resignada, termina tal vez entregándole hasta su último céntimo. Identificándose con el ciego por compartir invalidez, Hoffmann señala que su imagen le sugiere infinidad de reflexiones. Piensa que su vista interior llega más allá, vislumbrando la luz eterna, que le ofrece consuelo y alegría sin límites.


Realiza después el escritor un juego literario con los colores, hablando en pocas líneas del cromatismo pintoresco del mercado, del blanco de los carros de harina de los molineros y del negro de una familia de carboneros. Acerca de los molineros asegura poder contar algo repugnante, pero no lo hace, dejando en el aire el cuestionamiento de su aparente blancura. Se centra en la valoración de los carboneros, que antes solían situarse frente a su ventana, pero que ahora se han trasladado al otro extremo de la plaza. En esta familia, a la que echa de menos, destaca un hombre enorme y robusto, de manos y pies colosales, el prototipo de carbonero que pudiera aparecer en cualquier novela. El segundo miembro, pura inquietud, es en cambio bajito y de apariencia cómica, pero fuerte y trabajador. Se encarga de llevar los sacos de carbón a las casas. No deja pasar una criada sin piropearla, excediéndose a veces en los modales. Siempre es recibido por ellas con sonrisas amistosas, demostrando un don especial para caer bien, para ser invitado a todas las celebraciones. Dos mujeres fornidas y poco simpáticas, con los rostros manchados de carbón, forman parte también de la familia, en la que hay además chiquillos, niñas y un perro lobo, sirviendo éste como nexo de unión para el grupo, que se mueve entre la naturaleza y la civilización. Los primos se muestran desafortunados al hacer gracietas sobre posibles deformidades que en realidad no existen o que quedan bien disimuladas. Lo hacen al hablar de tipos que a primera vista parece que tienen joroba, pero que luego es imposible determinar dónde. Tal vez se refieren con poco tacto a la escoliosis, patología bastante frecuente caracterizada por la desviación de la columna vertebral.


Siguiendo con impulsos bastante primarios, el primo del escritor muestra su excitación al comprobar que dos verduleras han abandonado sus banastas para discutir acaloradamente, acercándose para pegarse. Es la gente la que se interpone entre las dos mujeres para calmar la disputa, sin que sea necesario el que intervengan los guardias municipales. El escritor cuenta que justo en la jornada anterior de mercado otra pelea mucho más seria fue también apaciguada por los vendedores, comprometiendo incluso su propia integridad. Estas circunstancias sirven al escritor para introducir un elogio acerca de la conducta de los berlineses, que en su opinión han ganado en categoría moral y en elevación de espíritu desde que se logró la expulsión de las tropas invasoras francesas. Los escritores románticos actuaron como caja de resonancia del patriotismo que se extendió por Europa como reacción a las ansias imperiales napoleónicas, que despertaron numerosas identidades nacionales dormidas. El escritor piensa que antes el pueblo berlinés era grosero y bruto, mostrándose burlón y desconsiderado con los forasteros. Ahora en cambio recibe a los extranjeros con cortesía y amabilidad. Antes el mercado era centro de todas las pendencias y de todos los engaños, habiendo ganado ahora mucho en tranquilidad. Incluso los golfillos no responden ya tanto al perfil de vagos que se mofan de todo lo que les chirría, sino que son más bien aprendices de algún oficio, con cierto toque de honor e ingenio que se mixtura con sus perversidades. Al hablar de que ya hay menos individuos que introducen la cizaña en el ambiente del mercado, el escritor recuerda que también antes acudía más gentuza a alistarse en los regimientos. Y es que desde siempre los ejércitos han intentado canalizar la violencia de personas extraídas de contextos muy turbios hacia fines que pudieran revertir en beneficio de la defensa del estado.


Más escéptico acerca de las bondades de los berlineses es el primo del escritor, que refiere que hace poco, paseando por la zona de la Puerta de Brandeburgo, se vio acosado por unos cuantos cocheros para tomar asiento en alguno de sus vehículos, de tal forma que uno de ellos llegó a cogerle por el brazo. Poco a poco el sonido del mercado se fue apagando. La policía ordenaba el tráfico de los carros de los vendedores, que iban abandonando la gran plaza. El escritor sentía que el vacío se apoderaba de su vida a la vez que de la plaza, obligándole a regresar a la conciencia de sus espantosos dolores. El reloj dio la una, y el enfermero condujo al escritor a la mesa, donde le esperaba una sopa sustanciosa, un huevo blando y medio panecillo. La carne la tenía casi vedada, pues al masticarla e intentar ingerirla sentía mucho dolor. Su primo le abrazó con cariño, señalando hacia la hoja del biombo, cuya frase fue repetida por el escritor con voz conmovedora para dar fin al cuento: “Et si male nunc, non olim sic erit”. “Y si ahora mal, no siempre será así”. Era la esperanza de recuperarse mezclada con el deseo de trascendencia.


Tras alumbrar este relato, elaborado con el orden interno de una partitura, Hoffmann siguió dictando lo que salía de su imaginación hasta el día anterior a su muerte. En ese penúltimo día de vida, en su novela inacabada sobre Durero, pone en boca del pintor alemán una referencia hacia los santos y su capacidad para enardecer el alma. En plenitud, Hoffmann se había mostrado más bien panteísta, epicúreo y descreído, pero dejaba ahora abierta la posibilidad de una nueva vida, como si quisiera vislumbrar la misma luz del ciego de su relato. No hay símbolos cristianos en su lápida, encargada por quienes le conocían bien. Hoffmann recurrió en sus narraciones con frecuencia a contextos religiosos y mencionó numerosas veces al demonio, como si esa personificación del mal no fuera una mera fantasía a la que culpabilizar de los errores. En los cafés acudía a reuniones de artistas heterodoxos, bastante aficionados a los relatos sobre espíritus. Quizás siempre achacó sus propias alucinaciones al alcohol y otras causas fácilmente explicables. Recurrió al sueño como técnica para alcanzar una realidad superior y nutrirse de hilos argumentales. Vivió en poesía, pero no en el sentido estricto de la elaboración de versos, sino que quiso experimentar la poesía desde el cultivo atormentado de la música, el dibujo y la narrativa. “La ventana” es verdaderamente un cuento de terror, porque es terrorífico el padecer cada día grandes sufrimientos, esperando la llegada del posible día final observando a través de una ventana cómo la gente va de un lado para otro. Nos queda la duda de si Hoffmann llegó a concebir la muerte como liberadora, pues parecía aferrarse a la vida con determinación, soportando tratamientos criminales. Siempre le quedaba algo por dictar, siempre tenía un mensaje irónico que transmitir. Casi doscientos años después, en la exótica Iberia de su admirado Calderón, sigue teniendo eco su voz sincera e infatigable.
     

domingo, 1 de diciembre de 2019

METANUMISMÁTICA


El título elegido para este artículo hace referencia al deseo de ir más allá de la numismática a partir de reflexiones relacionadas con las monedas, aproximándonos a ellas tanto desde el estudio y el ámbito del coleccionismo como desde la perspectiva de su simple utilización dentro de las sucesivas sociedades históricas. La presente narración incorpora ideas surgidas de experiencias personales, descendiendo en algunos casos a piezas concretas para intentar hacer más vívida la interactuación con quien se anime a leer esto. Un mensaje de partida, desprovisto de magia pero abierto al gusto simbolista, es que a veces no eres tú el que encuentra una moneda, sino que es la moneda la que te encuentra a ti. En mi caso, la pieza paradigmática para ilustrar este pensamiento es una diminuta moneda de bronce de la ciudad de Mitilene, en la isla griega de Lesbos, de hacia 350-250 a.C., con un rostro femenino en el anverso y una lira en el reverso. Se trata del posible retrato de perfil de la poetisa Safo, con el pelo recogido en una “sphendone”. Yo había dedicado un trabajo universitario, en la época en que cursé la carrera de Historia, a la lírica griega arcaica de Safo y Alceo. A partir de ese trabajo generé luego para el blog dos artículos, recreando la vida en Lesbos según cada uno de estos escritores. El propio nombre del blog hace referencia a un tipo de composición poética de Alceo, los “Stasiotika” o “Cantos de batalla”. Esa monedita la tenía guardada desde que muchos años atrás la compré en un mercadillo, sin saber prácticamente nada sobre ella. Hasta hace un par de años, tras numerosas búsquedas por internet para identificarla, no me di cuenta de qué moneda era. Mi sorpresa inicial fue tremenda, pero a la vez sentí que se cerraba un círculo. Es mi moneda más antigua, mi única moneda de la antigua Grecia, justo del lugar en que versificaron Safo y Alceo… Yo me interesé por ellos, y tras el huracán de los siglos, en una lotería casi imposible de acertar, esa monedita, con el símbolo poético de la lira, llegó hasta mí.


Al remover las monedas en las cajas que están sobre las mesas de los vendedores de los mercadillos uno va buscando alguna pieza especial, desconocida, o de cuyo tipo no tenga, o que presente una bonita pátina… La mayor parte de estas monedas son corrientes, fáciles de conseguir, al haberse acuñado muchas. Uno de los factores que a mí me impulsa a elegir una moneda es la antigüedad, habiendo establecido el año 1945 como mi límite subjetivo para determinar si una pieza es antigua o no. En la elección del año tuvo sin duda que ver el fin de la Segunda Guerra Mundial. Las convulsiones provocadas por los conflictos bélicos se aprecian en el terreno numismático por ejemplo en el uso temporal de materiales inadecuados, como el zinc o el hierro, que a los pocos años muestran ya importantes signos de deterioro. Algo inverso ocurrió en el caso estadounidense, pues las monedas de níquel de 5 centavos con la imagen de Jefferson pasaron a incluir entre 1942 y 1945 un 35 por ciento de plata, queriendo mostrar así fortaleza económica, justo coincidiendo con la decisiva participación norteamericana en la guerra. El descubrir que una moneda tiene algo de plata, aunque sea un pequeño porcentaje, es para mí toda una alegría. Al limpiarla su brillo es mayor. Ver cómo pasa de ser una pieza oscura a lucir con tonos plateados genera una gran satisfacción.


En mi opinión es mucho más hermosa la plata que el oro. La relación entre ambos metales en los mercados bursátiles es claramente favorable al oro, habiendo superado en algunos momentos del año 2019 los noventa gramos de plata por cada gramo de oro. Este último tiene unas connotaciones de poder, riqueza y ostentación que no son tan acusadas en la plata, que es más accesible para una mayor cantidad de personas. Sin duda la distancia actual en el precio entre el oro y la plata es claramente excesiva si atendemos a su producción, a la demanda y a las características concretas de su belleza, sin olvidar que la plata es algo más dura que el oro. La burbuja del oro se ha visto favorecida por la vitalidad experimentada por las casas de empeños durante la última crisis económica. En las épocas en que los Estados asumieron un patrón bimetálico para sus acuñaciones el oro y la plata estaban mucho más próximos en cuanto a su valoración efectiva. El brillo del oro ciega, te mete en la espiral de la especulación, mientras que en cambio la plata brilla sin cegar, sin estratificar con su brillo a la gente en clases sociales. El mayor productor mundial de plata es México. Las monedas mexicanas de plata de un peso, con la imagen de Morelos, acuñadas entre 1957 y 1967, presentan la curiosidad de tener tan sólo un 10 por ciento de plata. Se trata de una moneda vistosa, de gran volumen, con una preciosa gráfila dentada y recursos iconográficos clasicistas. Lleva en el canto la leyenda “Independencia y Libertad”. Es uno de los últimos ejercicios de inclusión de plata en monedas de uso corriente, auténtica exhibición del control de la materia prima. Los últimos chelines británicos con plata, al 50 por ciento, fueron los de Jorge VI del año 1946, lo que da idea del giro lógico e irreversible hacia la exclusión de los metales nobles en los sistemas monetarios internacionales.


Entre los materiales más usados en la fabricación de monedas están el cobre y el níquel. Su combinación da como resultado el cuproníquel, que fue sustituyendo a la plata en las emisiones de gran número de países a lo largo del Siglo XX, abaratando así los costes de producción y permitiendo elevar el circulante, favoreciendo la agilidad de las pequeñas transacciones. El mayor productor mundial de cobre en 2018 fue Chile, mientras que en el caso del níquel fue Indonesia. Es decir, podría darse el caso de que un país carente de estas materias primas utilizase para sus monedas de cuproníquel de curso legal cobre de Chile y níquel de Indonesia, aleados y acuñados con los símbolos nacionales propios, siendo por tanto estas piezas un manifiesto claro de la actual globalización. Para la deteriorada economía cubana, sometida al bloqueo estadounidense, la producción y exportación de níquel supone una de sus principales fuentes de divisas. El cobre mejora sus prestaciones mezclado del 3 al 20 por ciento con estaño, originándose así el bronce. En cuanto al latón, que pretendía imitar el aspecto y el brillo del oro, supone la unión del cobre con el zinc. La mezcla de plata con cobre es el vellón, signo de la pauperización de los sistemas monetarios ya desde el Bajo Imperio Romano. Los antoninianos de Probo (276-282) llevaban a veces en el exergo la inscripción XXI, que se interpreta como veinte partes de cobre por una de plata. El electro, que aleaba el oro con un menor porcentaje de plata, fue usado ya en el Siglo VI a.C. por los lidios en sus monedas, es decir, casi desde la invención de las mismas. Al aludir al acero, aleación de hierro y carbono, cabe destacar por su módulo, belleza iconográfica e incorruptibilidad las monedas italianas de 50 y 100 liras producidas entre 1954 y 1989, de calidad excesivamente alta con respecto a su escaso valor facial. Para pequeños valores se usó en distintos países como material monetario, de color gris, el aluminio, demasiado ligero, y que genera una especie de polvillo si las condiciones de conservación de las monedas no son las óptimas.


Tanto las monedas como los billetes que han circulado mucho tienen gran cantidad de bacterias y partículas adheridas, algunas de ellas incorporadas a dichos soportes desde el inicio de su puesta en uso, pues es raro que alguien decida lavar una moneda con la idea de volverla a hacer circular, siendo lo normal en este caso atesorarla. Si la pieza llega hasta nosotros y decidimos incorporarla a nuestra colección es probable que la manipulemos intensamente durante unos minutos, con lo que estaremos impregnándonos de una parte significativa de sus bacterias, al menos las suficientes para que sea recomendable lavarnos las manos antes de ponernos a ingerir alimentos. Pensemos por ejemplo en que adquirimos una moneda de cobre de 8 maravedíes de la ceca de Jubia (parroquia del municipio coruñés de Neda) acuñada a nombre de Fernando VII (1814-1833). Quizás dicha moneda, como parece indicar su oscura pátina, no ha sido limpiada nunca. Al estudiarla pasarán a nuestras manos variados microorganismos, la mayoría de ellos no muy antiguos. Los restos microscópicos adheridos a esa moneda, entre los que puede haber incluso ADN de plantas, animales o personas, pueden retrotraernos a la Galicia en que fue acuñada y a los distintos ámbitos peninsulares por los que circuló. Lejos de sentir asco, para mí es alucinante ese viaje bacteriano, como si estuviese estrechando la mano de todas y cada una de las personas que usaron esa moneda, tanto en transacciones normales como en otras menos dignas. La intensidad de su circulación fue mayor en fechas próximas a la fecha que figura en la moneda, lo que en este caso significaría conectar de alguna manera con los españoles que vivieron en época de Fernando VII, experimentando la pésima gestión gubernativa del monarca y las luchas fratricidas entre absolutistas y liberales. Tal vez la tuvo un segundo en sus manos “Puchurra”, como llamaba cariñosamente el general Riego a su sobrina y joven esposa, María Teresa del Riego y Bustillos.


Al hacerme con una moneda de colección con frecuencia la busco en catálogos de papel o por internet para comprobar el número de piezas que se acuñó, y comprobar así si es una moneda común o algo más rara. Existe la posibilidad de que fuera acuñada solamente en un año determinado, o que se produjese durante un período más largo. Cuanto menor sea el número de piezas emitidas de un tipo concreto normalmente mayor es su valor. Cuantas menos hay, menor número de personas tiene un ejemplar del tipo referido, lo cual puede ser una ventaja o un inconveniente, según se mire. Todo esto ha de tomarse con cautela, pues por ejemplo el fiasco de Afinsa y Forum Filatélico, empresas de carácter piramidal intervenidas judicialmente en el año 2006, se debió en gran parte a ofrecer a sus clientes como fondos de inversión colecciones de sellos supuestamente escasos, ediciones limitadas de países exóticos… auténticas estampitas de muy poco valor real. Los sellos tienen la desventaja con respecto a las monedas de no tener la posibilidad de estar hechos de oro, plata u otros materiales de alto valor intrínseco, independientemente del valor añadido de su antigüedad, que además en el caso de las monedas puede ser mucho mayor. Los sellos permiten una iconografía más rica y un despliegue cromático mayor que las monedas, pero son más frágiles y no resisten un ritmo elevado de circulación. Otro tipo de valor es el sentimental, el de recuerdo de haber visitado un país… En mi caso no me convence mucho como criterio para aumentar el precio de una moneda el que presente algún tipo de error de acuñación. En el caso de las subastas profesionales se convierte en determinante el nivel de desgaste, el grado de circulación… haciendo oscilar mucho los precios de un mismo tipo. A mí las piezas desgastadas, que han circulado mucho, me gustan. A veces sus inscripciones y motivos están tan borrosos que son todo un reto para la identificación.


Mi tendencia a adquirir monedas desgastadas, por lo de conectar más con las sociedades y generaciones que las usaron, me complica a veces enormemente su identificación. Una de las piezas que más años tardé en descifrar me supuso también una gran sorpresa, de modo que enseguida quise interpretar que era un mensaje para mí, oculto durante mucho tiempo. Se trata de un “conder token” comercial inglés de 1794, realizado en cobre, equivalente a medio penique. Responde a un período en que el impresionante crecimiento económico británico suscitado por la revolución industrial impulsó a algunos empresarios a poner en circulación piezas propias para incentivar el comercio y publicitarse. En este caso el nombre del comerciante venía en el canto de la pieza: Richard Bacon. En el anverso aparece un paisaje cuyo elemento más destacado es el Castillo de Norwich, que en el momento en que se acuñó la moneda funcionaba como prisión. En el reverso está suspendido el mítico vellocino de oro, que era un símbolo empleado por los empresarios textiles y los comerciantes de lana para expresar el deseo de prosperidad. Encima del vellón del carnero puede leerse: “Good Times Will Come” (Vendrán buenos tiempos). Debajo figura la fecha en números romanos. La sorpresa para mí se debió principalmente a que yo, que apenas he pasado tiempo en el extranjero, había estado unas tres semanas en Norwich, sirviéndome la experiencia de no enterarme allí de nada, al regresar a España, para intentar ser más lanzado en el terreno laboral, al estilo argonauta, con la ventaja de perseguir tan sólo un vellocino de plata.


Algo que choca en ocasiones es comprobar por catálogo que un tipo de moneda fue muy corriente, al haberse producido muchos ejemplares, y luego no encontrarla tan fácilmente en las tiendas o puestos de monedas. Una de las explicaciones posibles es que se produjese una retirada masiva por cuestiones políticas para su posterior refundición, con la consecuente puesta en circulación de nuevos tipos a partir del mismo u otro material, introduciéndose una iconografía más acorde con las ideas de los nuevos gobernantes. Esta práctica, en la que dejan de tener validez los tipos antiguos, supone una “damnatio memoriae” o condena de la memoria, el equivalente numismático a una quema de libros prohibidos. En el caso español este fenómeno se observa para algunos de los valores puestos en circulación por la Segunda República, como las monedas de cobre de 25 y 50 céntimos acuñadas en Aspe (Alicante) en 1937 y 1938. La primera de ellas, el real con perforación central, lleva en el anverso la imagen de unas cadenas, rotas justo por la zona en que se abre paso un libro de ciencia. El mensaje era que el conocimiento destruye las cadenas impuestas por la superstición. En el reverso flanquean el valor facial una ramita de roble y otra de olivo, por la dualidad de influencias en la conformación de la identidad española, unas norpirenaicas y otras mediterráneas. En la segunda moneda referida destaca la representación de una alegoría femenina de la República, sentada, robusta, sosteniendo una ramita de olivo por el deseo de paz. Las dos piezas descritas, en muchos casos, están prácticamente sin circular, en muy buen estado, al haberse producido su retirada poco después de su creación.


Dos piezas que conseguí en rastrillos de Mahón, en Menorca, son antitéticas en cuanto a estado de conservación, pero ambas permiten extraer conclusiones muy interesantes. La primera de ellas es una moneda polaca de níquel de 50 groszy, del año 1923, con su característica águila coronada y explayada en el anverso. Está impecable, como si no hubiera circulado nunca, hasta el punto de que al comprarla creí que era una reproducción moderna, que era imposible que una pieza tan antigua, del período de entreguerras, estuviese en tan buen estado. La clave se encuentra en que se acuñaron muchísimas, en concreto cien millones, lo que convierte en más probable el que algunas reposaran década tras década en algún cajón, manteniéndose en perfecto estado, dada la calidad de su factura, impasibles ante los abruptos cambios fronterizos del Estado polaco. La otra moneda que comentaré ilustra bien el deterioro que puede sufrir una moneda si pasa algún tiempo a la intemperie o sumergida en el agua de un espacio natural. Se trata de una moneda española de plata de 10 reales, del año 1860, con el perfil de la reina Isabel II en el anverso. Tras reiteradas limpiezas, aunque bien es cierto que sin recurrir a la electrolisis, sólo he conseguido que de estar negra al principio pase a estar algo menos oscura, sin que la plata brille más que con algún tenue reflejo amarillento. Presenta algunas concreciones y multitud de pequeños cráteres, signo de que estuvo bastante tiempo en el exterior, expuesta a la acción de los elementos. Bastan unos pocos años durmiendo al raso para que una moneda experimente un gran deterioro, oxidándose de forma acelerada.


La manera de guardar las monedas puede diferir mucho de un coleccionista a otro. En mi caso, para las más corrientes posteriores a 1945 utilizo sobre todo cajitas de diapositivas, una por país. Para las corrientes antiguas uso bolsitas de plástico transparentes con cierre lateral, idea que adquirí tras participar en un taller de arqueología en el que se clasificaban fragmentos cerámicos. A su vez estas bolsitas van agrupadas por criterios cronológicos y geográficos en un contenedor mayor, que puede ser una cajita metálica, de madera, plástica… cuadrada, rectangular, redonda… Otro tipo de recipiente que uso bastante para grupos homogéneos, como es el caso de los botones, es el de un cilindro de plástico con tapa, por ejemplo los botecitos de comida para peces o de suplementos de herbolario. Las piezas más destacadas lucen más en álbumes. Para poder apreciar bien los billetes y para que se conserven en buenas condiciones lo más adecuado es también usar álbumes con hojas de plástico transparentes. En los rastrillos he observado que con frecuencia los vendedores recurren para mostrar sus monedas a cajas de puros o a las míticas cajas metálicas de gasas “Acofar”, cuadradas, de bordes redondeados y de profundidad variable. Es importante aislar las piezas cuyos signos de deterioro pudieran transmitirse a otras monedas. En el caso del bronce, las hay roídas por cloruros de color verdoso y textura polvorienta, sobre todo si han estado en ambientes húmedos. Para conseguir retirar el óxido de cobre de una moneda podemos sumergirla en vinagre mezclado con una pizca de sal durante un tiempo variable en función del estado de la pieza. Luego hay que aclararla con agua abundante y frotarla suavemente. Este procedimiento implica la pérdida o el cambio de la pátina, por lo que sólo debe recurrirse a él en casos de daño grave. Las gomas de borrar de distinta dureza son muy buenas para eliminar la suciedad superficial.


Un fenómeno curioso que puedes detectar a través de tu colección de monedas es la presión o influencia cultural que las piezas de los sistemas monetarios extranjeros han podido llegar a ejercer sobre tu país en distintos períodos, valorando el número de monedas que tienes de cada estado, filtrando las posibles circunstancias personales que afectan a los resultados, como viajes, obsequios, gustos propios… La proximidad geográfica es un factor determinante, ya que es más fácil normalmente realizar acopio de monedas en los destinos cercanos. En mi caso personal, para las monedas de hasta 1945 llegadas a España, la influencia predominante corresponde por orden a los siguientes países: Reino Unido, Francia, Italia, Portugal, Estados Unidos, Alemania y Bélgica. Se trata de una presión multicultural que ha podido ser ignorada o no por las emisiones autóctonas, pero que en todo caso es indudable. La prestancia de las monedas británicas iba pareja al poder económico, comercial y colonial del país. En 1968 se inició la decimalización del sistema monetario británico, de modo que una libra pasó a equivaler a 100 nuevos peniques. Anteriormente, una libra se componía de 240 peniques; 4 farthings hacían un penique; 4 peniques eran un groat; 12 peniques formaban un chelín; 2 chelines equivalían a un florín; 5 chelines eran una corona; y 20 chelines completaban una libra. Esas antiguas piezas eran de gran fiabilidad: su propio porte, su composición, la calidad de sus grabados, el respaldo oficial firme… generaban gran confianza entre los ciudadanos para la realización de sus intercambios, actuando además en el resto del mundo como una divisa de gran prestigio.


Las monedas, al igual que muchos otros objetos, sirven como regalos capaces de expresar amistad o incluso amor. Al que colecciona monedas sus amigos pueden hacerle llegar algunas piezas conseguidas en viajes o que habían permanecido olvidadas en un cajón. Regalé en ocasiones monedas por su carácter simbólico o para animar a otros compañeros a coleccionarlas. Y recibí regalos de monedas por parte de personas que conocían mi afición por ellas. Las monedas pueden evocar situaciones vividas en el pasado o experiencias tenidas en otros países. Pueden recordarnos a personas concretas, desligadas de los motivos representados. Son como ilustraciones puntuales que salpican el cuadro cronológico de la historia humana. Aunque fríamente valen más si no han circulado, si no presentan desgaste, para mí tienen más encanto si han pasado por muchas manos y han adquirido una determinada pátina. Si alguien es muy aficionado a una cultura concreta o a una época específica tiene la increíble posibilidad de tener un objeto completamente impregnado de esa realidad histórica. Por ejemplo, alguien que haya leído mucho sobre la revolución francesa tal vez se emocionaría al tener en su mano un voluminoso “décime” de bronce de 20 gramos con la imagen de Marianne, la alegoría republicana, con la fecha de acuñación expresada en el fugaz calendario republicano.


Muchas monedas iguales de poco valor, aunque tengan cierta antigüedad, pueden ser consideradas en una primera apreciación casi como chatarra. Pero esas mismas monedas en otro contexto, en otro país, pueden ser vendidas individualmente por un precio algo mayor, al ser allí más exóticas. Recuerdo haber visto en algunos puestos montones de monedas de la antigua Yugoslavia, preciosas piezas hechas aleando bronce y aluminio, con motivos comunistas de obreros y campesinos idealizados. Sin duda habían sido compradas como lotes baratos tras la descomposición del país. Algunas de las personas que venden monedas y billetes en los mercadillos aprovechan sus estancias en otros países para hacer acopio de las monedas y billetes propios del lugar, consiguiendo así material para revender en España a un precio mayor. Ello explica por ejemplo cómo son tan corrientes en España las extrañas monedas nepalíes, traídas de la cima del mundo, con otro alfabeto, otro calendario... Cuando hay un vendedor nuevo que ofrece sus monedas a precios bajos la gente se arremolina en su puesto, al tener a su alcance piezas que llevaban mucho tiempo fuera del mercado, o piezas muy antiguas, o muy raras… Unas semanas después el vendedor ha sido desplumado de su mejor material, empezando a estar a prueba su resistencia en el ámbito de la compraventa finisemanal. Muchos de estos vendedores tienen una auténtica pasión por las monedas. Se trata para la mayoría de ellos de una afición, de una segunda actividad profesional. Sus precios suelen ser mejores y estar más contrastados que los de las páginas de internet, que son con frecuencia exagerados, teniéndose que sumar además en la valoración total los gastos de envío. Si el vendedor que está en el mercadillo es de otro país, sus monedas muchas veces vienen de allí o de los países de su entorno, habiéndole acompañado en su viaje para aflorar en un nuevo ámbito cultural.


Reconozco ser un poco seco en general a la hora de tratar con los vendedores de los puestos, dejando pocas veces que trascienda mi entusiasmo por determinadas piezas. Más de una vez me llevé una lección intentando regatear más de la cuenta, al ser efectivamente el precio justo de las monedas mayor que el que yo podía ofrecer. Me quedé ojiplático hace no mucho al ver que el vendedor con el que yo estaba regateando comprobaba raspando con una navaja que una medalla no era totalmente de plata, sino que sólo tenía un baño de plata. El vellón como material numismático supone todo un reto para el comprador avezado, que ha de intentar distinguir su tenue brillo, a veces oculto por una capa muy oscura. Entre los vendedores habituales uno tiene sus puestos preferidos, que en mi caso suelen ser aquellos en los que no todo está atado y bien atado, sino que hay margen para las sorpresas y los descubrimientos, combinados con los precios bajos. Me gusta más rebuscar en las cajas que pasar las hojas de los álbumes, pues las piezas expuestas en estos últimos suelen ser más caras. Intento evitar las piezas con el mal del bronce o con el cospel dañado, pero no me importa comprar monedas muy desgastadas u otras con perforaciones bien practicadas, que a veces indican su uso en bisutería tradicional. Las monedas engastadas en llaveros y colgantes tienen el componente añadido de haber sido importantes para quien se tomó la molestia de realizar tales ingenios. No comparto la idea de incrementar en exceso el valor de una moneda por tener algún defecto de acuñación, pues ello podría dar lugar a futuras picarescas por parte de los organismos productores. Entre mis piezas favoritas están las del Siglo XIX, realizadas ya en muchos casos con buenas técnicas de acuñación, y que remiten a contextos históricos tan bien documentados que no es difícil sumergirse con ellas en episodios concretos del pasado. Ver un águila bicéfala en los antiguos kopeks rusos te hace sentir hasta el frío de su inmenso Imperio, el frío como mejor arma de guerra.


Hay tantas formas de coleccionar monedas como coleccionistas. Algunos aficionados buscan determinadas piezas para completar series, como si se tratara de rellenar un álbum con un número limitado de cromos. Es cierto que tener una serie completa te da una idea más precisa de cuál fue la política de acuñación seguida por un país en un contexto socioeconómico concreto. Pero te proporciona más libertad de acción el estar receptivo a todo tipo de piezas, las cuales te llevan a grandes saltos espacio-temporales. Para disfrutar más de ellas se puede recurrir a manuales, tanto especializados en numismática como relacionados con la historia de los territorios emisores. El acercamiento a la evolución política y cultural de los distintos estados nos permitirá comprender mejor la iconografía y los recursos propagandísticos empleados por los diversos estados en sus acuñaciones. Podremos comprobar así de manera palpable, a través del estudio de las monedas, las transiciones desde dictaduras a democracias o viceversa, el cambio de monarquías a repúblicas o al revés, el abandono de regímenes totalitarios o la aparición de los mismos, el inicio de procesos revolucionarios o de reacciones contrarrevolucionarias, el derrumbe de bloques ideológicos supranacionales o la extensión transoceánica de determinados principios, la fragmentación de los imperios o el avance del colonialismo, la convergencia nacional de principados antes independientes o el surgimiento de nuevos estados. También las monedas permiten acercarse al desarrollo de los símbolos identitarios, como pudieran ser los escudos o las alegorías, y a aspectos vinculados con el personalismo del poder. La exaltación de los mandatarios por medio de su representación en las monedas sólo se le hace soportable al pueblo si éste experimenta de manera contemporánea una época de cierta prosperidad. En caso contrario, la efigie del rey o del líder representado se carga de connotaciones negativas, pudiendo llegar a hacer odiosa su presencia constante en el numerario. En la actualidad se han diversificado mucho los motivos mostrados por las monedas, permitiendo los avances técnicos que las referencias a las tradiciones artísticas nacionales tengan cada vez matices más poéticos.


Las monedas con frecuencia representan en cada Estado a los reyes contemporáneos o a antiguos personajes idealizados, pero resulta mucho más difícil que se opte por incluir en ellas la imagen de los políticos gobernantes. Un caso dramático de reconocimiento numismático por parte del Estado a un presidente recién fallecido es el del medio dólar de Kennedy. Su asesinato acaeció el 22 de noviembre de 1963. Poco después se decidió dar por finalizada la producción del tipo de medio dólar de Franklin, acuñado entre 1948 y 1963 con una pureza de 900 milésimas de plata, dando paso al año siguiente en las acuñaciones de dicho valor a la imagen de Kennedy, cuyo mandato se había caracterizado por el crecimiento de la tensión diplomática con el bloque soviético, en cuestiones como la influencia ideológica sobre terceros países, el auge armamentístico, la carrera espacial… El magnicidio fue respondido inmediatamente con la heroización a través de los soportes monetales, es decir, con la multiplicación exponencial de la efigie del expresidente para que nadie pudiera olvidar lo ocurrido. Sólo las piezas de 1964 siguieron teniendo un 90 por ciento de plata, pasando en el período comprendido entre 1965 y 1970 a un 40 por ciento, y acuñándose ya desde 1971 en cobre bañado por cuproníquel. La pieza de medio dólar está dotada de gran simbolismo, contribuyendo a la exaltación patriótica pretendida el motivo del reverso, inspirado en el sello heráldico estadounidense.


En algunas monedas puede apreciarse claramente que hubo quien actuó sobre ellas con la idea de agraviar al personaje representado, normalmente rey o dirigente, lo que resulta fácil descubrir en piezas españolas de los dos últimos siglos, relato paralelo a la conflictividad política y social, salpicada de pronunciamientos. Sobre monedas de Franco he podido ver grabadas las siglas de sindicatos y del Partido Comunista. En las piezas de bronce de uno y dos céntimos (1904-1913) de Alfonso XIII, elegantes pero demasiado livianas, son comunes los retorcimientos intencionados del cospel y las rayaduras en el rostro. A veces he descartado la adquisición de maravedíes de Fernando VII por la deformación realizada sobre el soporte, tal vez practicada por algún liberal cabreado. En el caso de las perforaciones hechas con taladro o punzón es fácil determinar por el sitio elegido y por la limpieza del agujero practicado si el objetivo era el uso en bisutería o el mero ultraje. El caso de una moneda de 4 reales de José I Bonaparte (1808-1813), expuesta a la acción del fuego, podría remitirnos a alguna acción bélica relacionada con la Guerra de Independencia o al deseo de borrar en la plata la efigie del invasor. Otras incisiones exageradas nos llevan al tiempo de los denarios ibéricos y romano-republicanos, trazadas con rabia al descubrir que se trataba de piezas de bronce forradas de plata, y no de plata pura. En la actualidad existen en algunos enclaves turísticos máquinas que aplastan y alargan monedas de poco valor eliminando los símbolos previos para representar sobre ellas monumentos o motivos locales, convirtiéndolas así en souvenirs. Quien trabaja con una máquina pesada cae a veces en la tentación de espachurrar una moneda para ver el resultado. Una práctica artesanal de reciente desarrollo consiste en calar una moneda con taladros y seguetas, manteniendo su perímetro y los motivos internos elegidos.


Hay monedas que siguen acuñándose a nombre de determinados soberanos aunque haya transcurrido mucho tiempo desde su muerte. Un ejemplo claro es el de los Reyes Católicos. Siguieron produciéndose reales y maravedíes con sus nombres y con su característica simbología (yugo, haz de flechas, águila de San Juan, nudo gordiano, granada abierta…) hasta 1566. Se aprovechaba así el tirón de su prestigio y de su intensa acción gubernativa, se les rendía homenaje póstumo y se insistía en publicitar mensajes relacionados con el sólido ensamblaje de los muchos y tan variados territorios unidos en tan breve espacio de tiempo. Otro ejemplo de abrumador alcance iconográfico lo tenemos en el emperador romano Claudio II. Gobernó menos de dos años, entre 268 y 270, centrado en campañas militares que sellasen las grietas abiertas en las fronteras del Imperio. Su apelativo de “Gótico” lo obtuvo tras derrotar al ejército godo en la batalla de Naisso. Al fallecer a causa de una epidemia fue rápidamente divinizado, como señalan las numerosas monedas póstumas que se acuñaron en su honor, con el título de “Divo” (Divino) en los anversos y la palabra “Consecratio” (Consagración) en los reversos, en torno a un águila, un altar o una pira funeraria. Se trata de pequeños antoninianos, muchos de ellos imitaciones bárbaras. El rostro del emperador es representado en los anversos de perfil, con corona radiada y la barba espesa propia de la mayoría de los soberanos del período de la anarquía militar (235-284). Prueba del realismo de los retratos imperiales de las monedas romanas es la posibilidad de reconocer a los soberanos sin necesidad de consultar las leyendas, si bien otras veces es la evolución de los rasgos estilísticos la que facilita la identificación.


Desde el comienzo de la emisión de monedas fue habitual representar en ellas animales, inicialmente elegidos por su contrastada fuerza. Los lidios se valieron por ejemplo de las imágenes del león y el toro, a veces afrontando sus prótomos, signo de que querían resaltar su capacidad de acometida. Pronto las distintas ciudades griegas eligieron símbolos identitarios para sus respectivas acuñaciones, optando con frecuencia por las figuras de animales reales o inventados. Es el caso de la isla de Egina, en cuyos estáteros aparecían al principio tortugas marinas y más tarde tortugas de tierra. En las monedas ibéricas de bastantes etnias nos encontramos con la figura del jinete armado, que expresaba la intensa vinculación del guerrero con su caballo, el cual le ayudaba a transmitir la idea de nobleza. En la heráldica puede apreciarse también esta asociación intencionada por parte de las familias, las regiones o los Estados con determinados animales, elegidos no sólo por su astucia o por su audacia, sino en función de múltiples variables, no siempre valorándose la autoctonía de la especie. No es casual que muchas monedas lleven escudos, pues éstos se convierten en el mejor sello de procedencia. Describiremos ahora dos piezas con iconografía animalística. La primera es un broche de factura reciente, el cual reproduce una moneda cartaginesa de la ciudad siciliana de Entella de fines del Siglo IV a.C. Muestra una cabeza de caballo con palmera detrás y unas letras fenicias debajo. La segunda, que tardé mucho en identificar, lleva en el reverso caligrafía árabe, mal ajustada sobre el cospel en el momento de la acuñación. Su anverso, de escasa pericia, consiste en un león con el sol detrás. Es un felús iraní de mediados del Siglo XIX, de la dinastía Kayar, depuesta en 1925. La pieza procede probablemente de la ceca de Urmía, en la provincia de Azerbaiyán Occidental.


Este párrafo lo podemos denominar como el del reencuentro. El ejemplo personal al que recurrimos es el de dos monedas irlandesas de cobre, adquiridas en contextos y momentos diferentes. Ambas son de medio penique, del año 1805, con el canto ligeramente acanalado. En su anverso va el perfil laureado del monarca británico Jorge III, mientras que en el reverso aparece el símbolo insular del arpa, en este caso coronada, por la pertenencia de Irlanda por entonces al Reino Unido. Sobre el arpa está el nombre latino de la isla, Hibernia, al parecer derivado de la etnia céltica de los iverni. Tras más de doscientos años de dar vueltas por Europa, ambas piezas, probablemente acuñadas en el mismo sitio, en el mismo año y por la misma máquina, vuelven a estar juntas. Su nivel de desgaste es diferente y su pátina es distinta, elementos que refuerzan la idea de la disparidad de su rumbo, hasta volver a coincidir, por ser del gusto de un coleccionista concreto. Algo que puede parecer meramente anecdótico y sin importancia no lo es tanto si pensamos qué otro tipo de objetos conocidos pueden realizar un periplo semejante desde su coincidente momento de producción hasta su reencuentro más de dos siglos después. La escasez de respuestas convierte sin duda a estos pequeños objetos metálicos aún en más especiales, gracias a los elementos que permiten su fácil y rápida identificación oficial.


Hay una moneda que me gusta volver a comprar aunque la tenga ya repetida, y que regalo a los amigos que empiezan a interesarse por la numismática. Puede conseguirse bastante barata si tiene el año borrado por desgaste. Se trata de la moneda estadounidense de 5 centavos acuñada entre 1913 y 1938 en una aleación de níquel y cobre. Presenta en el anverso la cabeza de perfil de un indígena norteamericano, con el pelo trenzado y emplumado. Es un retrato muy realista, junto al que puede leerse la palabra “Liberty”. El reverso es también poderoso, mostrando un búfalo o bisonte americano que casi se sale del cospel, adjuntándose el valor facial en un exergo clásico, el nombre de la federación y el lema latino “E Pluribus Unum” (De muchos, uno). La complementariedad de las representaciones de anverso y reverso es absoluta, ya que los indios norteamericanos cazaban búfalos para alimentarse, para obtener grasas y pieles… sin romper el equilibrio de sus ecosistemas, hasta el punto de venerarlos por los beneficios que les reportaban. El impresionante engranaje desarrollista estadounidense estuvo a punto de exterminar a los búfalos a fines del Siglo XIX, a la vez que los indios eran recluidos en reservas. Aunque se siguiesen cometiendo atentados contra el medio y contra los derechos de los indígenas, hubo un reconocimiento numismático expreso hacia las raíces precoloniales del territorio, apreciable por ejemplo en el centavo que circuló entre 1859 y 1909, que llevaba la imagen esteriotipada de un indio con penacho de plumas y collar. Realizando un paralelismo con respecto al búfalo, en el caso español la asociación identitaria con el toro bravo no cuenta con el respaldo social suficiente por el tipo de muerte que se le da al animal, siendo en este sentido menos cruenta la tauromaquia portuguesa.


Un tipo de moneda bastante original nos lleva al Marruecos decimonónico. Se trata de los feluses de bronce producidos por fusión en vez de por acuñación. Eran hechos mediante moldes dobles o bivalvos, que generaban por fundición árboles de piezas comunicadas por pequeños canales centrales, los cuales permitían la distribución del metal líquido. Posteriormente se cortaban estas uniones, conservando todavía muchas piezas parte de las mismas, que las dotan de un encanto preindustrial. El resultado eran monedas de factura tosca y superficie irregular. Las accidentadas relaciones hispano-marroquíes favorecieron el que muchas de estas piezas pasasen a la Península Ibérica. En el anverso llevan una estrella, conforme al gusto estético de la dinastía alauí. Es una estrella formada por dos triángulos superpuestos o entrelazados que generan seis puntas, disponiendo también de un glóbulo central. Se trata de un símbolo religioso de protección conocido como sello de Salomón o estrella de David, presente también en la cultura hebrea, y cuyas características concretas pueden variar, en parte por el deseo actual de diferenciación política. En el reverso va en trazos sinuosos la fecha del calendario islámico, que se inicia con la hégira o migración de Mahoma de La Meca a Medina en el año 622. En el ejemplo elegido, un felús del año 1265 de la hégira, nos estamos retrotrayendo hasta 1848-1849, en definitiva, muchas preciosas lunas atrás.


En muchas de las monedas de los países islámicos la caligrafía adquiere sin duda la consideración de arte, al buscarse intencionadamente la belleza del trazado de las letras en la transmisión de los mensajes políticos o religiosos. En las monedas antiguas de los países de mayoría musulmana era común el prescindir de las imágenes, al considerar que podían apartar de la verdadera fe, exaltando cosas vanas o induciendo a la idolatría, sobre todo si se trataba de figuras animadas. Este rigorismo anicónico llevaba a recurrir simplemente a motivos geométricos o vegetales muy desarrollados. En épocas más recientes los Estados islámicos, sin descuidar su preferencia por los elementos iconográficos tradicionales y sin salirse de cierta sobriedad, han ido incorporando un mayor número de imágenes, llegando incluso a mostrar los retratos de los soberanos. El caso del sistema monetario egipcio es paradigmático en cuanto a integración simbólica del antiguo arte faraónico con las grandes mezquitas posteriores, repartiéndose ambos influjos los distintos valores. Algunas de estas piastras recurren incluso a la eliminación total del texto en el lado en que va la representación principal, lo que dota de mayor fuerza a la misma, adquiriendo un intencionado carácter de evocación. La insistencia en determinadas imágenes termina convirtiéndolas casi en consustanciales a las monedas, remitiéndonos rápidamente a Estados concretos. Es el caso del jinete sobre dromedario, armado con fusil y lanzas, de las monedas sudanesas (1956-1971) y de las tres palmeras de los fils iraquíes (1967-1990).


Las contramarcas o resellos que a veces encontramos sobre las monedas pudieron tener diferentes motivaciones, como redefinir su valor o dejar clara la validez en el propio territorio de piezas extranjeras. En España, durante los dos primeros tercios del Siglo XVII, numerosas monedas de cobre y vellón de 2, 4 y 8 maravedíes fueron reselladas para aumentar su valor facial, pasando a ser repentinamente de 4, 6, 8 o 12 maravedíes. Esta medida, tomada con fines recaudatorios para poder hacer frente a los cuantiosos gastos de la activa política exterior hispana, introdujo desconfianza entre los ciudadanos, dejando además el numerario bastante maltrecho con tantos golpes de cuño. Para los resellos indicativos del nuevo valor se emplearon inicialmente números romanos y más tarde números arábigos, imprimiéndose también sobre las piezas las fechas de la modificación. La política monetaria de la época de los Austrias menores fue bastante caótica, incurriéndose en desastrosos procesos inflacionistas. España llenaba Europa de los metales preciosos traídos de América, pagando con ellos manufacturas foráneas a un precio elevado en vez de desarrollar un sistema productivo propio. Ya en el Siglo XIX, las colonias americanas independizadas de España recurrieron habitualmente a contramarcas con sus escudos nacionales o con otros símbolos equivalentes, aplicados sobre las monedas imperiales hasta poder desarrollar un sistema monetario nuevo para el mercado interior, el cual además no fuese rechazado en las transacciones internacionales. La pieza española más prestigiosa y que más habitualmente fue contramarcada en el comercio exterior fue el real de a ocho, monedón de plata de unos 27 gramos, con una pureza aproximada del noventa por ciento.


Entre las monedas formalmente más originales están las que presentan una perforación circular central, la cual supone un ahorro de metal y permite su inserción en ábacos. Se llegó a la misma solución desde marcos geográficamente dispares. Podemos citar las monedas tailandesas acuñadas entre 1908 y 1937 con el valor de 1, 5 y 10 satang, con una decoración dinámica que da idea de giro, como si se tratase de pequeñas ruedas. Entre 1910 y 1932 Bélgica recurrió también a la perforación central en monedas de 5, 10, 25 y 50 céntimos. En el caso de este último valor se trata de monedas de zinc acuñadas en 1918, al final por tanto de la Primera Guerra Mundial, sirviendo el agujero como centro de una flor o estrella radiante de cinco puntas. España adoptó el agujero central en monedas de 25 céntimos en 1927, también conocidas simplemente como un real, empleando en su decoración motivos vegetales, un martillo y la corona. Los reales de 1934, 1937 y 1938 insistieron en la perforación central, lo que da idea del éxito del tipo. En concreto el de 1937, moneda de cuproníquel de 25 céntimos del bando franquista, tiene la peculiaridad de haber sido acuñado íntegramente en la ceca de Viena, justo el año anterior a la conversión de Austria por el “Anschluss” en una provincia del III Reich alemán. Las monedas españolas de 50 céntimos de entre 1949 y 1963 hicieron coincidir sospechosamente la perforación central con el espacio que tradicionalmente ocupaba en la agregación de escudos el blasón de la dinastía reinante, al no haber por entonces rey. El agujero central fue recuperado con acierto, de modo historicista, en monedas de 25 pesetas entre 1990 y 2001, que llegaron a ser antesala de los nuevos valores faciales del euro. Recuerdo haber visto que alguien que por entonces cumplía el servicio militar agregaba una de estas monedas cada mes a un cordón, de modo que cuando llegara a las doce habría vuelto a ser un civil.


Al analizar una moneda uno a veces descubre que lleva un mensaje en su canto. Suele ser un texto breve, que intenta tener gran fuerza emotiva. A este respecto puedo contar una anécdota bastante reciente, del pasado día 15 de abril de 2019. Estaba observando para clasificarla una moneda napoleónica que conseguí bastante barata, por dos euros. Me fijé que ponía algo en su canto. Con el apoyo de un catálogo pude leer que decía “Dieu protège la France” (Dios protege Francia). Al día siguiente en el trabajo me contaron que la tarde anterior se había incendiado la catedral parisina de Notre Dame, probablemente por un descuido accidental durante las obras de renovación. No me había enterado antes. Me paré a pensar y asocié que en el momento en que se producía el incendio yo estaba leyendo la frase antes mencionada, expresión oficial de fe, pero oculta en el canto, para deslindar la religión de la política, en consonancia con el carácter interior de la fe verdadera (San Juan, 4:21-24). Todavía las monedas holandesas de dos euros llevan semiescondida en el canto una petición de protección: “God zij met ons” (Dios esté con nosotros). Describiremos ahora con más detalle la moneda napoleónica referida. Se trata de un franco de época imperial, del año 1810, con 900 milésimas de plata. En el anverso aparece de perfil el retrato laureado del tirano, con la firma del prestigioso grabador Tiolier. En el reverso una corona vegetal formada por dos ramas de laurel envuelve la consignación del valor facial, acompañándose de dos pequeños signos. Uno de ellos es el "Agnus Dei" o Cordero de Dios, portando estandarte, marca usada por el director de ceca, Joseph Lambert. El otro es la letra B, indicativa de que la moneda fue acuñada en la ciudad de Ruan, la misma en que fue quemada Juana de Arco en 1431. Se produjeron, con estas características concretas, algo menos de 167.000 piezas.


Al observar monedas de diversos países europeos de fines del Siglo XIX y principios del Siglo XX pueden apreciarse numerosos elementos formales comunes, lo que nos remite a la Unión Monetaria Latina, vigente entre 1865 y 1927. Fue creada por Francia, Italia, Bélgica y Suiza. En 1868 se unió Grecia, adoptando por entonces también España dicho estándar mediante un convenio bilateral. En 1889 el Imperio Austro-Húngaro, Rumanía y San Marino suscribieron otros fructíferos acuerdos bilaterales con la Unión. Su estándar fue adoptado de forma unilateral, sin incorporarse formalmente, por otros países, como Venezuela, Bulgaria, Serbia y Montenegro. La unidad (franco, lira, dracma o peseta) respetaba un estándar de 835 milésimas de plata en una pieza de 5 gramos, siendo su relación con el oro la de 15,5 gramos de plata por cada gramo de oro. Tanto los divisores como los múltiplos del sistema monetario recurrían a los valores faciales de 1, 2, 5, 10, 20, 50 y 100, en lo que puede verse un antiguo precedente del sistema adoptado por el euro. La “perra gorda” de 1870 del Gobierno Provisional (moneda de cobre de 10 céntimos) tenía un peso de 10 gramos y 3 centímetros de diámetro, es decir, más o menos lo mismo que la moneda francesa de 10 centimes y la moneda italiana de 10 centesimi, lo que permitía su fácil intercambio. Venezuela y Suiza, animadas por su pujanza económica, fueron extremadamente fieles al patrón adoptado: se acuñaron bolívares de 835 milésimas de plata y 5 gramos hasta 1965 y francos suizos con esa misma relación compositiva hasta 1967.


En alguna ocasión he podido adquirir o recibir como regalo un lote de monedas. En la mayor parte de los casos se trata de monedas muy corrientes, con la excepción de algún ejemplar más difícil de conseguir, por provenir de un país poco turístico o por su mayor antigüedad. Si se trata de una compra, el lote tiene como ventaja que cada pieza sale por un precio menor de lo normal, siendo el principal inconveniente el no poder seleccionar tan sólo las piezas que verdaderamente nos interesan. El hacerse con un lote de monedas sin poder analizar antes detenidamente su contenido convierte en emocionante el momento de estudiarlas, al no saber uno exactamente con qué se va a encontrar. Lo más probable es que el lote sirva para poco más que incrementar el número de monedas ya repetidas, las cuales podemos intercambiar con otros coleccionistas. Por poner un ejemplo real, concreto y reciente, hablaremos de un conjunto de 77 monedas peruanas de latón, de 9 tipos diferentes, con fechas comprendidas entre 1935 y 1982, destacando en su iconografía el empleo del escudo y de la vicuña. La última fecha mencionada resulta en este caso orientativa acerca del momento en que pudo completarse la acumulación. El grupo probablemente estuvo en malas condiciones de conservación, con un exceso de humedad, durante algunos años, lo que propició la aparición y la extensión entre las piezas de óxidos de cobre y óxidos de zinc. Las había además con el cospel doblado o con la superficie picada. Ello me llevó a tirar los 15 ejemplares en peor estado. Por las características particulares del conjunto, a la hora de guardarlo, no lo uniré a las otras monedas que ya tuviese antes de Perú, para que éstas no puedan verse perjudicadas. Tan sólo separaré las que van hasta 1945, muy desgastadas pero sin óxidos, incorporándolas al apartado de monedas antiguas.


Desde al menos el año 2003 llegaron a España a través de los bazares chinos multitud de reproducciones de monedas, hechas con níquel y otros materiales que intentan imitar el brillo de la plata. Algunas copian antiguos tipos chinos y japoneses, como las que llevan espectaculares dragones, mientras que otras reproducen monedas paradigmáticas de otros países, como las piezas de plata usadas en el comercio internacional a fines del Siglo XIX y comienzos del Siglo XX. Hay también series dedicadas a aspectos relacionados con la cultura y el folklore de China, destacando en este sentido las de su horóscopo, con la representación de doce animales principales, si bien existen variaciones. Otras series difundidas a través de las tiendas de los comerciantes chinos hacen referencia al horóscopo occidental, al ciclo de Buda o a los sucesivos presidentes de Estados Unidos. Tras el boom inicial, las ventas de este tipo de piezas se ralentizaron, dada su calidad irregular, al no quedar siempre suficientemente impresas las imágenes o pulidos los rebordes. Son excelentes para ser empleadas como dinero falso en situaciones de ficción o en partidas de juegos tradicionales, como las cartas o el dominó. En términos generales, algunas reproducciones de monedas antiguas están tan bien logradas que nos hacen dudar acerca de su autenticidad. Un recurso para descubrir que son falsas es la observación de su canto, ya que las copias muchas veces presentan una línea ligerísimamente resaltada a lo largo del mismo o varias líneas resaltadas transversales, o no tienen el mismo tipo de canto que las piezas originales (liso, estriado, metopado, grabado, con flores de lis…), dato que podemos obtener a través de manuales o de internet. Reconozco que tengo varias monedas que intuyo que son falsas, pero que están tan bien hechas que todavía a veces me hacen dudar. Muchas copias están realizadas mediante moldes en lugar de por acuñación. En cuanto al material, hay quien tiene el oído tan entrenado que puede reconocer una moneda de plata simplemente por su característico tintineo al dejarla caer, diferente al provocado por otros metales.


En unas excavaciones arqueológicas en que pude participar hace ya mucho en la ciudad de Ibiza, junto a la muralla renacentista, para localizar los restos de la antigua muralla medieval, aparecieron multitud de objetos interesantes al desbrozar superficialmente el terreno del solar. Entre ellos estaban la carcasa de una granada, frascos de vidrio de bebidas y medicamentos, los cuales presentaban ya irisaciones, y una moneda alemana de un marco del año 1958. Estaba muy oxidada por haber permanecido mucho tiempo a la intemperie. Tenía una F indicativa de que fue acuñada en Stuttgart (la A corresponde a Berlín, la D a Múnich, la G a Karlsruhe y la J a Hamburgo, que completan las marcas de taller del descentralizado sistema de emisión de la antigua RFA). Recorrió un largo camino que está en relación con la importancia de las Islas Baleares para el turismo alemán. Al ir descendiendo niveles estratigráficos destacaba la abundancia de fragmentos de escudillas cerámicas con motivos pintados, principalmente de los Siglos XVI y XVII, muchas de ellas de reflejo metálico. Además de dar con la muralla, pudimos documentar un horno, cisternas para el agua y multitud de enlosados. Bajo uno de ellos, en un receptáculo intencionado de pequeñas lajas hincadas verticalmente, había dos objetos juntos, como si hubiesen sido colocados cuidadosamente antes de sellar el espacio con las nuevas baldosas. Se trataba de una pipa negra de cerámica y de una moneda de 8 maravedíes de Isabel II. Por su tipología la moneda tenía que ser del período 1836-1858. Siempre he pensado que el que puso allí ambos elementos lo hizo de manera voluntaria antes de proceder al embaldosado de la estancia, con la idea de que fuesen encontrados por otras personas en el futuro. Es el juego conocido como “cápsula del tiempo”, de gran valor para poder fechar contextos, que en este caso cuadra con la cronología del movimiento romántico español, muy dado a las evasiones espacio-temporales.


Algunos de los hallazgos arqueológicos más espectaculares que se producirán en el futuro serán sin duda de carácter subacuático. Entre los Siglos XVI y XVIII, las flotas de Indias, que unían principalmente Cádiz y Sevilla con Veracruz (México) y Portobelo (Panamá), y el galeón de Manila (Filipinas), que comunicaba comercialmente esta ciudad con Acapulco (México), sufrieron el acoso de piratas, corsarios y potencias rivales, o experimentaron la furia de los océanos, lo que ocasionó el hundimiento de algunas de las naves, falleciendo su tripulación y perdiéndose su contenido. Antes y después del establecimiento de estas rutas comerciales hispanas más o menos seguras hubo otras menos reglamentadas, cuyos barcos en bastantes casos no llegaron a su destino. Un aperitivo de lo que en su día sepultaron las aguas fue rescatado en el Golfo de Cádiz por la empresa estadounidense Odissey en 2007. Se trataba de más de medio millón de monedas, en concreto escudos de oro y reales de a ocho de plata, transportados por la fragata Nuestra Señora de las Mercedes cuando fue hundida por los británicos en 1804. Tras litigar en los tribunales norteamericanos, el Estado español, que conservaba toda la documentación probatoria del origen del tesoro, pudo recibirlo, depositándolo en el Museo de Arqueología Subacuática de Cartagena. Otro episodio numismático de las difíciles relaciones hispano-británicas nos sitúa en 1741 en las proximidades de Cartagena de Indias (Colombia). El almirante Vernon, considerando que pronto tomaría la ciudad, comunicó a la metrópoli su victoria sin que en realidad se hubiese producido, lo que hizo que se acuñasen medallas conmemorativas de la misma. Tras ser informado de la severa derrota, acaecida por la brillante defensa planteada por el marino vasco Blas de Lezo, el rey Jorge II, avergonzado, ordenó que el suceso no fuera recogido por las crónicas.


El 27 de Abril de 2016 cuatro operarios de Tragsa (Empresa de Transformación Agraria S.A.), durante unas obras de canalización eléctrica efectuadas por la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, encontraron en la finca de Zaudín Alto en la localidad sevillana de Tomares un tesoro consistente en 19 ánforas que contenían 53.208 folles de los emperadores romanos de la Primera Tetrarquía (293-305). Son por tanto monedas de bronce de los Augustos Diocleciano y Maximiano y de los Césares Constancio Cloro y Galerio. Se trata de un conjunto muy homogéneo de piezas, lo cual apunta a su cercanía con respecto a los aparatos del poder, dentro de un contexto de inestabilidad que impediría la recuperación del tesoro por parte de quienes lo ocultaron. 9 de las ánforas no fueron rotas por la maquinaria, lo que permitirá un estudio arqueológico aún más detallado. Al reclamar los operarios una recompensa basándose en las leyes de patrimonio, el tesoro tuvo que ser tasado, algo extraño dado el incalculable valor patrimonial. El conjunto, de unos 600 kilos de peso, fue tasado en 468.230 euros (8 euros por moneda más un diez por ciento más por haberse podido documentar arqueológicamente el hallazgo). El juez dictaminó que el premio consistiera en 125.000 euros a repartir entre los descubridores. Hay muchos elementos vinculados a este tesoro que invitan a reflexionar sobre la “vanitas vanitatis”: la finca en que se encontró había pertenecido por largo tiempo a los antepasados de los hermanos Bécquer, grandes artistas románticos no precisamente ricos; en las cercanías de Tomares se enterró a mucha gente fallecida por causa de la peste de 1649; la Junta de Andalucía al ser informada del hallazgo se apresuró a hacerse cargo del mismo, pero negándose a otorgar cualquier tipo de recompensa; tras la sentencia del juez, otras cinco personas reclamaron parte del premio; los cuatro operarios recompensados consideraron que la tasación era demasiado baja… Vanidad de vanidades…


Siendo un friki de las monedas era lógico que tuviese preparadas las arras matrimoniales desde muchos años antes de casarme con mi mujer. Un mediodía sentí, al adquirir una moneda en concreto, que tenía que ser esa la que simbolizase en mi caso el compartir los bienes con la persona amada. Busqué ese mismo día y los siguientes fines de semana más piezas iguales, aunque variando el año de emisión, hasta juntar trece. Las hice un cilindro y las envolví en papel azul claro con celofán, no volviendo a verlas hasta que mi futura novia aceptó casarse conmigo. El que las arras sean tradicionalmente trece monedas está relacionado con la división de los bienes compartidos por la pareja en trece partes, doce de las cuales son para el disfrute en común (una por mes) y otra para entregarla a los necesitados. Ritualmente en la boda católica se produce el intercambio mutuo de las mismas monedas, diciendo cada uno el nombre del cónyuge y: “Recibe estas arras como prenda de la bendición de Dios y signo de los bienes que vamos a compartir”. Las arras no tienen por qué ser de plata, ni tienen por qué ser sus trece piezas iguales. Cada pareja es distinta, y no tiene por qué plegarse a la estandarización que propone el sistema. Lo importante es el significado, y no la materia empleada para significar la promesa. Las que nosotros usamos en su día son monedas portuguesas de cuproníquel de 25 escudos, del período 1980-1986, con una alegoría de la República en el anverso, de perfil, con pelo corto adornado por una ramita de olivo. Se trata de una imagen grabada por el medallista Marcelino Norte de Almeida, con el acompañamiento de las palabras “Liberdade” y “Democracia”.


El tintineo de las monedas es característico de los premios que otorgan las máquinas tragaperras, dotadas de toda clase de elementos lumínicos y musicales que magnéticamente atraen al jugador. Estas máquinas están presentes tanto en pequeños locales de apuestas deportivas como en grandes casinos, habiéndose diversificado en ambos casos las maneras de jugarse el dinero, mezclándolas con otras actividades lúdicas, como el deporte o el turismo. Algunos casinos estadounidenses, como el “Caesars Palace” de Las Vegas, que es también un hotel, sustituyen el dinero exterior por sus propias monedas, que pueden alcanzar gran módulo y servir de souvenir. La literatura y el cine han recreado los altibajos por los que atraviesa la suerte de los jugadores de cartas, llevándoles a perderlo todo o a ganar una fortuna, a menudo amenazada por los conocedores del hecho. En una de las narraciones publicadas en 1821 por el escritor romántico alemán E.T.A. Hoffmann, titulada “Afortunado en el juego” (Spieler-Glück), aparece ya la seducción que producía en nobles y burgueses el apostar grandes cantidades en los juegos de cartas, en este caso en forma de luises de oro. Es una historia en la que se alcanzan situaciones límite, surgiendo el amor de Ángela como elemento antitético capaz de luchar contra la avaricia material. En cuanto a las loterías actuales, de premios demasiado asimétricos y difíciles de obtener, están indisolublemente unidas al modelo económico capitalista, en el que no se considera inmoral enriquecerse sin trabajar, mientras que no existen en los sistemas comunistas, que queriendo controlar todos los recursos disponibles en el Estado ponen trabas incluso a las herencias. La aceptación generalizada de las loterías se debe a que en algunos casos contribuyen al robustecimiento financiero del Estado, que es el que suele controlarlas, y en otros permiten proyectos de calado humanitario. Escuché situaciones penosas derivadas de la mala administración personal de los premios distribuidos por las loterías… así que si te toca mucho dinero, por si acaso, no cambies demasiado de vida.


Hay numerosas creencias y supersticiones relacionadas con las monedas. De ellas me gusta su contenido simbólico y su raigambre folklórica, siendo normalmente las piezas implicadas de poco valor. Es una costumbre muy antigua lanzar una moneda a un pozo, terma, fuente, cueva con agua… pidiendo principalmente salud, si bien las peticiones con el tiempo se fueron diversificando. El origen de este rito puede que esté en el carácter salutífero de determinadas aguas termales, de modo que la moneda sería ofrecida como agradecimiento por el beneficio terapéutico. Cada cierto tiempo las monedas acumuladas en el agua son recogidas por el personal de mantenimiento, destinándose con frecuencia a acciones benéficas. La fuente que quizás recibe una mayor lluvia de monedas es la Fontana de Trevi, en Roma, de estilo barroco. Esta tradición, alimentada por los turistas, se vio reforzada por la película estadounidense de 1954 “Tres monedas en la fuente”. Según la misma, si se arroja a la Fontana de Trevi una moneda se vuelve a Roma, si se arrojan dos surge el amor con una persona de Italia, y se arrojan tres el romance termina en boda. Una versión actualizada indica que si se arrojan dos monedas surge un idilio (sin nacionalidad prefijada), y si se arrojan tres se produce un matrimonio o un divorcio. También de Italia procede el reciente ritual de colocar candados en los puentes, lanzando luego las llaves al agua como símbolo de amor eterno. La inspiración proviene de la novela de Federico Moccia “Tengo ganas de ti” (2006). En el puentecito de la localidad portuguesa de Tavira entre los muchos candados que vi había uno con contraseña, puesto quizás por una pareja previsora por si el amor no duraba para siempre.


El ratoncito Pérez sirve a los padres como alegoría para cambiar a los niños sus dientes caídos, depositados bajo la almohada, por monedas, dulces u otros regalos. Una práctica de la santería cubana es ofrecer a los santos las pequeñas monedas de bronce en un recipiente con agua. En el ámbito católico destaca la veneración popular a San Pancracio, en cuyo dedo índice a veces se coloca una monedita con perforación central, ofreciéndosele otras veces una ramita de perejil. Este santo, un joven de Frigia decapitado a los quince años, es quizás uno de los más representados en los hogares, confiando en que ayude a esquivar la pobreza y a traer la prosperidad. Mala idea sin duda es jugarse algo importante a cara o cruz, sobre todo si se trata de un sacrificio personal. Y muy buena si lo que está en juego es algo intrascendente o algo que puede desembocar en una situación divertida. Cuando la moneda vuela tras ser impulsada con fuerza por el pulgar da numerosos y rápidos giros, mostrando finalmente el anverso o el reverso. Es el sistema más común usado por los árbitros con los capitanes para el sorteo de campo antes del comienzo de un partido. Hay quien lleva durante bastante tiempo consigo, en la cartera, en la mochila o en el bolso, una moneda concreta, su moneda de la suerte. En mi opinión, las monedas no dan suerte, pero pueden llenarse de significaciones añadidas tan profundas que lleguen a ejercer un efecto motivador en las personas, lo que justificaría el portarlas prolongadamente. En la cultura grecorromana y en otras culturas antiguas era habitual enterrar al difunto con una o varias monedas, disponiéndose preferentemente en la boca o en los ojos. Su finalidad era servir de viático, de pago al ser psicopompo que contribuiría a la llegada del alma a su destino.


En el folklore de casi todos los países hay tradiciones populares que hablan del enriquecimiento rápido de personajes puestos como ejemplos de buenos o malos comportamientos. La manera más gráfica de ilustrar la llegada de la riqueza en estos cuentos suele ser mediante el recurso a las monedas de oro. Resumiremos en este párrafo el argumento de un cuentecillo del área de Oporto, titulado “O tesouro do enforcado” (El tesoro del ahorcado). Viendo cercana la fecha de su muerte, un padre rico, preocupado por la mala cabeza de su hijo, entregó al mismo una carta cerrada, indicándole que no debía abrirla a menos que viese que no tenía ya esperanzas de mejorar de fortuna. Al morir el padre, el hijo no tardó mucho en dilapidar la cuantiosa herencia, malgastándola en el juego y con los falsos amigos, los cuales luego no quisieron socorrerle. Desesperado, el hijo recordó la carta que le había entregado su padre antes de morir. La abrió, y encontró en ella una llave con indicaciones sobre el lugar donde hallaría una cuerda lista para que se ahorcase. Llegado hasta el sitio, el muchacho tiró de la cuerda para comprobar si estaba bien sujeta, abriéndose entonces un techadillo del que comenzaron a caer abundantes monedas de oro. Desde entonces gastó con buen juicio, alejándose de quienes en la desesperanza no le habían ayudado.


En el Evangelio de Mateo (17:24-27) la figura de Jesús se interrelaciona con la cuestión de si es conveniente o no pagar el impuesto del Templo, consistente en dos dracmas por persona. Era una tasa de carácter religioso que debía ser satisfecha por todos los judíos para el mantenimiento del Templo de Jerusalén, también conocido como Templo de Salomón. Al entrar en la pequeña población de Cafarnaúm, junto al Mar de Galilea o Lago Tiberíades, los cobradores del impuesto interpelaron a Pedro acerca de si su maestro pagaba o no el didracma, respondiéndoles Pedro que sí. Al llegar a casa, se le anticipó Jesús sobre el tema a tratar, coincidiendo ambos en la opinión de que los impuestos han de gravar a los extraños, y no a los hijos. Sin embargo, para no suscitar escándalo, para no meterse en un nuevo lío con las autoridades religiosas judaicas, Jesús le dice a Pedro, pescador de profesión: “Vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estátero. Tómalo y dáselo por mí y por ti”. El estátero era en este caso una moneda de plata equivalente a cuatro dracmas, que valía por tanto para pagar el impuesto del Templo por dos personas. Del relato se infiere que Jesús no llevaba dinero consigo, pero que podía disponer milagrosamente del necesario si las circunstancias lo precisaban, tanto para él como para su discípulo. La manera de conseguirlo resulta absolutamente descerebrada, una prueba tremenda para la fe de Pedro. El dinero encontrado es exclusivamente el requerido, sin nada añadido para la compra de víveres, bastando tal vez para comer el asombroso pez.


El papel moneda, originario de China, resultaba para los venecianos que en el Siglo XIII escucharon los relatos de Marco Polo una pura fantasía. Era difícil creer que algo tan frágil como el papel pudiera tener tanto valor. Las penas para los falsificadores fueron desde el principio muy severas. Se intentó dotar a los billetes cada vez de mayores sistemas de seguridad, destacando por su complejidad la filigrana o marca de agua. La aceptación social de los billetes como forma de pago es un auténtico acto de fe, como indica el término de valor fiduciario. Prueba de ello fue el shock general al comienzo de la circulación de los billetes de euro en el año 2002, pues al estar tan nuevos y ser volcados de golpe en el sistema parecían sacados del monopoly. En las proyecciones apocalípticas uno de los elementos comunes es que la gente deja de confiar en el valor del papel moneda. El dinero al fin y al cabo no es sino una manera de contabilizar el tiempo dedicado al trabajo, con los parámetros asimétricos de las respectivas destrezas, de modo que el papel es sólo papel, por muy bonito que parezca. Zimbabue, Argentina, Venezuela y otros países han experimentado en épocas recientes procesos inflacionistas que hacían llevar a sus billetes multitud de ceros, cambiando los precios de forma acelerada de un día para otro. La hiperinflación es característica de las economías enfermas y de las economías de posguerra, como puede constatarse en fotografías que muestran a los ciudadanos de Estados europeos tras las dos guerras mundiales yendo a la compra con cestas llenas de billetes. Los que tienen menor valor o los que ya han sido retirados se usan a veces para decorar las paredes y las mesas de los bares.


En general la gente trata con gran diligencia los billetes, para que nadie pueda rechazárselos por estar medio rotos o por llevar manuscrito un mensaje ofensivo. Yo tengo la manía de doblarlos exactamente a la mitad y de poner celo invisible a los rasgados, dos medidas sencillas que alargan su vida útil. En países con sistemas poco eficaces de sustitución de billetes viejos por billetes nuevos pueden verse circulando aún algunos casi transparentes, así como otros con números anotados encima, al haber servido para contabilizar un fajo. Australia en 1988 introdujo los billetes de polímero para mejorar aspectos relacionados con la resistencia y la seguridad, pero es previsible que esta innovación, adoptada también por otros muchos países, decaiga por la guerra actual declarada al plástico. En el caso de los billetes de euro, fabricados en fibra de algodón puro, los países miembros de la eurozona han perdido la posibilidad de utilizar sus respectivos recursos propagandísticos e identitarios a través de una iconografía nacional propia. Es decir, han sacrificado por la estabilidad económica uno de los elementos más característicos de su trayectoria cultural. El Reino Unido, Suecia y Dinamarca prefirieron conservar sus monedas nacionales. Los símbolos elegidos para los billetes de euro suponen un recorrido por las principales corrientes arquitectónicas europeas, mostrando puertas y ventanas en los anversos y puentes en los reversos, lo que da idea de apertura y cooperación. Las imágenes que a mí me gustan más en los billetes internacionales en general son los retratos de ciudadanos corrientes, muy minoritarios con respecto a los retratos ensalzadores de personajes ilustres. También tiene gran encanto la representación de la fauna autóctona. Tal vez nunca veamos circular un billete con la imagen del lince ibérico.


He escuchado varias historias similares relacionadas con la llegada de una persona a Estados Unidos desde un país económicamente menos desarrollado, con la idea de quedarse allí para poder trabajar y prosperar. Llega al país con un billete de un dólar o de dos dólares en la cartera, que para él tiene gran valor simbólico, o guarda en la misma durante mucho tiempo un billete concreto, el primero o uno de los primeros adquiridos donde desea establecer su nuevo hogar. Las sensaciones que puede inspirar tal billete en cada persona por supuesto que varían mucho, pero en general algunas de ellas están relacionadas con el llamado sueño americano y la voluntad firme de pelear por su realización material, por ir consiguiendo pequeños logros que vayan significando la entrada en ese sistema, que no tiene piedad con el camarón que se duerme y que no es tan brillante como los neones de las grandes ciudades, pero que alimenta sin cesar el ansia de mejora financiera personal. Para quien llega desde un ámbito cultural distante el significado originario de la iconografía del billete de un dólar es críptico. Incluye numerosas alusiones al ideario primigenio de los fundadores del Estado federal, al deísmo, a la confianza en la providencia, a las trece colonias iniciales rebeladas contra la metrópoli, al panamericanismo, al inicio de una nueva era, a las aspiraciones de primacía mundial… En cuanto al billete de dos dólares su magnetismo radica principalmente en su escasa producción y circulación.


Doce son las ciudades que fabrican el papel moneda oficial en Estados Unidos, sedes de los doce bancos de la Reserva Federal, cada uno de los cuales encabeza un distrito. Cada billete lleva en una rueda espinada el nombre de la ciudad productora, junto con el del Estado correspondiente y una letra identificadora central: A - Boston (Massachusetts), B - Nueva York (Nueva York), C - Filadelfia (Pensilvania), D - Cleveland (Ohio), E - Richmond (Virginia), F - Atlanta (Georgia), G - Chicago (Illinois), H - San Luis (Missouri), I - Minneapolis (Minnesota), J - Kansas City (Missouri, cerca de la frontera con el Estado de Kansas), K - Dallas (Texas) y L - San Francisco (California). Cada billete estadounidense tiene también consignado el año de la serie a la que pertenece, lo que ayuda a intuir el volumen del churre superficial acumulado. Otras curiosidades relacionadas con los billetes estadounidenses versan sobre su difícil destrucción y los restos de cocaína que en muchos casos contienen. El dólar estadounidense es la moneda nacional de Ecuador desde que en el año 2000 reemplazó al sucre. Tiene también carácter oficial en Panamá, donde el balboa queda limitado a las piezas metálicas. Es una divisa aceptada internacionalmente, al igual que la libra esterlina, el euro, el franco suizo y el yen japonés. Los dólares son con frecuencia atesorados por los ciudadanos de otros países en previsión de futuros procesos inflacionarios en sus impredecibles sistemas económicos… Representan en definitiva el peligroso juego de la vida y la aceptación tácita de los desequilibrios sociales.


El 1 de Enero de 2002 entró en circulación el euro, conviviendo durante dos meses con la peseta. Analicé por entonces los motivos iconográficos que cada país de la Unión Europea había elegido para los anversos, siendo los reversos comunes. Me decepcionó el hecho de que España empleara sólo tres imágenes para ocho valores: la Catedral de Santiago de Compostela, el retrato con golilla de Cervantes y la efigie del Rey Juan Carlos I. Era una oportunidad perdida de extender por Europa ocho imágenes impactantes relacionadas con nuestra herencia cultural. Los países que sí acertaron en el despliegue propagandístico fueron Grecia, Italia y Austria, que recurrieron a un personaje o elemento cultural diferente para cada valor, mostrando así su dilatada experiencia numismática. En el caso de las monedas conmemorativas de dos euros las imágenes empleadas por España están respondiendo a las expectativas, tirando principalmente de patrimonio monumental, fielmente reproducido por los grabadores. Una de las piezas españolas de dos euros del año 2014 muestra juntos al Rey Juan Carlos I y al Rey Felipe VI, señalando así la sucesión. En la representación del nuevo rey en las monedas posteriores de uno y dos euros se ha retomado el perfil académico, es decir, sencillo y algo idealizado, mientras que el retrato del rey anterior buscaba más el realismo y la sensación de tridimensionalidad. Ciudadanos de otras épocas experimentaron a través de las monedas la materialización de la sucesión monárquica, más por fallecimiento que por abdicación, familiarizándose gracias a ellas con la imagen del nuevo soberano, sobre todo si aún no existían la fotografía o la televisión. A veces aparecía en las monedas el nombre del nuevo rey todavía con el perfil del rey anterior, como ocurrió con las primeras piezas acuñadas en los talleres americanos a nombre de Carlos IV (1788-1808).


Ya se ha vaticinado el fin de las monedas y del papel moneda como dinero válido para las transacciones, asegurándose que estos soportes serán sustituidos por el dinero electrónico, forma de controlar más los movimientos económicos de cada ciudadano, dificultándose los trapicheos realizados al margen de los órganos fiscalizadores. Es cierto que las producciones sostenibles, viables para el sostenimiento del planeta, van en la línea de la reducción de los ritmos de acuñación. Pero habrá que estar vigilantes para que no se justifiquen los liberticidios por razonamientos relacionados con la preservación de los ecosistemas u otras causas nobles. Pienso que es mejor que el dinero siga siendo algo material externo al individuo que llevarlo insertado a modo de chip, pues esa identificación nos alienaría todavía más. Algunos países europeos ya han dejado de acuñar las piezas de bronce de uno y dos céntimos de euro. En el caso de la de un céntimo, su valor metálico real supera a su valor facial, mientras que en el caso de la de dos céntimos ambos valores andan bastante parejos. Los planteamientos de retirada general se han descartado por el temor social a una nueva subida enmascarada de los precios, como ocurrió en el momento en que el euro reemplazó a las diversas monedas nacionales. Una clave podría estar en no dejar esas moneditas olvidadas por los rincones, sino volcarlas nuevamente en la circulación, de modo que no haya que producir tantas. La mayoría de la gente ni se agacha a cogerlas si las ve por la calle, como si se tratase de algo humillante. Humillante sí que fue agacharme a recoger una moneda de cincuenta céntimos que unos chavales habían pegado en la acera a modo de broma en un lugar muy transitado. Si juntas cinco monedas de un céntimo ya tienes para una golosina o un caramelo.


Muy pocas veces he podido tener en las manos monedas de oro. Hace poco una amiga me dejó estudiar tres pequeñas monedas de oro para intentar determinar su valor. Una de ellas era medio escudo de Carlos III, con fecha 1773, de 1.69 gramos y 917 milésimas de pureza. Las otras dos eran escudos de Carlos IV, de 1789 y 1794, de 3.38 gramos y 875 milésimas de pureza. La rápida tasación, de 185 euros para la primera pieza descrita y de 180 para cada una de las otras dos, la obtuvimos a través de internet, en una página que toma como referencia la media del precio pagado por idénticas compras. Es decir, se trata de una tasación basada en operaciones reales, que evita así caer en los precios disparatados que a veces pueden encontrarse en las páginas de venta de antigüedades o en las empresas dedicadas a las subastas. Al saber su precio de mercado mi amiga dijo que no las vendería, que prefería poder seguir disfrutando de ellas. Estando tan poco habituado a las monedas de oro y siendo en este caso tan pequeñas, mi primera impresión fue la de que eran piezas de juguete. Su elevada pureza, de 22 y 21 quilates respectivamente, indica que son blandas, es decir, susceptibles de quedar marcadas por una mordida o de doblarse fácilmente. Pero como en la mayoría de los casos, estaban en muy buen estado, ya que casi todo el mundo suele tratar con sumo mimo las monedas de oro, como si las mismas fueran capaces de hipnotizar a sus propietarios, incapaces de inferirles el más mínimo daño, temiendo la pérdida significativa de su valor.


Para los niños hay multitud de objetos que equivalen al dinero, a los billetes y a las monedas, o que tienen un valor claramente superior. Podemos mencionar en este sentido los cromos, las golosinas, los juguetes, los comics, las pantallas digitales, los móviles… Para ellos todavía el dinero es sólo un elemento intermedio para conseguir lo que de verdad importa, lo que puede aportarles momentos de gran felicidad. En torno a la conveniencia o no de asignarles una paga semanal y a partir de qué edad hay bastante discusión. Los niños tienen una confianza total en sus padres, los cuales les dan todo lo que consideran bueno para ellos. Ya reciben en los colegios una asignatura relacionada con la economía. Los ritmos de su progresiva relación con el dinero pueden acentuar determinados rasgos de su personalidad. Si ese contacto es prematuro pueden espabilar demasiado pronto, convirtiéndose en personas materialistas. Si por el contrario tardan demasiado en descubrir el esfuerzo que cuesta a sus padres conseguir lo que les ofrecen pueden caer en la desidia, olvidándose de que es el trabajo el que se transforma en dinero. En la mayoría de los casos, cuando uno es joven tiene pocos recursos económicos, poca capacidad de acción financiera, y una consecuente rebeldía por no entender por qué uno no puede tener aquello con lo que sueña. En cambio cuando uno es ya viejo, si su trayectoria profesional ha sido exitosa, puede hacer balance de lo que ganó, de lo que hizo con ese dinero… haciéndose conservador en muchos aspectos, por miedo a perder lo conseguido. Este recorrido normal puede verse alterado si el joven gana pronto mucho dinero, por ejemplo por convertirse en deportista de élite. En este caso concreto la disciplina que exige la actividad física y los valores implícitos en el deporte evitan que el dinero convierta en vieja el alma del joven. Es la magia infinita del acto primario de perseguir un balón.


Además de utilizarse para contabilizar quién va ganando en algunos juegos, las monedas pueden servir como propio juego. Varias personas mayores, en distintos contextos, me han hablado de un tipo de juego de la época de posguerra. Consistía básicamente en dibujar una forma cerrada en el suelo, como un círculo o un triángulo, en cuyo interior se depositaban dispersas algunas monedas. Cada jugador intentaba sacar esas monedas de los límites definidos, recurriéndose para ello bien a otras monedas o bien a piedrecitas, en ambos casos lanzadas con una mezcla de fuerza y precisión. El que sacara monedas fuera podía quedárselas. Si la moneda lanzada se quedaba dentro el jugador la perdía. No se solían usar monedas de curso legal, sino monedas antiguas, como las llamadas perras gordas y perras chicas, las cuales quedaban bastante maltrechas. En cuanto el desarrollo técnico lo permitió empezaron a realizarse monedas de chocolate, con motivos impresos en ambos lados, y funda dorada o plateada de papel de aluminio, la cual reproduce en algunos casos monedas reales. Un sistema publicitario ingenioso, al borde de la legalidad, consiste en colocar pegatinas transparentes con algún anuncio sobre las monedas. Esta práctica tuvo bastante desarrollo en Benidorm, donde se utilizó para promocionar bares y discotecas al poco tiempo de aparecer el euro. Suscitó polémica, pero estrictamente no supone ni falsificación ni alteración de la moneda, que vuelve a quedar como antes simplemente con quitarle la pegatina. Sospecho que si no hay muchos más ejemplos es que se cortó pronto la iniciativa colocándola fuera del marco legal, ya que el desmadre subsiguiente podría haber sido tremendo, al cambiar la iconografía estatal por la de empresas privadas, o por la de cualquier particular que hubiese querido extender fácilmente y con muy poca inversión un mensaje propio, tal vez contrario a los principios de sus conciudadanos.


Recuerdo haber visto dos pinturas flamencas con el mismo título, “El cambista y su mujer”, ilustrando con frecuencia en los libros de historia temas relacionados con el ascenso de la burguesía durante el período renacentista. La primera de ellas, realizada por Quentin Massys en 1514, se conserva en el Museo del Louvre. Muestra a un hombre pesando monedas con una balanza, captando la atención de su mujer, que se distrae así de su libro de oración. Sobre la mesa hay muchas monedas de distintos metales, anillos, perlas, pequeños ponderales, un rico jarrón y un espejo circular en el que se refleja otro personaje junto a una ventana. Tras la pareja, otros objetos decorativos o de uso cotidiano completan el bodegón. La puerta de la casa está abierta, quizás para recibir a posibles clientes. La segunda pintura, inspirada sin duda en la primera, fue hecha por Marinus Van Reymerswale en 1539, y se conserva en el Museo del Prado. El artista realizó durante su vida varias composiciones similares. En la aquí comentada destaca la satisfacción presente en el rostro de los personajes. El hombre se dispone a pesar una moneda en la balanza, mientras su mujer abandona la lectura un instante para recrearse viendo las numerosas monedas de oro y plata que hay sobre la mesa, donde puede observarse también una cajita con pequeñas pesas cuadradas. El tintero y la pluma indican un control contable, si bien en la habitación hay tanto papeles ordenados como otros desordenados. El ambiente en este caso es más intimista, pues la puerta entreabierta no parece dar a la calle, y el candelero con la vela a medio consumir señala la posibilidad de continuar con cualquier actividad durante la noche. El tema descrito fue replicado por muchos artistas, oscilando el mensaje entre la expresión de la prosperidad comercial y la crítica hacia determinadas prácticas lucrativas, como los préstamos acordados con intereses excesivos. El protestantismo, especialmente el calvinista, se mostró favorable al progreso económico personal como signo del agrado de Dios, siempre que fuese acompañado de trabajo duro y rigor moral. El catolicismo en cambio se mostró teóricamente más cercano a la asunción de la incompatibilidad evangélica de la acumulación de riquezas. Hay quien incluso ve en ello una de las causas del atraso económico del Sur de Europa con respecto al vigor capitalista del Norte industrializado.


El Catastro de Ensenada, realizado con fines recaudatorios por orden de Fernando VI (1746-1759), proporciona abundante información demográfica sobre las localidades que existían en la Corona de Castilla. Incluye los ingresos anuales aproximados de cada ciudadano, los cuales podían expresarse en ducados de oro (moneda de cuenta que en realidad había dejado de acuñarse en época de Carlos I). Cada ducado equivalía en el período en que se redactó el Catastro a trece reales de vellón. También era habitual recurrir para los salarios al pago en especie, por ejemplo en fanegas de trigo. Incluimos a continuación datos reales de una población concreta visitada por los inspectores el 27 de Marzo de 1752. Se trata de Hermosilla, en la provincia de Burgos, perteneciente en la actualidad al municipio de Oña, en la comarca de la Bureba. Había en dicho enclave, según el lenguaje empleado en el censo, 30 vecinos, 9 viudas y 2 habitantes. En este número se incluían 6 personas pobres de solemnidad que pedían limosna a las puertas. Había 60 casas, de las cuales 40 estaban habitadas por vecinos, clérigos, viudas y pastores; 2 estaban desiertas por no haber quien las habitase; 7 estaban arruinadas; y 11 servían de pajares. No había jornaleros, sino sólo labradores propietarios, con ingresos medios de 300 reales anuales. Se indica que si los hijos estuvieran sirviendo, ganaría cada uno 12 ducados al año (156 reales). El sastre ingresaba por su oficio 300 reales anuales, más otros 75 generados por la labranza de su hacienda. Al aludir a cada ciudadano por su nombre y primer apellido el Catastro de Ensenada sirve además como una destacada herramienta genealógica, abierta a la libre consulta a través de internet en el Portal de Archivos Españoles.


Las monedas han sido con frecuencia utilizadas en otras épocas como parte del adorno personal, principalmente femenino. Lola Flores, en algunas de sus películas de ambientación histórica, como “La Estrella de Sierra Morena” (1952) y “Morena Clara” (1954) luce monedas en sus vestidos, diademas, pendientes, collares… El efecto es especialmente destacado al bailar, tanto por el brillo como por el sonido. En la joyería tradicional utilizada por las mujeres gitanas las monedas constituían un elemento importante, impactando su despreocupado lucimiento. Todavía algunas etnias emplean monedas en la elaboración orfebre, incorporándolas a las joyas o convirtiéndolas en piezas colgantes de las ropas, mediante anillas o cadenitas cosidas. En el caso de la etnia rashaida, de ascendencia árabe beduina, presente en áreas desérticas de Eritrea y Sudán, las monedas concatenadas adornan profusamente los velos de las mujeres. Para la danza del vientre y otros bailes típicos orientales se usan aún hoy chapitas muy ligeras que van cosidas a los tejidos, las cuales tienen su precedente en monedas verdaderas, sobre todo acuñadas en países con tradiciones árabes e hindúes. Un vestido auténtico de estas características pesaría considerablemente. Las pulseras de monedas de plata ya apenas se ven. En las que he podido documentar destaca el uso de “dimes” estadounidenses y fracciones de bolívares venezolanos. En algunas tiendas de bisutería pueden encontrarse pendientes con reproducciones de monedas. Un paso más osado para intentar poner otra vez de moda los pendientes de monedas (cuyas imágenes quedan asimétricas en las orejas) lo están dando artesanos jóvenes que distribuyen sus creaciones en puestos temporales. En un mercadillo navideño conseguí unos pendientes hechos con dos moneditas de níquel holandesas de 10 centavos de 1948, recubiertas de una capa de plata.


Los elementos premonetarios realizados en metal presentaban formas que a veces recordaban o reproducían otros objetos usados anteriormente como dinero o para cuantificar los bienes atesorados. En la segunda mitad del Segundo Milenio a.C. se usaron en la isla de Chipre lingotes con forma de piel de buey abierta para poder comercializar el cobre. La forma elegida está en relación con el cómputo de cabezas de ganado para expresar la riqueza de un individuo. Las monedas chinas de bronce con un agujero cuadrangular en su centro, surgidas hacia el 350 a.C., tienen su origen en la tipología que presentaba la terminación del mango de las llamadas monedas-cuchillo, las cuales podían engarzarse para llevarlas colgadas de la cintura. Aún más antiguas eran las monedas chinas con forma de pala, introducidas en el tránsito del Siglo VII al VI a.C., y que estaban dotadas de sus preceptivos ideogramas de validación. La elección del tipo tal vez remita al uso arcaico de las herramientas como forma de pago. En la literatura oracular china la tirada de tres monedas quedaba vinculada a una de las 64 sentencias sobre el futuro del consultante, lo que revela que casi desde su comienzo las monedas fueron introducidas en prácticas supuestamente mágicas. En el caso comentado, la persona debía recurrir siempre a las tres mismas monedas, las cuales se guardaban en un lugar visible y alto, enlazadas por un hilo rojo. Estas monedas tradicionales chinas, conocidas por la influencia colonial británica como “cash” (dinero en efectivo) fueron producidas hasta principios del Siglo XX. Las adquiridas por coleccionistas es poco probable que se hayan usado en antiguas prácticas adivinatorias, al quedar las piezas más cargadas de connotaciones simbólicas dentro de las mismas familias.


La exonumia, más conocida en el ámbito británico como paranumismática, se ocupa del estudio de piezas similares a las monedas, pero que no pueden considerarse estrictamente como tales. Entrarían en este grupo las medallas conmemorativas, las medallas religiosas, las medallas deportivas, las fichas de transportes, las fichas telefónicas, las fichas de casinos, los “tokens” comerciales, los jetones contables, los botones, los precintos de plomo… Muchas de estas piezas tienen su origen en iniciativas no estatales, por lo que aportan información interesante sobre el alcance real de las otras fuerzas presentes en cada sociedad. El pragmatismo empresarial y el auge de la economía digital han hecho disminuir considerablemente la nueva creación de este tipo de soportes, que remiten por tanto en la mayoría de los casos a contextos “vintage”. El coleccionismo de estas piezas parecidas a monedas se ha visto favorecido por el auge actual de la compraventa de cosas viejas y antigüedades, estimulada por las producciones televisivas norteamericanas, centradas en casas de empeños, subastas de trasteros y desplazamientos en busca de pequeños tesoros de otras épocas. En ocasiones se echa en falta un trato algo más respetuoso hacia las circunstancias personales que derivaron en la enajenación actual de dichos objetos. Es decir, que puede que fueran de personas ya fallecidas o arruinadas.


Algunas medallitas tenían como finalidad advertir del grupo sanguíneo, alergias o dolencias de las personas que las portaban por si se daban situaciones de urgencia en las que hubiesen perdido el sentido, la orientación, la capacidad del habla, la memoria… Una en concreto que conseguí, grabada en plata, indica que la persona era del grupo sanguíneo A negativo. En su reverso va la inscripción: “M. Toledo – Alérgico – todos – antibióticos”. Los textos personales de las medallas, en muchos casos encargados a los joyeros, las convierten sin duda en especiales, únicas. Nos evocan las experiencias de un individuo concreto, su intrahistoria. Pueden servir también para fecharlas, si bien las fechas que en ocasiones llevan grabadas pueden ser bastante anteriores o posteriores al momento de su producción. En una medalla religiosa de plata, con el niño Jesús en el pesebre, el buey asomando por el cercado y la estrella de Belén brillando en el cielo, puede leerse en el reverso: “Sor P. U. – 29.6.59”. El texto parece hacer referencia a una monja. El día grabado sería muy significativo para ella, quizás el de su consagración. Al limpiar el material adherido a la parte posterior de una medalla conmemorativa francesa, apareció un misterioso número 65, hecho por incisión. Se trata de una pieza bastante problemática. Pudo ser empleada como placa decorativa, lo que explicaría sus restos de argamasa, o tal vez sirvió como bello jetón contable. Estas medallas intentaban que la iconografía áulica de exaltación de los soberanos alcanzase al conjunto del pueblo, reproduciendo en materiales corrientes los motivos de las medallas de oro y plata, cuyo alcance era mucho más restringido. La pieza comentada celebra el nacimiento del Delfín el 1 de Noviembre de 1661. Muestra a un ángel custodio, imagen que era común colocar en las cunas de los bebés y en las camas de los niños.


Un determinado tipo de medallas tiene como fin principal el reconocimiento por la realización de una gesta deportiva, la participación en un conflicto militar, la labor desempeñada en un campo del conocimiento, la creación de una obra memorable… Con frecuencia en el instante solemne en el que la medalla es entregada la persona que la recibe se emociona profundamente, pues se está premiando su dedicación, el tiempo invertido en una tarea, su valor, su genialidad, sus esfuerzos… seguramente tras haber pasado por episodios difíciles que invitaban a abandonar. Las medallas de este tipo que llegan al mercado numismático corresponden en algunos casos a entregas nunca realizadas. Las producidas en materiales pobres y entregadas a discreción, simplemente por participar en un evento, a veces abandonan a su propietario casi con la misma facilidad con la que llegaron a él. En muchas se aprecia un espacio reservado para ser grabadas, quedando en bastantes casos sin ejecutar dicha inscripción. Es común también que se pierdan las cuerdas y los adornos de tela que en algunos casos las acompañaban, cuya combinación cromática no solía ser casual, aludiendo a banderas u otra simbología comunitaria. Los motivos iconográficos de estas medallas suelen estar relacionados con la disciplina en cuestión, permitiendo estudiar su evolución estilística. En el caso español, como no podía ser de otra manera, abundan las representaciones futbolísticas, impresiones casi fotográficas sobre el metal, un auténtico reto de descripción fiel de los movimientos con el balón. La Cataluña de época modernista fue un importante foco de irradiación artística, materializado en medallas honoríficas de gran belleza.


Acerca de las medallas religiosas ya hemos comentado en ocasiones anteriores sus múltiples significados añadidos, relacionados con la devoción de las personas que las diseñaron, portaron o custodiaron, lo que para mí las convierte en objetos emotivos, capaces de conectar con los sentimientos que hace tiempo despertaron. Son un campo de investigación asequible, pues los libros y objetos religiosos antiguos pueden encontrarse en los rastrillos a bajo precio, al no suscitar ya un interés generalizado, como si la mayor parte de la sociedad considerase que forman parte de una etapa superada. Muchas imágenes religiosas antiguas, sobre todo si se nota que han estado expuestas prolongadamente en los hogares, generan en la actualidad sensaciones que, por respeto o por desafección, impiden que la mayoría de la gente las compre y vuelva a colocarlas en un lugar destacado. Es como si incorporasen una carga energética excesiva, tanto de las personas que cotidianamente las contemplaron como de los personajes representados. En el terreno numismático, aludiré brevemente a dos piezas bañadas en plata, con pasador en el reverso, el cual permitía lucirlas en una cinta, correa u otro complemento similar. Una de ellas es de María Auxiliadora. Sostiene al niño Jesús en uno de sus brazos, portando en la otra mano un cetro, por su condición de reina y dispensadora de gracias. La otra medalla muestra a la Sagrada Familia, quedando en el centro el niño erguido sosteniendo su cruz.


Especialmente duradera es la iconografía jesuítica. Los jesuitas, por su influencia social, su presencia educativa y su despliegue misionero (el cual llegaba hasta puntos prácticamente ajenos a todo gobierno conocido), fueron temidos por los poderes estatales, que consiguieron que el Papado suprimiese la orden en 1773. La Compañía había sido fundada en 1534 por Ignacio de Loyola, soldado nacido en Azpeitia (Guipúzcoa), convirtiéndose pronto en ariete de la Contrarreforma. A través de los llamados Ejercicios Espirituales, escuchando enseñanzas religiosas en silencio absoluto durante varios días, se buscaba la concienciación abrupta del fiel, que con frecuencia quedaba profundamente impresionado del mensaje recibido. Esta nueva espiritualidad, que aceptaba los avances científicos como mecanismo para la  rápida reorganización social, se hizo peligrosa para los poderes imperantes, que lograron el destierro de los jesuitas de muchos países. La orden fue restaurada por el Papado en 1814, cuando el Antiguo Régimen mostraba aún cierta resistencia a desaparecer, siendo actualmente la mayor orden religiosa católica actual. En su emblema destaca uno de los monogramas de Cristo, consistente en las letras IHS o JHS, que ya existía anteriormente, y que abunda como referencia simbólica en el arte cristiano. Está en el escudo de Francisco, el Papa actual, que es el primero perteneciente a dicha orden. La ilustración muestra dos medallas de Ignacio. Una de ellas, rectangular y de plata, fue hecha en 1914 para celebrar el centenario de la restauración de la orden. En el libro abierto que sostiene Ignacio en el anverso va escrita en letras diminutas la divisa de la orden, “Ad Maiorem Dei Gloriam”, que aparece también por sus siglas en el reverso. En la segunda medalla, bañada en plata y firmada por Haro, figuran tanto el monograma JHS como las siglas AMDG en el libro que sujeta el santo, vestido en este caso con ropas de oficiante de la liturgia. No siempre resulta sencillo identificar a los santos representados en las medallas religiosas, a pesar de los convencionalismos seguidos por los grabadores.


Entre las monedas y medallas españolas que más extrañeza suscitan están las del niño-rey Alfonso XIII. Su padre, Alfonso XII, falleció de tuberculosis a los 27 años, cuando él todavía estaba en el vientre de su madre, María Cristina. Al nacer, en 1886, fue inmediatamente proclamado rey, si bien no asumió el poder efectivo hasta su decimosexto cumpleaños. A fines de 1887 empezó a ser representado en las monedas, con rasgos de casi un bebé, mostrando piezas posteriores varias fases de su crecimiento. En una medalla de latón de 1888, la cual presenta algunos rayajos, puede apreciarse el busto del joven monarca, realizado por A. Dueñas. El reverso indica que fue utilizada en los premios de un primer festival infantil, celebrado en Madrid. Una pieza conmemorativa, con fecha de Junio de 1906, era regalada a los clientes por el tostadero de café Caxambú, situado en el número 51 de la Calle Montera de Madrid, para celebrar la boda de Alfonso XIII con la princesa británica Victoria Eugenia. El enlace se produjo el convulso día 31 de Mayo, sobreviviendo la pareja al atentado del anarquista Mateo Morral, que causó once muertos. La medalla fue realizada por la fábrica bilbaína de medallas y estampación de metales de Bernardo Serrano. Transcurridos veinte años, en Junio de 1926, podía verse la imagen de la reina Victoria Eugenia, con su característico tocado, en una medalla acuñada con motivo de la fiesta de la flor, relacionada con la lucha contra la tuberculosis. Los dos primeros sanatorios levantados en España para combatir específicamente esta enfermedad infecciosa fueron inaugurados en Madrid en 1908. Alfonso XIII estaba especialmente sensibilizado con el asunto, al ser la tuberculosis la que había causado el fallecimiento de su padre. El reverso de la medalla muestra la Cruz de Lorena, adoptada en 1902 como símbolo por la Asociación Internacional de la lucha contra la Tuberculosis.


Una de las funciones que pueden presentar las medallas es dejar constancia de un evento o de un hecho de especial importancia, de forma que sea más fácil recordarlo. En cierto modo la medalla puede actuar como la congelación de un instante, favoreciendo la evocación de otros períodos históricos. La pieza que nos sirve para comentar algunos aspectos de la intencionalidad subyacente en la producción de medallas es una acuñada en 1928 por João da Silva. Fue realizada tanto en bronce como en plata, para que su acción propagandística llegase a personas de distinto poder adquisitivo. Sirvió para promocionar el turismo en Portugal con motivo de la Exposición Internacional Colonial, Marítima y de Arte Flamenco, celebrada en la ciudad belga de Amberes en 1930, antesala de la Exposición Colonial Portuguesa que tuvo como sede Oporto en 1934. En el anverso aparece una mujer ataviada con indumentaria tradicional, acompañada de recipientes rebosantes de alimentos típicos. Deja caer lo que pudieran ser flores o tal vez algunos productos, actuando casi como una alegoría de la abundancia. En el reverso el sol contiene los cinco escudetes, dispuestos en cruz, del centro del escudo portugués, iluminando la Torre de Belém, fortaleza de estilo manuelino que protegía la entrada al estuario del Tajo y al puerto de Lisboa. La leyenda es un verso de la estrofa XX del Canto III del poema épico “Os Lusíadas” de Camões: “Onde a terra se acaba e o mar começa” (Donde la tierra se acaba y el mar comienza), manera de expresar la vocación marítima de Portugal, cuyo Cabo da Roca es el territorio más occidental del continente europeo. La mentalidad que se oculta en la belleza de esta medalla dista mucho del espíritu presente, en cuanto a que incide en el fenómeno colonial y en la depredación de los recursos ajenos como si se tratase de algo positivo. Portugal fue uno de los países que más se resistió a conceder la independencia a sus colonias, aspirando hasta el último momento a integrarlas como provincias naturales, una vez superado mediante el mestizaje el terrible pasado esclavista. La fe y el valor de los conquistadores portugueses les llevaron en sus barcos a los extremos del mundo, por lo que son constantes en sus monedas las referencias a la navegación.


Las fichas monetiformes presentan una gran variabilidad que las hace atractivas para los coleccionistas. Se trata de piezas emitidas por empresas o instituciones para publicitarse o para ofrecer a través de ellas un servicio, como pudiera ser un viaje en autobús, un tiempo de estacionamiento, una llamada telefónica, un lavado de ropa… En la mayoría de los países ha caído en desuso su vertiente funcional, manteniéndose en cambio la propagandística. En los Estados anglosajones, donde son conocidas como “tokens”, tuvieron gran éxito, debido principalmente al destacado empuje de la iniciativa comercial privada. Las fichas relacionadas con el transporte tienen una dilatada historia en el caso de los Estados Unidos, donde existe una gran afición en torno a ellas. Comentaré dos piezas concretas de la década de 1950 que revelan cómo en esa época Cuba replicaba rápidamente los adelantos técnicos estadounidenses, que llegaban a la isla a los pocos meses de aparecer en Florida. Son dos fichas para poder montar en autobús. La primera de ellas, hecha en cuproníquel, es de la “Miami Transit Company” y la segunda, acuñada en bronce, del “Ómnibus de Santa Clara S.A.”. En ambas el anverso y el reverso son iguales, aunque con una orientación relativa de 180 grados. Las dos recurren a una decoración reticulada sobre la que va el nombre de la empresa. La primera tiene cuatro perforaciones ligeramente curvas en torno al logotipo central, relacionadas con el tipo de máquina en que se insertaría, mientras que la segunda lleva en su centro una gran letra B. El diámetro de ambas es casi idéntico, lo que apunta hacia cierta estandarización. Las dos me las dio mi abuelo, que era cubano y se exilió en Miami. Santa Clara es la ciudad donde está enterrado desde 1997 el Che Guevara, al ser allí donde realizó su más brillante acción militar en diciembre de 1958. Con la revolución la llegada a Cuba de nueva tecnología norteamericana prácticamente desapareció.


Mención especial merece un tipo de ficha que adquirió gran desarrollo en el Mercado barcelonés del Borne, relacionada con la fianza por los embalajes. El mayorista cobraba al minorista dichos embalajes, entregándole unas fichas que acreditaban su valor. Si posteriormente el minorista devolvía los embalajes al mayorista obtenía a cambio de las fichas el dinero señalado en ellas. Los mayoristas, cuyas paradas llegaron a ser casi doscientas, empleaban también estas fichas como una manera de promocionarse, indicando en ellas su número de parada. Las piezas podían tener forma circular, ovalada, cuadrada, romboidal, irregular… El material más empleado en su diseño fue el latón, a veces pintado, aunque las había también de cartón o plástico. La que yo tengo es de una empresa llamada “Hijos de Diego Betancor S.A.”, de origen canario, dedicada a la venta de plátanos y otros productos agrícolas. Es de forma ovalada, marca 15 pesetas, tiene restos de pintura roja y remite a los puestos 17 y 27. Lleva el símbolo parlante de un canario sobre una rama. Las fichas telefónicas solían presentar una o varias ranuras. Se usaban en las cabinas públicas, ya casi extinguidas por la irrupción de la telefonía móvil. Destaca por su belleza un ejemplar francés con la fecha de 1937, asociada a un retrato alegórico de la República realizado por el grabador Lucien Georges Bazor. En el canal va el nombre de la empresa, PTT, leyéndose en los resaltes “Telephones Publics”. La decoración complementaria consiste en unas hojas de roble. Otra pieza de estructura similar, de cuproníquel como la anterior, lleva además en el centro del canal un agujero circular. Se trata de una ficha telefónica israelí de 1966. El anverso reproduce un marcador numérico de diez dígitos, como los de los teléfonos antiguos. En el reverso va en un óvalo el logotipo de la compañía Asimon, un antílope saltando.


El origen de los botones de bronce suscita debates muy interesantes. Muchos de los tipos antiguos suelen ser clasificados simplemente como preindustriales, sin afinar demasiado en cuanto a la cronología. En el caso español tenemos la suerte de contar con unos botones bien datados a lo largo del Siglo XIX, conocidos como botones patrióticos, de carácter civil, que presentan la imagen de Fernando VII y en menor número la de Isabel II. Otros llevan el escudo borbónico o una representación de la Virgen del Pilar, flanqueada normalmente por dos peregrinos arrodillados. Eran fundidos a molde o hechos con troqueladora, en ambos casos con asa soldada. Yéndonos hacia atrás en el tiempo destacan sin duda los enigmáticos botones con decoración cuatripétala incisa, con doce muescas de contorno los mayores y ocho los menores, a veces con un rico contenido en estaño o un baño del mismo. Los más toscos podrían remitirnos a los Siglos XVII y XVIII, pero ejemplares de mejor factura, que pudieron actuar como inspiración iconográfica para los artesanos posteriores, figuran en algunos museos, como el de Burgos y el de Málaga, como pertenecientes a contextos visigodos cerrados. La sencillez del tipo hacía fácil su imitación, aunque mediasen siglos. El probable origen visigodo de los botones cuatripétalos está en sintonía con el aumento de la cultura material visigoda recuperada en forma de pequeñas monedas de bronce con motivos cruciformes.


En un puesto dominical de venta de monedas vi una colección de botones de soldados franceses de la época de la Guerra de Independencia (1808-1814). Se encuentran en muy buen estado. La mayoría de ellos muestra en grande el número del regimiento dentro de una línea curva que no llega a cerrarse por poco, presentando en sus extremos decoración vegetal, con un pequeño glóbulo exterior próximo a la apertura. Enseguida consideré que podrían haber sido conseguidos en el lugar donde se hubiese producido una batalla en la que hubieran intervenido distintos regimientos. Buscando el historial de los diversos regimientos representados en la fotografía de la colección comprobé que buena parte de ellos había participado en la batalla de Orthez, librada el 27 de Febrero de 1814 en las colinas situadas al Norte de dicha localidad francesa, perteneciente al departamento de los Pirineos Atlánticos. La batalla se saldó con la victoria del ejército anglo-portugués, dirigido por el duque de Wellington, sobre las divisiones francesas del mariscal Soult. El final de la Guerra estaba próximo, los franceses ya se habían replegado en su territorio, abandonando la Península Ibérica. La colección integra también botones de regimientos que no participaron en dicha batalla o que no estuvieron nunca en España. En el caso del Regimiento 28, el botón nos remite probablemente a la expedición de los Cien Mil Hijos de San Luis, que contribuyó a restaurar el absolutismo en España en 1823. Sería una lástima que la colección se dispersase por la venta independiente de sus distintas piezas. Muchos de los botones conservan aún restos de tierra. Son en definitiva despojos que quedaron sobre el lugar de las refriegas. Nos llevan eléctricamente hasta la elegante indumentaria de los ejércitos franceses, que vinieron hasta donde no debían, que conocieron la ira del General Castaños, y que fueron derrotados en una infernal guerra de guerrillas.


Testimonio del incipiente desarrollo industrial español en el Siglo XIX son los precintos de plomo que acompañaban a algunos productos manufacturados, los cuales siguieron usándose hasta ya superada la mitad del Siglo XX, y que tienen sus precedentes en marchamos plúmbeos con símbolos heráldicos que se remontan al menos al Siglo XV. Eran en general bastante toscos, normalmente de tendencia circular, pero con asimetrías. En los más antiguos el cuño con la publicidad de la empresa se imprimía sobre el plomo todavía blando sin demasiadas contemplaciones, mientras que en los más recientes se aprecia la mejora de la maquinaria empleada en la generación de formas más regulares y en el relieve uniforme dado a las letras. Prima en ellos la información textual, si bien algunos muestran ya tempranos logotipos, como el cisne usado por una empresa zaragozana. Muchos llevaban dos o más ranuras en el canto por las que hacer pasar un cordel fuerte, pudiendo presentar también un saliente cilíndrico. Otro tipo posterior recurrió a las perforaciones circulares bien ejecutadas en el cospel. Destacó su uso por parte de la industria textil catalana y las fábricas de embutidos de la provincia de Girona. Los dos que aquí presentamos son de la Fábrica de Salchichón de Ramón Serratosa, sociedad creada en la localidad de Olot en 1926. El segundo de ellos incluye el texto “Sucesor de R. Serratosa”, con el moderno nombre comercial de Surse dispuesto en cruz, de forma similar al de la empresa farmacéutica alemana Bayer. El plomo fue muy usado por su abundancia, bajo coste, elevado peso, facilidad de fundición… antes de descubrirse su toxicidad. Se realizaban con él planchas sobre las que escribir, fichas, plomadas de albañil, pesos comerciales, cañerías, ataúdes, proyectiles de honda, balas… Es común todavía en los instrumentos de pesca. Los llamados plomos monetiformes, empleados desde época prerromana, pueden ser en algunos casos interpretados como téseras identificativas, honoríficas o ilustrativas de pactos personales. La fabricación de monedas de plomo tuvo casi siempre muy corto recorrido en los diversos contextos en los que se probó, dada la pobre calidad de los resultados y el malsano polvillo desprendido por las piezas.


Desde 1970 participa en el mercadillo numismático y filatélico de la Plaza Mayor de Madrid, celebrado por las mañanas los domingos y días festivos, Francisco Toro Garrido, apodado “Toro Bravo”, habiéndose convertido en uno de sus personajes más emblemáticos. Su puesto es el 35, dedicado a la venta de monedas, material numismático y otros objetos antiguos. Nacido en Alcaudete (Jaén), probó de joven como torero. Reside en Alcalá de Henares, donde tuvo un Museo de Pintura y es respetado como sabio. Su poblada barba blanca le confiere sin duda aspecto de filósofo. Ha pintado numerosos cuadros de excelente factura y aire surrealista, que él define como de estilo experimental. Algunas de estas pinturas ilustran el libro de poesía “Tras el telón… el arte” (1999), del cantautor Ángel Torres Almodóvar. Toro Bravo ha expuesto sus peculiares ideas, relacionadas con la teobiología, en varios libros, como “Toro el Bravo ha viajado al Planeta Esferas” (1977), “Magia - Luz” (1980) y “Los Evangelios de Toro Bravo” (2003). Fue entrevistado en dos ocasiones por el programa de televisión Crónicas Marcianas. De mirada intensa, se considera escogido, capaz de curar, de acertar los números de los sorteos, de penetrar telepáticamente en el pensamiento de los demás. Indica que el alma tiene inmensas capacidades, que el individuo puede ser lo que quiere ser, pero no cree en la vida tras la muerte. Dice que fue contactado por los extraterrestres. Encuentra más veracidad en ciertas teorías conspiratorias que en las explicaciones ofrecidas por los organismos oficiales. Cuestiona los dogmas de las diversas religiones, haciendo gala de una apabullante personalidad. Aunque no estoy de acuerdo con muchas de sus ideas, para mí Francisco representa un nexo entre la actividad numismática y lo extraordinario. Y es que las monedas son objetos tocados y retocados, cogidos y entregados por muchas personas de muchas generaciones, a plena luz del día o en la inseguridad de la noche; son metal que conoció la vileza y la grandeza de ánimo, inmerso en los avatares concretos de las economías personales de los diferentes ciudadanos; son testimonio de apuros y esperanzas, de éxitos y fracasos; fueron diseñadas por las élites para el pueblo, que las usó como instrumento para saciar su hambre y mitigar su sed; ilustran el ascenso y la caída de los gobernantes y de los estados, el acceso a su independencia o su disolución; están vinculadas a la constante redefinición de las comunidades humanas. Son sólo monedas… o no.


Ya la última reflexión aportada sobre las monedas en el presente documento quería que tendiese a evitar el fetichismo, el apegarse a ellas en exceso como si entrañasen algún tipo de poder sobrenatural. Sencillamente no lo tienen. Están dotadas de multitud de valores simbólicos, pero son simplemente objetos. Ni su brillo, ni su antigüedad, ni su belleza… pueden competir con los estímulos de las personas que tenemos a nuestro alrededor o con el recuerdo vívido de quienes ya nos abandonaron. Las monedas son tantas que el coleccionarlas está al alcance de todos. Su pequeño módulo hace que no sean vistosas en los museos, de modo que suelen pasar allí bastante desapercibidas. El tiempo invertido en su estudio no es tiempo perdido, sino que incluso puede ayudar a conocerse mejor uno mismo. Al igual que otras muchas aficiones, el coleccionar monedas puede aportar nuevo ánimo a personas abatidas, con discapacidad… La  aproximación con perspectiva a las monedas y a los billetes de distintas épocas nos sirve además para comprender el valor relativo y variable de muchos bienes muebles e inmuebles, de forma que no lo sobredimensionemos. En cuanto a los viajes en el tiempo, uno de los más fáciles consiste en ir un domingo por la mañana al rastro de Madrid o al mercadillo de la Plaza Mayor, donde se ven cosas mucho más viejas que las de los programas estadounidenses. Por último, queda señalar que el reunir monedas de distintos países nos puede familiarizar con sus pulsiones culturales y con aspectos relacionados con la imagen oficial que de sí mismos quieren dar, a menudo alejada de sus múltiples problemas reales.