viernes, 1 de mayo de 1998

LA HEGEMONÍA TEBANA


LA CONFEDERACIÓN BEOCIA

A fines del 379 a.C., se instauró en Tebas una democracia, la cual contribuyó a la extensión de los ideales federalistas. A medida que se iba extendiendo el poder tebano, se instauraba en Beocia una novedosa Confederación democrática, llamada oficialmente “Koinon”. Al frente de la Confederación se situaba un arconte federal, cargo de escaso poder al que correspondían principalmente labores ceremoniales y representativas. De los once distritos con que contaba la anterior Confederación oligárquica, posiblemente fueron suprimidos ahora los dos de Tespias y los dos de Orcómeno como castigo a su resistencia. Habría por tanto el mismo número de distritos que de beotarcos: Siete. Cuatro beotarcos corresponderían a Tebas, uno a Tanagra, y los otros dos se repartirían entre las pequeñas ciudades de Beocia. La comandancia suprema del ejército recaía sobre uno de los beotarcos tebanos. En campaña, los beotarcos formaban un consejo de guerra en cuyo seno discutían las estrategias, de modo que las decisiones más importantes se tomaban por mayoría. Los beotarcos disfrutaban de un buen número de prerrogativas no militares, como los poderes probuléuticos. Podían presentar proyectos a la Asamblea e introducían a los embajadores ante la misma. Podían emprender acciones judiciales y arrestar a los sospechosos de subversión. Manejaban además fondos públicos. Eran responsables ante el tribunal federal, y estaban sujetos a la rendición de cuentas y a la deposición del cargo.

La nueva Confederación beocia contaba con una asamblea federal inspirada en la ateniense. Tenía un carácter primario y democrático, pues estaba abierta a todos los ciudadanos beocios sin restricción censitaria alguna. Las reuniones de la asamblea tenían lugar normalmente en Tebas, por lo que este órgano tendía a ser en realidad un instrumento del poder tebano. La asamblea decidía en materia legislativa y de política exterior, y al menos en una ocasión juzgó a los culpables de una conspiración oligárquica. Pascual González infiere la existencia de un consejo federal en el seno de la Confederación beocia a partir de numerosos indicios, como su existencia en época anterior y posterior, la influencia democrática ateniense, la necesidad de un órgano que preparase las mociones a aprobar por la asamblea, y el hecho de que los culpables del asesinato de Eufrón de Sición fuesen juzgados por un misterioso consejo, que quizás era el federal o tan sólo un consejo local. Las infracciones contra las leyes federales eran dirimidas por un tribunal, el cual se componía de varios cientos de ciudadanos beocios elegidos probablemente por sorteo. El tesoro federal se encargaría, entre otras funciones, de acuñar la moneda beocia, que en este período procedía únicamente de la ceca tebana. Existía una uniformidad entre las constituciones locales y la federal, de modo que todas las ciudades beocias disponían de un régimen democrático articulado por medio de un colegio de polemarcos, un consejo, una asamblea y un arconte.


EL EJÉRCITO BEOCIO

Las principales magistraturas militares eran anuales y dependían de la elección efectuada por la asamblea federal. La más alta jefatura del ejército beocio era ejercida por un colegio de siete beotarcos. La comandancia en jefe recaía siempre sobre un beotarco tebano. En las expediciones figuraban siempre varios beotarcos y nunca uno solo. La infantería beocia se dividía en batallones de unos trescientos hoplitas. Al mando de cada batallón estaba un “lochagos”. El distrito constituía la base del reclutamiento. Gozaba de especial prestigio el llamado “batallón sagrado”, compuesto por trescientos jóvenes escogidos que combatían por parejas, el equivalente de los modernos binomios. Este cuerpo fue organizado por Górgidas hacia el 378 a.C., y es probable que sus miembros estuviesen unidos por vínculos homosexuales. Se trataba de un cuerpo profesionalizado que en tiempo de paz guarnecía la Cadmea y en época de guerra ocupaba la vanguardia del ejército, reforzando así el empuje de los soldados-ciudadanos. En el 375 a.C. el “batallón sagrado” mostró su capacidad de penetración en la falange contraria al destrozar dos “moras” lacedemonias en Tegira. Este batallón se convirtió en el brazo ejecutor de la táctica de línea oblicua de Epaminondas. Las expediciones militares beocias solían contar cuanto menos con unos siete mil soldados. El entrenamiento constante hizo ganar renombre a la falange beocia.

La rica aristocracia terrateniente de Beocia engrosaba la caballería, que seguía de cerca en estima a la caballería tesalia. Un hiparco federal estaba al frente de la caballería, que se dividía en escuadrones de unos treinta y cinco jinetes. Cada escuadrón estaba bajo el mando de un hilarca. En las batallas de Leuctra y Mantinea, la caballería beocia se colocó delante de la falange, y no en los flancos como era costumbre. En las expediciones militares beocias solía haber unos setecientos jinetes. El hermanamiento entre dos combatientes también se aprecia en el caso de la caballería, pues cada jinete podía transportar hasta las filas enemigas a otro soldado que luego combatía a pie junto a él. Es probable que Beocia mantuviera un cuerpo especial de infantería ligera, continuador de los “psilos” del siglo anterior. Entre los aliados que aportaban contingentes a las tropas beocias solían estar los tesalios, los eubeos, los locrios, los focidios, los melieos y los enianos. La responsabilidad de la flota beocia recaía sobre un navarco al cual estaban subordinados los trierarcos. Beocia no mostró excesivo interés por convertirse en una potencia naval, de modo que su número de barcos era escaso.

Los tebanos extrajeron importantes enseñanzas de los nuevos modos de lucha practicados en Grecia. Parecía que la batalla campal había dado paso a la destrucción del poder de una ciudad mediante la coerción económica y la devastación sistemática de su territorio. Los tebanos, en los años de las expediciones lacedemonias (378-377 a.C.), no quisieron refugiarse tras los muros de su ciudad, sino que adoptaron un sistema de defensa territorial basado en medidas poliorcéticas extensas y en los ágiles movimientos del ejército. Entre los años 376 y 371 a.C., los tebanos desarrollaron una auténtica guerra de guerrillas contra las demás ciudades beocias, llevando a cabo incursiones constantes que derivaron en un robusto adiestramiento. Las batallas de Leuctra y Mantinea revelaron el éxito de las innovaciones tácticas y estructurales introducidas en el ejército beocio, entre las cuales podemos destacar la utilización revolucionaria de la caballería, la concentración de tropas en el ala izquierda y el ataque en orden oblicuo. El que la caballería iniciase su carga justo desde delante de la zona central de la propia falange tenía como finalidad el derrotar prontamente a la caballería contraria para que ella misma se replegase sobre su propio ejército, introduciendo en él la confusión. Conseguido esto, la caballería beocia acudía a defender el endeble flanco derecho del ejército propio. Los beocios optaron por aumentar enormemente la profundidad del ala izquierda de la falange, llegando hasta los cincuenta escudos de fondo. El ataque oblicuo consistía en hacer avanzar rápidamente y de forma oblicua el ala izquierda del ejército, intentando romper la línea adversaria antes de que el ala derecha propia chocase con la falange enemiga. El ejército beocio de esta época fue una de las culminaciones del ejército hoplítico griego de ciudadanos soldados.


INSTRUMENTOS ALIANCÍSTICOS Y REPRESORES DE LA HEGEMONÍA TEBANA

Para poder desempeñar una función hegemónica en el conjunto de Grecia, Tebas intentó asegurarse la fidelidad de todas las ciudades beocias, recurriendo para ello a diversos instrumentos aliancísticos y represores. Mientras que las ciudades que se sometieron voluntariamente al poder tebano pudieron conservar su representación política y sus murallas, las ciudades desafectas fueron severamente castigadas. En el 373 a.C., los tebanos arrasaron la ciudad de Platea, expulsaron de Beocia a su población y se anexionaron su territorio. Los tespieos (famosos por su valerosa participación en la batalla de las Termópilas del 480 a.C. frente a los persas), se retiraron del bando tebano en la batalla de Leuctra antes de combatir, por lo que fueron expulsados de Beocia y desposeídos de su territorio. Orcómeno fue incluida en la nueva Confederación beocia en el 370 a.C., y perdió su representación en los órganos federales. El odio tebano hacia Orcómeno explotó en el 364 a.C., momento en que los caballeros orcomenios participaron en una conspiración oligárquica. Por entonces los tebanos mataron a muchos de los habitantes de Orcómeno, esclavizando a otros y expulsando a los restantes. Quizás el territorio orcomenio fue repartido entre las ciudades vecinas. Posiblemente Beocia aprovechó su creciente poderío militar para anexionarse varias ciudades locrias. También Oropo cayó bajo su poder desde el 366 a.C. Más de la mitad del ampliado territorio federal beocio pertenecía directamente a Tebas. Pascual González señala que la dura política represora llevada a cabo por Tebas dañó seriamente la capacidad demográfica de la Confederación.

Hay dudas acerca de si los tebanos quisieron cambiar o no las constituciones de sus estados aliados fuera de Beocia. Struve indica que en Acaya los beocios contribuyeron incluso con guarniciones a la implantación de regímenes democráticos. Pero cuando poco después fue restablecida la oligarquía en Acaya, los tebanos se abstuvieron de realizar una nueva intervención en esta región. Sruve considera que la política tebana durante su período hegemónico estuvo en gran parte dirigida a favorecer la autonomía de las distintas regiones griegas bajo regímenes preferentemente democráticos. Lo cierto es que los beocios renunciaron a la imposición de tributos sobre las ciudades foráneas, lo que habla en favor de su afán liberalizador. Entre los pilares sustentadores de la hegemonía tebana estuvieron el diseño de un sistema de alianzas y el establecimiento de unas pocas guarniciones en rutas y centros estratégicos. Los tratados de alianza impulsados por Tebas incluían la prohibición de hacer la paz por separado y la obligatoriedad de aportar contingentes a las expediciones militares beocias, cuanto menos en el caso de que Beocia fuese la atacada. El incumplimiento de los pactos era considerado una traición, y suscitaba una reacción de castigo por parte del ejército beocio. El recurso de los tebanos a las guarniciones no fue muy frecuente ni constante. Estas guarniciones tenían como fin el garantizar la fidelidad de las ciudades aliadas o ayudar a las mismas frente a peligros exteriores. Lo normal es que cada ciudad conflictiva recibiera una guarnición beocia de unos trescientos hombres, es decir, un batallón.


LAS FACCIONES POLÍTICAS TEBANAS

Durante la efímera primacía tebana hubo en la vida interior de Beocia duros enfrentamientos entre distintas facciones políticas. La principal facción tebana se vertebró en torno a los dos grandes generales beocios, Epaminondas y Pelópidas. En el origen de este grupo podemos ver a los trescientos desterrados tras el golpe filolaconio del 382 a.C., así como a Górgidas y a parte del grupo que lideraba Carón. Esta facción impulsó el establecimiento de una constitución democrática en las ciudades beocias y en la Confederación. Se trataba de demócratas moderados, lo que quedaba confirmado por el hecho de que se opusieron a la destrucción de Orcómeno y a la imposición de regímenes democráticos en los estados aliados. Epaminondas y Pelópidas fueron constructores destacados de la conciencia patriótica beocia. Estos generales identificaban la política pacifista con la esclavitud y los tratados desventajosos. Ambos incidían en la necesidad de conseguir una gran victoria militar para obtener luego una paz favorable que habría que defender con la fuerza de las armas. De esta facción democrática formaban parte: Pamenes, que fue el líder tebano más importante tras la muerte de Epaminondas; Ismenias, íntimo amigo de Pelópidas, con el que fue embajador en Tesalia; Teopompo, que participó en la matanza de los polemarcos filolaconios, fue embajador en Atenas en el 378 a.C. y portatrofeos en Leuctra; Melón, prestigioso beotarco; y por fin el antiguo conspirador Carón.

La caballerosidad de Epaminondas y Pelópidas queda reafirmada por el hecho de que ambos se opusieron a la decisión de ejecutar a los exiliados beocios que cayesen prisioneros en la campaña peloponésica del 369 a.C. El constante esfuerzo militar y financiero que implicaba la política de la facción democrática levantó la oposición de algunos sectores de la población beocia. El líder de la oposición era el gran orador Meneclidas, que no había tenido buena fortuna como general. Meneclidas procesó varias veces a los beotarcos tebanos, e incluso logró en una ocasión que Epaminondas no fuese reelegido. Trató en vano de enfrentar a Pelópidas con Carón para mermar la fuerza de la facción democrática. Sus acciones políticas fueron tachadas de inconstitucionales, lo que le supuso el pago de una multa y quizás la pérdida de sus derechos políticos. Despechado, es probable que Meneclidas se mezclase en la conspiración oligárquica orcomenia del 364 a.C. El fracaso de la conjura conllevó el definitivo eclipse de Meneclidas. Éste había defendido una política pacifista y diplomática ajena a las aventuras militares extrabeocias. Entre los simpatizantes de Meneclidas quizás estuvieron Cleómenes e Hipato, beotarcos del 378 a.C., cuya carrera se vio truncada tras el fracaso de su expedición militar a Tesalia.


El hecho de que la política tebana se dejase arrastrar en ciertas circunstancias por el imperialismo y por la represión brutal de las ciudades sublevadas hace pensar en la existencia de una facción democrática radical bastante poderosa. Algunos de los descontentos por el triunfo democrático en Tebas habían elegido el camino del exilio. Se trataba de los antiguos miembros de la facción oligárquica filolaconia de Leontíades. Constituyeron un grupo de unos doscientos soldados que se integraron en el ejército peloponesio, participando en numerosas acciones contra el gobierno legítimo beocio. Estuvieron bajo las órdenes de Polítropo de Corinto, que en el 370 a.C. sufrió un descalabro frente a los mantineos en Orcómeno. Guarnecieron el paso de la Tegeátide para intentar que Epaminondas no pudiese alcanzar el territorio laconio. Combatieron con los espartanos en defensa de Laconia y ocuparon coyunturalmente Febía de Sición. Los que sobrevivieron a estas acciones militares debieron de hallar la muerte en la fallida conspiración oligárquica del 364 a.C. Los exiliados filolaconios habían pretendido reinstaurar el tradicional gobierno oligárquico en todas las ciudades beocias, para acabar con la supremacía de Tebas y disolver la Confederación.


LA BATALLA DE LEUCTRA

La paz del 371 a.C. no fue suscrita por Tebas, de modo que continuó la guerra entre Beocia y Esparta. El rey espartano Cleómbroto recibió la orden de atacar Tebas. Tras ocupar Creusis, el puerto de la ciudad de Tespias, Cleómbroto avanzó hacia Tebas y acampó en la llanura de Leuctra. Allí se presentaron los beocios con unos siete mil hombres, la mitad de las fuerzas con que contaba Cleómbroto. El general tebano Epaminondas colocó la caballería delante de la falange y robusteció enormemente el ala izquierda de su ejército. La vanguardia del ala izquierda estaba compuesta por el “batallón sagrado”, mandado por Pelópidas. Los jinetes beocios derrotaron prontamente a la caballería enemiga, que al retirarse sembró la confusión entre sus propias tropas. El ala izquierda tebana realizó un ataque oblicuo de gran eficacia. La victoria correspondió a los beocios, que causaron la muerte a cerca de mil enemigos, incluyendo al rey Cleómbroto y unos cuatrocientos espartiatas. Arquídamo, el hijo del otro rey espartano Agesilao, firmó una tregua con los beocios para poder recoger los cadáveres, tras lo cual regresó al Peloponeso. La batalla de Leuctra, librada a mediados del 371 a.C., supuso en opinión de Pascual González el fin de una anticuada táctica militar y el fin de la vieja construcción hegemónica espartana. Struve sitúa en este momento el comienzo del período de predominio tebano en Grecia. En cuanto al final de dicho período, podría ser la batalla de Mantinea, del 362 a.C., en que murió Epaminondas de una lanzada. O simbólicamente el año 356 a.C., en que Filipo II accede al trono de Macedonia y nace además su hijo Alejandro Magno. La época de predominio tebano se correspondió con la progresiva decadencia de Esparta, que aun así siguió orgullosamente aferrada a sus proyectos hegemónicos sobre el Peloponeso.


LA PASIVIDAD ATENIENSE FRENTE AL CRECIENTE PODERÍO TEBANO

El golpe que el poder espartano había recibido en la batalla de Leuctra favoreció el estallido de numerosas revueltas sociales en los distintos estados del Peloponeso. Según Isócrates, las disensiones eran tales que los ricos preferían arrojar sus bienes al mar antes que dárselos a los pobres. Fue reconstruida la ciudad de Mantinea, que había sido arrasada por los espartanos. Mantinea pasó a ser la residencia del gobierno común arcadio, al frente del cual se colocó al estratega Licómedes. Una campaña emprendida contra Arcadia por un ejército espartano encabezado por el rey Argesilao no condujo a resultado alguno, y otro destacamento espartano que había irrumpido en Tegea fue aniquilado por Licómedes. Ante el temor de que se produjesen nuevos ataques espartanos, Arcadia solicitó ayuda a Atenas y Tebas. Los arcadios primero se dirigieron a Atenas, donde gobernaba el partido demócrata moderado dirigido por Calístrato. La petición arcadia fue fríamente recibida en Atenas, donde no se querían reanudar las hostilidades con Esparta y donde tampoco se simpatizaba con el movimiento unificador del Peloponeso.

En Atenas suscitaba recelos el creciente poder tebano. La noticia del triunfo tebano en Leuctra no había sido bien acogida por los atenienses. También alarmaba a éstos el rápido fortalecimiento del tesalio Jasón, tirano de Feres, que estaba aliado con los beocios y había logrado movilizar a numerosos mercenarios. Jasón destruyó las fortificaciones de Heraclea para eliminar los obstáculos que impedían su paso hacia el corazón de Grecia. Se rumoreaba que Jasón quería apoderarse de los tesoros del santuario délfico para adquirir influencia sobre los demás estados griegos. Jasón se anexionó también Perrebia, zona del Norte de Tesalia que antes había estado bajo el poder macedonio. A pesar de las convulsiones que estaban agitando Grecia, Atenas se limitó a convocar a fines del 371 a.C. un congreso panhelénico con la intención de consolidar la “paz del rey” y de ese modo garantizar la autonomía de las distintas ciudades griegas. Entretanto los beocios consiguieron por medio de una expedición militar valiosas alianzas en la Grecia Central.


EL FIN DEL LIDERAZGO PELOPONESIO DE ESPARTA

Cuando recibieron la petición de ayuda emitida por los arcadios, los ejércitos beocios se aprestaron a entrar en el Peloponeso. Epaminondas quería impedir la recuperación de Esparta y conseguir mediante alianzas y guarniciones el predominio beocio en medio del avispero peloponesio. El ejército beocio, dirigido por Epaminondas y Pelópidas, llegó a Arcadia a fines del 370 a.C., viéndose engrosado por las tropas de sus aliados arcadios, argivos y eleatas, los cuales esperaban asestar un golpe definitivo sobre Esparta. Epaminondas prolongó cuatro meses más de lo debido su condición de beotarco con la intención de realizar simplemente algunos actos intimidatorios frente a los espartanos. Las ingentes tropas antiespartanas forzaron en cuatro columnas los desfiladeros de las montañas de Parión y de Escirítida, irrumpiendo así en Laconia. Arrasaron toda la margen izquierda del río Eurotas, quemando cuantos poblados encontraron sin amurallar, y se apoderaron, tras un asalto de tres días, de Giteo, el único arsenal naval conocido de los lacedemonios.

La ciudad de Esparta se encontraba en una situación desesperada. Gran parte de los ilotas se amotinaron, uniéndose masivamente a los enemigos. Los periecos, base del ejército espartano, se negaron a alistarse. Los espartanos estaban forzados a mantener guarniciones militares en todas sus posesiones, de modo que en la propia Esparta constituían un destacamento insignificante. Se tomó la decisión extrema de armar a los ilotas que aún eran fieles al estado bajo la promesa jurada de su posterior liberación. La situación espartana se hizo un poco menos dramática con la recepción de refuerzos enviados por Corinto y Fliunte. Nunca los espartanos habían tenido a sus enemigos tan cerca de su propia ciudad. Pero los generales tebanos no quisieron aniquilar definitivamente al estado espartano, sino que para ellos era prioritario el crear un nuevo equilibrio en el Peloponeso. Refrenando el ímpetu de los aliados, la caballería tebana realizó algunas incursiones en los alrededores de Esparta, y entretanto el grueso del ejército beocio se replegó hacia Mesenia.


LA FUNDACIÓN DE MEGALÓPOLIS Y LA FORMACIÓN DE LA LIGA ARCADIA

Por consejo de Epaminondas, los arcadios construyeron en el centro del Peloponeso una gran ciudad, destinada a albergar funciones administrativas capitalinas y a erigirse como un poderoso bastión que frenase las ambiciones espartanas. La nueva ciudad recibió el nombre de Megalópolis, se dotó de grandes murallas y vinieron a habitarla gentes de 39 aldeas, algunas de ellas movidas por patriotismo y por su odio hacia los espartanos, y otras en cambio obligadas. La ciudad, que todavía existe, ocupaba una superficie de 370 hectáreas y contaba con grandes construcciones. Uno de estos edificios, llamado Tersilión en honor de su arquitecto, tenía una sala asamblearia que podía albergar a 10.000 personas. Más tarde se construirá en Megalópolis uno de los teatros más grandes de Grecia, con capacidad para unos 21.000 espectadores. Intramuros había también cultivos y pastos, combinándose por tanto lo urbano y lo rural en este sueño capitalino de “Arcadia feliz”. Epaminondas quiso convertir Arcadia en el nuevo eje vertebrador del Peloponeso. La recién estrenada Liga Arcadia asumió una constitución que respetaba teóricamente la autonomía de las distintas poblaciones, incluso en lo relativo a la acuñación de pequeñas monedas de cambio. Las cuestiones comunes y generales se sometían a la resolución del consejo aliado y de la asamblea general, compuesta por 10.000 ciudadanos que disponían de bienes suficientes para la adquisición de armas. Un estratego y 50 demiurgos ostentaban el poder ejecutivo. Estos magistrados se elegían de forma proporcional al número de habitantes de las ciudades. A los indigentes se les ofreció la posibilidad de servir como mercenarios. Esta constitución, basada en un censo agrario muy bajo, respondía a los deseos de la mayoría de la población, y se mantuvo incólume y en vigencia durante largo tiempo.


LA LIBERACIÓN DE MESENIA

El Ejército beocio liberó Mesenia de la opresión espartana. Se implantó en Mesenia un régimen democrático que procedió a una redistribución general de la tierra. Se llamó a los exiliados y a los ilotas sublevados en Laconia, prometiéndoles quizás un terruño. Con la liberación de la fértil Mesenia se pretendía imposibilitar para siempre la recuperación del poderío espartano. Con el beneplácito beocio, se fundó en el 369 a.C. la ciudad de Mesene. La ciudad se erigió en las laderas del monte Itome, célebre por las anteriores sublevaciones de los ilotas mesenios. Sus ruinas fueron posteriormente ensalzadas por Pausanias. En la construcción de la ciudad, delimitada por fuertes murallas, participaron los arcadios, quienes en recuerdo de ello erigieron unas estatuas en Delfos. En el Peloponeso, los dirigentes beocios no trataron de poner bajo su dependencia a las ciudades liberadas, ni aprovecharlas en beneficio de intereses propios, ni imponerles su voluntad y dominio mediante la violencia. El pesado talón de la hegemonía espartana había ralentizado el desarrollo de todo el Peloponeso. La política tebana favoreció en Grecia ciertas tendencias federativas bajo condiciones de igualdad de derechos.


LOS DOS FRENTES

Al regresar a Tebas tras su campaña en el Peloponeso, Epaminondas fue procesado por retener más tiempo del debido la beotarquía, si bien fue finalmente absuelto. En el mismo año 369 a.C., dirigió una expedición contra los pocos aliados que Esparta conservaba en el istmo de Corinto y la península de Acté. Epaminondas atrajo al lado tebano a Sición y Pelene, y saqueó el territorio de Epidauro y Trecén. Poco después sufrió dos derrotas: Una ante las puertas de Corinto y la otra contra los celtas e íberos enviados por Dionisio de Siracusa en ayuda de los lacedemonios. Cuando volvió a Tebas, Epaminondas fue nuevamente procesado y, aunque resultó absuelto, no fue elegido beotarco en el 368 a.C. Entretanto, se llegó a una alianza formal entre Esparta y Atenas, cuyos ejércitos coaligados empezaron a fortificar asiduamente el istmo de Corinto para hacer frente a las previsibles invasiones beocias del Peloponeso. En el 370 a.C. se había iniciado en Tesalia una sangrienta disensión: Jasón de Feres cayó víctima de una conjura y sus herederos entablaron entre sí una dura lucha. Asumió el poder el sobrino de Jasón, Alejandro, convirtiéndose en un feroz tirano. La nobleza tesalia solicitó la ayuda del rey macedonio Alejandro II, cuyos ejércitos ocuparon gran parte del territorio tesalio. El general beocio Pelópidas marchó hacia el Norte de Grecia con unos siete mil hombres. Se presentó como el libertador de la tiranía de Alejandro de Feres y como el árbitro capaz de acabar con los conflictos de la región. Finalmente, Pelópidas se limitó a organizar la Confederción tesalia y a pactar con Alejandro de Feres.

En Macedonia había surgido un enfrentamiento entre el rey Alejandro II y el magnate Ptolomeo de Aloro. Pascual González considera que Pelópidas favoreció la causa de Alejandro II, con quien supuestamente habría firmado un tratado de alianza. En cambio Struve señala que, tras ocupar Larissa, Pelópidas entabló relaciones amistosas con Ptolomeo. A su regreso, Pelópidas introdujo guarniciones beocias en Equino y Nicea. En el 368 a.C., Pelópidas e Ismenias encabezaron una embajada tebana para pedir explicaciones sobre la intervención ateniense en Macedonia, el asesinato de Alejandro II y la actividad de Alejandro de Feres. Los embajadores tebanos sellaron una alianza con Ptolomeo, que se había convertido en regente de Macedonia, pero a su vuelta fueron apresados por Alejandro de Feres. Indignados, los beocios enviaron una expedición militar con la intención de liberarlos, pero los beotarcos que la dirigían, Cleómenes e Hipato, fracasaron en su empeño. Sólo la pericia de Epaminondas, que iba en el ejército como simple soldado, salvó a los beocios de un serio descalabro. Ya en el 367 a.C., en una corta campaña, Epaminondas liberó a los embajadores capturados, desalojó a los macedonios de Tesalia, limitó el territorio dependiente de Alejandro de Feres, y confirmó la amistad de la Liga en que se agrupaban las ciudades de la Tesalia meridional. En definitiva, los beocios estaban desmantelando el poder de Esparta en el Sur y la influencia de Atenas en el Norte.


LA INTROMISIÓN DIPLOMÁTICA PERSA

En el 368 a.C., llegó a Grecia Filisco de Abido, emisario persa, con el objeto de reconciliar a los griegos. Los estados griegos enviaron delegados a Delfos para negociar una paz general. Ésta sólo sería posible si se disolvía la Confederación beocia y si se reconocía que Mesenia debía pertenecer a Esparta. Quizás los espartanos se hubieran mostrado dispuestos a aceptar la existencia de la Confederación beocia a cambio de la restitución de Mesenia. Pero los beocios se mostraron intransigentes, haciendo fracasar las negociaciones. Tras el fracaso del congreso délfico, el cual había sido impulsado por Ariobarzanes, sátrapa del Ásia Menor, el emisario Filisco reclutó dos mil mercenarios para que combatiesen a favor de los lacedemonios. Es posible que Filisco, a través de su secuaz Diomedonte, quisiese sobornar a los principales generales beocios, lo que no consiguió. En el 367 a.C., Esparta intentó conseguir nuevamente la mediación persa. Se congregaron en Susa, en la misma corte del rey persa, los embajadores de todos los estados griegos. El embajador tebano Pelópidas fue quien logró imponer sus posiciones, llegando a firmar un tratado de amistad y alianza con Persia. Según este acuerdo, Mesenia debía ser independiente, Atenas debía varar sus barcos, las fronteras de los estados peloponesios fueron reguladas, las ciudades griegas seguirían siendo autónomas, y los persas conservarían su dominio sobre las ciudades griegas minorasiáticas.

Antálcidas, autor del tratado del 386 a.C., que era también ahora uno de los delegados espartanos, no se animó a regresar a su patria y se suicidó. El delegado ateniense Timágoras fue enjuiciado y ejecutado. Los beocios no lograron hacer cumplir en la práctica las resoluciones del tratado, a pesar de que reunían a los delegados griegos en Tebas y enviaban sus embajadores a diversas ciudades, provocando un descontento generalizado. Licómedes, estratega de la Liga Arcadia, se mostró decepcionado por el hecho de que la ciudad de Trifilia hubiese sido adjudicada a la Élide. El delegado arcadio Antíoco, a su regreso de Susa, se mofó de las pretensiones de Persia de dictar su voluntad a Grecia. Struve apunta que Arcadia fue retirando su apoyo a Beocia en favor de Atenas, que también se sentía ofendida por el reciente tratado. Arcadia aceptó cesar sus incursiones en el territorio de Esparta a condición de que Atenas garantizase el cese de las operaciones bélicas por su parte. Se produjo por tanto una momentánea tregua en el Peloponeso, y Corinto firmó en el 365 a.C. una paz con los tebanos.


LA ENEMISTAD ENTRE BEOCIA Y ATENAS

La Segunda Liga ateniense, que se había formado para hacer respetar a Esparta la libertad de los griegos, tuvo tras la batalla de Leuctra un nuevo enemigo: la poderosa Tebas. La Liga ateniense procuró frenar el expansionismo tebano, a la vez que buscaba reforzar su control en las costas de Macedonia, Tracia y el Quersoneso. La destrucción de Platea en el 373 a.C. ya había enfriado notablemente las relaciones entre Beocia y Atenas. Los beocios se negaron a firmar la paz del 371 a.C., lo que supuso la salida de Tebas de la Segunda Liga ateniense. En el 370 a.C., los beocios establecieron alianzas con Acarnaia y Eubea, lo que significaba su deserción de la Liga. Atenas comenzó a enviar contingentes militares al Peloponeso para ayudar a Esparta contra las expediciones beocias. Los atenienses pugnaron para que fuesen reconocidos sus derechos sobre Anfípolis, y para ello no dudaron en entrometerse en los asuntos de Macedonia hasta conseguir una alianza con el rey Alejandro II. Pero la intervención beocia hizo que Atenas perdiese su influencia sobre Macedonia y con ella los materiales para la construcción naval. Desde el 368 a.C. el general ateniense Ifícrates operó en las costas tracias, pero sus ataques contra Anfípolis resultaron infructuosos.

Cuando los beocios lograron apoderarse en el 366 a.C. de la ciudad fronteriza de Oropo, en Atenas cayó en desgracia el moderado Calístrato, y se volvió a elegir estratego al belicoso Timoteo. Éste sitió Samos, que fue tomada tras diez meses de resistencia, y los atenienses enviaron allí como clerucos a dos mil indigentes. La flota ateniense recobró su prestigio en el Egeo, y el rey persa reconoció los derechos de Atenas sobre Anfípolis. Timoteo cooperó con el sátrapa rebelde Ariobarzanes, y obtuvo para Atenas dos nuevos enclaves estratégicos: Sesto y Critote. Para Struve, está claro que Atenas volvía a hacer gala de sus viejas tendencias imperialistas. Valorando el giro político que Atenas había dado con respecto a sus aliados, Tebas se dispuso a actuar. Epaminondas decidió atacar a Atenas en el mar. Construyó una flota de cien trirremes y con ellas, en el 364 a.C., logró la defección de Bizancio, y quizás también la de Rodas y Quíos. Este éxito naval beocio fue momentáneo, pues los beocios sólo querían enfriar las tendencias expansionistas que en el mar mostraban los atenienses. Mientras que Pascual González alude al fracaso de la política naval beocia, Struve prefiere hablar de un repliegue voluntario de los barcos beocios hacia el puerto de Larimna.

La división de la Liga arcadia mejoró las posiciones de Atenas y Esparta en el Peloponeso. Se sucedieron los triunfos navales de Timoteo, pues los beocios renunciaron a efectuar con sus barcos nuevas expediciones militares. El tesalio Alejandro de Feres, aliado de los beocios, se aficionó a la piratería, que practicó en las costas egeas y adriáticas según le placía, llegando a derrotar navalmente a Atenas en el 362 a.C. La paz suscrita tras la batalla de Mantinea permitió a los atenienses centrarse en el frente septentrional, donde se aliaron a la Liga tesalia en contra de Alejandro de Feres. En el 357 a.C., Atenas logró que se reincorporase a su Liga la isla de Eubea, que tuvo que ser abandonada por los destacamentos beocios. Por entonces los atenienses lograron también que los odrisios reconociesen sus pretensiones sobre el Quersoneso. Según Pascual González, Atenas sólo pudo contener el predominio beocio a través de un agotamiento de sus propios recursos, de modo que la guerra social posterior implicó necesariamente la desaparición de la Segunda Liga ateniense. Atenas juzgó a sus propios personajes públicos, enemistándose a la vez con Persia.


LA REVUELTA DE ACAYA Y LA REORGANIZACIÓN DE TESALIA

En su tercera expedición al Peloponeso, realizada en el 366 a.C., Epaminondas pretendió obtener la alianza de Acaya para reforzar la posición de Sición y sembrar la inquietud en la retaguardia de los descontentos arcadios. Los harmostas tebanos enviados a Acaya intentaron implantar la democracia y expulsaron a los oligarcas, pero cuando el ejército beocio ya estaba lejos, los oligarcas regresaron y recuperaron el control político de sus ciudades, perdiéndose así los frutos de la expedición tebana. En el Norte de Grecia los beocios consideraron que era preciso represaliar a Alejandro de Feres por su incesante belicismo. El ejército beocio, dirigido por Pelópidas, venció a Alejandro de Feres en Cinoscéfalos, pero el general tebano resultó muerto. Corría el año 364 a.C. Los beotarcos Malecidas y Diogitón vengaron la muerte de su compatriota con una nueva victoria, y obligaron a Alejandro de Feres a firmar un humillante tratado que redujo enormemente sus posesiones territoriales.


LA GUERRA DE LA ÉLIDE Y LA DIVISIÓN DE ARCADIA

Las disensiones fronterizas entre Arcadia y la Élide degeneraron hacia el 365 a.C. en una encarnizada guerra. Lo que se dirimía era la posesión de Olimpia y de sus riquísimos templos. El triunfo correspondió a los arcadios, que con el tesoro de Olimpia pudieron pagar a sus mercenarios, los eparitas. Se recrudeció la lucha entre las agrupaciones democráticas y oligárquicas del Peloponeso. Estalló en Arcadia una guerra civil. Los mantineos y otras regiones de tendencias conservadoras se indignaron por el sacrílego saqueo de los santuarios y por el uso populista dado a tales recursos financieros. Estos argumentos son considerados por Struve como una simple excusa esgrimida por los oligarcas para intentar terminar con el régimen democrático megalopolitano. Struve critica igualmente la subjetividad manifestada por Jenofonte, que llama a los oligarcas “los hombres que desean el bien para el Peloponeso”. El bando democrático de Arcadia, constituido principalmente por Megalópolis, Tegea, Asine y Palantia, solicitó la ayuda militar de Beocia, mientras que los mantineos obtuvieron el apoyo de la Élide, Acaya, Atenas y Esparta. Andaban por entonces los beocios detrás de la preponderancia en la rica anfictionía de Delfos, lo que les había indispuesto con los focidios.


LA BATALLA DE MANTINEA

Viendo peligrar el equilibrio en el Peloponeso, Epaminondas se dirigió hasta allí en el 362 a.C. con un ejército de treinta mil infantes y tres mil jinetes. Los recursos enemigos ascendían a veinte mil hoplitas y dos mil jinetes. Epaminondas intentó sin éxito tomar la propia Esparta, si bien Struve opina que dicha operación sólo era una maniobra de distracción. En su marcha hacia Tegea, el ejército beocio se topó con el grueso del ejército rival en la llanura de Mantinea. Se trabó una batalla en la que la victoria parece que correspondió a los beocios, que según las fuentes clásicas no supieron aprovecharla, debido en gran medida a que en ella se produjo la muerte de Epaminondas. Pascual González piensa que si el general tebano no hubiera caído entonces, Beocia habría visto fortalecida su hegemonía sobre el conjunto de Grecia. Pero los tebanos obraron con prudencia, y se avinieron al establecimiento de una paz general que sólo Esparta, desposeída de Mesenia, dejó sin firmar. Beocia no estaba dispuesta a sacrificar más recursos humanos por conseguir un influjo preeminente sobre el Peloponeso. La división de Arcadia y del conjunto del Peloponeso en dos bloques antagónicos y equilibrados se hizo realidad jurídica. La unificación de Grecia sobre los principios de la libertad y autonomía de sus regiones siguió siendo un problema no resuelto, a pesar de los esfuerzos realizados por los beocios durante su efímera hegemonía. El protocolo del discurso narrativo suele ser roto por los historiadores al hacer elogiosa referencia a Epaminondas, en cuya estatua tebana, según Pausanias, fue colocada una inscripción alusiva a sus gloriosas acciones militares.


PROGRESIVO DECLIVE DE LA HEGEMONÍA TEBANA

Conviene que nos desprendamos de la visión simplista de considerar la hegemonía tebana como la obra personal de sus grandes generales. Aunque fueron muchos los méritos de los estadistas tebanos, la hegemonía se debió también a las favorables circunstancias internas e internacionales. El carácter filoespartano de Jenofonte hizo que éste no ahondase demasiado en las virtudes militares de Epaminondas, si bien es cierto que no dejó de aludir a las mismas. Un año después de la paz suscitada por la batalla de Mantinea, algunos arcadios de Megalópolis quisieron abandonar esta ciudad para regresar a sus lugares de origen. La posible diáspora megalopolitana fue frenada por un ejército beocio dirigido por Pamenes. En el territorio arcadio se operó una clara división: El Norte, cuyo principal bastión era la ciudad de Mantinea, se hizo proateniense, mientras que el Sur, nucleado en torno a Megalópolis, siguió manteniendo su alianza con los tebanos. La disolución progresiva de la hegemonía tebana culminó con el estallido de la Tercera Guerra Sagrada, en el 356 a.C. Antes de esta fecha, los beocios habían podido mantener en Tesalia su alianza con Alejandro de Feres, conservando a la vez su influencia sobre la Grecia Central y el Peloponeso. Pero los recursos demográficos y financieros de Beocia no eran suficientes para conservar una hegemonía que obligaba a realizar un incesante despliegue de fuerzas militares. La disminución progresiva del poder tebano se debió también a que Atenas pudo consolidar su influencia entre algunos sectores políticos tesalios y arcadios.


BIBLIOGRAFÍA:

- Pascual González, José; “Grecia en el Siglo IV a.C.: Del imperialismo espartano a la muerte de Filipo de Macedonia”; Síntesis; Madrid; 1997.
- Struve, V. V.; “Historia de la Antigua Grecia”; Akal; Madrid; 1974.

miércoles, 1 de abril de 1998

LOS SUEVOS


En estas líneas intentaré acercarme a la huidiza realidad histórica suévica. El nombre de los suevos sirvió inicialmente para designar a una rama de los herminones. A su vez los suevos constituían un conjunto de pueblos germánicos que ocupaban la cuenca del río Elba, y entre los que conocemos a los semnones, hermunduros, marcomanos, cuados y alamanes. En los siglos previos al cambio de era, algunos grupos suévicos se desplazaron hacia el curso medio del Rhin, estableciéndose en torno a dos de sus afluentes, el Main y el Neckar. La presencia de los marcomanos en el Main es ya un hecho en el tránsito del siglo II al I a.C. Y en cuanto al Neckar, parece corresponderse con el “Suebi Nicretes” mencionado por algunos autores antiguos. Ariovisto, al frente de un contingente suevo, derrotó a los eduos y planeó conquistar la Galia oriental. Pero sus proyectos se vieron truncados por César, que le venció en Alsacia en el 58 a.C. Fue César el que citó por vez primera a los suevos. Tácito, por error, aplicó el nombre de los suevos a una gran parte de los pueblos germánicos orientales, e incluso llamó al Báltico “Suebicum Mare”.

Durante el principado de Augusto, los romanos efectuaron operaciones militares destacadas en Germania, pues querían llevar sus fronteras hasta el Elba. En estas campañas Druso obtuvo grandes éxitos, mientras que entre los derrotados estuvieron los grupos suévicos de los cuados y los marcomanos. Tiberio y Domicio Ahenobarbo consiguieron nuevas victorias en Germania. Este último erigió en el Elba un altar en honor de Augusto con el que quería expresar la lealtad de los pueblos germánicos sometidos. Pero las revueltas internas surgidas en Pannonia impidieron a los romanos hacer efectivo su control sobre Germania. Los marcomanos y los cuados, que habían tenido que emigrar, se establecieron respectivamente en Bohemia y Moravia. Maraboduo, rey de los marcomanos, logró crear un poderoso estado suévico en Bohemia, desde donde ejerció una gran influencia antirromanista sobre otros pueblos del Elba.

Entre el 166 y el 180 se desarrollaron las llamadas guerras marcomanas, con las que Marco Aurelio consiguió frenar las incursiones suévicas por los territorios imperiales. En esta época empezamos a encontrar colonos y dediticios de estirpe sueva en algunas provincias romanas. Los distintos pueblos suévicos mantuvieron actitudes políticas diferentes frente a Roma, y ya en el período de las invasiones se hizo más acusada su dispersión geográfica. Dejaron su nombre a la región de Suabia, en la Alemania suroccidental, donde se encuentran las fuentes del Danubio.

En el siglo IV, los cuados y los marcomanos recibieron una fuerte influencia cultural por parte de los vándalos, con quienes efectuaron algunas correrías por Pannonia. Experimentaron una profunda aristocratización, según revela la proliferación de tumbas principescas. Los grupos suévicos de los semnones y los hermunduros crearon una confederación. Los semnones habitaban Brandenburgo, mientras que los hermunduros se establecieron en Turingia. Los alamanes eran un grupo étnico de formación tardía al que se sumaron algunas gentes no suévicas. Bandas alamánicas ya habían saqueado diversas ciudades hispanas a mediados del siglo III, provocando en algunos casos el inicio de su decadencia. Partiendo del Valle del Main, los alamanes ocuparon en el siglo V Alsacia, Lorena y otras regiones próximas.

A principios del siglo V, debido en parte a la presión ejercida por hunnos y godos, diversos pueblos germánicos y orientales penetraron en el Imperio Romano. Para facilitar la incursión, se unieron en la expedición suevos, vándalos y alanos. Los suevos que se integraban en este grupo eran principalmente cuados y marcomanos, así como algunos alamanes. Recuperaron el prestigioso nombre suevo como elemento unificador. La expedición bárbara atravesó el Rhin a fines del 406. Ya en territorio galo, los contingentes bárbaros, temporalmente separados, se dedicaron a la depredación y al saqueo. Los suevos optaron por dirigirse hacia Bélgica. Sufrieron un serio revés militar frente a los romanos en Cambrai. Continuaron hacia Bretaña, y poco después volvieron a juntarse a los vándalos y a los caucásicos alanos para acometer otra gran empresa: Penetrar en Hispania.

Los bárbaros cruzaron los pasos pirenaicos occidentales en el 409, momento en que el poder romano avanzaba hacia su progresiva disolución. Los suevos llegados hasta Hispania serían unos 30.000, de los cuales sólo un tercio eran combatientes. Su líder era Hermerico, posesor de un estatuto real basado en gran medida en su propia capacidad militar. Durante varios años, suevos, vándalos y alanos sumieron en una situación apocalíptica a buena parte de Hispania. La furia de los suevos pudo estar alimentada por su deseo de vengarse de los romanos, que tantas veces les habían vencido. En el 411 los distintos grupos bárbaros se repartieron por sorteo las provincias peninsulares. Sólo la Tarraconense siguió bajo la autoridad romana, dificultando así el acceso de los bárbaros al Mediterráneo. A los suevos les correspondió la Gallaecia, que al principio tuvieron que compartir con los vándalos asdingos. El núcleo en el que se concentró la mayor parte de la población sueva fue la mitad costera del convento jurídico bracarense, si bien hubo elementos poblacionales menores en Lugo y Astorga, protegidos por pequeñas guarniciones. Los suevos dieron muestras de un mayor sedentarismo. Convirtieron Braga en su capital. Disminuyeron su acción vandálica en la Gallaecia, reemplazándola parcialmente por el establecimiento de impuestos. La realeza militar sueva intentó afianzar su poder, lo que conllevó serios choques con las aristocracias galaicorromanas.

Constancio, valedor de los intereses del emperador Honorio, se sirvió de los visigodos para intentar restablecer el poder romano sobre Hispania. Los ejércitos visigodos, dirigidos por su rey Valia, emprendieron en el 416 ágiles campañas bélicas que se saldaron con la derrota de los vándalos silingos y alanos. Después de estas victorias, los visigodos se establecieron por mandato imperial en Aquitania. Los restos de las fuerzas silingas y alanas derrotadas se fundieron con los vándalos asdingos. Éstos, por veleidades hegemónicas, atacaron a los suevos, que lograron defenderse eficazmente en los enigmáticos Montes Nerbasios. El que los suevos no fuesen por entonces aniquilados se debió en parte a las intimidaciones que los romanos lanzaron sobre los vándalos. Tras saquear durante una década las regiones más ricas del sur peninsular, los vándalos pasaron al norte de África en el 429, si bien antes tuvieron que reprimir una razzia suévica que no sabemos si pretendía poner en dificultades la operación de embarque. Los suevos eran ya los únicos bárbaros que aún permanecían en la península ibérica.

Los advenedizos suevos mantuvieron tensas relaciones con las autoridades municipales y eclesiásticas de la Gallaecia. La existencia de consecutivas paces interétnicas rotas es la mejor prueba de la intensa conflictividad social. Parece que jóvenes galaicos de condición humilde se integraron en el ejército suevo. Tres años antes de morir, Hermerico cedió la autoridad real a su hijo Rekhila, lo que quizás confirma la idea de que la monarquía sueva se basaba en la plenitud para ejercer el liderazgo militar. Rekhila inició en el 438 campañas depredatorias extragalaicas. Tras vencer a un ejército prorromano en el Genil, tomó Mérida, Mértola y Sevilla. Esta vez los suevos no se conformaban con la obtención de botín, sino que perseguían además el reconocimiento de su autoridad por parte de las poblaciones locales. La última tentativa imperial de restaurar su dominio sobre las provincias meridionales hispanas fue la fracasada expedición de Vito, que más que liberar a los hispanorromanos supuso para éstos una onerosa carga fiscal adicional.

El mantenimiento de la ruta marítima que unía la Gallaecia con el Mediterráneo está constatado gracias a las actividades piráticas de los vándalos, que hacia el 445 se presentaron con algunas naves ante las costas pontevedresas. En el 448 subió al trono suévico Rekhiario, que buscó cierto reconocimiento exterior e interior a través de su casamiento con una princesa visigoda y a través de su conversión al cristianismo. El nuevo monarca devastó algunas regiones de la Tarraconense, donde ardía la revuelta bagáudica. El rey visigodo Teodorico II, adalid del romanismo, quiso frenar para siempre el expansionismo suevo. Penetró en Hispania al frente de un gran ejército, y con el mismo venció a los suevos en la batalla del Órbigo, librada en el 456 cerca de Astorga. Los visigodos se pasearon luego por el reino galaico de los suevos, y dieron muerte a Rekhiario. Cuando los godos regresaron a las Galias, hubo un período de seis años en que el pueblo suevo se dividió en facciones con reyes distintos, prueba de que la etnogénesis no había sido perfecta. Estas facciones se repartieron los ámbitos de saqueo, entre los que estuvieron Lisboa, Coimbra y diversas comarcas gallegas.

Los tres historiadores principales que se preocuparon por las andanzas suévicas en Hispania fueron Orosio, Hidacio y Juan de Bíclaro. Entre los dos primeros y el último hay un vacío informativo de casi una centuria (468 - 567). El alumbramiento arqueológico de este largo período y de los restantes sería de gran utilidad para comprender ciertos procesos de ruralización, fusión social y evolución de la conciencia religiosa. Sabemos que hacia el 465, Ajax, obispo procedente de las Galias, convirtió a los suevos al arrianismo, fe que también abrazó su monarca Remismundo. Los galaicorromanos de las ciudades eran preferentemente católicos, pero en los ámbitos rurales tenían gran fuerza el ascético priscilianismo y las mágicas supersticiones de corte céltico. La distinción religiosa no debió ser un factor decisivo que impidiese el enamoramiento y la fusión racial de suevos y galaicos, ¿con las reticencias o con el apoyo de las aristocracias respectivas? Antes de su eclipse, las fuentes escritas recogen el nombre de un pueblo que se enfrentó valientemente a los suevos: los aunonenses, pertenecientes a algún lugar desconocido de la diócesis de Tuy.

Desde el reinado de Eurico y de forma progresiva, los visigodos se asentaron en la península ibérica. Se constituyó probablemente un “limes” de tipo tardorromano entre las posesiones suevas y godas. Esta frontera sería vigilada desde ciudades amuralladas bien conectadas entre sí. Las principales ciudades limitáneas suevas eran Astorga por el este y Coimbra e Indanha por el sur. El valle del Tajo actuaba en algunos tramos como frontera natural, si bien Lisboa, Santarem y su territorio septentrional hasta el cabo Carvoeiro eran visigóticos. Existían contactos más o menos regulares entre la Gallaecia sueva y la Galia merovingia, como prueba el establecimiento de una colonia de bretones cerca de Mondoñedo.

A mediados del siglo VI, los bizantinos se hicieron con el control militar de una amplia franja costera en el sureste peninsular. Por entonces llegó a la Gallaecia el eclesiástico pannonio Martín, que logró que la monarquía sueva asumiese la fe católica, reforzando así su amistad con el reino franco y el imperio bizantino. Martín promovió los concilios bracarenses del 561 y 572, que revistieron de una mayor carga religiosa la dignidad real y dividieron el reino suevo en trece sedes episcopales, agrupadas en torno a Braga y Lugo. El monasterio de Dumio, fundado por Martín, se convirtió en un importante foco de difusión de la cultura católica.

El rey suevo Mirón se atrevió en el 572 a rebasar sus límites territoriales para agredir a los rucones, que es probable que se emplazasen entre Asturias y Cantabria. El reino suevo se sentía renovado, pero esta actitud procedía sólo de una ficción sin sólidas bases reales. Pronto el rey visigodo Leovigildo se anexionó la Sabaria y el territorio de los auregenses, que en teoría habían estado bajo la autoridad sueva, pero que en la práctica eran casi independientes. Mirón quizás aceptó una especie de vasallaje de tipo germánico con respecto a Leovigildo. Más tarde rompió este vínculo al intentar prestar apoyo al rebelde gótico Hermenegildo. Su fracaso sumió a los suevos en una difícil situación interna. En el 585 el reino suevo dejó de existir, pasando a formar parte de las posesiones visigodas. Su último rey, Audeca, fue encerrado por Leovigildo en un monasterio. Malarico pugnó en vano por restaurar la independencia sueva.

Hablar de la pervivencia suévica en el noroeste peninsular podrá parecer una excentricidad, pero hay elementos hipotéticos demasiado sugerentes como para no hacerlo. El primero de ellos nos lleva al asunto del nacimiento de Portugal, que curiosamente se fraguó en la región en la que el poblamiento suevo había sido más intenso. El independentismo portugués incorporó elementos claramente arraigados en el período tardorromano, como el orgullo episcopal bracarense, la osadía militar y la conciencia étnicocultural distintiva. Otro debate polémico podría darse en torno a la originalidad de Galicia, que sigue todavía siendo una de las autonomías menos castellanizadas. El nacionalismo galaico ha acudido tradicionalmente como rasgo de afirmación a la impronta céltica prerromana. Pero quizás lo céltico en Galicia fue más un influjo cultural que una realidad poblacional palpable de origen foráneo. Los ideólogos gallegos no han incidido apenas sobre la filiación suévica de su tierra. Ello ha podido deberse al escaso valor numérico de los suevos y al carácter opresivo de su dominación. Pero ya no hay motivo para despreciar la fusionada herencia suévica, presente cuanto menos en el color de los ojos.

Bibliografía :

- García Moreno, Luis A. ; “Historia de España Visigoda” ; Cátedra ; Madrid ; 1989.

- Isla Frez, Amancio ; “La sociedad gallega en la Alta Edad Media” ; CSIC ; Madrid ; 1992.

- Musset, Lucien ; “Las invasiones. Las oleadas germánicas” ; Labor ; Barcelona ; 1967.

-Orlandis, José ; “Historia del Reino Visigodo Español” ; Rialp ; Madrid ; 1988.

- Pallarés, Portela y Otros ; “Historia de Galicia” ; Alhambra ; Madrid ; 1981.

domingo, 1 de marzo de 1998

AMOR SÁFICO


“Te conducían lindos tus veloces gorriones sobre la tierra oscura” (Safo a Afrodita)

Los interesados por la figura de Safo han dicho cosas tan dispares acerca de ella que han contribuido a envolverla en una niebla de dudas. La cuestión sáfica generó toda clase de aventuradas interpretaciones ya desde la Antigüedad. Dionisio de Halicarnaso (60-7 a.C.), al aludir a los más altos modelos de estilo literario, señaló a Safo como la principal exponente de la poesía lírica. Gracias a una transcripción de este autor nos llegó el “Himno a Afrodita”, el poema más conocido de Safo, y tal vez el único que se conserva completo. Este poema ilustra las preocupaciones de la poetisa, centradas en el amor, la tristeza, la nostalgia, el abandono, los celos, el deseo, la ternura, el pietismo… Safo supuso una innovación en el ambiente cultural de su época, pues introdujo la palpitación poética femenina, así como el amor personal como principal asunto poético. La poesía de Safo ha dado lugar a numerosos equívocos por su carácter intencionadamente ambiguo, en parte religioso y comunitario, y en parte exquisitamente íntimo. En sus composiciones se unen de maneras no fáciles de entender lo espiritual y lo concreto, lo humano y lo natural, el presente y el mito, lo comparado y la comparación. El lenguaje desplegado por Safo en sus versos se caracteriza por la sonora sencillez. Su tono poético suscitó gran admiración en el seno de la cultura grecorromana. Aristóteles (384-322 a.C.), filósofo marcadamente misógino, apuntó que en Mitilene se honraba a Safo a pesar de ser mujer. Esta última circunstancia provocó prejuicios en muchos de los autores que se acercaron al estudio de la poetisa. Adquirió por ejemplo fama de lasciva por el contenido de las palabras con las que expresaba abiertamente su feminidad. Los autores teatrales atenienses de la “Comedia Media” (400-323 a.C.) relacionaron sentimentalmente a Safo con el marino Faón. Con este último se creó la falsa pero exitosa historia del suicidio de Safo en el promontorio de Léucade, relato que inspiró a distintos pintores románticos del siglo XIX. Ovidio (43 a.C.-17) recogió persuasivamente en su “Herodia XV” grotescas historias sobre la inmoralidad de la poetisa, cuya imagen llegó así deformada a la literatura occidental posterior. Fue Ovidio el que exclamó: “Mira a Safo, ¿qué más lascivo que ello?”. Los alejandrinos del siglo I a.C. también se afanaron por pintar a Safo con tonos oscuros, proyección quizás de su propio pensamiento. Séneca (4 a.C.-65) alude a que un gramático llamado Dídimo (63 a.C.-10) invertía su tiempo en investigar la “profunda” cuestión de si Safo fue prostituta. Tiene sin duda una fuerte base misógina el cuestionar como hetera a una mujer por la concepción libre del amor como tema central de sus versos, trasluciendo ello en realidad sorpresa por la calidad artística de los mismos.

Conocemos algunas de las tiernas reacciones que la poesía de Safo generó en personajes de gran envergadura histórica. Algunas de esas reacciones están con seguridad fantaseadas, pues nos han llegado versiones diferentes de las mismas. Estobeo, recopilador altomedieval de escritos clásicos, indica que Solón (638-558 a.C.), el gran legislador ateniense, escuchó una tarde una canción de Safo en labios de su nieto. Quedó tan complacido con la misma que pidió al muchacho que se la enseñara, pues quería aprenderla antes de morir. Otra versión de este suceso reflexiona acerca de que Solón se sentía especialmente emocionado por la nostalgia de la poesía lírica porque era un tipo de versificación que a él no se le daba bien realizar. Cuando su sobrino Esecéstides le leyó un poema de Safo dijo exageradamente: “¡Ahora puedo incluso morir!”. En un epigrama atribuido a Platón (427-347 a.C.) podemos leer: “Dicen que hay nueve musas. ¡Los desmemoriados! Han olvidado a la décima: Safo de Lesbos”. En una de sus obras Platón designa a Safo como “musa mortal entre inmortales musas”. Sabemos que Sócrates (470-399 a.C.) llamaba a la poetisa “la bella Safo”, no por su belleza física, sino por la belleza de lo que escribía. Estrabón (63 a.C.-19), al referirse a las figuras ilustres de Mitilene, no escatima elogios al arte poético de Safo. Pronto adquirió ésta un renombre considerable que provocó el que su imagen quedase plasmada en monedas, estatuas y cerámicas pintadas. Cicerón (106-43 a.C.) nos informa de que una estatua broncínea de Safo fundida por Silano fue robada del pritaneo en Siracusa. En esta ciudad siciliana Safo estuvo al parecer brevemente exiliada, probablemente por las luchas entre facciones oligárquicas que agitaban la isla de Lesbos por entonces. Sabemos también de la existencia de una estatua de Safo en Bizancio hacia el siglo V de nuestra era. El prestigio de la poetisa llevó a algunos autores de mente novelesca a imaginar la existencia de otra Safo, convirtiéndola en centro de sorprendentes historias en las que quedaba muy mermada su dignidad. Ninfodoro, político griego del siglo V a.C., quiso alumbrar la cuestión sáfica al afirmar que pudo haber dos Safos: la hetera nacida en la pequeña población lesbia de Ereso, cuna también del filósofo y botánico Teofrasto (371-287 a.C.), y la poetisa nacida en Mitilene, principal polis de Lesbos. Ambas localidades se disputan el ser el lugar de nacimiento de Safo.

Para entender todos los matices que ha ido adquiriendo a lo largo de los siglos la figura de Safo en el pensamiento occidental es necesario partir de lo poco que sabemos con certeza de ella, como su condición femenina, su contexto educador, su concepción apasionada de las relaciones amorosas y su brillantez poética. Los datos que conocemos de la vida de Safo proceden tanto del contenido de sus propios poemas como de diversas tradiciones, más o menos sospechosas o próximas a la verdad, entre las que hay que incluir comentarios e incluso biografías de autores antiguos. El “Marmor Parium” (264 a.C.), la “Suda” (enciclopedia bizantina del siglo X) y varios papiros nos proporcionan valiosa información sobre la escritora. Los fragmentos que conservamos de Safo son escasos y ambiguos, lo que facilita su interpretación errónea. En época medieval fueron quemadas por mandato eclesiástico muchas de las composiciones que todavía se conocían de Safo, especialmente las de índole sexual más descriptiva, señal de que su contenido erótico o amoroso, en muchos casos lésbico, era juzgado como contrario a la moral. Aunque en vida gozó del afecto de la mayoría de la población de Mitilene, Safo comprobó también cómo sus dedicaciones educativas suscitaban suspicacias. Taciano (120-180) no dudó en atacar su imagen, mientras que el bilbilitano Marcial (40-104) la convirtió en objeto de burdas insinuaciones, en consonancia con el estilo desenfadado de sus epigramas.

Ateneo, en el tránsito del siglo II al III de nuestra era, hizo referencia a que para distintos autores griegos Safo pudo mantener relaciones amorosas con Alceo (630-580 a.C.), Anacreonte (572-485 a.C.), Arquíloco (680-645 a.C.) e Hiponacte (siglo VI a.C.). El peripatético Chamaileón (350-275 a.C.) también atribuyó caprichosamente a Safo relaciones sentimentales con Anacreonte, a pesar de la incoherencia cronológica. Todos estos rumores surgían y se alimentaban sin apenas base real, dados los escasos datos verdaderos que se manejaban de la poetisa, cuya vida enigmática contribuía a extender relatos imaginarios. Las relaciones sexuales de Safo con otros escritores de su época son probablemente fruto de la fantasía, si bien, por coordenadas cronológicas y espaciales, el mejor candidato a amante como par poético habría sido Alceo. Ambos constituyen los grandes exponentes de la poesía lírica escrita en eólico. Dentro del contexto habitual de las prácticas bisexuales en Grecia y añadiendo los convencionalismos sociales impuestos por la tradición, está claro que Safo estuvo también con algunos hombres, si bien su poesía parece transmitir la preferencia por el amor hacia sus pupilas. No tiene demasiado sentido utilizar a Safo como icono del feminismo radical, ya que ella no concibió la convivencia con los hombres como un enfrentamiento por la paridad de derechos. Demostró versificar mejor que casi todos los hombres, pero sin querer competir con ellos más allá del marco educativo y literario. Asumió la función que la sociedad griega de su época le permitió desempeñar, situándose al frente de la formación de pequeños grupos de mujeres jóvenes a las que preparaba para el matrimonio. Éstas serían en su mayoría de familias de condición socioeconómica privilegiada.

El mundo sáfico es difícil de comprender desde todas aquellas perspectivas culturales alejadas del final de la época arcaica griega, que fue el período en el que vivió la poetisa. La propia Safo era consciente de que ni siquiera la gente de su época comprendía del todo su visión de las relaciones interpersonales y del trato dispensado a sus discípulas: “A las que amé no sin recibir críticas”. Horacio (65-8 a.C.) supo valorar el legado poético de Safo: “Todavía respira el amor y viven los ardores confiados a las cuerdas de la muchacha de Lesbos”. Máximo de Tiro, al estudiar en el siglo II la pedagogía erótica de Safo, creyó descubrir precedentes del platonismo, al mezclarse en ella lo espiritual, lo poético y lo sensual. Son perceptibles las similitudes existentes entre el amor sáfico y algunos de los esquemas de pensamiento que se han ido extendiendo entre las mujeres en las sociedades modernas de los países desarrollados. Pero una importante diferencia radica en que el amor sáfico estaba dotado de un fuerte ritualismo, de modo que no desdeñaba la protección religiosa. Ésta no servía sólo para dar carta de naturaleza a las relaciones maritales ante la sociedad, sino que también acompañaba la iniciación amorosa entre mujeres. El amor sáfico, expresado con delicadeza femenina, era pasional y cambiante, anhelaba la posesión de la belleza ajena, caía en celos y pesares si la correspondencia no era perfecta. Mientras que algunas tradiciones literarias se centraron en elogiar el arte poético de Safo, otras lo vituperaron al considerar que inspiraba amores perversos. Una adecuada crítica poética debería deslindar siempre el análisis de la calidad de los versos de la moralidad de su contenido. Por ejemplo, el virtuosismo métrico y estético del rap está fuera de toda duda, a pesar de que algunas de sus letras inciten al odio y a la violencia, lo que a su vez da más fuerza a las composiciones de este género. No debemos aplicar conceptos morales modernos al análisis de la temática de los versos de Safo. La poetisa no obligaba a sus alumnas a mantener relaciones con ella, si bien el magnetismo de sus enseñanzas predispondría a algunas de las muchachas en este sentido. Sólo las favoritas recibirían proposiciones de la maestra, y ya avanzado su proceso educativo, es decir, pocos meses o años antes de que fueran entregadas en matrimonio oficial. No hay que pensar por tanto en una iniciación homosexual sistemática como la practicada en el ejército por los varones espartanos. Hoy en día se juzgaría con severidad el que una maestra iniciase sexualmente a algunas de sus alumnas, ya que se consideraría que se habría valido de su posición de educadora para arrastrar la voluntad de las muchachas en su favor, tratándose por tanto de un amor asimétrico, viciado de raíz. La angustia de los amores mantenidos por Safo radicaba en parte en que la muchacha que en cada caso estuviese con ella se marcharía pronto para cumplir su función social de casarse con un varón con el que concebir nuevos ciudadanos.

Es bastante discutida la cronología de la vida de Safo, si bien se piensa que pudo morir hacia el año 580 a.C., en fecha similar al poeta Alceo. En algunos versos Safo muestra tristeza por envejecer, lo que revela que su vida no fue corta. Era pequeña y frágil. Tenía pelo negro y piel tostada. Sus ojos eran muy pardos, casi negros. No era muy guapa. Ella misma reconocía que su carácter tenía componentes alocados e infantiles. Estuvo casada con Cércilas, aristócrata de la isla cicládica de Andros. Con él tuvo una hija, tan bella como “las flores de oro”, a la que puso el nombre de su madre, Cleis, “a la que no cambiaría por toda la Lidia y ni siquiera por la adorable Lesbos”. Según una de las versiones de su vida, el padre de Safo se llamaba Escamandrónimo. Sus hermanos eran Lárico, Caraxo y Erígüio. Era de clase noble, ya que en caso contrario su hermano Lárico no habría podido ser copero en el pritaneo de Mitilene. En cuanto a Caraxo, según Heródoto (484-425 a.C.), hizo negocios en la exótica colonia grecoegipcia de Náucratis, y luego se arruinó por causa de una hetera tracia, a la que Safo llamaba Dórica. En uno de sus poemas, Safo manifiesta su deseo de que jamás Dórica vuelva a estar sentimentalmente unida a su hermano. Podemos decir que Safo pertenecía a una familia distinguida en la que algunos de sus miembros desplegaban actividades comerciales. A pesar de su origen nobiliar, la familia de Safo pasó en ocasiones por dificultades económicas, las cuales se reflejan en algunos de sus poemas. Por ejemplo, en un fragmento Safo expresa que no puede comprar a su hija el tocado lidio que a ésta se le ha antojado. Otros versos revelan que obtuvo ingresos de sus amigas.

Safo aseguraba que “la riqueza sin virtud no es vecino inofensivo”. En sus poemas defiende valores que están por encima de los de la vieja aristocracia a la que ella misma pertenecía. Criticaba a las mujeres nobles de Lesbos, entre las que se encontraban sus rivales Andrómeda y Gorgo. Algunas de las mujeres aristócratas a las que Safo criticó es posible que dirigiesen otros grupos de muchachas, haciéndolo de forma más ajustada a la tradición. Safo anteponía el prestigio proporcionado por la sabiduría y el arte poético al prestigio innato de los “aristoi”. A pesar de que Safo indica optar por el silencio antes que por el recrudecimiento del rencor, se nos conserva de ella un duro texto que suena casi a maldición: “Al morir quedarás yerta y de ti nunca memoria / habrá ni nostalgia en el futuro. Porque no participas / de las rosas de Pieira. Mas, ignorada aun en el Hades / vagarás revoloteando por entre oscuros difuntos”. Con estas terribles palabras, Safo vilipendia a una mujer que la ha ofendido, subrayándole que, al no contar con la inspiración de las Musas, será pronto olvidada. Actúa Safo en este caso con excesiva crudeza y vanidad, al colocarse por encima de otra persona sólo por saber escribir bien. El llegar a ser siempre recordado no es un mérito en sí mismo, ya que esta fama postrera puede deberse tanto a actuaciones positivas como a otras negativas. Y es que acerca de la figura de Safo hay por ejemplo tanta confusión histórica y tantas valoraciones subjetivas que la belleza de su poesía no ha evitado toda clase de especulaciones éticas. Su isla de nacimiento sirvió etimológicamente para poner nombre al lesbianismo. En cambio la etimología de la palabra que designa la enfermedad de la sífilis no está relacionada directamente con Safo, a pesar de la similitud consonántica. El término proviene de Siphylo, personaje del poema “De morbo gallico”, escrito por el médico veronés Girolamo Fracastoro (1478-1553).

Diversos documentos testimonian un destierro de Safo en Siracusa, breve y de fecha imprecisa. Las causas de este exilio están relacionadas con la tiranía de Mírsilo. Posteriormente Safo regresó a Mitilene, donde vivió inmersa en su círculo de amigas en la época en que Pítaco ejercía en la ciudad el lustroso cargo de “aisymnatas”. No pasó su destierro en el mismo lugar en que lo hizo Alceo. Y tampoco compartió con Alceo el posterior exilio en Asia que éste sufrió por mandato de Pítaco. Es probable que Mírsilo confiscara las tierras de la familia de Safo de igual forma que hizo con las de Alceo. La poetisa parece referirse despectivamente a Pítaco en uno de sus fragmentos. Censura a las mujeres de los Pentílidas, con una de las cuales se casó Pítaco. Coincide con Alceo no sólo en las críticas vertidas contra el poder hegemónico de Pítaco, sino también en las dirigidas contra los Polianáctidas. Tras su destierro, Safo se abstuvo de intervenir en la política. Calias indica que la poetisa educaba a las mejores muchachas de la isla, recibiendo también alumnas de Jonia. Nos habla tanto de la buena fama pedagógica de Safo como de las características de las chicas que frecuentaban su casa. Sus limitaciones económicas debieron ser coyunturales, ya que de otros fragmentos poéticos se deduce cierto gusto por el lujo, en forma de fiestas, perfumes y vestidos caros. Ella misma afirmó: “Necesito del lujo como del sol”. Dentro de su círculo de mujeres acomodadas, lo que más satisfacción proporcionaba a Safo era su don poético. Lo ejercía casi siempre con un peculiar enfoque religioso, y no tanto para alardear ante sus compañeras. Su hermano Erígüio parece que vivió algún tiempo con ella, y también tuvo que acoger a su hermano Caraxo cuando éste se arruinó. En los textos que se conservan de Safo, ella no habla ni de su padre ni de su esposo, que no eran el objetivo prioritario de su pasión poética. El renombre lírico de Safo la convertía en el centro de la vida social y familiar de la que formaba parte.

Safo pasaba mucho tiempo en el círculo de sus amigas. Algunas de ellas eran las mujeres de ciudadanos de diversas “poleis”, mientras que otras eran sus jóvenes discípulas. Safo consideraba su casa como “la casa de las servidoras de las Musas”. Su escuela seguía un esquema similar al de algunas escuelas filosóficas, organizándose en este caso en torno al culto a las Musas, inspiradoras de la creación artística. En el período en que estuvo al frente de este círculo femenino, Safo desplegó una intensa actividad poética. Entre las composiciones que realizaba, se encontraban los epitalamios para bodas, obras que en su mayoría eran de encargo y cobradas. Podemos ver en el círculo de Safo algo así como la réplica de los centros aristocráticos que tenían los varones. A diferencia de lo que ocurría en estos últimos, Safo no hablaba a sus amigas de guerra ni de política, salvo esporádicamente. Prefería los temas festivos, autobiográficos, familiares, religiosos y eróticos. Invocaba de manera preferente a las divinidades relacionadas con las mujeres y el amor, tales como Afrodita, Hera, Ártemis, Eros, Persuasión, las Musas y las Gracias. Lo erótico estaba muy presente en la poesía sáfica. La poetisa aludía en sus canciones a las relaciones que mantenía con sus amigas. Éstas procedían tanto de Lesbos como de las ciudades griegas de Asia Menor. Su poesía reflejaba el estrecho contacto existente entre la isla de Lesbos y el continente asiático. De Lidia procedían muchos de los objetos suntuarios que usaban las mujeres nobles de Lesbos, y a Lidia se marchaban con frecuencia para desposarse las jóvenes educadas por Safo. Sardes, la espléndida capital de los lidios, era el destino de algunas de estas muchachas, indicio quizás de la utilización de los enlaces matrimoniales para sellar alianzas entre las élites de Mitilene y Lidia. El ejército lidio es el modelo de belleza que ensalzaban los varones, y al cual Safo oponía la consideración de que lo más bello es lo que uno ama. Cuando Safo pone como paradigma una boda mítica, elige la de Héctor y Andrómaca en Troya, revelando así su gusto orientalizante. En tiempo de Safo, en la isla de Lesbos se tejían elaboradísimos vestidos de influencia asiática, muy apreciados como objetos de importación en otros lugares de Grecia, y signo del refinamiento alcanzado, para bien o para mal, por su sociedad.

En algunos de sus poemas Safo pide a Afrodita que las muchachas a las que ama cedan a sus requiebros. Otras veces se dirige a ellas directamente, exponiéndoles sus sentimientos amorosos. Para ello recurre con frecuencia a comparaciones y modelos míticos, adornando su propósito. Safo manifiesta dolorosamente su amor por las jóvenes que van unirse a los hombres. Se queja de las que se fueron y la olvidaron, así como de las que la traicionaron con otras mujeres. Recuerda incesantemente dichosos tiempos pasados en los que estaban junto a ella Attis, Anactoria y Arignota. Compara a las muchachas, comprende la volubilidad de su amor, las consuela y promete no olvidarlas. Algunos versos de Safo traslucen un excesivo elitismo, en el sentido de querer remarcar las diferencias entre las jóvenes educadas por ella y aquéllas a las que considera rústicas, que en su opinión no saben llevar bien el peplo, ni acicalarse, ni caminar con elegancia. Estas consideraciones se contradicen con el hecho de que Safo afirme valorar más la poesía que los convencionalismos sociales. Su concepción de la belleza confundía la belleza natural con los elementos usados para potenciarla. Para Safo, el cuerpo de la mujer es una gran expresión de la belleza, y a la descripción de sus características, diferentes en cada amada, dedicará muchos versos.

A medida que envejecía en su círculo pedagógico, la poesía de Safo se iba tornando más melancólica. El contraste entre el marchitarse de su propia belleza y el esplendor de la belleza de sus alumnas le traía a la mente pensamientos tristes. Se resistía a no poder disfrutar más de las diversas manifestaciones de la belleza femenina. Pensaba que cada vez le sería más difícil captar el interés amoroso de las muchachas por las que se interesase. Se obsesionó en exceso con el paso del tiempo, como si el mismo la hiciese ser menos bella, en lugar de atender más a valores imperecederos. Incluso llegó a decir en uno de sus poemas que cierto anhelo de morir la dominaba. La percepción de su decadencia física llevó a Safo a familiarizarse con la idea de la muerte, reflexionando en algunos de sus versos sobre la misma. Diversos fragmentos sáficos en prosa descubiertos en Egipto han llevado a algunos autores a afirmar que la poetisa tuvo una vejez tranquila, resignada y casi edificante. No es la vejez por sí misma lo que hizo que Safo convirtiese su tono poético final en bastante fatalista, sino más bien las consecuencias que traía, al alejarla de los goces de la pasión amorosa. La sobrevaloración de la belleza externa de las personas y de las cosas hizo que cayese con frecuencia en la superficialidad, de modo que en un momento avanzado de su vida notaría la falta de alicientes existenciales. Utilizó la metáfora de la manzana difícil de alcanzar, por estar en lo más alto del árbol, para aludir a la mujer que no podía conseguir. En el ámbito griego la manzana era considerada un símbolo erótico relacionado con Afrodita, lo que explica su aparición en diversos episodios míticos de asunto amoroso. Roma heredó algunas de las connotaciones sensuales de esta fruta, de modo que la expresión “tirarle las manzanas a alguien” significaba declararle el amor. A las proposiciones amorosas que le llegaron por parte de varones siendo ya mayor, Safo respondió esquivamente, intentando orientar el interés de sus pretendientes hacia las mujeres jóvenes.

La inspiración poética de Safo rebasaba el ámbito de su escuela para chicas, pues algunos de sus fragmentos aluden claramente a amores de tipo heterosexual, tanto propios como ajenos. En sus composiciones recoge temas tradicionales, como el de la muchacha tan enamorada que no logra tejer, el de la joven que cuenta su amor a la madre, y el de la mujer que espera la llegada del amante. Introduce diálogos en algunos de sus poemas para hacerlos más intensos, reproduciendo seguramente el sentido de algunas de sus propias conversaciones amorosas reales. Safo no apreciaba incompatibilidad entre la pertenencia a su círculo femenino y el desarrollo de la vida conyugal y familiar. Con frecuencia el matrimonio no iba acompañado del amor, pues se trataba de algo así como un contrato privado relacionado con la estirpe y la vida social. En sus epitalamios Safo elogia el aspecto y el carácter de los novios, pero criticando en ocasiones el rol heterosexual de las amigas de la novia, como si éstas fuesen una poderosa influencia que echarían a perder pronto la suya propia. Su percepción lésbica hace que Safo vea a la novia como el jacinto que va a ser pisoteado, llorando por el hecho de que se produzca la pérdida de su virginidad. Por tanto es muy probable que las relaciones sexuales que Safo mantuviese con las jóvenes antes de que éstas se casasen no supusiesen la alteración de su virginidad, reservada al novio y su “flexible tallo”. Safo presenta al consorte masculino como una especie de gigante o invasor al que se acepta porque constituye la normalidad. Mira con celosa admiración al novio que sentado escucha las dulces palabras de la novia. Experimenta un amago de desmayo al ver a la muchacha para ella prohibida encandilada del novio, sintiéndose “apenas distante de la muerte”. En algunos de sus epitalamios, Safo se dirige alternativamente al novio y a la novia, casi como si de la oficiante de la boda se tratase, remarcando rítmicamente aspectos alegres en el día de su unión, sumándose así a las comunes felicitaciones.

Frente a una sociedad fuertemente masculina, con sus instituciones e ideales, Safo encarna la existencia de una sociedad femenina, cuyos ideales en muchos casos no coinciden con los de los hombres. Ambas sociedades se encuentran a través del matrimonio, pero éste no supone una convergencia de los valores característicos de ambos grupos. El círculo sáfico es un grupo femenino inestable en cuanto a que las muchachas que lo integran pueden separarse del mismo fácilmente, por causa del matrimonio, la inserción en otro grupo más conservador, el cambio de residencia… Las relaciones internas del círculo están sometidas a variaciones. El grupo está unido frente a otros y frente a la sociedad de los varones por lazos centrados en el culto y en su “eros”, así como por la figura carismática de Safo. Todas las asociaciones griegas tenían unos orígenes próximos al culto, lo que se manifiesta también en la escuela de Safo. Con sus himnos, la poetisa pedía la ayuda de las divinidades, invitando además a éstas a participar en las celebraciones. En los poemas de Safo aparecen habitualmente descripciones de actos relacionados con el culto, como sacrificios y libaciones. El propio acto de embellecer el cuerpo antes de entregarlo al amante tenía un importante componente religioso. El adornarse con coronas, ramilletes y guirnaldas de flores no era algo meramente estético, sino que tenía también una significación ritual. Tanto la poesía como el erotismo son proyectados por Safo hacia ámbitos místicos en los que están presentes los dioses. La escuela sáfica no era un “tíaso”, grupo cuyo culto se centraba en un solo dios, como el que organizaba comitivas con trances festivos para honrar a Dionisos. El círculo sáfico buscaba la protección de diversas deidades, principalmente vinculadas con lo amoroso y lo femenino, y también relacionadas con la lozanía de la vegetación y los fenómenos orgiásticos. La poesía suscitaba desenfreno espiritual en un contexto de amor libre. Safo, siguiendo una tendencia ya iniciada por el poeta Alcmán de Esparta, realizó un desplazamiento conceptual de los ámbitos de acción de Afrodita. Partiendo del amor heterosexual y de la fecundidad, Afrodita pasó a interesarse por deseo de Safo en la protección del amor lésbico. Es preciso recalcar que aunque los poemas de Safo arrancan en esencia del himno y de cantos relacionados con el culto, son ya poemas personales hondamente subjetivos. Safo no era sacerdotisa ni pretendía serlo, sino que actuaba como iniciada, componiendo cantos de alabanza y súplica a las deidades, susceptibles de ser ritualmente repetidos.

En los poemas de Safo se aprecia la creencia de que el amor alcanza a la persona por la acción de determinadas deidades. Afrodita y sus divinos secuaces tienen poder para que el amor se realice o muera. Por otra parte, las cualidades del ser amado provocan la aparición del deseo en el amante. Así pues, el amor es para Safo tanto obra divina, una especie de hechizo, como la herida que provoca la belleza ajena. La concepción que Safo tiene del amor supone también el traslado de una serie de asuntos poéticos desde su clásico contexto heterosexual hasta posiciones lésbicas, adaptándolos a la expresión de sus sentimientos amorosos. Safo transmite a sus amigas y a su público valores de signo propio relacionados con la belleza, el “eros”, la naturaleza y la vida, traspasando ampliamente el amor de tipo heterosexual. Descubre en el amor nuevos objetivos distintos al de la procreación, valorando incluso el amor como fin en sí mismo, cuestionando a la vez sus antiguos límites. No tiene reparo en describir tanto apreciaciones muy personales sobre lo que siente como situaciones muy íntimas: “Y ungías toda tu piel… / con un aceite perfumado de mirra”. Para Safo, la prueba de que el amor es amor es el estremecimiento. Esta reacción es tanto física como interior. El amor pasional presenta claros síntomas: “Amor ha sacudido mis sentidos, / como el viento que arremete en el monte a las encinas”. La poetisa se lamenta en algunos de sus versos de la resistencia que opone a sus requerimientos la joven por la que se interesa. Pero se muestra confiada en llegar a conseguirla, con la ayuda de Afrodita. Incluso piensa que puede tornar su desdén en arrebato amoroso. Cuando no consigue a la mujer a la que ama, cae en la tristeza, la rabia o los celos, como si el despecho la quemase. No siempre es la belleza lo que la enamora: “Me enamoré de ti, Attis, hace tiempo. Entonces… / me parecías una muchacha pequeña y sin gracia”.

Safo transformó una época dura para las antiguas aristocracias en una vida agridulce con sus amigas. Se sumergió en un mundo un tanto irreal, en el mundo paralelo de su poesía, impregnada de religiosidad. Con la descripción subjetiva de la belleza objetiva supo crear nueva belleza. Renovó y dulcificó el arte poético de su tiempo, adaptándolo a la expresión de los sentimientos femeninos. Entronizó los valores individuales de que hacían gala las mujeres nobles de Lesbos, valores que en muchos casos denotaban superficialidad. A Safo no le interesaban demasiado los héroes homéricos ni los entresijos de la vida cotidiana de los dioses. No continúa con la poesía civilizadora y teogónica de Hesíodo, ni expresa líricamente los ideales de la polis o del comercio. Prefiere elogiar a las muchachas bellas, describiendo cómo tejen, cantan y danzan. Encuentra inspiración en las jóvenes más sabias, más piadosas, más tiernas, más gráciles… Enseña a las jóvenes a asemejarse a las Musas. El velo religioso con el que se adorna la poesía sáfica matiza la expresión del amor y la voluptuosidad. Todo tipo de amor es encuadrado por Safo en un contexto religioso, desde el amor sentido hacia su hija, su esposo, su familia y sus amantes masculinos hasta el experimentado hacia otras mujeres o hacia sí misma. La vocación educacional de Safo superó las dificultades impuestas por las críticas de otros círculos pedagógicos más tradicionales, en los que el arte poético no estaba tan presente. En su escuela Safo educaba a las doncellas en diversas técnicas, intentando que prendiese en ellas el gusto por lo fuertemente emocional. Sus alumnas se integrarían en coros de canto, grupos de música y cortejos de danzantes, participando activamente en las festividades civiles y religiosas de la isla. A la vez que aprendían labores útiles para su futura vida matrimonial, adquirirían nociones de escritura. Los valores sáficos asumidos irradiarían más adelante en sus respectivos hogares, demasiado constreñidos con respecto a la libertad antes experimentada.

Homero, en el libro IX de “La Ilíada”, destaca la belleza incomparable de las mujeres lesbias y su destreza en las labores textiles. Esta laboriosa tradición centrada en la realización de toda clase de tejidos debía corresponderse con un alto sentido social del lujo, que probablemente entrañaba la búsqueda femenina de nuevas formas de deslumbrar que intensificasen el poder de su gracia natural. Este refinamiento lesbio está claramente plasmado en la lírica sáfica. En algunos fragmentos, descubrimos a Safo enseñando a su hija Cleis qué adornos le convienen a una muchacha rubia y cuáles favorecen más a una muchacha morena. En otros poemas hace comentarios desafortunados sobre las mujeres que no saben vestirse o cubrirse los tobillos, como si eso supusiese un gran problema. Celebra el que una joven se ponga una túnica blanquísima a cuya sola vista se desata el deseo. La excesiva importancia concedida a la vestimenta femenina estaba en consonancia con el notable refinamiento alcanzado en la danza, la música y el canto. Todo ello combinado pretendía conmover profundamente a los que asistían a cada celebración. Safo logró magistralmente poetizar las cosas triviales y elegantes, envolviéndolas en una idílica naturaleza, alejándose del bronco sucederse de las luchas civiles que inestabilizaban Mitilene.

El surgimiento de la lírica supuso una ruptura en la cultura de la Grecia arcaica. La poesía anterior, de tipo homérico, había sido hecha por hombres cuyo perfil se desdibujaba en un horizonte legendario. Los poetas cantaban el destino de los pueblos, la vida de los dioses, los sucesos bélicos, las fundaciones de ciudades. Su inspiración estuvo al servicio de realidades ajenas a sí mismos. Por el contrario la poesía lírica empezó a centrarse en lo cotidiano. Muchos de los nuevos líricos no se ocupaban de reflejar un mundo de valores eternos, sino la vida corriente, menesterosa, colmada de contradictorias pasiones y ternuras. En la obra sáfica la vida íntima alcanzó un alto grado de consolidación poética. Safo permaneció fiel a sus coordenadas amorosas, sin rebasarlas apenas para meterse en veleidades políticas. En vez de contemplar ejércitos galanamente pertrechados marchando al combate, preferiría poder mirar el rostro de Anactoria. Se pone al lado de la vilipendiada Helena, aprobando su amor por Paris, a pesar de las terribles implicaciones que conllevó el mismo para muchos griegos. Para Safo lo más bello es lo que uno ama, pues existe una fusión entre la belleza y el amor, así como entre lo bueno y lo bello. Uno de sus fragmentos ha recibido dos traducciones: “El que ahora sea bueno, lo será siempre” (según la restauración de Reinach) y “El que ahora sea bueno, después será bello” (según la restauración de Hermann). El primer caso ilustraría el valor que Safo concede a la belleza interior, la cual puede ser sólidamente adquirida a través de una correcta educación. El segundo caso supondría un antecedente poético de algunos planteamientos platónicos. La poetisa comprende tanto el amor femenino dirigido hacia un hombre como el dirigido a una mujer, de modo que el “eros” sáfico es multidireccional, confuso, cambiante, optando a veces por formas convencionales de amar y a veces por otras desligadas de la tradición. No hubo en Safo una actitud antimasculina, sino más bien un seguimiento a ultranza del amor sublimado, fuese heterosexual o lésbico. Nunca antes de ella la poesía amorosa griega había alcanzado tanta intensidad espiritual, sensual y lírica.

El lenguaje amoroso utilizado por Safo rebosa frescura y sencillez. Para ella el amor es una incalculable verdad. Poetiza las situaciones cotidianas y las impresiones que éstas producen en su ánimo. Entremezcla en las enseñanzas impartidas a sus alumnas la devoción religiosa con la libertad para amar. De las festividades agrarias en las que participaban los coros provendrían las numerosas menciones que en la poesía sáfica hay sobre jardines y frutos. Safo convirtió a Afrodita en el principal referente espiritual de las muchachas de su escuela, a las que animaba a pedir la protección de la diosa. Con ella se sinceraba poéticamente, manifestándole cuál era en cada caso su estado de ánimo. Su devoción por Afrodita, desmedida en comparación con la que antes habían sentido hacia ella otros artistas, era tan profunda que consideraba que la diosa le inspiraba, elevándola hasta un intenso estado emocional, propicio para la creación poética. Safo consideraba que Afrodita era la dueña del corazón humano, pródiga o severa, tierna o terrible.

La luna, referencia habitual entre los poetas de todas las épocas al conectar su contemplación a todas las generaciones humanas, está también presente como mecanismo inspirador en Safo: “Alrededor de la hermosa luna los astros ocultan sus brillantes cuerpos, cuando más que todos alumbra, llena, sobre la tierra oscura”. Las noches en que Safo está sola, sin amante, la luna y las Pléyades se convierten en sus metafóricas compañeras. Rompe en ocasiones la serenidad de la noche si le asalta la inspiración poética, o piensa en el lecho versos para el día posterior. Safo dirige en primera instancia su poesía a sus amigas, aunque es consciente de que la misma tendrá fuerza suficiente para rebasar el ámbito educacional mitilenio. El deseo amoroso es el motor de gran parte de las composiciones sáficas. Es un deseo tiránico, un sentimiento eléctrico, que si no se satisface produce dolor. Cuando el amor que siente por alguna muchacha no es correspondido la poetisa se queja, indicando que aquellas personas a las que más ama son precisamente las que más le dañan. Para describir su estado de agitación interior, Safo recurre a veces a la comparación con el efecto que tienen en la tierra los fenómenos naturales. Sus luchas interiores la llevan incluso a escribir que tiene dos almas. Safo juzga a veces de manera ligera a otras personas que no conoce mucho, quizás por sobrestimar lo físico y la capacidad de lo físico para traslucir lo interior. Aunque cantó principalmente a la belleza, algunos fragmentos revelan su admiración por otras cualidades humanas, como la bondad, la inteligencia y la dignidad. A pesar de gustarle el lujo, critica a las mujeres que centran sólo sus afanes en el lucimiento de la riqueza: “Loca es quien por un anillo se envanece”.

El arte sáfico debe entenderse no sólo como fruto de una vocación individual, sino también como parte de un amplio proceso de sociedades en las que la música, el canto y la danza eran prácticas habitualmente cultivadas desde la infancia. Entre los griegos se dieron distintas modalidades de canto alternado, con el melódico acompañamiento de instrumentos de cuerda y viento. La letras poéticas podían ser recitadas o cantadas, sirviendo la lira y la cítara (“khitara”) como ayuda musical para incrementar el efecto emocional en los oyentes. La lírica tuvo en este sentido en la Grecia arcaica un destacado valor social. Su presencia podía ablandar los corazones, y su ausencia endurecerlos. Mucha gente, aun sin haber recibido formación, tenía un elevado nivel de comprensión y gusto por la poesía. Terpandro, de origen lesbio, fue un gran músico al que se deben dos innovaciones estrechamente vinculadas con el nacimiento del ritmo eólico. Por un lado, la introducción del uso de la lira de siete cuerdas, y por otro, el haber intentado el canto con el hexámetro épico de Homero, que al sufrir cambios rítmicos y de extensión, originó una paulatina y rica cadena de variaciones que explican la sencilla majestuosidad de las estrofas eólicas. Éstas adquirieron una especial musicalidad y dulzura temática en las composiciones de Safo.

Según Ménechmos de Sición, Safo fue la primera en usar la pequeña lira llamada “péctidos”, que más tarde se popularizaría. En diversos pasajes Safo expresa su aprecio por la familia instrumental de cuerdas, de linaje aristocrático legendariamente superior al de la flauta, la cual procedía de las costas asiáticas. Ésta se tocaba con frecuencia en compañía de una flauta gemela. Safo escribió muchos de sus poemas con idea de que fuesen cantados con el acompañamiento de cítaras y flautas: “Y la flauta de dulce tonada mezclaba a la cítara / y al repicar de los crótalos sus sones”. Dionisio de Halicarnaso advirtió que los antiguos líricos escribieron siempre en pequeñas estancias (estrofas formadas por varios endecasílabos y heptasílabos combinados), y que fueron pocos los cambios o experimentaciones que acostumbraban realizar. Las estrofas no solían ir más allá de cuatro versos, a veces de sentido completo, pero sin que coincidiese obligadamente la medida estrófica con el pensamiento. La estrofa llamada sáfica consta de tres endecasílabos, el tercero de los cuales se prolonga con un verso adonio, de cinco sílabas, que los gramáticos y editores alejandrinos separaron, formando así una estrofa de cuatro versos. Otra peculiaridad de la lírica eólica es el isosilabismo, es decir, el número fijo de sílabas en un verso, aunque ello no eliminó la distinción natural entre la desigual duración silábica. Dionisio de Halicarnaso consideró que en el himno sáfico a Afrodita los sonidos se enlazan por afinidad de su naturaleza, sin que nada rompa la fluidez melodiosa de los versos. En cuanto al lenguaje utilizado, la sencillez de las palabras de Safo supone un modelo de expresión directa. La poetisa no busca metáforas enrevesadas, sino que enuncia cosas concretas y sentimientos reales, aportando así a sus versos gracia y frescura, dentro además de la perfección métrica. Algunos poemas de Safo muestran una notable influencia de voces, frases y metros propios del dialecto homérico. Este influjo es especialmente marcado en los cantos de himeneo, que utilizaban en ocasiones como verso el hexámetro dactílico. Sabemos que las canciones de boda se entonaban en distintos momentos de la celebración, como en la unión religiosa, en el banquete, en la procesión que acompañaba a la novia a casa del novio, al atardecer, frente a la cámara nupcial, y en las primeras horas del siguiente día. A cada uno de estos momentos correspondería un canto especial con un determinado tipo de versificación. En el banquete nupcial quizás se cantaba en hexámetros dactílicos de tipo épico. El amplio espectro poético de Safo incluye algunas composiciones extrañas de rasgos arcaizantes, quizás fruto de un deseo de experimentación estética.

En la poesía de Safo la visión de la realidad es lineal, sin niveles diferenciados. Se designa el mundo elemental de las cosas, como si su mera enunciación bastara para tenerlas, y de los sentimientos, trasladados al ámbito de la creación artística. La ingenuidad de la poesía sáfica refleja fielmente la realidad, incluso con acumulaciones terminológicas innecesarias. Abundan en los poemas de Safo las oposiciones y los contrastes, apoyados en realidades concretas, a veces algo superficiales. De manera sincera y aparentemente inmadura, Safo expresa sentimientos de gran intensidad, haciendo gala de su dominio de la métrica. En ocasiones no queda claro si ciertos fragmentos sáficos son propiamente epitalámicos o si la poetisa los utilizó al servicio de intenciones propias. Safo realiza desarrollos personales de asuntos tradicionales relacionados con las nupcias. En sus poemas las numerosas alusiones a acciones de culto aparecen difuminadas dentro de un contexto más amplio. Algunas composiciones sáficas se revisten de la forma típica de los himnos, pero para narrar en realidad en muchos casos preocupaciones amorosas íntimas. Por tanto el himno se adapta a lo personal, e incluso en ocasiones no está referido a las grandes deidades, sino a abstracciones pseudodivinas, como el Ensueño. Más lejos del himno quedan aquellos poemas en que Safo cuenta una experiencia, manifiesta una opinión, expresa un sentimiento o describe una situación antigua. Tanto conservando las estructuras métricas tradicionales como empleando otras nuevas, Safo llega a la manifestación de los matices y reacciones de su interioridad. Se recrea en muchos poemas en la repetición de sonidos y palabras, buscando reforzar la musicalidad de los mismos.

La poetisa comienza algunas de sus obras tomando posición acerca de un tema debatido en el banquete. Casi siempre mantiene la estructura ternaria antigua de la poesía monódica, heredando la secuencia de las intervenciones del solista, el coro y nuevamente el solista. Suele incluir un “anillo” en que al principio y al final van la plegaria, la expresión del sentimiento o la opinión, rodeando al “centro”. Este “centro” era tradicionalmente mítico, una expresión del poder de la deidad, que en cierto modo buscaba impulsar a la deidad a atender la plegaria. A veces los mitos son empleados por Safo como un vehículo para ilustrar una máxima inicial. Otras veces los mitos son sustituidos por comparaciones, recuerdos o imaginaciones. Entre todo lo imaginado por Safo destacan las recreaciones poéticas de lugares remotos. En sus poemas solemos encontrar tras el comienzo contrastes y oposiciones con respecto a la idea inicial, para enfatizar la importancia y las implicaciones de ésta. Después viene el cierre, que puede ser el de “anillo”, una repetición algo ampliada, una conclusión temática o una exhortación. Hay poemas sáficos que no responden a los esquemas anteriormente expuestos, pues los resortes expresivos de la poetisa configuran una unidad muy libre, moldeable. Los mitos, la naturaleza, los recuerdos y los sentimientos actuales se entremezclan armónicamente en cada composición. Con reminiscencias homéricas y préstamos populares, Safo creó un nuevo modo poético de expresión. Algunas de las pulsiones presentes en la poesía de Safo pueden rastrearse también en los cánticos de Alceo, si bien es acusada la disparidad temática. El resultado final de muchos de los poemas de Safo adquiere cierto aspecto de conjuro, de fórmula ritual mediante la cual conseguir el amor de la persona deseada. Esta atracción es colocada por Safo en el altar del culto, en cuanto a que busca la ayuda de las divinidades para que llegue a consumarse.

Uno de los papiros de Oxirrinco alude a que Safo escribió nueve libros de odas, elegías y otras composiciones. La “Suda” menciona también yambos y epigramas, y Servio habla de un libro de epitalamios. Se ha discutido sobre si los nueve libros eran de odas y los epitalamios formaban un libro décimo, o si todo quedaba comprendido en los nueve. Lo que sí es claro es que la edición de Safo a que estas afirmaciones se refieren es una edición alejandrina, bien la de Aristófanes de Bizancio (257-180 a.C.) o bien la de Aristarco de Samotracia (216-144 a.C.). El hecho de que Safo fuera muy estudiada en la Antigüedad nos ha proporcionado numerosos comentarios acerca de sus obras. Se calcula que la obra de Safo debía de abarcar entre los diez mil y los doce mil versos. Es probable que se conservase íntegra hasta al menos el siglo III de nuestra era, pues Ateneo afirmó que se había aprendido todos sus poemas amorosos. Ahora tan sólo conocemos unos cientos de fragmentos, desentrañados por los estudiosos. Varios fragmentos distintos, combinados, han permitido en ocasiones reconstruir mejor algunos poemas sáficos. Estas líneas rotas nos sirven para evocar los sentimientos que tuvo una mujer griega, salvados del olvido gracias a que sabía versificar bien. La discontinuidad de lo conservado de sus poemas contribuye a que las interpretaciones sobre su figura sean muy diversas, de modo que la inspiración que ha suscitado en artistas posteriores de todas las épocas ha tenido múltiples signos. El nombre científico en latín de una pequeña especie de colibrí, “Sappho Sparganura”, fue puesto en su honor por el amor que la poetisa demostró hacia los pájaros y por la manera delicada y colorista con la que los describía, así como por tratarse de una especie que “va de flor en flor” y que presenta “larga cola de tijera”.

La manera de representar a Safo ha creado también a lo largo de la historia un amplio abanico iconográfico. En las monedas mitilenias su pelo aparece recogido en un “sakkos”, paño o redecilla que, además de tener una función estética, hacía que las mujeres griegas no se viesen molestadas por su largo pelo en la realización de sus múltiples tareas. En muchas imágenes posteriores la cabeza de Safo es adornada con coronas de flores, especialmente violetas, siguiendo los versos que le dedicó Alceo. Otras veces es coronada con laurel, en alusión a sus méritos artísticos. Puede presentar también una o más cintas en el pelo, llevarlo suelto o recogido en distintos tipos de moños, adornándose en ocasiones con tocados más complejos. Aunque la misma Safo escribió que era de pelo negro, algunos artistas la pintaron con el pelo más claro. Entre los románticos tuvo gran éxito el tema de su suicidio por amor en el promontorio rocoso de Léucade, a pesar de ser una historia falsa o una historia referida a una Safo distinta. Es común representarla en compañía de su lira o de su cítara, a veces tocándola para otras mujeres, forma icónica de aludir a su lesbianismo. Otras obras la presentan desnuda o semidesnuda, al ser referente de la libertad sexual. Cuando se la viste con peplo se pretende acentuar más su labor artística en un contexto social conservador. Mientras que algunas imágenes la muestran atormentada por amor, otras la insertan en escenas gratas, incluso de cierto sopor dulce. Contrastan también las representaciones en las que Safo está sola en la intimidad de una estancia con las que la ubican en celebraciones comunitarias, en las que los elementos arquitectónicos griegos se integran armónicamente con el paisaje insular, siendo de frecuente aparición el mar.


BIBLIOGRAFÍA:

-García Gual, Carlos; “Antología de la poesía lírica griega (siglos VII-IV a.C.)”; Alianza Editorial; Madrid; 1980.

-Montemayor, Carlos; “Safo. Poemas”; Editorial Trillas; México; 1986.