martes, 1 de diciembre de 2015

PROYECTO DE CREACIÓN DE UNA ZONA DE CULTIVO FORTIFICADA EN CAMAGÜEY DURANTE LA GUERRA HISPANO-CUBANA

             

El Archivo General Militar de Madrid guarda abundante documentación relacionada con las actividades desplegadas por el ejército español en la isla de Cuba durante el período colonial. El expediente que ahora estudiamos, perteneciente al fondo de Ingenieros de la Comandancia General, se encuentra dentro de dicho archivo en la caja 2783 / (L), carpeta 10, correspondiente al legajo 1-P. Se trata de un informe de temática poliorcética, pero rico a la vez en consideraciones de tipo social que ayudan a acercarse a las difíciles circunstancias por las que atravesó la ciudad de Camagüey durante el conflicto independentista. El expediente incluye un interesante croquis con las fortificaciones propuestas para la defensa de un extenso espacio de carácter hexagonal, que quedaría así militarmente blindado para garantizar el aprovisionamiento de la urbe mediante la explotación de los recursos agrícolas y ganaderos de su entorno inmediato, aminorando en lo posible el daño causado por las incursiones de los mambises. Este croquis proporciona una ingente información toponímica de dicho entorno, mostrando además de manera aproximada las principales arterias viarias, la ubicación de la primitiva línea férrea y el recorrido que seguían los cursos fluviales. No podemos definirlo estrictamente como un mapa o plano, al detectarse en él imprecisiones en las distancias reales de unos puntos con respecto a otros.

           
En el informe se hace referencia a la penosa situación por la que atravesaba la ciudad de Camagüey en la fase final de la Guerra de los Diez Años (1868-1878), librada entre España y los patriotas independentistas cubanos. Se cita hacia el final del texto que por entonces el Gobernador Civil de Puerto Príncipe era Federico Esponda y Morell, cargo que ostentó desde el 25 de enero de 1876 hasta abril de 1877, compatibilizándolo con el mando de la Segunda División y con la Comandancia General del Centro de la isla. En cambio las fechas que aparecen al principio del expediente nos remiten a inicios del año 1896, cuando la guerra que conducirá a la definitiva Independencia de Cuba (1895-1898) ya llevaba casi un año de transcurso. Por tanto estamos ante un informe reaprovechado algo menos de dos décadas después de su redacción. El motivo de este tardío interés era valorar la posible creación de un perímetro que garantizase tanto la seguridad de Puerto Príncipe como de sus tierras aledañas, de modo que no quedase paralizada en ellas la actividad agropecuaria. En 1896 el Teniente Coronel Jefe de Estado Mayor, Francisco Larrea, difunde entre sus subordinados las órdenes previas recibidas desde la Capitanía General, relativas a la protección necesaria de las personas y los bienes de los habitantes de Camagüey. En este caso el destinatario de las órdenes es el Capitán de la Compañía que se encontraba destacada en la población camagüeyana de Las Minas. En la búsqueda de una mayor seguridad para los ciudadanos aún leales a la Corona se adoptarían las medidas necesarias para el robustecimiento de las defensas de las urbes y de las áreas de cultivo próximas a las mismas. La ciudad cubana de Camagüey era conocida en el momento en que se redactó el informe como Puerto Príncipe, y contaba con una población estimada de unas 40.000 personas. Actualmente Camagüey tiene algo más de 300.000 habitantes, siendo por tanto la tercera ciudad más poblada de Cuba, sólo por detrás de La Habana y Santiago. Ocupa una posición interior, relativamente alejada del mar, en el Centro-Este de la isla.

           
Ofrecemos al final de nuestro artículo la transcripción del informe mencionado por si alguien quiere adentrarse con más detalle en la complicada situación de alarma social por la que atravesó Camagüey durante la guerra. Se trata también de una manera de entender mejor la mentalidad que tenía el cronista, representativa de la de un sector del ejército español, al que apremiaba la necesidad de conseguir robustecer los complejos defensivos de las ciudades controladas. En la transcripción del documento hemos corregido algunos errores o arcaísmos ortográficos, así como otros de carácter sintáctico o gramatical, como faltas de concordancia en género y número, sin pretender en ningún momento alterar el sentido de las expresiones emitidas por el ingeniero que elaboró el escrito. Es una constante en el texto el uso de frases demasiado largas en que las comas con frecuencia no ocupan el lugar debido, lo que nos ha llevado en algún caso a variar la posición de éstas para facilitar así la comprensión del informe, introduciendo en otros momentos nuevos signos de puntuación con el mismo fin. En unos pocos casos, para desenredar el contenido, hemos añadido entre corchetes alguna palabra, principalmente conjunciones o preposiciones. Se aprecia que el autor quiso evitar los tachones, de modo que, detectado un error, prefería continuar la frase aun a costa de hacerla demasiado enrevesada.

           
Hasta en tres ocasiones aparece en el texto la expresión "bien estar", concepto que nos parece bastante moderno para describir el estado que toda sociedad desea alcanzar y mantener. En este caso el autor se lamenta de que se está muy lejos de lograr la tranquilidad necesaria para el correcto desarrollo de las potencialidades de la comarca, rica en recursos de por sí, pero sometida a las incertidumbres y penalidades ocasionadas por el largo conflicto armado. La guerra ha puesto a la ciudad en una situación muy apurada, pasando muchos de sus habitantes hambre, lo que hace urgente actuar, tomar medidas humanitarias, crear las condiciones necesarias para que el campo vuelva a producir, las fincas salgan de su abandono y el ganado deje de estar en estado casi salvaje. El autor indica que es la necesidad, la falta de perspectivas de subsistencia, la que hace que muchos de los honrados ciudadanos de Puerto Príncipe mediten acerca de la posibilidad de emigrar y pasarse al bando rebelde, por ver si entre los insurrectos mejora su situación y la de sus familias. Ello engrosaría las filas del enemigo y desalentaría a los que aún se mantienen leales a la causa española.

           
Para intentar poner remedio a tantos males el autor, ingeniero militar de profesión, propone la creación de una zona de cultivo próxima a la ciudad, bien protegida, en la que puedan revitalizarse las explotaciones agrícolas y en la que quede nuevamente estabulado el ganado que vaga disperso por la comarca. Si el plan fructificase se daría ocupación a buena parte de los camagüeyanos, evitando así que se involucrasen en aventuras guerreras contrarias a los intereses de España, contribuyendo en cambio a generar riqueza y a reactivar el comercio, tan decaído por la guerra. El autor alude a que tanto en Puerto Príncipe como en otras ciudades bajo el control del ejército español muy pocos son los que osan abandonar la protección de los muros para cultivar las tierras circundantes, exponiendo éstos no sólo su seguridad personal, sino también su buen nombre, al ser considerados con frecuencia espías y mensajeros de los insurgentes. Si en cambio quedase bien delimitada y defendida una amplia zona de carácter agropecuario alrededor de la ciudad de Puerto Príncipe, sus habitantes saldrían sin miedo a trabajar en ese entorno, pudiendo cubrir en poco tiempo las necesidades alimenticias más primarias.

           
La zona de cultivo debería tener a juicio del ingeniero un radio de al menos tres leguas (unos 12,72 kilómetros), configurando en su conjunto un hexágono de tres leguas de lado. Este perímetro de dieciocho leguas (unos 76,32 kilómetros) quedaría protegido por la existencia de doce fuertes y doce fortines intermedios, dotados estos últimos de una elevada torre. Los fuertes se colocarían en los vértices del hexágono y en el punto medio de cada uno de sus lados, mientras que los fortines se intercalarían de manera regular entre los fuertes, buscando en lo posible la intercomunicación visual. Cada uno de los fuertes tendría capacidad para cobijar a cien soldados, siendo en cambio los fortines de bastante menor entidad, al servir para albergar tan sólo a ocho soldados y un sargento, procedentes en cada caso del fuerte situado inmediatamente a su izquierda. En cada fuerte habría una pieza giratoria de artillería de unos 1.500 metros de alcance. El texto alude a que el enemigo no cuenta con artillería, lo cual no es del todo preciso, al haberse registrado episodios durante la guerra en que los insurgentes cubanos pudieron disponer de cañones capturados a sus contrarios. La dotación de hombres de los distintos fuertes y fortines no debía aminorar en exceso el número de soldados y la fuerza de la División encargada de las operaciones externas. Los fuertes se construirían de piedra o ladrillo, quedando su parte inferior reservada para almacenar vituallas, municiones y armas (incluyendo granadas de mano), mientras que en su cuerpo superior descansarían los soldados. Una escalera móvil evitaría el tener que construir fosos defensivos, cuyas aguas estancadas podrían hacer enfermar a los soldados, ya de por sí con frecuencia sometidos a las perjudiciales condiciones de los terrenos húmedos.

           
Se alude de pasada al poderío militar alemán, exhibido unos años atrás en la guerra franco-prusiana (1870-1871). El contenido del texto revela que el autor pudo formarse en una academia militar, tanto por sus conocimientos poliorcéticos como por las valoraciones históricas con las que adorna su informe. Comenta acertadamente tanto la importancia del factor anímico de las poblaciones urbanas en una guerra de tanto desgaste como la necesidad de revertir las crónicas periodísticas con éxitos militares inmediatos, a los que se llegaría sin duda mediante la adopción de medidas de control sobre los potenciales recursos del territorio. Menciona también el autor la perspectiva de recibir nuevos refuerzos de la metrópoli, que como sabemos llegaban sin apenas motivación (no podía haberla al combatir por un régimen aún semiesclavista), estaban mal equipados (sus uniformes parecían pijamas) y tenían que combatir en un medio que les resultaba desconocido (tan letal como los disparos de los mambises). Su sueldo, exiguo, era completado con adelantos, de modo que al morir esos ingresos extras quedaban consignados como deudas a cubrir por sus familias.

           
Además de los 1.200 hombres encargados de la defensa de los fuertes y fortines, harían falta según el autor para garantizar la completa seguridad del perímetro columnas volantes de 300 soldados en cada lado del hexágono, divididas a su vez en dos columnas, las cuales recorrerían a diario esas tres leguas al menos dos veces al día, deteniéndose para comer en los puntos intermedios situados entre los fuertes y los fortines. Estas fuerzas móviles realizarían sus recorridos en horas variables, pernoctarían juntas en lo referido a cada lado del hexágono, y establecerían emboscadas durante la noche, especialmente en las áreas más vulnerables. Llegarían así a conocer de forma excelente el terreno, andando lentamente para evitar el cansancio de cara a un posible ataque. Además en Puerto Príncipe habría siempre disponible una fuerza de 200 jinetes para acudir con premura a cualquier punto del perímetro o del interior de la zona de cultivo que se viese atacado. Para el relevo de la guardia de cada fortín (compuesta por ocho soldados y un sargento), 40 hombres y dos oficiales partirían cada día del fuerte situado inmediatamente a su izquierda, evitando así que una pequeña fracción de soldados quedase aislada en el camino.

           
Gran parte del perímetro quedaría delimitada por una estacada de suficiente altura y resistencia, si bien en las zonas de más densa vegetación podría recurrirse sólo a cortar las palmeras y demás árboles, constituyendo éstos ya de por sí un obstáculo para el enemigo a caballo, evitando además la fuga de las reses. En lo alto de cada fortín habría siempre dos soldados, uno con un anteojo de campaña y otro con el arma preparada. Igualmente cada fuerte debería disponer de uno de estos anteojos para comprobar durante el día si el enemigo inspecciona el perímetro con idea de cruzarlo por sorpresa durante la noche. Los doce fuertes principales estarían en comunicación telegráfica directa con la Comandancia General del Centro, radicada en Puerto Príncipe, lo que facilitaría el que ésta diese las órdenes más acertadas en función de las noticias recibidas de los distintos acuartelamientos del perímetro. Tantas medidas evitarían en muchos casos el que los rebeldes emprendiesen acciones para entablar contacto con los habitantes de la urbe, al ser tan complicado el entrar o salir del perímetro de seguridad. El autor considera con exceso de optimismo que los trabajadores que volvieran a llenar el campo circundante de Camagüey se convertirían en delatores de las posibles incursiones de insurgentes, al querer mantener a toda costa el nuevo y provechoso orden establecido. El alentar a la población a acusar ante las autoridades a los vecinos sospechosos de conspiración es algo típico del clima enrarecido impuesto por los regímenes autoritarios, principalmente en medio del desarrollo de los conflictos civiles. Para dar rápido aviso de cualquier ataque convendría que en todos los fuertes y fortines del perímetro hubiese un depósito de cohetes, susceptibles de ser lanzados con trayectoria ascendente, y fácilmente visibles desde lejos.

           
El cómputo total de hombres necesarios para poner en funcionamiento con éxito este plan asciende a 3.000 infantes, fuerzas que para el ingeniero autor del informe no son excesivas si se tienen en cuenta los beneficios productivos a corto y medio plazo. La superficie total de la zona de cultivo fortificada sería de 23,38 leguas cuadradas. Se hace aquí conveniente desentrañar la equivalencia de esta superficie con respecto a las medidas de referencia actuales. La legua tradicional en Cuba equivalía a una distancia aproximada de 4,24 kilómetros. Por tanto las 18 leguas del perímetro de seguridad serían unos 76,32 kilómetros, englobando así una superficie de 420,36 kilómetros cuadrados, es decir, 42.036 hectáreas. Ciertamente este terreno, adecuadamente aprovechado, habría servido con creces para alimentar al conjunto de los ciudadanos de Puerto Príncipe. En el expediente aparece también la propuesta de convertir cuatro de los fuertes del perímetro, concretamente los situados en los cuatro puntos cardinales, como bases para el racionamiento de las tropas. El interior de la ciudad quedaría así menos militarizado, y los soldados no tendrían que realizar a diario desplazamientos tan largos para abastecerse. Por otro croquis de la zona de cultivo de Puerto Príncipe, fechado en 1873 y conservado en el Archivo Nacional de la República de Cuba, sabemos que 13 fuertes rodeaban por entonces el núcleo urbano, pero describiendo un perímetro defensivo mucho menor del propuesto en el informe ahora estudiado.  

           
Una de las medidas más necesarias e interesantes a nivel social consistiría en el reparto proporcional de los terrenos de cultivo en el interior de la zona fortificada, poniendo así en valor las fincas embargadas por causa de la guerra. Una vez puesto en marcha el sistema productivo, se exigiría a cada familia beneficiaria una contribución al maltrecho Tesoro Nacional. Terminada la guerra, levantados los embargos de las fincas, se estudiarían tanto las reparaciones a los legítimos propietarios como las recompensas a los colonos usufructuarios. A lo largo de todo el texto el autor mantiene una gran deferencia hacia la institución militar, confiando plenamente en la capacidad de los altos mandos y de los oficiales de ingenieros que podrían encargarse de llevar a cabo el plan propuesto. Insistiendo en este estilo, halaga abiertamente por su buen juicio y generosidad al Gobernador de Puerto Príncipe, el Brigadier Esponda, al ser éste probablemente una de las figuras determinantes en la viabilidad inicial del proyecto. El expediente incorpora una curiosa hojita con varios datos sueltos tenidos en cuenta por el autor en la redacción de su informe, relacionados con las características que debían tener las torres y los fuertes, la infraestructura telegráfica, la superficie de la zona de cultivo protegida y el número aproximado de habitantes de la ciudad. Esta hojita lleva el sello de la Comandancia de Ingenieros de Puerto Príncipe, al ser en este organismo donde se gestó el informe.
           
           
El autor del escrito manifiesta humildemente que su proyecto es simplemente una idea, si bien absolutamente aplicable en el caso de contar con el beneplácito de la oficialidad. No sabemos hasta qué punto este proyecto se quedó sólo en eso o pudo tener cierto desarrollo real. Lo cierto es que sería redactado entre 1876 y 1877, al mencionarse en el informe el hecho de que por entonces el Comandante General del Centro de la isla y Gobernador de Puerto Príncipe era Federico Esponda y Morell. Con el término de la guerra en 1878 el informe sería probablemente archivado sin más, rescatándose en 1896 para estudiar de nuevo su posible aplicación práctica con motivo de la reanudación de la guerra contra los independentistas cubanos. Por entonces el Teniente Coronel Jefe de Estado Mayor, Francisco Larrea, lo difundió entre sus subordinados militares desplegados en el área de Camagüey, con la advertencia de que las fuerzas del ejército español debían aparecer en todo momento como garantes de la seguridad de los ingenios azucareros y de las plantaciones del entorno, actuando por tanto como firmes protectoras de la propiedad. Quedaba implícita en esta advertencia el que las propiedades agropecuarias de los camagüeyanos debían quedar salvaguardadas tanto de la acción de los rebeldes como de los posibles abusos cometidos por los soldados españoles, cuyas pésimas condiciones les inducirían en ocasiones a saltarse estas normas.

           
La gran figura camagüeyana de la Guerra de los Diez Años fue Ignacio Agramonte y Loynaz, versado en leyes, tenaz defensor de la causa independentista. Vivió solamente 31 años (1841-1873), al haber arriesgado de forma reiterada su vida en numerosos combates. Su familia tenía una larga tradición de servicio público. Un tío abuelo suyo había sido alcalde de Camagüey, impulsando la construcción de la línea férrea hasta Nuevitas. Agramonte estudió varios años en Barcelona siendo adolescente, pasando luego a formarse en La Habana, donde realizó la carrera de Derecho. Su inquietud intelectual le llevó a participar pronto en diversos movimientos contrarios al dominio español sobre la isla, integrándose por ejemplo en la logia masónica designada con el hidrónimo Tínima. Consciente de que la Independencia cubana sólo se alcanzaría por el camino de las armas, se volvió diestro en su manejo, convirtiéndose además en gran jinete. Carlos Manuel de Céspedes inició en 1868 el levantamiento contra los españoles en su ingenio azucarero de La Demajagua, en Manzanillo. Algunos camagüeyanos se unieron a la rebelión 25 días después, sublevándose en Las Clavellinas, si bien ellos habrían preferido retrasar el inicio de la contienda hasta el año siguiente, después de la zafra (cosecha de la caña y elaboración del azúcar).

           
Frente a la línea de excepcional poder militar centralizado propuesta por Céspedes, Agramonte defendía el recurso constante a las nuevas instituciones republicanas de que se fuese dotando el país. Esta vía asamblearia se fue imponiendo, desembocando en el proceso constitucional de Guáimaro. Agramonte tuvo una labor muy relevante en la redacción de esta primera Constitución de emergencia. Fue nombrado Mayor General y jefe de las operaciones militares en el área de Camagüey. Destacó en este sentido como reorganizador de las fuerzas de caballería, tarea en la que fue ayudado por el norteamericano Henry Reeve. Se componía la caballería cubana de Agramonte de pequeñas escuadras, cuyos mambises vivían en la misma zona, pudiendo ser rápidamente convocados por mensajeros a caballo, formando su conjunto un cuerpo bien adiestrado, que reaccionaba hábilmente a las instrucciones del clarín, y que cargaba con furia manejando los temidos machetes. Entre las múltiples acciones militares emprendidas por Agramonte es muestra de su impetuoso carácter el rescate de su amigo el Brigadier Sanguily, realizado mediante una brillante carga de caballería en inferioridad numérica. Agramonte murió en 1873 en Jimaguayú, alcanzado en la cabeza por un disparo. Su cadáver fue quemado por los españoles en Puerto Príncipe, tratamiento que por entonces era considerado deshonroso. A su mujer, Amalia, se le permitió abandonar la isla rumbo a Estados Unidos, en compañía de su hijo Ernesto y embarazada de una niña, bautizada luego como Herminia. Las propiedades de Agramonte en Puerto Príncipe habían sido confiscadas por las autoridades españolas, que vieron cómo la muerte del líder enemigo debilitaba temporalmente el movimiento insurreccional. La conducta heroica de Agramonte sirvió de ejemplo en las filas rebeldes, aunque se retrasase aún un cuarto de siglo la consecución de la Independencia. En la actualidad el término agramontino se emplea como gentilicio para referirse a la gente de Camagüey. Y la imagen de este libertador aparece en los nuevos billetes cubanos de 500 pesos.

           
Daremos también algunas pinceladas biográficas de Federico Esponda y Morell (1828-1894), que en la época en que se redactó el informe ahora analizado era el Gobernador Civil de Puerto Príncipe, cargo que ejerció durante algo más de un año, entre 1876 y 1877. El perfil de este militar quedó descrito póstumamente en la biografía ensalzadora que sobre él publicó en 1895 José Ibáñez Marín. En este pequeño libro se menciona, al igual que en la parte final del informe, que el Gobernador repartía gran parte de su salario entre los más desfavorecidos de Camagüey. En cuanto a su capacidad militar, viene resumida por el saludo que le dispensó en Madrid en 1878 el líder independentista Calixto García, desterrado por entonces en España: "[...] tengo mucho honor en estrechar la mano del que fue nuestro terror [...]". Y es que Esponda participó activamente como oficial en muchas refriegas durante prácticamente toda la guerra de los Diez Años (1868-1878), llevando la iniciativa en buena parte de las acciones de combate y operaciones estratégicas. Antes de llegar a Cuba en 1864, Esponda había estado en la expedición de Méjico (1861-1862), injerencia europea para intentar colocar allí un monarca afín, con la excusa de la elevada deuda e inestabilidad del país. A continuación, desde 1863, le tocó vivir de cerca las luchas que pusieron fin a otra anacrónica experiencia, el breve regreso de Santo Domingo a la soberanía española. Ya en Cuba, por méritos propios, dada su constante implicación en los combates, fue adquiriendo puestos de mayor responsabilidad en la dirección de las operaciones. Durante el tiempo que estuvo al frente de la Comandancia General del Centro de la isla y la Gobernación Civil de Puerto Príncipe no sólo se distinguió en acciones de guerra, sino que además promovió la restauración y puesta en uso de edificaciones, especialmente hospitales, hospicios e iglesias. En esta labor contó con la eficaz colaboración del ingeniero militar Ripollés, si bien no hay nada que nos haga poder atribuir la autoría del informe que ahora manejamos a este ingeniero. Tras pasar un lustro en España, Esponda volvió a Cuba en 1883, haciéndose cargo durante tres años de la Comandancia General de Las Villas y la Gobernación Civil de Santa Clara. En esa época, aunque oficialmente no se estaba en guerra, aún proliferaban las partidas que, confundiéndose con la práctica del simple bandidaje, intentaban desestabilizar los mecanismos institucionales. En los últimos años de su vida, de nuevo en la metrópoli, Esponda recibió diversos reconocimientos, nombrándosele en 1891 Teniente General. Ostentó luego las Capitanías Generales de Extremadura y Canarias. Falleció en 1894 en Madrid, la ciudad en que había nacido. Hay una calle llamada en su honor General Ezponda (con z en vez de con s) en la ciudad de Cáceres, cerca de la Plaza Mayor.

           
Dentro de las fuerzas militares que en Cuba le correspondió dirigir, Esponda creó tres cuerpos especiales, tanto con fines motivadores como por la necesidad de emprender acciones más arriesgadas. Estos cuerpos, duramente entrenados, eran conocidos como "los murciélagos", "los jíbaros" y "los doce apóstoles". Sus componentes estaban bien considerados y tenían mejores ingresos, pero a cambio realizaban misiones de gran peligro o dificultad. "Los murciélagos" eran soldados a los que se les encomendaba la vigilancia nocturna de los pueblos y las ciudades controlados por los españoles, de modo que a los rebeldes separatistas les fuese más complicado el acometer operaciones de castigo o saqueo durante la noche. Estos soldados dormían durante el día, permaneciendo despiertos toda la noche en torres, entradas y puntos estratégicos, desde los que poder dar la voz de alarma ante un intento enemigo de penetración. Fueron determinantes en el mantenimiento de la seguridad de Puerto Príncipe durante la etapa final de la guerra de los Diez Años (1868-1878). La sección de "los jíbaros", que llegó a estar dotada de hasta cien hombres, apareció en 1871 en Guáimaro, localidad en que los independentistas cubanos habían aprobado su primera Constitución. Su nombre alude tanto a la mezcla de distintos grupos étnicos como a su carácter montaraz. Sus miembros se desenvolvían con gran soltura en la manigua, aportando mayor flexibilidad al encorsetado ejército español. Eran diestros en el combate cuerpo a cuerpo, supersticiosos y arrebatados. "Los doce apóstoles" eran doce soldados elegidos por sus muestras previas de valor. Encabezaban cargas de caballería, ataques por sorpresa, emboscadas, golpes de mano... anteponiendo el cumplimiento de estas misiones a la conservación de su vida. Disponían de los mejores caballos, incluso en propiedad. Fueron muy odiados por el enemigo, sobre todo a raíz de los desmanes que cometieron con la población refugiada en las propiedades de los empresarios partidarios de la causa independentista.

           
Al principio del expediente analizado aparece el nombre del Teniente Coronel Jefe de Estado Mayor, Francisco Larrea Liso (1855-1913), del que haremos una breve semblanza. Este militar pamplonés, aventajado en los estudios y de brillante carrera, estuvo en realidad mucho más vinculado a Puerto Rico que a Cuba. Con 18 años era ya Alférez en las Milicias Disciplinarias de Puerto Rico. De regreso a España participó en algunas acciones de la Tercera Guerra Carlista (1872-1876). Entre 1878 y 1887 permaneció en Puerto Rico con el grado de Comandante de Estado Mayor. Muy interesado en cuestiones cartográficas, participó en el levantamiento del plano militar de la isla, denunciando repetidamente al Gobierno Central la ausencia de construcciones defensivas en ella, con la excepción de la bien fortificada capital, San Juan. En una nueva etapa española, desarrollada entre 1887 y 1894, se dedicó, entre otras tareas, a la confección de mapas militares de la península, exponiendo además en sus obras escritas algunas ideas sobre las defensas pirenaicas y la organización militar del país. De nuevo en Puerto Rico, al estallar la Guerra de Independencia de Cuba (1895-1898), se encargó de dirigir en Ponce el embarque del Batallón Cazadores de Valladolid hacia Cuba. En esta última isla, como Teniente Coronel Jefe de Estado Mayor, permaneció sólo de 1895 hasta mediados de 1896, entablando combates principalmente en el área de Camagüey. Es justo en esta etapa de su vida cuando hay que ubicar el reaprovechamiento militar del informe ahora estudiado. La fase siguiente de la guerra, hasta la entrada de Estados Unidos en el conflicto, Larrea estuvo en Puerto Rico al frente de la Sección Topográfica de la Capitanía General. Testimonialmente se le nombró luego Jefe de las fuerzas que debían oponerse en el Centro de la isla al avance norteamericano. Perdidas fulgurantemente las últimas colonias, Larrea desempeñó nuevos servicios en Canarias y la península, alcanzando el grado de Coronel de Estado Mayor. Escribió varias obras insertas en el ambiente regeneracionista de la época, entre las cuales destaca "El desastre nacional y los vicios de nuestras instituciones militares". Desde 1906 pasó a ocupar importantes cargos en el ámbito norteafricano, hacia donde habían girado las miras del país. Durante seis años repelió numerosos ataques de los rebeldes locales en el entorno de Melilla. Se le considera una pieza clave en el impulso y aparición de las Fuerzas Regulares, las cuales estaban compuestas por indígenas. Murió en Ceuta en 1913, menos de un mes después de ser nombrado Comandante General de dicha ciudad.

           
A través del expediente estudiado hemos podido acercarnos con más detalle a algunos aspectos del enfrentamiento fratricida que puso fin al Imperio colonial español. La obcecación en el mantenimiento de este Imperio tuvo unas consecuencias trágicas para muchas familias, tanto de la metrópoli como de los territorios de Ultramar. Un último intento de solución de las insalvables desavenencias habría podido consistir en la equiparación provincial con respecto a los territorios peninsulares y en el fin inmediato y no progresivo del esclavismo, si bien estas medidas ya habrían llegado tarde y no habrían satisfecho las expectativas de los criollos, cuyo ideario estaba tremendamente desarrollado, rebosaba idealismo social y contaba con el decidido apoyo estadounidense. El necesario recuerdo de todos aquellos hechos viene facilitado por la posibilidad de consultar la ingente documentación custodiada en los archivos. La Asociación Cultural "Regreso con Honor", presidida por el arqueólogo e historiador Francisco Javier Navarro Chueca, ha elaborado, en colaboración con el Ministerio de Defensa, amplias listas con los nombres y demás datos personales de los soldados españoles fallecidos en la Guerra de Cuba, buscando así la dignificación del trato dispensado a su memoria y a sus restos mortales. Consideramos igualmente que se ha de insistir en la preservación de los múltiples lazos culturales y familiares existentes entre España y Cuba, por encima de los altibajos que puedan experimentar las relaciones diplomáticas. La mejora gradual de las interacciones cubano-norteamericanas abre un panorama esperanzador para el progreso socioeconómico de la isla, tan apegada a su libertad que, sea cual sea su futuro sistema político y constitucional, ya jamás permitirá que otro pueblo la domine.


TRANSCRIPCIÓN DEL INFORME

Comandancia General del Camagüey. Estado Mayor. Puerto Príncipe. Sección Campañas.

Al Capitán actual de la Compañía destacada en las Minas.

Por la Capitanía General se dice al Excelentísimo Comandante General del Camagüey lo siguiente.

= Traslado = Lo que traslado a Usted para su conocimiento y efectos que se previenen.

Día Fecha 3 Febrero 1896.

El Excelentísimo Señor Capitán General dice a este Centro con fecha 22 del mes anterior lo que sigue:

= "Excelentísimo Señor = Sírvase Vuestra Excelencia dictar las más severas órdenes, a fin de que por todas las fuerzas del Ejército y auxiliares se guarde el más escrupuloso respeto a las plantaciones de los ingenios y fincas, poniendo especial esmero en aparecer siempre como decididos protectores de la propiedad, circulando al efecto las órdenes convenientes a los Jefes de columnas, Comandantes de Armas y Comandantes de destacamentos; en la inteligencia de que exigiré la más estrecha responsabilidad por cualquiera queja formulada referente al asunto". =

Lo traslado a Usted para su conocimiento y efectos que se previenen.
Dios guarde a Usted muchos años.
Puerto Príncipe. 1º Febrero 1896.
De Orden de su Excelencia.
El Teniente Coronel Jefe de Estado Mayor.
Francisco Larrea.

Señor Comandante de Ingenieros de esta plaza.

            La urgente necesidad de poner inmediato remedio a la aflictiva situación por que atraviesa hoy Puerto Príncipe, obliga aun a los más indiferentes y despreocupados a fijar la atención en este asunto tan importante a la vez que trascendental y humanitario. Para formar una idea aproximada de los errores de que son víctimas los habitantes de aquella rica comarca, basta leer los diarios de aquella ciudad, cuyo contenido ha sido también reproducido en la prensa de esta capital.

            "Una limosna por amor de Dios" termina diciendo "El Fanal", ilustrado periódico de aquella localidad, en el artículo de fondo de uno de sus últimos números. Cuando la prensa sensata de un país se hace eco de sus principales necesidades, expresándose de un modo tan gráfico y explícito, es necesario convenir no solo en la gravedad del mal, sí que también en las fatales consecuencias que aquella crisis incomparable puede ocasionarnos así material como políticamente considerada.

            Si bien es verdad que todo gobierno debe velar por la tranquilidad y bien estar del país que le está confiado, así como por su seguridad, orden público, cumplimiento en las leyes, mejoramiento de su hacienda, fomento y desarrollo de su industria, artes y comercio, etcétera, no es tampoco menos ineludible el deber de remediar con mano protectora y eficaz los males materiales que le afligen, por consecuencia lógica de las anormales circunstancias por que hoy atravesamos.

            Si para conservar incólumes las leyes orgánicas y sociales de un país, se apela a grandes medidas, medidas que suelen llamarse, por que lo son en verdad, salvadoras, no es tampoco menos importante la necesidad de apelar a ellas hoy cuando tienen por laudable objeto salvar del abismo de la miseria y de los horrores del hambre a un pueblo de 40.000 almas que carecen de toda subsistencia y aun de medios de adquirirla. Considerado pues este asunto humanitariamente, es indispensable, se hace necesaria, toda la atención de nuestra celosa autoridad, para poner término a tan angustiosa situación.

            No serán ciertamente menores las desventajas que a nuestra vista se presentan considerando políticamente el extremo que nos ocupa, pues fácilmente pueden deducirse las consecuencias que ha de reportar aquel triste estado de cosas.

            El hombre que carece de todo recurso, el que después de largos años de acreditada honradez ha regado con su propio sudor el modesto fruto de su trabajo, y que con ejemplar conducta ha podido satisfacer las primeras necesidades de sus familias, el que aun en medio de las turbulencias revolucionarias ha sido vecino tranquilo y fiel dedicándose exclusivamente al trabajo, a la familia y a la observancia de la ley, en fin, al hombre modelo de virtudes, ¿qué recurso le queda, al ver a su madre o a su propia mujer enferma, débil y macilenta, o a sus hijos que le piden pan? ¿Cuál no será su tormento y desesperación al ver que a pesar de sus propias fuerzas y de su aptitud para el trabajo, no puede saciar ni siquiera en parte el hambre que devora a los seres más queridos de su corazón?... Esta situación es terrible y precipita al crimen al hombre más sensato y pensador. Pues bien, este hombre que hoy carece de toda clase de trabajo, que por grande que sea su voluntad en nada puede ocuparse porque están paralizadas en Puerto Príncipe las artes, la industria, el comercio y la agricultura; este hombre para vivir, para no perecer de hambre, para salvar a su familia de la espantosa miseria que demacra sus semblantes, piensa la emigración de Puerto Príncipe, acaricia y halaga esta idea por algún tiempo, y por fin la lleva a cabo arrastrando tras de sí no solo a su familia, a quien trata de salvar, sí que también por egoísmo al mayor número posible de sus conocidos y allegados.

            No puede tampoco pensar en trasladarse a La Habana, donde probablemente encontraría el trabajo que desea, porque carece de recursos pecuniarios para realizarlo, y como su mala situación aumenta, y se hace de cada día peor y más aflictiva, cree que protegido por las hordas insurrectas podrá sembrar y comer; y aunque es vano error, sin ver más allá, ni detenerse en consideraciones filosóficas, desaparece al fin de aquella ciudad; no por convicción, ni porque tenga ideas separatistas, ni aun por simpatías hacia ellas, se va por comer solo para vivir. Pero sea por lo que quiera el motivo que le induce a tomar esta determinación, se va a engrosar las filas de la insurrección con grave perjuicio para nosotros. A éste le siguen otro y otros, porque el mal, lejos de desaparecer, se hace cada día más crónico y sensible, y si en esa peligrosa pendiente nos detenemos a comparar estos resultados, probablemente veríamos por desgracia que es mayor el número de emigrados por esta causa en un período de tiempo dado que el número de bajas que en combates y encuentros parciales hacen nuestras tropas al enemigo.

            Esta misma emigración no solo origina el perjuicio a nuestra causa del número de los que por las anteriores consideraciones pasan a fomentar la insurrección, sino que éstos, una vez allá, desaniman con descripciones exageradas y poco favorables a los que tal vez en su interior abrigarán la idea de presentarse y someterse en primera oportunidad al gobierno de nuestra Nación.

            Por estas consideraciones y otras muchas que fácilmente podrían relacionarse no debe quedarnos la menor duda de los considerables perjuicios que este asunto puede ocasionarnos políticamente, considerada razón que exige igualmente la poderosa y más eficaz iniciativa por parte de nuestra ilustrada autoridad. Para precaver tantos males y a fin de poner pronto remedio a las innumerables calamidades que la prolongación de aquella crítica situación podría seguramente acarrearnos, se nos ocurre el medio, a nuestro juicio más eficaz y provechoso, no solo a mejorar el estado hambriento de aquellos infelices, sí que también a contribuir a la prosperidad y riqueza de este país, tan importante en aquel Departamento.

            Para llenar ambos objetos a la vez existe solo un camino que debe comprenderse con toda la fe y resolución que las circunstancias exigen; este camino salvador consiste, en nuestro concepto, en el mayor ensanche posible y una bien organizada Zona de cultivo, así como su inmediato fomento y reconstrucción, cuyos beneficios se dejarían sentir dentro de un brevísimo plazo, si se tiene en cuenta la fertilidad de aquel terreno, el considerable número de valiosas fincas que, aunque muy inmediatas a la población, hoy yacen abandonadas y sin producción alguna por falta de seguridad personal, y el no menos considerable número de ganado que de todas clases aún vaga en abundancia por las cercanías de aquella ciudad que fue tan rica. Todos estos elementos, reunidos e impulsados con afán y mano hábil, ya por la necesidad, ya también por el convencimiento y general deseo de trabajar, darían en breve y con excesos el satisfactorio resultado que anteriormente dejamos indicado. Esto supuesto, y teniendo en consideración el respetable número de habitantes que hoy pueblan a Puerto Príncipe, cuya cifra se eleva según hemos dicho aproximadamente a 40.000 almas, teniendo también en cuenta las probabilidades de que este número se aumente no solo por la natural inmigración que sobrevendría, sí que también con la próxima afluencia de tropas en aquel punto como base de operaciones del Departamento, el día no lejano en que la guerra se localice por la fuerza de las armas en los vastos terrenos del Camagüey; se necesita pues por esta razón, cuando menos una Zona de cultivo cuya superficie sea suficiente a responder con su producción a todas las necesidades que puedan surgir, siquiera sean las más apremiantes. Para responder debidamente a esta imprescindible exigencia, es necesario que a partir de la ciudad, y con un radio lo menos de tres leguas de longitud, se dé a dicha Zona la extensión de terreno que este radio describe. Este perímetro, que comprendería poco más de 18 leguas, es muy suficiente, bien guardadas y protegidas (como explicaremos más adelante) para producir lo que el consumo diario reclama aun después de aumentada su población en una tercera parte de habitantes. Este producto principal y ventajosamente alimenticio, ayudado del que independientemente pudiera importarse de esta capital y del litoral de la Isla, constituiría el bien estar general de aquella ciudad, y cambiaría necesariamente la faz de la situación en aquellas comarcas hoy abatidas, dando así vida a la agricultura, al comercio y los demás ramos de riqueza, tan tristemente decaídos hoy, por la fuerza de las circunstancias.

            Si es verdad, según Napoleón, que Dios puso el trabajo de centinela de la virtud, demos pues trabajo, aun a costa de algún sacrificio, a 18 o 20.000 hombres que hoy existen ociosos y desocupados contra su voluntad; en la convicción de que por este camino obtendremos dos grandes resultados, a la vez que de incomparable valor: 1º la riqueza y bien estar de que hoy carecen, y 2º la seguridad también ventajosa de que [con] este mismo trabajo, [con] el cansancio material que consiguientemente produce, y con la satisfacción natural que experimenta el hombre cuando ha llenado cumplidamente todos sus deberes, no tendría ni aun tiempo de distraer su imaginación, pensando algunos por sí y otros por inducción en aventuras guerreras, tan descabelladas como perjudiciales para nosotros.

            Esto sentado, vamos a indicar las condiciones de defensa que deben establecerse en la Zona de cultivo de Puerto Príncipe para que su seguridad sea positiva, es decir, para que sea una seguridad de hecho real y verdadera, con el menor número de elementos posibles, pero que siempre garantice a todos sus habitantes el poder transitar, cultivar, y aun pasear por distracción o recreo dentro del perímetro de la Zona con la misma confianza personal con la que hoy salen desde sus domicilios a la plaza de armas.

            Generalmente hablando sucede casi en todas las Zonas de cultivo que solo salen de la población para ejercer la labranza algunos, muy pocos hijos del país, que desgraciadamente, con razón o sin ella, son los designados por la opinión pública de ser los mensajeros del enemigo, y espías, por consiguiente nuestros propios espías.

            Difícilmente se encuentran peninsulares ni gran número de insulares que se atrevan a salir más allá del recinto de las murallas, o de los puestos de la población; y no sucede esto ciertamente por falta de deseos, ni porque no tengan éstos propiedades que cultivar, en las inmediaciones o dentro de la Zona. Nuestro carácter es suficientemente emprendedor para no mirar con indiferencia las ventajas que produce la agricultura en este fértil terreno; pero la inercia que en este ramo se observa es debida exclusivamente a la falta de seguridad personal y [a] la desconfianza que se tiene en la defensa que generalmente rige en todas las Zonas.

            A nuestros intereses conviene muy mucho extirpar uno y otro mal, 1º porque si verdaderamente los pocos que salen hoy de las poblaciones con el pretexto del cultivo son los portadores de noticias y de efectos al enemigo, sus manejos y su conducta son los más criminales, a la vez que perjudiciales, a nuestros planes y a nuestras operaciones militares, y 2º [porque] la falta de seguridad afecta directamente a la riqueza pública de un modo notable y lastimoso, pues muchos capitales hoy paralizados se invertirían en la reconstrucción de las fincas, si contaran con la garantía necesaria para aquel trabajo.

            En este concepto, y persuadidos de la necesidad de que el radio que debe darse a la Zona de cultivo de Puerto Príncipe es cuando menos de una longitud de tres leguas para que la superficie de esta circunferencia sea bastante capaz a producir en abundancia si quiera los que se llaman artículos de 1ª necesidad, dada la población que hoy encierra y aumentos eventuales que pueden fácilmente ocurrir, nos ocuparemos ahora de la Defensa de la Zona.

            Considerando inscrito un hexágono regular en la circunferencia, cuyo radio hemos indicado, claro es que esto tendría seis leguas de diámetro, este polígono tres leguas también de lado, y su perímetro comprendería 18 leguas de extensión.

            Ahora bien, dada la importancia del objeto que estas 18 leguas están llamadas a representar, así como la conveniencia absoluta de conservarlas con toda la seguridad posible, considerado por las razones expuestas bajo los puntos de vista moral, material, humanitario, económico y político, el primer problema que a nuestra vista se ofrece es el determinar el número de defensores que indispensablemente se necesitan cuando es conocida la estimación de atrincheramiento que deben guardar.

            La solución que pudiéramos encontrar en los textos de fortificación, valiéndonos de las fórmulas que aquellos tratados determinan, si bien sería exacta, no tendría en este caso aplicación directa, en razón a que no debemos perder de vista la necesidad de emplear para esta defensa el menor número de las tropas posibles que constituyen el ejército de aquella División.

            Bajo estas bases impuestas por la necesidad, si bien más adelante podremos contar con mayor número de refuerzos de los que en breve se esperan de la península, creemos pues que el hexágono guarnecido y vigilado convenientemente daría el resultado apetecido. En efecto establézcase en todos los vértices de todos los ángulos del hexágono, o sea en los salientes del polígono, un fuerte atrincheramiento de campaña que podría ser un reducto cerrado con frentes bastionados, capaz para contener 100 defensores y una pieza giratoria de 8 centímetros de largo, con su dotación situada barbeta en una de las diagonales de la obra; según se marcan en el plano final, o bien un reducto circular de dos cuerpos o pisos aspillerados con escalera manuable de madera, cuya entrada se verificaría por el 2º de ellos.

            Estos fuertes tienen la ventaja de ser inaccesibles para el enemigo, una vez retirada la escalera no necesitan del foso, que siempre es perjudicial a la higiene del soldado, mayormente en este país, donde las miasmas que producen las aguas estancadas o terrenos húmedos infestan de calenturas a los Destacamentos, que aún los usan como medio de mayor defensa.

            Estos reductos construidos de piedra o ladrillo bajo la dirección de nuestros inteligentes Oficiales de Ingenieros contienen como hemos dicho dos grandes cuerpos, uno bajo y otro principal, quedando la explanada de la parte inferior con las condiciones necesarias para contener una pieza giratoria que tendría, siendo la que dejamos indicada de 1.500 metros de alcance. Dos escaleras interiores comunican con el cuerpo bajo y explanada. El primero sirve de depósito a las provisiones de boca y guerra, y el principal de dormitorio a las fuerzas que lo guarnecen.

            Aunque por su elevado volumen presentaría esta obra mayor blanco al enemigo no es atendible este inconveniente en razón a que el nuestro no dispone de Artillería.

            El ejército Alemán, que hoy se halla en la cabeza del mundo militar, ha dotado como más convenientes las fortificaciones circulares, fundándose en que aun cuando este sistema envuelve un número infinito de sectores privados de fuego, son sin embargo menos temibles sus efectos que los que se observan en los sectores también privados de fuego de las obras angulares, por más que se achaflanen sus ángulos salientes; y en efecto todo enemigo dirige como puntos objetivos de ataque estos notables sectores por cuyos puntos tienen la seguridad de ser menos molestados por el fuego de los defensores. Con este sistema tendríamos en el perímetro de tres en tres leguas establecidos seis grandes fuertes y en condiciones cada uno de resistir con ventaja cualquier ataque que el enemigo intentara por los puntos expresados, aun cuando lo verificasen con número muy superior. En los intermedios o puntos equidistantes de estos fuertes establézcanse otros de iguales dimensiones y defensas y tendremos en todo el límite de la Zona doce grandes puntos de apoyo separados entre sí solo por legua y media de distancia y todos ellos suficientes a poner la más segura resistencia; ahora entre cada dos fuertes consecutivos constrúyase un fortín con elevada torre para guarnecer ocho hombres.

            Éstas son en resumen las obras a nuestro juicio indispensables para la verdadera defensa y seguridad de la Zona; pasaremos a indicar el número de defensores de estas obras y de la Zona, así como el servicio que cada una de estas fuerzas debe desempeñar. Estableciendo 100 hombres de Infantería en los doce fuertes principales y la dotación correspondiente a una pieza, puede cada uno de estos fuertes cubrir la guarnición del fortín inmediato por su derecha, que debe constar de ocho hombres y un Sargento.

            Dos Batallones de 600 plazas cada uno, o sea 1.200 hombres, es la fuerza necesaria para guarnecer debidamente las obras de guarnición que dejamos indicadas. Sin embargo, estos elementos de defensa no serían aún por sí solos suficientes para dar a dicha Zona toda la seguridad que su importancia reclama. Se hace también necesario que en cada lado del hexágono se establezca una pequeña columna volante compuesta de 300 hombres de Infantería, con la exclusiva misión de recorrer con pequeña velocidad y sin cansancio el trayecto que media entre tres fuertes consecutivos, o sea la distancia de tres leguas, con la obligación de recorrer dicha línea cuando menos dos veces al día, es decir, una al ir de un punto a otro y otra de regreso, verificándolo siempre a distintas horas, procurando el jefe que mande respectivamente cada una de estas columnas acampar para hacer los ranchos en los puntos intermedios del fuerte principal y del fortín, cuyo igual proceder observarían para los descansos necesarios de su tropa, así como también para pernoctar.

            Estas seis columnas en constante movimiento y teniendo a su cargo tan reducida extensión, ejercerían una gran vigilancia en dichos trayectos; cuyos terrenos llegarían a serles perfectamente conocidos, concluyendo por ser todos los mejores prácticos de aquellas cercanías.

            No es ni aun probable que el enemigo tratara de detener el paso de estas columnas, en primer lugar porque el número de éstas es suficiente no solo a defenderse con ventaja, sino también capaz para tomar la ofensiva en todos los casos que generalmente pueden presentarse; además estas columnas, aun suponiendo fuese atacada una de ellas por fuerzas considerables, tienen a su inmediación puntos de protección y de apoyo, y fuerzas que pronto acudirían en su auxilio, si las extraordinarias circunstancias del caso así lo exigieran. Las columnas contiguas de su línea podrían afluir al lugar del combate si esto fuera preciso. Además en la Ciudad de Puerto Príncipe, como cuartel general de la base de operaciones, debe procurarse haya siempre disponible para un momento dado 200 hombres de fuerza montada para acudir en el acto al punto de la Zona que en vista de avisos oficiales se sepa que está amenazado o atacado.

            Además de la vigilancia que como hemos dicho ejercerían dentro de cada lado del hexágono dichas columnas volantes, y a fin de que esto fuera mayor, podría también salir de cada uno de los fuertes principales un destacamento de 40 hombres con dos Oficiales hasta llegar al fortín inmediato por su derecha, o sea el suyo respectivo, en cuya operación relevaría diariamente al destacamento del mismo, marchando acompañados los entrantes y salientes de aquel servicio por los expresados 40 hombres; evitando de este modo el aislamiento de una pequeña fracción.

            La columna de 300 hombres que hemos indicado en cada lado del hexágono se fraccionaría en dos columnas de a 150 cada una, siempre que no se tuviese noticia cierta de que el enemigo estuviera reunido en gran número en su respectivo trayecto.

            Entonces éste quedaría a 3/4 de legua, cuya mínima distancia podrían recorrer dichos 150 hombres cuatro o cinco veces al día; ejerciendo como es consiguiente por este medio mucha mayor vigilancia, pero siempre con la precisa obligación de pernoctar reunidos los 300 hombres que corresponden a cada lado de dicho hexágono. Estas columnas establecerían durante la noche emboscadas en sus inmediaciones y en los puntos que se considerasen de más fácil acceso del límite del perímetro, retirándose al ser de día, lo cual verificaría también en la proporción que corresponde la fuerza que cubra los 12 fuertes principales.

            Para el complemento de seguridad de la Zona se establecerá también una estacada entre cada fuerte principal y fortín, de suficiente altura y resistencia, que construirán ambas fuerzas bajo la dirección del Jefe de ellas, excepto en los puntos de monte espeso, [donde] se limitarán a cortar por su pie los árboles que entran en la línea con el nombre de "Tumba y deja". Éste es un ventajoso obstáculo para el enemigo, a la vez que impediría la salida de reses y demás ganado en las fincas limítrofes de la Zona. Los fortines de referencia, una vez dotados de la elevada torre que dejamos consignada, mantendrían en la parte más elevada un centinela y un vigilante, proveyéndose además dichas torres, así como los fuertes principales, de un anteojo de campaña que tuviese las buenas condiciones que su servicio requiere; pues aun cuando el enemigo siempre que intente penetrar en la Zona lo verificará probablemente de noche o de madrugada, horas que más se prestan a las sorpresas, y a las cuales no tiene aplicación el expresado anteojo, sin embargo es casi seguro que antes de intentar llevar a cabo esta empresa explore de día los puntos más accesibles por donde intente verificarlo, pues difícilmente podrá ni conocer la situación distinta de las columnas ni sabrá tampoco el enemigo si por los puntos por donde piensa pasar y que no poniendo tal vez francos estén las columnas ya pernoctando o acampando; por esta razón necesita, como hemos dicho antes, explorar de día y aun verificarlo muy a menudo, para cuyo objeto lleva el anteojo de campaña una ventajosa misión.

            Es principio fundamental del arte de la guerra que cuanto mayor sea la celeridad de las vías de comunicación de que disponga una base de operaciones más rápidos serán los movimientos tácticos del Ejército que la ocupa y por consiguiente más breves y satisfactorios los resultados de las combinaciones estratégicas que conciba el General o Jefe de Estado Mayor de un Ejército en campaña.

            En este concepto sería pues muy conveniente que los 12 fuertes principales estuviesen unidos respectivamente con la Ciudad de Puerto Príncipe por medio de un hilo telegráfico que pusiera en inmediato conocimiento del Comandante General no solo todas las novedades que pudieran tener lugar en el perímetro de la Zona a fin de que tomara en el momento las medidas que su talento militar le aconsejara, sí que también sería este hilo telegráfico de provechosa utilidad para comunicar órdenes y recibir noticias de los Jefes de las columnas que operan fuera de la Zona y que como diremos más adelante se racionarían en los cuatro fuertes que determinan los cuatro puntos cardinales de aquella población.

            Se nos puede hacer observar a pesar de todo lo dicho que si bien el enemigo no empuñaría combate formal con los fuertes y columnas persuadido o escarmentado de su importancia ante la mutua y eficaz defensa que unos y otros pueden en un momento dado prestarse, procuraría sin embargo introducir en la Zona cuatro o seis hombres con objeto de causar daño eligiendo para ello los puntos de más fácil acceso del hexágono. Pero nosotros desde luego podríamos asegurar y lo demostraríamos que esto es tan difícil que suceda como difícil es también penetrar en un edificio en que no se conoce ni el número de sus defensores ni el de los medios de defensa con que aquéllos cuentan o disponen.

            En primer lugar, careciendo el enemigo de toda comunicación o aviso con los habitantes del interior del perímetro, lo cual se puede positivamente conseguir (por más que algunos dicen que no), no es de suponer que cuatro ni seis hombres aislados traten de penetrar en la Zona, burlando con sumo riesgo y trabajo la constante vigilancia de las columnas, fuertes, fortines, destacamentos y emboscadas; porque éstos no solo debieran de tener en cuenta los medios de entrar, sino que se presentarían seguramente y a su vista más difíciles y peligrosos los puntos de segura retirada, y esta circunstancia les obligaría a discurrir que no compensan para ellos las ventajas que les reportaría mandar una "instancia" o desjarretar algunas yuntas de bueyes ante la necesidad de introducirse para ello en una red de tan difícil como peligrosa salida. Sin embargo, a fin de precaver todos los casos, aun dado el improbable de que esto pudiese suceder (y aun cuando estas observaciones competen el buen celo del Jefe de la Zona), debe prevenirse a todos los trabajadores y dueños de fincas de ellas que inmediatamente que en sus respectivas propiedades vieran o supieran que existe algún enemigo o persona sospechosa están en el deber de dar inmediato aviso al fuerte, columna o destacamento que a su paso hallaren o estuviera más próximo, o bien al Comandante General o Jefe de la Zona, si esto fuese más breve.

            Haciendo observar puntualmente esta obligación, considerando que la Zona estaría entonces siempre frecuentada y teniendo en cuenta de que por el temor que otro de los vecinos diera antes aviso de la presencia de los pocos que pudieran penetrar, y descubrirse por consiguiente la complicidad, dado caso que alguno de los morosos pudiese tenerla, es probable también que esta circunstancia [impulsase] a los menos y a los más adictos a dar noticia instantánea de lo que ocurriese, tanto por conservar sus propiedades y riquezas cuanto por no sufrir las consecuencias de la Ley, concluyendo aunque de un modo indirecto por vigilarse mutuamente los mismos habitantes y trabajadores entre sí. Además tanto para prevenir a éstos cuanto para que las columnas adyacentes de cada fuerte y fortín tengan aviso de noche de la proximidad [del] enemigo [sería conveniente que] existiera en cada reducto un depósito de 50 cohetes que se inflaman dándoles una dirección vertical a la superficie del terreno con los intervalos que determine el Comandante del fuerte. Así mismo debe existir otro pequeño depósito de granadas de mano.

            Por lo que dejamos expuesto y a fin de conservar la Zona del cultivo con la debida necesidad, [y con la] seguridad que permita trabajar con confianza a toda clase de habitantes de aquella población, se necesitan según hemos demostrado tres mil hombres de Infantería y la dotación correspondiente a doce piezas.

            En concepto de alguno podrá parecer exagerado el número de estas fuerzas, pero si se detiene a considerar los importantes beneficios que estas mismas fuerzas nos repartirían, caso de llevarse a cabo este proyecto, convendría seguramente con nosotros [en] la necesidad y conveniencia de no disminuirlas. ¿Quién no comprende hoy la ventaja de disponer en Puerto Príncipe de tan considerable terreno cultivado y en floreciente producción, capaz por sí solo a dar de comer a todos sus habitantes?...

            Parece natural citemos la superficie que debe comprender esta Zona, pero mudando de nuestro modesto proyecto y de la aceptación que se le puede dispensar, no hemos juzgado de absoluta petición el consignarlo con datos matemáticos, toda vez que siempre podría más efectuarlo [si] nuestra idea fuese acogida con benevolencia y sancionada por el ilustrado criterio de nuestra superior autoridad. Por otra parte tampoco hemos hecho gran esfuerzo por determinar dicha superficie, comprendida la facilidad de obtenerla, y que no puede ocultársele al que menos conocimientos geométricos posea; te bastaría para ello multiplicar el perímetro del polígono hexagonal de referencia por la mitad de su apotema.

            Si es verdad que [a] grandes males corresponden grandes remedios creemos sin temor de equivocarnos que es mayor el daño que por todos conceptos nos hace la situación actual de Puerto Príncipe que el perjuicio que podría irrogarnos el emplear para evitarlo las fuerzas que hemos designado.

            Además puede darse un doble objeto a los fuertes principales que ocupan los cuatro puntos cardinales de aquella localidad; estos fuertes podrían con gran utilidad ser cuatro grandes puntos de racionamiento para las columnas de operaciones en [el] interior de la Zona, cuyas columnas podrían racionarse en cualquiera de ellos sin necesidad de llegar a la ciudad, con lo que se conseguiría, además de la brevedad en esta operación, para emprender nuevas operaciones evitar el cansancio de las 6 leguas que existen desde uno de los fuertes a la población considerada en su venida y regreso. Los convoyes que proveerían estos fuertes solo tendrían que marchar por el interior de la Zona y podrían verificarlo sin necesidad de escolta y protección.

            Las columnas que frecuentemente se racionarían en estos puntos imprimirían también mayor seguridad y confianza al objeto que nos proponemos.

            Desígnese después un Jefe activo como prudente e ilustrado, que con hábil tacto y dotado de una política conciliadora y de atracción se haga cargo de aquella Zona: a fin de que dictando medidas bienhechoras y de general conveniencia llegue a ser el primer protector de los intereses que allá afluyan, en la seguridad que por estos medios conseguirá no solo el afecto y respeto de todos, sí que también la satisfacción de haber prestado a su patria uno de los más importantes y útiles servicios.

            Una vez establecida la Zona en esta forma y dotada por consiguiente de la seguridad que traerían consigo las medidas que para ello dejamos indicadas queda al elevado juicio de nuestra dignísima autoridad resolver otro de los problemas [que] inmortalizarían una vez más su nombre, llevándose tras de sí la bendición y máxime agradecimiento de todo un pueblo. Nos referimos a las fincas, caseríos y demás terrenos hoy embargados y que quedarán después dentro del perímetro de la Zona.

            Estas fincas, divididas en lotes proporcionales, podrían adjudicarse por lo pronto gratuitamente a los pobres [y] demás familias que carecen de propiedades y recursos para arrendarlas, no solo con el fin [de] que las cultivaran y reconstruyeran, sí que también para que les sirviera de elemento para crearse un humilde porvenir, aun cuando después de puestas por ellos en producción se les exigiera un pequeño censo anual, que fácilmente podrían entonces satisfacer para ayudar de este modo y en la proporción que todos debemos a las obligaciones de nuestro Tesoro Nacional. Una ley especial determinaría en este caso las bases a que quedarían sujetos los dueños de fincas el día que por la Junta clasificadora se levantara el embargo de las mismas, teniendo esta ley en cuenta como principio de equidad los sacrificios y mejoras llevadas a cabo por los colonos en aquellas propiedades.

            No terminaremos este modesto escrito sin antes dedicar una página de admiración y gratitud a la filantrópica y elevada conducta del que es hoy Excelentísimo Señor Comandante General de aquel Departamento, Don Federico Esponda y Morell.

            Este distinguido Oficial General, guiado de un sentimiento que tanto honra y enaltece a nuestras autoridades, y penetrado de la crítica situación por [la que] atraviesan sus gobernados, y haciendo tal vez un sacrificio irreparable, distribuye con mano pródiga a los más necesitados de aquella localidad no solo las raciones que como limosna pide para ellos, sí que también nos consta reparte casi todo su sueldo entre los pobres, para de este modo aliviar en parte las necesidades de aquellos desgraciados.

            Decía también Napoleón que la verdadera recompensa de los caudillos es la opinión de sus "conciudadanos". La nuestra como militares, y la del pueblo que tan dignamente gobierna, no puede ser otra que la más favorable para el Brigadier Esponda; acepte pues esta ligera muestra de consideración y respeto no solo [en] nuestro nombre, sí que también en el de los habitantes de Puerto Príncipe, los cuales no dude desean ardientemente una propicia ocasión en que probar a su gobernador toda la extensión de su gratitud y reconocimiento. Fin.


Hojita anexa con anotaciones:

-Torre de 16 metros de diámetro; tiene 201,062 metros cuadrados de superficie, a razón de 2 metros cuadrados por hombre y faltan Oficiales.

-Fuerte. Tomemos el tipo de San Jerónimo, con cubierta de teja y paredes de forma en tabla.

-Telégrafo. 12 telegrafistas y material para igual número de estaciones. Unos 150 kilómetros de línea telegráfica.

-Superficie de la zona. Unas 24 leguas cuadradas.

-Calcula al Príncipe con 40.000 almas.      

viernes, 1 de agosto de 2014

MEDALLA ANTIGUA DE LA SANTA FAZ


Por las características de esta pieza consideré inicialmente que podría tratarse de una tésera romana para el acceso privilegiado al teatro. Pero alguien por internet amablemente me indicó que seguramente estamos ante una medalla religiosa de la Santa Faz, según apuntan otras piezas mejor conservadas y de iconografía similar. Damos por buena esta interpretación, que nos situaría por tanto ante un objeto devocional relacionado con la tradición de Verónica, mujer que, según un episodio no recogido en los evangelios canónicos, secó el sudor y la sangre del rostro de Cristo camino del Calvario con un paño en el que milagrosamente quedó impresa su imagen. Uno de los pliegues de este paño se correspondería según la devoción popular con el lienzo de la Santa Faz, traído a España en el siglo XV, y conservado en un monasterio de religiosas clarisas en la ciudad de Alicante. También en la catedral de Jaén se guarda desde el siglo XIV una tela conocida como “Rostro Santo”, por la posibilidad de haber quedado allí reflejada la imagen del rostro de Jesús. Entre las reliquias italianas de carácter similar destaca el “Volto Santo” de Manoppello, mientras que la llamada “Santa Faz” de Génova se desvincula del gesto piadoso de Verónica, remitiendo en cambio al “Mandylion” de Edesa, imagen que pudo haber sido tomada en plena actividad predicadora de Cristo con una finalidad curativa.

A la pequeña pieza de bronce que ahora analizamos le falta una parte debido a su rotura. Se intuye a pesar de ello que originalmente debió presentar simetría bilateral. El anverso lo constituye una amplia tela de pliegues bien marcados y con un reborde vuelto, el cual se acompañaría de otro similar en el extremo opuesto. Emerge en relieve hacia el centro de la tela una cabeza, la cual podemos asociar con la representación de Cristo sufriente, coronada de espinas entrelazadas y con la boca abierta expresando dolor. Presenta dos cascadas laterales de pelo largo y liso, sobresaliendo también el cabello ligeramente por encima de la corona de espinas. El anverso del objeto descrito lleva una especie de pasta blanca en sus espacios más interiores, por encima de la cual iría una capa de pintura roja, de la que quedan aún algunos restos. El color rojo estaría relacionado con la sangre y la pasión de Cristo, tiñendo la blancura inicial del lienzo. La pieza aludida de estar completa mediría aproximadamente unos cuatro centímetros de ancho. La altura máxima de la parte que se conserva no alcanza por poco los tres centímetros. El tipo de fractura de su zona superior podría revelar que inicialmente la pieza contaba con una perforación intencionada para facilitar su uso como colgante, si bien esto no deja de ser tan sólo una especulación. En el reverso de esta posible medalla religiosa se aprecian varias líneas de escritura, las cuales tal vez recogen una oración. Están separadas unas de otras mediante puntos colocados a distancias regulares. Los signos parecen de varios tipos, conviviendo letras de distinto porte. Se repite en el interior de varias líneas un guión largo situado a una altura intermedia con respecto a las demás letras, actuando quizás como elemento de separación en la enumeración de ideas. El reverso de la pieza se encuentra algo rehundido justo por detrás de la cabeza del anverso, quizás debido al método usado por el artesano para dar mayor relieve a ésta con el metal todavía maleable.

El nombre de Verónica parece imbricado con la expresión latina “vera icon” (imagen verdadera), aunque se valora también su posible procedencia del nombre griego Berenice. La acción piadosa que se le atribuye a Verónica tuvo un amplio desarrollo iconográfico en el arte cristiano desde fines de la Edad Media. Aparece en la sexta estación del viacrucis tradicional, oración centrada en las penalidades por las que pasó Jesús en sus últimos instantes de vida terrena. El nuevo viacrucis de 1991, usado alternativamente con el tradicional, suprimió el episodio en el que Verónica limpiaba el rostro de Cristo, al haber sido tomado de los evangelios apócrifos. Verónica está muy presente en las detalladas visiones que acerca de la vida de Jesús tuvo la beata alemana Ana Catalina Emmerick (1774-1824), monja contemporánea del auge del movimiento romántico. Estas visiones fueron recogidas al dictado durante varios años por el escritor romántico alemán Clemens Brentano, que pasó muchos momentos escuchando a la monja enferma. Según Ana Catalina Emmerick, el nombre real de la mujer que después fue llamada Verónica por los cristianos era Serafia. Veía poco a su marido Sirac, el cual estaba socialmente bien considerado por los hebreos, ocupando un puesto de relevancia en el Consejo del Templo. Serafia tenía una edad parecida a la de la Virgen María. Conocía a la Sagrada Familia desde hacía bastante tiempo, pues por ejemplo cuando Jesús se quedó en el Templo con doce años, ella le dio de comer. El cáliz usado por Jesús durante la última cena fue según la beata entregado a los apóstoles Pedro y Juan por Serafia. Este cáliz había pasado muchos años en el Templo junto a otros objetos preciosos, siendo luego comprado por Serafia a un aficionado a las antigüedades. Jesús lo había usado ya antes de la última cena en otras celebraciones, pasando tras su muerte a ser custodiado por la joven comunidad cristiana.

Según la visionaria, cuando se habían andado unos doscientos pasos desde que Simón ayudaba a Cristo a llevar la cruz camino del Gólgota, Serafia, una mujer alta y de aspecto imponente, salió de su bella casa, con una niña de la mano, arrodillándose ante Jesús y presentándole un paño extendido. Jesús tomó el paño, lo puso sobre su cara ensangrentada y se lo devolvió agradecido. La niña de nueve años que acompañaba a Serafia y que había sido adoptada por ésta hizo un tímido gesto ofreciendo un vaso de excelente vino aromatizado a Jesús, pero los soldados no permitieron que bebiera. Se originó entre la gente un tumulto de unos dos minutos por el brusco trato dispensado al reo, golpeándose a éste de nuevo. Serafia volvió a entrar en su casa, extendió el paño sobre una mesa y se desmayó al ver el rostro de Jesús estampado en el mismo. Al volver en sí manifestó querer dejarlo todo por haber recibido aquel portentoso recuerdo. Según Ana Catalina Emmerick, el paño era de lana fina, tres veces más largo que ancho, del tipo que se solía llevar alrededor del cuello, usándose a veces para mostrar compasión hacia los afligidos. Serafia guardó siempre el lienzo a la cabecera de su cama, siendo tras su muerte para la Virgen María y luego para la Iglesia a través de los apóstoles. Serafia decidió subir al monte Calvario junto con otras mujeres, manteniéndose a cierta distancia del lugar de la crucifixión. Algunas de estas mujeres dieron dinero a un hombre para que lograse que Jesús pudiera beber en su suplicio el vino preparado por Serafia, pero los alguaciles se quedaron con este vino, dando a Jesús una mezcla de vino y mirra. Jesús mojó sus labios en esta mezcla, pero sin llegar a beber de la misma. Según las visiones de la beata, Serafia estuvo también en la comitiva que acompañó el cuerpo muerto de Jesús hasta el sepulcro en que fue depositado.

Queremos a través de la posible medalla religiosa comentada introducir una reflexión acerca de si los objetos antiguos permiten no sólo tener un mayor conocimiento del contexto histórico en que fueron utilizados, sino también de las personas concretas que los fabricaron o los tuvieron prolongadamente consigo. En el caso de las monedas, que figuran entre los objetos antiguos más corrientes, el nivel de conexión que se da con el pasado es más bien a nivel de sociedad o grupo amplio, puesto que normalmente las monedas pasan rápidamente de mano en mano para obtener a cambio diversos bienes tangibles. Es decir, las personas no se solían apegar demasiado a ellas, sino que estaban deseando entregarlas para conseguir otras cosas que verdaderamente deseaban. En cambio otro tipo de objetos antiguos pueden tener incorporada una mayor carga vivencial, emotiva y espiritual referida a individuos concretos de otras épocas. Un buen ejemplo podría ser un rosario de cuentas muy desgastadas, utilizado para rezar por la misma persona muchos años. En el caso de un objeto totalmente artesanal, diferente a todos los demás, podríamos rastrear rasgos de la personalidad de quien lo produjo o de quien lo encargó. Si se trata de un objeto de gran belleza o valor lo normal es que fuese cuidado con mimo por una determinada familia, pudiéndose aquí abrir la discusión de si el objeto queda o no impregnado por quienes tantas veces lo contemplaron o lo tuvieron en sus manos, considerándolo especial. Los anillos serían en este sentido objetos de fuerte contenido personal, al sellar el vínculo estrecho entre dos personas. Los anillos son en definitiva la materialización de un fuerte impulso, normalmente pasional, lo que ha llevado en algunas películas a hipotetizar acerca de las sensaciones y sucesos desencadenados por quien se hace con un anillo antiguo, antes perdido o empeñado por necesidad.

Una base de creencias similar está presente en el asunto de las reliquias. Con frecuencia las ropas u objetos personales de los recién fallecidos con fama de santidad eran repartidos y conservados con devoción por quienes esperaban mantener algún signo de unión con él y obtener así algún favor espiritual. E incluso se esperaba a la momificación natural o a la corrupción de los miembros del santo para llevarse de él algún tejido o algún hueso. Cuando alguien se muda a una casa ya anteriormente ocupada por otros habitantes, la reacción con respecto a los objetos que éstos dejaron allí puede ser diversa, de querer conservarlos o de querer deshacerse cuanto antes de ellos. En la resolución tomada influye mucho curiosamente nuestra percepción del ambiente que nos precedió en el lugar, si había discusiones frecuentes o si reinaba la paz. Estos objetos, figuras e imágenes dicen a veces mucho de quienes los compraron, otorgándoles un rol decorativo o funcional en su vida diaria. Si de repente esos objetos llegan a nosotros, inmediatamente pensamos en la conveniencia o no de quedárnoslos, no sólo por nuestros gustos personales, estado de conservación o utilidad real, sino también porque consideramos que retienen algo de su anterior propietario, bien el churre superficial o bien algo inmaterial. Los objetos descartados terminan a veces en la basura y otras veces en los mercadillos de segunda mano, desarraigados hasta que aparece un nuevo comprador, el cual los vivifica atribuyéndoles nuevas connotaciones, en general positivas.


Los arqueólogos, ya vocacionalmente, están predispuestos a experimentar erizamientos del vello de los brazos al sacar a la luz un objeto antiguo, o al abrir una caja de cosas viejas y encontrarse con una pieza cuya tipología sólo habían visto en los libros. Esa reacción tiene bastante de fetichismo, bien entendido, ya que el objeto no sólo permite conocer más de la sociedad en que estuvo inmerso su antiguo dueño, sino que también parece conservar algo intangible de él. A pesar de ello no debemos sobrestimar la importancia de los objetos en el análisis arqueológico, ya que si el objeto llega descontextualizado hasta los investigadores aporta bastante menos información que si es encontrado in situ, dentro de su estrato. La procedencia del hallazgo sirve por ejemplo para insertar el objeto en un mapa de distribución de piezas similares, lo que se traduce en un estudio más exhaustivo del alcance de una determinada cultura material. Una diferencia importante entre la disciplina arqueológica y el ámbito del anticuariado es que este último tiende a despreciar los objetos que no se encuentran en buenas condiciones, mientras que para un arqueólogo el estado de conservación es secundario con respecto a la información que el objeto pueda aportar sobre las formas de vida en el pasado. Incluso se podría decir que un objeto antiguo que está hecho trizas se convierte para el investigador en un reto mayor, de modo que si a partir de unos pocos elementos característicos puede adscribirlo cronológica o culturalmente, la satisfacción personal generada es muy grande. En los rastrillos que venden antigüedades de distintas épocas, las miradas suelen centrarse en los objetos mejor conservados que quedarían bien como elementos decorativos en los hogares. Pero alguien con formación arqueológica empezaría instintivamente a rebuscar entre los pequeños fragmentos metálicos o cerámicos, sintiendo en sus dedos el vértigo del paso del tiempo. Aunque se trate de piezas rotas, pueden aportar datos novedosos, no deben desecharse a la ligera. Sirven para perfeccionar nuestro conocimiento del pasado, sirven para conectar con quien las hizo, sirven para despertar del olvido a quien las utilizó.

miércoles, 1 de enero de 2014

ERITREA A TRAVÉS DE SU SISTEMA MONETARIO


La moneda de Eritrea recibió el nombre de Nakfa en honor al lugar en que se hizo más palpable la resistencia del Frente Popular para la Liberación de Eritrea con respecto al ejército unionista etíope. Desde que la pequeña ciudad cayó en manos de los rebeldes en 1977, ésta se mantuvo en su poder hasta la consecución final de la Independencia en 1993. Nakfa se emplaza en la provincia denominada Región Norte del Mar Rojo, a unos 70 kilómetros de la costa en línea recta. Se sitúa a algo más de 1700 metros de altitud, a los pies de diversas formaciones montañosas que sirvieron de refugio a los soldados cuando se producían los ataques etíopes. Prácticamente toda la ciudad fue destruida por los insistentes bombardeos y ataques de artillería, si bien la mezquita fue escrupulosamente respetada, manteniéndose siempre en pie. Los rebeldes eritreos excavaron durante el conflicto largas redes de trincheras, las cuales rodeaban la ciudad o distintas posiciones montañosas. En estas trincheras se vivieron episodios bélicos terribles, con angustiosos intercambios de disparos y granadas, traducidos en la muerte de muchos hombres de ambos bandos. En los alrededores de Nakfa los eritreos construyeron instalaciones semiescondidas o incluso subterráneas, tales como hospitales, centros productivos, imprentas, una estación de radio y un colegio, todo ello con miras a resistir un prolongado asedio. Se trataba de estructuras rudimentarias de piedra, en las que fueron creciendo los vínculos de amistad entre los rebeldes, cuyo número se iba incrementando con voluntarios procedentes de otras provincias. El ejemplo de la resistencia de Nakfa favoreció la extensión de las ideas independentistas, si bien las principales ciudades eritreas siguieron controladas largo tiempo por las autoridades etíopes. Desde 1974, año en que fue derrocado el emperador etíope Haile Selassie, hasta 1987, en que se establece una República Democrática Popular, gobernó en Etiopía una junta militar comunista conocida como Derg, dirigida por Mengistu, y que era partidaria de la total represión del movimiento soberanista eritreo. Al conflicto civil se sumaron graves sequías, como la que en 1984 provocó una devastadora hambruna. Mengistu logró mantenerse en el poder hasta 1991, abriéndose con su caída definitivamente las puertas para que Eritrea buscase por cauces más pacíficos su Independencia, reconocida de manera oficial por Etiopía dos años después. La nueva administración eritrea convirtió la ciudad de Nakfa en gran referencia simbólica, hasta el punto de dar dicho nombre a la moneda nacional.


Actualmente Eritrea se divide en seis regiones administrativas llamadas “zobas”, establecidas en 1996 conforme a criterios geofísicos antepuestos de manera intencionada a otros de índole histórica o étnica. Estas regiones son las siguientes: Maekel o Central (pequeño distrito diseñado para la capital del país, Asmara); Región Norte del Mar Rojo (con capital en la ciudad portuaria de Massawa); Región Sur del Mar Rojo (con capital en la ciudad portuaria de Aseb); Anseba (hidrónimo con capital en Keren); Gash-Barka (con capital en la ciudad de Barentu); y Debub o Sur (con capital en Mendefera). Durante la época colonial italiana (1890-1941) la división provincial de Eritrea tuvo más en cuenta aspectos étnicos y lingüísticos, así como la compartimentación territorial derivada de la influencia de las distintas noblezas locales. Por entonces Eritrea tenía ocho provincias: Hamasien, Sahel, Semhar, Denkalia, Senhit, Barka, Seraye y Akele-Guzay. Este esquema organizativo pervivió durante el período de administración británica (1941-1952), durante la época de federación con Etiopía (1952-1962) y durante el período de anexión por Etiopía (1962-1993). Al independizarse, Eritrea optó inicialmente por mantener en términos generales las provincias anteriores, pero introduciendo dos cambios: la creación de una provincia capitalina para Asmara, separándola del resto de Hamasien, y la división de la provincia de Barka, que era bastante extensa, en dos. Una de ellas, más septentrional, siguió llamándose Barka, y la otra pasó a ser denominada Gash-Setit. La reducción a seis provincias históricamente más artificiales llevada a cabo en 1996 tuvo partidarios y detractores. Los primeros argumentaron que la nueva división administrativa, diseñada en función de los recursos de cada territorio, ayudaría a una gestión más optimizada de los mismos, permitiendo además terminar con las viejas disputas étnicas por el uso agrícola o ganadero de determinadas tierras que antes se situaban en zonas fronterizas. Los últimos pensaban en cambio que la reorganización provincial pretendía alterar de manera encubierta el delicado tejido étnico-cultural del país, para caminar así más fácilmente hacia una redefinición nacional que uniformizase al conjunto de la población.


La sociedad eritrea presenta una gran diversidad cultural, plasmada en la existencia de nueve grupos étnicos oficialmente reconocidos, algunos de los cuales habitan también en Sudán, Etiopía, Yibuti o Somalia. Esta circunstancia señala cómo las fronteras de los estados africanos, herederas del pasado colonial del continente, no siguen en muchos casos criterios étnicos o lingüísticos, sino otros bastante artificiosos. Teóricamente, cuando las sociedades africanas alcancen niveles altos de desarrollo y civilización (aunque la definición actual de este término deba ser puesta en cuarentena), podrían generarse a nivel identitario dos tipos de fenómenos. Por un lado, una gran fragmentación, con la aparición de numerosos estados nuevos que ocasionalmente integren zonas de estados actualmente distintos, alumbrándose la utopía romántica del rehermanamiento dentro las mismas culturas. En cambio por otro lado podría producirse la aceptación de los hechos históricos consumados, integrándose en los mismos estados actuales diferentes grupos étnicos sobre los que se hubiese operado un proceso de convergencia cultural dirigida desde los aparatos del poder, equilibrando con astucia el respeto a las respectivas identidades con la creación de grandes potencias económicas. Y es que la prosperidad o la penuria económica serán factores claves que determinen si los pueblos africanos eligen la soberanía basada en cuestiones étnicas y lingüísticas o la cómoda pertenencia a una realidad social ya fuertemente estructurada. Cuanto más se dilate el proceso, más probable es que no se generen demasiados estados nuevos, ya que los movimientos poblacionales internos entre regiones convertirán el escenario en tan diverso que se alcanzará otro tipo de utopía: la mezcla étnica absoluta, compensando tal vez la paz obtenida el que se pierdan los elementos definitorios de las culturas de partida.


Una solución intermedia que evitase la desaparición de las culturas minoritarias radicaría en la creación de provincias federadas dentro de cada estado, ajustándose los límites de cada provincia a la realidad étnica del territorio, como ocurre actualmente en Etiopía. Las divisiones administrativas que pretendan saltarse a la ligera la composición cultural de cada estado con vistas al establecimiento de un orden nuevo basado en valores universales y criterios productivos podrán conseguir grandes logros sociales y económicos, pero harán peligrar el patrimonio cultural inmaterial de muchos pueblos. Si en el contexto africano a cada hipotética provincia federada se le dan los medios institucionales para velar por el cultivo de su lengua y tradiciones, ello podría derivar bien en el correcto ensamblaje de cada estado o bien en la madurez independentista, sin que se deba ver deslealtad en esta última opción, siempre libre y mayoritariamente elegida. Con frecuencia los estados africanos actúan obcecadamente a través de sus élites como si fuesen organismos vivos, temiendo perder cualquiera de los miembros territoriales que la evolución histórica les confió, viendo en ello una gran tragedia, una traición a los constructores de sus recientes patrias. En cambio el concepto decimonónico de nación, ajeno hasta hace poco al ámbito africano, es mucho más natural que el concepto de estado, porque la nación toma conciencia de sí misma en el momento oportuno y decisivo, existe independientemente del reconocimiento oficial que se la dispense. Si se siente peligrar, busca los medios para sobrevivir, cayendo en ocasiones en el extremo de readoctrinar, de renaturalizarlo todo para hacerse más fuerte. Se evitarían muchos conflictos si viésemos la nación desde la óptica de los círculos concéntricos, es decir, se puede ser de una nación que pertenece a otra nación, siendo la primera tan valiosa para la segunda como si ocupase su mismo centro. El ciudadano del estado compuesto por varias naciones podría aludir a esta situación, si la sinceridad de sus sentimientos se lo permitiese, mediante la expresión: “Hay en mi nación naciones que hacen que mi nación sea nación de naciones”. Los estados africanos tienen el reto de incrementar el bienestar material de su población sin convertir a los ciudadanos en meros súbditos napoleónicos, incidiendo en cambio en el orgullo de pertenencia a sus respectivas comunidades locales, por mucho que el mosaico étnico resultante parezca difícil de gestionar.


De los nueve grupos étnicos existentes en Eritrea, tres de ellos (tigriña, tigre y rashaida) hablan lenguas semitas. Cuatro de ellos (afar, saho, bilen y hedareb) hablan lenguas cusitas. Y dos de ellos (kunama y nara) hablan lenguas nilo-saharianas. La etnia tigriña constituye aproximadamente el 55% de la población. Ocupa áreas centrales del país, incluyendo la capital Asmara, si bien hay que valorar que en dicha ciudad confluyen gentes procedentes de todos los puntos de Eritrea, convirtiéndose por tanto en un gran núcleo intercultural. La lengua tigriña, con su peculiar alfabeto, actúa junto con el árabe y el inglés como lengua vehicular, en la que volcar por ejemplo los mensajes oficiales dirigidos al conjunto de los ciudadanos del país. La etnia tigre, distribuida por territorios septentrionales del Interior, agrupa al 28% de la población de Eritrea. La etnia rashaida, que habita las costas desérticas de la Región Norte del Mar Rojo, constituye más o menos el 2% del total de la población. Los primeros rashaidas llegaron a Eritrea a mediados del siglo XIX procedentes de la península arábiga. La etnia afar, establecida en las costas desérticas de la Región Sur del Mar Rojo, representa el 3% de la población. La etnia saho, ubicada en la costa central del país, aglutina de manera aproximada al 4% de la población de Eritrea. La etnia bilen, concentrada en la ciudad de Keren (que es la segunda más importante del estado) y áreas próximas, suma el 2% del total de la población del país. La etnia hedareb, que puebla áreas norteñas interiores cercanas a la frontera sudanesa, constituye más o menos el 3% de la población de Eritrea. Y las etnias kunama y nara, correspondientes al Suroeste del país, suponen respectivamente el 2% y el 1% del total de la población. Todas estas etnias tienen sus lenguas propias, utilizándose también a nivel educativo el árabe (por su valor estratégico y religioso), el inglés (por su valor comercial) y el italiano (por los vínculos históricos). Aproximadamente la mitad de la población de Eritrea profesa la religión islámica. Los cristianos, concentrados principalmente en las regiones Maekel y Debub, constituyen más o menos un 40% de la población total, con más seguidores de la Ortodoxia Oriental que católicos, y con más católicos que protestantes. Las antiguas creencias tribales y animistas están especialmente arraigadas entre las etnias kunama y nara.


El referéndum de autodeterminación celebrado en Eritrea en abril de 1993 dio una amplia victoria a los secesionistas, de modo que el país se proclamó como un estado independiente, oficialmente reconocido por Etiopía y el resto de la comunidad internacional, el 24 de mayo de 1993, justo dos años después del derrocamiento de Mengistu como Presidente de Etiopía. Afewerki, que desde 1987 era el Secretario General del Frente Popular para la Liberación de Eritrea, se convirtió en el primer y hasta ahora único Presidente del nuevo estado, imponiendo un régimen unipartidista. El desencanto ocasionado por el hecho de que no se adoptase un sistema democrático se acompañó de actitudes excesivamente militaristas que impidieron la estabilidad de una economía ya de por sí bastante pobre. El gobierno eritreo fijó sus intereses a fines de 1995 en el archipiélago de Hanish, situado en el Sur del Mar Rojo, y habitado tan sólo por algunos pescadores yemeníes. Esta reclamación territorial sin demasiado sentido se hizo a pesar de que Eritrea ya cuenta con un archipiélago mayor, el de Dahlak, así como con otros islotes dispersos próximos a su costa continental. Se decía que entre los motivos ocultos del conflicto estaría el deseo de realizar en la zona prospecciones petrolíferas o el poder negociar con supuestos aliados internacionales la instalación de una base militar. El asunto fue puesto en manos de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya, que dictaminó en 1998 que el archipiélago de Hanish estaba sujeto a la soberanía del Yemen. Eritrea aceptó el veredicto, retirando sus tropas de dichas islas.


En el mismo año de 1998 Eritrea se enfrascó en una nueva ofensiva territorial, esta vez frente a Etiopía, y a pesar de la buena voluntad que ésta había mostrado en 1993 hacia el nuevo camino independiente emprendido por Eritrea. Las fronteras establecidas entre Eritrea y Etiopía habían seguido las fijadas durante la época colonial italiana, pero existía el inconveniente de que algunos tramos de las mismas no estaban bien definidos por los documentos antiguos. Además, tras la conquista de Etiopía (Abisinia) en 1935, Mussolini desplazó unos kilómetros al Sur la frontera con Eritrea para beneficiar a ésta, lo que a la larga ha supuesto una fuente de conflictos. La codicia territorial expresada por el nuevo estado se le hizo insufrible a las autoridades etíopes, que en 1993 habían tenido que aceptar la humillación de perder su salida al mar, con los perjuicios económicos que ello acarreaba. El mayor desacuerdo en cuanto a extensión se daba en torno a la pequeña ciudad de Badme y al Suroeste de la misma. El ejército eritreo invadió esta región, dando lugar inicialmente a pequeños enfrentamientos con las tropas etíopes. Eritrea acusó luego a Etiopía del asesinato de varios funcionarios, y amparándose en ello penetró con numerosas fuerzas en territorio etíope. Al tomar dicha iniciativa Eritrea no valoró adecuadamente su propia capacidad militar, numéricamente muy inferior a la de Etiopía. Además, no era lo mismo luchar por una causa justa, como su Independencia, en la que obtuvo el éxito, que por una dudosa causa relacionada con el expansionismo territorial. Etiopía declaró la guerra a Eritrea, bombardeó su capital, rompió las líneas defensivas enemigas, destruyó buena parte de sus infraestructuras y ocupó la cuarta parte del territorio eritreo. El conflicto provocó numerosas bajas en ambos ejércitos, así como más de medio millón de desplazados. Eritrea, exhausta, solicitó el alto el fuego en el año 2000. Por los acuerdos de Argel, ambos estados, muy dependientes de la ayuda económica exterior, se comprometieron a aceptar las resoluciones de los tribunales internacionales acerca de sus fronteras comunes. Se estableció una zona desmilitarizada de 25 kilómetros de ancho, dentro de Eritrea, vigilada por los cascos azules de las Naciones Unidas. La Comisión de Límites de La Haya señaló en 2002 que Badme y Tsorona debían ser de Eritrea, mientras que Zalambessa y Bure quedaban bajo soberanía etíope. Este dictamen benefició mucho en extensión territorial a Eritrea. Etiopía, dolida en cuanto a que la victoria en el terreno militar le había correspondido a ella, sigue sin abandonar algunas áreas de Badme, de modo que la tensión continúa presente a los dos lados de la larga frontera.


Las malas relaciones diplomáticas existentes entre Eritrea y Etiopía lastran su desarrollo económico, y suponen además un drama para muchas familias mixtas, pues los lazos consanguíneos entre ambas poblaciones son grandes. Eritrea destina al gasto militar una parte excesiva de su presupuesto. Su actitud beligerante le ha llevado a intervenir también, con la excusa de los vínculos étnicos y la estabilidad interior, en los asuntos de Somalia y Sudán (país del que se segregó en 2011 Sudán del Sur). También las relaciones de Eritrea con Yibuti son malas, pues Etiopía decidió desviar sus cuantiosas operaciones comerciales marítimas desde los puertos eritreos a Yibuti, que pasó así a ser un gran rival económico en la región. Entre Eritrea y Etiopía se da en cierta forma también una disputa financiera, ya que la introducción en 1997 en el primero de estos países de la nueva divisa, el Nakfa, sustituyendo allí al Birr etíope (tras tres semanas de convivencia de ambas monedas), incrementó los recelos económicos mutuos. El aumento de los costes comerciales que esta medida suponía para Etiopía provocó la disminución de las transacciones entre ambos países, incrementando el desempleo y provocando la emigración de muchos jóvenes. Era lógico que Eritrea tuviese una moneda propia, importante signo de autoafirmación, pero quizás debería haberse acordado previamente su paridad con el Birr, manteniéndose así los dos países en el mismo espacio económico. Lo que debería ser una relación fluida, marcada tanto por el determinismo geográfico como por las relaciones interpersonales, se ha transformado en cambio en un fuerte perjuicio bilateral. Algunos observadores apuntan a que se aprecia en Eritrea un sentimiento de superioridad por su mayor occidentalización, lo que la aleja del misticismo panafricanista etíope. El régimen centralizado y uniformizador vigente en Eritrea plantea graves incógnitas sobre el futuro del país. Su prosperidad pasa a nuestro entender por recomponer pacíficamente sus relaciones con Etiopía e iniciar una rápida transición democrática.


El gobierno colonial italiano acuñó para Eritrea, entre los años 1890 y 1896, monedas de plata de cuatro valores distintos: 50 centésimos, 1 lira, 2 liras y 5 liras (pieza esta última equivalente a un tálero), ajustándose todas ellas a los estándares de la Unión Monetaria Latina. Las tres primeras monedas, cuyo peso respectivo era de 2’5, 5 y 10 gramos, presentaban una pureza de 835 milésimas, mientras que la de 5 liras, de gran módulo y peso algo superior a los 28 gramos, tenía una pureza de 800 milésimas. Todas ellas llevaban en su anverso el busto del rey de Italia, Humberto I, realizado por el grabador Filippo Speranza. El rey es representado con corona cerrada y traje militar, así como con su característico y poblado mostacho. Entre los adornos del cuello de su indumentaria puede apreciarse el emblema italiano de la estrella de cinco puntas, “stellone”, protagonista del actual escudo republicano de Italia. En el reverso de las piezas de los tres valores menores va el nombre de la Colonia Eritrea en italiano, tigriña y árabe. La decoración se compone de una estrella rutilante de cinco puntas y de dos ramas de olivo entrelazadas, junto con la consignación del valor y la inicial de la ceca. Las piezas de 50 centésimos fueron acuñadas en Milán, mientras que las monedas de 1 y 2 liras fueron realizadas en Roma. Las piezas de 5 liras, las cuales no tienen marca de ceca, presentan en su reverso un elaborado escudo. Se trata de un águila imperial coronada, de alas explayadas, sujetando con sus garras un cetro, una vara decorada con cruces, y el collar de la Orden de la Santísima Anunciación. Esta orden honorífica fue fundada en 1362 por la Casa de Saboya para incentivar la unión y la fraternidad entre los poderosos, de modo que se evitasen las guerras y los conflictos de diversa índole entre ellos. El collar alterna nudos y rosas, teniendo como elemento principal una escena de la Anunciación. El pecho del águila se protege con las armas heráldicas de la Casa de Saboya. Buena parte de las monedas de los cuatro valores mencionados fueron retiradas años después de la circulación, refundiéndose para su posterior reacuñación conforme a la nueva iconografía del poder. Y es que Humberto I murió de manera inesperada, en 1900, asesinado por un anarquista, contrario a la política conservadora y hostil a los sindicatos llevada a cabo por el rey.


En 1918, reinando en Italia Víctor Manuel III, se acuñaron en Roma para Eritrea algo más de medio millón de táleros, los cuales pretendían competir comercialmente en el área del Mar Rojo y el cuerno de África con el popular “thaler” austríaco de María Teresa, producido con asiduidad por varias cecas internacionales, y todavía hoy en día por Viena. Las monedas realizadas tras el fallecimiento de la emperatriz austriaca, acaecido en 1780, optaron por seguir consignando como fecha dicho año. Podemos ver en ello cierta trampa numismática orientada a que la supuesta antigüedad creciente de tales piezas reforzase la confianza en las mismas como instrumento comercial, sobre todo en ámbitos coloniales o para las transacciones entre estados. Esta medida dificulta a los estudiosos actuales averiguar el año exacto de producción, resintiéndose por tanto uno de los elementos que acrecentarían el valor de dichas monedas argénteas: su antigüedad real. Italia calcó en 1918 el peso del “thaler” de María Teresa, 28’0668 gramos, aumentó ligerísimamente su pureza (de 833 a 835 milésimas) e imitó a través del grabador Attilio Silvio Motti su iconografía. Este artista se valió en los anversos de una alegoría femenina del reino de Italia, con escote de encaje, manto de armiño, diadema, broche en el pelo y poblada cabellera de rizos, dando a la imagen un intencionado aspecto propio de fines del siglo XVIII. El reverso también se inspiró en algunos elementos del “thaler” de María Teresa, incluyendo por ejemplo una cinta decorativa para la corona y utilizando como recurso una larga inscripción latina con abuso de abreviaturas: “AD NEGOT. ERYTHR. COMMOD. ARG. SIGN.” Completa dicha inscripción sería: “Ad negotiorum Erythraeorum commoditatem argenteum signatum” (Moneda batida en plata para la comodidad de los negocios de los Eritreos). El elemento principal de los reversos era, como en el tálero de Humberto I, un águila imperial coronada, con las alas extendidas, luciendo las armas de la Casa de Saboya. A pesar de los esfuerzos realizados por las autoridades italianas, la moneda argéntea de 1918 generó recelos en el ámbito comercial del Oriente africano, de modo que se decidió no acuñarla nuevamente. Esta desconfianza entre los indígenas se debió en parte a que la nueva moneda no tenía ningún elemento de acusado relieve que permitiese valorar fácilmente su futuro desgaste.


El tálero de 1918 llevaba inscrito por triplicado en el canto el “motto” de la Casa de Saboya, FERT, partícula de significado discutido adoptada en el siglo XIV, en tiempos del Conde Amadeo VI. La mayor parte de las interpretaciones consideran FERT como un acrónimo latino. Enumeramos aquí algunas hipótesis tradicionales: “Foedere Et Religione Tenemur” (Nos mantienen unidos el Pacto y la Religión); “Fides Est Regni Tutela” (La Fe es la Protección del Reino); “Fortitudo Et Robur Taurinensis” (Fuerza y Robustez turinesa); “Fortitudo Eius Rhodum Tenuit” (Su Fuerza preservó Rodas); “Fors Eius Romam Tenuabit” (Su Fuerza destruirá Roma); Entre las teorías que no consideran la partícula exaltadora FERT como un acrónimo está la que la traduce del latín tardío como “Soporta” y la que la relaciona con el acortamiento de un antiguo término italiano válido para “Fortaleza”. Se habla de un torneo celebrado en Chambéry al cual Amadeo VI acudió con varios de sus caballeros, portando como divisa identificativa un collar como los usados por los lebreles de caza, y en el que figuraba la leyenda FERT en letras de oro. Esta partícula fue incluida por Amadeo VI en el collar de la orden honorífica de la Santísima Anunciación, sin especificarse su significado concreto o diluyéndose el mismo a lo largo de las épocas posteriores.


Desde el año 1993 y hasta la entrada en vigor del sistema monetario de Eritrea, el país realizó diversos ensayos numismáticos mediante acuñaciones conmemorativas efectuadas por la ceca privada Pobjoy. Se trata de piezas de cuproníquel de 1 dólar, monedas de plata de 10 dólares y pequeñas monedas de oro de 100 dólares. El anverso de todas estas piezas es común: un paisaje costero del Mar Rojo en el que figura una embarcación tradicional de vela con dos tripulantes. Parte de la costa representada es abrupta y parte arenosa. Un dromedario, animal emblemático del escudo eritreo, está parado junto a una palmera, mientras dos aves revolotean en el cielo. Los nombres del país en inglés, árabe y tigriña van separados por grupos de tres estrellas. En cuanto a los reversos, destaca el de la primera moneda conmemorativa acuñada por Eritrea, el cual festeja el día de la Independencia, “24 de Mayo de 1993”, y que muestra el antiguo símbolo de las tres ramas de olivo, dos de ellas dispuestas circularmente en torno a otra vertical. La guirnalda de olivo es un icono pacifista empleado también en el emblema de las Naciones Unidas, cuyas gestiones favorecieron el que Eritrea pudiera segregarse de Etiopía. Los demás reversos incorporan en inglés, al igual que monedas conmemorativas acuñadas por otros estados, el mensaje “Preserva el Planeta Tierra”. Las piezas de 1993 se valieron de animales extintos de otras eras geológicas: el triceratops, el ankylosaurus y el pteranodon. Las monedas de 1994 recurrieron a la imagen de un guepardo (“Acinonyx jubatus”) con cuatro crías, una cabeza de rinoceronte negro (“Diceros bicornis”) y un mono colobo negro y blanco (“Colobus guereza”). Las piezas de 1995 utilizaron la imagen de un búho del Cabo (“Bubo capensis”) y de una leona (“Panthera leo”) protegiendo a una cría. Las monedas de 1996 se sirvieron de una pareja de grullas carunculadas (“Bugeranus carunculatus”) y de un halcón lanario (“Falco biarmicus”) posado bajo otro ejemplar de la misma especie en pleno vuelo.


La actual moneda nacional de Eritrea, el Nakfa, se divide en cien centavos. Hay piezas de seis valores: 1, 5, 10, 25, 50 y 100 centavos. La moneda de 100 centavos se corresponde por tanto con 1 Nakfa, valor que también existe en billete. Curiosamente la pieza de 100 centavos lleva inscrita dicha denominación en vez de la de 1 Nakfa, para evitar que dos monedas diferentes de curso legal lleven el mismo valor numérico de 1. Las seis monedas están realizadas en acero recubierto de níquel, metal este último que actúa como una capa protectora frente a la oxidación (acción conjunta del oxígeno y el calor) y frente a la corrosión (acción conjunta del oxígeno y la humedad). Todas las piezas tienen el reborde ligeramente elevado, recurso técnico que aminora su desgaste y facilita su apilamiento. La moneda de 1 centavo presenta el canto liso. Las de 5, 10, 50 y 100 centavos tienen el canto estriado. Y la de 25 centavos alterna en su canto partes lisas y estriadas. En el anverso de todas las monedas aparece la misma imagen, un grupo de soldados avanzando en un enclave montañoso. Uno de ellos sostiene la bandera del Frente Popular para la Liberación de Eritrea, la cual inspiró en sus rasgos generales la actual enseña de Eritrea, en la que en lugar de la estrella amarilla de cinco puntas figura el antiguo emblema eritreo de las tres ramas de olivo. Ocupa un lugar destacado en los anversos el año 1991, durante el cual se estableció en Eritrea un gobierno provisional de aspiraciones soberanistas, si bien la Independencia definitiva con respecto a Etiopía no se alcanzó hasta 1993. En la parte superior aparece en inglés la consigna “Libertad – Igualdad – Justicia”, la cual recoge tres aspiraciones esenciales para los ciudadanos del nuevo estado, expresadas de forma más directa en el lema nacional de Eritrea: “Nunca jamás arrodillarse”. En los reversos el inglés se utiliza, dado el carácter plurilingüe del país, como lengua vehicular para escribir el nombre del estado y los valores de las monedas en centavos. También figura en las piezas el año 1997, que es cuando Eritrea introdujo su propio sistema monetario. Las monedas van adornadas con animales representativos de la fauna autóctona. En las piezas de 1 centavo encontramos una gacela de frente roja (“Eudorcas rufifrons”) macho, de cuernos anillados. Las monedas de 5 centavos muestran sobre un tronco a un leopardo (“Panthera pardus”). En las piezas de 10 centavos figura un avestruz (“Struthio camelus”). Las monedas de 25 centavos llevan una cebra de Grévy (“Equus grevyi”). En las piezas de 50 centavos aparece un kudú mayor (“Tragelaphus strepsiceros”) macho, de retorcida cornamenta. Y las monedas de 100 centavos exhiben un elefante africano (“Loxodonta africana”) hembra, con una cría. Es un acierto la elección del animal terrestre de mayor tamaño para la moneda de mayor módulo. El hecho de que en Eritrea haya tan sólo un centenar de elefantes convierte a este animal en un buen icono para los proyectos nacionales de defensa de la biodiversidad. 


Las monedas y los billetes de Eritrea fueron diseñados por el artista afro-americano Clarence E. Holbert, perteneciente a la Oficina de Grabado e Impresión del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, organismo en el que había comenzado a trabajar tiempo atrás como vigilante de seguridad, ascendiendo de manera progresiva. Recibió el encargo en 1994, y trabajó en el mismo durante tres años y medio. Durante este tiempo analizó numerosas fotografías que reflejaban distintos aspectos de la vida de los eritreos, y viajó a Eritrea en varias ocasiones para impregnarse de experiencias vividas en el país. Fue allí donde encontró la inspiración necesaria para el diseño de los aspectos más relevantes de la nueva moneda nacional de Eritrea. Siguió la consigna recibida por las autoridades del país de que en los billetes debían aparecer los ciudadanos corrientes y no los dirigentes políticos del estado. En la zona central del anverso de cada billete optó por el mismo esquema compositivo, consistente en la representación de tres personas, de modo que el conjunto de los billetes mostrase la diversidad étnica existente en el país. En cinco de los seis billetes el tríptico central es totalmente femenino, representándose a tres niñas con los adornos, indumentarias y peinados propios de sus distintos contextos culturales. Sólo en un billete el tríptico es masculino, mostrando la conexión intergeneracional mediante un niño, un adulto y un anciano. El gran protagonismo concedido a las mujeres en la iconografía monetaria eritrea va más allá del recurso a valores estéticos, homenajeándolas por la destacada participación que tuvieron en el conflicto de autodeterminación, tanto en las operaciones armadas como en el sostenimiento de sus familias. Otro aspecto que destaca en los billetes eritreos es la juventud de la gran mayoría de las personas representadas, sirviendo su frescura como metáfora de la corta vida que en comparación con otros estados tiene de momento Eritrea. Las quince niñas, el niño, el adulto y el anciano que componen los trípticos de los seis billetes eritreos son personas reales y concretas, no meras idealizaciones, lo que dota de mayor fuerza expresiva y carga emocional a esta divisa africana.


Inicialmente todos los billetes eritreos tenían las mismas proporciones, duplicando su largo a su ancho: 140 por 70 milímetros. Pero más tarde se decidió que el formato de los dos billetes de mayor valor fuese ligeramente más grande, de modo que desde el año 2004 el billete de 50 Nakfas mide 143 por 71 milímetros, y el de 100 Nakfas 147 por 72 milímetros. Como color básico se utilizó al principio para todos los billetes el verde, introduciéndose pocos matices de otros colores, presentes éstos especialmente en los anversos. La preponderancia del verde apunta de manera clara a la imitación del color del dólar. Desde el año 2004 el billete de 50 Nakfas pasó a ser eminentemente rosado y el de 100 Nakfas violeta. La producción de los billetes eritreos es realizada por la empresa alemana Giesecke & Devrient, que cuenta con plantas de fabricación en Múnich, Leipzig, Barcelona, Ottawa y Kuala Lumpur. En los seis billetes hay un pequeño espacio reservado para una imagen muy similar a la que figura en los anversos de las monedas de curso legal: un grupo de soldados avanzando en la montaña con la bandera del Frente Popular para la Liberación de Eritrea. La marca de agua consiste en la cabeza de un dromedario. En la banda holográfica, presente en los cinco billetes de mayor valor, aparecen dromedarios de colores, mirando unos a la derecha y otros a la izquierda. Otra silueta de dromedario, sobre un suelo irregular, aparece coloreada en los anversos y blanca en los reversos. La frecuente utilización iconográfica que hace Eritrea de este camélido nos remite al escudo del país y supone también un intencionado distanciamiento con respecto al león imperial etíope. Todos los billetes tienen hilo de seguridad, número de serie, el logo del Banco de Eritrea y las firmas del Presidente y del Gobernador de dicho organismo. La fecha de emisión puede variar en el año (1997, 2004 y 2011), pero mantiene siempre el 24 de Mayo, día en que se celebra la Independencia del país. Prima en los billetes el uso del inglés, consignándose incluso la expresión “Legal Tender” (moneda de curso legal), apareciendo en cambio muy poco el tigriña y el árabe.


El reverso del billete de 1 Nakfa muestra a un grupo de niños aprendiendo en una escuela semiescondida entre los árboles. Se trata de una referencia a la época anterior a la Independencia, cuando los rebeldes eritreos se refugiaron en el entorno montañoso de la ciudad de Nakfa, donde establecieron sus precarios servicios públicos. En el reverso del billete de 5 Nakfas se representa una escena de pastoreo que aprovecha la sombra de un sicomoro gigante. Estos árboles tienen un gran significado simbólico para los eritreos, pues junto a ellos se realizaban pactos, matrimonios, ritos, reuniones sociales… Su gran longevidad supone una forma de enlazar con las antiguas generaciones de eritreos, que utilizaron el mismo espacio para cuestiones importantes a lo largo de los siglos. El aprecio de los eritreos por estos árboles de gran tamaño se manifiesta en el hecho de que cada uno de ellos recibe un nombre concreto, susceptible de ser modificado por los avatares que afectan a las comunidades próximas. Esta personalización de cada árbol está presente también en las tradiciones y el folklore de otros pueblos del planeta. En el caso del billete mencionado, el sicomoro que aparece en él es un árbol real próximo a Segheneyti.


En el reverso del billete de 10 Nakfas nos encontramos con un tren pasando por un puente de piedra sobre el río Obel, en Dogali, cerca de Massawa. Como locomotora se emplea un ingenio consistente en un camión ruso dispuesto sobre ruedas de tren. Mediante esta imagen se alude a la reconstrucción del recorrido ferroviario que une el puerto de Massawa con la capital del país, Asmara. Es el único tramo que de momento ha podido hacerse volver a funcionar de los 280 kilómetros de la línea que realizaron los italianos en la época colonial, y que unía las ciudades de Massawa, Asmara, Keren, Hagaz, Akordat y Bisha. La utilización propagandística de esta imagen revela lo prioritario que es para el gobierno eritreo el restablecimiento de una adecuada red de transportes para el movimiento de personas y mercancías, tras los estragos causados sobre las infraestructuras por los diferentes conflictos armados que vivió la región. También esta imagen alude al uso que se le sigue dando en Eritrea a muchas de las obras proyectadas por los ingenieros y arquitectos italianos. Algunas de ellas conservan aún inscripciones con lemas fascistas, como el “Cueste lo que cueste” exhibido sobre un puente. El colonialismo que desplegaron las potencias europeas en África intentó disfrazar su sed de recursos con la idea de que se le estaba llevando el progreso al continente, para lo cual era esencial la realización de grandes proyectos industriales, como la implantación del ferrocarril.


El billete de 20 Nakfas se vale en su reverso de tres escenas agrícolas: un hombre arando mediante un dromedario, una mujer cosechando y una mujer manejando un tractor. Muchas de las labores agrícolas y productivas son desarrolladas en Eritrea por las mujeres, si bien en algunos de sus contextos étnicos ello no conlleva su plena participación en las principales decisiones que afectan a sus comunidades. La mecanización del trabajo agrícola en Eritrea está todavía muy por detrás de los sistemas tradicionales, que recurren habitualmente a la tracción animal, bien de dromedarios o bien de bueyes. Destaca la implicación del dromedario en el transporte y otras actividades humanas, ya que su resistencia a los rigores del clima le convierte en muchos casos, ante la falta de otros medios, en necesario colaborador. El billete de 50 Nakfas presenta en su reverso barcos de carga amarrados en el puerto de Massawa. La imagen expresa la importancia que el comercio marítimo tiene para la economía de Eritrea. A través de los puertos de Massawa y Aseb el gobierno eritreo confía en generar una mayor actividad económica en la región, si bien para que el flujo de exportaciones e importaciones alcanzase un ritmo adecuado sería necesario que Eritrea restableciese unas buenas relaciones con Etiopía y los demás países de su entorno. El Mar Rojo, que a través del griego da nombre al país, debe ser aprovechado por Eritrea para dar salida comercial tanto a sus propios productos como a los de otros ámbitos más interiores del continente africano. En el reverso del billete de 100 Nakfas figura en primer plano una mujer arando mediante una pareja de bueyes. Más al fondo aparecen otros granjeros haciendo lo mismo. El reservar el billete de mayor valor para una escena agrícola se corresponde claramente con la importancia vital del desarrollo agrario, premisa fundamental para el correcto abastecimiento alimentario del país, de modo que no se vuelvan a repetir las anteriores hambrunas.


En los mercados internacionales el Nakfa eritreo, cuyo código de tres letras es ERN, mantiene un cambio fijo con respecto al dólar estadounidense desde hace varios años, establecido en 15 Nakfas por 1 dólar. Por tanto en función de las oscilaciones del dólar, el Nakfa fluctúa con respecto a las demás divisas. El gobierno de Eritrea controla estrictamente el uso interno de la moneda extranjera, limitando el acceso a la misma y su disponibilidad. Al no existir en el país una verdadera economía de mercado, las empresas extranjeras se abstienen de invertir en Eritrea. El gobierno busca la colaboración de otros países para poder explotar satisfactoriamente sus recursos mineros. La mayoría de la población está centrada en las actividades agrícolas, que rara vez sirven para superar la mera subsistencia. Las escasas lluvias y el mantenimiento de la tensión bélica con Etiopía dificultan el desarrollo agrario. Las ayudas económicas que los eritreos emigrados a otros países envían a sus parientes están sometidas a determinados impuestos, mediante los cuales el gobierno intenta obtener recursos suplementarios con los que llevar a cabo sus políticas, económicamente bastante restrictivas. Los niveles de analfabetismo son todavía elevados, impidiendo a mucha gente aumentar su capacitación de cara al establecimiento de nuevas estrategias productivas. Si el país girase hacia la democracia y el pacifismo (disminuyendo el gasto militar y llegando a un sólido acuerdo territorial con Etiopía) se abrirían para Eritrea nuevas oportunidades económicas, traducidas en la llegada del capital extranjero. Eritrea es un ejemplo de que la consecución de la Independencia, derecho inalienable de todos los pueblos, no supone por sí misma la llegada de la prosperidad, menos aún si el nuevo orden pretende cimentarse en el militarismo y en la limitación de las libertades básicas. El arrollador impulso militar que condujo a Eritrea a su emancipación debería transformarse cuanto antes en otro tipo de energías, sin que el desarrollo administrativo y económico llegue a amenazar nunca las particularidades de sus nueve etnias.