sábado, 1 de junio de 2002

EDESA, “LA CODICIADA”


La antigua ciudad de Edesa, situada en el norte de Mesopotamia, se corresponde con la actual ciudad turca de Sanliurfa, "la gloriosa Urfa". Fue fundada hacia el 302 a.C. por Seleuco I “Nikator”, veterano lugarteniente de Alejandro Magno e iniciador de la dinastía real seléucida. Es probable que la fundación griega de Edesa se efectuase a partir de un pequeño establecimiento anterior, beneficiado por la confluencia de importantes rutas comerciales caravaneras. La ciudad, emplazada sobre una colina, tenía una ventajosa posición estratégica que aseguraba el control de un amplio y fértil territorio bañado por el río Scirtos. Inicialmente sólo se amuralló el complejo residencial y administrativo del gobernador, junto al cual hay todavía dos estanques de carácter sagrado.

El final de la soberanía seléucida sobre Edesa vino dado por la derrota que el ejército de Antíoco Sidetes sufrió frente a los partos hacia el 129 a.C. La retirada seléucida convirtió al siriaco, inserto dentro del grupo arameo, en la lengua oficial y más hablada en la ciudad, si bien el griego pervivió en las monedas como signo de prestancia. La población nativa se había mezclado ya de forma bastante intensa con los colonos griegos. La ciudad pasó a estar bajo la influencia de los partos, pero conservando gran autonomía, hasta el extremo de poder consignar la aparición de un reino cuyo territorio, denominado en conjunto Osroene, tenía como frontera occidental el río Éufrates. El nuevo reino, próspero pero débil, cayó en poder del rey de Armenia, Tigranes, el cual fue vencido por los romanos en el año 69 a.C. El monarca de Edesa, Abgar, fue confirmado en su trono por las autoridades romanas.

Los reyes de Edesa pertenecían a la dinastía “Aryu”, término alusivo al león, y es probable que tuviesen un origen étnico árabe. El monarca no ejercía un poder absoluto, sino que se veía influenciado por las decisiones de un consejo de ancianos. Símbolo de la realeza era la tiara diademada. A su vez el rey confería tiaras de seda a los principales dignatarios de la ciudad. La imposición de tributos y la dirección del ejército quedaban bajo el control del rey. Los funcionarios tenían cometidos bien definidos, configurando así una organización administrativa eficaz. El territorio de Osroene se dividía en distritos, asignados, al menos teóricamente, a clanes distintos. Cada distrito era administrado por un “archon”.

En el año 53 a.C., el triunviro romano Craso, deseoso de incrementar su prestigio y obtener un gran botín, decidió lanzarse sobre Partia. Pero su empresa se saldó con la derrota de Carres, en la que halló la muerte. En la narración de estos hechos, Plutarco presenta a Abgar como un traidor a la causa romana por haber guiado al ejército de Craso a través de comarcas desérticas, debilitándolo. Pero en contra de la supuesta traición está el hecho de que Abgar perdió por entonces el trono, probablemente represaliado por los partos. Los sucesivos reyes de Edesa, muchos de los cuales se llamaban Abgar, alternaron hábilmente la alabanza y el colaboracionismo para no verse perjudicados por las oscilaciones del poder que en la región ejercían partos y romanos. En época augustea, la ciudad quedó bajo la protección romana. Ya en el año 116, temiendo que la soberanía romana se viese demasiado consolidada por las expediciones militares de Trajano, Edesa alentó una insurrección general en Mesopotamia. La ciudad fue duramente castigada, pero con su acción influyó en la decisión posterior del emperador Adriano de renunciar a las posesiones situadas al Este del Éufrates. Tras un período de preeminencia parta en el territorio de Osroene, éste volvió a ser súbdito de Roma, y la ciudad de Edesa obtuvo de Caracalla el título de colonia en el año 214. Al parecer, la monarquía de Edesa se mantuvo sólo de manera nominal hasta que en el 243 la ciudad pasó a ser administrada por un residente romano y dos “estrategos”.

Los archivos de Edesa recogían abundante información sobre toda clase de asuntos. En ellos se basaron los datos de algunas crónicas que han llegado hasta nosotros, y que describen por ejemplo las graves inundaciones sufridas por la ciudad. Muchos de los artesanos de Edesa realizaban sus actividades bajo el patrocinio oficial en talleres situados cerca del río, por lo que las inundaciones les afectaban considerablemente. La preocupación por la sanidad se reflejaba en la existencia de numerosos hospitales y en el elevado status alcanzado por los médicos. Los mayores potentados de Edesa basaban su poder económico en la propiedad de grandes tierras o en el comercio caravanero, dependiente en gran medida de la seda y sujeto a prácticas abusivas. El comercio de largo alcance sirvió como elemento favorecedor de los contactos culturales. Los ciudadanos ricos enviaban a sus hijos a las urbes helenísticas para que se familiarizasen con el griego y la cultura griega. Edesa fue uno de los principales núcleos de la literatura siriaca, entre cuyos representantes del período monárquico destacó Bardaisan. Este autor resumió algunas de sus ideas filosóficas y religiosas en poemas musicados de gran acogida popular.

Por la región de Osroene se distribuían aldeas y granjas en las que trabajaban campesinos unidos por lazos económicos y consanguíneos con las gentes de la ciudad. El seminomadismo estacional era frecuente, así como el verdadero nomadismo, ejercido por beduinos que no aceptaban la autoridad de la ciudad, y que complementaban su dedicación ganadera con acciones de pillaje. Sobre la esclavitud se conserva un documento siriaco consistente en el contrato de venta de una joven por setecientos denarios. Dentro del ejército de Edesa destacaban los resolutivos arqueros, que llegaron a combatir del lado romano en Germania.

Curiosamente, justo en la época en que el Imperio Romano se veía sacudido por la anarquía militar, Edesa asumió una mayor romanidad. Por entonces el helenizado reino parto fue reemplazado por el imperio persa sasánida, expresión política del resurgir de las tradiciones iranias. Los persas mantuvieron serias aspiraciones sobre el norte de Mesopotamia, y, en el curso de sus campañas militares en la región, asediaron Edesa en varias ocasiones. La ciudad logró resistir con diversa fortuna estas acometidas, convirtiéndose en uno de los enclaves más representativos del poder romano al otro lado del Éufrates.

En época grecorromana, las prácticas religiosas en Edesa estuvieron especialmente relacionadas con deidades astrales. En la ciudad había una importante comunidad judía, lo que favoreció la rápida recepción de las doctrinas cristianas, mezcladas con principios gnósticos y maniqueos. Antes de la aparición del cristianismo, ya se detecta en la ritualidad funeraria de Edesa una pujante creencia en la resurrección. La literatura siriaca sirvió a los cristianos de Edesa para recoger diversas historias sobre la figura de Jesucristo, incluyendo algunas que describían su rostro, el cual se habría grabado milagrosamente en el "mandylion", lienzo venerado como reliquia, considerado con poder curativo. Los edictos de tolerancia y oficialidad del siglo IV convirtieron al cristianismo en la religión principal de la ciudad, si bien era marcada la disputa abierta entre monofisitas y ortodoxos. Ambas comunidades tenían obispos diferentes. Los monofisitas defendían que la naturaleza divina de Cristo había absorbido a la humana, idea por la cual fueron perseguidos. También en Edesa surgió una escuela teológica nestoriana, la cual distinguía dos personas en Cristo, y que fue disuelta en el 489. La gran autoridad del cristianismo siriaco fue San Efrén, que desarrolló una intensa actividad exegética y eclesiástica durante el siglo IV. En la región de Osroene proliferaron los monjes y anacoretas, así como los peregrinos, atraídos por la fiebre de las reliquias, entre las que destacaba el "mandylion".

Desde su origen, el urbanismo de Edesa no siguió un trazado estrictamente ortogonal ; pero sí que presentaba cierta regularidad, expresada mediante calles bastante rectas que conducían a las cuatro puertas cardinales de la ciudad. Respondiendo a su condición de centro administrativo, militar y eclesiástico, Edesa experimentó una creciente monumentalización, manifestada sobre todo en la proliferación de iglesias. Las casas solían tener un patio central, dos plantas comunicadas por una escalera exterior, y techumbres planas. En ocasiones las casas estaban tan próximas entre sí que se podía saltar de un tejado a otro. En general, el aspecto de Edesa no dejó nunca de ser un poco rústico. Las cuevas cercanas a la ciudad fueron utilizadas como cámaras sepulcrales, embellecidas con elementos arquitectónicos, decoración escultórica y mosaicos. Estos últimos incorporan retratos e inscripciones, las cuales aparecen también en las paredes de las cuevas. Otras tumbas aún más lujosas se integraban en edificios de carácter turriforme, insertos en paisajes montañosos o en los lechos fluviales.

A mediados del siglo V, los emperadores romanos de Oriente proporcionaron recursos monetarios a los persas para que éstos repeliesen a los hunos en el frente más oriental, intentando dar así un respiro de convivencia pacífica al área mesopotámica. Desde el 476, momento en que se produjo la caída de Roma, podemos empezar a hablar del Imperio bizantino, heredero de las posesiones romanas orientales, incluyendo el territorio de Osroene. Los daños materiales causados en Edesa por la riada del 525 suscitaron una destacada reacción constructiva, auspiciada por el emperador bizantino Justiniano. Por entonces se alteró artificialmente el curso del río Scirtos, conduciéndolo a través de un canal que quedaba fuera de las murallas de la ciudad. Las esporádicas incursiones persas continuaron, saldándose con la devastación de las aldeas y los monasterios dispersos por el territorio edesano. La resistencia de la ciudad fue finalmente quebrada en el 609 por el emperador persa Cosroes II, que impuso sobre la misma una fuerte tributación. Llegó incluso a ordenar la progresiva evacuación de la ciudad por temor a la contraofensiva bizantina. Sólo un cuarto de la población había abandonado Edesa cuando la presencia de un ejército bizantino hizo detener la operación. La fulgurante reacción del emperador bizantino Heraclio tuvo como fruto la conquista del conjunto de Mesopotamia. La inestabilidad bélica vivida por entonces supuso el extravío del "mandylion". Unas décadas después, las tropas islámicas de Omar, guiadas por un gran entusiasmo religioso, aprovecharon el desgaste de persas y bizantinos para pasar a dominar extensas regiones del Próximo y Medio Oriente. Edesa cayó en poder de los musulmanes en el 639.

Con la ocupación islámica, Edesa perdió importancia en favor de la ciudad cercana de Harran. La región conoció una época más pacífica, rota sólo por las luchas dinásticas entre los poderes islámicos. Los musulmanes respetaron la vida y la propiedad de los habitantes de Edesa. Inicialmente los nuevos impuestos no eran demasiado onerosos, pero los recaudadores practicaban con descaro la extorsión. Los gobernadores islámicos de Edesa fueron bastante permisivos en materia religiosa, de modo que disminuyeron las controversias entre los diversos grupos cristianos de la ciudad. Mientras que algunos de estos gobernadores interpretaron la ley islámica de forma rigurosa, otros lo hicieron según su capricho. Los altos funcionarios relacionados con la administración de la ciudad adquirieron grandes fortunas. Se establecieron en las comarcas más rurales de Osroene numerosas familias musulmanas pertenecientes a las tribus denominadas “Mudar”. Cuando la recuperación militar bizantina trajo de nuevo la guerra a la región, las autoridades islámicas endurecieron su trato hacia los edesanos, que mostraban algo de connivencia con los invasores.

Desde mediados del siglo X hasta mediados del siglo XII, Edesa y su territorio se vieron sacudidos por expediciones de saqueo y constantes guerras, protagonizadas por bizantinos, musulmanes y cruzados. Hacia el 1032 la ciudadela de Edesa, dotada de buenos sistemas de defensa, pasó a estar controlada por los bizantinos, quienes no pudieron evitar que el resto de la ciudad fuese objeto de las habituales razzias emprendidas por los gobernadores turcos de las regiones próximas. Las comunicaciones de Edesa con el resto del Oriente cristiano eran muy complicadas debido a la inestabilidad permanente de la zona. Los cercanos principados cristianos armenios tenían casi siempre una vida corta, dependiente de la rapidez con la que los señores turcos pudiesen rehacer sus estructuras militares y administrativas. Las disputas que existían entre las iglesias ortodoxa, jacobita y armenia dificultaban la colaboración militar entre los poderes cristianos de Siria. En 1094 el armenio Thoros se hizo con el control de Edesa, que poco antes había conocido un nuevo período de dominio turco. Acosado por los turcos, Thoros solicitó la presencia del cruzado Balduino de Bolonia, que entró en la ciudad en 1098. Thoros adoptó a Balduino como hijo y heredero, y poco después cayó víctima de una conspiración.

Balduino fundó el condado de Edesa, cuyas fronteras se extendieron rápidamente. No tardaron en aparecer las disensiones entre los edesanos y los cruzados. Y es que los cruzados impusieron vínculos feudales y establecieron altos impuestos. Trataron con arrogancia a los edesanos y los excluyeron del consejo del conde. Balduino de Bolonia dio sobradas pruebas de astucia y crueldad. Pronto fue proclamado rey de Jerusalén, de modo que cedió el condado de Edesa a su pariente Balduino de Le Bourg. El nuevo conde y los dos posteriores mantuvieron constantes enfrentamientos con los turcos. El gobierno no quedó centralizado en Edesa, sino disperso a través de las fortalezas que controlaban el conjunto del condado. Las querellas entre cruzados y bizantinos, y entre los propios dirigentes cruzados, fueron aprovechadas por el “atabek” turco de Mosul, Zengi, que capturó Edesa en 1144. El conde depuesto, Joscelino II, intentó dos años después recuperar la ciudad, pero fracasó. La población cristiana fue expulsada de Edesa. La ciudad quedó casi vacía y permaneció para siempre en poder turco.

Bibliografía:

- Runciman, Steven ; “Historia de las Cruzadas” ; Alianza ; Madrid ; 1973.
- Segal, J.B. ; “Edessa : The blessed city” ; Clarendon Press ; Oxford ; 1970.

lunes, 1 de abril de 2002

EL SIMBOLISMO DEL CUERVO


El cuervo ha recibido a lo largo de la historia diferentes significados simbólicos, en su mayoría tristes y poco halagüeños. Antes de hacer un recorrido por algunos de ellos en varias épocas y culturas conviene describir las características de esta ave, las cuales serán útiles para entender las ideas que su contemplación traía a la mente. El cuervo, de plumaje negro y brillante, tiene entre sus especies al mayor paseriforme, es decir, al mayor “pajarillo”. Su fuerte pico se corresponde con su voraz alimentación omnívora, dentro de la cual se encuentran la carroña y, en mucha menor medida, las pequeñas presas. Su graznido es seco y monótono. Le gusta vivir a considerable altitud, entre montañas y acantilados, si bien el hambre puede hacerle descender a las llanuras. Es muy poco sociable, y normalmente fiel a su pareja hasta que ésta muere. Experimentado volador, realiza sus mayores acrobacias durante el vuelo nupcial. Cada pareja ocupa un amplio territorio, manteniéndose en el mismo largo tiempo. En otras ocasiones opta por integrarse en nutridas bandadas. En su voluminoso nido, instalado en algún peñasco, la hembra pone de 4 a 6 huevos. El promedio de vida del cuervo está entre los diez y quince años, si bien puede doblarlo. Es tan listo que es capaz de usar herramientas, como palitos, identifica y recuerda a humanos distintos, y considera valiosos los pequeños objetos brillantes, aunque sean meros trozos de vidrio de color.

El cuervo ha sido considerado tradicionalmente como un animal solitario, pero a la vez demasiado entrometido en los asuntos de los hombres. Se creía que presagiaba enfermedades y guerras, actuando además como aviso de la muerte o de la necesidad de enmendar la conducta. El relato bíblico del diluvio cuenta que Noé, para comprobar si había ya tierras que no estuviesen cubiertas por el agua, dejó en libertad a un cuervo (Génesis 8, 7), el cual no le trajo de vuelta al arca ninguna prueba de la existencia de tierras emergidas. El cuervo se limitó a revolotear sobre las aguas, yendo y viniendo, pero sin perder ya su libertad. Noé optó por soltar después una paloma, la cual regresó con una rama tierna de olivo, imagen que ha servido para simbolizar la paz. Se puede señalar la existencia de cierta contraposición entre los simbolismos de la paloma y el cuervo, pues la imagen dulce de la paloma contrasta con el aspecto huraño del cuervo, el cual prospera con los cadáveres que dejan sobre el campo las guerras. Mientras que la paloma sirve también como símbolo del Espíritu Santo, el significado del cuervo se aproxima más a lo demoniaco. Pero curiosamente otras especies próximas de forma respectiva a la paloma y al cuervo han servido habitualmente para simbolizar lo mismo: el amor. Se trata de la tórtola y de la urraca. La pareja de tórtolas es más común como expresión icónica y hablada del amor en nuestra cultura, pero en otra cultura tan próxima como la portuguesa una forma coloquial de aludir a los enamorados es la de llamarles urracas, “pego” y “pega”. Y es que las urracas, reconocibles fácilmente por su plumaje blanquinegro, van con frecuencia en pareja, vigilándose mutuamente a cierta distancia. Hay un pasaje bíblico (I Reyes 17, 6) en que los cuervos tienen un significado positivo, pues se encargan de llevar pan y carne al profeta Elías para que pueda alimentarse en la gruta en que permanece escondido.

En la mitología grecorromana el cuervo aparece como el ave sagrada de Apolo, de plumaje blanco en un principio y negro después por haber divulgado la infidelidad de Coronis, la cual traicionó al dios mientras estaba embarazada. Una vez informado del engaño amoroso por el cuervo, Apolo mató a Coronis lanzándole una flecha, y sacó vivo de su vientre al pequeño Esculapio. El que la religiosidad grecorromana imaginase al cuervo como blanco al principio podría estarnos señalando que en él los antiguos eran capaces de encontrar cierta belleza, tal vez por su aspecto fuerte y grácil, si bien sería una belleza ocultada por sus muchas connotaciones lúgubres. Se sabe también que entre los romanos el graznido del cuervo fue en ocasiones tenido como signo de esperanza, ya que su onomatopeya repetida, “cras, cras, cras”, equivalía en latín a “mañana, mañana, mañana”.

En la mitología escandinava se consideraban consagrados al dios Odín, personificación de la exaltación psíquica en combate, dos cuervos, uno que simbolizaba el Pensamiento (Hugin) y otro que simbolizaba la Memoria (Munin). Los mitos nórdicos atribuyen a Odín la frase: “Temo porque no vuelva Hugin, pero temo aún más por Munin”. La religión surgida en torno a Odín, de tipo esotérico y animista, estaba acompañada de un fuerte sentimiento de la fatalidad del destino, lo que encaja con la visión tétrica normalmente asociada al cuervo. En la mitología persa el cuervo desempeñaba una función destacada en el culto a Mitra, asociándose estrechamente su significado religioso con el de la luz y el sol. En las creencias del Extremo Oriente también existía esta vinculación simbólica del sol con el cuervo, el cual podía actuar como mensajero de los dioses.

Entre los celtíberos existía la creencia, transmitida por autores como Eliano y Silio Itálico, y documentada también por la decoración pintada de algunas cerámicas numantinas, de que las almas de los que habían muerto durante las batallas ascendían a los cielos si sus cuerpos eran devorados por las aves carroñeras. Esta misión religiosa se encomendaba principalmente a los buitres, pero en ella participarían también los cuervos. Un dios céltico de la luz, Lugh, pudo haber tenido cierta relación con el cuervo, pues el vocablo galo “lugos” parece que designaba a dicho animal. En los ciclos épicos celtas de la Irlanda medieval, una de las principales familias que aparece es la de Branwen, cuyo nombre viene de la palabra “brân”, que significa cuervo o corneja. Sobre el hombro del héroe mítico irlandés Cuchulainn, que se ató a sí mismo a un árbol para permanecer erguido incluso mientras moría, se posó en forma de cuervo la diosa Mórrigan o Badbh, asociada a los conceptos de la muerte y de la destrucción, avisando así a los enemigos de Cuchulainn de que éste ya estaba muerto y de que podían acercarse a él sin temor para decapitarlo. En otro texto épico irlandés, la princesa Deirdre, dotada del don de la profecía, observa a su padre, el rey Conchobar, desollando a un ternero en la nieve mientras un cuervo bebe la sangre derramada. Siente así que el hombre a quien ella elija para casarse deberá tener tres colores: el cabello negro como el cuervo, la piel blanca como la nieve y las mejillas rojas como la sangre. Deirdre encuentra a ese hombre, Naoise, pero, cuando éste es asesinado, decide suicidarse para no tener que casarse con el asesino de Naoise. Por tanto en esta historia mítica encontramos al cuervo envuelto en presagios y en futuros sucesos nefastos.

En las Fábulas de Esopo, narrador griego del siglo VI a.C. cuya vida se confunde con dudosas anécdotas, el cuervo normalmente realiza acciones bastante ruines o alocadas de cuyas trágicas consecuencias se percata demasiado tarde. Algunos de estos relatos muestran al cuervo como un animal fácil de engañar y con tendencia a sobrevalorarse, señalando también las dudas que tiene la gente en torno a su capacidad para vaticinar hechos futuros o avisar de posibles desgracias. Mientras que algunas de las Fábulas escogen al cuervo con toda la intención para presentar los atributos que ostenta en el imaginario popular, otras recurren a él como a cualquier otro animal para inmiscuirlo simplemente en escenas moralizantes. En “El cuervo enfermo” un cuervo, próximo a la muerte, es recriminado por su madre por haberse pasado la vida picoteando la carne de los sacrificios efectuados en honor de los dioses, motivo por el cual no puede esperar la ayuda de éstos en medio de su enfermedad. En “El cuervo y la víbora” un cuervo rapta a una víbora dormida, la cual al despertar lo muerde, provocando su muerte. En “La zorra y el cuervo” un cuervo que picotea tranquilo en la copa de un árbol un trozo de queso deja caer éste al intentar cantar para justificar más aún las falsas adulaciones que le dedica una zorra, la cual consigue así arrebatarle su alimento. En “La corneja y el cuervo” una corneja que envidia al cuervo porque éste es apreciado por vaticinar a los hombres el futuro, comienza a dar graznidos sibilinos con aire misterioso, consiguiendo tan sólo el que unos caminantes huyan pensando que es una ave de mal agüero. En “El águila y el cuervo” un cuervo, admirado por la fuerza con que el águila atrapa a un cordero, intenta hacer lo mismo con otro, pero se enreda con el vellón del animal, de modo que el pastor le corta las alas y lo entrega a los niños para que se ensañen con él. En “Los caminantes y el cuervo” uno de los caminantes se burla del temor de los otros ante el mal presagio que supone el haber visto a un cuervo tuerto, pues si éste fuese capaz de prever el futuro, entonces no se habría encontrado envuelto en la situación que le llevó a perder un ojo. Finalmente en “La tortuga y los dos cuervos”, dos cuervos llevan a una tortuga a dar un paseo por los aires, pero ésta se pone a hablar, soltando así el junco al que iba agarrada, lo que ocasiona el que se estrelle contra un peñasco.

El escudo de Lisboa muestra un barco con las velas recogidas y dos cuervos, uno en la proa y otro en la popa, en recuerdo del modo en que se produjo la llegada de las reliquias de San Vicente a la ciudad en el siglo XII. Estos cuervos, al contrario de lo que solía ser más habitual, adquirieron un significado positivo, vinculado al presagio del pronto término de la Reconquista portuguesa, de modo que su representación como símbolo lisboeta no guarda apenas relación con el carácter fatídico y nostálgico de la lírica de algunos fados, para cuya interpretación sólo de forma relativamente reciente las mujeres empezaron a vestirse de negro. Incluso es normal representar al “corvo” en Lisboa como si se estuviese riendo, dando así una bienvenida afable a los visitantes, y desdramatizando el respeto y miedo secular hacia esta ave.

En la “Iconología” de Cesare Ripa, libro publicado en Roma en 1593 que recoge descripciones de alegorías tomadas del saber clásico y de la tradición cristiana, el cuervo aparece como elemento secundario en la caracterización de la Indecisión, el Infortunio y la Venganza. La Indecisión es representada como una mujer sentada, vieja y caprichosamente vestida, incluyendo un pañuelo negro sobre su cabeza. Sostiene dos cuervos cantando, uno con cada mano. Su vejez y su posición sedente se consideran elementos relacionados con la irresolución. Con su colorido vestido se quiere expresar la apariencia diversa de las muchas cosas emprendidas y al poco tiempo abandonadas por los indecisos. El pañuelo negro muestra la oscuridad y confusión del intelecto, poblado por cientos de pensamientos contrapuestos. La presencia de los cuervos en esta alegoría se justifica por su graznido, “cras, cras”, que como ya hemos indicado en latín significa “mañana, mañana”, pues los indecisos tienden a aplazar continuamente sus resoluciones. Para adornar literariamente la alegoría de la Indecisión, Cesare Ripa recurre a un poema del escritor hispanorromano Marcial en el que éste recrimina a un amigo que siempre dice que mañana gozará de la vida, cuando en realidad es más sabio el que puede decir que gozó ayer. El Infortunio es representado como un hombre vestido con túnica de color castaño oscuro, estampada con dibujos de casas y edificios arruinados. Sostiene con la mano derecha una cornucopia vacía y vuelta hacia la tierra, mientras que en la mano izquierda lleva un cuervo. La cornucopia vacía es signo de que se terminó la época de la abundancia, de la seguridad proporcionada por la disponibilidad de variados alimentos. En cuanto al cuervo, sirve en esta alegoría como aviso para que rectifiquemos y así no nos veamos abocados a desgracias mayores. Una de las dos representaciones propuestas por Cesare Ripa para la Venganza consiste en una mujer armada, vestida de rojo y con una llama sobre el yelmo. Se mira con rabia el brazo izquierdo, cuya mano ha sido cercenada. Con la mano derecha sujeta un puñal listo para ser utilizado. A uno de los lados de la mujer va un cuervo, el cual es herido por el escorpión que ha cazado. Esta situación inesperadamente adversa en la que se ve metido el cuervo fue recreada por Alciato en un poema, y presenta mucho parecido con una de las Fábulas de Esopo, en la cual en vez de un escorpión aparece una víbora. Tanto el escorpión como la víbora se vengan de la acción mezquina atribuida al cuervo, que por tanto no es el agente de la Venganza, sino su víctima.

El cuervo estaba entre las aves cuya aparición en el cielo, en función de si se efectuaba por la derecha o por la izquierda, era interpretada como señal positiva o negativa para emprender o no determinadas acciones. Esta superstición, que tiene sus precedentes en el mundo clásico, fue habitual en la Edad Media, momento en que también el cuervo sirvió, si bien raramente, para aludir a la lujuria. El atractivo tradicional del cuervo como elemento simbólico está también atestiguado en la existencia de los apellidos españoles Cuervo y Cuerva, el primero de los cuales se ha popularizado gracias a la marca de una bebida alcohólica. La imagen del cuervo ha sido también con frecuencia utilizada con cierta crueldad para hacer referencia a los malos padres, a los malos maestros, a las personas que crean intencionadamente tristeza a su alrededor y a las personas que eligen la soledad. Una vertiente más simpática del cuervo la tenemos por ejemplo en las series de dibujos animados, donde suele hacer algunas gracias, observando a los personajes principales o revoloteando a su alrededor, utilizándose en otros casos para ayudar a crear un ambiente misterioso.

Varios refranes en castellano aluden al cuervo. El más conocido es el de “Cría cuervos, y te sacarán los ojos”. Este refrán hace referencia a la ingratitud de los malvados utilizando una imagen bastante fuerte, ya que, ante un cadáver intacto, el cuervo empieza su menú por lo más blando. Otro refrán es el de “Cual el cuervo, tal su huevo”, con el que se pretende señalar con cierto retintín peyorativo que a veces los hijos suelen ser como sus padres. El refrán “No puede ser más negro el cuervo que sus alas” indica que, cuando ya ha sucedido un daño, no se espera que acontezca otro mucho mayor en la misma materia. Más distendido es el refrán “Le dijo el grajo al cuervo: quítate allá, que tiznas”, con el cual la sabiduría popular se burla de quien, lleno de vicios, recrimina a otro los suyos. El refrán “Donde los viejos no andan, los cuervos no graznan” señala a través de una imagen casi funeraria que no hay ni rastro de los oportunistas cuando no hay oportunidades. Por tanto el cuervo sale bastante mal parado del refranero, pues ilustra actitudes deplorables o sirve como símbolo de la desgracia. Queda claro que en la mente de quienes nos precedieron el cuervo era un signo lleno de connotaciones tristes y malignas.

Entre las Fábulas Literarias de Iriarte, escritor tinerfeño del siglo XVIII, hay una titulada “El cuervo y el pavo”. En ella un pavo, percatándose en medio de una competición aérea de que no es capaz de igualar al cuervo en la destreza y rapidez de su vuelo, prorrumpe en acusaciones inapropiadas contra su rival, recriminándole su fealdad, el que vaticine desgracias y el que se alimente de cuerpos muertos. La moraleja de esta Fábula versificada consiste en que cuando se valora un determinado proceder o habilidad, no deben traerse a colación los defectos personales de los sujetos implicados, sino que uno debe limitarse a valorar dicha acción. Muchos de los componentes simbólicos del cuervo son también asignados con prodigalidad a otros córvidos negros, como el grajo y la corneja. Espronceda, que dedicó la temática de bastantes de sus poemas a individuos marginales y que no dudó en utilizar un lenguaje de gran crudeza descriptiva, coloca al principio y al final de su “Canto del Cosaco” la siguiente estrofa: “¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! / La Europa os brinda espléndido botín: / sangrienta charca sus campiñas sean, / de los grajos su ejército festín”. Recoge así el significado funerario del grajo, insertándolo en la arenga que un cosaco dirige, con aire visionario y con pretensiones proféticas, a sus compañeros.

“El Cuervo” es el poema más conocido del escritor estadounidense Edgar Allan Poe. En esta composición, ambientada de forma tétrica, un hombre, hablando en primera persona, relata la forma inesperada en que un cuervo se convirtió en su intranquilizante compañero de cuarto. Una medianoche del mes de diciembre, mientras estaba en su casa ojeando libros con los que buscar consuelo por la muerte de Lenora, escuchó, ya casi dormitando, pequeños ruidos fuera de su cuarto. Al abrir el postigo, un cuervo se infiltró con resolución, posándose en un busto de Palas Atenea que había sobre la puerta. Cautivado por el porte severo y el aspecto mágico del animal, el hombre comenzó a lanzarle preguntas y a hacerle comentarios, a todos los cuales respondía rítmicamente el cuervo siempre lo mismo: “Nunca Más”. Estas contestaciones hacían aumentar la desesperación del hombre, que alcanzó su mayor grado tras inquirir: “Di a esta alma abrumada de aflicción si en el remoto Edén abrazará a una doncella santificada a quien los ángeles llaman Lenora, abrazará a una rara y radiante doncella a quien los ángeles llaman Lenora”. El cuervo, cuyos “ojos se asemejan a los ojos de un demonio que soñara” siguió respondiendo lo mismo y se negó a marcharse. La composición termina con la casi identificación del alma apesadumbrada del hombre con la sombra malhadada del cuervo proyectada sobre el suelo de su cuarto. El poema fue publicado en 1845, cuatro años antes de la muerte del escritor. Éste, que tanto gustaba de utilizar en sus relatos de misterio como narradores a los propios criminales, transmite en su poema una imagen del cuervo asociada a lo profético y a lo maligno, pero dentro de la ensoñación o dentro de un contexto alucinógeno obsesivo. Es decir, el cuervo sirve a Poe como símbolo de su soledad y de su estado de ánimo. Con este poema el escritor muestra su afición por uno de los iconos tradicionales de la desventura, posado no casualmente sobre el busto de la sabia diosa guerrera.

“El Cuervo”, película de 1994 basada en un héroe de comics, contribuyó poderosamente a afianzar la función de esta ave como símbolo en la sociedad moderna, especialmente dentro de la estética gótica y siniestra. El hecho de que sea una película de culto se debe sobre todo a que su protagonista, Brandon Lee, falleció durante el rodaje, como si el cuervo hubiese sido una vez más anuncio de la muerte. En la película, un rockero llamado Eric y su novia Shelly son asesinados la noche antes de su boda, que estaba previsto que se celebrase la noche de Halloween, justo antes del día de Todos los Santos de la tradición cristiana, que se corresponde con el inicio del año céltico. El cuervo, encargado según antiguas creencias de conducir el alma de los muertos hacia otro reino, aparece sobre la tumba de Eric justo un año después, acompañando desde entonces al joven resucitado para redimir el mal. Con la cara pintada de blanco y algo de negro, irá vengando la violación y muerte de su novia, convirtiéndose así en asesino de asesinos. La aparición del cuervo suele preceder a los actos de venganza, como señalando que se aproxima el dolor. Tras matar a los últimos malvados en una iglesia neogótica regresa a la tumba para estar con su novia, a la que ve en una especie de encuentro místico. Casi todas las escenas transcurren de noche, y bastantes de ellas mientras llueve. En la película surgen muchos elementos relacionados con la visión popular que se tiene del cuervo, como la obsesión por los ojos, “en los que reside todo el poder del mundo”, y cuya fragilidad asusta. Otro aspecto enlazado con la imagen recurrente del cuervo es que avisa para provocar un cambio de actitud que evite males mayores, como cuando el joven justiciero, siempre vestido con ropas oscuras, invita a una madre a que abandone la prostitución y las drogas para ocuparse más de su hija, o como cuando indica a un policía que el tabaco lo matará. También figura la interpretación latina, esperanzada, del cuervo, pues Eric le dice a una niña que “No llueve eternamente”, título o estribillo de una de sus antiguas canciones, y el ave deja caer el anillo de prometida de Shelly en la mano de la niña. Aunque la violencia desmedida está presente en toda la película, en ella el cuervo no es un ser vil y carroñero, sino abstracción del alma y presagio o recuerdo de tristezas. Entre sus componentes neorrománticos está la ambientación gargólica y funeraria, la pretensión de lavar las ofensas con sangre, la aparición mística de Shelly (como en los “Himnos a la noche” de Novalis) y la preocupación por el significado y la debilidad de los ojos (como en el cuento “El hombre de la arena” de E.T.A. Hoffmann).

El equipo de fútbol americano de Baltimore, ciudad portuaria del estado de Maryland, utiliza como escudo o símbolo la cabeza de un cuervo enfadado, la cual aparece dibujada en sus cascos. Además el propio nombre del equipo es el de los “Cuervos de Baltimore”. Los equipos estadounidenses de fútbol americano suelen recurrir para sus nombres y escudos a animales o personajes fieros o con alguna habilidad, haciendo así gala de una actitud algo “fantasma” y fanfarrona, pero a la vez muy colorista y alegre. En el caso del equipo de Baltimore (ciudad en que murió Poe), la elección del cuervo aprovecha su capacidad para atemorizar y presagiar el desastre de los contrarios, aunque quizás está también relacionada con su virtuosismo en vuelo, ya que la ciudad se enorgullece de fabricar aviones.

viernes, 1 de marzo de 2002

LA CIERVA BLANCA DE SERTORIO


Entre los años 82 y 72 a.C. se desarrollaron en la península Ibérica las llamadas guerras sertorianas, insertas dentro del enfrentamiento civil que sacudía por entonces a la sociedad romana. Estas guerras reciben su nombre del militar sabino Sertorio, perteneciente a la facción popular, defensora de una reforma agraria que reequilibrase las rentas ciudadanas. Sertorio, que había sido nombrado gobernador de la provincia Hispania Citerior, quedó proscrito desde el momento en que la facción oligárquica retomó el poder en Roma. Inició así una larga aventura militar, narrada por los escritores clásicos con ciertos tintes novelescos. Salustio y Plutarco nos transmitieron relatos heroizantes de la vida de Sertorio, incidiendo en las cualidades que le llevaron a ganarse la voluntad de numerosos pueblos hispanos. La historiografía nacionalista española malinterpretó la figura de Sertorio, pues éste no quiso conducir a los indígenas ibéricos hacia una nueva independencia, sino que se valió de ellos tanto para sobrevivir como para crear inestabilidad en el seno del partido senatorial romano con la esperanza de alentar una insurrección general contra el régimen oligárquico. Sí que es posible que defendiera un trato más suave y justo hacia las provincias imperiales, pero siempre dentro de la legalidad romana, como demuestra el hecho de que intentase reproducir la institución senatorial en el exilio, o el hecho de que siempre sus comandantes fueran romanos.

Poco después de comenzar su rebelión, Sertorio tuvo que abandonar Hispania, alcanzando, en compañía de su ejército y de piratas cilicios, las costas norteafricanas. Allí emprendió varias acciones bélicas que le permitieron engrosar su ejército y tomar la ciudad de Tingis (Tánger). Se enteró entonces de que los lusitanos se habían alzado nuevamente contra Roma, de modo que, llamado por ellos, regresó a la península para dirigirlos. Tras haber reorganizado militarmente a los nativos y conquistado algunos territorios colindantes, Sertorio recibió por parte de un hombre de campo llamado Spanós un regalo consistente en una cervatilla blanca recién nacida. Inicialmente Sertorio no prestó mucha atención a la cierva, la cual creció dócil siguiéndole a todas partes, sin atemorizarse de las ruidosas actividades desplegadas por los soldados en el campamento. El general se percató de que podía utilizar a la cierva como una supuesta portadora de los mensajes divinos para de esta forma, aprovechando la predisposición supersticiosa de los indígenas hispanos, afianzar su confianza de cara a las nuevas campañas militares. La cierva, cuyo carácter extraordinario venía dado principalmente por su atípico color blanco, pasó así a ser considerada como un “numen” o signo de la inspiración divina. Entre las tropas se extendió la fábula de que Ártemis, Diana o una diosa indígena de atribuciones similares dispensaba mediante la cierva su protección a Sertorio, conduciéndole así de victoria en victoria. Las informaciones que recibía Sertorio de sus mensajeros acerca de posibles peligros o del resultado de las batallas libradas por sus comandantes no eran transmitidas de forma inmediata y directa a los soldados, sino a través de las fingidas virtudes mágicas y oraculares de la cierva, con la que Sertorio decía hablar en sueños. El general no comunicaba a los soldados las derrotas de sus otros ejércitos para no desanimarlos. Incluso mató al mensajero que le informó de la derrota de su comandante Hirtuleyo en Segovia, para que así la mala nueva no se conociese. Y si recibía noticia de una victoria, se las ingeniaba para que la cierva se pasease saltarina entre las tropas “mágicamente” coronada con una guirnalda, fortaleciendo así la moral común de sus heterogéneos efectivos militares, en los que se integraban romanos, indígenas y algunos cientos de libios.

En el año 75 a.C., en la misma época en que las tropas de Sertorio y Pompeyo se enfrentaron en la igualada batalla del Sucro (Río Júcar), la cierva blanca se extravió, dejando al bando sertoriano sin su talismán. No pasaron muchos días hasta que unos exploradores consiguieron recuperar al animal, llevándoselo después a Sertorio. Éste les prometió una fuerte suma de dinero tanto por el hallazgo como por su silencio, pues quiso dar apariencia milagrosa al suceso, de modo que hizo que la cierva se le acercase por sí misma ante todos mientras despachaba diversos asuntos en lo alto del tribunal. Los asistentes se maravillaron y, con renovado entusiasmo, aclamaron a Sertorio. Pero su suerte comenzaba ya por entonces a declinar, viéndose cada vez más acosado por las maniobras militares de Pompeyo y Metelo, generales del partido político rival. También crecía el descontento entre sus propios comandantes, y varias ciudades ibéricas antes fieles se le rebelaron. Sertorio abandonó su comportamiento magnánimo anterior y ordenó matar o vender a los hijos de algunos nobles ibéricos, para cuya “instrucción” tenía retenidos en su capital, Osca (Huesca). Fue allí donde, en el transcurso de un banquete y sin que su cierva le avisase, Sertorio cayó víctima de una conjura, organizada por su comandante Perpenna.

No sabemos si el escritor sevillano Gustavo Adolfo Bécquer conocía la historia de la cierva blanca de Sertorio cuando escribió la leyenda de “La corza blanca”, ambientada en la región zaragozana de Tarazona. La leyenda narra cómo el joven Garcés da caza y mata a una corza blanca para regalársela a la burlona mujer a la que ama, Constanza, transfigurándose en su agonía la corza en la amada para desesperación del atónito cazador. La leyenda becqueriana rescata y traslada a época bajomedieval parte del primitivo significado religioso que los cérvidos tuvieron en la Hispania protohistórica y romana, tanto en el área céltica como en la ibérica, donde estaban vinculados a una diosa a la vez fúnebre y fecundante, trasunto de la perfección del orden natural. Ya el mito que habla del rey tartésico Habis alude a que fue cuidado en su infancia por una cierva, la cual le enseñó a correr velozmente por los montes. Entre las regiones de cultura ibérica en que el ciervo tuvo un mayor protagonismo iconográfico destaca el Sureste de la provincia de Albacete, donde se han encontrado varias esculturas funerarias de cérvidos en las localidades de Higueruela, Caudete y Liétor, así como representaciones pintadas de dicho animal en las cerámicas del yacimiento del Tolmo de Minateda (Hellín). Varios fragmentos de estas cerámicas muestran al ciervo no inmerso en cacerías comunes o rituales, sino tranquilo, con la cabeza agachada y bajo una gigantesca flor, indicio de sus probables connotaciones religiosas.

viernes, 1 de febrero de 2002

SEKAISA


Sekaisa es el nombre de una ciudad celtibérica, perteneciente en concreto a la tribu de los belos. Es citada por las fuentes romanas como Segeda. Su primer establecimiento radicó dentro de los límites del actual municipio zaragozano de Mara, en la zona elevada conocida como el Poyo. La decisión tomada por la ciudad de ampliar su perímetro fortificado para poder congregar a sus aliados y consanguíneos provocó la declaración de guerra por parte del Senado romano y el inicio de las guerras celtibéricas en el año 154 a.C. Quizás Sekaisa, mediante el robustecimiento de su estructura urbanística y defensiva, quiso reforzar su preeminencia sobre los enclaves menores circundantes, ofreciendo a la vez cobijo a sus pobladores frente a posibles agresiones externas, lo que disgustó sobremanera a las autoridades romanas, temerosas por el posible resquebrajamiento del sistema administrativo implantado en sus conquistas peninsulares. Ante la inminente llegada de las tropas romanas, los habitantes de Sekaisa, que no habían podido terminar las labores de ampliación de la muralla, tuvieron que abandonar su ciudad para refugiarse, junto con otros muchos pueblos, en el territorio de sus vecinos arévacos, cuya ciudad de Numancia centralizaría durante las dos décadas siguientes la resistencia frente a Roma. Tras los primeros lances del largo conflicto armado, los belos, que adoptaron una postura más dialogante hacia los romanos, pudieron regresar a sus tierras. En un momento indeterminado, emplazaron la nueva Sekaisa muy cerca de la anterior, en Durón de Belmonte, dentro del municipio de Belmonte de Gracián, cuya toponimia mantiene el recuerdo de los belos. La nueva ubicación de la ciudad celtibérica presentaba una altitud ligeramente inferior y peores condiciones naturales de defensa, conforme a las directrices difundidas por los romanos para evitar toda propensión hacia la revuelta.

Sekaisa está considerada como la ciudad celtibérica que mayor cantidad de monedas acuñó, lo que debemos valorar como un elemento indicativo de su importancia. Sin embargo fue oscureciéndose conforme avanzaba la romanización en favor de la cercana Bilbilis, la futura Calatayud. El nombre de Sekaisa lo conocemos por las leyendas monetales, escritas en alfabeto ibérico conforme a diversas variedades gráficas. Algunas monedas presentan el nombre étnico en genitivo plural: “Sekaisakom” (de los de Sekaisa), muestra de que el sentimiento ciudadano podía superar a la realidad física de la ciudad, sometida en este caso a molestos cambios de emplazamiento. Las monedas de Sekaisa se dispersaron ampliamente por la Península en los procesos de circulación, en especial por el valle del Jalón y la cabecera del Duero. Su abundancia en el entorno de la antigua Tamusia, ciudad de la provincia de Cáceres que emitió piezas de tipo celtibérico, ha servido para trazar hipótesis acerca de posibles migraciones o prácticas trashumantes. La producción monetaria de Sekaisa, desarrollada entre mediados del siglo II y mediados del siglo I a.C., se daría en muchas de sus fases bajo el patrocinio y la protección de Roma, interesada en aumentar el volumen de la moneda circulante en la Celtiberia. Sertorio, que durante las guerras civiles romanas supo ganarse la confianza de muchos pueblos peninsulares, parece que potenció algunas cecas aragonesas, como Bolskan (Huesca) y Sekaisa, cuyas piezas son frecuentes en las ocultaciones suscitadas por la inestabilidad militar de la época.

La iconografía de las monedas de Sekaisa se ajusta a la imperante en el territorio celtibérico, constituyendo tanto una garantía de su validez en los intercambios como la expresión de pertenencia a un sistema económico y administrativo más amplio, regido por Roma. Los anversos de las piezas de Sekaisa presentan una cabeza masculina barbada o imberbe, acompañada en bastantes casos de algún pequeño símbolo, como una posible leona o un posible lobo en las emisiones más antiguas y uno o dos delfines en las más recientes, así como uno o dos signos alfabéticos correspondientes al inicio del nombre de la ciudad. El cuello del personaje representado se adorna en ocasiones con un collar de cuentas, mientras que los mechones del pelo se disponen de numerosas maneras, reflejando distintos peinados. Más que de una divinidad o de un magistrado podría tratarse de la idealización del ciudadano, aunque entreverada con la imitación de tipos monetales clásicos de acusada prestancia y significación religiosa. Cada cuño de anverso era un rostro distinto, multiplicándose así los rostros como si de ciudadanos diferentes se tratase. En los reversos de los denarios de plata y los ases de bronce aparece un guerrero a caballo sobre el nombre de la ceca. Este jinete puede portar una insignia consistente en una rapaz, o bien una lanza o una palma, elemento quizás alusivo al deseo de alcanzar la paz a través de la victoria. Con el jinete, cuyo caballo es representado con las patas delanteras en alto, los celtíberos pretendían transmitir una imagen de valor y nobleza en un momento en que la progresiva aculturación hacía necesarios los símbolos identificativos. Los divisores de bronce solían presentar en sus reversos al caballo sin jinete, a veces con puntos indicativos del valor de las piezas u otras marcas, como el creciente lunar. En dos emisiones un tanto distintas del resto aparecen en los reversos un prótomo de caballo y un jabalí respectivamente. Los motivos propios de las monedas de la Celtiberia tendieron al esquematismo, perdiendo parte de su calidad artística. Sekaisa fue de las primeras cecas abiertas en el ámbito celtibérico; el hecho de que acuñase piezas de plata, cosa que no hizo la cercana Bilbilis, apoya la idea de que ejerció tareas de control administrativo en un extenso territorio, casi siempre bajo la supervisión romana.


Bibliografía:

-Burillo, F.; Ostalé, M. (1983-1984): Sobre la situación de las ciudades celtibéricas Bilbilis y Segeda. Kalathos, 3-4. Páginas 287–309.

- Gomis Justo, M. (1995): La moneda de plata de Sekaisa. Actas del IX Congreso Nacional de Numismática. Páginas 49-58. Elche.

-Varios Autores (1997): Historia monetaria de Hispania antigua. Jesús Vico editores. Madrid.

- Villaronga, L. (1988): La jerarquización de las cecas de Sekaisa y Bilbilis. Espacio, Tiempo y Forma. Serie II, 1. Páginas 333-340. Madrid.

sábado, 1 de diciembre de 2001

LA LIGA CALCÍDICA


En la península Calcídica, situada en el Norte de Grecia, se formó en los últimos años del siglo V a.C., tras la derrota de los atenienses frente a los espartanos en la Guerra del Peloponeso, una federación de pequeñas ciudades-estado, conocida como la Liga Calcídica. Todas las ciudades que formaban parte de la Liga disfrutaban de los mismos derechos y asumían responsabilidades compartidas, constituyendo un frente diplomático común con respecto al resto de las ciudades-estado griegas. Sus numerosos puertos y mercados sirvieron para articular actuaciones comerciales conjuntas, de cuya regulación consensuada se derivaban importantes ingresos. Contribuía a la riqueza de la Liga la explotación de las minas de oro y de los bosques de la región. La madera y la brea, indispensables para la construcción de barcos, estaban entre los principales productos exportados por la Liga. No todas las ciudades de la península Calcídica estaban integradas en esta coalición, pero sí la mayor parte de las mismas. Es significativo el que las ciudades aliadas promoviesen medidas favorecedoras de los matrimonios mixtos para reforzar la adhesión popular a la estructura federativa. Ésta tenía entre sus objetivos la eficaz defensa frente a las tribus tracias y el reino de Macedonia.

La capital era Olinto, donde probablemente eran acuñadas las monedas de plata que emitía la Liga. Para mostrar al resto de Grecia lo consolidada que estaba la unidad de las ciudades calcídicas y para acrecentar los sentimientos de cohesión entre ellas, la Liga emitió monedas con motivos compartidos. En el anverso de las piezas figuraba la cabeza laureada de Apolo, mientras que el reverso lo ocupaba una lira, instrumento musical tradicionalmente asociado a ese dios. En algunas acuñaciones la lira presenta siete cuerdas, y en otras sólo seis, figurando además el plectro con el que se tañía. Alrededor de la lira iba la leyenda: “De los Calcidios”.

En el 392 a.C., la Liga Calcídica suscribió un tratado defensivo y comercial con el recientemente proclamado rey de Macedonia, Amintas III. A pesar de ello, los calcidios fueron ocupando algunas ciudades que los macedonios habían tenido que descuidar debido a la presión ejercida por las tribus ilirias en otras regiones de su territorio. Diez años después, pasada la amenaza iliria, Amintas III exigió a los calcidios la devolución de las zonas ocupadas, reivindicación que éstos desoyeron. Dos ciudades calcídicas que no formaban parte de la Liga, Acanto y Apolonia, viendo peligrar su autonomía por el expansionismo de la coalición vecina, solicitaron la intervención de Esparta, que controlaba por entonces el panorama político griego. Los espartanos, para atender esta petición de ayuda, agradar a sus aliados macedonios, y evitar así el excesivo engrandecimiento de la Liga Calcídica, movilizaron contra ella un ejército de diez mil hombres, reclutados en las regiones griegas que les eran leales. Por su parte los calcidios de la Liga se dispusieron a resistir, valiéndose tanto de las milicias ciudadanas como de los mercenarios reclutados en suelo tracio.

Los primeros destacamentos proespartanos llegados a la península Calcídica ocuparon Potidea, que convirtieron en su principal base de operaciones. En la batalla librada en el 381 a.C. junto a las murallas de Olinto, la victoria correspondió a los soldados de la Liga Calcídica. Esparta tuvo que reclutar un nuevo ejército, al frente del cual estaba uno de sus dos reyes, Agesípolis, y en el que propagandísticamente se incluían importantes aristócratas de varias ciudades. Estas fuerzas tomaron la ciudad calcídica de Torone y saquearon los alrededores de Olinto, tras lo cual la sitiaron. Durante el asedio, Agesípolis contrajo una fiebre maligna y murió; su cuerpo fue colocado en un ataúd lleno de miel y enviado a Esparta para la celebración de sus funerales. La ciudad de Olinto se rindió en el 379 a.C., cuando se agotaron sus víveres tras dos años de penurias. La Liga Calcídica fue disuelta, y sus ciudades fueron obligadas a aliarse a Esparta. Amintas III recuperó las ciudades que reclamaba, entre las que estaba Pella, que había sido y volvería a ser la capital del reino de Macedonia.

Años después, con apoyo ateniense, la Liga Calcídica volvió a constituirse, iniciándose así una nueva etapa de mayor prosperidad e independencia, pero también de gestos desafiantes, que suscitaron finalmente en el 348 a.C. la absorción de su territorio por parte de la cada vez más imperialista Macedonia. La rebelde Olinto fue destruida, y a sus habitantes se les dispersó para intentar borrar para siempre su identidad ciudadana.

Bibliografía:

- Blázquez, J. M.; López Melero, R.; Sayas, J. J.; “Historia de Grecia Antigua”; Cátedra; Madrid; 1989. Páginas 579-580.

-Cartledge, Paul; “Agesilaos and the crisis of Sparta”; Baltimore; 1987. Páginas 373-374.

- Davis, Norman; “Greek coins and cities”; Londres; 1967. Páginas 82-83.

-Struve, V.V.; “Historia de la Antigua Grecia”; Akal; Madrid; 1974. Páginas 548-551.