lunes, 1 de abril de 2002

EL SIMBOLISMO DEL CUERVO


El cuervo ha recibido a lo largo de la historia diferentes significados simbólicos, en su mayoría tristes y poco halagüeños. Antes de hacer un recorrido por algunos de ellos en varias épocas y culturas conviene describir las características de esta ave, las cuales serán útiles para entender las ideas que su contemplación traía a la mente. El cuervo, de plumaje negro y brillante, tiene entre sus especies al mayor paseriforme, es decir, al mayor “pajarillo”. Su fuerte pico se corresponde con su voraz alimentación omnívora, dentro de la cual se encuentran la carroña y, en mucha menor medida, las pequeñas presas. Su graznido es seco y monótono. Le gusta vivir a considerable altitud, entre montañas y acantilados, si bien el hambre puede hacerle descender a las llanuras. Es muy poco sociable, y normalmente fiel a su pareja hasta que ésta muere. Experimentado volador, realiza sus mayores acrobacias durante el vuelo nupcial. Cada pareja ocupa un amplio territorio, manteniéndose en el mismo largo tiempo. En otras ocasiones opta por integrarse en nutridas bandadas. En su voluminoso nido, instalado en algún peñasco, la hembra pone de 4 a 6 huevos. El promedio de vida del cuervo está entre los diez y quince años, si bien puede doblarlo. Es tan listo que es capaz de usar herramientas, como palitos, identifica y recuerda a humanos distintos, y considera valiosos los pequeños objetos brillantes, aunque sean meros trozos de vidrio de color.

El cuervo ha sido considerado tradicionalmente como un animal solitario, pero a la vez demasiado entrometido en los asuntos de los hombres. Se creía que presagiaba enfermedades y guerras, actuando además como aviso de la muerte o de la necesidad de enmendar la conducta. El relato bíblico del diluvio cuenta que Noé, para comprobar si había ya tierras que no estuviesen cubiertas por el agua, dejó en libertad a un cuervo (Génesis 8, 7), el cual no le trajo de vuelta al arca ninguna prueba de la existencia de tierras emergidas. El cuervo se limitó a revolotear sobre las aguas, yendo y viniendo, pero sin perder ya su libertad. Noé optó por soltar después una paloma, la cual regresó con una rama tierna de olivo, imagen que ha servido para simbolizar la paz. Se puede señalar la existencia de cierta contraposición entre los simbolismos de la paloma y el cuervo, pues la imagen dulce de la paloma contrasta con el aspecto huraño del cuervo, el cual prospera con los cadáveres que dejan sobre el campo las guerras. Mientras que la paloma sirve también como símbolo del Espíritu Santo, el significado del cuervo se aproxima más a lo demoniaco. Pero curiosamente otras especies próximas de forma respectiva a la paloma y al cuervo han servido habitualmente para simbolizar lo mismo: el amor. Se trata de la tórtola y de la urraca. La pareja de tórtolas es más común como expresión icónica y hablada del amor en nuestra cultura, pero en otra cultura tan próxima como la portuguesa una forma coloquial de aludir a los enamorados es la de llamarles urracas, “pego” y “pega”. Y es que las urracas, reconocibles fácilmente por su plumaje blanquinegro, van con frecuencia en pareja, vigilándose mutuamente a cierta distancia. Hay un pasaje bíblico (I Reyes 17, 6) en que los cuervos tienen un significado positivo, pues se encargan de llevar pan y carne al profeta Elías para que pueda alimentarse en la gruta en que permanece escondido.

En la mitología grecorromana el cuervo aparece como el ave sagrada de Apolo, de plumaje blanco en un principio y negro después por haber divulgado la infidelidad de Coronis, la cual traicionó al dios mientras estaba embarazada. Una vez informado del engaño amoroso por el cuervo, Apolo mató a Coronis lanzándole una flecha, y sacó vivo de su vientre al pequeño Esculapio. El que la religiosidad grecorromana imaginase al cuervo como blanco al principio podría estarnos señalando que en él los antiguos eran capaces de encontrar cierta belleza, tal vez por su aspecto fuerte y grácil, si bien sería una belleza ocultada por sus muchas connotaciones lúgubres. Se sabe también que entre los romanos el graznido del cuervo fue en ocasiones tenido como signo de esperanza, ya que su onomatopeya repetida, “cras, cras, cras”, equivalía en latín a “mañana, mañana, mañana”.

En la mitología escandinava se consideraban consagrados al dios Odín, personificación de la exaltación psíquica en combate, dos cuervos, uno que simbolizaba el Pensamiento (Hugin) y otro que simbolizaba la Memoria (Munin). Los mitos nórdicos atribuyen a Odín la frase: “Temo porque no vuelva Hugin, pero temo aún más por Munin”. La religión surgida en torno a Odín, de tipo esotérico y animista, estaba acompañada de un fuerte sentimiento de la fatalidad del destino, lo que encaja con la visión tétrica normalmente asociada al cuervo. En la mitología persa el cuervo desempeñaba una función destacada en el culto a Mitra, asociándose estrechamente su significado religioso con el de la luz y el sol. En las creencias del Extremo Oriente también existía esta vinculación simbólica del sol con el cuervo, el cual podía actuar como mensajero de los dioses.

Entre los celtíberos existía la creencia, transmitida por autores como Eliano y Silio Itálico, y documentada también por la decoración pintada de algunas cerámicas numantinas, de que las almas de los que habían muerto durante las batallas ascendían a los cielos si sus cuerpos eran devorados por las aves carroñeras. Esta misión religiosa se encomendaba principalmente a los buitres, pero en ella participarían también los cuervos. Un dios céltico de la luz, Lugh, pudo haber tenido cierta relación con el cuervo, pues el vocablo galo “lugos” parece que designaba a dicho animal. En los ciclos épicos celtas de la Irlanda medieval, una de las principales familias que aparece es la de Branwen, cuyo nombre viene de la palabra “brân”, que significa cuervo o corneja. Sobre el hombro del héroe mítico irlandés Cuchulainn, que se ató a sí mismo a un árbol para permanecer erguido incluso mientras moría, se posó en forma de cuervo la diosa Mórrigan o Badbh, asociada a los conceptos de la muerte y de la destrucción, avisando así a los enemigos de Cuchulainn de que éste ya estaba muerto y de que podían acercarse a él sin temor para decapitarlo. En otro texto épico irlandés, la princesa Deirdre, dotada del don de la profecía, observa a su padre, el rey Conchobar, desollando a un ternero en la nieve mientras un cuervo bebe la sangre derramada. Siente así que el hombre a quien ella elija para casarse deberá tener tres colores: el cabello negro como el cuervo, la piel blanca como la nieve y las mejillas rojas como la sangre. Deirdre encuentra a ese hombre, Naoise, pero, cuando éste es asesinado, decide suicidarse para no tener que casarse con el asesino de Naoise. Por tanto en esta historia mítica encontramos al cuervo envuelto en presagios y en futuros sucesos nefastos.

En las Fábulas de Esopo, narrador griego del siglo VI a.C. cuya vida se confunde con dudosas anécdotas, el cuervo normalmente realiza acciones bastante ruines o alocadas de cuyas trágicas consecuencias se percata demasiado tarde. Algunos de estos relatos muestran al cuervo como un animal fácil de engañar y con tendencia a sobrevalorarse, señalando también las dudas que tiene la gente en torno a su capacidad para vaticinar hechos futuros o avisar de posibles desgracias. Mientras que algunas de las Fábulas escogen al cuervo con toda la intención para presentar los atributos que ostenta en el imaginario popular, otras recurren a él como a cualquier otro animal para inmiscuirlo simplemente en escenas moralizantes. En “El cuervo enfermo” un cuervo, próximo a la muerte, es recriminado por su madre por haberse pasado la vida picoteando la carne de los sacrificios efectuados en honor de los dioses, motivo por el cual no puede esperar la ayuda de éstos en medio de su enfermedad. En “El cuervo y la víbora” un cuervo rapta a una víbora dormida, la cual al despertar lo muerde, provocando su muerte. En “La zorra y el cuervo” un cuervo que picotea tranquilo en la copa de un árbol un trozo de queso deja caer éste al intentar cantar para justificar más aún las falsas adulaciones que le dedica una zorra, la cual consigue así arrebatarle su alimento. En “La corneja y el cuervo” una corneja que envidia al cuervo porque éste es apreciado por vaticinar a los hombres el futuro, comienza a dar graznidos sibilinos con aire misterioso, consiguiendo tan sólo el que unos caminantes huyan pensando que es una ave de mal agüero. En “El águila y el cuervo” un cuervo, admirado por la fuerza con que el águila atrapa a un cordero, intenta hacer lo mismo con otro, pero se enreda con el vellón del animal, de modo que el pastor le corta las alas y lo entrega a los niños para que se ensañen con él. En “Los caminantes y el cuervo” uno de los caminantes se burla del temor de los otros ante el mal presagio que supone el haber visto a un cuervo tuerto, pues si éste fuese capaz de prever el futuro, entonces no se habría encontrado envuelto en la situación que le llevó a perder un ojo. Finalmente en “La tortuga y los dos cuervos”, dos cuervos llevan a una tortuga a dar un paseo por los aires, pero ésta se pone a hablar, soltando así el junco al que iba agarrada, lo que ocasiona el que se estrelle contra un peñasco.

El escudo de Lisboa muestra un barco con las velas recogidas y dos cuervos, uno en la proa y otro en la popa, en recuerdo del modo en que se produjo la llegada de las reliquias de San Vicente a la ciudad en el siglo XII. Estos cuervos, al contrario de lo que solía ser más habitual, adquirieron un significado positivo, vinculado al presagio del pronto término de la Reconquista portuguesa, de modo que su representación como símbolo lisboeta no guarda apenas relación con el carácter fatídico y nostálgico de la lírica de algunos fados, para cuya interpretación sólo de forma relativamente reciente las mujeres empezaron a vestirse de negro. Incluso es normal representar al “corvo” en Lisboa como si se estuviese riendo, dando así una bienvenida afable a los visitantes, y desdramatizando el respeto y miedo secular hacia esta ave.

En la “Iconología” de Cesare Ripa, libro publicado en Roma en 1593 que recoge descripciones de alegorías tomadas del saber clásico y de la tradición cristiana, el cuervo aparece como elemento secundario en la caracterización de la Indecisión, el Infortunio y la Venganza. La Indecisión es representada como una mujer sentada, vieja y caprichosamente vestida, incluyendo un pañuelo negro sobre su cabeza. Sostiene dos cuervos cantando, uno con cada mano. Su vejez y su posición sedente se consideran elementos relacionados con la irresolución. Con su colorido vestido se quiere expresar la apariencia diversa de las muchas cosas emprendidas y al poco tiempo abandonadas por los indecisos. El pañuelo negro muestra la oscuridad y confusión del intelecto, poblado por cientos de pensamientos contrapuestos. La presencia de los cuervos en esta alegoría se justifica por su graznido, “cras, cras”, que como ya hemos indicado en latín significa “mañana, mañana”, pues los indecisos tienden a aplazar continuamente sus resoluciones. Para adornar literariamente la alegoría de la Indecisión, Cesare Ripa recurre a un poema del escritor hispanorromano Marcial en el que éste recrimina a un amigo que siempre dice que mañana gozará de la vida, cuando en realidad es más sabio el que puede decir que gozó ayer. El Infortunio es representado como un hombre vestido con túnica de color castaño oscuro, estampada con dibujos de casas y edificios arruinados. Sostiene con la mano derecha una cornucopia vacía y vuelta hacia la tierra, mientras que en la mano izquierda lleva un cuervo. La cornucopia vacía es signo de que se terminó la época de la abundancia, de la seguridad proporcionada por la disponibilidad de variados alimentos. En cuanto al cuervo, sirve en esta alegoría como aviso para que rectifiquemos y así no nos veamos abocados a desgracias mayores. Una de las dos representaciones propuestas por Cesare Ripa para la Venganza consiste en una mujer armada, vestida de rojo y con una llama sobre el yelmo. Se mira con rabia el brazo izquierdo, cuya mano ha sido cercenada. Con la mano derecha sujeta un puñal listo para ser utilizado. A uno de los lados de la mujer va un cuervo, el cual es herido por el escorpión que ha cazado. Esta situación inesperadamente adversa en la que se ve metido el cuervo fue recreada por Alciato en un poema, y presenta mucho parecido con una de las Fábulas de Esopo, en la cual en vez de un escorpión aparece una víbora. Tanto el escorpión como la víbora se vengan de la acción mezquina atribuida al cuervo, que por tanto no es el agente de la Venganza, sino su víctima.

El cuervo estaba entre las aves cuya aparición en el cielo, en función de si se efectuaba por la derecha o por la izquierda, era interpretada como señal positiva o negativa para emprender o no determinadas acciones. Esta superstición, que tiene sus precedentes en el mundo clásico, fue habitual en la Edad Media, momento en que también el cuervo sirvió, si bien raramente, para aludir a la lujuria. El atractivo tradicional del cuervo como elemento simbólico está también atestiguado en la existencia de los apellidos españoles Cuervo y Cuerva, el primero de los cuales se ha popularizado gracias a la marca de una bebida alcohólica. La imagen del cuervo ha sido también con frecuencia utilizada con cierta crueldad para hacer referencia a los malos padres, a los malos maestros, a las personas que crean intencionadamente tristeza a su alrededor y a las personas que eligen la soledad. Una vertiente más simpática del cuervo la tenemos por ejemplo en las series de dibujos animados, donde suele hacer algunas gracias, observando a los personajes principales o revoloteando a su alrededor, utilizándose en otros casos para ayudar a crear un ambiente misterioso.

Varios refranes en castellano aluden al cuervo. El más conocido es el de “Cría cuervos, y te sacarán los ojos”. Este refrán hace referencia a la ingratitud de los malvados utilizando una imagen bastante fuerte, ya que, ante un cadáver intacto, el cuervo empieza su menú por lo más blando. Otro refrán es el de “Cual el cuervo, tal su huevo”, con el que se pretende señalar con cierto retintín peyorativo que a veces los hijos suelen ser como sus padres. El refrán “No puede ser más negro el cuervo que sus alas” indica que, cuando ya ha sucedido un daño, no se espera que acontezca otro mucho mayor en la misma materia. Más distendido es el refrán “Le dijo el grajo al cuervo: quítate allá, que tiznas”, con el cual la sabiduría popular se burla de quien, lleno de vicios, recrimina a otro los suyos. El refrán “Donde los viejos no andan, los cuervos no graznan” señala a través de una imagen casi funeraria que no hay ni rastro de los oportunistas cuando no hay oportunidades. Por tanto el cuervo sale bastante mal parado del refranero, pues ilustra actitudes deplorables o sirve como símbolo de la desgracia. Queda claro que en la mente de quienes nos precedieron el cuervo era un signo lleno de connotaciones tristes y malignas.

Entre las Fábulas Literarias de Iriarte, escritor tinerfeño del siglo XVIII, hay una titulada “El cuervo y el pavo”. En ella un pavo, percatándose en medio de una competición aérea de que no es capaz de igualar al cuervo en la destreza y rapidez de su vuelo, prorrumpe en acusaciones inapropiadas contra su rival, recriminándole su fealdad, el que vaticine desgracias y el que se alimente de cuerpos muertos. La moraleja de esta Fábula versificada consiste en que cuando se valora un determinado proceder o habilidad, no deben traerse a colación los defectos personales de los sujetos implicados, sino que uno debe limitarse a valorar dicha acción. Muchos de los componentes simbólicos del cuervo son también asignados con prodigalidad a otros córvidos negros, como el grajo y la corneja. Espronceda, que dedicó la temática de bastantes de sus poemas a individuos marginales y que no dudó en utilizar un lenguaje de gran crudeza descriptiva, coloca al principio y al final de su “Canto del Cosaco” la siguiente estrofa: “¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! / La Europa os brinda espléndido botín: / sangrienta charca sus campiñas sean, / de los grajos su ejército festín”. Recoge así el significado funerario del grajo, insertándolo en la arenga que un cosaco dirige, con aire visionario y con pretensiones proféticas, a sus compañeros.

“El Cuervo” es el poema más conocido del escritor estadounidense Edgar Allan Poe. En esta composición, ambientada de forma tétrica, un hombre, hablando en primera persona, relata la forma inesperada en que un cuervo se convirtió en su intranquilizante compañero de cuarto. Una medianoche del mes de diciembre, mientras estaba en su casa ojeando libros con los que buscar consuelo por la muerte de Lenora, escuchó, ya casi dormitando, pequeños ruidos fuera de su cuarto. Al abrir el postigo, un cuervo se infiltró con resolución, posándose en un busto de Palas Atenea que había sobre la puerta. Cautivado por el porte severo y el aspecto mágico del animal, el hombre comenzó a lanzarle preguntas y a hacerle comentarios, a todos los cuales respondía rítmicamente el cuervo siempre lo mismo: “Nunca Más”. Estas contestaciones hacían aumentar la desesperación del hombre, que alcanzó su mayor grado tras inquirir: “Di a esta alma abrumada de aflicción si en el remoto Edén abrazará a una doncella santificada a quien los ángeles llaman Lenora, abrazará a una rara y radiante doncella a quien los ángeles llaman Lenora”. El cuervo, cuyos “ojos se asemejan a los ojos de un demonio que soñara” siguió respondiendo lo mismo y se negó a marcharse. La composición termina con la casi identificación del alma apesadumbrada del hombre con la sombra malhadada del cuervo proyectada sobre el suelo de su cuarto. El poema fue publicado en 1845, cuatro años antes de la muerte del escritor. Éste, que tanto gustaba de utilizar en sus relatos de misterio como narradores a los propios criminales, transmite en su poema una imagen del cuervo asociada a lo profético y a lo maligno, pero dentro de la ensoñación o dentro de un contexto alucinógeno obsesivo. Es decir, el cuervo sirve a Poe como símbolo de su soledad y de su estado de ánimo. Con este poema el escritor muestra su afición por uno de los iconos tradicionales de la desventura, posado no casualmente sobre el busto de la sabia diosa guerrera.

“El Cuervo”, película de 1994 basada en un héroe de comics, contribuyó poderosamente a afianzar la función de esta ave como símbolo en la sociedad moderna, especialmente dentro de la estética gótica y siniestra. El hecho de que sea una película de culto se debe sobre todo a que su protagonista, Brandon Lee, falleció durante el rodaje, como si el cuervo hubiese sido una vez más anuncio de la muerte. En la película, un rockero llamado Eric y su novia Shelly son asesinados la noche antes de su boda, que estaba previsto que se celebrase la noche de Halloween, justo antes del día de Todos los Santos de la tradición cristiana, que se corresponde con el inicio del año céltico. El cuervo, encargado según antiguas creencias de conducir el alma de los muertos hacia otro reino, aparece sobre la tumba de Eric justo un año después, acompañando desde entonces al joven resucitado para redimir el mal. Con la cara pintada de blanco y algo de negro, irá vengando la violación y muerte de su novia, convirtiéndose así en asesino de asesinos. La aparición del cuervo suele preceder a los actos de venganza, como señalando que se aproxima el dolor. Tras matar a los últimos malvados en una iglesia neogótica regresa a la tumba para estar con su novia, a la que ve en una especie de encuentro místico. Casi todas las escenas transcurren de noche, y bastantes de ellas mientras llueve. En la película surgen muchos elementos relacionados con la visión popular que se tiene del cuervo, como la obsesión por los ojos, “en los que reside todo el poder del mundo”, y cuya fragilidad asusta. Otro aspecto enlazado con la imagen recurrente del cuervo es que avisa para provocar un cambio de actitud que evite males mayores, como cuando el joven justiciero, siempre vestido con ropas oscuras, invita a una madre a que abandone la prostitución y las drogas para ocuparse más de su hija, o como cuando indica a un policía que el tabaco lo matará. También figura la interpretación latina, esperanzada, del cuervo, pues Eric le dice a una niña que “No llueve eternamente”, título o estribillo de una de sus antiguas canciones, y el ave deja caer el anillo de prometida de Shelly en la mano de la niña. Aunque la violencia desmedida está presente en toda la película, en ella el cuervo no es un ser vil y carroñero, sino abstracción del alma y presagio o recuerdo de tristezas. Entre sus componentes neorrománticos está la ambientación gargólica y funeraria, la pretensión de lavar las ofensas con sangre, la aparición mística de Shelly (como en los “Himnos a la noche” de Novalis) y la preocupación por el significado y la debilidad de los ojos (como en el cuento “El hombre de la arena” de E.T.A. Hoffmann).

El equipo de fútbol americano de Baltimore, ciudad portuaria del estado de Maryland, utiliza como escudo o símbolo la cabeza de un cuervo enfadado, la cual aparece dibujada en sus cascos. Además el propio nombre del equipo es el de los “Cuervos de Baltimore”. Los equipos estadounidenses de fútbol americano suelen recurrir para sus nombres y escudos a animales o personajes fieros o con alguna habilidad, haciendo así gala de una actitud algo “fantasma” y fanfarrona, pero a la vez muy colorista y alegre. En el caso del equipo de Baltimore (ciudad en que murió Poe), la elección del cuervo aprovecha su capacidad para atemorizar y presagiar el desastre de los contrarios, aunque quizás está también relacionada con su virtuosismo en vuelo, ya que la ciudad se enorgullece de fabricar aviones.

viernes, 1 de marzo de 2002

LA CIERVA BLANCA DE SERTORIO


Entre los años 82 y 72 a.C. se desarrollaron en la península Ibérica las llamadas guerras sertorianas, insertas dentro del enfrentamiento civil que sacudía por entonces a la sociedad romana. Estas guerras reciben su nombre del militar sabino Sertorio, perteneciente a la facción popular, defensora de una reforma agraria que reequilibrase las rentas ciudadanas. Sertorio, que había sido nombrado gobernador de la provincia Hispania Citerior, quedó proscrito desde el momento en que la facción oligárquica retomó el poder en Roma. Inició así una larga aventura militar, narrada por los escritores clásicos con ciertos tintes novelescos. Salustio y Plutarco nos transmitieron relatos heroizantes de la vida de Sertorio, incidiendo en las cualidades que le llevaron a ganarse la voluntad de numerosos pueblos hispanos. La historiografía nacionalista española malinterpretó la figura de Sertorio, pues éste no quiso conducir a los indígenas ibéricos hacia una nueva independencia, sino que se valió de ellos tanto para sobrevivir como para crear inestabilidad en el seno del partido senatorial romano con la esperanza de alentar una insurrección general contra el régimen oligárquico. Sí que es posible que defendiera un trato más suave y justo hacia las provincias imperiales, pero siempre dentro de la legalidad romana, como demuestra el hecho de que intentase reproducir la institución senatorial en el exilio, o el hecho de que siempre sus comandantes fueran romanos.

Poco después de comenzar su rebelión, Sertorio tuvo que abandonar Hispania, alcanzando, en compañía de su ejército y de piratas cilicios, las costas norteafricanas. Allí emprendió varias acciones bélicas que le permitieron engrosar su ejército y tomar la ciudad de Tingis (Tánger). Se enteró entonces de que los lusitanos se habían alzado nuevamente contra Roma, de modo que, llamado por ellos, regresó a la península para dirigirlos. Tras haber reorganizado militarmente a los nativos y conquistado algunos territorios colindantes, Sertorio recibió por parte de un hombre de campo llamado Spanós un regalo consistente en una cervatilla blanca recién nacida. Inicialmente Sertorio no prestó mucha atención a la cierva, la cual creció dócil siguiéndole a todas partes, sin atemorizarse de las ruidosas actividades desplegadas por los soldados en el campamento. El general se percató de que podía utilizar a la cierva como una supuesta portadora de los mensajes divinos para de esta forma, aprovechando la predisposición supersticiosa de los indígenas hispanos, afianzar su confianza de cara a las nuevas campañas militares. La cierva, cuyo carácter extraordinario venía dado principalmente por su atípico color blanco, pasó así a ser considerada como un “numen” o signo de la inspiración divina. Entre las tropas se extendió la fábula de que Ártemis, Diana o una diosa indígena de atribuciones similares dispensaba mediante la cierva su protección a Sertorio, conduciéndole así de victoria en victoria. Las informaciones que recibía Sertorio de sus mensajeros acerca de posibles peligros o del resultado de las batallas libradas por sus comandantes no eran transmitidas de forma inmediata y directa a los soldados, sino a través de las fingidas virtudes mágicas y oraculares de la cierva, con la que Sertorio decía hablar en sueños. El general no comunicaba a los soldados las derrotas de sus otros ejércitos para no desanimarlos. Incluso mató al mensajero que le informó de la derrota de su comandante Hirtuleyo en Segovia, para que así la mala nueva no se conociese. Y si recibía noticia de una victoria, se las ingeniaba para que la cierva se pasease saltarina entre las tropas “mágicamente” coronada con una guirnalda, fortaleciendo así la moral común de sus heterogéneos efectivos militares, en los que se integraban romanos, indígenas y algunos cientos de libios.

En el año 75 a.C., en la misma época en que las tropas de Sertorio y Pompeyo se enfrentaron en la igualada batalla del Sucro (Río Júcar), la cierva blanca se extravió, dejando al bando sertoriano sin su talismán. No pasaron muchos días hasta que unos exploradores consiguieron recuperar al animal, llevándoselo después a Sertorio. Éste les prometió una fuerte suma de dinero tanto por el hallazgo como por su silencio, pues quiso dar apariencia milagrosa al suceso, de modo que hizo que la cierva se le acercase por sí misma ante todos mientras despachaba diversos asuntos en lo alto del tribunal. Los asistentes se maravillaron y, con renovado entusiasmo, aclamaron a Sertorio. Pero su suerte comenzaba ya por entonces a declinar, viéndose cada vez más acosado por las maniobras militares de Pompeyo y Metelo, generales del partido político rival. También crecía el descontento entre sus propios comandantes, y varias ciudades ibéricas antes fieles se le rebelaron. Sertorio abandonó su comportamiento magnánimo anterior y ordenó matar o vender a los hijos de algunos nobles ibéricos, para cuya “instrucción” tenía retenidos en su capital, Osca (Huesca). Fue allí donde, en el transcurso de un banquete y sin que su cierva le avisase, Sertorio cayó víctima de una conjura, organizada por su comandante Perpenna.

No sabemos si el escritor sevillano Gustavo Adolfo Bécquer conocía la historia de la cierva blanca de Sertorio cuando escribió la leyenda de “La corza blanca”, ambientada en la región zaragozana de Tarazona. La leyenda narra cómo el joven Garcés da caza y mata a una corza blanca para regalársela a la burlona mujer a la que ama, Constanza, transfigurándose en su agonía la corza en la amada para desesperación del atónito cazador. La leyenda becqueriana rescata y traslada a época bajomedieval parte del primitivo significado religioso que los cérvidos tuvieron en la Hispania protohistórica y romana, tanto en el área céltica como en la ibérica, donde estaban vinculados a una diosa a la vez fúnebre y fecundante, trasunto de la perfección del orden natural. Ya el mito que habla del rey tartésico Habis alude a que fue cuidado en su infancia por una cierva, la cual le enseñó a correr velozmente por los montes. Entre las regiones de cultura ibérica en que el ciervo tuvo un mayor protagonismo iconográfico destaca el Sureste de la provincia de Albacete, donde se han encontrado varias esculturas funerarias de cérvidos en las localidades de Higueruela, Caudete y Liétor, así como representaciones pintadas de dicho animal en las cerámicas del yacimiento del Tolmo de Minateda (Hellín). Varios fragmentos de estas cerámicas muestran al ciervo no inmerso en cacerías comunes o rituales, sino tranquilo, con la cabeza agachada y bajo una gigantesca flor, indicio de sus probables connotaciones religiosas.

viernes, 1 de febrero de 2002

SEKAISA


Sekaisa es el nombre de una ciudad celtibérica, perteneciente en concreto a la tribu de los belos. Es citada por las fuentes romanas como Segeda. Su primer establecimiento radicó dentro de los límites del actual municipio zaragozano de Mara, en la zona elevada conocida como el Poyo. La decisión tomada por la ciudad de ampliar su perímetro fortificado para poder congregar a sus aliados y consanguíneos provocó la declaración de guerra por parte del Senado romano y el inicio de las guerras celtibéricas en el año 154 a.C. Quizás Sekaisa, mediante el robustecimiento de su estructura urbanística y defensiva, quiso reforzar su preeminencia sobre los enclaves menores circundantes, ofreciendo a la vez cobijo a sus pobladores frente a posibles agresiones externas, lo que disgustó sobremanera a las autoridades romanas, temerosas por el posible resquebrajamiento del sistema administrativo implantado en sus conquistas peninsulares. Ante la inminente llegada de las tropas romanas, los habitantes de Sekaisa, que no habían podido terminar las labores de ampliación de la muralla, tuvieron que abandonar su ciudad para refugiarse, junto con otros muchos pueblos, en el territorio de sus vecinos arévacos, cuya ciudad de Numancia centralizaría durante las dos décadas siguientes la resistencia frente a Roma. Tras los primeros lances del largo conflicto armado, los belos, que adoptaron una postura más dialogante hacia los romanos, pudieron regresar a sus tierras. En un momento indeterminado, emplazaron la nueva Sekaisa muy cerca de la anterior, en Durón de Belmonte, dentro del municipio de Belmonte de Gracián, cuya toponimia mantiene el recuerdo de los belos. La nueva ubicación de la ciudad celtibérica presentaba una altitud ligeramente inferior y peores condiciones naturales de defensa, conforme a las directrices difundidas por los romanos para evitar toda propensión hacia la revuelta.

Sekaisa está considerada como la ciudad celtibérica que mayor cantidad de monedas acuñó, lo que debemos valorar como un elemento indicativo de su importancia. Sin embargo fue oscureciéndose conforme avanzaba la romanización en favor de la cercana Bilbilis, la futura Calatayud. El nombre de Sekaisa lo conocemos por las leyendas monetales, escritas en alfabeto ibérico conforme a diversas variedades gráficas. Algunas monedas presentan el nombre étnico en genitivo plural: “Sekaisakom” (de los de Sekaisa), muestra de que el sentimiento ciudadano podía superar a la realidad física de la ciudad, sometida en este caso a molestos cambios de emplazamiento. Las monedas de Sekaisa se dispersaron ampliamente por la Península en los procesos de circulación, en especial por el valle del Jalón y la cabecera del Duero. Su abundancia en el entorno de la antigua Tamusia, ciudad de la provincia de Cáceres que emitió piezas de tipo celtibérico, ha servido para trazar hipótesis acerca de posibles migraciones o prácticas trashumantes. La producción monetaria de Sekaisa, desarrollada entre mediados del siglo II y mediados del siglo I a.C., se daría en muchas de sus fases bajo el patrocinio y la protección de Roma, interesada en aumentar el volumen de la moneda circulante en la Celtiberia. Sertorio, que durante las guerras civiles romanas supo ganarse la confianza de muchos pueblos peninsulares, parece que potenció algunas cecas aragonesas, como Bolskan (Huesca) y Sekaisa, cuyas piezas son frecuentes en las ocultaciones suscitadas por la inestabilidad militar de la época.

La iconografía de las monedas de Sekaisa se ajusta a la imperante en el territorio celtibérico, constituyendo tanto una garantía de su validez en los intercambios como la expresión de pertenencia a un sistema económico y administrativo más amplio, regido por Roma. Los anversos de las piezas de Sekaisa presentan una cabeza masculina barbada o imberbe, acompañada en bastantes casos de algún pequeño símbolo, como una posible leona o un posible lobo en las emisiones más antiguas y uno o dos delfines en las más recientes, así como uno o dos signos alfabéticos correspondientes al inicio del nombre de la ciudad. El cuello del personaje representado se adorna en ocasiones con un collar de cuentas, mientras que los mechones del pelo se disponen de numerosas maneras, reflejando distintos peinados. Más que de una divinidad o de un magistrado podría tratarse de la idealización del ciudadano, aunque entreverada con la imitación de tipos monetales clásicos de acusada prestancia y significación religiosa. Cada cuño de anverso era un rostro distinto, multiplicándose así los rostros como si de ciudadanos diferentes se tratase. En los reversos de los denarios de plata y los ases de bronce aparece un guerrero a caballo sobre el nombre de la ceca. Este jinete puede portar una insignia consistente en una rapaz, o bien una lanza o una palma, elemento quizás alusivo al deseo de alcanzar la paz a través de la victoria. Con el jinete, cuyo caballo es representado con las patas delanteras en alto, los celtíberos pretendían transmitir una imagen de valor y nobleza en un momento en que la progresiva aculturación hacía necesarios los símbolos identificativos. Los divisores de bronce solían presentar en sus reversos al caballo sin jinete, a veces con puntos indicativos del valor de las piezas u otras marcas, como el creciente lunar. En dos emisiones un tanto distintas del resto aparecen en los reversos un prótomo de caballo y un jabalí respectivamente. Los motivos propios de las monedas de la Celtiberia tendieron al esquematismo, perdiendo parte de su calidad artística. Sekaisa fue de las primeras cecas abiertas en el ámbito celtibérico; el hecho de que acuñase piezas de plata, cosa que no hizo la cercana Bilbilis, apoya la idea de que ejerció tareas de control administrativo en un extenso territorio, casi siempre bajo la supervisión romana.


Bibliografía:

-Burillo, F.; Ostalé, M. (1983-1984): Sobre la situación de las ciudades celtibéricas Bilbilis y Segeda. Kalathos, 3-4. Páginas 287–309.

- Gomis Justo, M. (1995): La moneda de plata de Sekaisa. Actas del IX Congreso Nacional de Numismática. Páginas 49-58. Elche.

-Varios Autores (1997): Historia monetaria de Hispania antigua. Jesús Vico editores. Madrid.

- Villaronga, L. (1988): La jerarquización de las cecas de Sekaisa y Bilbilis. Espacio, Tiempo y Forma. Serie II, 1. Páginas 333-340. Madrid.

sábado, 1 de diciembre de 2001

LA LIGA CALCÍDICA


En la península Calcídica, situada en el Norte de Grecia, se formó en los últimos años del siglo V a.C., tras la derrota de los atenienses frente a los espartanos en la Guerra del Peloponeso, una federación de pequeñas ciudades-estado, conocida como la Liga Calcídica. Todas las ciudades que formaban parte de la Liga disfrutaban de los mismos derechos y asumían responsabilidades compartidas, constituyendo un frente diplomático común con respecto al resto de las ciudades-estado griegas. Sus numerosos puertos y mercados sirvieron para articular actuaciones comerciales conjuntas, de cuya regulación consensuada se derivaban importantes ingresos. Contribuía a la riqueza de la Liga la explotación de las minas de oro y de los bosques de la región. La madera y la brea, indispensables para la construcción de barcos, estaban entre los principales productos exportados por la Liga. No todas las ciudades de la península Calcídica estaban integradas en esta coalición, pero sí la mayor parte de las mismas. Es significativo el que las ciudades aliadas promoviesen medidas favorecedoras de los matrimonios mixtos para reforzar la adhesión popular a la estructura federativa. Ésta tenía entre sus objetivos la eficaz defensa frente a las tribus tracias y el reino de Macedonia.

La capital era Olinto, donde probablemente eran acuñadas las monedas de plata que emitía la Liga. Para mostrar al resto de Grecia lo consolidada que estaba la unidad de las ciudades calcídicas y para acrecentar los sentimientos de cohesión entre ellas, la Liga emitió monedas con motivos compartidos. En el anverso de las piezas figuraba la cabeza laureada de Apolo, mientras que el reverso lo ocupaba una lira, instrumento musical tradicionalmente asociado a ese dios. En algunas acuñaciones la lira presenta siete cuerdas, y en otras sólo seis, figurando además el plectro con el que se tañía. Alrededor de la lira iba la leyenda: “De los Calcidios”.

En el 392 a.C., la Liga Calcídica suscribió un tratado defensivo y comercial con el recientemente proclamado rey de Macedonia, Amintas III. A pesar de ello, los calcidios fueron ocupando algunas ciudades que los macedonios habían tenido que descuidar debido a la presión ejercida por las tribus ilirias en otras regiones de su territorio. Diez años después, pasada la amenaza iliria, Amintas III exigió a los calcidios la devolución de las zonas ocupadas, reivindicación que éstos desoyeron. Dos ciudades calcídicas que no formaban parte de la Liga, Acanto y Apolonia, viendo peligrar su autonomía por el expansionismo de la coalición vecina, solicitaron la intervención de Esparta, que controlaba por entonces el panorama político griego. Los espartanos, para atender esta petición de ayuda, agradar a sus aliados macedonios, y evitar así el excesivo engrandecimiento de la Liga Calcídica, movilizaron contra ella un ejército de diez mil hombres, reclutados en las regiones griegas que les eran leales. Por su parte los calcidios de la Liga se dispusieron a resistir, valiéndose tanto de las milicias ciudadanas como de los mercenarios reclutados en suelo tracio.

Los primeros destacamentos proespartanos llegados a la península Calcídica ocuparon Potidea, que convirtieron en su principal base de operaciones. En la batalla librada en el 381 a.C. junto a las murallas de Olinto, la victoria correspondió a los soldados de la Liga Calcídica. Esparta tuvo que reclutar un nuevo ejército, al frente del cual estaba uno de sus dos reyes, Agesípolis, y en el que propagandísticamente se incluían importantes aristócratas de varias ciudades. Estas fuerzas tomaron la ciudad calcídica de Torone y saquearon los alrededores de Olinto, tras lo cual la sitiaron. Durante el asedio, Agesípolis contrajo una fiebre maligna y murió; su cuerpo fue colocado en un ataúd lleno de miel y enviado a Esparta para la celebración de sus funerales. La ciudad de Olinto se rindió en el 379 a.C., cuando se agotaron sus víveres tras dos años de penurias. La Liga Calcídica fue disuelta, y sus ciudades fueron obligadas a aliarse a Esparta. Amintas III recuperó las ciudades que reclamaba, entre las que estaba Pella, que había sido y volvería a ser la capital del reino de Macedonia.

Años después, con apoyo ateniense, la Liga Calcídica volvió a constituirse, iniciándose así una nueva etapa de mayor prosperidad e independencia, pero también de gestos desafiantes, que suscitaron finalmente en el 348 a.C. la absorción de su territorio por parte de la cada vez más imperialista Macedonia. La rebelde Olinto fue destruida, y a sus habitantes se les dispersó para intentar borrar para siempre su identidad ciudadana.

Bibliografía:

- Blázquez, J. M.; López Melero, R.; Sayas, J. J.; “Historia de Grecia Antigua”; Cátedra; Madrid; 1989. Páginas 579-580.

-Cartledge, Paul; “Agesilaos and the crisis of Sparta”; Baltimore; 1987. Páginas 373-374.

- Davis, Norman; “Greek coins and cities”; Londres; 1967. Páginas 82-83.

-Struve, V.V.; “Historia de la Antigua Grecia”; Akal; Madrid; 1974. Páginas 548-551.

jueves, 1 de noviembre de 2001

ESTEPA: ANTES DE LOS POLVORONES


Son difíciles de comprender los motivos que pudieron llevar a los habitantes de Estepa a permanecer fieles a la causa púnica cuando ya era clara la preeminencia de las armas romanas en la Península Ibérica. Otras muchas poblaciones hispanas habían optado por un ventajoso cambio aliancístico con el que evitar nuevas querellas. El hecho es que en el año 206 a.C., en el transcurso de la Segunda Guerra Púnica, Escipión ordenó a sus lugartenientes Silano y Marcio terminar con los últimos núcleos de resistencia filopúnica en el Sur peninsular. En el cumplimiento de esta misión Marcio llegó hasta las estribaciones de la pequeña sierra sevillana en que se alza Estepa, conocida por las fuentes clásicas como Astapa u Ostippo. Tan enconada fue la oposición presentada por Estepa a las tropas romanas que la ciudad quedó tremendamente destruida, a la vez que el grueso de su población prefirió la muerte antes que cualquier solución pactada. En ocasiones la historiografía ha puesto en duda los detalles heroicos de la resistencia estepeña por parecer demasiado tópicos y por la pervivencia de la ciudad, que, dentro del “conventus” de Astigi (Écija), alcanzó cierto esplendor en época romana gracias a la explotación agrícola de las extensas llanuras circundantes.

En la zona alta y fortificada de la actual Estepa pudieron situarse tanto la ciudad romana como la anterior, si bien para esta última se han propuesto también otras localizaciones, alejadas del Cerro de San Cristóbal y de menor altitud, lo que la habría hecho muy vulnerable. Se han rescatado en la propia ciudad y en sus alrededores varias piezas escultóricas de interés, conservadas en el Museo Arqueológico de Sevilla. Entre ellas está un fragmento de león sobre el que se aprecia una parte de la cota de mallas de un guerrero. El león resultaba para los iberos un animal exótico, casi fantástico. En este caso pudo tener un valor funerario y heroizante, transportando el alma de un guerrero ilustre al Más Allá, como ocurría con algunas de las representaciones de caballos, pero añadiendo un mayor componente mítico y de dominio sobre la adversidad. También procede de Estepa un relieve en que figuran dos soldados vestidos y armados ya a la usanza romana, incluyendo espada corta y escudo oblongo de tipo galo. Se sabe de la existencia en el entorno de Estepa de un posible santuario en que, por las piezas halladas, quizás se solían celebrar ritos religiosos de raigambre iberopúnica.

Uno de los elementos que nos podrían ayudar a explicar la fidelidad de Estepa hacia los cartagineses sería la presencia en dicha ciudad de colonos y/o soldados púnicos con vistas al ejercicio de un control más efectivo del territorio conquistado y de cara a un aprovechamiento más sistemático de sus recursos. En contra de este argumento podría esgrimirse que hasta la misma Cádiz, ciudad de origen poblacional fenicio-púnico, se entregó a los romanos sin luchar. La autodestrucción de Estepa nos lleva a la reflexión sobre la llamada “fides” ibérica, que fue alabada o vituperada por los autores romanos en función de si era favorable o no a sus intereses. Esta “fides” o pacto de fidelidad podía reflejar una situación de desigualdad socioeconómica. Pero era suscitada no sólo por los beneficios materiales y bélicos inmediatos, sino también por la propensión más o menos voluntaria y prestigiosa hacia la alianza con jefes que unían a su poder el atractivo real o fingido de su personalidad. Algunos pueblos ibéricos buscaron excusas para deshacerse de los comprometedores vínculos implicados en la “fides” profesada hacia los líderes de las potencias coloniales. Es posible que el pacto fuese más fuerte y duradero entre reyezuelos indígenas de autoridad similar. Hubo también situaciones en que el voto de fidelidad fue respetado hasta las últimas consecuencias. Este pudo ser el caso de la ciudad de Estepa, que tuvo que alcanzar un alto grado de identificación con los intereses púnicos en Iberia. Lo que es innegable es que Estepa, que ahora es conocida entre nosotros por la elaboración tradicional de polvorones, protagonizó un extraño episodio de heroísmo ante el poderoso ejército romano.

Bibliografía:

- Fernández-Chicarro y Fernández Gómez; “Catálogo del Museo Arqueológico de Sevilla II”; 1980.
- Morales, Sanz, Serrera y Valdivieso; “Guía artística de Sevilla y su provincia”; Vitoria; 1981.