lunes, 1 de abril de 2002

EL SIMBOLISMO DEL CUERVO


El cuervo ha recibido a lo largo de la historia diferentes significados simbólicos, en su mayoría tristes y poco halagüeños. Antes de hacer un recorrido por algunos de ellos en varias épocas y culturas conviene describir las características de esta ave, las cuales serán útiles para entender las ideas que su contemplación traía a la mente. El cuervo, de plumaje negro y brillante, es uno de los mayores paseriformes, es decir, uno de los mayores “pajarillos”. Su fuerte pico se corresponde con su voraz alimentación omnívora, dentro de la cual se encuentran la carroña y, en mucha menor medida, las pequeñas presas. Su graznido es seco y monótono. Le gusta vivir a considerable altitud, entre montañas y acantilados, si bien el hambre puede hacerle descender a las llanuras. Es muy poco sociable, y normalmente fiel a su pareja hasta que ésta muere. Experimentado volador, realiza sus mayores acrobacias durante el vuelo nupcial. Cada pareja ocupa un amplio territorio, manteniéndose en el mismo largo tiempo. En otras ocasiones opta por integrarse en nutridas bandadas. En su voluminoso nido, instalado en algún peñasco, la hembra pone de 4 a 6 huevos. La edad del cuervo se prolonga de forma extraña en comparación con otras aves, pudiendo alcanzar hasta los 39 años.

El cuervo ha sido considerado tradicionalmente como un animal solitario, inteligente y demasiado entrometido en los asuntos de los hombres. Se creía que presagiaba enfermedades y guerras, actuando además como aviso de la muerte o de la necesidad de enmendar la conducta. El relato bíblico del diluvio cuenta que Noé, para comprobar si había ya tierras que no estuviesen cubiertas por el agua, dejó en libertad a un cuervo (Génesis 8, 7), el cual no le trajo de vuelta al arca ninguna prueba de la existencia de tierras emergidas. El cuervo se limitó a revolotear sobre las aguas, yendo y viniendo, pero sin perder ya su libertad. Noé optó por soltar después una paloma, la cual regresó con una rama tierna de olivo, imagen que ha servido para simbolizar la paz. Se puede señalar la existencia de cierta contraposición entre los simbolismos de la paloma y el cuervo, pues la imagen dulce de la paloma contrasta con el aspecto huraño del cuervo, el cual prospera con los cadáveres que dejan sobre el campo las guerras. Mientras que la paloma sirve también como símbolo del Espíritu Santo, el significado del cuervo se aproxima más a lo demoniaco. Pero curiosamente otras especies próximas de forma respectiva a la paloma y al cuervo han servido habitualmente para simbolizar lo mismo: el amor. Se trata de la tórtola y de la urraca. La pareja de tórtolas es más común como expresión icónica y hablada del amor en nuestra cultura, pero en otra cultura tan próxima como la portuguesa una forma coloquial de aludir a los enamorados es la de llamarles urracas, “pego” y “pega”. Y es que las urracas, reconocibles fácilmente por su plumaje blanquinegro, van con frecuencia en pareja, vigilándose mutuamente a cierta distancia. Hay un pasaje bíblico (I Reyes 17, 6) en que los cuervos tienen un significado positivo, pues se encargan de llevar pan y carne al profeta Elías para que pueda alimentarse en la gruta en que permanece escondido.

En la mitología grecorromana el cuervo aparece como el ave sagrada de Apolo, de plumaje blanco en un principio y negro después por haber divulgado la infidelidad de Coronis, la cual traicionó al dios mientras estaba embarazada. Una vez informado del engaño amoroso por el cuervo, Apolo mató a Coronis lanzándole una flecha, y sacó vivo de su vientre al pequeño Esculapio. El que la religiosidad grecorromana imaginase al cuervo como blanco al principio podría estarnos señalando que en él los antiguos eran capaces de encontrar cierta belleza, tal vez por su aspecto fuerte y grácil, si bien sería una belleza ocultada por sus muchas connotaciones lúgubres. Se sabe también que entre los romanos el graznido del cuervo fue en ocasiones tenido como signo de esperanza, ya que su onomatopeya repetida, “cras, cras, cras”, equivalía en latín a “mañana, mañana, mañana”.

En la mitología escandinava se consideraban consagrados al dios Odín, personificación de la exaltación psíquica en combate, dos cuervos, uno que simbolizaba el Pensamiento (Hugin) y otro que simbolizaba la Memoria (Munin). Los mitos nórdicos atribuyen a Odín la frase: “Temo porque no vuelva Hugin, pero temo aún más por Munin”. La religión surgida en torno a Odín, de tipo esotérico y animista, estaba acompañada de un fuerte sentimiento de la fatalidad del destino, lo que encaja con la visión tétrica normalmente asociada al cuervo. En la mitología persa el cuervo desempeñaba una función destacada en el culto a Mitra, asociándose estrechamente su significado religioso con el de la luz y el sol. En las creencias del Extremo Oriente también existía esta vinculación simbólica del sol con el cuervo, el cual podía actuar como mensajero de los dioses.

Entre los celtíberos existía la creencia, transmitida por autores como Eliano y Silio Itálico, y documentada también por la decoración pintada de algunas cerámicas numantinas, de que las almas de los que habían muerto durante las batallas ascendían a los cielos si sus cuerpos eran devorados por las aves carroñeras. Esta misión religiosa se encomendaba principalmente a los buitres, pero en ella participarían también los cuervos. Un dios céltico de la luz, Lugh, pudo haber tenido cierta relación con el cuervo, pues el vocablo galo “lugos” parece que designaba a dicho animal. En los ciclos épicos celtas de la Irlanda medieval, una de las principales familias que aparece es la de Branwen, cuyo nombre viene de la palabra “brân”, que significa cuervo o corneja. Sobre el hombro del héroe mítico irlandés Cuchulainn, que se ató a sí mismo a un árbol para permanecer erguido incluso mientras moría, se posó en forma de cuervo la diosa Mórrigan o Badbh, asociada a los conceptos de la muerte y de la destrucción, avisando así a los enemigos de Cuchulainn de que éste ya estaba muerto y de que podían acercarse a él sin temor para decapitarlo. En otro texto épico irlandés, la princesa Deirdre, dotada del don de la profecía, observa a su padre, el rey Conchobar, desollando a un ternero en la nieve mientras un cuervo bebe la sangre derramada. Siente así que el hombre a quien ella elija para casarse deberá tener tres colores: el cabello negro como el cuervo, la piel blanca como la nieve y las mejillas rojas como la sangre. Deirdre encuentra a ese hombre, Naoise, pero, cuando éste es asesinado, decide suicidarse para no tener que casarse con el asesino de Naoise. Por tanto en esta historia mítica encontramos al cuervo envuelto en presagios y en futuros sucesos nefastos.

En las Fábulas de Esopo, narrador griego del siglo VI a.C. cuya vida se confunde con dudosas anécdotas, el cuervo normalmente realiza acciones bastante ruines o alocadas de cuyas trágicas consecuencias se percata demasiado tarde. Algunos de estos relatos muestran al cuervo como un animal fácil de engañar y con tendencia a sobrevalorarse, señalando también las dudas que tiene la gente en torno a su capacidad para vaticinar hechos futuros o avisar de posibles desgracias. Mientras que algunas de las Fábulas escogen al cuervo con toda la intención para presentar los atributos que ostenta en el imaginario popular, otras recurren a él como a cualquier otro animal para inmiscuirlo simplemente en escenas moralizantes. En “El cuervo enfermo” un cuervo, próximo a la muerte, es recriminado por su madre por haberse pasado la vida picoteando la carne de los sacrificios efectuados en honor de los dioses, motivo por el cual no puede esperar la ayuda de éstos en medio de su enfermedad. En “El cuervo y la víbora” un cuervo rapta a una víbora dormida, la cual al despertar lo muerde, provocando su muerte. En “La zorra y el cuervo” un cuervo que picotea tranquilo en la copa de un árbol un trozo de queso deja caer éste al intentar cantar para justificar más aún las falsas adulaciones que le dedica una zorra, la cual consigue así arrebatarle su alimento. En “La corneja y el cuervo” una corneja que envidia al cuervo porque éste es apreciado por vaticinar a los hombres el futuro, comienza a dar graznidos sibilinos con aire misterioso, consiguiendo tan sólo el que unos caminantes huyan pensando que es una ave de mal agüero. En “El águila y el cuervo” un cuervo, admirado por la fuerza con que el águila atrapa a un cordero, intenta hacer lo mismo con otro, pero se enreda con el vellón del animal, de modo que el pastor le corta las alas y lo entrega a los niños para que se ensañen con él. En “Los caminantes y el cuervo” uno de los caminantes se burla del temor de los otros ante el mal presagio que supone el haber visto a un cuervo tuerto, pues si éste fuese capaz de prever el futuro, entonces no se habría encontrado envuelto en la situación que le llevó a perder un ojo. Finalmente en “La tortuga y los dos cuervos”, dos cuervos llevan a una tortuga a dar un paseo por los aires, pero ésta se pone a hablar, soltando así el junco al que iba agarrada, lo que ocasiona el que se estrelle contra un peñasco.

El escudo de Lisboa muestra un barco con las velas recogidas y dos cuervos, uno en la proa y otro en la popa, en recuerdo del modo en que se produjo la llegada de las reliquias de San Vicente a la ciudad en el siglo XII. Estos cuervos, al contrario de lo que solía ser más habitual, adquirieron un significado positivo, vinculado al presagio del pronto término de la Reconquista portuguesa, de modo que su representación como símbolo lisboeta no guarda apenas relación con el carácter fatídico y nostálgico de la lírica de algunos fados, para cuya interpretación sólo de forma relativamente reciente las mujeres empezaron a vestirse de negro. Incluso es normal representar al “corvo” en Lisboa como si se estuviese riendo, dando así una bienvenida afable a los visitantes, y desdramatizando el respeto y miedo secular hacia esta ave.

En la “Iconología” de Cesare Ripa, libro publicado en Roma en 1593 que recoge descripciones de alegorías tomadas del saber clásico y de la tradición cristiana, el cuervo aparece como elemento secundario en la caracterización de la Indecisión, el Infortunio y la Venganza. La Indecisión es representada como una mujer sentada, vieja y caprichosamente vestida, incluyendo un pañuelo negro sobre su cabeza. Sostiene dos cuervos cantando, uno con cada mano. Su vejez y su posición sedente se consideran elementos relacionados con la irresolución. Con su colorido vestido se quiere expresar la apariencia diversa de las muchas cosas emprendidas y al poco tiempo abandonadas por los indecisos. El pañuelo negro muestra la oscuridad y confusión del intelecto, poblado por cientos de pensamientos contrapuestos. La presencia de los cuervos en esta alegoría se justifica por su graznido, “cras, cras”, que como ya hemos indicado en latín significa “mañana, mañana”, pues los indecisos tienden a aplazar continuamente sus resoluciones. Para adornar literariamente la alegoría de la Indecisión, Cesare Ripa recurre a un poema del escritor hispanorromano Marcial en el que éste recrimina a un amigo que siempre dice que mañana gozará de la vida, cuando en realidad es más sabio el que puede decir que gozó ayer. El Infortunio es representado como un hombre vestido con túnica de color castaño oscuro, estampada con dibujos de casas y edificios arruinados. Sostiene con la mano derecha una cornucopia vacía y vuelta hacia la tierra, mientras que en la mano izquierda lleva un cuervo. La cornucopia vacía es signo de que se terminó la época de la abundancia, de la seguridad proporcionada por la disponibilidad de variados alimentos. En cuanto al cuervo, sirve en esta alegoría como aviso para que rectifiquemos y así no nos veamos abocados a desgracias mayores. Una de las dos representaciones propuestas por Cesare Ripa para la Venganza consiste en una mujer armada, vestida de rojo y con una llama sobre el yelmo. Se mira con rabia el brazo izquierdo, cuya mano ha sido cercenada. Con la mano derecha sujeta un puñal listo para ser utilizado. A uno de los lados de la mujer va un cuervo, el cual es herido por el escorpión que ha cazado. Esta situación inesperadamente adversa en la que se ve metido el cuervo fue recreada por Alciato en un poema, y presenta mucho parecido con una de las Fábulas de Esopo, en la cual en vez de un escorpión aparece una víbora. Tanto el escorpión como la víbora se vengan de la acción mezquina atribuida al cuervo, que por tanto no es el agente de la Venganza, sino su víctima.

El cuervo estaba entre las aves cuya aparición en el cielo, en función de si se efectuaba por la derecha o por la izquierda, era interpretada como señal positiva o negativa para emprender o no determinadas acciones. Esta superstición, que tiene sus precedentes en el mundo clásico, fue habitual en la Edad Media, momento en que también el cuervo sirvió, si bien raramente, para aludir a la lujuria. El atractivo tradicional del cuervo como elemento simbólico está también atestiguado en la existencia de los apellidos españoles Cuervo y Cuerva, el primero de los cuales se ha popularizado gracias a la marca de una bebida alcohólica. La imagen del cuervo ha sido también con frecuencia utilizada con cierta crueldad para hacer referencia a los malos padres, a los malos maestros, a las personas que crean intencionadamente tristeza a su alrededor y a las personas que eligen la soledad. Una vertiente más simpática del cuervo la tenemos por ejemplo en las series de dibujos animados, donde suele hacer algunas gracias, observando a los personajes principales o revoloteando a su alrededor, utilizándose en otros casos para ayudar a crear un ambiente misterioso.

Varios refranes en castellano aluden al cuervo. El más conocido es el de “Cría cuervos, y te sacarán los ojos”. Este refrán hace referencia a la ingratitud de los malvados utilizando una imagen bastante fuerte, ya que, ante un cadáver intacto, el cuervo empieza su menú por lo más blando. Otro refrán es el de “Cual el cuervo, tal su huevo”, con el que se pretende señalar con cierto retintín peyorativo que a veces los hijos suelen ser como sus padres. El refrán “No puede ser más negro el cuervo que sus alas” indica que, cuando ya ha sucedido un daño, no se espera que acontezca otro mucho mayor en la misma materia. Más distendido es el refrán “Le dijo el grajo al cuervo: quítate allá, que tiznas”, con el cual la sabiduría popular se burla de quien, lleno de vicios, recrimina a otro los suyos. El refrán “Donde los viejos no andan, los cuervos no graznan” señala a través de una imagen casi funeraria que no hay ni rastro de los oportunistas cuando no hay oportunidades. Por tanto el cuervo sale bastante mal parado del refranero, pues ilustra actitudes deplorables o sirve como símbolo de la desgracia. Queda claro que en la mente de quienes nos precedieron el cuervo era un signo lleno de connotaciones tristes y malignas.

Entre las Fábulas Literarias de Iriarte, escritor tinerfeño del siglo XVIII, hay una titulada “El cuervo y el pavo”. En ella un pavo, percatándose en medio de una competición aérea de que no es capaz de igualar al cuervo en la destreza y rapidez de su vuelo, prorrumpe en acusaciones inapropiadas contra su rival, recriminándole su fealdad, el que vaticine desgracias y el que se alimente de cuerpos muertos. La moraleja de esta Fábula versificada consiste en que cuando se valora un determinado proceder o habilidad, no deben traerse a colación los defectos personales de los sujetos implicados, sino que uno debe limitarse a valorar dicha acción. Muchos de los componentes simbólicos del cuervo son también asignados con prodigalidad a otros córvidos negros, como el grajo y la corneja. Espronceda, que dedicó la temática de bastantes de sus poemas a individuos marginales y que no dudó en utilizar un lenguaje de gran crudeza descriptiva, coloca al principio y al final de su “Canto del Cosaco” la siguiente estrofa: “¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra! / La Europa os brinda espléndido botín: / sangrienta charca sus campiñas sean, / de los grajos su ejército festín”. Recoge así el significado funerario del grajo, insertándolo en la arenga que un cosaco dirige, con aire visionario y con pretensiones proféticas, a sus compañeros.

“El Cuervo” es el poema más conocido del escritor estadounidense Edgar Allan Poe. En esta composición, ambientada de forma tétrica, un hombre, hablando en primera persona, relata la forma inesperada en que un cuervo se convirtió en su intranquilizante compañero de cuarto. Una medianoche del mes de diciembre, mientras estaba en su casa ojeando libros con los que buscar consuelo por la muerte de Lenora, escuchó, ya casi dormitando, pequeños ruidos fuera de su cuarto. Al abrir el postigo, un cuervo se infiltró con resolución, posándose en un busto de Palas Atenea que había sobre la puerta. Cautivado por el porte severo y el aspecto mágico del animal, el hombre comenzó a lanzarle preguntas y a hacerle comentarios, a todos los cuales respondía rítmicamente el cuervo siempre lo mismo: “Nunca Más”. Estas contestaciones hacían aumentar la desesperación del hombre, que alcanzó su mayor grado tras inquirir: “Di a esta alma abrumada de aflicción si en el remoto Edén abrazará a una doncella santificada a quien los ángeles llaman Lenora, abrazará a una rara y radiante doncella a quien los ángeles llaman Lenora”. El cuervo, cuyos “ojos se asemejan a los ojos de un demonio que soñara” siguió respondiendo lo mismo y se negó a marcharse. La composición termina con la casi identificación del alma apesadumbrada del hombre con la sombra malhadada del cuervo proyectada sobre el suelo de su cuarto. El poema fue publicado en 1845, cuatro años antes de la muerte del escritor. Éste, que tanto gustaba de utilizar en sus relatos de misterio como narradores a los propios criminales, transmite en su poema una imagen del cuervo asociada a lo profético y a lo maligno, pero dentro de la ensoñación o dentro de un contexto alucinógeno obsesivo. Es decir, el cuervo sirve a Poe como símbolo de su soledad y de su estado de ánimo. Con este poema el escritor muestra su afición por uno de los iconos tradicionales de la desventura, posado no casualmente sobre el busto de la sabia diosa guerrera.

“El Cuervo”, película de 1994 basada en un héroe de comics, contribuyó poderosamente a afianzar la función de esta ave como símbolo en la sociedad moderna, especialmente dentro de la estética gótica y siniestra. El hecho de que sea una película de culto se debe sobre todo a que su protagonista, Brandon Lee, falleció durante el rodaje, como si el cuervo hubiese sido una vez más anuncio de la muerte. En la película, un rockero llamado Eric y su novia Shelly son asesinados la noche antes de su boda, que estaba previsto que se celebrase la noche de Halloween, justo antes del día de Todos los Santos de la tradición cristiana, que se corresponde con el inicio del año céltico. El cuervo, encargado según antiguas creencias de conducir el alma de los muertos hacia otro reino, aparece sobre la tumba de Eric justo un año después, acompañando desde entonces al joven resucitado para redimir el mal. Con la cara pintada de blanco y algo de negro, irá vengando la violación y muerte de su novia, convirtiéndose así en asesino de asesinos. La aparición del cuervo suele preceder a los actos de venganza, como señalando que se aproxima el dolor. Tras matar a los últimos malvados en una iglesia neogótica regresa a la tumba para estar con su novia, a la que ve en una especie de encuentro místico. Casi todas las escenas transcurren de noche, y bastantes de ellas mientras llueve. En la película surgen muchos elementos relacionados con la visión popular que se tiene del cuervo, como la obsesión por los ojos, “en los que reside todo el poder del mundo”, y cuya fragilidad asusta. Otro aspecto enlazado con la imagen recurrente del cuervo es que avisa para provocar un cambio de actitud que evite males mayores, como cuando el joven justiciero, siempre vestido con ropas oscuras, invita a una madre a que abandone la prostitución y las drogas para ocuparse más de su hija, o como cuando indica a un policía que el tabaco lo matará. También figura la interpretación latina, esperanzada, del cuervo, pues Eric le dice a una niña que “No llueve eternamente”, título o estribillo de una de sus antiguas canciones, y el ave deja caer el anillo de prometida de Shelly en la mano de la niña. Aunque la violencia desmedida está presente en toda la película, en ella el cuervo no es un ser vil y carroñero, sino abstracción del alma y presagio o recuerdo de tristezas. Entre sus componentes neorrománticos está la ambientación gargólica y funeraria, la pretensión de lavar las ofensas con sangre, la aparición mística de Shelly (como en los “Himnos a la noche” de Novalis) y la preocupación por el significado y la debilidad de los ojos (como en el cuento “El hombre de la arena” de E.T.A. Hoffmann).

El equipo de fútbol americano de Baltimore, ciudad portuaria del estado de Maryland, utiliza como escudo o símbolo la cabeza de un cuervo enfadado, la cual aparece dibujada en sus cascos. Además el propio nombre del equipo es el de los “Cuervos de Baltimore”. Los equipos estadounidenses de fútbol americano suelen recurrir para sus nombres y escudos a animales o personajes fieros o con alguna habilidad, haciendo así gala de una actitud algo “fantasma” y fanfarrona, pero a la vez muy colorista y alegre. En el caso del equipo de Baltimore (ciudad en que murió Poe), la elección del cuervo aprovecha su capacidad para atemorizar y presagiar el desastre de los contrarios, aunque quizás está también relacionada con su virtuosismo en vuelo, ya que la ciudad se enorgullece de fabricar aviones.