miércoles, 1 de enero de 1997

CAMBIOS FRONTERIZOS DERIVADOS DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL


Los diversos tratados de paz que surgieron tras la Primera Guerra Mundial definieron un nuevo mapa europeo en base a polémicas modificaciones fronterizas. Las naciones que habían salido derrotadas de la guerra vieron enfurecidas cómo disminuía su territorio y su población. Los tratados de paz, que en realidad no eran tan duros hacia los vencidos como podría parecer en primera instancia, dieron lugar a resentimientos que impidieron la armonía diplomática europea. Los alemanes, que se habían ensañado con los rusos en el tratado de Brest-Litovsk, pedían ahora hipócritamente un tratado caballeroso que no mermara mucho sus potencialidades nacionales. Pero incluso dentro de la misma Alemania había sectores políticos que deseaban una paz dura para desacreditar a su joven República e iniciar una escalada ideológica nacionalista que reparara en el futuro los agravios impuestos por los tratados posbélicos. La elaboración de los acuerdos de paz suscitó pasiones desenfrenadas por parte de muchos de los representantes diplomáticos que participaron en las negociaciones. Ello dificultó el proceso pacificador, desvirtuándolo. Las tres principales potencias vencedoras (Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos) eran democracias parlamentarias que se veían obligadas a escuchar las voces exaltadas del pueblo, el cual no estaba dispuesto a ser clemente con los vencidos. Kitchen considera que los periódicos populistas en las naciones vencedoras contribuyeron con su agresividad informativa a aumentar las ansias de venganza hacia las potencias derrotadas.

Los catorce puntos de Wilson sólo constituyeron un esbozo inicial de lo que debería negociarse en la conferencia de paz de París. El presidente norteamericano se movía entre dos sentimientos interiores: Su profundo odio hacia el belicismo alemán y su utópico deseo de construir una Europa armónica sobre la base de comprensivos tratados. Wilson proponía la supresión de las barreras económicas, y la fijación de las nuevas fronteras a partir del principio de las nacionalidades. Esta última idea del presidente estadounidense tomó forma en Versalles, donde además se proyectaron los llamados tratados de minorías. Éstos estaban destinados a garantizar a las poblaciones étnicamente minoritarias que quedasen englobadas dentro de un determinado país un tratamiento estatal digno y el respeto a sus tradiciones, lenguas, religiones y otros elementos propios de sus culturas. Los tratados de minorías también buscaban la consecución de mecanismos consensuados que evitasen que las pequeñas regiones con personalidad propia pudiesen convertirse en focos de conflictos permanentes. Y es que muchos de los habitantes de estas regiones especiales se sentían identificados étnica o culturalmente con la población de un país vecino, lo que resultaba problemático. Uno de los tratados de minorías más importantes fue el firmado con Polonia, pues el nuevo territorio polaco incluía amplios grupos étnicamente diferentes. En general los tratados de minorías expresaban la igualdad jurídica de todos los habitantes del país en cuestión, y concedían a éstos la posibilidad de renunciar a la nacionalidad que se les ofrecía, lo cual implicaba en muchos casos su forzosa emigración.

La conferencia de paz se inició en Versalles en enero de 1919, si bien ya antes se habían desarrollado encuentros diplomáticos preliminares. No era una reunión para discutir los términos de la paz entre vencedores y vencidos, sino que los primeros diseñarían las condiciones de los tratados para que luego los firmasen estos últimos. El hecho de que las naciones derrotadas no pudiesen hacer oír su voz en las conversaciones de paz explica la actitud humillante con la que sus representantes diplomáticos se vieron obligados a aceptar los tratados. Tanto en el plano económico como en el territorial, Francia adoptó en las negociaciones una dura posición revanchista. La postura británica estaba condicionada por su deseo de asegurarse con prontitud el comercio con la Alemania vencida. Los norteamericanos iban dispuestos a diseñar con elevados principios un nuevo orden europeo que ofreciese garantías de estabilidad. Las miras italianas eran mucho más prosaicas, pues su principal interés consistía en engrandecer su territorio. Seara Vázquez considera que los tratados posbélicos se realizaron en tales términos que lejos de garantizar una paz duradera supusieron un incentivo para que los derrotados prepararan el desquite. El tratado de Versalles fue firmado en junio de 1919, en el mismo lugar en que en 1871 se había proclamado el Imperio alemán.

Durante la guerra, Gran Bretaña y Francia habían hecho generosas promesas territoriales a Italia, Grecia y Rumanía para así conseguir su apoyo. Esta circunstancia condicionó algunas de las negociaciones y suscitó patéticos altercados entre las naciones vencedoras. Francia aspiraba a fomentar la construcción de una Polonia fuerte que se convirtiese en un sólido bastión frente a la posible extensión del bolchevismo soviético. Además, una Polonia potente dificultaría las relaciones de alemanes y rusos, proclives a la locuacidad por el hecho de haber perdido la guerra. Los británicos no tenían muy claro si era verdaderamente justo crear una gran Polonia, pues al absorber mucha población no polaca podría llegar a ser una fuente incesante de conflictos. Se temía además que las actividades polacas contra Alemania alimentasen el espíritu belicista del militarismo prusiano. Francia y en menor medida Estados Unidos se mostraban dispuestos a aceptar las propuestas polacas para sus propias fronteras. Los británicos en cambio consideraban que la inclusión en Polonia de Danzig y Marienwerder era un elemento tendente a ocasionar una nueva guerra. Pensaban además que los polacos se habían vuelto oportuna e interesadamente antibolcheviques para anexionarse la Galitzia oriental. Wilson había prometido a los polacos el acceso al mar, y consideraba un mal menor la pluralidad étnica de la nueva Polonia. Británicos y norteamericanos pensaban que Galitzia oriental debía quedar bajo el control de la Sociedad de Naciones, pero Francia apoyaba su incorporación a Polonia. La activa ciudad portuaria de Danzig pasó a ser curiosamente libre bajo la protección de la Sociedad de Naciones. Se acordó que se celebrara un plebiscito en Marienwerder, el cual resultó favorable a Alemania.

Otra zona disputada en el contexto polaco era el ducado de Teschen, que estaba dividido por mutuo acuerdo entre checos y polacos. En noviembre de 1918 los checos habían expulsado a los polacos de su parte. Entonces se les atribuyó el Teschen oriental, que incluía líneas férreas y depósitos carboníferos. En Versalles se propuso la celebración de un plebiscito en Teschen, pero éste nunca se realizó. El asunto del ducado de Teschen dio a Polonia un motivo permanente de queja hacia los checos, dificultando la constitución de una eficaz alianza defensiva en Europa central frente a las aspiraciones revisionistas alemanas. Según lo acordado en el tratado de Versalles, Alemania tuvo que ceder a Polonia la región de Posnania y un trozo de Prusia occidental con la ciudad de Thorn, territorio que debía constituir un corredor de un ancho de 40 a 100 kilómetros que permitiera a los polacos acceder al litoral. Es preciso señalar que estas costas asignadas a Polonia apenas tenían estructuras portuarias, pues en el pasado había bastado Danzig para canalizar el comercio de cereales de esta zona hacia la Europa occidental. El polémico corredor polaco suponía la división del territorio alemán en dos espacios separados geográficamente. Los polacos quisieron también obtener el sur de Prusia oriental con la ciudad de Allenstein. Pero el plebiscito celebrado en la región favoreció ampliamente a Alemania. Otro territorio que dio lugar a discusiones fue la Alta Silesia, rica en minerales, reivindicada a la vez por polacos y alemanes. En la región se celebró en marzo de 1921 un caldeado plebiscito que benefició a Alemania. Los polacos protestaron argumentando que unos 200.000 electores nacidos en la Alta Silesia pero establecidos luego en otras regiones no deberían haber tenido derecho a voto. En mayo el activista Korfanty provocó una sublevación de los polacos de la Alta Silesia, a la que respondieron los alemanes creando cuerpos francos armados. Finalmente, la Sociedad de Naciones realizó un reparto del territorio. Dos terceras partes del mismo correspondieron a Alemania, mientras que el resto, que incluía la ciudad de Katowice, pasó a Polonia.

Apenas renacida, Polonia se enzarzó en un conflicto con la Unión Soviética con motivo de la fijación de su frontera común. En Polonia muchos querían el regreso de las gloriosas fronteras del siglo XVIII. En este sentido los intereses polacos chocaban con los jóvenes países bálticos surgidos de las ruinas de la antigua Rusia, y que ahora eran también hostigados por los ejércitos soviéticos. Desde abril hasta agosto de 1919, el general polaco Pilsudski hizo retroceder a las fuerzas rusas, tomando las ciudades de Brest-Litovsk, Grodno y Vilnius, así como gran parte de Bielorrusia. Las victorias del ejército rojo en la guerra civil rusa y la reconquista soviética de Ucrania atemorizaron a Polonia, que veía amenazada su integridad. En abril de 1920 las tropas polacas atacaron Ucrania, haciéndose con la ciudad de Kiev. La reacción del ejército soviético fue espectacular, pues en pocos días recuperó todo el territorio conquistado por los polacos. En julio de 1920 el secretario británico del Foreign Office, Lord Curzon, intentó mediar entre rusos y polacos al proponer una línea fronteriza. Pero esta línea no satisfizo a ninguna de las dos naciones, que siguieron combatiendo. Curiosamente la actual frontera ruso-polaca sigue un trazado muy similar al diseñado por Curzon. Polonia llegó a verse tan apurada que incluso pidió el armisticio a los rusos, que avanzaron impasibles hasta acampar frente a Varsovia. Tropas francesas prestaron su apoyo a los polacos. El general polaco Pilsudski lanzó en agosto de 1920 una brillante contraofensiva conocida historiográficamente como el milagro del Vístula. Las tropas soviéticas retrocedieron hasta evacuar Polonia. El gobierno polaco aceptó negociar con los rusos, pues estaba en posición de fuerza. Las conversaciones desembocaron en el tratado de Riga, firmado en marzo de 1921, que llevaba las fronteras polacas bastante al este en detrimento de los rusos. La resucitada Polonia cubría en 1921 un territorio de unos 387.000 kilómetros cuadrados, menos extenso que la antigua Polonia de la dinastía Jagellon (que incluía Lituania), pero más grande que el actual territorio polaco. La nueva Polonia estaba por tanto configurada por Posnania, el corredor que conducía al litoral, parte de la Alta Silesia, La Galitzia arrebatada a los austríacos, el ex-Reino del Congreso administrado por Rusia desde 1815 y otros distritos que habían pertenecido a la joven Unión Soviética.

Las fronteras occidentales de Alemania sufrieron a raíz del tratado de Versalles unos recortes importantes. Bélgica obtuvo como compensación por su valentía los pequeños distritos alemanes de Moresnet, Eupen y Malmedy, que constituyen la región de mayor altitud del actual territorio flamenco. Allí se encuentra la Signal de Botrange, que con sus 694 metros es el punto más alto de Bélgica. Bélgica reclamó infructuosamente la región holandesa de Limburgo, el ducado de Luxemburgo y la internacionalización del Scheldt. Los británicos sentían una neta hostilidad hacia Holanda, que a pesar de su teórica neutralidad había obtenido numerosos beneficios de los alemanes durante la contienda, y cuya reina Guillermina se negaba a entregar al Káiser para que fuese juzgado por sus crímenes de guerra. A pesar de ello los holandeses no vieron reducido ni un ápice su territorio, en gran parte por la postura diplomática francesa, tendente a mantener una Bélgica humilde que no se saliese de su órbita. Luxemburgo dejó de formar parte del Zollverein (unión aduanera alemana) a partir de enero de 1919. El tratado de Versalles estableció que la frontera entre Alemania y Dinamarca se fijaría en función de las aspiraciones de las poblaciones. En 1920 se celebró un plebiscito en el norte de Schleswig, cuyos habitantes se pronunciaron ampliamente en favor de Dinamarca, que por tanto absorbió este territorio. Los daneses aumentaron así sus posesiones continentales, si bien el tercio sur de la península de Jutlandia seguía siendo alemán. Los alemanes se vieron obligados a desmantelar las estructuras militares que habían construido en las islas de Heligoland y Dune.

Lorena y Alsacia, tras haber permanecido medio siglo en poder alemán, fueron restituidas a Francia. Este cambio fronterizo fue justificado con tres argumentos: La obligación moral de reparar los daños causados por Alemania, el derecho histórico francés sobre la soberanía en ambas regiones y el respeto a la voluntad francófila de sus habitantes. En compensación por la destrucción de minas de carbón en el norte de Francia, Alemania tuvo que ceder a ésta la propiedad y el derecho exclusivo de explotación de las minas de carbón situadas en la cuenca del Sarre. El Sarre quedó internacionalizado bajo la dirección de la Sociedad de Naciones por un período de quince años, pasados los cuales sus habitantes decidieron en referéndum su reincorporación a Alemania. El tratado de Versalles estableció el exclusivo carácter continental y europeo del estado alemán, pues éste se vio privado de sus jóvenes colonias. De este modo desapareció el imperio colonial alemán, que incluía en África los territorios de Togo, Camerún, Namibia, Tanganica, Ruanda y Burundi, y en Oceanía parte de Nueva Guinea, así como las islas Marianas, Carolinas, Nauru, Palau, Salomón, Marshall y Samoa. En China, Alemania perdió el enclave de la Bahía de Kiautschou, de 552 kilómetros cuadrados, en cuya ciudad de Qingdao había desarrollado desde 1903 una industria cervecera. Allí se produce ahora la cerveza Tsingtao, que es la más famosa de China, exportada a numerosos países. En el extremo este de Prusia oriental, Alemania tuvo que renunciar al territorio de Memel (Klaipeda). Éste fue inicialmente administrado por una comisión internacional, pero en 1923 un ejército lituano dirigido por el coronel Budrys conquistó la ciudad. Lituania obtenía así una importante salida al mar Báltico.

En la conferencia de paz de París uno de los asuntos más problemáticos fue el futuro de las provincias del Rhin. A fines de 1918 el mariscal Foch propuso que Renania quedara separada de Alemania y guarnecida de tropas francesas. La propuesta fue debatida en la conferencia. Los británicos temían que esta medida agravase el deseo vengativo alemán, pero a la vez comprendían la necesidad francesa de seguridad. Wilson consideraba que cualquier resolución al respecto tenía que realizarse teniendo en cuenta la voluntad de la población renana. En un principio los franceses rechazaron la propuesta angloamericana de que la orilla izquierda del Rhin fuese simplemente desmilitarizada. Y es que Clemenceau pensaba que ante un hipotético ataque alemán el apoyo británico y estadounidense les llegaría a los franceses demasiado tarde. La diplomacia francesa tuvo que aflojar sus posturas. Por fin se acordó la desmilitarización de Renania, que sería ocupada por las fuerzas aliadas por un período de quince años, susceptible de prolongarse en caso de que los alemanes no cumpliesen las disposiciones del tratado. El área desmilitarizada iba desde una línea trazada 50 kilómetros al este del Rhin hasta las fronteras occidentales de Alemania.

La derrota alemana trajo consigo la anulación del tratado de Brest-Litovsk. Éste había sido impuesto en marzo de 1918 por los alemanes a la Unión Soviética, que atravesaba por una guerra civil. El tratado de Brest-Litovsk había significado la renuncia de los rusos a Polonia y Lituania en favor de Alemania, así como el reconocimiento de la independencia de Estonia, Letonia, Finlandia y Ucrania. La cesión de estos territorios suponía para Rusia la pérdida de un tercio de su población, de la mitad de su industria y de la gran mayoría de sus minas de carbón. Tras la derrota de Alemania, la Unión Soviética invadió los territorios que había cedido en el tratado de Brest-Litovsk, pero los países aliados reaccionaron con un incremento de la ayuda contrarrevolucionaria. En 1920 el gobierno moscovita reconoció la independencia de Estonia, Letonia, Lituania y Finlandia. Además tuvo que entregar a Polonia sectores occidentales de Bielorrusia y Ucrania. La Besarabia pasó a formar parte de Rumania. Es importante señalar que hasta la Segunda Guerra Mundial parte de la frontera finesa estuvo a unas pocas decenas de kilómetros de la gran ciudad rusa de San Petersburgo. Igualmente llama la atención el que los fineses contaran durante el período de entreguerras con una estrechísima salida al Ártico.

Los italianos habían exigido un alto precio territorial para entrar en la guerra, y se habían asegurado la promesa, en el tratado de Londres, del sur del Tirol, la costa dálmata y Albania. Una vez terminada la guerra, la parte del Tirol que quedaba al sur del paso de Brenner fue incorporada a Italia, a pesar de que la región estaba principalmente habitada por gentes de habla alemana, cuya opinión no se tuvo en cuenta. También pasó a poder de Italia el Trentino, situado al sur del Tirol, región montañosa que tenía un gran valor estratégico. Esta gran Italia, que aún conservaba el Dodecaneso, recibió además parte de la península de Istria, pasando de ese modo a controlar todo el golfo de Venecia. Pero los italianos no quedaron satisfechos, pues deseaban asegurarse el control de las costas del otro lado del Adriático. Como protesta, las tropas italianas ocuparon Fiume, Valona (Vlorë) y casi toda Albania. Los aliados no se mostraron dispuestos a ceder en las negociaciones, ya que tenían en poca estima la contribución que había prestado Italia al esfuerzo bélico. Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos se mostraron partidarios de que Yugoslavia se quedara con Fiume. En enero de 1919 la Armada Real británica tuvo que impedir que los italianos hiciesen llegar tropas para restaurar al Rey Nikita en el trono de Montenegro. En abril, Italia no aceptó la propuesta de que Fiume fuera internacionalizada bajo el mando de la Sociedad de Naciones. El primer ministro italiano, Orlando, azuzado por el creciente sentimiento nacionalista de su país, abandonó la conferencia parisina como gesto de protesta, y únicamente regresó cuando Gran Bretaña y Francia amenazaron con renunciar al tratado de Londres. En septiembre, el poeta exaltado D’Annunzio, italiano de tendencias profascistas, se apoderó de Fiume, ayudado por una banda improvisada de piratas. Los yugoslavos negociaron con los italianos la situación de ciudad libre para el puerto. El propio gobierno italiano veía con disgusto las excentricidades de D’Annunzio, por lo que decidió pactar. En 1920 Istria quedó dividida y Fiume pasó a ser ciudad libre. Este acuerdo duró poco, pues en 1923 Mussolini envió tropas que se anexionaron Fiume, la actual ciudad croata de Rijeka. Albania, que había obtenido su independencia en vísperas de la Primera Guerra Mundial, logró librarse de las garras italianas cuando a fines de 1920 fue admitida en la Sociedad de Naciones.

Al comenzar la Primera Guerra Mundial, los dirigentes de la Entente no preveían nada preciso sobre las modificaciones territoriales que se realizarían en Europa oriental en el caso de un resultado victorioso en la contienda. Nadie podía pararse a pensar seriamente en la destrucción del Imperio Austro-Húngaro. Rusia en cambio no se preocupaba de ocultar su claro deseo de ocupar la Constantinopla otomana, antiguo centro tradicional de la religión ortodoxa, al que la historiadora bizantina Ana Comneno (1083-1153) designaba como “La Emperatriz de las ciudades”. A medida que evolucionaba el conflicto, diversos tratados suscritos con Italia y Rumania anunciaban ya la amputación territorial del Imperio Austro-Húngaro. Emigrados checos, como Masaryk y Benes, junto a otros servios y croatas, convencieron a las diplomacias francesa y británica de la necesidad de fragmentar el Imperio Austro-Húngaro en función de las distintas nacionalidades que lo integraban. El desmembramiento austro-húngaro dejó de ser una hipótesis para convertirse en uno de los objetivos de guerra de la Entente. Los catorce puntos de Wilson ya incluyeron la necesidad de dotar de autonomía a los pueblos integrantes del Imperio Austro-Húngaro. En abril de 1918 se celebró en Roma el Congreso de las Nacionalidades Oprimidas, que reafirmó los derechos de las nacionalidades a su independencia política y económica, así como la incompatibilidad de esos derechos con el mantenimiento de la monarquía de los Habsburgo. Desde entonces los aliados optaron definitivamente por la destrucción del Imperio Austro-Húngaro, y reconocieron como un gobierno oficial al Comité Nacional Checoslovaco de París. Al abrirse la conferencia de paz parisina, ya no restaba a las grandes potencias más que ratificar la creación de los estados nacionales que se habían constituido en los diferentes territorios durante los últimos meses de guerra.

Las fronteras de los nuevos estados de Europa oriental quedarían fijadas al permitir a cada país defender su propio caso. Estas propuestas se pasaban luego a un comité de expertos que tomaba las decisiones finales. Francia fue la más interesada en impulsar la creación de los estados de Europa oriental. Trabajó para que fueran viables desde el punto de vista económico y defendibles desde el punto de vista estratégico. El entusiasmo francés al respecto provocó sospechas acerca de que Francia quería restaurar el Imperio de los Habsburgo con capital en París en vez de en Viena. Los británicos también apoyaban el proceso de autodeterminación austro-húngaro, deseando así fomentar en la región sus intereses comerciales. Sólo les preocupaba la inclusión de importantes minorías étnicas en los nuevos estados. Propusieron la creación de una federación danubiana, pero los jóvenes estados deseaban conservar y fortalecer su recién ganada independencia, sobre la mayor base territorial posible. Las líneas generales del contenido de los tratados de paz se establecieron en las deliberaciones del consejo de las cuatro grandes potencias vencedoras, pero los problemas particulares de cada estado y los arreglos fronterizos fueron discutidos en comisiones especializadas. Una vez preparados los tratados, los países derrotados fueron invitados a suscribirlos. Austria firmó el tratado de Saint-Germain en septiembre de 1919. Bulgaria firmó el tratado de Neuilly en noviembre de 1919. Hungría firmó el tratado de Trianon en junio de 1920. Como señala Henry Bogdan, estos tratados fueron soportados pero nunca aceptados por los estados que se vieron obligados a firmarlos, lo cual suponía una hipoteca sobre el futuro.

Heredera de la Cisleitania, la República austríaca quedó reducida a un territorio de 83.871 kilómetros cuadrados. Tuvo que renunciar a las antiguas conquistas de la dinastía Habsburgo, entre las que se encontraban Bohemia, Moravia, Bucovina, Galitzia, Eslovenia, Carniola… Cedió a Italia el sur del Tirol, el Trentino y la península de Istria. Como Carintia era reivindicada por el Reino de los servios, croatas y eslovenos, se organizó en la región un referéndum en octubre de 1920. El conjunto de Carintia, y especialmente la ciudad de Klagenfurt, se pronunció en favor de Austria, si bien los yugoslavos protestaron por el resultado. El tratado de Saint-Germain atribuyó a Austria los confines occidentales de Hungría, su antigua compañera en el seno de la monarquía doble. Ello se debía a que las grandes potencias querían debilitar territorialmente a una Hungría que por entonces estaba controlada por los comunistas. Este territorio, que se convirtió en la provincia austriaca de Burgenland, tenía un 80% de población austriaca, un 10% de húngaros y un 10% de croatas. En la conferencia de paz parisina, los representantes checoslovacos expresaron su deseo de que el Burgenland fuera dividido en partes iguales entre Yugoslavia y Checoslovaquia, para así establecer una continuidad entre ambos estados eslavos y para privar de fronteras comunes a Austria y Hungría. La propuesta no fue aceptada por las grandes potencias. Los húngaros se mostraron poco dispuestos a ceder a sus vecinos austriacos la región de Sopron, de mayoría húngara, por lo que organizaron grupos armados que impidieron instalarse a las autoridades austriacas. Bajo la mediación de Italia se organizó un plebiscito en Sopron en diciembre de 1921. Como los electores se pronunciaron en favor de Hungría en una mayoría de dos tercios, la región de Sopron siguió siendo húngara. El resto del Burgenland, incluyendo la importante ciudad de Eisenstadt, pasó a Austria. Hungría se vio muy perjudicada por el tratado de Trianon, el cual le arrebató dos tercios de su centenario territorio junto con dos tercios de sus súbditos. El país se vio reducido a una superficie de 93.030 kilómetros cuadrados.

Muchos austriacos, frustrados por la pérdida de su Imperio, pensaban que su futuro sería más esperanzador si su pequeño territorio se unía a Alemania. Los norteamericanos y los británicos simpatizaban con la idea del Anchluss, pues pensaban que así se diluiría el problemático elemento prusiano. Francia e Italia se oponían con rigidez a la formación de un gran estado federal que uniese los destinos de alemanes y austriacos. Incluso querían que la separación permanente de los dos estados constase por escrito en los tratados. Así se hizo, aunque incluyendo la posibilidad de revisar el artículo en cuestión. Todas las potencias vencedoras creían que una vez que la economía austriaca estuviese bien encarrilada el entusiasmo por una unión panalemana se apagaría. Los austriacos recibieron con especial resentimiento la afirmación aliada de que sólo los ciudadanos de lengua alemana del Imperio Habsburgo habían apoyado la guerra.

De entre los diferentes estados de Europa oriental, Bulgaria era el más detestado por los aliados. Calificaban a Bulgaria como la Prusia balcánica, pues en su opinión siempre había actuado por los motivos más viles. Tras hacerse con territorios meridionales en las Guerras Balcánicas de 1912-1913 a costa del Imperio Otomano, los búlgaros se habían unido a las potencias centrales con el deseo de engrandecer sus posesiones. Los italianos no deseaban que Grecia y Yugoslavia bailasen sobre las ruinas búlgaras, por lo que comenzaron a intrigar con la alicaída Bulgaria. Los norteamericanos también se mostraban compasivos hacia los búlgaros, y consideraban que el principio de la autodeterminación de los pueblos impedía realizar amplias amputaciones al territorio de Bulgaria. Los británicos y los franceses querían castigar severamente a Bulgaria. El mayor golpe recibido por los búlgaros fue la enajenación de la Tracia occidental en favor de Grecia, circunstancia por la que perdían su acceso al mar Mediterráneo. Al menos les quedaba el consuelo de que los estrechos turcos se iban a internacionalizar, lo que les permitiría acceder desde sus puertos del mar Negro al Egeo. La Tracia occidental había sido arrebatada por Bulgaria a Turquía en 1913, y en ella los griegos constituían sólo una minoría étnica. En esta región, el antiguo puerto turco de Dedeagach pasó a ser griego con el resonante nombre de Alexandrópolis. Grecia expulsó de la región recién adquirida a numerosos búlgaros, repoblándola con griegos llegados de Ásia Menor para favorecer la rápida helenización del territorio.

La Dobrudja meridional había sido conquistada por los rumanos frente a los búlgaros en 1913. En este territorio los rumanos eran muy pocos con respecto a la mayoría poblacional búlgara, por lo que los norteamericanos insistieron en que la región debía ser devuelta a Bulgaria. Pero el asunto fue escamoteado por los delegados franceses y británicos, que consideraban absurdo ceder territorios a un país bélicamente derrotado. Bulgaria tuvo que esperar a los acuerdos de Craiova de 1940 para recuperar definitivamente la Dobrudja meridional. Por el tratado de Neuilly de 1919, Bulgaria tuvo que entregar a los servios los distritos macedonios que poseía en torno a la ciudad de Strumica, así como otros pequeños territorios fronterizos, que incluían las ciudades de Bosilegrad y Tsaribrod (Dimitrovgrad). El nuevo estado búlgaro poseía la ventaja de la escasa conflictividad interna, pues no incorporaba regiones muy pobladas por minorías étnicas, sino que los gitanos y los turcos estaban mezclados con la mayoría búlgara en los distintos ámbitos nacionales. El tratado de Neuilly legó a la Europa balcánica una Bulgaria resentida con ganas de resarcirse de las ofensas sufridas. Pero con la prohibición del reclutamiento, Bulgaria casi no tenía ejército con el que reparar los agravios infringidos. Los norteamericanos propusieron la constitución de un estado macedonio, lo que resultó imposible por la voracidad de yugoslavos y griegos.

Tras la Primera Guerra Mundial, surgió el estado checoslovaco. Los territorios que pasaron a configurar Checoslovaquia fueron Bohemia, Moravia, Eslovaquia, Rutenia, Sudetes y Teschen oriental. Checoslovaquia era una creación que podemos calificar como bastante artificial, pues integraba gentes y regiones claramente diferenciadas. En Bohemia y Moravia habían reinado los Habsburgo desde 1526. Ambos territorios tenían dos checos por cada alemán. Los alemanes estaban sobre todo presentes en las regiones periféricas del recién creado estado checoslovaco, al que pertenecían poco gustosos. Eslovaquia había formado parte del Reino de Hungría desde principios del siglo X, época en la cual los antepasados eslavos de los eslovacos se habían sometido a los conquistadores húngaros. Benes reclamó un territorio más extenso que el dominio geográfico ocupado por los eslovacos, no por razones históricas, sino económicas y estratégicas. Fue así como el Danubio llegó a ser en algún tramo frontera meridional de Checoslovaquia, la cual incorporó en este sector a numerosos húngaros. Checoslovaquia se hizo atribuir la Rutenia tanscarpática, que había sido húngara desde fines del siglo IX. Esta región estaba poblada por rutenos desde el siglo XIII. Los rutenos y muchos húngaros pasaron a constituir minorías étnicas en el nuevo estado checoslovaco. El tratado de Trianón había previsto el otorgamiento de un estatuto de autonomía para Rutenia, pero nada se hizo al respecto hasta 1938, momento en que los rutenos intentaron independizarse. Actualmente Rutenia pertenece a Ucrania, constituyendo el oblast de Zakarpattya. Checoslovaquia tenía aproximadamente un 50% de checos, un 23% de alemanes y un 15% de eslovacos. Este estado presentaba físicamente un dilatado desarrollo horizontal en el mismo seno del continente europeo. Apoyándose en argumentos más económicos que estratégicos, el persuasivo Benes logró que fueran incorporados a su país los Sudetes, manzana de discordia ampliamente poblada por alemanes. Los buenos modos que mostraron en todo momento los diplomáticos checoslovacos garantizaron la formación de un estado con fuertes bases territoriales, poblacionales, económicas y estratégicas. Acabada la Segunda Guerra Mundial, se producirá la expulsión de numerosos alemanes de Checoslovaquia, tanto por resentimiento como para eslavizar mejor el conjunto del territorio.

La Entente había prometido a Rumania en el tratado de Bucarest de 1916, a cambio de su entrada en la guerra, los territorios de Transilvania, Banato y Bukovina. Una vez terminado el conflicto, los aliados consideraron que esas cesiones eran demasiado generosas teniendo en cuenta el modesto papel desempeñado por los rumanos en la contienda. Por iniciativa propia, los rumanos penetraron profundamente en territorio húngaro, rebasando las fronteras proyectadas por el tratado de Bucarest. Ello precipitó una crisis que contribuyó a que los comunistas de Bela Kun se hicieran con el poder en Hungría. Los aliados optaron por favorecer a los rumanos para aislar al régimen de Bela Kun. Tropas rumanas derrocaron al gobierno comunista húngaro y se quedaron un tiempo paseando por el territorio de Hungría. Sólo tras recibir una serie de amenazas aliadas, los ejércitos rumanos se retiraron tras el río Tisza. La definición de la nueva frontera rumano-húngara dio lugar a vivas controversias, en las cuales las motivaciones económicas tuvieron más peso que las realidades étnicas. Prueba de ello es el hecho de que se atribuyó a Rumania una franja territorial de 20 kilómetros de ancho poblada por húngaros por el simple motivo de servir de recorrido a una estratégica vía férrea. Fue así como la ciudad húngara de Arad pasó a ser rumana. El Banato, poblado principalmente por húngaros y alemanes, fue repartido entre Servia y Rumania, si bien esta última se llevó la mejor tajada.

Los tratados de Saint-Germain y de Trianon fueron muy beneficiosos para Rumania, cuyo territorio se duplicó con respecto a 1913. Aproximadamente había un 72% de rumanos, un 8% de húngaros y un 4% de alemanes, además de búlgaros y otras minorías étnicas. Además de la mayor parte del Banato, Hungría tuvo que entregar a Rumania la mítica Transilvania, amplia región de carácter montañoso. Otro territorio que pasó a formar parte de la Gran Rumania fue la Besarabia rusa, que coincide aproximadamente con la actual Moldavia ex-soviética más el territorio costero inmediato, ahora ucraniano. Al norte, Rumania se engrandeció con la Bukovina, región próxima a la por entonces Rutenia checoslovaca. El territorio rumano primitivo había estado constituido por el llamado Regat, poblado exclusivamente por rumanos. El engrandecimiento territorial posbélico de Rumania implicó para ella la absorción de minorías étnicas que sumaban el 28% de su población total. Nunca Rumania fue más grande que tras la Primera Guerra Mundial, pues el actual territorio rumano está privado de la Besarabia y de la Dobrudja meridional.

El ex-Reino de Servia, que incluía Macedonia, obtuvo sustanciales ventajas de los tratados de paz. Con el nombre de Reino de los servios, croatas y eslovenos, y luego con el de Yugoslavia a partir de 1931, formó un ingente estado de aproximadamente un cuarto de millón de kilómetros cuadrados, con una población de más de once millones de habitantes. La población total de Yugoslavia estaba integrada por un 48% de servios, un 25% de croatas y un 9% de eslovenos, además de otras minorías étnicas eslavas y no eslavas. El núcleo fundamental del territorio yugoslavo era Servia. En torno a ella giraban regiones arrebatadas a las potencias derrotadas. Así, Hungría cedió a Yugoslavia los territorios de Voivodina, Croacia y Eslavonia. Austria contribuyó a disgusto a la formación del estado yugoslavo con la cesión de las regiones de Eslovenia y Dalmacia. Bosnia-Herzegovina, región multiétnica y pluriconfesional anexionada recientemente por el Imperio Austro-Húngaro, pasó a la nueva Yugoslavia, que también incorporó en su territorio nacional Montenegro y los distritos macedonios arrebatados a Bulgaria. El sentimiento de unidad de los ciudadanos yugoslavos se quebró definitivamente a partir de 1991, derivando en guerras que desintegraron el país.

Al realizar un balance acerca del fruto de los tratados que afectaron al reordenamiento de Europa oriental tras la Primera Guerra Mundial, hemos de incluir algunas reflexiones. No fueron los pueblos del Este europeo los que en general decidieron su propio destino. Las grandes potencias determinaron su suerte en función de sus intereses políticos y económicos, con la complicidad de algunos de sus dirigentes estatales. Algunos países obtuvieron con halagos serviles amplias ventajas a pesar de su irrisorio papel en la guerra junto a la Entente. Las naciones derrotadas fueron tratadas con un exceso de dureza, al menos desde el punto de vista territorial. El principio del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos fue aplicado de una manera desastrosamente arbitraria. Las nuevas fronteras políticas sólo excepcionalmente coincidieron con las fronteras étnicas. Algunas poblaciones lingüísticamente homogéneas fueron divididas en varias tajadas para satisfacer a los vecinos vencedores. Fueron pocos los plebiscitos que solicitaron la opinión popular a favor de su pertenencia a uno u otro estado. La presencia de destacadas minorías étnicas en los países favorecidos por los tratados fue fuente de discordias casi constantes. Las naciones que se habían visto geográficamente amputadas empezaron a preparar su futura revancha. Apenas se previó algo para lograr un mínimo de cooperación económica entre los nuevos estados de Europa oriental, cuyos territorios habían formado un conjunto económico coherente durante mucho tiempo.

Para el mantenimiento de las fronteras definidas en los tratados de paz y para la resolución amistosa de los conflictos entre estados, se fundó en 1920 la Sociedad de Naciones, impulsada por el presidente norteamericano Wilson. Este organismo internacional no pudo desplegar cómodamente su actividad, pues muchos países no habían alcanzado todavía una madurez ideológica suficiente como para saber dialogar antes de luchar. La Sociedad de Naciones en algunos momentos se vio obligada a colocar determinados intereses nacionales por encima del derecho de autodeterminación de los pueblos. No pudo evitar la escalada de la ultraderecha nacionalista en aquellos países que no habían quedado satisfechos con las resoluciones de los tratados de paz.

Muy brevemente vamos a hablar de los regímenes políticos que se implantaron en diversas naciones europeas tras la Primera Guerra Mundial. En Alemania se proclamó la República de Weimar. El Káiser Guillermo II tuvo que huir del país, refugiándose en Holanda. El socialdemócrata Ebert constituyó un gobierno de comisarios del pueblo. Ebert sólo aspiraba a unas reformas sociales básicas y a una política de cuño demoliberal. Se vio obligado a reprimir el radicalismo de los espartaquistas, y trabajó por la elaboración de una constitución de compromiso que aunase en un proyecto común a las distintas tendencias políticas alemanas. En Rusia a fines de 1920 el ejército rojo era el claro vencedor de la guerra civil. Lenin, interpretando personalmente los planteamientos de Marx, diseñó un gobierno de carácter comunista. A fines de 1922 fue proclamada la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que intentó extender su influencia ideológica hacia los países de Europa oriental. En Austria se instauró una República que pronto pasó a ser dirigida por los socialdemócratas. Tras la entrada en vigor de una nueva constitución, los socialcristianos vencieron en las elecciones parlamentarias. Un problema que estuvo latente en la Austria posbélica fue la creciente rivalidad entre eslavos y germanófilos por un lado, y entre campesinos y habitantes de la ciudades por otro. En Hungría en marzo de 1919 el partido comunista recuperó el poder e instauró la fugaz República de los Consejos, que sólo duró cuatro meses y medio debido a las constantes presiones de la Entente. Las elecciones de principios de 1920 dieron una neta mayoría a los partidos moderados y conservadores. Fue proclamado regente provisional el Contralmirante Horthy, que finalmente logró retener el poder hasta 1944. En Bulgaria el Rey Boris III dejó gobernar a Stambolyski, que había recibido en elecciones previas el 40% de los votos. Stambolyski intentó establecer una verdadera dictadura verde, pues realizó una ingente reforma agraria que revirtió en beneficio de los pequeños campesinos.

En Italia la crisis económica de la posguerra creó una inestabilidad social que se reflejó en la creación del partido comunista y en las revueltas obreras. Temerosa del dinamismo de la izquierda, la burguesía italiana apoyó al partido fascista para intentar garantizar el orden y reforzar la autoridad estatal. En 1922, después de la marcha sobre Roma, con el beneplácito de la monarquía, Mussolini instauró un régimen dictatorial y totalitario. Gran Bretaña y Francia siguieron las sendas políticas trazadas por sus sólidas democracias, a la vez que ejercían como piezas claves de la Sociedad de Naciones. En Polonia, el primer presidente de la República, Pilsudski, dirigió con éxito la guerra contra los rusos. La inestabilidad de las instituciones democráticas provocó la dimisión de Pilsudski en 1924, si bien retomó el poder dos años después mediante un golpe de estado. En Checoslovaquia Masaryk tuvo el honor de ser el primer presidente de la República. Se vio obligado a combatir contra el creciente separatismo de las diferentes realidades geoétnicas que configuraban el país. Rumania siguió siendo monárquica, pero a la vez vio incrementarse su vida parlamentaria. La incorporación de nuevas provincias y el establecimiento del sufragio universal conmovieron radicalmente la vida política del país y provocaron el florecimiento de nuevos partidos políticos, definiendo así un abanico colorista. En el nuevo Reino de los servios, croatas y eslovenos, Pedro I Karageorgevich intentó acallar las discrepancias causadas por las rivalidades nacionalistas internas. Los dirigentes del país eran los jefes de los partidos políticos de la antigua Servia, y los oficiales al mando del nuevo ejército eran los del ex-ejército servio. La política seguida por los gobiernos que se sucedieron en el poder desde 1918 fue centralizadora, autoritaria y serviófila. En 1921 el recién fallecido Rey Pedro I fue sustituido por su hijo Alejandro I, que implantó un sistema dictatorial. Las incoherencias internas del estado yugoslavo y los desajustes en la convivencia de su rica pluralidad étnica provocaron finalmente su fragmentación política a través de guerras desarrolladas desde 1991.